Putin, un criminal de lesa humanidad – 3 de marzo 2022

Vladimir Vladimirovich Putin, tiene 69 años, y es la persona más odiada del planeta. Nos puso un misil apuntando a la cabeza de todos los que amamos la libertad y la democracia. En las Naciones Unidas, 141 países le exigieron que sacara sus garras ensangrentadas de Ucrania. Mientras tanto, Volodia, como le dicen sus familiares, siguió asesinando civiles con armas prohibidas y bombardeando ciudades frente al coraje que resiste del pueblo ucraniano y su presidente Volodimir Zelenski, ya convertido en héroe global. Su última salvajada fue bombardear dos escuelas y produjo 9 muertos. Hoy se acordó un cese del fuego temporario para dejar corredores humanitarios y evacuar civiles. Pero estamos lejos del final de la guerra. El presidente de Francia, Emanuel Macrón dijo: “Lo peor está por venir”.
Putin ya fracasó aunque al final logre apoderarse del gobierno de Ucrania. Será juzgado como criminal de guerra y por delitos de lesa humanidad por el Corte internacional de La Haya.
Estamos ante un perverso sin moral ni escrúpulos. Goza con sus crueldades en el ejercicio del poder. Su estructura mental fue constituía por lo peor de la historia rusa. Por la angurria expansionista feroz de los zares y por un genocida de las dimensiones colosales de Stalin. Muchos lo comparan con un Hitler que tiene la mayor cantidad de ojivas nucleares de todo el mundo.
Y ya amenazó un par de veces con apretar ese gatillo que desataría una Tercera Guerra Mundial, seguramente la más sanguinaria de toda la historia.
Desde 1999 cuando reemplazó a Boris Yeltsin como presidente interino, Putin maneja con puño de hierro a la Federación Rusa. Apeló a todos los recursos de los autocráticos y los dictadores. Fraude en algunas elecciones, modificación de leyes como traje a su medida, normas que garantizan su impunidad a futuro, envenenamiento de opositores, una de las censuras más férreas y un nivel de represión interna pocas veces visto con torturas y persecución implacable a homosexuales y a todo tipo de nuevos derechos.
Es un retrógado, fascista de izquierda. Por eso lo apoyan los extremistas de todo signo. Por eso recibe el respaldo de peligrosos parias como Kim Jong-Un el monarca marxista y tirano de Corea del Norte o Nicolás Maduro, el dictador chavista venezolano.
Thomas Friedman, del New York Times, tal vez el mejor periodista del mundo, planteó tres escenarios posibles para esta guerra imperialista que intenta quebrar a un pueblo que eligió la democracia y que quiere ser parte de la Unión Europea para potenciar su camino del progreso social y la modernidad.
La opción más esperanzadora es la insurrección. Esto podría ocurrir porque ya se están evidenciando algunas grietas en todos los segmentos de la sociedad. En la base de la pirámide, los rusos de a pie nunca lograron un bienestar como en otras potencias. Hoy aspiran a vivir como les plazca y a una calidad de vida potenciada por las nuevas tecnologías y las ventajas del mundo capitalista. Las protestas en muchas ciudades de Rusia son la temperatura de ese tipo de sublevaciones civiles que fueron reprimidas con una ferocidad que tuvo como saldo una importante cantidad de presos políticos. Denuncian, por supuesto, que en las cárceles del régimen se violan hasta los más elementales derechos humanos. Esa erupción ciudadana podría aumentar a medida que crezcan las restricciones en el consumo. Pero en la cumbre de la pirámide social, los millonarios, conocidos como oligarcas, también están cuestionando a Putin porque las sanciones económicas les complican la vida y ven a Putin como un psicópata que no tiene otro interés que convertirse en el nuevo líder de una reconstruida Unión Soviética. Zelensky dijo que si Putin triunfa en Ucrania, de inmediato irá por “Moldavia, Lituania, Estonia y hasta el Muro de Berlin.”
