Lea tiene el número 33.502 tatuado en el brazo. El alma se estruja cuando uno ve a esa abuelita de 92 años, a esa bobe con pinta de bobe, marcada como si fuera ganado. Lea se ríe de las arrugas que le surcan la cara y tiene una mirada tierna. Pero jamás recuperó la alegría plena desde aquel día en que el médico nazi Josef Menguele levantó su brazo para que le grabaran a fuego esa cifra maldita: 33.502. Lea dijo que Menguele, tenía «una mano con dedos de araña ponzoñosa». Era el que experimentaba con los seres humanos como si fueran ratas de laboratorio. Fracturaba huesos del cráneo de los chicos, extirpaba ovarios de mujeres embarazadas, quemaba gente viva para reducirla a cenizas. Era la perversidad atroz disfrazada con guardapolvo blanco.
Ese número maldito inyectado en tinta era la manera en que los nazis identificaban a sus víctimas y en el mismo acto le sacaban su identidad. La convertían en parte de una lista, en un frío número que le quitaba su condición de ser humano. Eso fue lo que Lea sintió todo el tiempo. Los adoradores de Adolf Hitler la degradaron hasta las peores humillaciones. Lea vio con sus propios ojos tristes y vivió en carne propia, los crímenes de lesa humanidad y el intento de exterminio. Ella estuvo adentro de la catástrofe de la Shoá.
Ayer se cumplieron 74 años desde que el Ejército Rojo liberó el campo de concentración de Auschwitz que es el símbolo más cruel del fascismo.
Es el apellido del Tercer Reich. Por eso se instauró como el día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. En homenaje a las víctimas y a los sobrevivientes como Lea, el presidente Mauricio Macri participa en estos momentos del acto que se está haciendo en la cancillería.
Cuando las tropas rusas entraron a Auschwitz no podían creer la magnitud de la barbarie. Primo Levi dice que los soldados bajaban la mirada ante el horror de los hornos crematorios, las cámaras de gas y las montañas de cadáveres raquíticos. Fue una fábrica macabra de crímenes, la industrialización del asesinato masivo. Y Lea estuvo allí. Lea es una sobreviviente de la Shoa. Ella pudo regresar de la muerte. Lea pudo escapar de la maquinaria perfecta pergeñada por la raza aria, presuntamente la raza superior, que tuvo la responsabilidad de haber concretado el mayor genocidio de la historia de la humanidad. Borraron de la faz de la tierra a más de 6 millones de judíos y a 5 millones de otras minorías como los gitanos, comunistas, homosexuales y hasta discapacitados. Fue el resultado del odio racial y la xenofobia llevados a su máxima expresión. Por eso nunca hay que bajar la guardia y mucho menos ahora que esos disvalores brutales han vuelto a reclutar fanáticos en todo el mundo.
Un psiquiatra y filósofo alemán llamado Karl Theodor Jaspers sentenció que » lo que ha sucedido es un aviso. Olvidarlo es un delito. Fue posible que todo eso sucediera y sigue siendo posible que, en cualquier momento, vuelva a suceder».
El Papa Francisco, en el Museo del Holocausto en Israel, escribió de puño y letra en el libro de visitas:» Con la vergüenza de lo que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue capaz de hacer. Con la vergüenza de que el hombre se haya hecho dueño del mal. Con la vergüenza de que el hombre, creyéndose Dios, haya sacrificado, así, a sus hermanos. ‘¡Nunca más! ¡Nunca más!’”.
