AMIA, Alberto se lavó las manos – 17 de julio 2020

Esta vez, el acto fue virtual, pero el reclamo fue tan real como siempre. A 26 años del atentado terrorista a la AMIA, la consigna central fue acorde a los tiempos de pandemia: que la justicia no se lave las manos.
Y fue justamente lo contrario de lo que hizo el presidente Alberto Fernández. Se lavó las manos como si fuera un Poncio Pilatos de estos tiempos. O peor aún, Traicionó incluso sus pensamientos. Se dio vuelta en el aire como un panqueque. Ayer, Alberto, pasó de condenar con dureza a Cristina por haber sido la instigadora del tenebroso pacto de encubrimiento con Irán, a decir livianamente que “fue un intento de destrabar y encontrar una solución”. Es difícil encontrar en la historia reciente, un giro de 180 grados semejante. En un instante, ese pacto espurio que encubrió a los terroristas de estado que volaron la AMIA, pasó de ser la evidencia de un delito al intento de encontrar una solución. ¿Es posible devaluar tanto la palabra en público, en forma impúdica?
Todo esto que le cuento no se trata de declaraciones en voz baja, en el off the record. Todo fue público y se puede leer y escuchar. Primero en aquella columna que Fernández publicó en La Nación el 16 de febrero de 2015. En esa reflexión tranquila que todos tenemos al escribir, Alberto planteó que “El acuerdo es la prueba del encubrimiento. Ella (por Cristina) sabe que ha mentido y que el memorando firmado con Irán solo busco encubrir a los acusados. Nada hay que probar. ¿Para que pactaron ambos gobiernos notificar a Interpol lo acordado, si no era para levantar los pedidos de captura librados?
En TN, frente al colega Nelson Castro, el actual presidente dijo: “el encubrimiento ya existe, es el tratado. El pacto, es la consumación del encubrimiento. Cristina y Timerman, son los ideólogos y los impulsores. En términos penales, Cristina es la instigadora y el canciller el autor directo”. Diego Leuco, anoche en su programa “Ya somos grandes”, calificó de “Camaleón” a Alberto porque cambia de colores según la ocasión. Y con ironía, dijo que en aquel momento ya era profesor de la facultad de Derecho.
Fue tanta la indignación por mancillar la memoria de los muertos y burlarse de la lucha de los familiares que fui al diccionario a buscar los significados de las palabras “Cinismo e hipocresía”. Cinismo, dice la Real Academia es aquel que miente con descaro, impudicia o deshonestidad. Hipócrita es aquel que finge una cualidad, sentimiento, virtud o una opinión que no tiene.
Esta atrocidad inmoral no debe evitar nuestro recuerdo y homenaje para que la justicia no se lave las manos.
Una vez más, sentimos un agujero negro en el alma y el frío corrió por la espalda de la República Argentina. A las 9.53 pudimos sentir en nuestra conciencia ese alarido que exigió justicia para que los muertos de la AMIA descansen en paz. Porque el nefasto pacto con Irán no fue una ingenuidad – como Cristina dice en su libro- , fue una puñalada por la espalda a las 85 víctimas y a toda la sociedad argentina. Con el terrorismo no se pacta.
Para buscar la verdad, hay que apoyar el juicio en ausencia de los criminales y reclamar que se combata el financiamiento de Hezbollah en la Triple Frontera.
Las vergonzosas idas y vueltas de Alberto también tuvieron su expresión en el caso de la dictadura venezolana que es la cabecera de playa de Irán en la región. Desde Teherán le envían petróleo y dinero para sostener ese régimen que se cae de Maduro. El testaferro de Nicolás Maduro y nexo con Irán es Alex Saab que está a punto de ser extraditado para su juzgamiento a los Estados Unidos. Esta detenido en Cabo Verde. ¿Sabe quién es el abogado de este mega delincuente internacional? Baltazar Garzón, ex juez español y ex asesor rentado de Cristina. El doble discurso del cristinismo es aterrador. Miran para otro lado y callan y por lo tanto otorgan ante el informe de Michelle Bachellet (no de Bolsonaro), que denuncia asesinatos, desapariciones, torturas y gravísimas violaciones a los derechos humanos.
Si Videla asesina, es terrorismo de estado. Si Maduro asesina, es revolución emancipadora. Mentiras e ideologitis en estado puro.
