La postura del presidente Alberto
Fernández sobre Cuba me produjo vergüenza ajena. Y la de su par uruguayo, Luis Lacalle Pou, me generó una sana envida. El pueblo pobre, encarcelado por la dictadura, dijo basta y salió a la calle para exigir en forma pacífica comida, vacunas y libertad. Y fue reprimido por un tirano comunista llamado Miguel Díaz Canel. Frente a esa realidad muy fácil de verificar, Alberto insultó el orgullo y la inteligencia de los argentinos y dijo: “Yo no sé lo que está pasando en Cuba pero terminemos con los bloqueos”. Por eso me dio vergüenza ajena. Porque no sabe lo que no quiere saber. Que el país que mantiene relaciones carnales con el cristinismo viola los más elementales derechos humanos y hambrea a su gente. Y encima, miente descaradamente porque en Cuba, no hay ningún bloqueo. Esa es otra mentira del régimen totalitario que censura la libertad de expresión y mete presos a los disidentes. Cuba no está bloqueada. Compra y vende productos a China, Rusia, Países Bajos, Alemania y Canadá, entre otros. Es cierto que exporta pocos productos. Pero no es por culpa de un bloqueo que no existe, Es la consecuencia de una economía quebrada que no produce casi nada y que el castrismo castrense congeló en el pasado.
Fernández protestó además contra el
bloqueo a Venezuela. La narco dictadura chavista comercia hasta con Estados Unidos a los que venden el petróleo que producen cada vez en menor cantidad. ¿De qué bloqueo habla? Por tanta cobardía y mentira flagrante, el presidente me dio vergüenza ajena. En el país que Raúl Alfonsín instaló como faro mundial en la defensa de los derechos humanos, este cuarto gobierno kirchnerista de cuarta, es cómplice y obsecuente con Rusia, China, Venezuela, Nicaragua y Cuba que son los países que más violan los derechos humanos. Han profanado ese sagrado lugar que era un activo de todos los argentinos. Los K han logrado que ya no seamos reconocidos en el mundo como los defensores de la libertad, la democracia, la paz, y denunciadores de los que matan, encarcelan, torturan y censuran. No importa la ideología del victimario ni de la víctima. No interesa si es Daniel Ortega o Pinochet. Se condena a los que cometen delitos de lesa humanidad y no a las ideas.
Como contra partida, el presidente uruguayo me despertó con sus declaraciones una suerte de sana envidia. Luis Alberto Lacalle Pou fue terminante. El sí, sabe lo que pasa en Cuba. Dijo que “el pueblo cubano está demostrando un coraje digno de elogiar. Cuba es una dictadura que, obviamente, no respeta los derechos humanos. Está claro que la libertad es lo que mueve al individuo”.
Las Naciones Unidos les reclamaron a los funcionarios cubanos que respeten las asambleas populares y que escuchen sus demandas genuinas. La Organización de Estados Americanos fue en el mismo sentido.
Artistas populares que saben lo que realmente pasa como Lali Espósito, Julieta Venegas, Ricky Martin e Hilda Lizarazu, se expresaron solidariamente con la gente que levanta banderas de libertad por las calles de la isla.
En este país, la mentalidad de muchos presuntos progres todavía admira a esos barbudos revolucionarios que extirparon el cáncer dictatorial del Fulgencio Batista. El tema es que con el tiempo, esos muchachos, por el camino del marxismo caído en desuso, se convirtieron también en carceleros de su pueblo. Se convirtieron en lo que combatían. Igual que Daniel Ortega en Nicaragua. Combatieron dictadores y después, con sus ametralladoras rusas, se convirtieron en dictadores. Fue patético lo que ocurrió en la embajada de Cuba en la Argentina. Separados por la policía había dos grupos. De un lado los cubanos que al igual que los venezolanos, huyen de esos regímenes salvajes para buscar aire puro y progreso. Están tan desesperados que son capaces de arriesgar hasta su vida a bordo de una balsa frágil. Y son millones los que se van. No son agentes de la CIA. No son pagos por el imperialismo. Los cubanos y los venezolanos que están en Argentina, son honrados y apasionados trabajadores que se ganan la vida de la mejor manera posible. Algunos, incluso envían un poco de dinero para su familia que padece en Cuba la falta de lo más esencial: alimentos y medicamentos. Ellos conocen muy bien la crueldad del sistema cubano. La sufrieron en carne propia y sus familias todavía la sufren. Por eso huyeron. Pero del otro lado de la policía, había falsos progresistas que repiten consignas gastadas, pequeños burgueses que todavía escuchan a Silvio Rodríguez y se auto perciben como Che Guevaras, pero con IPhone y Osde.
