Parece que va en serio la lucha del gobierno de Mauricio Macri contra los narcotraficantes. Parece que la voluntad política es la de exterminar esa lacra que dejó la herencia más maldita del cristinismo. Durante años Cristina se calló la boca y miró para otro lado y permitió que el crimen organizado perforara y colonizara una parte de las instituciones de la Argentina. Ahora pudimos verlo con toda claridad. Los tres sicarios que fusilaron a tres personas por el tráfico de efedrina hoy están nuevamente en la cárcel pero lograron demostrar la capacidad organizativa, las vinculaciones prostituídas y el poder de daño que tienen.
Que los tres criminales estén nuevamente presos es un gran éxito y un mérito del gobierno de Macri. Pero está claro que todo no fue gratis y que en ese proceso dejaron en evidencia muchos problemas. Aparecieron debilidades, ingenuidad, celos y peleas entre los gobiernos y las distintas fuerzas de seguridad y cierta inoperancia que le hicieron pasar un verdadero papelón a las tres principales figuras políticas de la Argentina: el presidente Macri y sus dos mujeres, Gabriela Michetti y María Eugenia Vidal.
Fue una agonía que duró 14 días y que tuvo grandes luces pero también algunas sombras.
Quedó claro que los pistoleros juegan fuerte y no son perejiles. Que hay que combatirlos con la mayor profesionalidad posible y que cuanto antes hay que cortar por lo sano y meter el bisturí a fondo en las policías provinciales y federal, en la gendarmería, en los servicios de inteligencia, en los cómplices políticos y en la justicia.
Hay que reparar los agujeros de la infiltración y la convivencia de los narcos con el estado nacional que tiene que bregar por la seguridad, la tranquilidad y la paz social para todos.
Por eso cuanto antes hay que hacer un balance de todo lo sucedido para detectar a los infiltrados y a los funcionarios comprados por el dinero de la droga para denunciarlos ante la justicia y que terminen con sus huesos en la cárcel como están ahora los hermanos Lanatta y Schilachi.
Es necesario revisar todos los mecanismos para fortalecer los aciertos y premiar a los uniformados que trabajaron con eficacia y coraje y corregir los errores que se cometieron. Es verdad que a las autoridades de Seguridad de la Nación les tendieron una trampa, pero también es cierto que ellos cayeron en esa trampa y encima, dejaron en una posición ridícula al jefe del estado nacional porque celebró algo que no existía. Eso no debe ocurrir nunca más. En este combate a muerte debe existir un manejo de alta capacidad que proteja al presidente de todos los argentinos y que evite que tenga que pagar algún costo político.
Está claro que el enemigo es poderoso y maneja fortunas para infiltrarse y para comprar funcionarios de todo tipo. Los que plantaron pistas falsas para desviar la investigación y ayudar a los prófugos han cometido un delito gravísimo de conspiración contra la patria.
Tiene razón la ministra Patricia Bullrich cuando dice que eso no es el final de nada. Es una batalla ganada pero la guerra recién comienza. Estamos hablando de criminales que envenenan a nuestros hijos con la droga que son capaces de matar y que pretenden construir un poder paralelo y gobernar este país. Eso no lo podemos permitir. Eso debe ser un tema de agenda de estado que involucre a los más diversos sectores políticos. Hay que avanzar en mejorar la legislación, la logística, la infraestructura, la moral y la ética de los encargados de la lucha cuerpo a cuerpo.
¿Se necesita una ley del arrepentido? ¿Sirve la posibilidad de derribar aeronaves? ¿Ayuda la radarización urgente de las fronteras?
No hay que olvidar que los Kirchner permitieron que el jefe financiero de este grupo se mantenga prófugo desde hace 44 meses. Hablo de Ibar Perez Corradi un delincuente peligroso y muy escurridizo. Y no se puede dejar de tener en cuenta que en el penal de Ezeiza, la cárcel de máxima seguridad, están presos Mario Segovia, el rey de la efedrina y Henry de Jesus López Londoño, apodado “Mi sangre” y calificado por Sergio Berni como “el criminal más importante del mundo”. Y pensar que con todo esto y con las denuncias del Papa Francisco, Aníbal seguía insistiendo que Argentina era solo un país de tránsito.
Destruir esta corporación narco no se logra de un día para el otro. Está claro. Pero no hay que dar más ventajas. Sin prisa pero sin pausa hay que ir a fondo y cerrar las puertas y ventanas que el cristinismo le abrió a las mafias criminales.
Aníbal Fernández y la propia ex presidenta tienen muchas explicaciones que dar ante la justicia. Cristina porque todo comenzó en forma organizada con los aportes que las droguerías involucradas en este trapicheo ilegal de efedrina aportaron para su campaña electoral. Uno de los asesinados en el triple crimen, Sebastián Forza puso 400 mil pesos en el 2007. El gobierno de Néstor puso en marcha esto con los hermanos Zacarías y el ex jefe del Sedronar, Jose Ramón Granero que están procesados por la jueza Servini de Cubria.
Y hay otra trama que desentrañar que tiene que ver con los Meiszner padre e hijo. Uno, con los negociados del Fútbol para todos y la FIFA y otro con el Renar y el tráfico, transporte y portación de armas. En ambos temas también aparecen los dedos pegados de Anibal Fernandez y su relación con ellos.
En el día de su cumpleaños número 59, el ex jefe de gabinete recibió un presente griego: la detención de Martin Lanatta. Es el jefe de esta bandita y el que más vinculó a Anibal con el sobrenombre de La Morsa como jefe de todo lo de la efedrina y el triple crimen. Y lo hizo ante las cámara del programa de Jorge Lanata, el bueno y con una sola “te” y también lo ratificó ante la justicia.
Insisto con una pregunta: ¿Hay algún fiscal corajudo que se atreva a citarlo para preguntarle lo que conoce de estos temas? Todos sus compañeros lo han dejado en soledad y su única reacción fue prender el ventilador para acusar falsamente a periodistas.
Tiene razón la jefa la Oficina Anticorrupción, Laura Alonso: “No fue magia, fue mafia”. Los argentinos sin distinción de banderías partidarias tenemos que ponernos de pié y decir: “No pasarán. Los narcos no pasarán”. Es por el bien de todos y para mal de ninguno.