La esperanza vence al miedo – 7 de abril 2017

Entre todos los problemas que estamos tratando de resolver los argentinos está creciendo una solución maravillosa: mucha gente, en todos los ámbitos está perdiendo el miedo. Eso es un milagro ciudadano muy saludable. Las sociedades atemorizadas se paralizan y se resignan a las cosas tal cual son. No tienen impulso de cambiar lo que nos viene jodiendo la vida durante tantos años. Pero cuando alguien se anima. Y otro se suma. Y luego van dos más, la valentía se va contagiando y como decía César Isella, “empezá por vos mismo que después seremos dos”.

Entre la montaña de disvalores que nos dejaron los Kirchner como bombas de tiempo culturales hay algunos que son muy obvios por el tamaño de la desmesura: la megacorrupción de estado que superó todos los records de los delitos cometidos en democracia, el autoritarismo y la persecución al que piensa distinto, el odio y la fractura social expuesta que esos ataques generan y también el miedo.

Y el miedo envenena la democracia. No tengo dudas de eso. El temor congela todo tipo de debate plural que es una de los activos del sistema republicano. Enriquecerse con la opinión del otro. Aprender, corregir, debatir para mejorar algo. Pero si mucha gente no se atreve a hablar, ni a actuar, todo se empobrece y los autoritarios de estado tienen un terreno más fértil. La peor opinión es el silencio, decía en una época el gremio de prensa. Y estoy absolutamente de acuerdo. El silencio es la tumba de la libertad. El miedo es la cárcel del corazón.

Hace un tiempo, cuando Cristina dividía para reinar y agredía a medio mundo, el contador Oscar Santiago Lamberto citó a Perón y dijo “hay momentos en la vida en los que más vale la vergüenza que el miedo” y cambió su voto en la Auditoria General de la Nación. De esa manera se pudo aprobar el informe sobre las graves irregularidades en el manejo de los fondos del Fútbol para Todos que la semana anterior se había archivado por la decisión de los auditores oficialistas. Recuerdo que Cristina tenía al peronismo sojuzgado y temblando bajo sus pies. Sometido al silencio y al sicristinismo verticalista humillante. Con un gesto de rebeldía Lamberto que era y es peronista y que era y es el capo de la AGN, sacó adelante el riguroso informe que comprometió a los últimos tres jefes de gabinete de la jefa de la asociación ilícita que junto a sus hijos se dedicó a cobrar coimas y lavar dinero.

Esa fue la importancia del voto de Oscar Lamberto que los fanáticos kirchneristas no comprendieron. Los que solo son soldados disciplinados y verticalistas incorregibles dejan de tener pensamiento propio y se comportan como autómatas. Y denigran la política que esencialmente debe ser rebeldía ante las injusticias. Hoy el caso más despreciable es el del mayordomo Parrillitudo.

El matrimonio Kirchner dió cátedra en esta forma de conducción autoritaria de castigar con latigazos o la Siberia a los de la propia tropa que no se verticalizaron como chupamedias eternos.

Cristina exigió y exige alineamiento absoluto. Subordinación y valor para defender a Cristina. Condujo  con mano de hierro y reclamó una disciplina casi castrense. Dividió y divide aún hoy a los argentinos entre esclavos y enemigos. De hecho calificó de “bandita de traidores” a quienes fueron muy leales a ella en su momento como Miguel Angel Pichetto, Julián Domínguez, Diego Bossio, Juan Manuel Abal Medina y hasta el flaco José Luis Gioja, entre otros. Disculpe el señor se está llenando de traidores el recibidor, diría Serrat.

Dio verguenza ajena observar a dirigentes con mucha experiencia arrodillarse ante el altar de Cristina para mendigar un carguito. Las listas en todo el país las hizo ella en Olivos. Y así le fue. Hizo desastres que llevaron directo a un par de fuertes derrotas electorales. Concentró tanto el poder que asfixió al Partido Justicialista  y puso a gobernarlo a alguien como Carlos Zannini que se formó en el sectarismo y el dogmatismo maoista. Y hasta el propio Zannini fue acusado de traidor por Cristina porque los jueces la están volviendo loca a ella y a Zannini casi ni lo molestan. Hace un tiempo le cortó el rostro porque sospechaba que lo traicionaba con sus amigos de Tribunales para salvarse solo y tirar a ella debajo de un camión. Ahora parece que recompusieron la relación y otra vez son amigos. Pero las heridas quedan y las cicatrices también.

En estos últimos días aparecieron muchos gestos de coraje civil que potencian la esperanza. La gigantesca movilización ciudadana del sábado 1ro de abril. La participación con fotos en los lugares de trabajo de los que no adhirieron al paro. Pusieron la cara y el cuerpo y no solo el apodo de Twitter. El ofrecimiento de autos para llevar gente a sus laburos y romper el cerco del paro de transporte. Muchos comerciantes que se la bancaron frente a las patotas que amenazaban quemarles los locales si no bajaban las persianas, cientos de tacheros que no arrugaron frente a la patoteada de Omar Viviani y salieron a hacer el mango de todos los días. Y muchos casos más. Sobre todo esas dos mujeres con los ovarios bien puestos que merecen nuestro humilde homenaje. Hablo de Andrea y Zulma que se plantaron frente a unos delincuentes que la quisieron obligar a cerrar la estación de servicio en Lomas de Zamora. Emociona ver a esas dos muchachas defender su dignidad y su fuente de trabajo. Les hicieron frente. Los mantuvieron a raya y además hicieron la denuncia. Hubo una orden de la fiscalía para que los atacantes se fueran acusados de coacción y llegó el grupo antidisturbios. Hay que cuidar a gente como Andrea y Zulma. Que en los próximos días no les pase nada. Que no les rompan los vidrios o las agredan porque todos los argentinos ya sabemos quiénes son. Son gente del gremio de estacioneros que lidera uno de los capos de la CGT, Carlos Acuña.

Solo los que no creen en el debate de ideas apuestan al miedo y a su etapa superior, el terror. Una parte importante de la dirigencia de este país calló demasiado frente a los atropellos del kirchnerismo. Muchos temieron carpetazos del gobierno porque tienen cadáveres en el placard. Las personas decentes y honradas que no tienen nada que ocultar, pueden y deben hablar sin autocensuras. Para eso hemos construído esta democracia que ya tiene casi 34 años. Porque una persona que grita se escucha más que miles que callan, como decía San Martín. Roosvelt decía que solo hay que tenerle miedo al miedo. El miedo envenena la democracia pero, como decía Lula, la esperanza, siempre vence al miedo. Ya lo dijo con sabiduría, María Elena Walsh. “No tendremos miedo, no tendremos miedo, nunca más”.

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