No hay futuro con el chavismo K – 28 de enero 2021

Por momentos da la sensación que el gobierno destruye todo lo que toca: la economía, la salud, las instituciones, la convivencia republicana y hasta el concepto de progreso.
El fracaso estrepitoso de Alberto y Cristina no solamente puede medirse por su incapacidad para construir algún éxito de gestión. Su chavismo K, sus caprichos y su resentimiento, lo convierten en un movimiento que dinamita incluso, la noción de futuro. Todas las salvajadas que han hecho se pueden resumir en esta pregunta:
¿Quién habla hoy de futuro y de progreso? Con su populismo cleptocrático han logrado que la mayoría de la gente solo piense en resistir y en aguantar hasta que pase esta tormenta perfecta.
Hay cientos de ejemplos.
En todos los aspectos de la vida en comunidad.
Atacan a Mercado Libre y defienden a Boudou libre. Ese es el mensaje que dan a la sociedad. Palos a los exitosos y abrazos a los que roban. Castigo a los que innovan y dan trabajo genuino a miles y premio a los estafadores condenados por todas las instancias judiciales. Así nos va.
En cualquier país del mundo una empresa como la de Marcos Galperín, sería un espejo en donde mirarse. Se iluminaría su figura como un ejemplo de progreso porque con creatividad y esfuerzo se transformó en un unicornio que hoy supera los 100 mil millones de dólares en su valor bursátil. Un orgullo para los argentinos.
Sin embargo, militantes y referentes del cristinismo le dan con un caño, lo hostigan y le ponen tantos obstáculos que Galperín tuvo que irse a vivir a Uruguay. Y no es el único caso.
Juan Grabois es la contracara. El mejor amigo del Papa Francisco, es el promotor de un pobrismo clientelista con el eje puesto en la multiplicación no de los panes y si de los planes y la pobreza. Con un izquierdismo presuntamente cristiano, berreta y consignista, Grabois promueve huertas impracticables en los terrenos ajenos y una reforma agraria que no cuenta con el principal insumo: la vocación por el trabajo.
Para este gobierno vale más Boudou Libre que Mercado Libre. Y es toda una definición.
De hecho, como faltan dólares porque el peso no vale nada, hay genios del gabinete que proponen impedir que ingresen computadoras y estudian ponerle un impuesto. Un delirio reaccionario que ellos bautizan como progresista. Ese es el nivel de confusión que tienen y transmiten desde el estado.
En pleno crecimiento del trabajo remoto producto de la pandemia, mientras las notebook se han convertido en una tabla de salvación para trabajadores o pequeños empresarios, Alberto y Cristina se empeñan en ponerle un freno de mano a cualquier posibilidad de mejora en la calidad de vida. Se pegan tiros en los pies.
Se auto perciben revolucionarios y son profundamente conservadores y jurásicos.
El ejemplo más claro se puede ver en feudos como Formosa o Santa Cruz. Eso es lo que los Fernández consideran gobiernos y gobernantes ejemplares. Esa es la forma del chavismo en la Argentina. Señores feudales que se eternizan en el cargo. Autoritarismo feroz. Justicia adicta y ataque a los medios de comunicación independientes. Detención de opositores pacíficos. Y un ejército de empleados estatales y casi nulo desarrollo de la actividad privada.
Formosa y Santa Cruz son, apenas dos botones de muestra. El formato se repite en gran parte de la geografía nacional del peronismo de estado. Frente a brutales violaciones a la dignidad que humillan a los más humildes, los organismos de derechos humanos que tienen la camiseta de Cristina, se quedaron mudos. Es vergonzoso que no hayan hecho ni un reclamo. Ni Bonafini, ni Carlotto, ni Victoria Donda. Horacio Pietragalla fue a una especie de tour donde disfrazaron la realidad y encima, soberbio y pendenciero, maltrató a jóvenes militantes de organizaciones de la sociedad civil diciendo “¿Te parece que estoy así disfrazado para el carnaval?” Para ellos, Formosa es el paraíso socialista. El presidente Fernández calla y otorga, y el Partido Justicialista trata a Gildo Insfrán como si fuera un estadista de Dinamarca.
