Femicidios: no es no – 21 de febrero 2019

La canción de Axel y Soledad lo dice con toda claridad.
No es no
Y hay una sola forma de decirlo entiéndelo
No es no
Y no hace falta que lo justifique
Cuando digo no es no
No tengo que gritarlo ni sentir vergüenza al decirlo, no
No es no
No importa si lo digo sonriendo o llorando
No es no
En cualquier idioma se comprende y queda claro
Porque no es no
Con una vez alcanza no hace falta repetirlo
No es no.
Por eso, primero, prefiero hablar de seres humanos de carne y hueso y después vamos a las estadísticas de esta verdadera pandemia de femicidios.
Esto pasó hace unos días en Ingeniero Budge.
Un hijo de puta llamado Ángel que más que ángel es un demonio, asesinó a Carolina, una muchacha de 21 años que estaba embarazada de dos meses. Le metió un balazo en la panza. Caro era la amante de Ángel que ese mismo día tuvo un hijo con su esposa. Es una película de terror que se repite demasiado seguido. No se puede creer pero dicen que la cantidad de este tipo de delitos aberrantes en nuestro país es superior a la media de otros países con mucha violencia doméstica como México, por ejemplo.
La única mujer que integra la Corte Suprema de Justicia puso el grito en el cielo. La doctora Elena Highton de Nolasco dijo que las cifras de femicidios en la Argentina son “escandalosas, un verdadero suplicio”. Suplicio, según el diccionario es “una lesión o muerte aplicada como castigo o un sufrimiento moral que se puede asimilar a la tortura”.
Los datos son aterradores por donde se los mire. En lo que va de este año se mantiene el ritmo de un femicidio cada 36 horas. ¿Escuchó bien? Un crimen por violencia de género cada día y medio en nuestro país.
El informe oficial, una verdadera radiografía de este drama, fue presentado por la ministra de seguridad, Patricia Bullrich. Ella definió al femicidio como “el asesinato de una mujer, o de quien se identifique como tal, por el solo hecho de serlo”. Las estadísticas más rigurosas son del 2017 y muestran que el promedio en el país es de 1,31 muertes cada 100 mil mujeres. Insisto: ese es el promedio. Porque en Salta, por ejemplo es casi el triple, 3,32 o en Santiago del Estero de 3,15 crímenes cada 100 mil mujeres. El otro extremo es La Pampa. En el 2017 no se registró ningún femicidio.
Otro dato terrible: la mitad de las víctimas tenían menos de 30 años. Y el 44% compartía el techo con el victimario. Violencia doméstica.
Highton de Nolasco también denunció el machismo judicial y condenó la liberación temprana de los acusados o condenados por violencia de género. Yo le agregaría que la liberación a la velocidad de la luz de los delincuentes se verifica en todo tipo de delitos. Pero ese es otro tema.
Ahora hay que frenar los femicidios. Decir Nunca más. Basta. Hacer campaña por todos lados. Cambiar la cultura. Sembrar educación.
La prioridad absoluta es parar los femicidios. No desviar nuestra energía en temas menores. Primero la vida.
Porque los datos duros son aterradores. Según el INDEC la violencia de género se cuadruplicó en 4 años y en el 2017 hubo 295 femicidios, la cifra más alta de la década.
Le confieso que uno de los casos más repugnantes que recuerdo es el tristemente célebre “Caso Tiraboschi”. Es una gigantesca humillación de la condición humana y de género.
El doctor Eugenio Raúl Zaffaroni, ex integrante de la Corte Suprema de Justicia y asesor de Cristina Fernández de Kirchner, afirmó que el sexo oral no constituía violación porque no era una forma de acceder carnalmente a la víctima. Al imponer una débil pena por abuso deshonesto, sostuvo que no correspondía aplicar la pena máxima porque, entre otras razones, la víctima, una niña de ocho años, había sido abusada con la luz apagada y, en palabras de la sentencia, «el único hecho imputable se consumó a oscuras, lo que reduce aún más el contenido traumático de la desfavorable vivencia de la menor».
