Y como si todo lo que pasó y lo que
sigue pasando, no fuera suficiente papelón, Santiago Cafiero sigue con sus mentiras de patas más corta que su capacidad. Insistió hoy en decir que no hubo otras celebraciones en Olivos. Justo hoy, que el diario La Nación reveló que nueve días antes del cumpleaños clandestino de la primera dama, el presidente Fernández ya había roto la cuarentena reforzada que el mismo había impuesto porque celebró el cumpleaños de su hermano con una cena en Olivos. Ese día Alberto cenó con su hermano por parte de madre, Pablo Galíndez, quien permaneció allí por casi tres horas. Galíndez no ingresó esa sola vez. Hubo seis visitas que se registraron dentro del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio.
Está muy claro que la casa no está en orden. Ni la Casa
Rosada, ni la casa de todos, como debería ser nuestro país. Alberto no sabe, no contesta y no gobierna. Baila sobre el Titanic. O peor todavía, no baila, canta canciones infantiles de su autoría que dan vergüenza ajena. ¿Lo escuchó?:
“Si me pierdo, yo me encuentro/ si me caigo, me levanto/ el secreto de la vida/ está en seguir cantando”. Más guitarrero que guitarrista, con rimas berretas, el Presidente que no preside, desnuda sus propia debilidad. Porque está perdido y todavía no se encontró. Porque se cayó y no se levanta. Sigue en la lona de la imagen negativa y el secreto no es seguir cantando, señor Fernández. Pruebe con gobernar. Su talento como cantautor es del nivel de “En el cielo las estrellas/ en el campo las espigas/ y en el medio de mi pecho/ la república argentina”.
Cristina es agresiva y autoritaria pero,
por ahora no come vidrio ni quema plata. Ella se da cuenta de la niebla mental que envuelve a su pupilo y le ordena: “Poné orden, Alberto”.
Cristina le ordena eso y además que no tome agua del pico de la botella. Y él, le contesta como un chico y le dice que su hijo, el príncipe heredero, Máximo, hace lo mismo.
“Hice lo que me mandaste, Cristina”, le dijo en el anterior acto en el estadio de La Plata. Esta vez, ella le sacó el micrófono y trató de explicar lo que Alberto no supo, no quiso o no pudo explicar respecto de las minorías. Y él le dijo “Cristina, tenés razón”. Todo el tiempo le respira la nunca con la intensidad de un stopper. Lo asfixia, lo reduce a la servidumbre y no lo deja tomar casi ninguna decisión. Por eso, Alberto hoy es un arquero que mete adentro las pelotas que van afuera y que duda en salir o quedarse en la línea del arco cuando viene un centro peligroso sobre el área. El festival de obscenidad al que estamos asistiendo con la zaga de “La fiesta clandestina del cumpleaños de Fabiola”, no tiene antecedentes.
Alberto está sometido y nos somete a
todos los argentinos a los retos despóticos de Cristina. De hecho, él lo confesó en público. “Me reta, me reta”, dijo delante de todos y a cielo abierto.
Hoy Alberto es un boxeador peso pluma y está contra las cuerdas. Recibe guantazos de todos lados y en el rincón, ella le saca hasta el banquito y lo alienta: “Dale para adelante, Alberto”. Es patético. Habla y la mira a Cristina esperando su aprobación. Hoy Carlos Pagni finaliza su columna de opinión con una frase que le dijo un colaborador de la jefa del jefe del estado: “Pobre Alberto: no puede contener a Fabiola y pretenden que le ponga límites a Cristina”. Patético. Demoledor. Los memes y las burlas están a la orden del día. Dicen que Dylan con sus ladridos avisó todo lo que se venía. Y del ridículo nunca se vuelve, decía el general Perón.
Una escena tragicómica y peligrosa porque ese señor vacilante y vaciado, está piloteando el avión en el que viajamos millones de argentinos.
Por eso no extraña que niegue la
realidad y mienta. Después le echa la culpa a su pareja y enseguida grita que nunca dijo eso. Hasta el propio Sergio Berni lo humilla por orden de Cristina y en una carta lo amonesta por haber entregado a su compañera. Y Berni sigue en su puesto. Alberto no puede sacar a ningún funcionario y lo que es peor, cada uno que se va es reemplazado por algún talibán de Cristina.