Lea es polaca y confiesa que cuando siente culpa por haber sido la única de su familia que no murió, se recuerda a si misma que su misión en la vida es hablar de aquella muerte masiva para que nadie olvide, para que nadie niegue, para que nunca más. Todos le dicen Lea pero ella se llama Liza Zajac. Era una nenita cuando vio cómo su madre y su hermanito en brazos, fueron subidos a punta de pistola al tren que los llevaba a la cámara de gas. «Lea, corré» le gritó su madre y ella corrió a escabullirse entre la multitud de prisioneros con trajes a rayas y estrellas de David amarillas en el pecho. En un galpón la desnudaron y la raparon. Era una nenita que no podía ni llorar. Solo miraba un punto fijo y no podía moverse ni hablar. Estaba petrificada, conmovida hasta lo más profundo de su inocencia. La llevaban todos los día a realizar trabajos forzados y levantar piedras, y se había hecho un poco amiga de su compañera, la que caminaba a su lado. Malka se llamaba. Un día, a Malka se le salió el calzado y tropezó. El nazi que las trasladaba, le apuntó con su metralleta y la liquidó en un instante. Malka quedó tirada en el suelo con los ojos abiertos, como preguntando, ¿Porque? Lea tuvo suerte en el medio de esa tragedia inconmensurable. Conocía a una doctora rusa llamada Luboff que era prisionera de guerra y que la protegió como si fuera su hijita. La encontró en la enfermería. Gracias a ella y a Dios, agrega Lea, sobrevivió. Todo eso ocurría en medio de epidemias de tifus, de tos convulsa, de disentería, de botas criminales con la cruz esvástica que pateaban al caído, de alambres electrificados, de chorros de agua helada en la madrugada, de personas reducidas a esqueletos de 30 kilos como máximo. Una recluta austríaca no judía salvó definitivamente a Lea porque la tachó de la lista y en su lugar puso a una enfermera que había fallecido. Lea pasó por varios campos de concentración y pudo regresar a su pueblito de Polonia pero nadie de su familia había quedado vivo. Les habían robado todo. Se habían apropiado de su casa. Lea jamás quiso volver a Auschwitz y nunca se animó hasta que la acompañó un grupo de jóvenes estudiantes de la escuela ORT. Ellos la acariciaban y la contenían a medida que caminaban por esa tierra regada por sangre de millones y convertida en cementerio de multitudes. Todavía hoy tiene pesadillas con Auschwitz. Todavía hoy se le aparece la mirada de su madre con su hermanito en brazos subiendo al tren rumbo al exterminio por asfixia. Todavía hoy se pregunta si eso fue un castigo de Dios o una prueba horrorosa que tenían que pasar. A 74 años de haber sido liberada, todavía no encontró las respuestas. Pero Lea es un huracán de amor y de humor. Le pregunto qué problemas tiene de salud y me contesta que “tiene ramos generales”. Tiene los ojos cansados de tanto usarlos. Hasta hace poco, esa disminución en la vista le impedía ejercer su única adicción: la lectura de libros de historia. No pudo estudiar, pero hubiera querido ser historiadora. Hoy sigue leyendo porque agranda las letras en su libro electrónico. Parece mágico que se llame Liza y que todos le digan Lea, a una persona que disfruta como pocos de leer. Agradece a la vida por su hijo Héctor, por sus nietos y por una suerte de hija adoptiva que juega a ser con una talentosa mujer amiga de la casa llamada Diana Wang. Jamás olvidará que la primera obra de teatro que vio apenas llegó a la Argentina fue “Los árboles mueren de pié” con Amalia Sánchez Ariño. Es parlanchina, elocuente para defender sus ideas. Tiene 92 años, merece el paraíso, pero hace 74 que salió del infierno.
La muerte de un santo gaucho – 25 de enero 2019
Mañana se cumplen 105 años del fallecimiento, en 1914, del Cura Brochero. Hace más de dos años que se convirtió en santo. En octubre del 2016 fue canonizado Santo por el Santo Padre, el Papa Francisco.
El obispo castrense, Santiago Olivera, que trabajó tan cerca con un adalid de la democracia y los derechos humanos como monseñor Justo Laguna, en una oportunidad me pidió una columna sobre Brochero para publicar en la revista del Centro de Estudios Brocherianos. Lo tomé como una distinción que me llenó de orgullo. Y muchos fieles, sobre todo, cordobeses, me pidieron que corrigiera y aumentara esta opinión sobre nuestro santo celeste y blanco.
Olivera estuvo en el Vaticano junto a 37 obispos, 200 sacerdotes y más de mil peregrinos. Todos grabaron a fuego en su corazón para siempre cuando Francisco, el primer Papa argentino canonizó al cura Brochero y lo convirtió en el primer santo nacido y fallecido en nuestro suelo patrio. Ellos soñaron con que ese acto nos ayude a achicar la grieta, a ser más solidarios y ponernos la patria al hombro para sacar de la exclusión a nuestros hermanos más necesitados.
Yo también sueño eso. Que nos ilumine como Nación. El Vaticano certificó que médicos y teólogos no pudieron encontrar explicación científica a dos milagros producidos por el cura Brochero.
Se trata de dos chicos. La primera es una nena sanjuanina llamada Camila Brusotti que había quedado en estado vegetativo después de varias palizas a las que la sometieron su madre y su padrastro quienes, por suerte, luego fueron detenidos por delitos tan aberrantes. Pese al daño cerebral, hoy Camila tiene una vida normal y aquel domingo estuvo al lado del Papa.
