Esta vez el desplante del Papa Francisco contra el presidente Mauricio Macri fue sonoro como una cachetada. Esta vez no se trató de un gesto sujeto a interpretación. Esta vez fue un hecho concreto. Francisco obligó a dos de sus personas de mayor confianza a devolverle una donación de casi 17 millones de pesos al gobierno de Cambiemos. Conviene aclarar que ese dinero había sido pedido por la fundación llamada Scholas Ocurrentes que tiene la absoluta bendición del Papa. ¿Se entiende lo que digo? Los 17 millones que el gobierno de Macri le dió a Scholas no fueron producto de una iniciativa propia. Fueron en respuesta a un pedido de las autoridades de Scholas que incluso habían hecho un resumen de sus necesidades: departamento de 3 ambientes en Palermo como sede, sueldos para 36 empleados, etc. Además, en su momento, el Papa Francisco en la fugaz y helada entrevista que tuvo con Macri le pidió, genéricamente, que ayudara a Scholas.
Macri hizo lo que le pidieron y le respondieron con un cachetazo. Públicamente el Papa hizo que le devolvieran esa donación y varios de sus voceros más cercanos fueron durísimos con el Presidente argentino sugiriendo que había querido comprar con dinero una mejor relación con el Santo Padre.
A esta altura está claro que los dos opositores más poderosos que tiene Macri son el Papa Francisco y su gran amiga Cristina Fernández de Kirchner.
Vamos a llamar a las cosas por su nombre. Suena increíble pero es la realidad. Toda la información disponible indica que Francisco jamás ha dicho “Cuiden a Mauricio”, como en su momento decía a todos sus visitantes, “Cuiden a Cristina” producto de su sana preocupación republicana de que todos los gobiernos democráticos terminen sus mandatos sin saqueos ni violencia callejera.
Esto adquiere más relevancia justo en este momento cuando varios dirigentes ultrakirchneristas convocan a protestas incendiarias con palabras cargadas de pólvora y donde reaparecieron las capuchas y los palos en los piquetes con organizaciones de nuevos nombres pero de viejos conceptos autoritarios que tributan ideológicamente a Cristina que en su última carta sigue fomentando el odio y el resentimiento. Hubo varios indicios peligrosos y desestabilizadores y aun así, el Papa no pronunció esas palabras mágicas de que “cuiden al presidente” pese a que es un jefe de estado democrático que gobierna hace apenas 6 meses y que heredó una gigantesca bomba de tiempo que nos llevaba al chavismo.
Lamentablemente, el Papa Francisco, el hombre de mayor prestigio planetario, bien ganado por cierto, el líder que más hace por la paz y la convivencia en el mundo no puede, no sabe o no quiere eludir la tentación de actuar en Argentina como un fino operador político nada ingenuo ni celestial. Gustavo Vera, quien duerme en Santa Marta cada vez que viaja al Vaticano y que jamás fue desmentido por el Papa dijo que “en el gobierno tratan a Francisco como a un puntero de Berazategui”. Juan Grabois, directamente trató de “pelotudos, corruptos o prevaricados” a los que piensen que pueden comprar con dinero la simpatía del Papa. Es muy importante este dato porque Grabois es un cuadro político que funciona como mano derecha papal entre los movimientos sociales y acaba de ser designado por Francisco en el Consejo Pontificio de Justicia y Paz. Esta mañana fue entrevistado por Longobardi y dijo que hay sectores que tienen la intención de que la gente no quiera al Papa pero que no lo van a lograr porque lo quieren mucho. También dijo que es escandaloso y espantoso que un estado laico siga sosteniendo la educación católica y gran parte del funcionamiento de la Iglesia. Juan es hijo de Roberto “Pajarito” Grabois, uno de los jefes de Guardia de Hierro, la agrupación del peronismo derechoso que allá por los 70 integraban entre otros Guillermo Moreno y un tal Jorge Bergoglio, del barrio de Flores.
