Matar a 140 kilómetros por hora – 26 de enero 2017

Silvia Cabrera era una mujer ejemplar y ahora está muerta. La mató un muchacho que venía borracho a 140 kilómetros por hora y chocó de atrás el auto donde Silvia estaba esperando que el semáforo rojo se pusiera en verde.
La dimensión humana de la tragedia es desgarradora. Perdón, tragedia no. Quiero corregir el término. Tragedia es un accidente, algo inevitable, imposible de prevenir. A este asesinato prefiero llamarlo “siniestro vial”, con toda los significados de la palabra siniestro. Más todavía, los familiares de las víctimas les llaman “delitos viales”.
Tomás, el irresponsable que manejaba en ese estado cometió un siniestro delito vial. No es un chico. En un grandote boludo de 28 años. No fue un acto de locura que dura tres o cuatro cuadras. Rozó otro auto y le arrancó el espejito de una. Y se dio a la fuga. Durante 60 cuadras, repito, 6 kilómetros, no un par de cuadras producto de un enojo, escapó mientras era perseguido por otros muchachos igualmente borrachos, con tres veces más alcohol en sangre de lo permitido. Uno de los coches lo manejaba Nicolás Laitano y el otro, Lucas Alan Pechin, ambos de 29 años.
La carrera infernal que hicieron, terminó cuando se llevaron por delante el Chevrolet de Silvia que estaba tranquila, frenada, respetando la ley, cumpliendo la norma de tránsito y acompañada por su gran amiga Rosa Pedercino que igual que Silvia tiene 57 años. Venían de una reunión de amigas y Silvia la llevaba a casa. De pronto, un maldito huracán descontrolado de 4 ruedas la impactó de atrás con una fuerza colosal. Le arrancó casi medio auto. Un auto partido al medio difícil de reconocer como auto. Un amasijo de chapas y fierros con olor a nafta.
Silvia murió y Rosa está internada grave en terapia intensiva.
Silvia estuvo 5 horas adentro de esa tumba de hierro retorcido. Los tres irresponsables que produjeron su muerte, estuvieron apenas 7 horas en la comisaría. Los dejaron en libertad con una velocidad que asusta más que la velocidad con la que habían acelerado sus autos en plena avenida Maipú de Vicente López.
¿Se da cuenta lo que le digo? El cadáver de Silvia todavía estaba caliente cuando estos tipos, me niego a llamarlos chicos, ya estaban en sus casa y con su carnet de conducir en el bolsillo dispuestos a seguir manejando si se les cantaba.
A esta altura no nos entra en la cabeza la facilidad con que los jueces liberan a los victimarios en todo tipo de delitos. La señal hacia la sociedad es terrible: no respetes la ley, total no pasa nada. Eso nos lleva a la ley de la selva. Es una sociedad sin castigos. Una justicia que está en deuda, muy cuestionada y que deberá examinarse y ver de qué manera recupera la credibilidad y la confianza de la sociedad.
Los magistrados deberían dejar un poco la frialdad de un expediente o de la letra estricta y escuchar y contener un poco a los familiares de las víctimas. Ponerse en el lugar del otro. La sensibilidad frente al drama ajeno es una virtud.
Había que ver los rostros desencajados de las hijas de Silvia Cabrera. Los ojos secos de tanto llorar lágrimas negras del luto. Con un micrófono adelante, las flamantes huérfanas decían lo que dicen todos: “Que esos muchachos son asesinos y de quieren que haya una justicia ejemplar”.
Silvia era una docente ejemplar. Desde los 19 años se subía al tren para ir a la escuela que en ese momento era rural y le llamaban “el colegio de los tranvías”. Los alumnos con problemas de aprendizaje a consultaban a ella en el gabinete sicopedagógico. Era profesora de Lengua y Literatura. Tenía una diplomatura en autismo para ayudar mejor a esos chicos. Le daba una mano a un comedor popular pese a que estaba separada y era el sostén de esa casa con 4 hijos y tenía que hacer un esfuerzo para llegar a fin de mes y pagar el alquiler.