¿Se da cuenta de semejante barbaridad? Yo no escuché al ala kirchnerista de las mujeres que lideran “Ni una menos” que dijeran una palabra.
La prédica zaffaroniana de que casi todos los delincuentes son producto de » las injusticias del sistema capitalista», se hizo doctrina y dogma. Hoy muchos de los criminales de mujeres reincidentes y violadores caminan por las calles.
Por eso emociona y conmociona ver y sumarse a miles de mujeres que en la calle se juran a sí mismas luchar hasta exterminar la violencia de género y los trogloditas criminales del machismo. Los carteles caseros lo vienen diciendo todo. Lo gritan, en realidad, lo exigen: “No nos maten más”, “Juntas somos infinitas” y “Vivas nos queremos”.
Claro que las queremos vivas, claro que nos queremos vivos y que juntos somos ciudadanos en movimiento que levantamos la guardia para defendernos y extirpar la parte más oscura y repugnante de una sociedad que denigra a la mujer, que la somete y la reduce a la servidumbre. Por momentos siento que algunos varones han retrocedido a la época de las cavernas, que han escupido a la civilización y que creen que pueden tener a una mujer en un puño con un puñetazo.
Hay que ser muy perverso. Una mujer es una mina que amamos, nuestra vieja querida del alma, la hija que tanto miedo nos provoca cuando tarda en llegar de la facultad, la madre que nos sembró de hijos nuestra existencia, nuestra abuela de la sabiduría.
En los momentos más terribles, a la hora de descender a los infiernos, las pobres mujeres llegan a preguntarse si las culpables no son ellas. Hasta tanto llega la humillación que ella, la víctima, llega a dudar de su condición. Llegan a pensar que por su culpa él golpeador, las golpea.
Por eso tienen que asesorarse con un abogado y hacer la denuncia. Saber que están dando el paso más importante de su vida. Y que es para salvarse de la muerte. Nada menos. Ni una menos. Ni una más. Nunca Más.
Las crónicas de los últimos tiempos están repletas de muerte y sangre. Una violencia de género cargada de un odio sin límites que extermina incluso a familiares o amigos en lo que se llama técnicamente «femicidios vinculados”.
Es tan grande el horror que la información parece inventada o salida de las novelas de la crueldad.
Hay que combatir a esos criminales que matan a sus seres queridos. A sus esposas o novias, a sus hijos a los familiares y a los amigos. Pretenden dinamitar todo vestigio de esas mujeres que no quieren ser propiedad de nadie. Saben que hace mucho se acabó la esclavitud. Todos los que rodean a una mujer amenazada tienen que hacer la denuncia y no dejarla sola. Estar cerca, acompañarla, protegerla y estar alertas, siempre con la guardia alta.
No me entra en la cabeza que algún animal que no merece ser llamado hombre pueda cometer semejantes aberraciones.
¿Que nos está pasando? ¿Cuál es el nivel de cobardía y de salvajismo de andar matando mujeres? ¿Cuántos casos por día hay de maltratos, de golpes brutales que terminan con la muerte femenina?
Insisto con la pregunta original que no tiene respuesta: ¿Qué nos pasa? ¿Alcanza con prohibir que el criminal se acerque?¿ Los botones de pánico y las tobilleras electrónicas pueden ayudar? ¿La policía actúa con la rapidez que corresponde? Esta opinión intenta ser un alerta y un aporte al combate contra semejante horror y a aumentar la condena social. Todo el que sea víctima de violencia de género o conozca a alguien puede hacer la denuncia al teléfono 144 durante las 24 horas.
Son mujeres asesinadas por machos que, insisto, no merecen llamarse hombres. Son infames varones que avergüenzan al género y a la condición humana.
Estos energúmenos por lo general están cortados todos por la misma tijera. Responden al mismo patrón criminal. Primero les gritan a sus esposas, novias o amantes. Se sienten sus propietarios y no sus compañeros de afecto. Después les pegan, las humillan, las castigan con ferocidad, y les provocan un pánico que las paraliza. Muchas veces, los golpeadores se descontrolan con el alcohol o la droga. No los frenan ni los hijos en común ni los embarazos.
