El Cuchi nos ilumina desde el cielo – 29 de septiembre 2021

Ojalá que el talento del Cuchi
Leguizamón nos ilumine desde el cielo. Estamos tan saturados del autoritarismo, la corrupción, el fracaso del manejo de la pandemia y la hecatombe económica que, por momentos, nos invade cierta oscuridad por la falta de esperanza. Por eso, tal vez el Cuchi, tan solidario siempre, nos pueda prestar su luz hasta que salgamos del túnel.
Gustavo Leguizamón, más conocido como “El Cuchi”, hoy cumpliría 104 años pero hace 21 años que falleció. Es uno de los más grandes artistas populares que dio nuestra bendita Argentina. Recuerdo que aquel día triste me pregunté donde iremos a parar si se apaga el Chuchi Leguizamón, como Balderrama.
Yo estoy construido de varios materiales, como todo el mundo. Uno de ellos son las peñas de la Córdoba combativa de los 70 y los festivales de folclore de Cosquín.
El Cuchi nos honró el alma y nos llenó nuestras neuronas con su talento de bagualas y lamentos. Todavía nos sentimos un poco huérfanos del Cuchi. Pero por suerte está su obra y sigue brillando. Fue el que provocaba a los conservadores de toda laya con su filosa ironía. Nos despertaba con sus sonoras carcajadas endiabladas, como sus ojos, como las aristas de su cara y su barba.
El Cuchi fue uno de los defensores del pobrerío salteño. Era un duende genial que aparecía mágicamente donde se lo necesitaba. Un aristócrata pariente del general Arenales y bisnieto de una criolla que luchó al lado de los corajudos y las corajudas de Martín Miguel de Güemes.
El Cuchi fue capaz de escribir “Chacarera del expediente” y burlarse de su propio oficio, y burlarse de todo.
Solo alguien de su dimensión eterna pudo crear esto…
El pobre que nunca tiene/ ni un peso p’andar contento/no bien se halla una gallina/ ya me lo meten preso./ El comisario ladino/ que oficia de diligente/ lo hace confesar a palos/ al preso y a sus parientes/ Y se pasan las semanas/engordando el expediente/ mientras el preso suspira/ por un doctor influyente/ Amalaya la justicia/ vidita los abogados/ cuando la ley nace sorda/ no la compone ni el diablo/ Esta son cosas del pueblo/de los que no tienen nada/esos que se hallan millones/ tienen la Casa Rosada.
Parece escrito hoy. Aquí aparece toda su rebeldía contra los funcionarios corruptos. Toda la mordacidad de alguien que pese a los antepasados de gran alcurnia jamás se olvidó de ser un ponchito protector de su gente. Para empezar nunca dejó de vivir en Salta. Ese fue su lugar en el mundo y su lugar en la vida y en la muerte. Lo enterraron en el cementerio Santa Cruz, regado por un torrontés que se toma lento y viene en damajuana. Dicen que camino al campo santo recitó con su voz cavernosa a modo de despedida que: “Si nada hay tras de la vida/ iré más allacito cantando/ cuando mi sombra florezca azul/ sus huellas se irán borrando.
Podemos quedarnos tranquilos porque no descansó en paz durante este tiempo de ausencia. El cielo lo estaba esperando para sumarse a una fiesta. El Mono Villegas le hizo un lugarcito en el piano universal del jazz maestro y Manuel Jota Castilla preparó el locro y las empanadas y hermosas letras para musicalizar. El Cuchi se llevó una utopía. Alegrarle la vida a Dios por toda la eternidad. Ya lo había escrito cuando dijo:
Pobrecito Tata Dios/ siempre solito y ausente/ se moriría de aburrido/ si no fuera por la gente.