Y todavía faltan más fotos. Y el crudo de
los videos. Y eso solo es el envoltorio de lo verdaderamente dramático. Por un lado, la hecatombe económica que multiplicó la pobreza, la desocupación, la angustia, el hambre y las empresas fundidas.
Y el fracaso sanitario que expresa el
horror de casi 110 mil muertos y de uno de los peores países del mundo en el manejo de la pandemia.
Como si esto fuera poco, Cristina comete un sincericidio brutal. Además de su búsqueda desesperada de impunidad y venganza, ahora confesó que “necesitan muchos períodos más de gobierno”. Es el vamos por todo. Ya gobernaron 30 años la provincia de Santa Cruz y van por los 14 años en la Argentina. Y lo único que lograron es huir hacia el pasado y quebrar toda posibilidad de progreso. No hace falta ir a Venezuela para adivinar el futuro al que nos quiere llevar. Con Santa Cruz, alcanza. ¿Ese es el orden que Cristina le ordena a Alberto?
Sandro de nuestra América – 19 de agosto 2021
Le confieso algo, estimada oyente. Con toda franqueza, querido oyente. Hace varios días que vengo pegando duro contra el autoritarismo chavista y los ladrones de estado. Creo que es mi derecho como periodista pero también, mi obligación como ciudadano. La inseguridad criminal, la hecatombe económica, la impunidad y el horror de casi 110 mil muertos que produjo el maldito virus sumado a la mala praxis de Alberto, han construido una tormenta perfecta sobre la Argentina.
Pero, usted ya sabe que, por momentos, siento en el cuerpo que tengo que abrir una ventana para respirar un poco de aire puro. Recuperar otros temas y algunas nostalgias. Es como una vacuna contra la locura. Una cura en salud contra la angustia cotidiana. Por eso, si usted me permite, hoy quiero celebrar el nacimiento de Sandro. Es un humilde homenaje al Gitano, a ese Roberto Sánchez que nació un día como hoy, un 19 de agosto.
Tal vez por eso hace más de una década que odiamos más que nunca al EPOC que lo asesinó. La Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica perforó su respiración para siempre. Ni siquiera el trasplante cardíaco bi pulmonar que le hicieron, pudo derrotar semejante asfixia.
Pero lo quiero recordar en vida. Recordar es hacerlo pasar nuevamente por el corazón. Porque todos los argentinos tenemos un Sandro metido adentro de nuestra identidad. A todos nos dice algo. A todos nos despierta las fantasías. A todos alguna vez nos expresó en nuestros sentimientos más íntimos. Queremos tanto a Sandro.
Es que su leyenda va mucho más allá de los 22 millones de discos que vendió, de los cientos de estadios que llenó, de los 46 long play que editó, de los 11 discos de oro y los incontables de platino.
Su mística es muy superior al record de 40 recitales seguidos con localidades agotadas en el Gran Rex, y su premio Grammy que lo consagró en todo el continente como “Sandro de América”.
En mi caso, Sandro tiene dos momentos muy especiales. Aquel “Sandro y Los de Fuego” que desde los Sábados Circulares de Pipo Mancera hacía bailar a una juventud que empezaba a patear todos los tableros. La sensualidad de aquel muchacho arrabalero de Valentín Alsina que moviendo su pelvis como Elvis llegó a la gloria del Madison Square Garden con la transmisión en vivo de otro grande: Cacho Fontana. El día que más me conmovió fue cuando lo distinguieron en el Senado de la Nación. Recibió el premio, lo aferró junto a su pecho y gritó: “Mami, viste donde llegó el nene”.
Nos hizo llorar a todos. Se sentía orgulloso de sus orígenes, de su barrio, “siempre voy a ser el hijo de doña Nina y de Don Vicente, el que necesitaba dos meses para ganar lo que a los 17 años yo ganaba en un rato sobre un escenario.” Es que nació en un conventillo de la calle Tuyutí donde tenían que compartir el baño y la cocina con otros vecinos. Muchas veces su madre le tuvo que hacer pantalones con tela de colchones. El dinero era escaso pero el corazón gigante. Algunos creyeron que su origen gitano era apenas un recurso de marketing. Pero lo cierto es que los zíngaros lo adoraban y cada tanto se aparecía en alguna celebración de la colectividad. Tuvo un abuelo paterno llamado José que nació en Hungría con apellido típicamente gitano pero cuando emigraron a estas pampas por los milagros de las burocracias, su apellido se transformó en Sánchez. Dicen que le pusieron Roberto en homenaje a Roberto Escalada que era el galán de moda por aquél entonces.
