Un presidente chanta y la plaza de las piedras – 9 de agosto 2021

Según los diccionarios de lunfardo, el
adjetivo “chanta”, viene del genovés, chantapufi, como se denomina al que no paga sus deudas. Enseguida aparecen otras acepciones: fanfarrón, que alardea de lo que carece y tramposo, de poca credibilidad.
En toda su gestión, Alberto Fernández ha demostrado estas características nefastas para conducir el estado. Pero en donde más daño hizo, sin dudas, es en el fracaso sanitario. Según el informe de resiliencia de Bloomberg, Argentina quedó último en la tabla de posiciones como el peor país para pasar la pandemia. Y esto no tiene que ver solamente con la cantidad horrorosa de muertos que se acercan peligrosamente a los 110 mil. Son crímenes de lesa indignidad.
Con la cantidad de mentiras y torpezas de Alberto Fernández y su gobierno, se podría escribir un libro, el “libro negro” del luto y el dolor. Pero lo que más irrita es esa doble moral y esa chantada de decir cualquier cosa sin que se le caiga la cara de vergüenza.
Llegó a la cima de la provocación cuando dijo que “prefería tener un 10 % más de pobreza y no 100 mil muertos”. Pero humilló a todos cuando amenazó a los que hicieran lo que él estaba haciendo, durante la cuarentena estricta ¿Se acuerda?: “Y a los idiotas, le digo lo mismo, la Argentina de los vivos, que se zarpan y pasan por encima de los bobos, se terminó”.
Pregunta chicanera: ¿El presidente Fernández de qué lado se ubica ahora que se conoció la verdad? ¿Juega para el equipo de los vivos o de los tontos?
Mientras el presidente decía esto, en Olivos, se producía un festival de violaciones a esa cuarentena rigurosa que los ciudadanos comunes respetamos casi religiosamente y con una gran responsabilidad cívica.
Meter el dedo en la llaga de tantos compatriotas, fue produciendo rebeliones de personas independientes que no tienen una militancia partidaria y que hablaron desde el alma y el corazón. Gente que a lo mejor en otro momento no se hubiera animado a castigar al gobierno. Deportistas que le pasaron fuertes facturas por la desidia y a la falta de sentido común en las normas para entrenar hacia los Juegos Olímpicos, como el remero Brian Rosso que dijo: “Para los que se ponen nerviosos por la falta de medallas argentinas, recuerden que el año pasado, entrenar era un delito”.
Le faltó agregar que el perro presidencial, Dylan, tuvo entrenamientos presenciales y los deportistas y los estudiantes, no. Es lo que hay. Así nos va.
Levantaron su voz en los medios, personas que no se mueve en el territorio de la política. Desde Gastón Recondo hasta Marcelo Polino, pasando por Cinthia Fernández. Fueron reacciones por la muerte del padre de Recondo al que no pudo acompañar en sus últimas horas y por eso le dijo al presidente, mirando a cámara que le había faltado el respeto.
La madre de Polino falleció y por eso dijo que le dio “mucha bronca porque no pudo hacer ni una misa”.
Cinthia también apeló al sentido común y a su experiencia personal para hacer sus críticas.
Esto es lo novedoso. Duros reproches al presidente que no vinieron de opositores o analistas políticos. Y en el ciudadano común, estas palabras, golpean más todavía.
Alberto Fernández batió todos los records de mamarrachos en sus declaraciones y acciones. Permitió un desfile de peluqueros, coloristas, maquilladores, adiestradores de perros, vendedores de humo y hasta una tarotista. Las cartas sobre la mesa tal vez no alcanzaron para adivinar el futuro escandaloso que se venía producto de la grosera violación del presidente a las reglas que el mismo había establecido. Después dijo, “no sé porque me contagié”, pese a que el médico presidencial le había recomendado restringir al máximo todo tipo de reuniones. Para eso estaba el Zoom.