Cristina premia a Pablo González, quien fuera vice de Alicia Kirchner, con la suma del poder en YPF. La historia de YPF desde que los Kirchner aparecieron en la política de Río Gallegos, es el símbolo de los negocios sucios y de la destrucción de la empresa. Sin distinción de ideología. Apoyaron la privatización, la argentinización y la re estatización. Y siempre se beneficiaron ellos y perjudicaron a todos los argentinos. Todos los caminos condujeron al mismo destino de una empresa que supo ser un ejemplo y que ahora está en la lona y con riesgo de caer en default. Pero eso si, el manejo de todas las cajas es de los soldados de La Cámpora.
Ese concepto de destruir todo lo que funciona es clave a la hora de analizar el ataque feroz a la Ciudad de Buenos Aires, un experimento exitoso en varios sentidos que protagonizó Mauricio Macri y ahora Horacio Rodríguez Larreta. Gobiernan La Matanza desde 1983 y en lugar de gobernar con la idea de igualar hacia arriba y seguir el rumbo de la Ciudad de Buenos Aires, la energía la pusieron en igualar para abajo. En destruir un distrito que funciona y que es la vidriera al mundo y en el que viven, trabajan, estudian y se curan seis millones de argentinos. Repito: en vez de construir un Conurbano a imagen y semejanza de la Ciudad, el objetivo es que los que habitan esta ciudad dejen de vivir en la opulencia de los helechos iluminados y pasen a chapalear en el barro. Igualar para abajo. A eso le llaman justicia social. O progresismo. Son falacias y estafas morales y económicas.
Cristina ama a La Matanza, pero vive en Recoleta, Puerto Madero o El Calafate, entre helechos iluminados. Todos queremos que La Matanza, Santa Cruz o Formosa crezcan, se desarrollen, progresen y sus habitantes sean cada vez más felices. Pero para eso se necesitan gobernantes que no roben, que respeten la ley y las instituciones y que combatan la pobreza y que no la multipliquen.
¿Cuáles son los países y las sociedades que Cristina admira? Venezuela, Cuba, Rusia? ¿Eso es lo que ellos aspiran a construir para los argentinos? Si ese es el objetivo quiere decir que van por buen camino. Viajamos hacia Venezuela con escala en Formosa o Santa Cruz.
En todos los planos van a contra mano. Si salieran de sus vidrios polarizados y de sus opulentos domicilios, los Fernández se darían cuenta que junto con el trabajo, tal vez el reclamo más importante de la sociedad es la seguridad democrática. El gobierno nacional no hace nada en este tema. O mejor dicho, con distintos mensajes nefastos, siempre favorece a los delincuentes y castiga a las víctimas de delitos. La ministra de la Inseguridad Sabina Fréderic, no sabe no contesta. No controla ni la relación con Sergio Berni. Este cuarto gobierno kirchnerista fomenta y tolera tomas de tierras privadas, libera asesinos y violadores de las cárceles pese a que casi no hubo contagios de covid en los penales y sus jueces y fiscales militantes, imitan a su jefe espiritual, Eugenio Zaffaroni y en un falso garantismo, tienen la firma fácil para soltar a los pobres delincuentes que según ellos no son victimarios, son “víctimas de la injusticia del sistema capitalista”. Y a eso le llaman ser de izquierda. Le levantan monumentos a los lumpenes del robo y los crímenes y miran para otro lado frente al crecimiento geométrico del sufrimiento que padecen los argentinos laburantes y honrados. Repiten como loros de la inflamación ideológica que la seguridad es una bandera de la derecha y de los ricos. Y no se dan cuenta que es todo lo contrario, que en los barrios más humildes es donde más sufren cuando a sus hijos les roban la mochila, las zapatillas o las pocas pertenencias que tienen. Otra vez: castigan al que trabaja y premian al que delinque. Igual que con Galperin y Boudou. Es una escala diferente, pero el concepto es el mismo.
Y eso se traduce al tema policial. La mayoría de la militancia K asocia todos los uniformes con la dictadura militar o con la represión ilegal. Desprecian a todos los policías, gendarmes y demás. Los maltratan y no reparan en que por edad y por subordinación a la democracia, son muy pocos los golpistas o los corruptos que, por supuesto, deben ser extirpados de la fuerza. Pero en todos los países del mundo se necesita que el estado castigue al delito con legalidad y profesionalismo. A eso apostó Patricia Bullrich y por eso se ganó el respeto de gran cantidad de civiles y uniformados. Porque fomentó la idea de cuidar a los que nos cuidan, lo que no significa mirar para otro lado si algún policía comete un ilícito. Por eso creció la imagen positiva de Patricia Bullrich entre la población civil y en las fuerzas de seguridad. Por eso los policías se le cuadraron con respeto en Villa Gesell. Despues los obligaron a hacer un video donde dijeron que habían sido engañados y utilizados políticamente. Un castigo soviético.