Pero falta el principal segmento que podría derrocar desde adentro a Putin. Entre los propios militares crece el horror ante la falta de capacidad estratégica de Putin para conducir la guerra y por la cantidad de cadáveres que están arribando a Moscú. Hay errores militares evidentes y muy groseros. Pero también existe un fuerte cuestionamiento esa actitud agresiva como invasores que los alejó de cierta tranquilidad cotidiana y los acerca a posibles juzgamientos en tribunales internacionales.
Estamos observando el mayor éxodo de refugiados en 75 años. El triste enfrentamiento armado entre pueblos que tienen raíces en común. Es cierto que “Rusia no es Putin”, como dijo Alexei Navalny que está preso por disidente y que no murió envenenado gracias a la urgente intervención de Angela Merkel.
Sin embargo Cristina no oculta su enamoramiento ideológico con Putin y Alberto quedará en la historia como el que le ofreció convertir a nuestro país en la puerta de ingreso para Rusia en nuestra región.
Es conmovedora la resistencia ucraniana. Valientes defensores de su tierra, de su cultura y de sus familias. Están dispuestos a morir para evitar ser sojuzgados. Es una pelea entre David y Goliat. Las asimetrías en el poderío económico y militar son tremendas. Pero muchas veces, en la historia la esperanza vence al miedo. Y la libertad a los dictadores. Golda Meir, la ex primer ministro de Israel, nacida en Ucrania dijo que “nunca sabrás lo fuerte que eres, hasta que ser fuerte sea tu única opción”.
En eso andan los ucranianos y los rusos amantes de la libertad. Todos contra Putin. Todos contra este criminal de lesa humanidad.

El cristinato Máximo – 2 de marzo 2022

Máximo Kirchner no brilló por su ausencia porque es imposible hacer brillar a un personaje tan oscuro. Pero su faltazo intencional a la sesión lo convirtió en el eje de muchos análisis sobre la debilidad de Alberto y la dependencia, incluso sicológica, que el Presidente tiene de Cristina y su príncipe heredero.
¿Esta tan mal la Argentina que es importante lo que haga o diga Máximo? Es un muchachote que no trabajó en su vida, que no pudo terminar los estudios, que no tiene ni carisma ni formación intelectual destacada. Su único mérito es ser el Nene de Mamá. Un apellido que le sirvió para encaramarse en la conducción del Partido Justicialista bonaerense, en la jefatura del bloque a la que renunció y manejar, a través de sus soldados, las cajas más millonarias del estado. Parece una monarquía hereditaria porque la reina Cristina construyó poder de esa manera.
Máximo es tan poco inteligente que no se atrevió nunca a enfrentar a un periodista independiente en una entrevista y pocas veces se animó con un periodista militante. Se cree muy vivo, pero es muy tonto. Piensa que nos puede engañar diciendo mentiras infantiles como que no estuvo en el Parlamento porque su hijo empezaba las clases y le hizo una “escena” para que se quede.
No sabe ni mentir. No hace bien ni el mal. ¿Quién se puede tragar semejante píldora? Pregunta chicanera: ¿Y los miembros de La Cámpora que no movilizaron ni a un solo militante para apoyar al gobierno, también tuvieron que llevar a sus hijos al colegio?
Encima involucro en una falsedad a sus hijos. Eso también lo padeció el con sus padres que le hicieron poner el gancho en varios libros y contratos que destilan corrupción por los cuatro costados. No tienen piedad ni con sus propios hijos. Hacen trapisondas y los meten en la pelea.
La gran pregunta es en donde radica su poder de daño. Y otra vez, volvemos a lo mismo. En su apellido. Máximo es el máximo representante de lo que llamo el Cristinato.