Eran 5 hermanas y hoy son 4. Una de sus hijas dijo algo terrible: “Le preguntaría a la madre de Tomás – el que le dio de lleno con su auto al auto de su madre – si se siente orgullosa de su hijo y si le puede seguir llamando hijo. Es un dolor inconmensurable, una llaga abierta potenciada con el ácido de la impunidad.
Fue tan grande la indignación de los vecinos de Vicente López y de la comunidad educativa que el fiscal Alejandro Guevara, después de ver el video del crimen sobre ruedas, pidió que los detengan nuevamente a los culpables. Y le reclamó al juez de garantías Esteban Rossignoli que cambie la carátula. De “homicidio culposo”, que es excarcelable a “homicidio simple con dolo eventual” que tiene una pena de 8 a 25 años de prisión. Dicen que por lo menos ya les sacaron sus licencias de conducir. Es lo mínimo que se puede pedir para que no sigan transitando por las calles como si Silvia no estuviera muerta y Rosa no estuviera en terapia intensiva peleando para no morir.
Le recuerdo que tenían el triple del alcohol en sangre permitido. Que iban a 140 kilómetros por hora, 80 más que lo que lo que marcan las señales y no sé si no les cabe también el castigo por abandono de persona.
Los familiares piden que mientras se realiza el juicio, los victimarios queden en prisión preventiva porque se podrían dar a la fuga o entorpecer la investigación. Recuerdan el caso de Ezequiel Ruiz. Tenía 13 años y en su primer día de clase en el secundario, lo mató un colectivero. Cuando lo fueron a buscar el chofer del micro ya se había fugado con su familia.
¿Cuándo terminará el terror de estas muertes que producen escalofríos?
¿Se acuerda de la publicidad que decía que cada auto es un arma? ¿Seremos conscientes que manejamos un arma cuando manejamos? ¿Qué con ese volante y ese cambio al piso podemos matar y morir? A esta altura hay un síntoma social.
Parecen una expresión del grado de locura y stress en el que vivimos. Dicen los expertos que hay gente que propone elevar las velocidades máximas porque su ansiedad es incontrolable. Viven a mil por hora y no pueden parar. Así manejan y así mueren y matan, a mil por hora. Y eso que el estado hace lo que puede aunque es verdad que puede hacer más. La educación vial en las escuelas, las multas fotográficas, controlar el estado de las rutas, sancionar duramente a los que conducen borrachos o drogados, se apela a todo y por momentos parece que la cantidad de muertos afloja pero después vuelven a crecer. Es un tema cultural que habla muy mal de nosotros.
Es muy doloroso reconocerlo pero todos los años, números más o menos, muere un estadio Luna Park lleno de argentinos por estas causas. El año pasado murieron 7.268 personas. Esto es más de 20 por día. Un suicidio colectivo.
¿Se da cuenta lo que estamos diciendo? ¿Tiene real dimensión de esta especie de exterminio colectivo sobre ruedas? ¿Qué nos pasa? ¿Somos tan indisciplinados, tan soberbios y tan prepotentes que no nos importa nuestra vida ni la de nuestros semejantes?¿No sabemos que transportamos a nuestros seres más queridos por una ruta que puede conducir al cementerio?
Y siguen apareciendo compatriotas que no usan el cinturón de seguridad, o que llevan a sus hijitos sentados adelante o los motociclistas que se niegan a usar cascos. Tenemos que acostumbrarnos a cumplir las normas. A convertirlas en hábitos culturales transformadores. Es en defensa propia. Por eso hay que educar, prevenir pero también castigar a los que ponen en riesgo lo más sagrado que tenemos. Tenemos que defender la vida. Luchar por bajar los índices de mortalidad en las rutas y en las calles. Hay que conducir a conciencia. Ocho de cada diez accidentes son producto de la imprudencia o la impericia de los que manejan. No por fallas mecánicas. Es por fallas humanas. De personas como cualquiera de nosotros. Hay que recuperar nuestra sensibilidad. Nuestra responsabilidad ética y ciudadana. Estamos demasiado locos. Vamos demasiado rápido a ninguna parte. Hay cierto salvajismo que nos degrada ante nuestra propia conciencia y ante nuestra propia familia. Es hora de bajar un cambio y de levantar el pié del acelerador. Es hora de hacernos cargo.