El Cuchi que yo canto, el que hoy le robamos al recuerdo, se fue satisfecho con una sonrisa de vino manso. Por sus armonías que todavía son modernas y transgresoras pero enraizadas a la tierra. Por sus melodías cultas y a la vez populares. Por su sabiduría en el piano y en los consejos. Siempre se llevó la vida por delante. Pateó todos los tableros y desvistió a todos los santos. Fue golpeteo sobre las mesas, madrugadas de seducción y de cuerpos.
Nadie pudo ni podrá domesticar al Cuchi. Siempre rompió todos los moldes y los dogmas. ¿O ustedes conocen a alguien más en el mundo que haya armado un concierto con las maravillosas campanas de Salta repicando y replicando? ¿O la sensata locura de diseñar una obra integral con los 18 sonidos que tienen los gases al escapar de las locomotoras? Hasta le sumó el silbato del tren y el ruido de la marcha sobre las vías. Los trenes del alma le marcaron la vida. Lo sacudían hasta las entrañas. No en vano se sentía orgullosamente hijo del jefe de la estación de tren de Cerrillos. Lo único que le faltó fue querer hacer una serenata con los aromas y los colores de Salta la linda.
No sabemos cómo ocupó sus días vacíos. El Cuchi iba tan a contramano de la pacatería y lo establecido que un día histórico decidió dirigir y arreglar a un dúo que revolucionó el folclore con su forma de cantar cruzado entre falsetes y abismos.
Llamó a Patricio Giménez y al Chacho Echenique y parió el Dúo Salteño, algo así como la máxima vanguardia de la música criolla de finales de los 60. Algo así como los Piazzolas de las vidalas y las zambas, algo así como los Beatles pero de acá.
Así andaba el Cuchi por la vida. Con un poncho rojo en el corazón, como si fuera el escudo protector de un gaucho de Güemes, como su bisabuela o como si fuese el mismísimo Martin Miguel de Güemes para defender a pura palabra y puro teclado las fronteras de nuestra cultura y de nuestra patria que no es lo mismo pero es igual.
Supo cantar en los coros universitarios, ser un profesor muy querido por sus alumnos por su forma campechana de enseñar historia o filosofía, un abogado penalista de los pobres y ausentes, un músico capaz de disfrutar de Los Fronterizos, de Vinicius de Moraes o de Bach y Beethoven a quien llamó con toda justicia : “el músico definitivo”.
Solía inflar su mejilla con el acullico permanente que le hace el aguante de coca a las noches que no encuentran el límite de la madrugada. Solía cocinar como el más experto de los criollos y con esa misma experiencia, sazonar musicalmente “La Cantata Popular de las Comidas” de Armando Tejada Gómez.
Dice la leyenda que nació con una quena en la cuna. Y que a los dos años ya tocaba el Barbero de Sevilla. Escuchaba con esa oreja prodigio a su padre cantar ópera todo el día o a su madre silbar a los pájaros para que acompañaran los vuelos del Cuchi.
Cuchi significa chancho en Quechua. De chiquito le pusieron ese apodo que en Salta habla de picardía y le quedó Cuchi para toda la vida y desde hace 21 años, para toda la muerte.
Tiene un solo disco producido por otro grande como Manolo Juárez. Se murió sin un peso para arreglar su piano oxidado. Dejó 4 hijos que llevan el apellido Leguizamón con la frente bien alta. Murió un día antes de cumplir 83 años.
Se pasó la vida desafiando lo previsible. Levantó polémicas a cada rato con su ingenio y sus definiciones para sorprender como si fuera un Borges de la música de Salta. Tenía una impronta borgiana de verdad, en su aspecto señorial y oligarca, en sus bibliotecas y laberintos armónicos que dinamitaban las rutinas. Y algo mágico que quiero contarle: compuso un tema en sociedad con Jorge Luis Borges. Se imagina: de Cuchi Leguizamón y Jorge Luis Borges un tema llamado; “No hay cosa como la muerte” .Dice en su último párrafo:
-No se aflija. En la memoria/ de los tiempos venideros/también nosotros seremos/los tauras y los primeros.