Es una manera de rebautizar el “Unicato”, concepto que desde 1886, con la presidencia de Miguel Juárez Celman, resume el abuso y la concentración de poder basado en prebendas y castigos. Estos niveles de opresión parieron la “Revolución del Parque”, conducida por la naciente Unión Cívica de Leandro Alem, Hipólito Yrigoyen, Marcelo T de Alvear, Bartolomé Mitre y Aristóbulo del Valle, entre otro.
Su discurso es un aburrido rosario de lugares comunes setentistas, carece de la astucia táctica de su padre y de la buena oratoria de su madre.
Primera reflexión:
Que el peronismo histórico siga
secuestrado por Cristina es insólito, pero tiene cierta lógica de poder. En sus filas no cuentan con un liderazgo que supere los 25% de los votos que conserva la arquitecta egipcia. Pero que el poderoso justicialismo bonaerense se deje atropellar y se arrodille ante Máximo es incomprensible.
El grandulón juega con un juguete llamado peronismo que su madre le dio para que se entretenga.
Factura poder detrás de las polleras de su madre. Máximo tiene un máximo de imagen negativa. Nunca en su vida ganó una elección encabezando una boleta. Ni siquiera se atrevió a competir en las elecciones internas para elegir autoridades partidarias.
Todo lo hace en silencio, desde la oscuridad. Es todo transa en el nombre de su madre. El tiene la llave de su despacho.
Sus lugartenientes en la Guardia de Hierro de Cristina que es La Cámpora dicen que a Máximo le cuesta ser oficialista. Que se siente cómodo en el papel de opositor. Le cuesta ser oficialista porque destruir es más fácil que construir.
Máximo tiene licuado su poder. Ya no puede imponer las cosas con su verticalismo castrense y castrista.
Es cierto que fueron muy exitosos en apropiarse de todas las cajas más deseadas y suculentas de la administración pública y que sembraron las segundas y terceras líneas de los ministerios con talibanes camporistas. Pero también es cierto que sus dogmas ideológicos envejecieron prematuramente, que se convirtieron en burócratas y millonarios en algunos casos y perdieron la rebeldía de la juventud.
Viven en un frasco, hablan en inclusivo de los derechos de las minorías pero se olvidan del derecho de las mayorías.
Máximo ya tiene 45 años. Ya no es un pibe. Es un magnate que sigue utilizando ese look setentista, de pelo largo, barba desprolija, zapatillas y campera. Cristina apuesta a él para garantizar la continuidad del nacional populismo chavista y de asegurar que Cristina logre su impunidad tan deseada.
No tiene problemas digestivos para elogiar a Chávez o Fidel Castro, ningunear a José Ignacio Rucci y simultáneamente, abrazarse a derechosos mafiosos como los Moyano o a directamente fascistas. No le hace asco a nada que tenga que ver con la acumulación insaciable de poder y de dinero. En eso es igual a sus padres.
Es un millonario que dice combatir a los millonarios. Es el máximo representante del Cristinato.

Alberto gobierna «Cristinalandia» – 1 de marzo 2022

Es cierto que lo conozco, señor Presidente. Por eso estoy seguro que miente en forma compulsiva. Está absolutamente confirmado: Alberto gobierna Cristinalandia. Es el presidente de un país de fantasías que solo existe en la cabeza de su jefa política. Su discurso estuvo plagado de falsedades, eufemismos y el señalamiento de culpables de los problemas y nunca de las soluciones. Con exceso de buena voluntad se podría decir que fue un compendio de expresiones de deseos. Así lo expuso un Meme que dice: “Sigue el relato. Nuevo catálogo de promesas y buenas intenciones: haremos, iniciaremos, complementaremos, mejoraremos, construiremos, fomentaremos e instrumentaremos”.
Alberto Fernández dejó en evidencia su debilidad ante la ausencia de los dos dirigentes de mayor confianza de Cristina. Hablo del faltazo intencional de Máximo, el príncipe heredero y de Wado de Pedro, el ministro del interior. Y de La Cámpora que no movilizó ni un solo militante a las calles como hicieron los piqueteros que reportan más al Papa y a Alberto que a Cristina.
