La despedida de Serrat a los 78 años – 27 de diciembre 2021

Parece mentira, pero hoy Joan Manuel Serrat, cumple 78 años.
Parece mentira pero Serrat se despedirá de los escenarios con una gran gira que hará el año que viene. Va a dedicarse a tocar y componer en su casa y hasta es probable, que grabe algún disco. Pero, nunca más lo veremos en un teatro o en un estadio.
Su despedida de los shows en vivo, comenzará en Nueva York y finalizará en su tierra de Barcelona. “El vicio de cantar”, así se llama la gira, brillará en su Buenos Aires querido el próximo 19 de noviembre. Así se despedirá de sus seguidores, en forma personal y presencial, si el destino y la pandemia lo quieren.
Hoy es su cumpleaños y los miles y miles de personas que lo quieren levantaran la copa para desearle, “hasta los 120, querido Nano”.
Parece mentira, pero hace un par de años, un fanático desubicado le gritó en pleno recital que cantara en catalán porque estaba en Barcelona. El Nano hizo lo que nunca hizo. Interrumpió su show y le dio una clase de democracia que el intolerante escuchó ante el aplauso de todo el teatro.
Parece mentira que hace un par de años, algunos insultaron a Serrat y hasta le dijeron fascista porque estuvo en contra de la manera en que se formuló el referéndum por la independencia de Cataluña.
Parece mentira que los que se creen dueños de la verdad lo intimen a cantar en catalán cuando Serrat estuvo 5 años censurado en las radios y la televisión oficial, precisamente, por cantar en catalán en el festival de Eurovisión.
Ahora es fácil cantar en catalán. En aquel momento había que tener coraje porque las balas picaban cerca.
Parece mentira porque Serrat tuvo que exiliarse en México frente a la persecución de la dictadura de Francisco Franco y solo fue amnistiado cuando murió el “generalísimo”. Regresó a España el 20 de agosto de 1976 ante un recibimiento de una masividad y un afecto extraordinario en las calles.
Parece mentira que algunos ignorantes crean que inventaron la pólvora y la revolución y no hayan leído ni medio libro de historia.
La última vez que estuvo en Argentina, las madres decían: “Serrat es un capo”, mientras lo acariciaban y le pedían fotos en el Hospital Garraham. Era como una forma de devolver el cariño y la medicina que, con su presencia solidaria y sus canciones, les llevó a tantos chicos que estaban sufriendo enfermedades. Serrat es un capo que se emociona y nos emociona. Que sufre cuando ve a los pibes peladitos que están combatiendo al maldito cáncer y recuerda sus propias batallas.
No se sabe demasiado porque por pudor no le gusta contarlo. Pero Joan Manuel Serrat tiene que hacerse estudios y análisis en forma periódica. Tres veces le detectaron cáncer y tres veces lo derrotó a pura ciencia y cachetazos.
Siempre tiene un gesto hacia los que necesitan. Hace una docena de años que visita el hospital de niños. Y allí canta “Esos locos bajitos”, por supuesto. Porque “A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción; ésos que se menean con nuestros gestos, echando mano a cuanto hay a su alrededor.”
Abraza fuerte a los familiares de los soldados caídos en Malvinas y a todos se nos vienen a la cabeza los versos de “Algo Personal”. Recordamos que “se arman hasta los dientes/ en nombre de la paz/ juegan con cosas que no tienen repuesto y la culpa es de los otros si algo sale mal.” No hay dudas que entre esos tipos y Serrat hay algo personal.
No importa si es en el Teatro Colón, de saco y corbata o en la Plaza Vaticano, de jeans y remera. Hay una relación indestructible entre el artista catalán y nuestra gente. Es pasión de multitudes y todos los aplauden. Lo hacen de pié. Todo el mundo corea las canciones y se conmueve. Tiene 53 años de carrera, más de 450 canciones.
Pero para mi generación, para los que tenemos algo más o algo menos de 65 años, Joan Manuel Serrat fue una suerte de hermano que nos fue abriendo los ojos al amor y al combate. Fue como ese amigo que sabe más que nosotros y vá unos pasos adelante anunciando los peligros y los milagros que se vienen. Fue como un susurro al oído de aquella piba del colegio primario que apoyaba su cuerpito en el mío por primera vez mientras le cantaba que su nombre me sabe a hierba. De la que nace en el valle, por supuesto. Recuerdo eso y todavía me tiemblan las piernas por las primeras emociones eróticas, los ojitos pícaros seduciendo nuestra inocencia y convencidos de que se equivocó la paloma, se equivocaba. Por ir al norte fue al sur. Todo eso nacía de la fantasía del primer Wincofon que tuve en mi vida y del primer long play que, por supuesto, era de Serrat.