Ese Sandro fue sembrando romanticismo en toda América y cosechó legiones de admiradores. Se convirtió en pasión de multitudes. Sin escándalos ni chismes. Atrincherado en su casa de Banfield para que le respetaran su intimidad. Todo lo que ganó se lo ganó arriba del escenario. Cantando o actuando en sus películas que ya son de culto. Ese muchacho que empezó a ganarse la vida como changarín y tornero pudo radiografiar el amor y decir: “Por ese palpitar / que tiene tu mirar/ yo puedo presentir/ que tu debes sufrir/ igual que sufro yo, por esta situación/ que nubla la razón, sin permitir pensar.
Le gustaba cocinar sofisticaciones de la comida china, francesa y japonesa. Su mundo era rococó, casi bizarro. Una suerte de personaje almodovariano que te recibía en el camarín con batas rojas de seda y botas negras de cuero. Y un whisky y un cigarro, que eran infaltables.
Era un travieso que llamaba a la radio en medio del programa para elogiar una nota o completar un comentario. Los productores no lo podían creer cuando atendían el teléfono: ¿Quién habla? ¿Sandro? Y era Sandro, nomás.
Siempre fue muy creyente. Una persona de fe que tenía en su casa un pesebre que le había traído un amigo desde Jerusalén y una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa ante la que se arrodillaba a rezar antes de cada espectáculo. Por momento parecía un torero. Muy lejos había quedado ese chico que en bicicleta ayudaba a su padre con el reparto de vino a domicilio.
En su madurez hubo otro Sandro que ratificó y multiplicó en tres generaciones su romance y lealtad con la gente. Ese que se convirtió en un fenómeno social. En un Gardel gitano. Ejerció una suerte de resistencia cultural a los tiempos light que vivimos. Hoy para muchos mercaderes del cerebro vacío el éxito es sinónimo de delgadez y juventud. Y Sandro batió todos los records de público sin ser flaco ni joven. Todo lo contrario. Entrado en kilos y en años no ocultó una cosa ni la otra. Convivió dignamente con eso. Se reía de sí mismo. Se tomaba el pelo. Movía su cuerpo con esa rosa rosa tan maravillosa para que las nenas deliraran y le tiraran sus bombachas ansiosas y les decía: “Esto que están viendo es un mezcla de ridículo y milagro”. Y era verdad.
Todos somos una mezcla de ridículo y milagro cuando nos despojamos de todas las caretas y los disfraces y nos quedamos desnudos frente al espejo de nuestra propia conciencia. Todos somos tan ridículos como milagrosos. Pero es así la vida cuando se valora lo auténtico y se sabe que no hay plástico ni siliconas que garanticen la juventud eterna. Hoy todo es rapidito, liviano y por arriba. Encima la pandemia condena los abrazos y los besos a la pantalla remota de esa cárcel llamada Zoom. Las relaciones humanas son fugaces porque no hay tiempo para nada. Intercambios de bajas calorías. Finamente gasificados. Hay una cultura de la raspadita. Del clip, del pensamiento tuitero de 140 caracteres, del video game y del chat. No se lo que quiero pero lo quiero ya. Todo se sobrevuela. Sandro representó todo lo contrario. La profundidad de las cosas. La intensidad que desprecia lo efímero. Aquel tocadisco Winco para enfrentar la banalidad del mal. Hoy que las modelos son modelo, se puede decir que él le dio batalla a lo insípido y a lo incoloro, que prefería las flores a los Ipad y las velas a las leds. Es que siempre fue rebelde y peleó por ser cada vez más auténtico.
Sandro fue un estandarte en defensa de las cosas más profundas de la vida. Tan profundas que muchos presuntos piolas creían que eran grasas, antiguas o cursis.
