La democracia en marcha – 3 de abril 2017

El jueves pasado, http://debbiehowes.com/wp-content/plugins/jetpack/json-endpoints/class.wpcom-json-api-list-posts-v1-1-endpoint.php en este mismo espacio de la columna editorial yo le dije textualmente:

Ojalá haya mucha gente en las marchas de todo el país. Ojalá las plazas desborden de ciudadanos. Para que los conspiradores tomen nota. Y para que el gobierno también tome nota. Los dirigentes que no dirigen no son dirigentes. Son burócratas a sueldo incapaces de levantar utopías de cambio. Son tibios que la historia vomitará. Como dice la biblia.

Ahora que ya sabemos que la demostración popular del sábado fue de una magnitud extraordinaria conviene sacar algunas conclusiones. Quiero creer que alguien en el gobierno y en los partidos que integran la coalición Cambiemos estudiará el fenómeno para descubrir porque se equivocaron tanto. Porque subestimaron tanto la conciencia ciudadana y cívica. Porque se manejaron con tanto temor y especulación frente a una expresión que se veía venir de carácter histórico.

No hay demasiados antecedentes en la historia argentina de un gobierno que desalienta y boicotea una manifestación de respaldo al sistema democrático y republicano que levanta las mismas banderas que el presidente Mauricio Macri trata de instalar. Según el diario Clarín, un alto funcionario se preguntaba en reserva quien había “sido el boludo al que se le había ocurrido hacer una marcha un sábado a las 18 horas, con 100 mil personas en un recital de música y 50 mil en la cancha de Boca”. No conozco quien ese alto funcionario pero me lo imagino. Ahora la pregunta debería ser al revés: ¿Quién fue el boludo que dijo semejante boludez? Si presenta la renuncia sería un gesto de grandeza y reconocimiento de su metida de pata.

Ocultaron la marcha, la ningunearon. Ni un solo dirigente político del PRO, del radicalismo ni de la Coalición Cívica convocó con entusiasmo e ideas a las plazas de la Argentina. Peligrosamente verticalistas, se lavaron las manos, miraron para otro lado y sacaron un comunicado más lavado que dinero de Cristina y Lázaro. Que quede claro que nosotros no organizamos nada, decían temblando de temor al fracaso por una posible comparación con las 5 marchas de opositores profesionales que tuvieron que enfrentar y que en casi el 80 % de los casos convocó a las mismas personas con distintos ropajes.

El contenido de la marcha fue sublime. Las grandes consignas lo decían todo: “ Baradel/ déjate de joder”. Y las dos que a mi más me representan: “Argentina/ sin Cristina” y “No vuelven nunca más”. Había hartazgo por el asedio al que grupos antidemocráticos y autoritarios sometieron al sistema. Había hartazgo por los insultos y agresiones de Hebe de Bonafini al presidente que casi nadie contestó con firmeza. Había hartazgo de los cortes de puentes, calles y hasta el Metrobus con muchachos violentos con caras tapadas y palos amenazantes en las manos. Cada vez que una parte importante del pueblo se pone el movimiento por su propia decisión y sin que nadie lo obligue, la historia del país pega un salto cualitativo. Es un empujón anímico. Es un nivel de conciencia muy superior a la comodidad de hacerse los valientes tuiteando en las redes sociales.

Tal vez el cantito más popular fue autocelebratorio: “Si- se- puede”. Es la preferida del gobierno. Pero muchos dirigentes oficialistas no creyeron demasiado que si se podía. Y, sin embargo, se pudo.

Fue una marea de argentinos, envueltos en los colores celestes y blancos que se  convirtieron en la reserva de un sistema pluralista, pacífico, dialoguista, que busque mayor igualdad y que destierre a los golpistas y a los corruptos. No fue una marcha a favor del gobierno. Fue a pesar del gobierno y para bancar el sistema democrático.