Después fuimos creciendo a la militancia y a la política y Joan Manuel se convirtió en nuestro norte sin paloma confundida. En la encarnación de la resistencia cultural. Serrat se fue transformando en una bandera que nos dio letra para todo. Nos ayudó a parir como generación, nos ayudó a levantarnos minas que en algunas épocas, es la máxima utopía. Nos ayudó a levantarnos utopías que, podríamos decir, es la máxima mina. El Nano se convirtió en sinónimo de libertad y por ella sangró, luchó y pervivió. Por aquí enarbolábamos pancartas por las calles que hablaban de que la dictadura se iba a acabar. Y se acabó.
Eran tiempos en que a Serrat lo prohibían acá y allá. Y sin embargo no podían. Eran tiempos de amar a España, de sentir orgullo por Rafael Alberti y por García Lorca, de tomar partido en la guerra civil española aunque ya era un poco tarde. Eran tiempos de saber de memoria todas las canciones de Serrat y de gastarlas en los fogones playeros de Valeria del Mar o en las peñas del comedor universitario de Córdoba donde la política era una canción como si por esos días los pueblos fueran libres, como quería León Felipe. Después vino la noche del terror, del asesinato masivo a esta tierra y Serrat se convirtió en una contraseña.
Era tanto el silencio y el miedo a que te secuestraran que hasta escuchar a Serrat era todo un desafío. Y si algún conductor de radio se atrevía y lo pasaba o si algún compañero de trabajo se atrevía y lo escuchaba sabíamos que había algo secreto que nos unía frente a la locura del terrorismo de estado. Era una contraseña y una trinchera. Era una luz en las tinieblas. Por eso Serrat se quedó a vivir entre nosotros aunque se volviera físicamente a España. Se convirtió como el mismo dice en la banda sonora de los mejores momentos de nuestras vidas. Hoy mucha gente repite que nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. O caminante no hay camino, se hace camino al andar. Y es como si se rezara un padre nuestro. O como si cantara el himno. Gardel será uruguayo pero es argentino. Serrat será español pero es argentino.
Gracias por todo Joan Manual. En tu cumpleaños, me gustaría regalarte la vuelta olímpica del Barsa con Kubala y el recuerdo de Messi de la mano para que ningún niño se deje ya de joder con la pelota. O una España donde nunca más corra la sangre por las calles y ya nadie utilice el tiro en la nuca con los que piensan distinto. O el secreto de tu seducción que todavía hace mojar bombachitas. Y finalmente me gustaría condenarte a regresar un rato y cuando quieras a tu barrio de Poble Sec a preguntarle a Ángeles, tu vieja, cuál era su patria. Para que ella te conteste, profunda y duradera, yo soy de donde comen mis hijos. Y para que una vez más puedas ver sus ojos tristes por el asesinato de toda su familia durante la guerra.
Gracias por todo Joan Manuel. Gracias por ser nuestro hermano y por estar siempre cuando te necesitamos.
Me gustaría regalarte un poco de tus pasiones, un día de pesca, vino Malbec y las mollejas… una tarde de ciclismo y el eco rumoroso que baja de las tribunas en el Nou Camp y celebrar el césped que huele a gloria y donde el pro hombre y el gusano bailan y se dan la mano. O escuchar tus anécdotas de secundario donde te recibiste de tornero fresador, algo que nadie conoce demasiado.
Muchos te han hecho su mejor homenaje poniendo Juan Manuel a sus hijos y no por Rosas, precisamente. O Lucías y Penélopes, que andan por los ríos de tiempo sembrando tu melodía. Gracias…
Un abrazo en el tiempo para tu padre, Josep, obrero para toda la muerte.
Gracias por venir a despedirte en Noviembre. Serrat, querido Serrat, gracias por ser un regalo de Navidad para el alma. Una fiesta para tus felices 78 años…

Nacer de nuevo en Navidad – 24 de diciembre 2021

No me canso de contar esta historia. Cada día tiene más vigencia.