El ruin será generoso/y el flojo será valiente: No hay cosa como la muerte
para mejorar la gente.
Yo quiero convocarlos porque al igual que La Pomeña, yo sé que…
Viene en un caballo blanco/ la caja en sus manos tiembla/ y cuando se hunde en la noche/ es una dalia morena.
O como Maturana: No me cabe duda que el Cuchi, Dios lo tenga en la gloria y se divierta con él, andará rondando la tierra con toda su tierra adentro y en el vino que lo duerme, dormido llora su pago.
Nosotros también lo lloramos y lo extrañamos.
En el vino que lo duerme/ Dormido llora su pago.

Alberto se pierde y no se encuentra – 28 de septiembre 2021

“De todos lados se vuelve, menos del
ridículo”. La sentencia, atribuida a Perón, es un anillo en el dedo Alberto Fernández, el presidente intervenido. En la agenda oficial, pareciera que Juan Manzur le dijo, “correte Alberto que estamos gobernando”. Muchos se preguntan dónde está el piloto porque el jefe del estado salió de la escena y se refugió en el silencio y las sombras. Aquel acto grotesco donde Alberto recordó la canción que compuso en la pandemia, fue la confirmación del esperpento en que había convertido su gestión.
Está claro que el presidente se perdió, pero no se encontró. Se cayó, pero no se levantó. Se pasó demasiado tiempo contra las cuerdas, con Cristina respirando su nuca y gritándole en el oído. Dijo e hizo torpezas que la historia se encargará recordar como el peor presidente desde el retorno de la democracia. Cristina no solamente lo sometió. También le arrancó hasta el último suspiro. De títere lo transformó en prisionero de sus caprichos.
En 22 meses, no pudo cumplir ni siquiera con el uno por ciento del pacto espurio que firmó con Cristina: el trueque de sillón de Rivadavia por impunidad. No se cerró ninguna de las causas de Cristina. Y todo indica que el 14 de Noviembre será un acelerador para que los jueces avancen sin prisa pero sin pausa, sobre los 7 juicios orales que acechan a la vice.
Cristina lo fue desangrando. Una docena de altos funcionarios se tuvieron que ir humillados del gobierno nacional. Podrían formar lo que irónicamente bauticé la “Asociación de ex combatientes de Alberto”. Hablo de Marcela Losardo, su socia y amiga de toda la vida, de Juan Pablo Biondi, una suerte de sombra de Alberto, de dirigentes que lo venían bancando hace años como Nicolás Trotta, Daniel Arroyo, Francisco Meritello, Alejandro Vanoli o Felipe Solá. Hubo más eyectados del gabinete y ninguno pertenecía al cristinismo. Ginés González García, Luis Basterra, Guillermo Nielsen, Sabina Fréderic, María Eugenia Bielsa y hasta un Agustín Rossi, que se quedó en le medio, sin el pan y sin la torta.
Alberto perdió un ejército de colaboradores en esta batalla con Cristina. Pero lo peor fue la manera en que los tiró por la ventana. Los entregó. A muchos ni siquiera se atrevió a pedirles las renuncias y mandó a Santiago Cafiero. A otros no les habló nunca más y ni siquiera les dio explicaciones. Al principio, premió a algunos con embajadas. Pero al final ni siquiera les dio un abrazo. Ese desagradecimiento a muchos les sonó a traición. Y a otros a una debilidad espantosa que no le permite defenderse a sí mismo y mucho menos defender a los demás. Alberto, ni en sueños se imaginó como presidente. Hoy lo vive como una pesadilla.
El colega Fernando González dice que Cristina le va a seguir comiendo piezas después de las elecciones. Martín Guzmán, Gustavo Béliz, Matías Kulfas y hasta Pepe Albistur, ya tienen tarjeta roja a plazo fijo.