Enamorarse de las ideas y defenderlas con coraje, está muy bien. Es el motor de la humanidad. Pero aferrarse al fanatismo ideológico para negar evidencias, se acerca mucho a la locura. No pueden responder con sinceridad y racionalidad una sola pregunta: ¿Por qué los cubanos y los venezolanos se escapan del país aún a riesgo de sus propias vidas? ¿Por qué nadie se va a vivir a esos países? Hay una Cuba que no termina de nacer y
otra, que no termina de morir. Hay una Cuba maravillosa que resiste a la dictadura y canta con alegría por la patria, la vida y la libertad. Hay otra Cuba jurásica, represiva, sofocante que hambrea y persigue a su pueblo y que sigue insistiendo con su consigna criminal de “Patria o muerte”.
Manuel Díaz Canel, amigo de Cristina fue elegido a dedo por Raúl Castro y es el encargado de mantener con mano de hierro a la casta corrupta y burócrata que se apropió de un país al que Estados Unidos tiene entre los que amparan y auspician al terrorismo.
La ministra Carla Vizzotti, hizo un “acuerdo de confidencialidad” con este nefasto personajes para comprar o coproducir vacunas que nadie sabe que tienen adentro de los frasquitos y cuál es su nivel de eficacia para combatir al coronavirus. En realidad es una redundancia eso de “confidencialidad”. En la Cuba del oscurantismo, todo es confidencial y secreto. Nadie sabe cuántos contagiados y muertos hubo y que vacunas se han aplicado. Todo es censura y en La Habana nadie tiene idea ni de la Soberana 2 o de la Abdala. Con humor negro se podría decir que en cualquier momento le compramos vacunas a Corea del Norte. Pero no quiero dar ideas.
La Cuba que está pariendo la democracia tiene un himno que los arenga. Es emocionante ver a estos jóvenes, de adentro y afuera de Cuba, cantar con bronca y mucha ilusión estas estrofas: “No más mentiras/ Mi pueblo pide más libertad, no más doctrinas/ Ya no gritamos patria o muerte/ sino patria y vida. /Y empezar a construir lo que soñamos/ lo que destruyeron con sus manos/ que no siga corriendo la sangre/ por querer pensar diferente/¿Quién les dijo que Cuba es de ustedes?/ Si mi Cuba es de toda mi gente/.
La nueva juventud rebelde entona estas canciones a viva voz por las calles y se arma de coraje para enfrentar a esos déspotas.
La fuerza bruta de la dictadura castiga con asesinatos, presos, torturas, palos, abusos sexuales, la homofobia que confina y persigue a los gays o las coimas que hay que pagar para conseguir una ambulancia o un pedazo de carne. Todo está degradado en Cuba. Armaron un sistema de delación que quiebra hasta los mínimos lazos de amistad entre los vecinos.
Esta clase de criminales y violadores de los derechos humanos tiene el apoyo de muchos artistas e intelectuales y de la mismísima Cristina que se refugió un tiempo en las casas VIP de La Habana junto a su hija Florencia.
Las atrocidades de la dictadura y de su grupo más sanguinario, las boinas negras, demuestran pánico hacia una nueva generación que no quiere ser como el Che, como fueron adoctrinados desde niños. La letra del himno de la resistencia, lo dice todo con mucha claridad.