Alberto apuntó contra el ministro Mario Meoni ya muerto y se preguntó si él no fue el que recibió al empresario taiwanés que ganó varios contratos con el estado después de haberse retirado de la quinta de Olivos casi a las tres de la mañana. Un cuento chino que nadie cree. Insólito. Inexplicable. Chanta como para jurar por el hijo y permitirse mentir descaradamente diciendo que estamos entre los 20 países del mundo que más vacunan o no desmentir a Daniel Gollán que comparó la gestión de las vacunas con Estados Unidos. El esquema completo, es decir con dos dosis, en Argentina llega al 18.7% y en Estados Unidos al 50.6%. Gollán contrabandea información, malversa los datos y mira solamente el porcentaje de vacunados con una dosis. Son patéticos y sinvergüenzas porque ahora abren todo porque se vienen las elecciones y las encuestas les dan mal. Se viene la variante Delta, pero abren con la misma irresponsabilidad y especulación electoral con la que cerraron.
Pero no todas fueron reacciones individuales. La bronca colectiva comenzó a hervir en las redes y apareció una idea que mucha gente fue viralizando: “La marcha de las piedras” del próximo lunes 16 de agosto. Una convocatoria a plaza de Mayo y a Olivos para depositar en el suelo piedras que simbolizan los casi 110 mil muertos por culpa del covid y la negligencia del gobierno. Cada piedra como homenaje a una persona fallecida.
Ruegan que a nadie se le ocurra arrojar las piedras como hicieron en su momento con 14 toneladas grupos opositores al macrismo contra el Congreso Nacional. Proponen dejarlas respetuosamente en el suelo, como un alarido silencioso por el desgarro de la pérdida. Y para que nadie olvide a un presidente chanta.

La poesía tanguera de Cátulo – 6 de agosto 2021

Si le parece bien hoy quiero salir un poco de la política, de la corrupción, la impunidad y el autoritarismo de Cristina y su banda. Hoy quiero contarle una historia de uno de los pilares de nuestra cultura ciudadana. Porque un día como hoy, nació Cátulo Castillo. Creo que vale la pena abrir una ventana a esas letras y tangos que tanto nos representan. Ahí va…
El agua más fría del cielo, bombardeó Buenos Aires aquella tarde de invierno del 6 de agosto de 1906, hacer exactamente 115 años.
A las cinco en punto, en pleno diluvio helado, nació un bebe en la calle Centro. El padre, arrancó al niño de los brazos de su madre y se lo llevó a la azotea. Lo alzó. Desnudito, ante esa lluvia bíblica y a la luz de los relámpagos, lo ofreció a esa agua bendita que caía del cielo negro y entre los truenos, gritó a todo pulmón: “Hijo mío: que las aguas de cielo te bendigan!!”.
Por supuesto que el bebé recién nacido se pescó una pulmonía de padre y señor nuestro. Pasó 4 meses de terror. De mal en peor, y cuando ya lo daban por muerto, se salvó sobre la hora.
También se salvó de casualidad de llamarse “Descanso dominical”. El padre, un anarquista pobre y poeta, siempre perseguido por la policía y los acreedores, quiso llamarlo así en homenaje a esa reciente conquista obrera, pero el registro civil no se lo aceptó. Entonces hubo una especie de asamblea de amigos, anarquistas pobres y poetas, siempre perseguidos por la policía y los acreedores y debatieron el asunto, con lista de oradores y todo. Bien horizontal y democrático. Y fueron ellos los que decidieron que se llamara Cátulo, Catulo Castillo.
Más o menos así narra Eduardo Galeano, en su cuento “El Bautismo”, el instante del nacimiento de Cátulo Castillo, un día como hoy pero de hace 115 años. Cayo Valerio Cátulo fue un poeta nacido en Verona en el año 87 antes de Cristo. Su padre era amigo de Julio César y se lo considera el iniciador de la elegía romana, como estilo literario.
Pero aquél Buenos Aires era muy diferente. Argentina tenía otros sueños inmigrantes de hacerse la América y con múltiples esperanzas de progreso. Pero las injusticias y los sufrimientos, eran similares. Y Cátulo que los vivió en carne propia, los supo retratar como nadie. Les tomó el pulso, los respiró y los describió.