Esa grieta que existe en la coalición de gobierno explica el silencio de la vice presidenta y que Alberto haya apuntado una y otra vez hacia la cabeza del ex presidente Mauricio Macri. Fue tan agresivo e insistente con el argumento que los legisladores del PRO, se levantaron del recinto empujados por la bronca y la impotencia.
Alberto dejó en una posición incómoda a los fundamentalistas del diálogo con alguien que no quiere dialogar. Este cuarto gobierno kirchnerista no ofrece la mano del consenso. Siempre golpea con el puño la mesa de la provocación. Pero lo más grave desde el punto de vista institucional fue su acusación a la Corte Suprema de Justicia de ser cómplices del poder económico. Los integrantes del máximo tribunal estaban ahí sentados porque no les permitieron participar en forma remota como habían pedido.
Eso fue un claro apriete y una violación a la división de poderes.
El periodismo no podía faltar en los misiles que arrojó Alberto para satisfacción de Cristina. “Los medios de comunicación dominantes fueron muy poco constructivos durante la pandemia”. Eso dijo. Y tal vez todavía tiene clavada la espina de las investigaciones que revelaron que sus funcionarios y amigos se robaron las vacunas, que vendieron los hisopados, que hubo una fiesta vip en sus narices por el cumpleaños de Fabiola Yañez en Olivos mientras la inmensa mayoría de los argentinos respetaba las reglas que el mismo había fijado, incluso con amenazas de aplicarles todo el peso de la ley. Tal vez se molestó cuando el periodismo en el rol que le corresponde, señaló el delirio de no comprar las vacunas más eficientes o de apostar a las que Putin vendía y entregaba en cuenta gotas o por el manejo ineficiente y lleno de torpezas que tuvo de la lucha contra el covid. Por suerte el periodismo descubrió lo que el gobierno encubrió.
En las definiciones económicas y vinculadas a la carta de intención con el Fondo Monetario Internacional, el presidente Fernández insistió en repetir las mismas medidas que han hundido a la Argentina en un pantano y que no le permiten su recuperación. No habrá reforma laboral, no habrá reforma previsional, no habrá reducción del mal gasto público, no hay ni siquiera una idea de cómo combatir la inflación que les sigue quemando sus pies. Alberto disparó un tiro por elevación a Máximo y Wado cuando repitió: “Es el mejor acuerdo que podíamos conseguir”.
Su discurso quedará en la historia de los disparates, entre otras cosas, por no haber dicho una sola palabra del drama de Corrientes. Una provincia arrasada por las llamas en un 10 % y un silencio coherente con su falta de ayuda inmediata y eficaz.
Habló de terminar con los sótanos de la democracia cuando fue el kirchnerismo quien más utilizó carpetazos y mecanismos extorsivos para apretar jueces, opositores y periodistas. El propio Norberto Oyarbide lo confesó entre lágrimas cuando dijo que lo agarraron del cogote o cuando Cristina le ordenó a Parrilli que Martín saliera a apretar jueces. Se sabe que Martin es nada menos que Juan Martín Mena, el que hoy maneja de verdad los hilos de la justicia.
¿Se acuerda?
Los Kirchner fueron expertos en el uso del espionaje político. Hoy la búsqueda de impunidad para Cristina los desespera porque se les acaba el tiempo y muchos juicios siguen avanzando con pruebas y testimonios concretos sobre la corrupción más grande perpetrada en democracia. Nadie robó tanto durante tanto tiempo.
Alberto no dijo nada de su amigo Vladimir Putin y de las relaciones carnales que le ofreció, pero agradeció a China que siempre los apoyó en los momentos difíciles. El discurso de Alberto fue un espejo de su patética realidad. Es menos de lo mismo. No conformó a nadie. Ni a Cristina. Y eso que gobierna para ella.