Entre tantos videítos que llegan a mi celular, hubo uno que me conmovió especialmente. Es una cena familiar navideña donde arman un juego como si fuera un reality show. El gran hermano es una voz que les hace preguntas. Si aciertan las respuestas, se quedan en la mesa y si se equivocan, deben abandonar la casa.
Me permito cambiar las consultas y los personajes para hacerlo más “argentino”.
Preguntan a la adolescente María. ¿Cómo se llama el primer esposo de Wanda Nara? Y ella contesta con seguridad: Maxi López. Correcto.
Es el turno de su primo, Javier. ¿Quiénes son los streamers más importantes del país? Respuesta: “Luquita Rodríguez, Nico Occhiato, Grego Roselló” Impecable.
Es el turno de Matías, el más chico de los primos. ¿Cuál es la última play station que salió al mercado? La 5, contesta el chico con precisión y agrega: “mi amigo Dieguito ya la tiene”.
Verónica es la más grande. Tiene 19 años. ¿Quién es Bad Bunny? Un rapero y cantante de música urbana y pop latino.
Todos aplauden. La familia esta asombrada de los conocimientos de los hijos, primos y nietos.
Viene la segunda ronda de preguntas. Le recuerdo que el que contesta mal debe abandonar la mesa navideña.
María, ¿Por qué tu abuelo tuvo que dejar el básquet tan joven? No… no lo sé. Ni sabía que había jugado el básquet. María, debes retirarte, dice la voz grave en off.
Javier, es tu turno. ¿Qué está estudiando últimamente tu madre? Cocina, no… inglés, no… no lo sé. Debes abandonar la mesa.
Matías, ¿A dónde fueron de luna de miel tus padres? A Mar del Plata, no… a Bariloche… no, no lo sé. Deja tu silla libre, por favor Matías.
Los que se van y los que se quedan se empiezan a mirar con los ojos húmedos de la emoción. Están aturdidos por no saber cosas tan elementales de su propia familia.
Verónica, la mayor que tanto sabe de música. ¿Qué canción de Sting pusieron cuando tus padres ingresaron a la fiesta de casamiento? No tengo ni idea. Lo lamento. Me voy.
Llega el turno de los padres. Marcelo, el ingeniero. ¿Cuál es el libro preferido de tu hijo Matías? Uyyy no sabría responder.
Fue pasando el juego y solamente quedaron los abuelos en la mesa. Varios lloraron porque se dieron cuenta que sabían más de la vida de la farándula o de sus ídolos musicales que de sus propios padres o hermanos. Se sorprendieron con información que los podría haber enriquecido a todos y que podrían haber compartido. ¿Sabés que a mí también me gusta Sting, dijo uno de los muchachos? No sabía que el abuelo fundó una carpintería en Córdoba y luego se fundió. ¿En qué año abrió la pizzería?
La enseñanza es clara. El spot publicitario no lo dice explícitamente pero llama a apagar un poco las pantallas y encender nuestras neuronas y corazones asombrados. Y termina diciendo: “Esta Navidad, desconectá para volver a conectarte”. Las redes sociales y la tele van a estar siempre. Tu familia, no. Aprovechá ahora que los tenes. Me acordé de una canción de Cesar Isella que en una parte dice asi: “Si es el dolor, al fin quien nos iguala. Y la esperanza quien nos ilumina”. Y Eso me empujó a contarles otra vez una de mis columnas preferidas. Un auto regalo que me hago en Navidad.
Hace más de 40 años que ejerzo el periodismo. Leí muchos libros y diarios, entrevisté gente sabia y conocí lugares que me dejaron muchas enseñanzas. Pero debo confesar que mientras más aumento mis saberes, menos certezas tengo. Una de las pocas certezas que me atrevo a defender es que nuestros hijos son lo mejor que tenemos. Que es lo que más felicidad nos produce. Verlos nacer. Verlos crecer. Y ni me quiero imaginar lo que debe ser verlos multiplicarse y hacernos abuelos. De eso saben algo mis padres que esta semana cumplieron 68 años de casados. Mi viejo falleció hace 5 meses y cada día lo extraño más. Pero Mayor se fue siendo 8 veces bisabuelo. Y Esther lo sigue siendo. Sus mayores tesoros fueron, son y serán: Eliana, Ezequiel, Uriel, Yael, Yoav, Yonatán, Sofia y el Eitan.