Son realidades repugnantes y horrorosas. Debemos unirnos en la exigencia de juicio, castigo y condena a los culpables. En cada esquina de este país deberíamos colgar un cartel que diga: «Basta. Nunca más un femicidio».

Viejos, como el viento – 20 de febrero 2019

Hace poco me volví loco de bronca e incomprensión. Dos cartas de lectores en los diarios contaban casos similares de personas muy preparadas que no conseguían trabajo porque habían cometido el pecado de cumplir 48 años. Les decían que reunían todos los requisitos, pero que la edad tope era de 45 años. Uno es un ingeniero y la otra es abogada. Ambos con trayectorias impecables y experiencias notables. Estoy seguro que a los 48 años las personas están en la cumbre de su etapa productiva, creativa y disponen de energía y tiempo para rendir muy bien en cualquier trabajo.
No podía creer semejante prejuicio y discriminación que los especialistas llaman “viejismo”. Es la última de las discriminaciones “aceptadas socialmente”. Encima si tienen más de 45 y son mujeres, hay doble discriminación todavía. En Estados Unidos si además es negra, están en serios problemas. Y Si es gay, ni le cuento.
Pero nadie se atreve a poner un aviso clasificado que diga mujeres, negras o gays, abstenerse. En cambio si ponen avisos que dicen que más de 45 años no reciben.
La discriminación siempre es un veneno social. Por cualquier motivo. Pero además creo que es una torpeza cargada de ineficiencia. Porque los que actúan así no solamente están cometiendo el delito de discriminar sino que se pierden en muchos casos trabajadores impecables.
En los últimos tiempos han pasado cosas que me hicieron reflexionar. Robert Redford y Jane Fonda filmaron “Nosotros en la noche” y repiten el rubro que hace 50 años metió un éxito descomunal como esa pareja de jóvenes recién casados en la película “Descalzos en el Parque”. El tiene 82 años y ella 81 y ambos son brillantes en su actuación y siguen seduciendo con su serena belleza y su carisma.
Yo sé que no todos somos Robert Redford o Jane Fonda pero han contratado al flaco Cesar Luis Menotti como director de selecciones nacionales. Es uno de los dos únicos técnicos de la historia Argentina que salieron campeones del mundo. Es culto, sensato, apasionado, estudioso, muy activo y tiene 80 años.
Y Pepe Soriano 90 o Marilú Marini, por ahí cerca, y Mirtha Legrand y Magdalena Ruiz Guiñazú dos de las mujeres que junto a Susana Giménez, son las más valoradas en radio y tele.
¿Se da cuenta a dónde apunto? La edad cronológica es una forma jurásica de juzgar a las personas. Conozco pocas personas con la inteligencia, actitud, lucidez y capacidad corporal para colgarse artísticamente de techos y paredes como nuestro compañero de radio, el doctor Alberto Cormillot. Y tiene 80. Hace poco dijo que: “Se ve al viejo como un enfermo, senil, asexuado, pasado de moda, discapacitado, sin derecho y sin pertenencia. Además, se lo considera como gasto para la sociedad y que no contribuye en ella porque no produce. De alguna forma se lo ve como una persona que no tiene los mismos derechos que el resto”. Para que le voy a hablar de Woody Allen o de Roberto Lavagna. Otras dos personas con actividades muy distintas pero que en lo suyo mantienen mucha vigencia y prestigio social. Y Julio María Sanguinetti, a los 83 años está pensando en ser candidato a presidente del Uruguay.
Si estudiamos un poco, descubriremos que en el 2050 habrá más personas mayores de 60 años que menores de 14. Se está produciendo un cambio fenomenal y no hay que subestimarlo. Y mucho menos despreciar a los que cumplen años. La vida cada vez se prolonga más gracias a los avances científicos y la natalidad es cada vez menor culpa de la locura de la vida moderna y su hiper actividad.
La vejez nos iguala. Es el lugar al que vamos a llegar todos. Y solo si tenemos buena salud y suerte. Es raro, pero el viejismo se discrimina a si mismo, pero con anticipación.
