Yo sé que hoy estamos en guerra contra el virus. Yo sé que ese maldito Covid 19 es nuestro enemigo principal. Y me parece muy bien tratar de evitar la mayor cantidad de muertes posibles. Cada vida que se salva es un triunfo humanitario. Y esta lucha nos tiene que hermanar lo más posible a los argentinos. Aunque está clarito que no es nada fácil. Los cristinistas solo piensan en dividir para reinar y en utilizar el patoterismo de estado para quedarse con todo. Pero también comprendo que el encierro de más de 100 días potencia dramas individuales como la angustia, la tristeza, la depresión e incluso, mucha gente cae o recae en las adicciones. Por eso creo que vale la pena sumarse desde esta humilde columna al “Día Internacional contra el Tráfico Ilícito y Abuso de Drogas” establecido hace 33 años por las Naciones Unidas. El objetivo es cooperar para lograr una sociedad libre de drogas.
Las restricciones fronterizas y de otro tipo relacionadas con la pandemia ya han causado escasez de drogas en la calle, lo que ha provocado un aumento de los precios y una reducción de la pureza.
Es probable que el brutal aumento del desempleo y la reducción de oportunidades causadas por la pandemia también afecten a muchos ciudadanos, haciéndolos más vulnerables al consumo de drogas y también al tráfico y el cultivo de drogas para ganar dinero, dice el informe de la ONU.
No me canso de decirlo:
La droga nos mata.
Hay que decirlo con todas las letras: no hay droga buena. Hay que decirlo de la manera más descarnada posible: no hay droga buena porque no hay muerte buena. Y la droga asesina. Todas las drogas matan: Más temprano o más tarde. Algunas matan en forma fulminante y otras lo hacen por goteo: primero te esclavizan, te hacen adicto, te dominan hasta que finalmente, cuando menos lo esperas, te clavan un puñal por la espalda.
No solamente la droga mata. En general, en la mayoría de los casos, mata a pibes. Es un crimen a la vista de todos que liquida a los jóvenes. Es urgente y nos toca a nosotros levantar esta bandera y llevarla a la victoria. “Ni un pibe menos por la droga” debe ser nuestro objetivo colectivo. Nuestra epopeya nacional. Ni uno menos por la droga. Ni uno menos.
No hay otro camino que matar a la droga antes de que la droga nos mate a nosotros. Repito el concepto: la droga no discrimina. No hace diferencias ni por edades, ni por condición social, ni por sexo y mucho menos por ideología. Acá no hay grieta. La droga mata a todos por igual. Solo que como el hilo se corta siempre por lo más delgado, impacta más entre los más pobres y entre los más chicos. Se estima que la edad de inicio en el consumo es entre los 12 y los 17 años. Chicos, adolescentes que no tienen aún bien firme sus objetivos ni sus convicciones. Sobre esa debilidad trabajan los transas y los narcos.
Los narco traficantes envenenan nuestra patria. No hay que olvidar que la droga dinamita las familias y por lo tanto destruye la célula básica de toda comunidad. Hay cifras estremecedoras.
Se registraron más de un millón de consumidores. Hay más de 32 mil adictos a la cocaína. Y ni hablar de las nuevas drogas de diseño. Todos los días inventan un tóxico nuevo. Y eso que no estamos hablando del alcohol que, según todos los especialistas, en su abuso, está la puerta de entrada a todo tipo de adicciones.
Esta columna intenta ser un grito para despertar a la sociedad, para que nadie mire para otro lado y para que cada uno desde su trinchera sea parte de este compromiso social.
El consumo, la producción, la exportación y el lavado de dinero proveniente del narcotráfico son los cuatro eslabones que integran esa cadena criminal nefasta. Todo el país está atravesado por semejante drama y es una de las malditas herencias que les debemos a 12 años de kirchnerismo. Nos dejaron altísimos índices de pobreza inflación negada, una corrupción colosal y el odio que alimentó la fractura social expuesta. Pero seguramente la peor de las asignaturas pendientes que dejó Cristina tiene que ver con los estupefacientes.