Eso yo todavía no lo experimenté porque mi hijo Diego recién tiene 32 años y está tan enamorado como yo de la aventura de ser periodista. De utilizar este maravilloso oficio para conocer, para curiosear, para investigar y para acomodar a los incómodos e incomodar a los cómodos. Que Diego haya pasado de ser estudiante de periodismo a periodista respetado y valorado, me produjo una de las mayores felicidades de mi vida. Un yacimiento de alegría que ni sabía que tenía. Su nacimiento como hijo y su nacimiento como periodista es por lejos, lo mejor que me pasó en la vida. Es exactamente lo mismo que siente Silvana, su madre.
Casi todo lo demás son anécdotas. Van y vienen. Te dan energía o te quitan. Pero no son fundacionales como la relación entre los padres y los hijos. Ese vínculo es de acero.
Es una fábrica de esperanza inagotable. ¿Se puede explicar racionalmente esa felicidad? Es muy difícil pero para empezar creo que procrear, generar vida, aportar a la cavidad del amor de una pareja y prolongar la descendencia por los tiempos de los tiempos es en sí mismo el mayor de los milagros.
El amor por lo hijos tiene una potencia inigualable. Uno es capaz de hacer cualquier cosa por ellos. Es lo único en la vida que se ama más que a nuestros padres o a nuestra pareja. Es lo único que se ama más que a uno mismo. Es uno mismo en el mañana. Sangre de nuestra sangre, vida cotidiana, gestos, genes. Verlos crecer es una felicidad cotidiana. Aprender a ser padre es una experiencia de una riqueza extraordinaria. Ensayo y error. Poner todo el amor pero sin asfixiar. Ayudarlo a cruzar todos los puentes pero sin cruzar por él. Empujarlo pero no reemplazarlo. Transmitirle valores con el ejemplo pero sin bajarle línea ni apelar a la moralina del dedito levantado. Yo siempre le digo a mi hijo lo mismo que mi viejo me dice a mí: “Cuidate, por favor, que si no te cuidas vos, quien te va a cuidar”. Es un ruego, casi un rezo. Un padre nuestro que estás en la tierra. Cuida a mi hijo, protegelo. Permitile crecer y permitime estar en la tribuna para alentarlo desde cualquier lugar. Permitime ver su crecimiento y ver su luz que me ilumina.
En el libro “Cuidate changuito”, contamos que mi fantasía es convertirme en una suerte de Guillermo Barros Schelotto y levantar los mejores centros para que él, convertido en su ídolo, Martín Palermo, los cabecee a la red. Y después darnos un abrazo de gol, que es lo más lindo de las tardes de Bombonera. A veces creo que ir a la cancha es una excusa para darnos abrazos profundos, emocionados. El desafío es ayudarlos a ser mejor que nosotros. Con más cabeza y más corazón. Con más ética y más sonrisas. Que sean valientes, generosos, divertidos, creativos y que aprendan a disfrutar intensamente los momentos de felicidad. Que sepa que se gana y se pierde. Que mucho, no todo, pero que mucho depende de nuestro esfuerzo. De los huevos que pongamos. De nuestro sacrificio. Son tiempos difíciles para ayudar a crecer a nuestros hijos. Son tiempos llenos de acechanzas y temores. Con muchos miedos. Miedo a que les roben, a que tengan un accidente, a que se droguen, a que se aburran y no encuentren su camino. Y ahora últimamente nos sorprendimos con un miedo nuevo: al coronavirus. Y el miedo más terrible: a que no sea feliz.
Está absolutamente probado que las cosas materiales que les podamos regalar los van a poner contentos y van a estar muy agradecidos. Una pelota reluciente, una play, aunque sea usada, una bicicleta medio pelo, lo que sea, va a ser bienvenido por ellos. Los llenará de alegría. Pero la felicidad máxima es cuando nos entregamos nosotros. Cuando ponemos el cuerpo y toda nuestra piel. Cuando somos padres presentes. Y vamos al acto en la escuela donde hace de San Martín. Y nos disfrazamos de lo que sea en la fiestita del jardín. O cuando lo llevamos a los entrenamientos de fútbol o básquet o a aprender natación. Ese tiempo compartido vale oro. No tiene precio. Porque jugamos con ellos a juegos que inventamos juntos. Confieso que me gustaba leerle en voz alta y sobreactuando un cuento una y mil veces y solía dormirme antes que él, igual que cuando hacíamos luchitas arriba de la cama y yo me derrumbaba de cansancio.