El otro fenómeno fue la recuperación de Nicolás Flores. Tenía apenas 11 meses cuando sufrió un accidente automovilístico terrible. Tuvo 4 paros cardio-respiratorios y hasta perdió masa encefálica. La ciencia no puede comprender como es que Nicolás hoy habla y camina y eso que no tiene el hemisferio izquierdo del cerebro.
Muchas veces les conté que no soy una persona creyente. Que admiro profundamente a los que tienen fe y a los que canalizan esa fe en la construcción de una sociedad más igualitaria. Si me apuran me defino como agnóstico, es decir que no puedo probar la existencia de Dios, pero tampoco lo contrario. Tal vez ese escepticismo genético me haya convertido en periodista.
José Gabriel del Rosario Brochero fue un verdadero gladiador del evangelio que a lomo de su mulo “Malacara”, con su poncho y su cigarro colgando de los labios fue capaz de cruzar una suerte de Cordillera de los Andes de Córdoba como son las Altas Cumbres para integrar a esos gauchos perdidos en sus necesidades básicas en medio de la humildad de sus ranchos.
Para los cordobeses, el cura Brochero siempre fue un orgullo, sin distinción de camisetas religiosas. Aun los que no somos creyentes valoramos ese ejemplo de entrega hacia los demás aún en el lecho de muerte. Porque de tanto compartir el mate y la vida con los enfermos se contagió la lepra que para aquella época era el nombre del horror. Se quedó ciego, sordo, absolutamente pobre. Dicen los historiadores que como buen hombre de campo, experto en las tareas agrícolas, puteador y corajudo, se despidió de la vida con un rosario en sus manos y diciendo: “Ahora tengo puestos los aparejos, estoy listo para el viaje”. El paisaje emocionante de Córdoba que de tan bello parece una pintura religiosa, fue una suerte de pesebre para este nacimiento. El alumbramiento ocurrió en Santa Rosa del Río Primero, donde hoy viven aproximadamente 9 mil personas. Bautizaron así a esa localidad en homenaje a Santa Rosa de Lima la primera santa latinoamericana consagrada. Otra vez el milagro de la curiosidad. En ese lugar nació quien sería el primer santo totalmente argentino, como si se tratara de una señal del destino. Brochero, cursó en la universidad de San Carlos, junto a Miguel Juárez Celman quien después sería presidente de nuestro país y junto a Ramón Cárcano que después sería dos veces gobernador de Córdoba. En 1867 el cura Brochero se bancó la epidemia de cólera que casi dejó desierta la ciudad de Córdoba. Movió cielo y tierra para socorrer a los enfermos. El cura gaucho que hizo real eso de que “santificado sea su nombre”, murió en Villa del Tránsito, un pueblito colgado del cielo y las montañas que luego cambió su nombre por el de Villa Cura Brochero.
El cura Brochero es una bandera de los mejor de los argentinos. De los que tienen o no tiene fe. De los creyentes o de los agnósticos. Porque además de la palabra de Dios, llevó a esos lugares hostiles, en el 1.800, el progreso social. Ese parece ser, su verdadero milagro. Gracias a su fe y a su empuje y valentía se construyeron colegios, 200 kilómetros de caminos, un dique, varios pueblos, un ramal del ferrocarril, la estafeta postal con el telégrafo y hasta un acueducto para conectar el río Panaholma con las acequias. Y siempre era el primero en agarrar el pico o la pala. Se arremangaba la sotana y le daba duro al trabajo. Hasta se entrevistó con don Hipólito Yrigoyen para reclamarle un ramal que fuera de Soto a Dolores.
Esa tarea rompió tanta discriminación y aislamiento de esos campesinos que estaban tan cerca de Dios y tan lejos de las autoridades.
El genio popular de Lucas Demare lo inmortalizó en una película que protagonizó Enrique Muiño y Carlos Di Fulvio edificó una edificante cantata folclórica que denominó “Canto Brocheriano”.
El cura Brochero era un pastor con olor a oveja. Decía que la vida de los muertos está en el recuerdo de los vivos. Hace más de dos años que se convirtió en santo aunque entre los más pobres de Córdoba hace rato que Brochero está en el altar de los grandes y en las estampitas de la esperanza. He visto ponchos que dicen: “Brochero: apóstol de la caridad”.
El Papa Francisco, en aquel momento, le dijo al editor de “La República” que “ La Iglesia, créame, no obstante su lentitud, sus infidelidades, sus errores y los pecados que pudo haber cometido y puede aún cometer en aquellos que la componen, no tiene otro sentido ni fin sino el de vivir y testimoniar a Jesús: Él que ha sido enviado por Abba «a traer a los pobres la alegre noticia, a proclamar a los prisioneros la liberación y a los ciegos la vista, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor».