De ahí viene el afecto con el que el Papa Francisco trata a Guillermo Moreno quien se destapó cómo un defensor del genocida Jorge Rafael Videla haciendo una comparación repugnante con un presidente elegido por la soberanía popular. No debería sorprendernos porque pese a que ahora Moreno sobreactúa de camporista de la izquierda nacional y le abre la puerta del Vaticano a Hebe de Bonafini, en su momento fue un macartista que atacaba a la izquierda del peronismo y a la izquierda en general y no se le conoce una sola palabra o acción en contra de la dictadura ni a favor de los derechos humanos.
Pero lo más incomprensible es la cordialidad y el afecto que el Papa Francisco le dispensa a personajes intolerantes, autoritarios y en algunos casos verdaderos delincuentes como el del Omar “El Caballo” Súarez, ex capo del gremio de los marítimos, hoy acusado en la justicia por extorsión seguida de patoterismo.
Ya dijimos que Hebe de Bonafini también tiene que rendir cuentas ante los tribunales y fue la que más insultó al Papa tratándolo de basura fascista. El Papa la recibió con bombos y platillos, y le comentó que está muy preocupado por el actual gobierno al que ve como la continuidad del revanchismo gorila de la Revolución Libertadora. Solo en dirigentes como Cristina y sus cómplices que se desesperan porque sienten que en cualquier momento pueden terminar en la cárcel por todo lo que robaron, puede prender esa comparación con Isaac Rojas que es una verdadera fantasía delirante.
Desde el Sumo Pontífice se argumenta que lo de Moreno, Suarez, Casanello, Hebe, y el rosario a Milagro Sala y siguen las firmas, es producto de su misericordia. Ese también es un mensaje confuso. Es positivo que el Papa no discrimine a nadie pero un estratega brillante como él sabe que los encuentros con unos o con otros, son señales de premios y castigos que se emiten hacia la sociedad. Y si el Papa trata como los dioses a personajes violentos y corruptos el mensaje es que no hay castigo para nadie por más atropellos que cometa. Sobre todo porque muchos de los que son recibidos a los abrazos no se arrepintieron de nada y redoblaron la apuesta autoritaria como Hebe. Eso sí que es grave. Ser recibido por el Papa debería ser un premio para la gente honrada, democrática y solidaria.
A veces, medio en broma y medio en serio, pienso en cuanto falta para que el Papa Francisco reciba a Lázaro Báez. O se estreche en un abrazo con Aníbal Fernández, al que bajo cuerdas acusaba de favorecer el narcotráfico o con Horacio Verbitsky, que fue el que denunció a Bergoglio por entregar curas a las catacumbas de una dictadura que los hizo desaparecer.
Es muy contradictorio que el Papa predique contra los corruptos y, simultáneamente, recibe a algunos mafiosos enriquecidos ilegalmente en la función pública. Y no hablo solamente de Cristina y parte de su gabinete. Hablo también de varios dirigentes gremiales malandras.
Como si esto fuera poco, hace un mes le comenté que el titular de la Pastoral Social, monseñor Jorge Lozano recibió institucionalmente a Fernando Esteche comandante de Quebracho y a Luis D’Elía. Se trata de dos personajes que fomentan la violencia. Esteche lidera los escuadrones que desfilan con las caras tapadas y palos y bombas molotov y de hecho estuvo preso por incendiar la casa de Neuquén en Buenos Aires. D’ Elía tomó una comisaría, trompeó a un productor agropecuario y encima no se le cae la palabra fusilar de la boca. Ambos son los dirigentes que más defendieron a Hugo Chávez y su régimen autoritario y con presos políticos por los que el Papa nunca reclamó y a Ajmadinejad, el líder iraní que niega el holocausto.
Hay que poner el grito en el cielo y no ocultar lo que pasa con medias verdades ni eufemismos. Cada día hay un hecho nuevo que muestra a las claras que como escribió ayer Loris Zanatta” el mito de la nación católica está de vuelta y erosiona la independencia y la autoridad” del gobierno de Cambiemos.
Está claro que Macri tiene un problema serio con el Papa. Y lo peor que puede hacer es ignorarlo o mirar para otro lado.