Siempre digo que una mesa de ping pong en el medio del living me permitió medir el crecimiento de Diego. Al principio, mientras él aprendía yo me dejaba ganar de vez en cuando, para que no se desmoralizara. Después los partidos eran parejos, de hacha y tiza. Yo ganaba y daba la vuelta olímpica alrededor de la mesa y cantaba la marcha del deporte que la aprendió por eso. Y cuándo él ganaba, relataba el triunfo imitando el estilo de la radio dominguera. Pero jamás olvidaré cuando me dí cuenta que en determinado momento era Diego el que se dejaba ganar al ping pong para no humillarme. Me miré al espejo. Lo miré y dije: “O yo me estoy poniendo viejo o el changuito creció. O ambas situaciones”.
La navidad es muchas cosas según el cristal religioso, histórico y cultural con que se mire. Yo ya le dije que no soy muy creyente. Que soy más bien agnóstico como buen periodista, pero que admiro y hasta envidio a los creyentes. A la gente de fe. Pero creo que la Navidad en su primer y último contenido transmite el mismo valor y concepto del nacimiento. Del génesis, del comienzo. Por eso la navidad es tan fuerte, por eso conmueve tanto. No es un momento más en la vida de las personas. Es el comienzo de la vida, el nacimiento, el origen, no importa cuál sea la religión que profesemos si es que alguna vez profesamos alguna. Navidad es nacimiento y como le dije al principio no hay palabra superior ni mayor milagro. Ese gigantesco océano de amor interminable se resume en nuestros hijos. Que todos nuestros hijos, los de nuestra familia y los de nuestro país sean muy felices y que nazcan tantas veces como sea necesario hasta que sean felices. Ese es mi deseo para todos nosotros y para todos ustedes. Por eso brindo. Feliz Navidad, feliz nacimiento.

Moreau, un patotero contra la justicia – 23 de diciembre 2021

Leopoldo Raúl Guido Moreau, más conocido como “El Marciano”, tiene 75 y sigue siendo un provocador serial. Es el provocador preferido de Cristina. Su genuflexión lo convierte en un operador apto para todo servicio. Es un generador de escándalos y desde que dejó el periodismo, no se le conoce otro trabajo que el de ser un político profesional que vive de los sueldos del estado que le paga el pueblo argentino. Hace 38 años que es diputado nacional y provincial o senador. En lugar de servir a la gente a través de la política, se sirve de la política para subsistir.
Su último atropello antidemocrático fue patético. Por orden de su patrona, embistió contra todos los integrantes de la Corte Suprema de Justicia. Actuó como patotero y exigió la renuncia de los integrantes de la Corte. Moreau fue un estudiante crónico de derecho, pero aseguró que la Corte es “mediocre desde lo jurídico” y que “está desprestigiada”
Para no ir presa, Cristina, necesita que la Corte mire para otro lado o se convierta en cómplice de sus delitos. Por eso quiere voltear a la Corte. Se sabe que, históricamente, Cristina destruye todo lo que no puede controlar.
Esto lo dijo en estos últimos días, pero hace un año Moreau había disparado munición gruesa contra el Máximo tribunal. Sin que se le cayera la cara de vergüenza dijo que “La Corte está agotada, institucionalmente muy degradada” y que malgastan su tiempo “jugando al truco”.
El talibán Moreau no se privó de nada a la hora de humillar al máximo tribunal y fustigo uno por uno a todos sus integrantes. De Rosenkrantz y Rossatti dijo que “aceptaron ingresar por decreto, una cosa insólita”. Rosenkrantz, con postgrado en Yale, y recibido con honores, fue el discípulo preferido de Carlos Nino, un símbolo de la excelencia jurídica y fue colaborador de Raúl Alfonsín. Horacio Rosatti fue ministro de Néstor Kirchner, pero renunció y huyó despavorido, cuando advirtió que lo querían hacer firmar la construcción de cárceles con sobreprecios que luego se convertían en coimas.
A Elena Highton, que todavía integraba la Corte, le pasó la factura de su edad. Dijo que debería estar jubilada porque tiene vencido su mandato. Una falta de respeto absoluta por quien siente que la ex ministra Marcela Losardo fue su discípula.