¿Desde cuándo es cursi llorar por el amor de una mujer? ¿Desde cuándo es antiguo el juego maravilloso de la seducción? ¿Quién es el marciano que dijo que es grasa susurrarle te quiero a nuestra novia? Sandro rompe con esa mentira noventista de que es más importante tener y parecer que ser. En tiempos líquidos, Sandro muestra lo sólido. Era un divo pero actuaba como el muchacho de barrio que llegó. En uno de sus espectáculos habló de recuperar el almacén de las cosas perdidas. Es la revalorización de lo simple, de la emoción y la sensibilidad. Ahora se convirtió en mito. O en leyenda. Pero Sandro es un sentimiento. Roberto Sánchez vive eterno en el corazón de sus nenas. Volverá y será millones como todos los ídolos populares. Decía que la gente solo quería un poco de aire fresco. Y tenía razón. Por eso lo convoqué en estas letras. Yo también necesito un poco de aire fresco.
Tuvo la lucidez anticipatoria de cantarnos en vida eso de que: “no quiero que me lloren cuando me vaya a la eternidad. Quiero que me recuerden como a la misma felicidad”. Sandro querido. No te lloramos. Te extrañamos…
García Lorca, el artista de la libertad – 18 de agosto 2021
Hay dos informaciones que instalaron en mi cabeza el recuerdo de un talentoso que admiro mucho. Hoy le quiero hablar de Federico, alguien que apenas vivió 38 años, pero no murió nunca. Hoy les quiero hablar de una leyenda que se llama García Lorca. Un día desembarcó en estas pampas y se quedó a vivir en el corazón de los argentinos. Toda su estadía fue en el Hotel Castelar de Avenida de Mayo 1152. Su habitación, en ese hotel tan señorial y maravilloso, fue convertida en museo. La noticia triste que hace dos meses, crisis económica y pandemia mediante, cerró sus puertas ese alojamiento tan tradicional de Buenos Aires que fue construido hace 90 años.
La otra información que me despertó nostalgias de Federico García Lorca es que hoy se cumplen exactamente 85 años de su fusilamiento. Su estatua en la Plaza Santa Ana en Madrid amaneció rodeada del perfume de las flores que muchos dejaron en su homenaje.
Dicen que para el amor, García Lorca, no tenía límites ni esquemas. Jugaba en todos los puestos.
De paso le recuerdo que ser gay o lesbiana, todavía es delito en 72 países y en 8 los castigan con la pena de muerte: Irán, por ejemplo, régimen al que tanto admiran los falso-progresistas del mundo, con los cristinistas a la cabeza. Y ya que hablamos de este tema le cuento que recién hace 10 años, Fidel Castro pidió disculpas por las persecuciones brutales a los que sometió a los “pajaros”, como llaman en Cuba a los homosexuales. Había campos de trabajo forzado para «reeducarlos” y en la puerta un cartel fascista de izquierda: “El trabajo los hará hombres”. Hoy no hay matrimonio igualitario y ni siquiera unión civil en Cuba. Legal y formalmente, ahora no tienen ningún castigo. Pero la policía brava de la tiranía los sigue acorralando contra el Malecón y son descartados en los trabajos.
No quería dejar pasar la oportunidad de decir estas verdades. Pero volvamos al admirado García Lorca. Federico nació en un hermoso pueblito granadino llamado Fuente Vaqueros. Y la mejor poesía del siglo pasado, escrita en castellano, parió a uno de los más grandes entre los grandes.
Federico García Lorca fue todo lo que un enamorado de la vida puede amar. Un poeta inigualable, un dramaturgo celebrado por todos, un disfrutador de los placeres de la vida, un pianista, un fabricante de palabras para poner en boca de la magia inocente de los títeres.
Fue profundamente popular y culto a la vez. Apasionado y fino. Gitano y una especie de anarquista que supo unir la gloria de la literatura al combate de la militancia anti franquista.
Por eso lo fusilaron los falangistas. Porque no podían soportar tanto sol y tanta vida. Por eso la dictadura y el mismísimo Francisco Franco ni se atrevían a nombrarlo. Su solo nombre, su recuerdo en el imaginario popular, era una gigantesca fogata que podía iluminar la noche que vino después de la guerra civil española.