Hay que registrar este nuevo envejecimiento saludable, exitoso, productivo e inclusivo. Tener más de 60 o 70 no es igual a retiro o a jubilación. Hay millones de ejemplos de que es una etapa donde la gente suele hacer lo que quiere en el trabajo y en el amor.
Mucha gente llega con dificultades económicas brutales y ese tema de la jubilación no se puede ignorar y hay que denunciar. Pero hoy le quiero hablar de otra cosa. Del viejo como una persona que se descarta, muchas veces demasiado rápido y equivocadamente. A mí me gusta decirle viejos como le digo a mis viejos, a mis padres, porque lo hago con cariño y respeto. No es peyorativo. Pero es un tema tan complejo que ni siquiera encontraron un nombre para esas personas que denominan adultos mayores, integrantes de la tercera edad, o con horribles términos como ancianos, longevos o esa palabra cruel: gerontes.
Susan Zirinsky tiene 66 años y asumirá en marzo como primera directora mujer de CBS News.
No se preocupen por la edad, es un estado mental. Tienen sabiduría, experiencia en miles de batallas y un gran equilibrio a la hora de tomar decisiones. Por suerte en Estados Unidos existe Nancy Pelosi. Fue reelecta como presidenta de la Cámara de Representantes y es la líder del Partido Demócrata que no le permite a Donald Trump hacer locuras y salvajadas propias de un adolescente mal educado y caprichoso.
Le pongo ejemplos de gente conocida para argumentar lo que pienso. Pero hay miles de ejemplos anónimos en todos los países y todos los días. Maxime Waters es diputada norteamericana, es negra y tiene (que horror!!!) 80 años.
Una gigante del cine como Glenn Close les ganó el globo de Oro a los 71 años a cuatro actrices mucho más jóvenes. Y le ruego que vaya a ver La Mula de Clint Eastwood, una de obra de arte actuada y escrita por un pibe de 88 años.
Algunos sociólogos dicen que esta es la próxima batalla inclusiva que se viene: “La revolución senior”. Hay que combatir los prejuicios y abrir las cabezas. Hay mentalidades conservadoras que atrasan siglos.
En Argentina, más de un cuarto de la fuerza laboral tiene más de 50 años.
Una consultora explicó que “8 de cada 10 trabajos, búsquedas laborales excluyen explícitamente a mayores de 45 años”. Estamos todos locos. Esther, mi madre tiene 87 y se maneja con guasap. Lea Zajac, de la que le hablé el día del Holocausto, lee en un libro electrónico y tiene 92. Y ambas están hiper informadas. Los mails y las redes son insumos que utilizan cada vez personas de mayor edad. No están fuera del mundo tejiendo escarpines en una mecedora o paseando el perro del vecino. Más allá de que algunes lo quieran hacer y están en todo su derecho.
Hay una cuenta matemática curiosa. Una encuestadora europea consultó a las personas sobre a qué edad considera que una persona es vieja. En general todos dicen un número que suele ser la raíz cuadrada de su edad más 8 años.
Por ejemplo, si le preguntan a un chico de 9 años, dice que los que tienen 24 son viejos. Pero si la persona consultada tiene 36 dice que a los 48, ya sos viejo. Qué pensará el DJ más exitoso de Japón, Sumiko Iwuamura que tiene 83 y empezó a los 77.
Mayores de 60, somos 6 millones en nuestro país. Y todavía se asocia a valores negativos como la enfermedad o la dependencia. Más del 70% de los mayores de 60 están más sanos que una lechuga y ocupan gran parte de los puestos de conducción de la mayoría de las empresas, organizaciones sociales o clubes o en oficinas gubernamentales.
Varias de las personas más geniales que conozco superan esa edad. Santiago Kovadloff o Marcos Aguinis, por ejemplo.
O Palito Ortega o Serrat, o Los Rolling Stones o Paul Mc Cartney que cada día cantan mejor.
A aquellos que se pierden de contratar a gente maravillosa y eficiente por el prejuicio de un número en el DNI les digo en pocas palabras: Viejos son los trapos.