Lo mismo ocurre a la hora de analizar el atentado terrorista más grave que sufrió la Argentina con la voladura de la AMIA, que, en un instante, destruyó a 85 personas.
Porque hoy se sabe todo o casi todo.
Pero no pasa nada o casi nada.
No hay un solo responsable preso.
Fernández sufrió una mueca del destino. Uno de los 85 muertos en la AMIA se llama Alberto Fernández, tenía 54 años y estaba despachando en su panadería. Una casualidad macabra.
Otra declaración increíble de Alberto sobre el tema. Dijo que Cristina “se indultó a sí misma apropiándose de la verdad, de la Patria y hasta de la alegría y condenó cínicamente a los que quedamos agobiados por lo patético de lo ocurrido”.
Estoy citando textual su opinión sobre el magnicidio del fiscal Alberto Nisman.
Alberto también arremetió contra los legisladores cómplices de Cristina y Héctor Timerman: “Irónicamente, senadores y diputados legitimaron con sus votos el encubrimiento de los presuntos asesinos. No es la primera vez que se actúa de ese modo. También encubrió la corrupción de su vicepresidente expropiando una empresa fabricante de moneda y logrando que los votos de diputados y senadores legitimaran el ocultamiento de pruebas.
Sólo un necio diría que el encubrimiento presidencial a los iraníes no está probado.”
¿Escuchó? Le repito: Alberto escribió que “Sólo un necio diría que el encubrimiento presidencial a los iraníes no está probado”.

El final de la denuncia de Alberto contra Cristina estremece porque ahora son un matrimonio de poder por conveniencia.
En ese momento, con estos conceptos Fernández Alberto cerró su brutal sentencia de Fernández Cristina: “Para entonces ya no habrá palabras. Sólo hablará el silencio. Como en la música, será el silencio el que erice la conciencia de quien traicionó el reclamo de justicia de los 85 muertos en el atentado contra la AMIA y el que deje al descubierto el encubrimiento intentado. Y será el silencio el que descubra la magnitud de la tragedia vivida. La misma tragedia que Cristina sólo podrá negar hasta que el silencio la aturda. ”A confesión de partes, relevo de pruebas.
En ese mismo escenario, pero real, estuvo mi hijo Diego como orador y yo cumplí esa misma tarea cuando se cumplieron 10 y 20 años de impunidad.
Jamás poderemos olvidar esa experiencia y ese desgarro. Para que llorar no se vuelva una costumbre. Para que las velas alumbren la oscuridad del crimen de lesa humanidad, de los países que fomentan el terrorismo, de la conexión local, del encubrimiento de estado. Para que nunca más.
Para que solo pidamos la muerte de la muerte para toda la vida. Para que no haya que llevar luto otros 26 años. Hasta que cierren las heridas que todavía están abiertas. Hasta que se cierren las tumbas. Hasta que se abra la verdad.

El pacto espurio entre Cristina y Alberto – 16 de julio 2020

El pacto espurio que firmaron Cristina y Alberto es el origen de todos los tiroteos verbales de estos días. Es una situación de gravedad institucional porque ese acuerdo, es de imposible cumplimiento dentro de las reglas del sistema democrático. Cristina le ofreció lo que Alberto siempre aspiró y nunca había imaginado poder cumplir: el sillón de Rivadavia. ¿Y qué le pidió Cristina a cambio? Lo único que le interesa en la vida en estos momentos: la impunidad para ella y sus hijos y, si se puede, de paso, para los integrantes del Cartel de los Pingüinos. La jefa política del gobierno quiere volver a tener un prontuario virgen, donde no haya vestigios de haber cometido delitos de mega corrupción y que Máximo y Florencia también queden limpios de toda sospecha. Y si puede, Cristina pretende que la feliciten como dijo Jorge Lanata o que le hagan un monumento como los que le hicieron a Néstor Kirchner. ¿Cómo se puede concretar eso respetando la división de poderes y la Constitución Nacional? Son muchas las causas y varias están muy avanzadas. Cristina tiene que estar en el banquillo de los acusados pese a que según ella, ya la absolvió la historia, como dijo emulando a Fidel Castro. Hay cantidad y variedad de pruebas documentales y decenas de testimonios de ex funcionarios y empresarios coimeros arrepentidos.
Cristina aceleró esta movida antidemocrática porque comprende que es ahora o nunca. Debe aprovechar la oportunidad, antes que se disipe la preocupación social por el saldo de muertos por la pandemia y de heridos graves por la hecatombe económica.