De todos modos lo que no se puede borrar, porque está en el ADN del kirchnerismo es que no terminan de comprender que no hay exigencia más justa ni más vinculada a los derechos humanos de hoy que la seguridad. Todos tenemos derecho a vivir en paz, en libertar, en tranquilidad y es el estado el que tienen que combatir al delito. No pueden desertar de esa obligación porque de esa manera, fomentan la calamidad de la justicia por mano propia, el ojo por ojo y eso a la larga, deja ciega a toda la sociedad.
Y para que le voy a contar el aumento de la pobreza, la desocupación, la inflación, el cierre masivo de empresas y la falta total de inversión. El descalabro económico no hace falta ni describirlo. Lo sufren todos los compatriotas en sus bolsillos y en sus frustraciones.
La única verdad es la realidad, y la realidad es que los Fernández destruyeron todo lo que tocaron. Y recién llevan un año.

El Holocausto no pudo con Lea – 27 de enero 2021

Recuerdo que hace un año, exactamente, fue estremecedor el ruego y el rezo del presidente de Israel para que todos los líderes del mundo combatan el odio discriminador, el antisemitismo y todo tipo de extremismo. Es igual que decir Shalom y brindar por la paz y la convivencia plural. El día que lo logremos en todo el planeta, recién habremos derrotado definitivamente a la maquinaria nazi, esa fábrica de muerte y racismo. Por ahora son batallas que ganamos desde el humanismo democrático. Una de las más importantes fue conmemorada con ese acto histórico en Jerusalén. Nada menos que la liberación de Auschwitz, el complejo de campos de exterminio más tristemente célebre. Ese es el holocausto, o la Shoá en términos históricos y colectivos. Pero yo le quiero contar el holocausto en primera persona. Con alguien que lo vivió y lo sufrió en carne propia y en carne viva. Le pido que escuche con el corazón abierto.
Lea tiene el número 33.502 tatuado en el brazo. El alma se estruja cuando uno ve a esa abuelita de 94 años, a esa bobe con pinta de bobe, marcada como si fuera ganado. Lea se ríe de las arrugas que le surcan la cara y tiene una mirada tierna. Pero jamás recuperó la alegría plena desde aquel día en que el médico nazi Josef Menguele levantó su brazo para que le grabaran a fuego esa cifra maldita: 33.502. Lea dijo que Menguele, tenía «una mano con dedos de araña ponzoñosa». Era el que experimentaba con los seres humanos como si fueran ratas de laboratorio. Fracturaba huesos del cráneo de los chicos, extirpaba ovarios de mujeres embarazadas, quemaba gente viva para reducirla a cenizas. Era la perversidad atroz disfrazada con guardapolvo blanco.
Ese número maldito inyectado en tinta era la manera en que los nazis identificaban a sus víctimas y en el mismo acto le sacaban su identidad. La convertían en parte de una lista, en un frío número que le quitaba su condición de ser humano. Eso fue lo que Lea sintió todo el tiempo. Los adoradores de Adolf Hitler la degradaron hasta las peores humillaciones. Lea vio con sus propios ojos tristes y sintió el impacto en su cuerpo, los crímenes de lesa humanidad y el intento de exterminio. Ella estuvo adentro de la catástrofe de la Shoá.
Hoy se conmemoran los 76 años desde que el Ejército Rojo liberó el campo de concentración de Auschwitz que es el símbolo más cruel del fascismo.
Es el apellido del Tercer Reich. Por eso se instauró como el día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. En homenaje a las víctimas y a los sobrevivientes como Lea.