Como si esto fuera poco, hace unas horas, Moreau, comparó al gobierno de Macri con la dictadura. Por Twitter escribió que “los militares dictaron la ley de auto amnistía, para zafar de sus delitos y ahora el mecanismo de impunidad del macrismo lo obtienen con resoluciones de camaristas federales y de Casación de Cómodoro Py”. Para ser más directo, utilizó otro tuit: “Llorens y Bertuzzi, son parte de la mafia del macrismo”.
Se podría chicanear a Moreau diciendo que la ley de autoamnistía de la dictadura fue apoyada por Italo Luder el candidato presidente que votaron los Kirchner en particular y del peronismo en general. Moreau también castigó a Ricardo Lorenzetti “por tener actitudes disruptivas y sacarse fotos con Sergio Moro”, en referencia al juez que investigó la corrupción y puso preso a Lula en Brasil.
El palazo a Juan Carlos Maqueda, peronista desde la cuna, fue antológico. Moreau dijo que tiene un gran afecto personal con él pero que “está en una zona de confort”. Parece que hay un nuevo delito en el Código Penal, “estar en la zona de confort”. En realidad le está reclamando que salga a diferenciarse del resto de sus compañeros y banque a la compañera Cristina.
Para el final, Moreau, sintetizó sus cuestionamientos porque “esta Corte no tiene jerarquía”. El catador de jerarquía, no pudo recibirse de abogado, apenas cuenta con el secundario cumplido y como le dije, hace 38 años que no trabaja en algo que no sea vivir del estado.
Moreau fue expulsado del radicalismo, luego de su actitud de tránsfuga. El tribunal de Etica, le sacó tarjeta roja por “adherir a un espacio político populista, autoritario, oportunista, corrupto, impostor e ineficiente”. Eso decía la resolución que le aplicó la máxima pena prevista por la Carta Orgánica del partido de Yrigoyen y Alem por su “manifiesta inconducta ética y moral”.
Pero en su biografía se pueden encontrar un rosario de despropósitos. Fue el mariscal de la derrota más grave de la historia del radicalismo. En el 2003 fue candidato a presidente y obtuvo el 2,34 % de los votos. Un papelón gigante. Se rompió y se dobló.
Pero eso no es todo. Moreau, el diputado ultra cristinista, escribió que “Nisman se suicidó y el Mossad y los Fondos Buitres inventaron su asesinato”. Luego amplió su salvajada y dijo que “fue la operación de marketing a nivel global mejor concebida” promovida por “el estado de Israel, la derecha norteamericana, los fondos buitres y sus socios locales”.
La inmensa mayoría de los ciudadanos democráticos argentinos se indignó ante la provocación antisemita de Moreau. Ni Luis D‘Elía, el vocero de Irán en Argentina, se había atrevido a tanto. El diputado de Cambiemos, Waldo Wolff denunció ante la justicia a “El Marciano”, nunca tan bien puesto el apodo, por incitación a la discriminación por anteriores declaraciones de similar discriminación. Le dijo que “era agente del Mossad”. Insiste con su odio discriminatorio porque “extranjeriza al judío” como ocurrió durante el nazismo. Hoy esa actitud está considerada un delito y un acto de antisemitismo.
En realidad, Moreau se atropella con otros alcahuetes por ver quien le chupa primero las medias a Cristina.
Sus bloopers dan vergüenza ajena. Siendo el presidente de la Comisión de Libertad de Prensa justificó una brutal agresión que sufrió Julio Bazán, nuestro compañero de TN, que estaba cubriendo las protestas contra la reforma previsional. Lo agarraron a trompadas y a patadas y le arrojaron piedras y cenizas en los ojos. ¿Qué dijo Moreau? Que Bazán “es víctima del grupo en el que trabaja”. ¿Y no se acuerdan cuando fue a patotear a Emilio Monzó a la presidencia de la Cámara de Diputados y le tiró el micrófono al presidente del cuerpo? ¿Y cuándo le gritó al diputado Nicolás Massot que le gustaba la represión, “igual que tu familia”. No llegaron a las piñas porque algunos legisladores los separaron.
Cuando se borocoteó al cristinismo, presentó su Movimiento en un acto en Tres de Febrero, auspiciado por el intendente Hugo Curto, un barón autoritario del conurbano, metalúrgico, heredero de Lorenzo Miguel.
Está muy claro: Moreau integra el grupo de tareas sucias contra la justicia que conduce Cristina. Un patotero con inmunidad e impunidad que hace 38 años pagamos todos nosotros. Parece Marciano pero vive en esta tierra.