La gran mayoría de los argentinos todavía no generó el suficiente escándalo moral que nos haga levantar la voz y exigir que todos los involucrados trabajen duro y en forma mancomunada para terminar con estos dueños de la ponzoña que mata a nuestros hermanos y que se llenan los bolsillos con dinero sucio.
La droga es el principal enemigo del pueblo.
Hay que cortar por lo sano y darle duro al circuito financiero. La ruta del dinero de la droga que enriquece a estos criminales que trafican con el dolor de nuestras familias.
El narcotráfico es una red multinacional con gerentes y CEOs, que saben tanto de complicidades políticas como de comunicación, de maquillar la realidad con teorías novedosas surgidas en universidades prestigiosas, de hacer lobby y buscar leyes favorables a sus negocios. Esto describe la magnitud de la guerra que nos han declarado. Aparecen cotidianamente en hospitales y salitas humildes, en pueblos y ciudades muchos pibes, gurisas, changos y chinitas que perdieron su libertad por la falta de sentido y oportunidades, y quedaron entrampados en las redes del consumo de alguna droga, tanto legal como ilegal.
Esto sucede incluso en los pueblos más chiquitos, en los que para poder ver a un psicólogo o especialista en salud mental hay que viajar 100 o 200 km. La situación es desesperante.
Hay que rechazar los enfoques represivos hacia las víctimas que consumen y explicar que si a nuestros jóvenes no les ofrecemos oportunidades reales para crecer, para descubrir el sentido de la vida, políticas públicas de prevención y un sistema de salud adecuado, van a ser estructuralmente vulnerables”. Como puede verse, el drama es completo, multicausal y muy dinámico. Y está claro que la prevención siempre es el camino más barato y efectivo. Porque el narcomenudeo llegó a todas las latitudes. Porque la cultura que se instaló muestra al vendedor de droga como alguien exitoso que se llena de plata y que tiene las mejores motos y zapatillas frente a la miseria que lo rodea. Es un liderazgo absolutamente tóxico. Un patrón del mal que produce una verdadera implosión social allí donde se instala: los robos y los asesinatos se multiplican en forma proporcional a la cantidad de droga que se consume y trafica. Y a las instituciones que han sido perforadas y prostituidas por la corrupción.
Este gobierno todavía no tuvo tiempo de mover un dedo al respecto. Pero el gobierno de Cristina, tenía una actitud cómplice y negadora. No solo por los millones de dólares que embolsaron con el contrabando de efedrina y por el triple crimen. También porque personajes fuertes del gobierno como Aníbal Fernández miraban para otro lado y subestimaban el problema. Minimizaban el drama diciendo que éramos un país de tránsito. Si de tránsito… hacia el precipicio. Hay que revisar a fondo los aportes que recibieron en la campaña electoral de la mafia de las droguerías y sumar dos más dos. Es en defensa de nuestros hijos y de nuestras familias, es en defensa propia.
Este debe ser nuestro objetivo colectivo que salte por encima de la grieta. Que ataque con todo, después de derrotar al Covid 19. Nuestra epopeya nacional es “Ni uno menos por la droga”. Ni uno menos.
No hay otra solución que matar a la droga antes de que la droga nos mate a nosotros.