Anoche, el Toty Flores, que conoce profundamente el sentir popular, dijo que entre los argentinos más humildes la foto del Olivos gate produjo bronca. Pero que peor fue el intento de lavarse las manos de Alberto cuando responsabilizó a su mujer. “Eso no hace ni en la cárcel”, dijo Toty.
Esa actitud va en contra de los mínimos lazos y códigos de lealtad y solidaridad. Esa actitud cobarde, le hizo perder más votos que muchos de los mamarrachos que hizo y dijo en su colosal mala praxis. Pero lo que hizo con Fabiola, criticado hasta por Sergio Berni y lo que hizo con sus colaboradores más cercanos habla más de la condición humana y de la falta de valores que de la ideología de Alberto en el caso que la tuviera.
Alberto siempre fue un burócrata del poder sin la más mínima empatía ni carisma. Pero el poder lo desnudó para las mayorías. Sus convicciones son rotativas y gelatinosas de acuerdo a sus intereses más urgentes. Pudo ser nacionalista derechoso, cavallista, menemista, duhaldista, kirchnerista, cristinista, anti cristinista y otra vez cristinista, sin que se le mueva un músculo. Básicamente es un impostor. Un simulador. Alguien que se vendió racional y moderado y fue uno de los más crueles ejecutores de las peores medidas de Néstor Kirchner. La condena a Romina Picolotti reveló para el gran público lo que muchos periodistas sabíamos desde siempre. Alberto fue un frío verdugo de Claudio Savoia. Lo tiró bajo un camión con insultos y mentiras frente a todo el mundo. No tuvo estómago ni vergüenza. Con tal de defender a su protegida corrupta, trató a Savoia de “pseudo periodista, operador y autor de imbecilidades”.
El segundo hombre más poderoso del país contra un cronista. Una asimetría bien autoritaria. Savoia contó que el gobierno de Néstor presionó para que el diario Clarín lo despidiera. Alberto por esos tiempos se cansó de llamar a los dueños de los medios para pedir que echaran periodistas independientes. Me consta. Ponía cara de bueno y por atrás te clavaba un puñal. No entiendo como algunos periodistas compraron y vendieron esa falsedad del Alberto moderado. Savoia contó cuando intentaron, primero amenazar y luego seducir, con cargos importantes a una contadora honesta que no quiso ser cómplice de Picolotti. Y Alberto no dudó en involucrar al estudio jurídico de su admirado Esteban Righi, para asistir a Picolotti. Le recuerdo que Righi era el jefe de los fiscales hasta que Amado Boudou y Cristina lo hicieron renunciar de un plumazo.
Se están cayendo varias caretas. Alberto fue un demonio con máscara de ángel, como su segundo nombre. Es moderado, pero solo ante Cristina. Cuando Cristina lo bendijo como candidato dije que Alberto era menos de lo mismo. Está en la tapa de un libro.
Si tanto le gusta la guitarra y la poesía, Alberto podría leer el tango “Desencuentro”, del gran Cátulo Castillo. Es una especie de radiografía editorial de la actualidad. Canta la justa el Polaco Goyeneche cuando dice: “Estás desorientado y no sabes/ que trole hay que tomar para seguir…/La araña que salvaste te picó/ Por eso en tu total fracaso de vivir, / Ni el tiro del final te va a salir.

Cuidemos la flor de Margarita – 24 de septiembre 2021

Mi hijo Diego entrevistó a Margarita en esta maravillosa radio y en la tele. Se sorprendió por lo que ella le contó y nos conmovió a todos. La escuchamos y la vimos en carne viva, dolida porque dos de los tres comedores populares que lleva adelante, están en peligro de un cierre definitivo.
Ella solo quiere ayuda para poder ayudar. Nada para ella. Todo para los demás.
Ahora tiene tristeza en el alma pero Margarita Barrientos no se rinde. Jamás baja los brazos. Tiene una energía poderosa. Nada la detiene. Ni el horror criminal de la pandemia, ni los ataques políticos que tratan de mezclarla en discusiones que no son de su interés. Ella no se mete en cuestiones partidarias. Recibe toda la ayuda que pueda porque es infinito el desierto de necesidades básicas insatisfechas. Los números de la pobreza extrema y el hambre hablan por sí solos.