¿Qué puede hacer Alberto para cumplir con su parte del trato? ¿Indultar a todos y todas? El no quiere quedar grabado a fuego con ese estigma en la historia y ella no quiere porque el indulto perdona la pena pero no oculta el delito. ¿Una amnistía? Debe ser generalizada y desataría un escándalo social. Solo le queda ampliar los miembros de la Corte Suprema con abogados militantes para lograr una mayoría automática que liquide todas las causas. O llenar de magistrados de Justicia Legítima los tribunales de Comodoro Py para que volteen todos los expedientes. Todo eso pone en tensión al sistema republicano y es muy difícil hacerlo de la noche a la mañana. Y tal vez más adelante, sea directamente imposible, con el panorama de conflictividad social por la pobreza y la desocupación galopante que se viene.
Alberto no sabe cómo honrar ese acuerdo fundacional y deshonroso. Va y vuelve en todos los temas y, por ahora, no quiso o no pudo construir poder propio dentro del oficialismo. Primero anuncia con tono marcial que ya ordenó expropiar la empresa Vicentín. Después, frente al repudio masivo del banderazo, retrocede, dice que se equivocó porque espera festejos y que no es un loco suelto que anda con la chequera expropiadora. Y en ese mismo momento, la senadora Anabel Fernández Sagasti, la preferida de Cristina, insiste con la idea, desmiente al presidente y plantea que el objetivo de expropiar la agroexportadora, sigue en pie.
El mismo mecanismo del sí, no, bueno pero no tanto, lo hizo con Hugo Chávez y Maduro. A Lula le dijo que lo extrañaba. Su funcionario en la ONU le pidió elecciones libres a Maduro y protestó por las brutales violaciones a los derechos humanos. Hasta el PRO felicitó a Alberto por ese volantazo democrático. Pero bastó que el relator del relato, Víctor Hugo, hablado por Cristina, lo retara por esa “vergüenza” y le manifestara su desilusión para que al Presidente, le volviera a temblar la voz y a titubear con los conceptos para asegurar que con Venezuela mantiene la misma posición de siempre.
Cristina radicaliza sus acciones y ahora lo hace públicamente, junto a sus soldados más fanáticos. Presiona a Alberto para que vaya en ese sentido y rompa con los empresarios, con Estados Unidos y con los medios de comunicación.
Y es ahí, en ese río tan revuelto con turbulencias institucionales, donde Cristina quiere encontrar su ganancia.
Por eso es tan inquietante esta situación.
Porque como bien planteó Carlos Pagni en su columna, Cristina no solamente designó al presidente mediante un tuit, también se eligió a ella misma como primera en la línea sucesoria. Y esta es una amenaza constante.
El diputado Álvaro de Lamadrid recordó que Néstor y Cristina apelaron por lo menos dos veces a golpes palaciegos o autogolpes. Los padecieron dos gobernadores de la provincia de Santa Cruz, la cuna del feudo. Sergio Acevedo y Carlos Sancho fueron puestos por los Kirchner al frente del estado provincial y cuando no les sirvieron más a sus intereses, los destituyeron. Ese es el concepto de la lealtad que tuvo el matrimonio presidencial: use y tire. Ya saben cómo se le dice a los productos que se usan y luego se tiran. No quiero ser grosero.
En OPI Santa Cruz, el colega Rubén Lasagno y en las redes sociales, los más audaces especulan con que una enfermedad del presidente resolvería esta batalla. ¿O que agobiado, Alberto, quebrado por su destino de títere, renunciaría. En forma patriótica, por supuesto. Y cuando hablo de títere no erosiono la investidura porque cito al propio presidente. Cinco minutos antes de aceptar el ofrecimiento de Cristina dijo: “O Cristina es candidata o se va a su casa… yo no tengo ganas de que el poder esté en Uruguay y Juncal y en la Casa Rosada haya un títere al que Cristina le prestó los votos”. Lo escucharon al principio de esta columna.
Esta situación le generó a Alberto Fernández una ostensible fragilidad demasiado pronto. Todos los que defendemos y valoramos la democracia republicana, tenemos que estar atentos y denunciar cualquier intento de alterar el orden constitucional.