De la depresión al Himalaya – 25 de junio 2020
Hoy van a anunciar un confinamiento más largo y más riguroso. Yo entiendo que es para cuidar la vida. Pero no me olvido de aquellos a los que la cuarentena le hace la vida imposible. Porque no tienen comida ni trabajo o porque sus sueños de progreso se derrumbaron y van a tener que empezar de cero. La angustia, la tristeza y la depresión son enemigos poderosos a los que tenemos que combatir. Se me ocurrió que hay un remedio que no soluciona nada, pero que nos puede ayudar: la historia maravillosa de superación y coraje de Juan Ignacio Maggi. Le recomiendo que preste atención. Es un combustible tremendo para el alma. Muchas veces nos quejamos por temas menores, por pavadas. Muchas veces bajamos los brazos ante la primera dificultad. A Juan Ignacio, al que le dicen Jean, la vida lo castigó duramente y varias veces desde que era un chico. La polio, esa maldita enfermedad lo atacó a traición. Recién estaba aprendiendo a caminar y no pudo caminar más. Se paralizó su cuerpo de la cintura para abajo. A los 37 años, Juan tuvo un infarto terrible. Pero luego, descubrió que su voluntad y esfuerzo podía convertirlo en un deportista de alta competencia. Y lo logró. A la edad en que muchos se retiran, él comenzó a entrenar con una dedicación impresionante. Y aunque usted no lo crea, ese chico que apenas andaba con muletas corrió las maratones de Nueva York y de Roma, fue representante argentino en los Juegos Paralímpicos, cruzó la Cordillera de los Andes y como si esto fuera poco, logró la hazaña de trepar al Himalaya. Aquel día de gloria, Juan Ignacio llegó a la cima de sus sueños. Nunca se rindió. Es un ejemplo, un espejo que nos puede ayudar cuando sentimos que todo está perdido. Nos puede confirmar que no hay que darse por vencido ni aún vencido.
Juan Ignacio es cordobés e hincha de Talleres. Eso solo lo hace bueno hasta que se demuestre lo contrario. Más allá de esta broma, lo cierto es que el peor insulto que uno puede decirle es “No se puede”. Toda su vida se dedicó a demostrarle al mundo y a sí mismo, que “si se puede”. Nunca soportó que alguien le tuviera lástima. Era una puñalada por la espalda cuando lo miraban desplazarse con sus muletas y esas corazas de cuero alrededor de sus piernas y decían: “pobrecito”. La pasó muy mal hasta los 37 años. Se sentía preso de su cuerpo y de su discapacidad motriz. Si mi cuerpo no sirve para que lo voy a cuidar. Eso decía en silencio. Después, cuando salió del infarto reconoció que la polio le había tocado por mala suerte o por el destino, pero que al infarto se lo había buscado. Pasaba 12 horas trabajando en un escritorio, fumaba 2 paquetes de cigarrillos por día y la comida chatarra era una constante. A eso hay que sumarle la mala sangre. Se castigaba a si mismo preguntando: “Porque me tocó esto a mí”. Fue la crónica de una tragedia anunciada: infarto.
Tenía 37 años y resolvió salir adelante. Ponerse de pié en todo el sentido de la palabra. Dar batalla. Empezó a entrenar. A hacer fierros, gimnasia de todo tipo. Tenía las piernas flaquitas de un grillo, los brazos musculosos como un toro y un corazón de acero. El deporte le empezó a multiplicar la esperanza. Le dio alegría, ganas de competir y de superarse. Le abrió un camino y un futuro. Le puso motor a su pasión. Hay una foto en la que se lo vé clavando sus muletas o bastones en la arena y pone su cuerpo en forma paralela al piso. Una ostentación de poderosos bíceps y abdominales. Hizo de todo. Básquet, natación, equitación y tenis hasta que un día se subió a una bicicleta adaptada y encontró el movimiento autónomo. Podía desplazarse a donde quisiera por sus propios medios. Es una bici que se impulsa con las manos. El va sentado, sus pies están quietos y apoyados y pedalea con las manos, por decirlo de alguna manera. Y las cosas cambiaron.
Juan Ignacio fue siempre para adelante. Participó de varias maratones. Ya le dije que la de Nueva York que pasa por el Central Park y la de la ciudad de Roma son las más conocidas y las más emocionantes. Pero nunca se quedó quieto. Ya había estado quieto demasiado tiempo. Siempre va por más. Se anotó en un Ironman y dejó a medio mundo con la boca abierta. Nadó casi 2 kilómetros, en bicicleta recorrió 90 kilómetros y cuando estaba exhausto, se subió a una silla de ruedas y completó los 21 kilómetros mientras el resto de los atletas lo hacían corriendo a su lado. Fue una epopeya del cuerpo y de la mente.
Pero eso no le alcanzó a Juan Ignacio. Se propuso ir a la Cordillera y en el Valle de las Lágrimas recordó la Tragedia de los Andes, y los ejemplos de resiliencia que había contado, Carlos Páez Vilaró, uno de los sobrevivientes.