Viejo es el viento y sigue soplando.

Maldacena y Galileo – 19 de febrero 2019

Ayer se colmó mi tolerancia estomacal ante los corruptos de estado. Hablar de Amado Boudou siempre produce repugnancia. Por lo menos esta vez fue para confirmar que volvía a la cárcel de Ezeiza de donde nunca debió haber salido.
Pero hoy para abrir ventanas de aire puro y esperanza le quiero hablar de la contracara de ese malandra. Hoy le quiero hablar del doctor Juan Martín Maldacena. El 2 de mayo en Italia, el Instituto Nacional del Física Nuclear, le va a entregar la medalla Galileo Galilei. Dicen los expertos que a los 50 años ya recibió todas las máximas distinciones. Solo le falta el Nóbel. Teléfono a Suecia…
Maldacena es honesto, trabajador, solidario y un genio que no terminamos de reconocer. Pregunte en la escuela de su hijo si alguien conoce a Maldacena y muchos preguntarán en que equipo de fútbol juega. Asi nos va. Está muy bien que nos llene de orgullo Lionel Messi y sus gambetas mágicas. Pero también tenemos que emocionarnos y convertir en ídolos o héroes sociales, en ejemplos a seguir, a los Messi de la ciencia.
Por eso no me canso de repetir la epopeya de Juan Maldacena que vivía a la vuelta de mi casa, en Caballito. Lo hago como una suerte de apuesta a la autoayuda. Para levantarnos el ánimo y no permitir que nos ganen los Budúes, los Lázaros, ni los Cristóbal ni las Cristinas.
Juan Martín Maldacena fue el primer latinoamericano en recibir la “Medalla Lorentz” que otorga la Academia Real de Artes y Ciencias de los Países Bajos. Todo el mundo dice que es la antesala del premio Nóbel. Y aportan un argumento numérico: de los 21 científicos que recibieron esa medalla, luego 11 llegaron al Nobel.
Maldacena es un gigante de las neuronas y la materia gris. Lo vengo siguiendo desde junio de 1999. Hace 20 años escribí la primera columna sobre Maldacena jugando con el título de “El Einstein de Caballito”. Medio en broma y medio en serio yo decía que el nuevo Albert Einstein vivía a la vuelta de mi casa.
Usted va a pensar que estoy loco, que se me disparó un chip. Pero le estoy diciendo la verdad y nada más que la verdad. Es más, se lo repito por si no lo escuchó: el nuevo Einstein vivía a la vuelta de mi casa.
¿No me cree? ¿Quiere que le dé más datos? Maldacena tiene 50 años recién cumplidos. Nació en Caballito y supo estar en la tapa de varios diarios del mundo porque ganó el Yuri Milner que es un premio a la física fundamental que consta de tres millones de dólares. ¿Escuchó bien? Tres millones de dólares. Le doy un dato para comparar. El premio Nóbel otorga apenas un millón doscientos mil dólares. Otro dato emocionante: gran parte de ese premio se convirtió en una generosa donación para el Instituto Balseiro, a donde vuelve siempre para formar estudiantes. Pero esto no es todo. A los 30 años, Juan, recibió en Budapest uno de los mayores reconocimientos que existen en el campo de la ciencia y fue tapa del New York Times. ¿Qué me cuenta? Podríamos hacer una película titulada: “Juan, de Caballito a Budapest”. O mejor dicho, a Harvard, porque allí en Harvard, en la cumbre de la excelencia educativa se mueve este ex vecino del barrio de Caballito. Es el profesor vitalicio más joven de la historia de Harvard.
