Maduro, Trump y Cristina – 21 de febrero 2017

A Donald Trump, medicine Nicolás Maduro y Cristina Elisabet no los une el amor pero si el espanto hacia la libertad. Odian a los periodistas y los medios de comunicación que no pueden controlar. Los satanizan hasta decir basta. Los quieren convertir en enemigos de la humanidad. Tanto el nacional populismo que hoy gobierna Estados Unidos, como el chavismo corrupto de Venezuela y el ladri feudalismo que reinó durante más de 12 años en la Argentina, sueñan con un mundo sin piedras en sus zapatos. Porque ese es el verdadero periodismo: la piedra en el zapato de todos los poderes y de todos los poderosos. La mirada crítica, la que investiga, la que busca la verdad en todo momento y en todo lugar. Eso es bueno y muy sano para la sociedad. Que haya muchas miradas ideológicas en los diarios, en la radio y en la tele y que cada uno busque destapar ollas y contar la verdad de lo que sucede. De esa competencia por captar audiencias sale algo bastante parecido a la verdad.

Los autoritarios como Maduro, Trump y Cristina pretenden someter al periodismo y lo quieren convertir en propagandistas de sus ideas. Ellos se sienten dueños de la verdad y no soportan otra cosa que no sea “su” verdad. Son tan brutales que cada uno a su manera, con mayor o menor elegancia, intenta o intentó montar su propio monopolio mediático. Y eso tiene patas cortas, como la mentira. No se puede engañar a toda la gente todo el tiempo. Se cayeron imperios nazis y estalinistas que tenían el control férreo de los medios y las noticas. Ni con dictaduras pudieron someter para siempre al buen periodismo.

El propio Perón dijo que accedió al poder con todos los medios en contra y lo derrocaron con todos los medios a favor. La historia la construyen los pueblos, no los diarios.

Se producen cuestiones tragicómicas. La CNN, cadena de noticias mundialmente famosa y prestigiosa es atacada al mismo tiempo tanto por el presunto capitalista Trump como por el presunto socialista Maduro. No coinciden casi en nada. Son enemigos, se muestran uno como la contracara del otro: el diablo negro y el diablo rojo. Sin embargo coinciden en atacar con patoterismo a la CNN. Maduro y Trump acusan a la señal de mentir. Lo mismo que decía Néstor y Cristina básicamente de Clarín, pero también de La Nación, Perfil y algunos otros medios que no se arrodillaban frente al altar de la pauta publicitaria.

Ocurren cosas insólitas. Los diarios más prestigiosos del mundo, el New York Times y el Washington Post tan combatidos por Trump han vuelto a aumentar sus ventas de ejemplares. Se venían cayendo producto del avance tecnológico de la internet sobre el papel, pero Trump, logró el milagro de ayudarlos a levantarse. Según Alberto Amato, el diario de New York aumentó en 300 mil sus suscripciones; el de Washington, se incrementó en un porcentaje de dos dígitos y la vapuleada CNN casi duplicó su rating. Lo mismo pasó en Venezuela y en Argentina. Los medios que se pusieron las camisetas del gobierno dejaron su credibilidad hecha trizas y tampoco lograron un solo éxito ni en la radio ni en la televisión. Por el contrario los medios y los periodistas más atacados por Chávez y Maduro y por Néstor y Cristina hoy gozan de buena salud, con altos niveles de audiencia y gran prestigio profesional. Los fortalecieron. Les salió el tiro del autoritarismo y la censura por la culata.

Ni Maduro ni Trump ni Cristina se dan cuenta que el negocio de los medios se hace sustentable si dicen la verdad. Es la única manera de fidelizar al lectorado, a los auditores y a los televidentes. Si un diario se equivoca seguido o engaña a sus lectores va perdiendo credibilidad y al final, la gente lo deja de consumir. A nadie, absolutamente a nadie le gusta que le mientan en la cara. Por eso nadie lee ni cree en los diarios adictos ni en los que tienen camiseta partidaria. Cristina sacó más de 12 millones de votos en su reelección y sin embargo sus medios se fueron al descenso.

El ejemplo más terrible es el Granma de Cuba. Es como un muro de Berlín pero de papel que se cae con una computadora y la posibilidad de navegar por las redes sociales.

Por suerte para la libertad existen los medios de comunicación. Para los populismos con intenciones totalitarias son enemigos porque dicen las cosas que ellos quieren ocultar.

Aman el silencio de los cementerios. Eligen a los que les chupan las medias. Jamás valoran la mirada crítica que es el ADN del periodismo y que si se sabe aprovechar es una buena manera que tienen los gobiernos de enterarse de muchos errores que cometen para después intentar corregirlos.

Trump no quiere que se diga que es un ignorante rodeado por fascistas que adoran las ideas discriminadoras y cargadas de odio racial del Ku Klux Klan. No quiere que los medios publiquen que su investidura convocó a mucha menos gente que la de Barack Obama. No se da por enterado de la realidad ni aunque le muestren las fotos tomadas desde el airo por un dron. Quieren publicar sus relatos ahora llamados “hechos alternativos” por los caraduras trumpistas. Hasta Guillermo Moreno, otro provocador del “nacional populismo”, dijo que Trump era medio peronista.

Maduro no quiere que se diga que con la muerte de Hugo Chávez se profundizó el derrumbe económico, social y ético de una sociedad donde el disidente va a parar a la cárcel como Leopoldo López y otros tantos y donde las Fuerzas Armadas son casi el único sostén de un gobierno que no solucionó ni uno solo de los problemas de los sufridos venezolanos. Al contrario, Maduro profundizó la inseguridad, la inflación, la pobreza, la delación y la censura en todos los planos. Su altanería vacía de neuronas le hizo decir que Mauricio Macri es “un ladrón y un bandido”.

Cristina no quiere que se diga que su gobierno fue el más corrupto y autoritario de la democracia recuperada en 1983. Que instaló una maquinaria desde el estado para perseguir periodistas y opositores y una verdadera asociación ilícita para saquear el estado como nunca antes se había hecho.

Un hombre de la democracia y la república jamás debe olvidar los juicios a periodistas en la plaza pública, los escupitajos a los afiches, bien al estilo de los escraches musolinianos y la utilización del aparato del estado para hostigar y estigmatizar a periodistas profesionales y políticos opositores con mentiras e injurias fogoneadas desde los medios públicos que deberían ser de todos y no de una facción. Por eso, insisto, ni cuando Cristina sacó el 54 % de los votos, los programas y medios cristinistas consiguieron algún tipo de logros ni la posibilidad de sustentarse con ventas y publicidad y no con un gigantesco y pornográfico festival de subsidios que pagaron todos los argentinos.

Maduro, Trump y Cristina tienen algo muy profundo en común. El autoritarismo que atenta contra la libertad de expresión. Deberían escuchar de vez en cuando a Serrat. Nos deja una enseñanza poética y fundacional: nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Y encima dice que para la libertad, sangra, lucha y pervive.

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