Veinte años sin Soriano – 27 de enero 2017

Creo que ya se lo conté alguna vez. A Osvaldo Soriano le debo haber pasado una de las mejores tardes de mi vida. Yo estaba como periodista en Cuba durante el Congreso de Intelectuales por la Soberanía de Nuestra América. Cerca del malecón en un cafecito encontré a Soriano conversando con Gabriel García Márquez. No lo podía creer. Casi le rogué para que me dejara saludarlo y hacerle un puñado de preguntas para un reportaje. Lo consultó y el gran Gabo resolvió invitarme a compartir la charla pero sin entrevista periodística. Lo único que hice fue abrir mis orejas y transformar mi cerebro en una esponja. Y me enriquecí legalmente con tanta sabiduría ajena.
Este domingo se cumplen 20 años de la muerte de Osvaldo Soriano. No se puede creer. Ya pasaron 20 años y lo siento muy presente. De hecho, acá, en Mar del Plata hay un Centro Cultural que lleva su nombre. Uno de los textos que más me estremecieron sobre el gordo querido lo escribió su amigo del alma, Eduardo Galeano. Lo leí y me dejó flameando los sentimientos. Galeano contó que poco antes de que el gordo se muriera, se murió la lagartija, un bichito, algo así como una lagartija que tenía Manuel, el hijito de Osvaldo que recién había cumplido 8 años. Y Manuelito que no vivía en Pehuajó le hizo un tremendo entierro con ataúd y todo a su bichito querido, a su lagartija. Y cuando se murió el gordo, poco después, el hijo llevó al cementerio una carta para que el gordo se la entregara a la lagartija en el cielo. Esta revelación me dejó absolutamente claro que Soriano hijo estaba hecho de la misma madera de fantasía y sensibilidad que Soriano padre y que Galeano.

Sus miles y miles de lectores saben que hace 20 años el cáncer asesino al gordo Soriano. Veinte años donde nos hizo mucha falta y por eso hay que decir que, igual que a Julio Cortázar, extrañamos tanto a Soriano.
Si nadie merece morir y, el gordo Soriano, mucho menos. Yo creo que él se ganó un privilegio durante toda su vida y, por eso merecía algún privilegio en su muerte. Que no se muriera, por ejemplo. Que Dios decretara para él una madrugada eterna o algo así. Que se fuera de la vida si era inevitable pero que no entrara a la muerte. Que se quedara para siempre en algún altillo, sin poder salir, pero con la posibilidad de hacer allí adentro todas las cosas que le gustaban por la gracia de Dios…Claro, el gordo, mucho no creía en Dios. Nunca se consideró un ateo pero si un marxista agnóstico.
Pero Soriano si creía en la imaginación y en la aventura. No solamente creía. Era, tal vez, el principal militante de la imaginación que los argentinos nos supimos conseguir. Así que lo del altillo eterno podría ser, ¿no le parece?
No hacen falta demasiadas cosas para que el gordo sea feliz allí adentro para toda su muerte. Hace falta una computadora con internet, un cenicero grande como el viejo Gasómetro para albergar las cenizas de sus cigarros Montecristo, un video para reír y llorar con el Gordo y el Flaco, una historieta amarillenta de El Tony, un afiche de Sanfilippo con la azulgrana en el pecho y los retratos de Horacio Quiroga y Roberto Arlt sobre el escritorio.
¿Será mucho pedir, Dios mío para un no creyente como el gordo? ¿No se habrá ganado ese pequeño paraíso privado?¿No hizo lo suficiente por todos nosotros? Como novelista y como periodista en las legendarias redacciones de Primera Plana y el diario La Opinión.
Todos leímos “Artistas, locos y criminales”, la recopilación de sus trabajos como cronista de lujo.

Todos queríamos talento para fascinar a la gente con las palabras y él quería olfato goleador para ser pasión de multitudes. Los periodistas queríamos ser como Soriano y él quería ser como Batistuta. En su altillo, el paraíso privado, Soriano debería tener un privilegio más. La posibilidad de recibir a otros afectos que también se fueron de la vida pero que no murieron. Encontrarse con todos los que pasaron a “Cuarteles de invierno”. Insisto: ¿es mucho pedir? Por ejemplo con Julio Cortazar, un hincha de Banfield que ya en 1973 le había agradecido el perfecto humor de su prosa, pero que nunca pudo entender porque Soriano se puso a llorar como si hubiera muerto su madre el día en que San Lorenzo se fue al descenso.
Aquel día, estaba más solo y más exiliado que nunca. Anclado en Paris, añorando Boedo. Podría reencontrarse con Raymond Chandler para discutir como si fueran detectives los próximos pasos de la novela policial de Phillipe Marlowe. O abrazarse con el negro, Alberto Olmedo.
Para filmar juntos la película, “A sus plantas rendido un león”. Para divertirse con la actuación del negro como el cónsul Bertoldi como le pidió aquella madrugada por teléfono. Olmedo y Soriano podrán jurarse admiración mutua. Podrán desconfiar conjuntamente de los intelectuales elitistas que solo se quieren a sí mismos y que desprecian a la gente.
Si no es mucho pedir, en el altillo, además de Cortázar, Chandler y Olmedo debería poder transitar Filipi, su gato. El felino podría ser el nexo entre ese altillo virtual y la vida real. Podría ser el que le cuente como salió el San Lorenzo del Pipi Romagnoli, de Ortigoza y de Bergesio que juega esta noche acá en Mar del Plata contra el Pincha de la Bruja Verón resucitada.

Me gustaría saber su mirada política del kirchnerismo. ¿Se hubiera sumado a Carta Abierta o se hubiese burlado desde afuera como los francotiradores libertarios Martin Caparros o nuestro compañero Federico Andahasi?

En ambos lados de la grieta hay gente que disfrutó de su amistad.
¿O usted cree que Soriano se merece “Un triste y solitario final”?. Mientras Soriano habite ese altillo imaginario no habrá muerto. No se cumplirá esa maldición de “Una sombra ya pronto serás”. Estará como está desde hace 20 años en cada joven que lea sus libros y se forme y no se conforme. Y se divierta. En cada columna periodística, en los gritos de gol carasucias y en la búsqueda de la dignidad por todos los costados. Si esto es así, gordo Soriano querido, no te preocupes, estamos seguros de que “No habrá más penas ni olvido”.