También Pagni citó a un funcionario que dijo que se viven tiempos de una “Ezeiza con distanciamiento social”. Este es el peor riesgo de todos. Ya es repudiable que una vez más, el peronismo lleve su interna y su pelea de poder a toda la sociedad. Que involucre a los ciudadanos que no votamos a los Fernández, en esta disputa que les hacer ventear mucha energía que no utilizan para gobernar y solucionar los graves problemas concretos que existen. No sería la primera vez que los justicialistas nos obligaran a tomar partido en sus rencillas. En alguna ocasión, como en los 70, estas diferencias intentaron zanjarse a los tiros y con asesinatos, donde la masacre de Ezeiza fue un hito horroroso que desembocó en la dictadura militar y el terrorismo de estado.
Los gobernadores, mudos hasta ahora y los intendentes verticalistas, tienen mucha responsabilidad en evitar que esto se desborde. Estamos como sociedad frente a un desafío descomunal. ¿Cómo contener a Cristina que tiene muchos votos y poder movilizador y evitar que ella se lleve todo por delante? Su exigencia de impunidad es de cumplimiento imposible. No se puede ocultar una inmoralidad y cleptocracia tan grande que hizo mega millonarios, en pocos años, a los secretarios privados del matrimonio presidencial. Eso solo da una pista de la magnitud del latrocinio cometido.
Que el árbol de los fuegos artificiales de los insultos que se cruzan actores secundarios como Grabois, De Vido, Bonafini o Cortiñas, no nos tape el bosque de la crisis en la que han metido a los valores cívicos.
Pero es cierto que la profanación de algunos significados llegó al máximo de su degradación. A los organismos de los derechos humanos, primero, le pusieron la camiseta partidaria y los transformaron en militantes de una facción. Después a algunos, no a todos, los ensuciaron con el dinero de la corrupción como el caso de Bonafini y los manejos de la Fundación Sueños Compartidos o la Universidad de las Madres y finalmente, los sumaron a sus propias peleas internas. Que Hebe de Bonafini ataque al presidente y que Nora Cortiñas o Carlotto lo defiendan, es solo un botón de muestra. El humor profundo de Fernando Sendra, los radiografió con claridad. Dicen las caricaturas: “Último momento. Grabois y De Vido se acusan mutuamente de hacer negociados sucios. De inmediato la gente le cree a ambos. Con semejante credibilidad, podríamos ser candidatos, suponen los dos. Irán juntos en la misma boleta”. Anécdotas tragicómicas que no deben desviar nuestra mirada atenta a la coalición gobernante, que acelera su rumbo de colisión.

Por la calle de la verdad y la libertad – 15 de julio 2020

Durante el gobierno del doctor Raúl Alfonsín, nada menos, el peronismo instaló una consigna que decía: “Patria mía/ dame un presidente como Alan García”. Por suerte para todos, la patria no le dio el gusto. Alan García era un presidente peruano que lideraba una postura intransigente frente al pago de la deuda externa que luego se transformó en un neoliberal y finalmente, se suicidó de un tiro en la cabeza, hace poco más de un año, envuelto en fuertes acusaciones de corrupción en el caso Odebrecht.
Anoche, cuando terminé de entrevistar durante una hora y diez minutos en TN al presidente Luis Alberto Lacalle Pou, me vino esa frase a la memoria. Con los nombres y las rimas cambiados, por supuesto. Jugué con las palabras y surgió algo así como “Patria no desmayes y dame un presidente como Luis Lacalle”. Es que me estalló el teléfono de mensajes y casi todos tenían dos palabras como denominador común, “Sana envidia”. Dirigentes políticos y empresarios de primer nivel, colegas periodistas, editores encumbrados y ciudadanos comunes se habían emocionado y conmocionado con la claridad de conceptos de un jefe de estado que sembró la charla de frases que la inmensa mayoría comparte y por comparación, nos dejó también el sabor amargo de que, para los argentinos, va a ser muy difícil parir un líder de semejante estatura.
Mi conciencia me acosaba con una pregunta obvia: ¿Por qué nosotros no podemos tener dirigentes políticos como Luis Alberto Lacalle? Por lo menos por ahora. Este no es un ensayo sociológico que sería lo adecuado para responder con mayor rigurosidad intelectual. Pero es una reflexión periodística de alguien que se dedica hace más de 40 años al análisis de la política. Y eso me permite arriesgar un par de conjeturas que sirven para hacernos más preguntas y potenciar los debates que nos debemos.