Federico era Federico y sus pasiones. Amigo de Salvador Dalí, Luis Buñuel que le hizo una de las mejores fotos y de Rafael Alberti. En Granada lo supo homenajear Gabriel García Márquez y Darío Fo. No se podía haber elegido una mezcla mejor. En Gabo y Darío Fo seguro que vivió el duende andaluz y la luz de García Lorca.
Le confieso que digo García Lorca y siento que estoy nombrando la cultura de verdad. La cultura que habita en “La Casa de Bernarda Alba” o en “Las Bodas de sangre” que lo trajeron felizmente a la Argentina, invitado por Lola Membrives.
Fue un luminoso 13 de octubre de 1933. El diario “La Nación” publicó la información donde además se confirmaba que Victoria Ocampo, a través de su editorial Sur, le iba a publicar “El romancero gitano”.
Se puede decir que Buenos Aires hipnotizó a García Lorca. Y que él se entregó al caudaloso Rio de la Plata y se dejó llevar. Tres veces postergó su regreso a España. Aquí frecuentó al Malevo Muñoz a quien admiraba después de leer “La crencha engrasada”. A Enrique Santos Discépolo, a los hermanos González Tuñón y a Conrado Nalé Roxlo. Algo asi como una selección de talentos. Si hasta da bronca no haber vivido en esa época.
La pequeña habitación número 704 del hotel Castelar donde vivía Federico, siempre era una fiesta. Dicen que allí escribió dos actos de “Yerma”. Por las noches, el placer y la lujuria, explotaba en todas sus aristas. Era recitar poesías, tertulias literarias en cafés como El Tortoni, la peña “Signo” donde conoció a Alfonsina Storni y, nada menos que a Pablo Neruda. ¿Se imagina a García Lorca y a Neruda juntos? Uno podría soñar que solo faltaba Carlos Gardel. Pero ese sueño se cumplió. César Tiempo fue el que los presentó. Fue el autor del milagro. En el corazón de la calle Corrientes. ¿En qué otra calle podría ser? Fue en hall del teatro que ahora se llama “Blanca Podestá” y que en aquel entonces se llamaba Smart.
Gardel y García Lorca juntos. Toda la madrugada bebiendo la noche, cantando el mudo, recitando el poeta. El tango le había pegado fuerte en su sensibilidad. Como la música negra del Harlem cuando estuvo en Nueva York o las caderas seductoras del son cubano en La Habana.
Federico no se privó de nada. Conoció a Julio de Caro, a Luis Angel Firpo, boxeador mítico si los hay, a Enrique Cadícamo, a Juan Carlos Cobián.
Hijo de un campesino pudiente y de una madre culta que le enseñaba letras y músicas, el 18 de agosto de 1936 fue llorado por sus familiares y por toda la España republicana, camisa blanca de mi esperanza, diría Víctor Manuel. Lo habían acribillado contra un paredón en el barranco de Viznar para que naciera la leyenda. Lo enterraron en una fosa común y anónima. Cadáver entre cadáveres por el solo pecado de ser republicano. Todos recordamos su frase genial: “Como no me he preocupado por nacer, no me preocupo de morir”.
Hoy los argentinos lo recordáramos con sus últimas palabras sobre Buenos Aires.
Un periodista le preguntó si tenía previsto volver y él contestó:
– Ojalá. Pero yo no quiero ir a estrenar ni a dictar conferencias. Me gustaría ir para estar con mis amigos, para remar en el Tigre, para oír el magnífico alarido de los partidos de fútbol, para escuchar los tristes bandoneones de notas verdes y acongojadas, para beber el vodka ruso en las tabernillas de la calle 25 de mayo con el grupo de poetas más sensible y más simpático que he encontrado en mi vida.
Ese era el sueño de Federico. Sus últimos deseos, sus ganas de vivir, sus ganas de luchar para siempre hasta que las balas negras del franquismo lo condenaron a ser eterno. Lo acribillaron en el futuro de la cultura. Todavía no han podido encontrar sus restos en ninguna fosa común. Tal vez sus huesos se hicieron aire o tierra. Ojalá en paz nos recuerde como nosotros los recordamos a él a 85 años de su asesinato. Federico García Lorca, emblema de la diversidad cultural. Monumento a la belleza en todas sus formas. Un canto a la libertad que ningún fascista pudo matar. Apenas se fue, Herido de amor…