Su última locura fue animarse al Himalaya. Es la cordillera más alta del planeta. La cumbre del monte Everest está a 8.848 metros de altura. El cordón montañoso atraviesa varios países asiáticos como Bután, Nepal, China, India y Pakistán. Y allá fue. El nenito cordobés que había atacado la polio, iba rumbo a la cima de sus sueños. El que tenía paralizado su cuerpo de la cintura para abajo, el de las piernitas de grillo, se preparó como corresponde y pudo escalar. Once días pedaleando con la respiración complicada por la altura. Once días sin bañarse. Once días durmiendo en una carpa en medio del hielo, las piedras, los precipicios y los vientos terribles. Un día se descompensó y le tuvieron que suministrar oxígeno. Pero llegó. Lo logró.
Su cara era la síntesis de la felicidad. La satisfacción del deber cumplido. De la lona, de la depresión llegó muy cerca del cielo. Lo más cerca del cielo que se puede llegar sin despegar de la tierra.
En sánscrito, Himalaya significa “El lugar de la nieve”. En cordobés, significa “El lugar de los sueños”. Juan Ignacio odia quedarse quieto. Insisto, ya estuvo demasiado quieto, demasiado tiempo. Ahora es movimiento, iniciativa, empuje, energía renovable. Armó una fundación con su esposa María Victoria. Ella tiene un nombre que fue premonitorio. La mayor victoria de Juan Ignacio son sus 5 hijos: Camila, Amparo, Catalina, Sara y el único varón Juan Ignacio, como el padre. Esa familia es una cadena solidaria irrompible. Ahora, el atleta Maggi quiere provocar un cambio en la forma de mirar la discapacidad que tiene la sociedad. Trabaja para que se vea como una oportunidad y no como una imposibilidad. Se ríe cuando cuenta lo que le pasó hace un tiempo con un taxi. Estaba parado en una esquina mientras esperaba que la pasajera le pagara al chofer. De puro amable le abrió la puerta y la señora le dio una moneda.
Cuando Juan José Campanella se enteró de semejante heroísmo ciudadano, resolvió producir un documental conmovedor de 47 minutos titulado “El límite infinito” que hoy puede verse por Netflix.
Juan Ignacio da charlas pero no cobra. Les pide donaciones de bicicletas adaptadas para los que no pueden comprarlas. Nadie las fabricaba en serie. Eran trabajos artesanales. Pero como es un emprendedor potente e incansable, armó una fábrica de esas bicicletas milagrosas. Trabajan ahí, jóvenes que tienen discapacidades motrices.
Todo lo que Jean Maggi hizo, hubiera sido una tarea titánica para cualquier persona que no haya padecido ninguna enfermedad. Yo, sin ir más lejos no podría hacer ni la décima parte de sus aventuras deportivas. Pero él tiene un lema que fue el subtítulo de la película: “Lo difícil se hace, lo imposible, se intenta”. Lo admiro porque se cayó cientos de veces y se levantó cientos de veces.
Poder trasladarse a donde quisiera sin preguntarle a nadie ni depender de nadie le dio libertad. La consiguió con una fortaleza digna de imitar. Yo sé que los objetivos nunca se logran solamente con voluntad. Pero sin voluntad, sin apretar los puños y rebelarse antes las negativas, tampoco se puede conseguir nada.
El virus de la poliomielitis no pudo con Maggi. Después la ciencia de Jonas Salk y Albert Sabin, se encargaron de pulverizar el bichito. Hoy tenemos otro virus llamado Covid 19. Hasta que logremos dinamitarlo tenemos que apelar al ejemplo de personas como Juan Ignacio Maggi. El pasó de la depresión y el infarto al Himalaya. En medio de la batalla encontró la alegría y la libertad.
Como dice nuestra cortina y arenga: Cuando cueste mantenerse en pie/ cuando se rebelen los recuerdos/ y me pongan contra la pared/ Resistiré, erguido frente a todo/Me volveré de hierro para endurecer la piel, como hizo Juan Ignacio Maggi.