• El pueblo se cansó de estar aguantando/ un nuevo amanecer estamos esperando.
• Ya se acabó, ya se acabó/ no tenemos miedo/ se acabó el engaño/ 62 años haciendo daño.
• Publicidad de un paraíso en Varadero/ mientras las madres lloran a sus hijos que se fueron.
• Ya se acabó. Ellos luchan por la patria, la vida y la libertad.
Son artistas populares, son voceros de la gente y no alquilan a los tiranosaurios. Ya se acabó, es mucho más que una expresión de deseo. Libertad a todos los presos políticos. Muerte es lo que sobra. Patria y vida, es lo que falta.
Alberto y Cristina son íntimos enemigos – 12 de julio 2021
Desde que Alberto se fue del gobierno
de Cristina, en el 2008, fue creciendo el odio y el desprecio entre ellos. No anduvieron con chiquitas. Hubo acusaciones graves de ambos lados. Cristina lo espió y lo persiguió con los servicios de inteligencia. Por boca de sus militantes pauta dependientes de “67chorro”, de Diego Gvirtz, lo acusó de traidor, de cobrar y ser lobista de Repsol y de ser funcional a Clarín.
Alberto la culpó de todo. Fue su crítico más feroz: dijo que su gobierno fue deplorable y psicótico y que ella actuaba como una psicópata y de haber encubierto a los terroristas iraníes que volaron la AMIA. El nivel de agresión fue de alto calibre. En una de sus desfiles por los canales no kirchneristas llegó a acusar a Cristina de “soberbia” y de “someter a las instituciones”.
En el caso de la designación del general César Milani fue demoledor: “Que tosudez de Cristina. Se encaprichó con Boudou y pagó un enorme costo. ¿Cuánto pagará por sostener a un encubridor de desapariciones”. Lo cuento porque el otro día, sacaron del sarcófago a Milani a propósito de la opereta berreta y floja de papeles para acusar a Macri de colaborar con el golpe en Bolivia.
Ocurre algo insólito. Son tantos los cachetazos políticos que Alberto le pegó a Cristina por la televisión que Juntos por el Cambio podría hacer campaña solo con esos dichos.
Desde que celebraron el matrimonio por conveniencia y el pacto espurio de cumplimiento imposible que llevó a Alberto a la presidencia, se siguen hostigando y despreciando pero no lo hacen en forma explícita y pública. Lo estuvieron disimulando. Siguieron esa guerra de misiles pero en forma subterránea.
Pero avanzó tanto Cristina que hoy tiene a Alberto contra las cuerdas. Hasta hubo un sincericidio explícito cuando Alberto, en La Plata, dijo sin ponerse colorado: “ Cristina, hice lo que me mandaste.”
Ella lo fue vaciando de contenido. Le fue comiendo las piezas del ajedrez de poder y de los funcionarios que no funcionan. Es una realidad de extrema gravedad institucional que llevó a decir a la diputada Mariana Zuvic que “el presidente no está en funciones, es un ejemplo de indignidad y humillación. Nadie arrodillado y envilecido, puede sostenerse”.
En los últimos días y tal vez porque Alberto vio el abismo, sus cruces con la reina Cristina y el príncipe heredero, Máximo, fueron explícitos y en actos públicos. Es una realidad que, si se sostiene en el tiempo, puede impactar con fuerza en los resultados electorales y en los dos años que le quedan de mandato. Si el oficialismo gana las elecciones del 12 de setiembre, con las listas llenas de camporistas, leerán esos resultados como un cheque en blanco para seguir avanzando hacia el chavismo santacruceño. Y si las urnas muestran una mayoría de voto castigo, van a dejar a Alberto como un espantapájaros desnudo y como mariscal de la derrota.
¿Qué pasó?
Como siempre la que abrió el fuego y el juego fue Cristina cuando hablando de la causa Qunitas, con una chicana, dijo que habían procesado a todos, Gollán, Kreplak, menos a quien era ministro, Juan Manzur, actual gobernador de Tucumán. Cristina tiene una regla de los setenta: ni olvido ni perdón. Solo puede llegar a disimular por conveniencia, como en el caso de Alberto Presidente.
