Una sola bandera – 11 de julio 2016

Fue muy emocionante ver ese océano de banderas celestes y blancas tan agitadas como el corazón. Fue una celebración de todos los argentinos y no solamente de un grupo político. Esta vez nadie fue por obligación ni fue trasladado en colectivo. Todos los que fueron a los festejos del Bicentenario de la patria fueron porque tuvieron ganas y se movilizaron en forma espontánea. Y fueron muchos. Verdaderas multitudes en Jujuy, en Tucumán, en Capital y en muchos rincones de la Argentina porque esta vez los actos fueron realmente federales, diseminados a los largo y a lo ancho del país. El Bicentenario de Cristina fue muy distinto al Bicentenario de todos. Para empezar, la ex presidenta, mano suelta con su demagogia y el dinero de todos, gastó 36 millones de dólares. Este fin de semana solo se gastaron 4 millones. Ocho veces menos. El gobierno de Macri ya publicó en internet en un detalle minucioso de los gastos y cuanto cobraron los artistas que participaron, algunos, mucho menos del cachet que cobran en sus actuaciones privadas. Eso fue un aporte que hicieron al estado. No preguntaron que le podían sacar al gobierno. Preguntaron que podían aportar al pueblo. Esa fue solo una de las diferencias. Uno podía sentirse tranquilo transitando por las calles sin tener que adherir a La Cámpora o a otras agrupaciones K que en aquella ocasión coparon los mejores lugares a metros del escenario y en primer plano de la televisión mal llamada pública. Esta vez las imágenes repetidas no eran las caras de Cristina y de Néstor en banderas y pancartas. Esta vez las caras eran de familias sin otra identificación que las escarapelas y estandartes nacionales. El momento culminante de una fiesta diversa y pluralista fue el abrazo de ovaciones que la gente común le dio a nuestros veteranos de guerra y ex combatientes de Malvinas. Fue una manera de cicatrizar viejas heridas y de reencontrarnos como hermanos. El abrazo de Juan Gualberto Vallejos, con sus muletas y sin una de sus piernas que quedó en el campo de batalla, despertaba lágrimas y emociones profundas. Recibieron un trato como lo que son: héroes que pusieron el pecho por nosotros.
Es cierto que un provocador como Aldo Rico aprovechó ese lugar para ganar protagonismo. Una mojada de oreja a las autoridades del ministerio de Defensa por parte de un carapintada que se levantó en armas contra la democracia. Pero fue un instante, un lunar, un rayo oscuro. El resto fue todo democrático y de una convivencia fraternal que ojalá se prolongue todos los días. Hubo libertad para ir o para no ir. Hubo libertad para cantar y aplaudir al que cada persona quisiera. Sin cadenas nacionales ni imposiciones autoritarias. Bien federal y bien lejos del unitarismo extorsivo que utilizaron los K. Con propuestas de arriba y con alegría de abajo. Con más participación de los ciudadanos que el aparato del estado. Energía y esperanza que florecía desde la base.
Fue como recuperar la patria que se la habían apropiado los Kirchner. Ellos eran la patria y todos los demás éramos la antipatria. Eso se quebró ayer. Por suerte. Otra vez citando a Borges lo decimos todo: Nadie es la patria, Pero todos los somos.
El Papa Francisco llamó a “estar cerca de los argentinos más llagados por la pobreza y la desocupación y las esclavitudes modernas como la trata y la droga”. Tiene razón. Hay que salir de esa Argentina de los últimos 12 años donde el narcotráfico perforó todas las instituciones y donde el resultado de la encuesta de la Universidad Católica Argentina denunció una herencia maldita de 5 millones de chicos pobres después de crecimientos a tasas chinas. El Papa también acierta cuando nos recuerda que la patria igual que la madre no se vende. Es cierto. Hay que desterrar a los vendepatrias que se la llevaron a sus bolsillos y a sus casas. Los Lázaro Báez, José López, Ricardo Jaime, y gran parte de los funcionarios de los Kirchner, incluidos los ex presidente se enriquecieron en dimensiones nunca vistas y eso es vender la patria y comprarla por dos pesos.
Este fin de semana pasó algo muy importante. Recuperamos las ganas de cantar el himno y embanderar nuestras casas. Recuperamos el orgullo de ser argentinos sin tener que explicar a quién votamos o que pensamos. Eso vale oro porque se llama libertad. El presidente Macri no agredió a nadie con nombre y apellido. No inoculó odio. Por cierto que tampoco se calló frente al saqueo del estado. Dijo que le habían dejado un país enfermo de poder por la mentira y la corrupción. Y planteó refundar la Nación alrededor de la verdad y la fraternidad. Hizo bien porque la mayoría de los argentinos estamos hartos de las mentiras de los ladrones y el odio de los autoritarios.
Fueron días de alegría austera. Con fervor y sin rencor. De independencia como sinónimo de responsabilidad para defender la patria y para multiplicar sus panes y sus peces y llegar de verdad a la pobreza cero. Alimentos sobran. Hay que ver de qué manera se distribuyen con mayor justicia social y sin clientelismo. Y con igualdad de oportunidades. Está claro que la Argentina crece cuando crecemos todos, cuando hay más trabajo, mas justicia, menos corruptos y menos soberbia maltratadora. Si no hay diálogo no hay democracia, decía Alfonsín. Y tenía razón. Hay que aprender a convivir con alegría en el consenso y el disenso. Y en la división de poderes para arrodillarnos solamente ante la ley. Eso es la República tan mancillada en la era K. “No escuchemos a los que se enfermaron de poder”, recomendó el jefe de estado que tuvo una doble falta o un error no forzado cuando informó que no iba a ir al desfile por cansancio y luego en tres horas cambió su decisión y apareció en el campo de Polo para alegría de la concurrencia.
Todo fue respeto y diversidad. En la Catedral pudieron dar su mensaje pacificador sacerdotes de todos los credos.
El primer siglo de la patria fue de la emancipación y la organización nacional. El segundo, el de la conquista de derechos y la democracia para siempre. Ya estamos transitando el tercer siglo que debe ser el de la cultura del encuentro y la lucha contra todo tipo de injusticias. A este desafío se comprometieron los que firmaron el Acta del Bicentenario.
Una patria de hermanos donde nadie quede afuera. Solo los ladrones y los golpistas. Una patria donde el combustible del progreso alimente la llama de la esperanza. Una patria de todos. La que frente a las grandes tareas del estado no tenga camisetas partidarias y haga flamear una sola bandera. Una sola bandera como el cielo refulgente, ostentando sublime majestad, después de haber cruzado el continente, exclamando a su paso: ¡¡Libertad, Libertad, Libertad¡¡.