Cuando las tropas rusas entraron a Auschwitz no podían creer la magnitud de la barbarie. Primo Levi dice que los soldados bajaban la mirada ante el horror de los hornos crematorios, las cámaras de gas y las montañas de cadáveres raquíticos. Fue una ametralladora macabra de crímenes multitudinarios, la industrialización del asesinato masivo. Y Lea estuvo allí. Lea es una sobreviviente de la Shoá. Ella pudo regresar de la muerte. Lea pudo escapar de la maquinaria perfecta pergeñada por la raza aria, presuntamente la raza superior, que tuvo la responsabilidad de haber concretado el mayor genocidio de la historia de la humanidad. Borraron de la faz de la tierra a más de 6 millones de judíos y a 5 millones de otras minorías como los gitanos, comunistas, homosexuales y hasta discapacitados. Fue el resultado del odio racial y la xenofobia llevados a su máxima expresión. Por eso nunca hay que bajar la guardia y mucho menos ahora que esos horrores brutales han vuelto a reclutar fanáticos en todo el mundo.
Un psiquiatra y filósofo alemán llamado Karl Theodor Jaspers sentenció que » lo que ha sucedido es un aviso. Olvidarlo es un delito. Fue posible que todo eso sucediera y sigue siendo posible que, en cualquier momento, vuelva a suceder».
El Papa Francisco, en el Museo del Holocausto en Israel, escribió de puño y letra en el libro de visitas:» Con la vergüenza de lo que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue capaz de hacer. Con la vergüenza de que el hombre se haya hecho dueño del mal. Con la vergüenza de que el hombre, creyéndose Dios, haya sacrificado, así, a sus hermanos. ‘¡Nunca más! ¡Nunca más!’”.
Lea es polaca y confiesa que cuando siente culpa por haber sido la única de su familia que no murió, se recuerda a si misma que su misión en la vida es hablar de aquella muerte masiva para que nadie olvide, para que nadie niegue, para que nunca más. Todos le dicen Lea pero ella se llama Liza Zajac. Era una nenita cuando vio cómo su madre y su hermanito en brazos, fueron subidos a punta de pistola al tren que los llevaba a la cámara de gas. «Lea, corré» le gritó su madre y ella corrió a escabullirse entre la multitud de prisioneros con trajes a rayas y estrellas de David amarillas en el pecho. En un galpón la desnudaron y la raparon. Era una nenita que no podía ni llorar. Solo miraba un punto fijo y no podía moverse ni hablar. Estaba petrificada, conmovida hasta lo más profundo de su inocencia. La llevaban todos los día a realizar trabajos forzados y levantar piedras, y se había hecho amiga de su compañera, la que caminaba a su lado. Malka se llamaba. Un día, a Malka se le salió el calzado y tropezó. El nazi que las trasladaba, le apuntó con su metralleta y la liquidó en un instante. Malka quedó tirada en el suelo con los ojos abiertos, como preguntando, ¿Porque? Lea tuvo que trasladar el cadáver de Malka en sus hombros. Lea tuvo suerte en el medio de esa tragedia inconmensurable. Conocía a una doctora rusa llamada Luboff que era prisionera de guerra y que la protegió como si fuera su hijita. La encontró en la enfermería. Gracias a ella y a Dios, agrega Lea, sobrevivió. Todo eso ocurría en medio de epidemias de tifus, de tos convulsa, de disentería, de botas criminales con la cruz esvástica que pateaban al caído, de alambres electrificados, de chorros de agua helada en la madrugada, de personas reducidas a esqueletos de 30 kilos como máximo. Una recluta austríaca no judía salvó definitivamente a Lea porque la tachó de la lista y en su lugar puso a una enfermera que había fallecido. Lea pasó por varios campos de concentración y pudo regresar a su pueblito de Polonia pero nadie de su familia había quedado vivo. Les habían robado todo. Se habían apropiado de su casa. En total a Lea le mataron 80 familiares. A su tío Rajmil, con un tiro en la frente porque había pedido un poco de agua en una tacita de lata.