Ese vínculo insólito y mágico, que reveló Galeano, entre Cátulo y su padre, fue el comienzo de una relación intensa y fructífera para la cultura popular argentina. José González Castillo, el padre de Cátulo, aprendió a gambetear las privaciones y el hambre en la calle. Se ganaba la vida como periodistas, poeta, músico y dramaturgo. Su militancia anarquista lo obligó a exiliarse en Chile porque venían degollando. Ahí crió a su hijo Cátulo, a su imagen y semejanza. De regreso a esta ciudad, Cátulo Ovidio comenzó a ponerle música a algunas letras de su padre. Organito de la tarde, Silbando, Acuarelita del arrabal y tantas otras que los convirtieron en la dupla padre e hijo más importante que registra nuestra bendita historia tanguera.
Pero Cátulo, no solo heredó de José la pasión por las melodías y el 2×4. Cátulo aprendió a amar a su patria y a su ciudad. Los colores, aromas y sabores de Buenos Aires. Su cultura, su gente, sus misterios escondidos. Y pudo radiografiar y representar los padecimientos de los más humildes y los más explotados. Hablo de los obreros de las fábricas grises. Los maquinistas del tranvía en movimiento. Las empleadas domésticas que venían del interior más profundo y las costureras que no dieron el mal paso, las de la línea fundadora de la industria textil. A una de ellas le dedicó “Caminito del Taller”, una de sus primeras obras, grabada por Carlos Gardel en 1925. “Débil y enferma, que camina arropada en una mañana invernal rumbo a su trabajo”, dice esa postal. Ese tema fue pionero dentro del tango de protesta social. Cátulo escribió cuando apenas tenía 19 años. Cuando cumplió 20, Gardel le grabó la última curda que hizo en sociedad con Aníbal Troilo (a) Pichuco. “Lastima bandoneón, mi corazón //tu ronca maldición maleva// tu lágrima de ron me lleva// hasta el hondo bajo fondo donde el barro se subleva// Chapeau. Me pongo de pié ante semejante poesía canción. Una joya y obra de arte, mérito de los tres, de Cátulo, Pichuco y el troesma.
Cátulo jugó para el equipo de los muchachos de Boedo. Para él, los de Florida eran puros cajetillas. Sus compañeros fueron hombres de letras que hacían letras para los hombres, como Roberto Arlt y su prepotencia de trabajo y Homero Manzi, entre otros. Precisamente, Cátulo le escribió a Manzi un tango que es casi una radiografía: “Años de cercos y glicinas// de la vida en orsai y el tiempo loco// tu frente triste de pensar la vida, tiraba madrugadas por los ojos”.
Cátulo conoció, investigó y se metió a fondo en los ámbitos más diversos y enriquecedores. Estudió música. Fue subiendo, escaló por escalón en el Conservatorio Municipal hasta convertirse en su director. Con esas mismas manos con las que escribía las partituras más notables de la época de oro del tango-canción, Cátulo se fajaba entre las cuerdas de los rings del boxeo de la guapeza. Entre los conciertos, se calzaba los guantes y se subía al cuadrilátero. En ese escenario iluminado por los gritos de la popular, dio batallas homéricas hasta consagrarse, finalmente, como campeón argentino de peso pluma. Y además fue seleccionado para los juegos olímpicos de Amsterdam. Para esa época, ya era un peso pesado del boxeo, la poesía y la sociedad porteña. Era muy respetado en los círculos del poder, pero Cátulo huía de esas fiestas glamorosas de rubias con champagne y perfume francés.
El seguía optando por la vida austera y sencilla en lugar del glamour. Mantenía firme el mismo compromiso con los trabajadores y con sus colegas, los autores y compositores. En defensa de sus derechos, se convirtió en un honrado gremialista y llegó a ser secretario y presidente de Sadaic. Fue todo lo contrario del sindicalismo de hoy, con mafias, ideas flacas y bolsillos gordos. Tampoco encajaba en ese perfil de burócrata gris de escritorio. Disfrutaba la vida y la naturaleza. De hecho fue un tenaz defensor del medio ambiente, antes de que la ecología y la cultura verde, se pusieran de moda. Llegó a compartir la sencillez de su casa con 95 perros. Su amor por los animales, los impulsó a crear el MAPA (Movimiento Argentino de Protección de los Animales)
Cátulo hizo de todo. Y todo lo hizo bien. Cosechó premios y distinciones en cantidad. Pero cuando le preguntaban cuál era su oficio, decía que solo era “un ex vendedor de papas y carbón”.