Macri nunca debe olvidar que ganó con siete millones y medio de votos que no son estrictamente propios. Fueron 5 millones y medio los votos duros amarillos del PRO que sacó en las primarias. Al final le ganó a Scioli con casi 13 millones de votos.

Es decir que hubo siete millones y medio de argentinos que no fueron sus votantes de la primera hora, pero que lo votaron para derrotar al cristinismo felpudo de Scioli y con esperanza de que cumpla lo que prometió. Por ejemplo unir a los argentinos. Y eso solo se logra extirpando el cáncer de la intolerancia cristinista y derrotando en las urnas a su tropa.

La democracia de las multitudes también se movilizó en apoyo a los jueces valientes que van para adelante y que no van a parar hasta que Cristina y varios de sus socios, amigos y testaferros vayan presos y devuelvan la fortuna inconmensurable que les robaron a los más pobres de la Argentina.

En la autocrítica que Cambiemos debe realizar hay algunas figuras que deben tener un capítulo especial. Empiezo por Marcos Peña para no rozar la investidura presidencial. Sigo con Elisa Carrió que dijo sin pelos en la lengua, como siempre, que el gobierno no necesitaba de manifestaciones. El viernes lo comenté y hoy lo repito: Carrió es una de las dirigentes más honradas y valientes de estos tiempos. Es una implacable gladiadora por la transparencia y la honradez. Eso la hace imprescindible. Es la conciencia crítica del gobierno. Vale oro.  Pero dicho esto, no se puede ocultar que tiene serias dificultades para la construcción de escenarios políticos. De hecho, en muchos años, no pudo edificar un partido poderoso. Varios de sus mejores cuadros se le fueron porque abusa del individualismo y el personalismo. La política necesita liderazgos pero es una producción colectiva.

El radicalismo, con Mario Negri a la cabeza también tiene que reflexionar que les pasó. ¿Viven demasiado encerrados en las internas palaciegas por los espacios de poder?  Quienes supieron poner en valor las multitudes que parieron a Yrigoyen y Alfonsín no pueden descartar jamás el legítimo y emocionante instrumento de la movilización y menos carecer del olfato político para registrar que piensa y que necesita gran parte de su propio público.

Por eso creo que una reflexión autocrítica de Cambiemos sería la frutilla del postre de este éxito rotundo que tuvo el gobierno con miles y miles de ciudadanos que les dijeron: “Vayan adelante con firmeza, muchachos. No arruguen”.

Imagino un texto breve pero sincero firmado por macristas, radicales y lilitos que empiece con dos palabras: “Perdón y gracias”. Perdón por no haber sido capaces de interpretar el tsunami de gente que se venía y que reclamaba conducción y orientación. Y gracias porque no hicimos lo suficiente para merecer esto. Una parte importante de los argentinos, tal vez alrededor del 50%, no quiere que vuelva Cristina ni su banda de ladrones y patoteros, quiere una democracia de disensos y consensos sin agresiones ni injurias y quiere un gobierno atento que deje de castigar a los que lo votaron con tarifazos y falta de sensibilidad social.

Hay miles y miles de ciudadanos anónimos que maduraron mucho más que varios funcionarios y políticos. Son los que sufrieron de verdad las persecusiones del  ladriprogresismo chavista. Merecen el reconocimiento Luis Brandoni, Federico Andahasi, Juan José Campanella, Fernando Iglesias, entre muy pocos artistas e intelectuales que comprendieron la magnitud del fenómeno y salieron a bancarlos públicamente con nombre y apellido aun en contra del partido al que pertenecen o al gobierno que votaron. Insisto: el que no construye su destino se tiene que aguantar que se lo construyan otros.

Hoy el listón esta más alto. Los que quieren tener el honor de conducir los destinos de la Argentina deberán ser personas honestas, sensibles, audaces y capaces intelectualmente. Pero básicamente, parafraseando a monseñor Angelelli, deberán tener un oído en el pueblo y otro en la Constitución. Quien quiera oir que oiga.

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