El día que nació Sábato – 24 de junio 2020
Hoy es un día muy especial para las efemérides y los que creemos que son un instrumento que nos permiten custodiar nuestro pasado. Un 24 de junio como hoy, murieron dos de los cantantes más populares: Carlos Gardel, un emblema de la argentinidad y un verdadero monumento al tango y Rodrigo Bueno que mezcló el cuarteto con el rock y lo instaló en el escenario nacional. Pero también un día como hoy, nacieron dos de las figuras deportivas que más nos identifican en el planeta: Lionel Messi y Juan Manuel Fangio. El quíntuple campeón del mundo llegó a este mundo en 1911, el mismo día, mes y año que una de nuestras máximas celebridades en el campo de la ética y la literatura. Hablo del maestro Ernesto Sábato.
Este programa, que habla de la palabra incluso desde su título, hoy elige recordar la figura de un grande entre los grandes, llamado Ernesto Sábato porque nos gustaría hacer un humilde aporte para mantener viva su memoria. Creo que es por el bien de todos los que amamos este bendito país.
Extrañamos tanto a Sábato. Lo necesitamos tanto para salir definitivamente de estos años de cólera, autoritarismo y ladrones. Lo necesitamos para recuperar el valor de la palabra y la dignidad de los honestos.
Don Ernesto vivió y escribió gran parte de su obra en su casa-templo de Santos Lugares. Dijo su hijo Mario que Don Ernesto no murió, que se trata de una exageración burocrática y llamó en su momento a que se sumaran todos los que quisieran preservar ese legado.
La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse. La sabiduría resignada de este concepto le pertenece a Ernesto Sábato que nació en Rojas y casi llegó a cumplir 100 años. América Latina le debe a Sábato el haber comprendido que para salir de las dictaduras había que enfrentar el pasado. ¿Sabe quién dijo esto? Ricardo Lagos. El ex presidente de Chile es uno de los intelectuales más importantes de habla hispana. Una persona íntegra, valiente y solidaria. Y Ricardo Lagos dice que el “informe del Nunca más devino en clásico, en un documento eternamente actual”. Tal vez pueda ser resumido en una especie de rezo laico en el que se convirtió su prólogo sobre la desaparición de personas. Ese Nunca Más, parido por Raúl Alfonsín y multiplicado por Julio César Strassera.
Hoy los tres han fallecido, pero se han ganado el don del respeto eterno, hablo de don Raúl, don Ernesto y don Julio.
Los tres están en el cielo de la democracia pero ese Nunca más, todavía estremece cuando se usa como grito de paz y en su relato: “únicamente así podremos estar seguros de que nunca más en nuestra patria se repetirán los hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado”.
Sábato, pronunció un discurso cuando se entregó el informe al presidente Alfonsín. En el comienzo hizo una radiografía de esa Comisión que le tocó presidir: “No fue instituía para juzgar, pues para eso están los jueces institucionales, sino para indagar la suerte de los desaparecidos en el curso de estos años aciagos de la vida nacional. Pero, después de haber recibido varios miles de declaraciones y testimonios, de haber verificado o determinado la existencia de cientos de lugares clandestinos de detención y de acumular más de 50 mil páginas documentales, tenemos la certidumbre de que la dictadura militar produjo la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje”.
Quiero denunciar y recordar que algunos lo humillaron y profanaron ese texto.
Néstor Kirchner cometió la herejía y la falta de respeto hacia la historia y modificó el prólogo del Nunca Más. Quiso quitarle peso a la acusación de Ernesto Sábato sobre el rol nefasto y funcional a la dictadura que tuvieron los Montoneros y el Erp que mantuvieron sus atentados y sus bombas durante la democracia y los gobiernos democráticos de Cámpora y Perón.