Toda su vida fue pensamiento, acción para honrar la palabra. Tuvo una coherencia inquebrantable. Una tarde lluviosa, como el día que nació, un golpe seco al corazón lo tumbó y se quedó tirado en la lona de la vida por toda la cuenta. Perdió por nocaut, como todos los mortales.
No se llenaba la boca proclamando ideas y consejo de vida. Los ejercía todos los días. Era un ejemplo. Haz lo que yo digo pero también lo que yo hago.
Un honrado amante de la vida y de los hombres, sin pompa ni bronces ficticios. Estaba dispuesto a darlo todo a cambio, apenas, de una mesa de pocillos humeantes y sabrosos, con amigos en la noche del “Café de los Angelitos”, ´para disfrutar entre reflexiones y discusiones “El último café”…porque llega tu recuerdo en torbellino, vuelve en el otoño a atardecer, miro la garúa y mientras miro, giro la cuchara del café”.
Muchos extrañamos a Cátulo. Es uno de los padres fundadores de nuestra identidad nacional. Es muy necesario su recuerdo para que, junto a otros como Atahualpa, Favaloro, Borges o Gardel, vayamos reformateando lo que somos y lo que queremos ser. Tal vez así encontremos nuestro destino, entre tanta desilusión y desengaño. Chan, chan.

Cristina y la segunda muerte de Nisman – 5 de agosto 2021

Cristina está a punto de sacarse de
encima la causa que más la preocupa. Más temprano que tarde, la justicia va a declarar la nulidad del expediente donde está acusada por el encubrimiento de los terroristas iraníes que volaron el edificio de la AMIA. Cuando eso ocurra, se habrá perpetrado la segunda muerte del fiscal Alberto Nisman. El fue asesinado precisamente por esta gravísima denuncia que hizo.
Y digo que todo está encaminado para voltear esa causa porque Cristina logró una victoria contundente
en su plan de impunidad y venganza.
Hace apenas 20 días, montó un show macabro de mentiras que la coloca a un paso hacer arrodillar a la justicia y someterla a sus caprichos.
Tanto Carlos Zannini como Oscar Parrilli fueron cómplices de este intento de dinamitar la causa y presionaron a los jueces en forma pública y a cielo abierto con una prepotencia casi sin antecedentes en tribunales.
Zannini les exigió tres veces a los jueces que “sean valientes” y que “no cedan a las presiones ni al ruido de los medios de comunicación”. Mientras un peso pesado como es el jefe de todos los abogados del estado, presionaba groseramente a los jueces, les ordenaba que no se dejaran presionar. El vacunado vip y alter ego de Cristina utilizó el mismo falso argumento de que ella fue perseguida y que Nisman intentó proscribirla electoralmente. Parrillitudo, el mayordomo de la jefa del jefe del estado siguió ese relato falaz y agregó un reclamo de “dignidad, además de valentía” a los jueces y les advirtió que “tienen la oportunidad de demostrar que no todos son la cloaca de Comodoro Py”.
Así intimidaron a los jueces.
Siguieron el camino y las órdenes y las enseñanzas de Cristina. Ella hizo en su momento un acto político gracias a que el tribunal cedió a sus exigencias e inventó un nuevo Código Procesal Penal.
Un traje a medida. La reina Cristina pertenece a la monarquía del chavismo santacruceño y está muy por encima de la plebe, los ciudadanos comunes que somos todos nosotros.
Esa posibilidad que le dieron a Cristina, a Zannini y Parrilli y sus cómplices, de una audiencia pública, quedará en la historia del Derecho porque eso, no existe, no está contemplado y carece de toda legalidad y está atravesada por todo tipo de arbitrariedad. Se trata de un avance de extrema gravedad institucional. En lugar de concurrir al juicio oral, como cualquier hija de vecino, y defenderse en ese ámbito, Cristina, Zannini y Parrilli fueron los actores protagónicos de un escenario propio para atacar a ese juicio oral y a los magistrados que llevaron esta causa que no es cualquier causa.
Es la causa que más la aterra porque está acusada de haber encubierto a los terroristas que volaron la AMIA, en un asesinato masivo de 85 personas.
Por momentos parece que la jefa del jefe del estado disfruta de castigar a las víctimas de todo tipo y de colocarse siempre del lado de los victimarios. Esto pasa en todos los planos.