No hay ideología ni grieta ahí. Hay necesidades y gente dispuesta a poner el cuerpo para instalar la solidaridad efectiva.
En el histórico comedor de Los Piletones se nota como la pandemia y la cuarentena multiplicaron la concurrencia. Es que el trabajo doméstico y el de los albañiles que hacen changas, fueron de los más afectados por el freno económico.
Pero Margarita no se rinde. Como siempre, la madre Teresa del Bajo Flores lo da todo a cambio de nada.
Es una luchadora social gigantesca.
Mucha gente la conoce pero mucha más gente debería conocerla, admirarla y seguir su ejemplo. Margarita Barrientos resume en su vida y obra, todos los milagros y esperanzas. La mano solidaria tendida en forma permanente. Y la capacidad de hacer todos los días algo que mejore la calidad de vida de sus vecinos con una sonrisa luminosa.
Muchos la conocen. Pretendo que muchos más la conozcan Y por eso no me canso de contar y difundir su epopeya cotidiana.
El comedor Los Piletones es un esfuerzo titánico de Margarita. Hoy es mucho más que un comedor donde se alimentan miles de hermanos argentinos necesitados. Es un complejo solidario que hoy tiene guardería, un centro de jubilados, consultorios médicos, una biblioteca donde hay clases para apoyar a los chicos, un taller de costura y hasta una veterinaria. En los últimos tiempos y como parte de su combate frontal contra la exclusión y la droga, inauguraron una escuela de carpintería que enseña un oficio y que además, fabrica los muebles que se utilizan en este faro de la fraternidad instalado atrás de la cancha de San Lorenzo.
Margarita es un símbolo de la Argentina que florece. Ella tiene nombre de flor y es la más bella del barrio. Es la más querida. Ella tiene mucho que ver con mi historia periodística y hasta con la de mi hijo al que llevé desde muy chico a conocer ese mundo real que muchos quieren ocultar.
Margarita Barrientos a esta altura es un ejemplo del tipo de líderes sociales que necesitamos. Humilde, alegre, de las imprescindibles. Tiene 10 hijos a los que les enseña a valorar la vida y a pelear para progresar. A veces se le escapan las lágrimas más cristalinas que he visto. Son llantos del duelo cuando recuerda a Isidro, su esposo fallecido. ¿Se acuerda? A Isidro le faltaba un brazo pero le sobraba un corazón. ¿Se acuerda como fue el tema, no? Isidro estaba trabajando con un tractor y en un accidente se le cayó encima y eso le hizo perder un brazo. Pero estuvo apuntalando a Margarita desde siempre. Andaba con la camioneta de acá para allá trayendo donaciones, buscando materiales de construcción.
Porque si algo extraordinario pasa en el comedor los Piletones de Margarita es que siempre se está construyendo, en todos los sentidos de la palabra. Siempre hay ladrillos para levantar una nueva utopía. Cuando la Argentina se caía a pedazos en el 2.001 y todo se destruía yo fui a Los Piletones para ver que necesitaban, como podía ayudar. Y ellos estaban construyendo. Además en ese lugar se remonta la esperanza. Se planifica el horizonte. Se ofrece afecto, abrazos, educación, contención y dos platos de comida caliente.
Hace 25 años que Margarita viene curando las heridas más profundas de los más pobres de los pobres. Trata de ayudar a dignificarlos. No le piden que vayan a ninguna marcha, no los obliga a votar a ningún candidato.