El 9 de julio en la histórica casa de la Independencia, Alberto resaltó con varios elogios que Manzur era su amigo. No le soltó la mano frente al embate de Cristina. Es que intenta tardíamente y desde el subsuelo de su imagen, recomponer sus vínculos con los gobernadores no K.
El cruce con Máximo fue mucho más duro todavía. En la historia de esa relación hay que anotar que cuando Alberto estaba en el llano, dijo textualmente: “Todos los militontos se creen revolucionarios y son tristes repetidores de mentiras”. Ese dardo les tiro a los camporitas. Después de la unidad no por amor y si por espanto, Alberto elogió la capacidad política y el futuro de Máximo Kirchner.
Pero hace unos días, en diputados, Máximo disparó directo al pecho de Alberto. Enojado dijo que no quería un país que cediera a los caprichos de los laboratorios extranjeros (después quedó claro que se refería a los norteamericanos) y se preguntó qué pasará con el acuerdo con el Fondo si se bajaban los pantalones de esa manera con un simple laboratorio.
Santiago Cafiero, el alter ego de Alberto, acababa de anunciar en el recinto que se había firmado un acuerdo con Moderna para la provisión de 20 millones de vacunas.
Esta vez Alberto no se tragó el sapo en silencio. Le contestó que antes de ceder y perjudicar los intereses del pueblo argentino, se iba a su casa.
A este nivel llegaron los cruces. No fue una expresión muy positiva para el futuro del Frente de Todos. Alberto puede hacer cualquier cosa, pero jamás irse a su casa y abandonar el poder. Sería un terremoto institucional. Si no soporta los caprichos y las imposiciones de su jefa, que lo denuncie con todas las letras. Tiene mandato hasta el 2023 y lo tiene que cumplir. No puede huir. Se tiene que hacer cargo de todo. De la catástrofe sanitaria con más de 100 mil muertos, de la hecatombe económica y de haber ayudado a Cristina a volver al poder. Alberto sabía quién era Cristina. Fue uno de sus críticos más feroces y ahora sufre tanta perversidad militante. Que no venga a poner excusas y a amagar con irse a su casa. Nunca es gratis pactar con un enemigo íntimo.
¿Quién fomenta el odio en la Argentina? – 8 de julio 2021
¿Quién fomenta el odio en la Argentina?
Los kirchneristas liderados por Cristina,
que perpetraron el robo del siglo, el más grande de la historia democrática…
O esos productores agropecuarios auto convocados para mañana en San Nicolás que apuestan todos los días a la cultura del trabajo, el esfuerzo, la innovación tecnológica y el mérito.
¿Quién fomenta el odio en la Argentina?
Los que, como Alberto homenajean al Partido Comunista chino, al autócrata de Vladimir Putin al que llama amigo, o a los dictadores de Venezuela, Cuba y Nicaragua o lo que es peor, cubren a organizaciones terroristas como Hamas….
O los que se movilizan en forma pacífica y masiva con consignas republicanas en defensa de la democracia, la justicia independiente, la libertad y reivindican a los gloriosos gauchos de Güemes que participarán del acto como una forma de reparar la humillación a la que fueron sometidos en Salta por el gobierno nacional.
¿Quién fomenta el odio en la Argentina?
Muchachos peligrosamente ignorantes como los jefes de gabinete de Fernández y Kicillof que son capaces de decir que la oposición sostiene que este es un país de mierda o que los críticos del gobierno superaron el horror genocida del nazismo…
O los ciudadanos independientes que exigen con firmeza, con pasión y sin banderas partidarias defender la producción, el trabajo y la educación. Esa asamblea cívica y multitudinaria de argentinos de a pie, de patriotas mansos que se cansaron de ser humillados y van a gritar sus reclamos tan fuerte como cuando cantan el himno nacional.
¿Quién fomenta el odio en la Argentina?