Primero, creo que los presidentes de los países no son demasiado diferentes a sus pueblos. No conozco pueblos angelicales y presidentes demoníacos. No creo en eso de que los pueblos tienen los presidentes que se merecen. Pero tampoco que los jefes de estado vienen importados de Japón o los trae la cigüeña de Paris. Suelen tener miserias y grandezas bastante parecidas a la sociedad donde se fue forjando. Y creo, que a modo de autocrítica, debemos examinarnos. Por supuesto que los uruguayos no son perfectos. En muchos aspectos somos parecidos. Nos separa un charco apenas. Pero claramente tienen una cultura cívica de respeto republicano y pluralismo muy superior a la nuestra. Se reúnen todos los ex presidentes y conversan sobre temas de estado. No digo que todos piensen igual. Se respetan, se escuchan, hacen de los disensos y los consensos un ejercicio creativo y cordial. Y eso derrama sobre los ciudadanos un antídoto contra el odio entre hermanos.
Es doloroso decirlo, pero a nosotros nos pasa todo lo contrario. Cristina se negó a entregarle la banda y el bastón de mando a Mauricio Macri. Cuando ganó Alberto y se abrazó con Macri, la actual vice le dio la mano a Macri, mirando para otro lado con una cara de asco descomunal y demostrando un desprecio institucional inédito.
También es cierto que en varios grupos sociales, los uruguayos tienen valores que nosotros, en gran medida hemos perdido. Y no lo digo para clavarnos puñales o por una actitud masoquista. Lo digo para que, con humildad, podamos aprender de los buenos ejemplos y tratar de ser mejores.
Siempre hay excepciones en todo, pero la mayoría de los sindicalistas uruguayos son combativos y duros. Pero viven en casas sencillas similares a la que viven los trabajadores que representan. No son millonarios. No son mafiosos. Viven como piensan. Y eso les da un respeto ético que la mayoría de los gremialistas nuestros no tienen.
Casi todos los líderes, tienen una austeridad franciscana. Son custodios del dinero que no les pertenece y saben que son inquilinos del poder y no propietarios. Y lo digo por los dirigentes de todas las ideologías. Ya quisiera la izquierda argentina tener un cuadro como el doctor Tabaré Vázquez, un médico oncólogo que siguió atendiendo en su consultorio de barrio. O intelectuales brillantes y honrados como Julio María Sanguinetti que dejan la jefatura del estado y vuelven a trabajar en su estudio. Le estoy hablando de ex presidentes del Frente Amplio, el partido Colorado o el Blanco, en el caso de los Lacalle, cuatro generaciones de políticos que aman su patria, su paisito, como ellos dicen. Cada uno levanta su bandera ideológica y pelea por sus proyectos. Pero en general, permiten que gobierne el que ganó y tratan de ser mejores para volver al poder. Uruguay no tuvo un 2001. No se afincó el populismo peronista de derecha y de izquierda, al mismo tiempo. No hay cortes de calles y rutas todos los días. La educación es cada vez de mayor excelencia. Tienen los brazos abiertos para recibir a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo patrio. El presidente Lacalle se emocionó anoche cuando me dijo que tenía siempre a su lado la bandera que dice “Libertad o muerte”. Es el lema de Uruguay y figura como inscripción en el pabellón de los Treinta y Tres Orientales, un grupo de patriotas liderados por Juan Antonio Lavalleja.
Creo firmemente que los argentinos para lograr tener un presidente como Luis Lacalle tenemos que bajar nuestros niveles de soberbia. Muchos conceptos que repetimos por mucho tiempo nos hicieron creer demasiado vivos y hace década que el país está cada vez peor. Hay frases hechas que tenemos que revisar. No somos los campeones mundiales de todo. No somos los campeones morales. Parece que Dios no es argentino como creíamos. O que nos salvamos con una buena cosecha. O que tenemos los cuatro climas y eso va a evitar que nos hundamos.
Me he cansado de escuchar esa altanería que dice que los uruguayos son demasiado lentos. Yo creo que nosotros somos demasiado rápidos. Veloces para la corrupción, el odio, la venganza y para llevarnos el mundo por delante. Argentina es un país maravilloso al que amo profundamente. Pero es tiempo de reconstruirlo desde la moral y la educación. Si nos creemos más de lo que somos, siempre seremos menos de lo que podemos.