Las injusticias y las adversidades le han pegado siempre en el pecho y Margarita siempre respondió con más esfuerzo y con más alegría. Margarita es la cocinera de los milagros. La que prepara todos los días, con sus manos generosas y su mirada limpia el sabroso milagro de un desayuno, un almuerzo y una cena para miles de vecinos, sobre todo chicos y abuelos de la villa. Cada vez que recibe una donación ella lo transforma en ayuda a sus semejantes. Sabe que hacer el bien hace bien y mucho más si se lo hace sin mirar a quien. El escudo de Margarita es el delantal.
No se lo saca nunca. Siempre está cocinando, o comprando o limpiando. ¿Qué lleva a una persona a ser solidaria hasta los huesos? A dar hasta que duela como decía la Margarita Barrientos de Calcuta. Y allí está, edificando un futuro para sus hijos y para sus vecinos. A media hora del obelisco como si estuviera en medio del Impenetrable. Cuidando las garrafas como si fueran de oro y la manteca y dulce de batata como si fueran lujos de príncipes.
Permítame y disculpe que saque pecho y le recuerde uno de los sucesos que más orgullo me provocan de mi oficio de periodista. Fue un hecho mágico y maravilloso que ocurrió con Margarita en este programa. Un día le hicimos una entrevista como tantas. Pero los diarios habían publicado que Baltazar Garzón, el ex juez español, estaba cobrando del gobierno de Cristina un sueldo muy importante como asesor en Derechos Humanos. Se nos ocurrió preguntarle a Margarita que haría ella con tanto dinero. Y confesó que su sueño era construir un Centro de Atención para las Víctimas de Violencia Familiar. Como Margarita siempre piensa en los que más sufren, se acordó de tantas mujeres que por las noches llegan a su casa pidiendo auxilio frente a los golpes brutales de sus maridos, muchas veces borrachos. Como siempre, los gravísimos problemas de la marginalidad y la exclusión, Margarita los vive en carne propia. Nadie le tiene que contar que es lo que pasa con los excluidos. Es ella la que pone el cuerpo cuando llega una mujer llorando, con sangre en su rostro, cargando uno o varios chicos y que pide protección. Muchas veces Margarita no se da cuenta pero evita que haya asesinatos. Una vez ella misma sacó a cachetazos limpios a un hijo de puta que quería seguir trompeando a su esposa. Margarita, su cuerpo, su coraje, su conciencia es un refugio para los más débiles y para las víctimas de ese despreciable delito que es la violencia de género. Por eso ella soñaba con un refugio. Y ese sueño se convirtió en realidad por el milagro de la radio y la generosidad. Emilio Quesada, un empresario español que se casó con una argentina y se quedó para siempre, resolvió donarle ese edificio. No se imaginan lo que es ese lugar. Con todas las comodidades y necesidades satisfechas para contener y proteger a la mujer golpeada. Otro sueño de Margarita hecho realidad. Margarita ya tiene un lugar en el mundo para las mujeres de la villa cuya vida era un calvario.
La luz se hizo. El milagro de la esperanza no cayó del cielo. Fue construido por hombres y mujeres que aman a su prójimo como a sí mismos. Ella sabe desde la cuna lo que es el dolor y el horror. Le pasó de todo allá, en el fondo de Santiago del Estero. Su madre murió temprano. Su padre los abandonó y eran once hermanos. Eso suele pasar demasiado seguido en los subsuelos de la patria. Margarita sabe desde la cuna lo que es el hambre y lo que provoca. No se lo contó nadie. Sabe muy bien cuando la panza duele porque está vacía. Se sienten como cuchillos invisibles que se clavan. Por eso hace lo que hace. Lo hace porque sueña con un país donde nunca más nadie sienta esos dolores quemantes de la exclusión. Hace mucho tiempo viene lavando nuestras miserias y nuestros pecados en los piletones del Bajo Flores. Está lejos de Calcuta y muy cerca de las necesidades más profundas. Es la responsable de que todos los días florezca la esperanza.
Tiene razón Pablo Neruda: Podrán
arrancar todas las flores como Margarita, pero no podrán detener la primavera. Ella nos perfuma la vida. Margarita, la flor más bella.