Otros prefieren pasarle facturas por su tristemente célebre reunión inicial con Videla cuando todavía ni la ficción podía ayudar a comprender la dimensión titánica del drama. Por todo esto, por sus grandezas y aún en sus errores, debemos decirle gracias, don Ernesto como Hemingway pero nuestro. Gracias por haber seguido firme pese a los golpes tremendos que le dio la vida. Por haber resistido viejito, de tanta angustia por las muertes más queridas a las que ahora está visitando. Hablo de su Matilde amor deja tus labios entreabiertos y su gran hijo Jorge del talento y la profundidad que a veces regresaba desde el más allá y le ponía esos anteojos oscuros que se convirtieron en un icono y lo hicieron cada vez más chiquito y cada vez más gigante. Jorge murió en un accidente automovilístico y eso le instaló un agujero en el alma.
A su Matilde supo llamarla, “Matilde de todos los tiempos, mujer bíblica”. En diciembre de 1990, se casó con ella “por iglesia” en su casa y la ceremonia la concelebraron dos obispos defensores de la libertad y los derechos humanos: monseñor Justo Laguna y Jorge Cassaretto.
En 1979 fue condecorado como “Caballero de la Legión de Honor” de una Francia que vigilaba que nadie violara los derechos humanos. Fue en Paris a donde huyó despavorido cuando vio de cerca las atrocidades del stalinismo y nunca más regresó a los dogmas del marxismo y el PC argentino que lo consideró un traidor.
Cinco años después la literatura lo reconoció con el premio “Cervantes”, en España. Pero su gran reconocimiento siempre fue en sus cumpleaños, cuando abría de par en par las puertas y las ventanas de la casa de Langeri 3135 y se transformaba en el más querido de los vecinos del barrio. Esa era su felicidad. Compartir con los argentinos de a pie su sabiduría sensible. Escuchar las voces del pueblo invadiendo su refugio. Esa siembra da frutos hasta la actualidad. De hecho, hoy, en tiempos de confinamiento y redes sociales, se supo que Sábato ganó un concurso mundial que se hizo para votar la personalidad más destacada de Tres de Febrero. Dejó en segundo lugar nada menos que a Luis Scola, de la generación dorada.
Don Ernesto, este no es un discurso funerario para pronunciar sobre héroes y tumbas. No es mi intención bañarlo en bronce y transformarlo en un prócer lejano y perfecto. No quiero hablar de su muerte. Usted sabe que nadie se muere hasta que se muere la gente que lo quiere. Y hay cada vez más gente que lo quiere. Son los que dispusieron que usted viva 100 años más. Vivirá eterno en el corazón de los lectores. Aunque decir que usted fue y seguirá siendo un escritor es como mínimo una simplificación que no lo define en absoluto. Fue físico e investigador, pintor, ensayista. No quiero dejar afuera tal vez su dimensión más importante. La de luchador a favor de la vida. La de militante en contra de todo autoritarismo. La de su austeridad republicana hasta para morirse. La de su honradez. La de romántico defensor de la pasión, según Sábato. Por eso sus libros son apenas una aproximación al tamaño de su estatura. Siempre comprendió como ser uno y el universo y diferenciar brutalmente entre los hombres y los engranajes después de atravesar el túnel de su primera novela.
Gracias don Ernesto. Por haber elegido las palabras frente a los números, la fantasía frente a la ciencia y la libertad frente a la noche. La última vez que lo ví me di cuenta que usted ya sabía que dios le había reservado, igual que siempre, sus santos lugares. Santos Lugares para vivir y soñar con el escritor y sus fantasmas. Santos Lugares para ir a descansar con sus huesos. Dicen que muchos seres humanos con un solo párrafo bien escrito, justifican su existencia. Si así fuera, en su caso, yo elijo este: “solo quienes sean capaces de sostener la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido”.
Hijo de calabreses, tuvo diez hermanos. Su conciencia ciudadana flota en cada librería y biblioteca que no debe tener luto por su pérdida. En un océano de ideas, de belleza creativa y polémica es donde puede descansar aquel pequeño gran hombre que nos enseñó tanto como Nación.
Murió de madrugada y fue velado por sus vecinos en el club social y deportivo de todos sus días. Jaime Roos me ayuda a decir que “dicen que se fue/dicen que esta acá/dicen que se ha muerto/ dicen que volverá/. Me gusta decirle don Ernesto: usted es nuestra memoria colectiva.