Este domingo es el día del padre. Es una de las celebraciones familiares que más disfruto porque tengo la dicha de ser padre e hijo. Una de las fotos que más quiero es la que estamos con Diego y Mayor, mi viejo, los tres con el gorrito de Talleres, poco antes de salir para la cancha. Pero para mí, este domingo va a ser un día del padre especial porque acabo de concretar un sueño que supera todos mis sueños. Está en la calle un libro editado por “Sudamericana” y titulado “Cuidate Changuito. Confesiones de padre e hijo”. En el epílogo yo digo que:
No somos quiénes para darle consejos a nadie. No queremos ser ejemplos de nada. Este es un libro testimonial de un diálogo entre dos periodistas que, además, son padre e hijo. Contamos nuestras experiencias de vida en común, con la sana esperanza de que le pueda ser útil a alguien frente a tantos dilemas que la vida, el trabajo y la crianza de los chicos nos imponen.
Un pase radial que hicimos durante un tiempo y un programa de televisión que se llama Los Leuco generaron un interés inesperado sobre la trama de esa relación. En la calle, en las redes sociales y en las charlas que solemos dar juntos surgen una cantidad de preguntas a las que pretendemos dar respuesta con este texto. El alto rating fue tan fuerte como el impacto emocional que les produjo a muchas familias. Nos expresan un agradecimiento permanente por nuestra tarea y de esta manera queremos devolver tanto afecto y reconocimiento.
Queremos transmitir nuestra experiencia. No creemos que sea la única ni la mejor. Solo que la fuimos fabricando en forma conjunta y estamos felices de eso. Todo el tiempo en el periodismo y en la educación de los hijos nos enfrentamos a dilemas éticos. Tratamos de resolverlos con amor y sin temor. Edificamos un vínculo de una solidez indestructible regado de lágrimas y sonrisas.
Elisa Carrió dice que lo más incomprensible del cartel de los Kirchner-Báez y sus cómplices es la manera en que convirtieron a sus hijos en delincuentes. Me estremece pensar en eso. En que su legado sea un futuro en tribunales y tal vez entre rejas.
En ese sentido creo que las manos limpias y la frente alta es la mayor herencia que me dejó mi viejo y la que yo pienso dejarle a Diego.
En su educación siempre apostamos a la libertad sin contagiarle los temores de los padres pero con la responsabilidad correspondiente. No se puede prohibirles todo ni tampoco permitirles cualquier cosa. Acompañar a los hijos en su experiencia suele dar muy buenos resultados. Leer y jugar con ellos. Ayudarlos a cruzar los puentes pero no cruzarlos por ellos y mucho menos no dejar que los crucen.
Ir a una villa miseria siempre tuvo una cuota de riesgos. Pero llevar durante mucho tiempo a Diego al comedor Los Piletones de Margarita Barrientos fue una apuesta a la enseñanza solidaria y a que abriera su mundo y su cabeza. Un chico de clase media aspira a tener las mejores zapatillas. Y está bien que quiera disfrutar de esa posibilidad. Pero también es bueno que sepa que hay otros chicos que andan descalzos y no tienen esa chance. No para martirizarlos ni para cargarlos de culpa. Sí para que tomen conciencia del valor del dinero, de lo que cuesta ganarlo y de que existe un mundo injusto más allá de internet y la Play.
Claro que llevar a Diego a una villa miseria era exponerlo a algunos riesgos que no tenía en Caballito. Pero en la relación costo-beneficio creo que fue muy útil en su formación. Fue gracioso cuando llevamos a ver a Boca a Oscar, el hijo de Margarita. En la tribuna Diego decía malas palabras como tantos hinchas. Oscar, nacido y criado en el Bajo Flores, pudoroso, me miraba sin comprender cómo Diego era tan grosero. No olvidaré la cara de felicidad de Oscar cuando le dije que en la cancha se podía putear pero no en la vida de todos los días. Enseguida fueron los dos los que, abrazados, le reclamaban un penal no cobrado al árbitro con palabras no precisamente lindas.
Siempre intentamos formar a Diego en el ámbito del diálogo, la pasión y el esfuerzo para lograr lo que uno quiere, el compartir el dolor por las tragedias sociales y las alegrías de la comunidad, el saber perder, el aprender de los demás, comprender que muchas veces las apariencias engañan y que no hay que ser un careta hipócrita.
El valor más fuerte que siempre intenté contagiar a Diego además del amor y la defensa con el cuchillo entre los dientes de la libertad fue que no hay que arrodillarse ante nadie pero tampoco hacer arrodillar a nadie. Dignidad y respeto. Ni obsecuente ni soberbio. Ni esclavo ni esclavista. Eso nos permitió enfrentar juntos al patoterismo de Estado y la megacorrupción. Siempre fue espalda contra espalda, en estos años. Me emociona cuando Diego cuenta que quiso mantener el apellido de fantasía Leuco para que mis enemigos y los enemigos de la democracia republicana supieran que ahora había dos Leuco para defender esas ideas y para cuidarse mutuamente. Como si fuéramos dos changuitos que nos cuidamos uno al otro. Todos los padres cuidan a sus hijos y con el paso del tiempo, todos los hijos cuidan a los padres.
Si yo fuera creyente diría que la relación que tengo con Diego es una bendición celestial. Pero como creo más en el esfuerzo terrenal, sospecho que algo bueno habré hecho en la vida para que me devuelva semejante premio.
Nada más puedo pedir.
Nada más tengo para decir. Diego me ilumina la vida. Y con eso me alcanza.