Luis Lacalle no es una excepción en la política uruguaya. Es un emergente que representa las mejores tradiciones. Dijo decenas de definiciones impactantes. Pero la que más me gustó, fue que ama la política. Tiene pasión por su gente. En nuestro país esa palabra, “política”, cayó en un fuerte desprestigio. Se asocia al robo, la avivada, el amiguismo. Hay que limpiar esa palabra porque no hay otra herramienta mejor para transformar la sociedad y hacerla más libre e igualitaria.
Luis Lacalle Pou, nos enseñó o me confirmó anoche, que no hay otro camino que sembrar mejores ciudadanos para cosechar mejores políticos y mejores gobiernos. Lleva su tiempo. Pero es una epopeya que alguna vez tenemos que emprender. Es por el bien de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos.
El día que Luis Lacalle asumió pidió que no invitaran a Nicolás Maduro ni a las autoridades de Cuba y Nicaragua. Anoche explicó que fue una decisión personal porque no se hubiera sentido cómodo al hablar de libertad y derechos humanos frente a un dictador. No anda con vueltas. Dice que las relaciones entre los países no hay que cargarlas de ideología, pero que hay límites como son la defensa de los valores republicanos.
Pasé al aire un fragmento de una conferencia de prensa para preguntarle su relación con los periodistas que en este país somos tan maltratados por el cristinismo. Hubo una pregunta de una colega llamada Sofía del semanario Brecha sobre el aumento de impuestos a los más ricos. Brecha es un histórico medio de izquierda continuador de Marcha. El presidente saludó cordialmente a la cronista y le contestó con el ADN de su idea económica, con altura y respeto, como corresponde. No les vamos a poner más impuestos a los empresarios. Sería amputar el crecimiento para después de la pandemia. Son ellos la locomotora del crecimiento y el estado es el que se tiene que ocupar de los más rezagados, de los más vulnerables. Una postura con mayor sensibilidad popular y sentido común que los ladri progesistas de nuestro país. La salida es siempre con trabajo, crecimiento, esfuerzo y meritocracia.
El mismo eje puso con el tema del exitoso combate contra la pandemia. Apeló a un pacto de responsabilidad social y solidaridad mutua con los ciudadanos. Se resistió al confinamiento obligatorio porque no quiso instalar un estado policial. Le preguntó a los que opinaban distinto si lo iban a acompañar a meter preso a los artesanos y pequeños comerciantes que se ganan el peso todos los días. No estaba dispuesto a reprimir a los laburantes por laburar: “Tenemos una vocación genética por la libertad”, dijo. Tomó medidas, por supuesto. Cierre de fronteras, distanciamiento, barbijos, test y todo lo que recomendaba la ciencia, pero una vez más confió en su gente. Y la gente no lo defraudó.
En Uruguay lo consideran un rebelde. Es que no repite respuestas llena de lugares comunes. Y habla con la verdad hasta que duela. Contó con detalles casi íntimos, como sus hijos fueron los primeros mellizos paridos en Uruguay por el método de fertilización asistida con embriones congelados. Y no tuvo problema en reconocer que cuando era joven consumió ocasionalmente drogas. Lo reconoció abiertamente porque no quiere andar por la vida mintiendo ni ocultando cosas. Todos tenemos muertos en el placard y hay que ponerlos sobre la mesa. Habló con sinceridad. Se bajó el sueldo, y les bajó los sueldos a todos los funcionarios. Dio el ejemplo. Hizo el primer esfuerzo. Cuando fue presidente de la Cámara de Diputados fue austero y buen administrador. Vendió papeles viejos y hasta botellas. Ahorró 2 millones y medio de dólares y los devolvió a Rentas generales. Cuando renunció como senador para ser candidato a presidente, la ley le permitía cobrar el 85% de su sueldo durante tres años. Insisto: la ley lo autorizaba. Y lo rechazó. Renunció a ese privilegio, dijo que lo hizo para poder mirar de frente y a los ojos a los uruguayos.
Me alegro que mi oficio maravilloso me haya permitido conocer y entrevistar a un presidente que tiene las condiciones necesarias para liderar la región. Me dio esperanzas en el futuro de América y en la política honrada, solidaria e inclusiva. Luis Lacalle Pou, un espejo para mirarnos. Va de frente, con las manos limpias, las uñas cortas. Lacalle no se desvía de la calle de la verdad y la libertad. Ojalá nosotros podamos seguir ese rumbo. Por ahora, todavía cantamos: vamos arriba la celeste…