Ojalá el Papa Francisco pueda recuperar ese espíritu y condenar en Venezuela la violación de los derechos humanos, los crímenes, el hambre y los presos políticos que multiplicó la dictadura de Nicolás Maduro. Ojalá. Veremos.
Me apasiona el debate por un futuro mejor. No soy fácil de convencer. Creo más en lo que veo y en la ciencia. Soy duro para entender las abstracciones que habitan el cielo de las plegarias. Pero creo en los que creen. Creo en los que rezan y hacen. Creo en seres humanos de la dimensión de José Brochero, el santo gaucho. Sigo sin ser creyente, pero creo que con personas como el, el mundo tiene cura.
Cristina es Maduro – 24 de enero 2019
Hoy está más claro que nunca: Cristina es Maduro. O Maduro es Cristina, como usted prefiera. Después de las elecciones, nadie podrá alegar que fue engañado por los chupamedias de Cristina que dicen que ella cambió, que ahora es dialoguista y republicana. Juan Grabois llegó a decir que Cristina maduró. Le pifió por un acento. Cristina no maduró, Cristina es Maduro. Por más que se disfrace de cordero patagónico, sigue siendo un lobo feroz. O mejor dicho, una loba feroz. Quiso instalar el chavismo en Argentina y la mayoría de los ciudadanos se lo impidió con sus votos. Pero Cristina no se rinde. Quiere volver por todo. Para reformar la Constitución y colonizar definitivamente a la justicia, para expropiar los medios de comunicación y para gobernar con mano dura y autoritarismo. Eso es chavismo kirchnerista. Por eso le digo que Cristina es Maduro. Y a las pruebas me remito.
El bloque de diputados que responde a Cristina emitió un comunicado de respaldo al dictador Nicolás Maduro y denunció que está en marcha un golpe de estado impulsado por el imperialismo norteamericano. Andrés Larroque (a) “El Cuervo” el comandante de La Cámpora dijo lo mismo con todas las letras. Esa postura dejó absolutamente aislado al cristinismo. Solamente fue compartida por la izquierda radicalizada que, con viento a favor, suele sacar alrededor del 4 % de los votos en las elecciones nacionales. El resto de los sectores políticos, incluido el peronismo federal de Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey y Miguel Angel Pichetto fueron muy explícitos en repudiar la ilegalidad represiva de la tiranía chavista.
Cristina es Maduro porque solo Cristina y su tropa, apoyó a Maduro. Los K quedaron del lado de los países más jurásicos y autoritarios de la región como la Nicaragua de Daniel Ortega y la Cuba de los Castro, más allá de la muerte de Fidel y por gobiernos muy cuestionados por la mano dura con la disidencia y la falta de libertades individuales como Rusia y China.
A la hora de la verdad, cuando hay que elegir, Cristina mostró su verdadero pensamiento: quedó del lado de la violación a los derechos humanos con presos políticos, de la censura feroz a los medios de comunicación, de la miseria con ausencia de comida y medicamentos, inflación estratosférica, corrupción descontrolada y del lado de una dictadura militar y narco que sostiene a un títere que está tan podrido que se cae de Maduro.
Cristina es Maduro porque Luis D’Elía salió con los tapones de punta a aplaudir a Maduro. Le recuerdo que en su momento le recomendó que fusilara a los opositores. Que no cometiera el mismo error que cometió Perón en su momento cuando fue derrocado por la Revolución Libertadora. Hay que tener odio en las venas para pedir fusilamientos de los que piensan distinto. De todos modos, Maduro le está haciendo caso porque ayer nomás hubo 14 muertos en las calles. Y porque la suma de muertos por la represión y los grupos de choque para policiales que reportan al régimen es estremecedora.
La Conferencia Episcopal de Venezuela, a contramano del silencio del Papa Francisco, denunció que Maduro “busca perpetuarse en su mandato en forma ilegítima, ilegal e inmoral”.
Las parroquias registran la pobreza extrema que se transformó en hambruna y tragedia humanitaria y de una fachada de economía que este año va a tener una inflación del 1.700.000 % y que según el FMI va a trepar a 10.000.000 % en este año. Si escuchó bien. El chavismo dejó al país sin moneda y un sueldo alcanza para comprar apenas una gaseosa y un pedazo de pan. Una tiranía feroz en nombre de los pobres y de la revolución bolivariana. En lugar de combatir la pobreza, combatieron a los pobres que escapan como pueden de Venezuela. Ya hay 3 millones de venezolanos que huyeron y las Naciones Unidas estiman que durante este año esa cifra escalofriante va a escalar a 5 millones 400 mil personas que se van a exiliar y refugiar en otros países.