Permítame que le cuente esta historia luminosa que nos debería hacer inflar el pecho de orgullo a los argentinos. Es una forma de superar tanta irracionalidad y odio que a veces siembra la realidad cotidiana. Una manera de equilibrar tanta mala nueva. Le hablo de Juan Martín Maldacena a quien deberíamos subir al podio más alto y otorgarle una medalla de oro gigante. Maldacena es el creador de una teoría revolucionaria que lo convirtió en el niño mimado de la física moderna y en uno de los científicos más populares del planeta. Muchas publicaciones científicas se preguntan si no estamos ante la presencia de un nuevo Albert Einstein. Es que precisamente, su gran descubrimiento tiene que ver con ese emblema universal del conocimiento. Juan formuló una nueva teoría que explica mejor como está formado y cómo funciona el universo. Una pavadita, ¿no?. Repito: como está formado y cómo funciona el universo. Y yo muchas veces no puedo programar el control remoto de la tele. Esa teoría fue bautizada “La conjetura de Maldacena” y logró unificar teorías que parecían irreconciliables: la teoría de la relatividad de Einstein y la de la mecánica cuántica. Por eso le digo que el nuevo Einstein nació a la vuelta de mi casa en Caballito. Y porque es profesor en la Escuela de Ciencias Naturales del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, el mismo en el que trabajó y murió Einstein.
Hasta los 15 años vivió en Avenida La Plata y Guayaquil. Juan es producto de la movilidad social ascendente de una típica familia de clase media que pudo enviar a su hijo a la universidad. Luis, ingeniero y Carmen, traductora de inglés, los padres de Juan le pudieron dar educación superior también a sus otras dos hijas. De aquel sueño de “Mi hijo el doctor” de Florencio Sánchez a esa utopía del progreso que es que nuestros hijos sean mejores y más felices que nosotros. Juan estudió dos años en Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. Y después en nuestra meca científica del Instituto Balseiro de Bariloche. Insisto con esta propuesta: creo que historias como esta merecen ser contadas porque nos ayudan a levantar el ánimo entre tanta basura de inseguridad y mega corrupción con impunidad. Es como una forma de decir que podemos. Si alguna vez pudimos, podemos. Como dice el lema de la maravillosa expedición argentina de Atlantis: “Que el hombre sepa que el hombre puede”.
Es emocionante recordar cuando recibió el premio “Javed Husain”, en Hungría ante 2.000 científicos, uno más bocho que el otro. Tenía 30 años. Y los más grandes centros científicos del mundo lo querían fichar en su plantel. Solo basta con decir ese apellido y entre los más grandes intelectuales saben que se está hablando de Argentina. La CNN y la revista Time apostaron a él como futuro líder. ¿Y cuando dio la vuelta olímpica? Se lo trato de explicar con palabras sencillas tal como lo entendí yo que soy un humilde e ignorante mortal. Mi ex vecino de Caballito relacionó y unificó la “Teoría de la Relatividad” que describe el funcionamiento de objetos tan grandes como estrellas, galaxias o el propio universo con la teoría de la mecánica cuántica que analiza el comportamiento de los mundos infinitesimales como los electrones o los Quarks. Hasta ahí llego y no sigo porque me estalla el cerebro.
Juan es católico practicante y fue condecorado por Juan Pablo II igual que el fallecido Steven Hawking, con el que también trabajó y hace años ingresó como miembro a la Academia Pontificia de Ciencias.
Vive entre complejas ecuaciones, moléculas, el cosmos y los agujeros negros. Trabaja en un espacio con 5 dimensiones que se llama hiperbólico. Anota todo en papel y lápiz y la computadora la deja solo para contestar mails y navegar por internet. Pero Juan extraña las montañas de Bariloche que solía escalar, y nuestra música folcklórica, con guitarra y bombo. Con sus neuronas Juan supo generar cosas insólitas. En una convención muy importante de estas mentes superiores, uno de la universidad de Chicago, cambió la letra de “Macarena” por “Maldacena”. ¿Se acuerda? “Dale alegría a tu cuerpo Maldacena” y todos se sumaron al coro de la canción más popular de la historia contemporánea en los Estados Unidos y que fue la base de la campaña electoral de Bill Clinton. Dale alegría a tu teoría Maldacena, cantaban los muchachos. Dale alegría a la Argentina, Maldacena, podríamos cantar nosotros en estos tiempos de cólera.
Aunque algún descreído diga: que va a cantar bien Maldacena si vive a la vuelta de casa. Es un Einstein celeste y blanco.
Los que entregan el Nobel ya lo saben.