Así como Cristina humilló y les mojó la oreja a los familiares de las víctimas de la AMIA y su monje negro, Carlos Zannini dijo que “le temen a la verdad”.
Se sienten los dueños de la comarca. Son señores feudales que se han apropiado de casi todo. De las vacunas, de los dineros públicos, de la moral y ahora, de la justicia que empieza a considerar seriamente declarar la nulidad de la causa por el encubrimiento del ataque terrorista más grave de la historia argentina. Si eso ocurre, y es muy probable que eso ocurra, más temprano que tarde, será con el mismo argumento insólito de que dos jueces charlaban (no se sabe de qué) de vez en cuando con el ex presidente Macri en Olivos.
Ese torpedo ilegal va a impactar en varias de las causas que tienen a Cristina como jefa de asociaciones ilícitas para saquear al estado.
¿Hasta dónde llegará el fanatismo y la desmesura? ¿Cuál será el límite de la realidad paralela que se inventan y la negación de lo que realmente ocurre?
¿Cuál es la fortaleza de la división de poderes para soportar estos micros golpes de estado o golpes palaciegos que pueden herir de muerte al sistema democrático? Veremos.
Que suenen las alarmas institucionales. Un nuevo régimen se está consolidando en la Argentina a la vista de todos.
Ojalá la democracia no se transforme en una democradura.
Cristina se quiere convertir en la justicia.
A seis años y 7 meses del balazo en la cabeza en su departamento de Puerto Madero, hay que decir que el fantasma de Alberto Nisman va a perseguir toda la vida a Cristina. Porque ella es responsable de su asesinato. Por acción o por omisión. Cada vez que la justicia avanza, el cerco se cierra más sobre Cristina y sus soldados más fieles. Hablo por ejemplo, de Juan Martín Mena, quien era el segundo jefe de los espías y ahora, es el Ministro de justicia en las sombras. Hablo del generalísimo César Milani, capo chavista de la inteligencia del cristinismo. Mientras las investigaciones se acercan a la verdad, Cristina se aleja la posibilidad de lavarse las manos.
Si queremos una democracia realmente republicana debemos exigir juicio, castigo y condena para los autores, materiales e intelectuales del crimen de Alberto Nisman, un magnicidio considerado, el tercer atentado después de la voladura de la AMIA y la Embajada de Israel.
En una despreciable cabriola que pegó en el aire, Alberto Fernández como en tantos temas, pasó de acusar a Cristina a ser su cómplice. Como si no tuviera estómago ni escrúpulos, el presidente designado, dijo en forma contundente en 2015 que nadie pensaba en la Argentina que el fiscal Nisman se había suicidado. Incluso agregó que “la primera que no piensa eso es Cristina”. Un periodista le preguntó sin vueltas: ¿fue suicidio u homicidio? Y Alberto contestó sin dudar: homicidio.
Ahora, con la misma seguridad respondió que está “convencido que se trató de un suicidio”.
Cristina no fue capaz ni de darle el pésame a la familia del fiscal. Cero condolencias. Todo lo contrario, ordenó demoler su prestigio y matar nuevamente al muerto pero esta vez con mentiras, y con presunta información de su vida privada. Aníbal Fernández fue el jefe del “Operativo basura” de toda la maquinaria estatal que incluyó el pedido de que metieran presa a la madre del fiscal Nisman. Hace unos días, la justicia empezó a hacerle caso y embargaron las cuentas bancarias de la familia del fiscal asesinado.
El peor escenario para Cristina fue cuando la Cámara confirmó que Nisman fue asesinado por la denuncia que hizo sobre ella. Los jueces aseguraron que “Nisman no se suicidó ni fue inducido al suicidio. Que no estaba loco ni tenía miedo”. Al contrario, estaba eufórico y contento porque en unas horas iba a exponer toda su investigación ante el Congreso de la Nación.
Es que los K, nunca entendieron que la mentira siempre despierta sospechas. La verdad siempre resucita, por más profundo que la entierren. La verdad no se suicida ni se puede sepultar. Por eso Nisman es una bandera de lucha contra la impunidad, aunque lo quieran matar por segunda vez. Hoy Nisman es un faro de luz contra la oscuridad.