¿Escuchó estas cifras? Miles y miles de venezolanos están luchando en la calle para restablecer la democracia plena y este año va a llegar casi 5 millones y medio de ciudadanos que se escaparon de ese drama social y político.
Y los Kirchner y los representantes de la degradación del marxismo que gobierna Nicaragua y Cuba insisten con que es Donald Trump y el imperio el que impulsa a Juan Guaidó como presidente. ¿Y a los millones de personas en las calles, y a los millones de personas que se van de su tierra, quien los manipula? ¿Pelean en las calles o se van del país por orden de Trump o porque ya no aguantan más al peor gobierno de la historia venezolana?
Hay que ver las calles de Caracas patrulladas por tanques y camiones. Igual que el modelo cubano que lo inspira. De hecho, hay muchísimos militares presos y torturados por oponerse a Maduro y las Fuerzas Armadas están sembradas de oficiales de inteligencia cubanos.
Hoy ya fallecieron pero está claro históricamente que Hugo Chávez fue el heredero de Fidel Castro.
Y Cristina apoya eso. Y quiere volver a ser presidenta para reflejarse en esos espejos. Por eso le digo que Cristina es Maduro.
Maduro tiene el apoyo de Irán y también de Diego Maradona que en su momento le regaló un reloj valuado en 60 mil dólares. Hoy Diego, dice que “los traidores y el imperialismo quieren gobernar Venezuela”.
De hecho cuando los K estuvieron en el poder, las relaciones carnales que establecieron con Venezuela fueron muy intensas y por supuesto, sazonadas con negociados sucios y delictivos de todo tipo.
Es un régimen típico del pasado estalinista, donde está prohibido pensar distinto. O mejor dicho, está prohibido pensar.
Es bueno que los argentinos nos miremos en el resultado de Venezuela porque hacia allí nos quisieron llevar e insisto, aún nos quiere llevar Cristina y su banda de ladrones.
Nunca vamos a olvidar lo que el chavismo y el kirchnerismo hicieron para estafar a ambos pueblos: Prestamos de dinero a tasas del 15 % que nos perjudicaron muchísimo. Bicicletas con el dólar en el mercado negro. La valija de dólares sucios de Antonini Wilson que llegó para la campaña de Cristina. Los negociados de Julio de Vido con el tema petrolero y los barcos que nadie sabe cuántos fueron ni cuanto nos costaron. Y las coimas que hubo que pagar con la maquinaria agrícola.
? Se acuerda de la embajada paralela de los negocios y negociados? La encabezó Claudio Uberti hoy arrepentido y que en su momento fue eyectado del gobierno porque había dejado los dedos pegados por todos lados y porque lo primero que hizo cuando llegó en el avión con Antonini fue llamar a Néstor Kirchner.
Néstor Kirchner y Hugo Chávez quisieron quedar en la historia como San Martín y Bolívar, los próceres de la Patria Grande.
Pero a medida que se conoce información más detallada de las corrupciones colosales que Néstor y Chávez cometieron, van rumbo a convertirse en el Gordo Valor y La Garza Sosa, los ladrones de la Plata Grande.
Los presuntos libertadores de América en realidad se hicieron millonarios, como los estafadores de América, porque se quedaron con mucho dinero de los argentinos y venezolanos más pobres.
Uberti confesó ante la justicia que en una operación trucha realizada con bonos de la deuda argentina en 2007, Néstor y Chávez se quedaron con 25 millones de dólares cada uno. Y que la parte del presidente argentino llegó al país en billetes verdes en aviones especialmente fletados.
Y como si esto fuera poco, entre el chavismo y el kirchnerismo construyeron un puente de plata (en el más amplio sentido de la palabra plata) con Irán.
Los matones del chavismo acostumbran a entrar al Congreso a palazos limpios contra los diputados opositores y con capuchas para cubrir sus rostros. Llenaron de sangre y vergüenza el recinto sagrado donde se votan las leyes. Millones de venezolanos esparcidos por el mundo denuncian el asesinato de la libertad, la república y la justicia en su país. La rebeldía pacífica siempre es sana. Nadie debería rendirse frente a un ejército opresor interno. Hay que ponerse de pié y no dejarse arrodillar por los autoritarios.
Para construir un país para todos. Para repudiar a los salvajes antidemocráticos y ladrones. Tanto en Venezuela como en Argentina. Para vivir en paz. Para la libertad… Para que no haya más ningún Maduro. Para que Cristina lo sepa.