Lea jamás quiso volver a Auschwitz y nunca se animó hasta que la acompañó un grupo de jóvenes estudiantes de la escuela ORT. Ellos la acariciaban y la contenían a medida que caminaban por esa tierra regada por sangre de millones y convertida en cementerio de multitudes. Todavía hoy tiene pesadillas con Auschwitz. Todavía hoy se le aparece la mirada de su madre con su hermanito en brazos subiendo al tren rumbo al exterminio por asfixia. Todavía hoy se pregunta si eso fue un castigo de Dios o una prueba horrorosa que tenían que pasar. A 76 años de haber sido liberada, todavía no encontró las respuestas. Pero Lea es un huracán de amor y de humor. Le pregunto qué problemas tiene de salud y me contesta que “tiene ramos generales”. Insisto porque la escucho con una lucidez increíble y me dice: “Tengo problemas en la carrocería pero todavía estoy bien de la azotea”, y se ríe. Le hablo de mi padre que tiene 98 años y ella me quiebra de emoción cuando me cuenta que su ídolo “es el tercer Leuco, es decir Diego”. Tiene los ojos cansados de tanto usarlos. Hasta hace poco, esa disminución en la vista le impedía ejercer su única adicción: la lectura de libros de historia. No pudo estudiar, pero hubiera querido ser historiadora. Hoy sigue leyendo porque agranda las letras en su libro electrónico. Parece mágico que se llame Liza y que todos le digan Lea, a una persona que disfruta como pocos de leer. Sufrió otro golpe terrible hace 5 años cuando falleció su hijo Jorge, ´pero agradece a la vida por su hijo Héctor, por sus 5 nietos y por una suerte de hija adoptiva que juega a ser con una talentosa mujer amiga de la casa llamada Diana Wang. Jamás olvidará que la primera obra de teatro que vio apenas llegó a la Argentina fue “Los árboles mueren de pié” con Amalia Sánchez Ariño. Lea hizo honor al himno de los partisanos que exige que nunca digamos que esta senda es la final y termina asegurando, orgullosamente, que seguimos estando acá.
Lea es parlanchina, elocuente para defender sus ideas. Tiene 94 años, merece el paraíso, pero hace 76 que salió del infierno.

El santo cura gaucho que no murió – 26 de enero 2021

Hoy se cumplen 107 años del fallecimiento, en 1914, del Cura Brochero. Hace más de cuatro años que se convirtió en santo. En octubre del 2016 fue canonizado Santo por el Santo Padre, el Papa Francisco.
El obispo castrense, Santiago Olivera, que trabajó tan cerca con un adalid de la democracia y los derechos humanos como monseñor Justo Laguna, en una oportunidad me pidió una columna sobre Brochero para publicar en la revista del Centro de Estudios Brocherianos. Lo tomé como una distinción que me llenó de orgullo. Y muchos fieles, sobre todo, cordobeses, me pidieron que corrigiera y aumentara esta opinión sobre nuestro santo celeste y blanco.
Olivera estuvo en el Vaticano junto a 37 obispos, 200 sacerdotes y más de mil peregrinos. Todos grabaron a fuego en su corazón para siempre cuando Francisco, el primer Papa argentino canonizó al cura Brochero y lo convirtió en el primer santo nacido y fallecido en nuestro suelo patrio. Ellos soñaron con que ese acto nos ayude a achicar la grieta, a ser más solidarios y ponernos la patria al hombro para sacar de la exclusión a nuestros hermanos más necesitados.
Yo también sueño eso. Que nos ilumine como Nación. El Vaticano certificó que médicos y teólogos no pudieron encontrar explicación científica a dos milagros producidos por el cura Brochero.
Se trata de dos chicos. La primera es una nena sanjuanina llamada Camila Brusotti que había quedado en estado vegetativo después de varias palizas a las que la sometieron su madre y su padrastro quienes, por suerte, luego fueron detenidos por delitos tan aberrantes. Pese al daño cerebral, hoy Camila tiene una vida normal y aquel domingo estuvo al lado del Papa.
El otro fenómeno fue la recuperación de Nicolás Flores. Tenía apenas 11 meses cuando sufrió un accidente automovilístico terrible. Tuvo 4 paros cardio-respiratorios y hasta perdió masa encefálica. La ciencia no puede comprender como es que Nicolás hoy habla y camina y eso que no tiene el hemisferio izquierdo del cerebro.
Muchas veces les conté que no soy una persona creyente. Que admiro profundamente a los que tienen fe y a los que canalizan esa fe en la construcción de una sociedad más igualitaria. Si me apuran me defino como agnóstico, es decir que no puedo probar la existencia de Dios, pero tampoco lo contrario. Tal vez ese escepticismo genético me haya convertido en periodista.
José Gabriel del Rosario Brochero fue un verdadero gladiador del evangelio que a lomo de su mulo “Malacara”, con su poncho y su cigarro colgando de los labios fue capaz de cruzar una suerte de Cordillera de los Andes de Córdoba como son las Altas Cumbres para integrar a esos gauchos perdidos en sus necesidades básicas en medio de la humildad de sus ranchos.