Los que toda su vida vivieron de la teta del estado y de nuestros impuestos, los que nunca tuvieron que pagar un sueldo o cubrir un cheque o rezar para que llueva o deje de llover. Son los que todos los días toman medidas irracionales contra la exportación de carnes o se quedan con la parte del león de las cosechas de granos o han fundido cientos de miles de comerciantes, hoteles y empresas de todo tipo…
O los que eligieron una tierra emblemática como San Nicolás, donde 1852 las provincias se comprometieron a organizarse como Nación. De allí salió la convocatoria al Congreso General Constituyente. Más federal imposible. Fue el acto fundacional de la República Argentina. Los organizadores auto convocados dicen que allí “germinó la semilla de una Nación que medio siglo después se destacó entre los países más prósperos, desarrollados, progresistas e igualitarios del mundo”.
¿Quién fomenta el odio en la Argentina?
Los que traficaron vacunas y se las robaron a nuestros queridos padres o abuelos, los que fomentan la violenta toma de tierras y el avance sobre la propiedad privada de la mano de personajes como Juan Grabois que dispara contra los blancos de clase media y multiplica la discriminación…
O los que eligieron encontrarse en San Nicolás de los Arroyos, a la vera del Paraná, el lugar que simboliza el encuentro, los acuerdos y los pactos preexistentes que permitieron que en 1853 se sancionara en Santa Fe la Constitución Nacional, nuestra ley suprema. El mensaje del acto de mañana es profundamente patriótico. Esa Constitución tiene los pilares del federalismo, la división de poderes, la libertad y la república.
¿Quién fomenta el odio en la Argentina?
Los que multiplicaron la pobreza, la desocupación, la indigencia, la inflación y la asfixia impositiva a pesar de que gobernaron durante muchos años. Los que acusaron a los runners, chetos, turistas, padres que querían abrir las aulas, personas que exigieron la vacunación completa…
O los que todos los días ponen el hombro para edificar una patria para todos, con la espalda quebrada y de sol a sol. Son los que aportan soluciones en lugar de buscar culpables y dan seguridad jurídica y tranquilidad con mano de obra calificada y neuronas desarrolladas para seducir a los capitales de todo el mundo y que vengan a invertir en el crecimiento de nuestro bendito país.
¿Quién fomenta el odio en la Argentina?
Los que adoctrinan a los chicos y le ponen la camiseta partidaria a la formación de nuestros hijos, los que ponen como ejemplo a los peores gobernadores, los más feudales y autoritarios como Gildo Insfrán o a los mafiosos sindicales más patoteros y extorsionadores como los Moyano o miran para otro lado cuando talibanes despreciables rompen los silo bolsas en el campo solo por el hecho de hacer daño y maldades…
O los chacareros que exportan y aportan miles y miles de dólares, los que trabajan en las agencias de turismo o en la cocina de los hoteles o son empleados de comercio o enfermeros mal pagos y médicos y policías que no son reconocidos en lo económico ni en lo profesional. Esos argentinos comunes y silvestres, estos hermanos argentinos del montón, anónimos que no aflojan nunca y se bancan lo que venga. Son los que tienen fe en el cielo, pero trabajan la tierra, como ese campesino que llevó el cura gaucho Brochero desde Pocho, en Córdoba hasta San Nicolás.
¿Quién fomenta el odio en la Argentina?
Los que en todo hecho delictivo se ponen del lado de los victimarios o las víctimas que padecen los robos y los crímenes y el miedo de que le pase algo a sus seres queridos.
En marzo del año pasado, todavía no había explotado la maldita pandemia, pero el Presidente Fernández dijo que “los auto convocados son opositores disfrazados de chacareros” pese a que son el motor de la producción agropecuaria que es la actividad económica más competitiva del país. Fue una provocación en línea con el pensamiento autoritario de Cristina. Mañana, en el día de la independencia, los que construyen el país del futuro, en la tierra del federalismo y los acuerdos, demostrarán que aman profundamente a la Argentina. Y que son otros son los que fomentan el odio.