Para los cordobeses, el cura Brochero siempre fue un orgullo, sin distinción de camisetas religiosas. Aun los que no somos creyentes valoramos ese ejemplo de entrega hacia los demás aún en el lecho de muerte. Porque de tanto compartir el mate y la vida con los enfermos se contagió la lepra que para aquella época era el nombre del horror. Se quedó ciego, sordo, absolutamente pobre. Dicen los historiadores que como buen hombre de campo, experto en las tareas agrícolas, puteador y corajudo, se despidió de la vida con un rosario en sus manos y diciendo: “Ahora tengo puestos los aparejos, estoy listo para el viaje”. El paisaje emocionante de Córdoba que de tan bello parece una pintura religiosa, fue una suerte de pesebre para este nacimiento. El alumbramiento ocurrió en Santa Rosa del Río Primero, donde hoy viven aproximadamente 9 mil personas. Bautizaron así a esa localidad en homenaje a Santa Rosa de Lima la primera santa latinoamericana consagrada. Otra vez el milagro de la curiosidad. En ese lugar nació quien sería el primer santo totalmente argentino, como si se tratara de una señal del destino. Brochero, cursó en la universidad de San Carlos, junto a Miguel Juárez Celman quien después sería presidente de nuestro país y junto a Ramón Cárcano que después sería dos veces gobernador de Córdoba. En 1867 el cura Brochero se bancó la epidemia de cólera que casi dejó desierta la ciudad de Córdoba. Movió cielo y tierra para socorrer a los enfermos. El cura gaucho que hizo real eso de que “santificado sea su nombre”, murió en Villa del Tránsito, un pueblito colgado del cielo y las montañas que luego cambió su nombre por el de Villa Cura Brochero.
El cura Brochero es una bandera de los mejor de los argentinos. De los que tienen o no tiene fe. De los creyentes o de los agnósticos. Porque además de la palabra de Dios, llevó a esos lugares hostiles, en el 1.800, el progreso social. Ese parece ser, su verdadero milagro. Gracias a su fe y a su empuje y valentía se construyeron colegios, 200 kilómetros de caminos, un dique, varios pueblos, un ramal del ferrocarril, la estafeta postal con el telégrafo y hasta un acueducto para conectar el río Panaholma con las acequias. Y siempre era el primero en agarrar el pico o la pala. Se arremangaba la sotana y le daba duro al trabajo. Hasta se entrevistó con don Hipólito Yrigoyen para reclamarle un ramal que fuera de Soto a Dolores.
Esa tarea rompió tanta discriminación y aislamiento de esos campesinos que estaban tan cerca de Dios y tan lejos de las autoridades.
El genio popular de Lucas Demare lo inmortalizó en una película que protagonizó Enrique Muiño y Carlos Di Fulvio edificó una edificante cantata folclórica que denominó “Canto Brocheriano”.
El cura Brochero era un pastor con olor a oveja. Decía que la vida de los muertos está en el recuerdo de los vivos. Hace más de dos años que se convirtió en santo aunque entre los más pobres de Córdoba hace rato que Brochero está en el altar de los grandes y en las estampitas de la esperanza. He visto ponchos que dicen: “Brochero: apóstol de la caridad”.
El Papa Francisco, en aquel momento, le dijo al editor de “La República” que “ La Iglesia, créame, no obstante su lentitud, sus infidelidades, sus errores y los pecados que pudo haber cometido y puede aún cometer en aquellos que la componen, no tiene otro sentido ni fin sino el de vivir y testimoniar a Jesús: Él que ha sido enviado por Abba «a traer a los pobres la alegre noticia, a proclamar a los prisioneros la liberación y a los ciegos la vista, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor».
Ojalá el Papa Francisco pueda recuperar ese espíritu y condenar en Venezuela la violación de los derechos humanos, los crímenes, el hambre y los presos políticos que multiplicó la dictadura de Nicolás Maduro. Ojalá. Veremos.
Me apasiona el debate por un futuro mejor. No soy fácil de convencer. Creo más en lo que veo y en la ciencia. Soy duro para entender las abstracciones que habitan el cielo de las plegarias. Pero creo en los que creen. Creo en los que rezan y hacen. Creo en seres humanos de la dimensión de José Brochero, el santo gaucho. Sigo sin ser creyente, pero creo que con personas como el, el mundo tiene cura.