El grito me estremece el alma. Cientos de máquinas fotográficas que apuntan al cielo y gritan: “Cabezas, presente/ ahora y siempre”. Conocí a José Luis y era un chabón bravo como el mismo decía. Amaba profundamente su trabajo. Cada vez que gatillaba imágenes eran para buscar verdades o para producir bellezas. Esta mañana, en la crueldad de esa cava maldita, las palabras sabias de su hermana Gladys, dijeron muchas verdades: Primero que asesinar en la Argentina es gratis. Y segundo que la familia vive todo el tiempo con una amarga sensación de impunidad. Dos grandes verdades que comparten todos los familiares de víctimas de delitos en la Argentina. Algo muy grave pasa en la justicia para que hoy no haya un solo preso por semejante crimen mafioso, el más grave que atentado contra la libertad de prensa desde la recuperación de la democracia. El ex policía Gustavo Prellezo le metió dos balazos en la cabeza a Cabezas. Luego la banda del mafioso de Alfredo Yabrán lo prendió fuego hasta reducir sus sueños a cenizas. Sin embargo toda esa banda criminal integrada por lúmpenes del barrio “Los Hornos”, ex policías y un ex militar como Gregorio Ríos, están libres caminando por la calle con todos nosotros que nunca matamos ni una mosca.
El juicio oral y las condenas fueron ejemplares. Pero nadie las cumplió. Ni ocho años estuvieron entre rejas. Todos libres con distintas excusas y chicanas pseudo jurídicas. Que estudiaron o que van a la iglesia. O que hay demasiada humedad en la penitenciaría, y otras sanatas por el estilo. Una forma de seguir matando a Cabezas. Una forma de estrujar el alma y el corazón de sus familiares y compañeros de este maravilloso oficio de periodistas. Su viejo, don José se murió de tristeza y doña Norma, su madre, está en internada en un geriátrico con demencia senil.
Gustavo Prellezo fue condenado a perpetua en el 2.000 y en el 2010, hace 7 años ya gozaba de la prisión domiciliaria. Siempre primero el victimario para parte de esta nefasta justicia zafaroniana que favorece a los delincuentes y perjudica a las víctimas de delitos.
Hay que decir que la mafia de Alfredo Nallib Yabrán fue construída con la complicidad de la dictadura militar, sobre todo de la Fuerza Aérea, de varios gremialistas de aduanas, correos y aeropuertos, corruptos y patoteros, de dirigentes políticos y de un sector de la justicia. Por miedo, falso garantismo o por coimas muchos colaboraron y otros miraron para otro lado. Yabrán se suicidó de un escopetazo en la boca en el 98, luego de que la justicia decretara su detención. No resistió haber perdido la impunidad de la que gozaba.
Hoy Gladys dijo algo tremendo en relación a Prellezo. Lo liberaron porque se recibió de abogado, porque concurría a misa y visitaba a su familia. Gladys que ya no tiene más a su hermano hace 20 años dijo: “Estudiar o ir a la iglesia es un derecho. Pero asesinar es una elección” Y se preguntó con todo derecho y sentido común si la justicia que lo soltó estaba en condiciones de asegurar que Prellezo no iba a matar a nadie más a cambio de plata. ¿Quién nos puede dar garantías de eso, señores jueces?
José Luis tenía 35 años y tres hijos, Juan, Agustina y Candela. Su amigo y colega, Guillermo Cantón le escribió una hermosa canción donde dice que “una bala de fuego quiso callarte y te hizo más grande, inolvidable”.
Se me cierra la garganta de angustia. Me atrapa una profunda tristeza. Lo único que me libera es gritar con los compañeros fotógrafos: “Cabezas, presente/ ahora y siempre”. Le debemos mucho a José Luis. Y nos tenemos que comprometer frente a su memoria para seguir investigando a los corruptos y a los golpistas y no aflojar, como nos pide tanta gente.
Escribí más de 30 columnas en estos años sobre este dolor que no cesa. Sobre la personalidad provocadora, arriesgada, corajuda, porfiada y alegre de José Luis. Como todo buen reportero gráfico, se cargaba de adrenalina a la hora de molestar a los poderosos. ¿Qué otra cosa debe hacer un periodista que mirar críticamente a través de su lente o de su teclado a los que detentan todos los poderes? Eso hizo Cabezas. Con un dedo sacó de la oscuridad casi clandestina al dueño de muchos negocios sucios en la Argentina.
Lo iluminó sin flash, solo con su olfato y su corazón de periodista. Lo escrachó, lo vio caminando por la playa y no dudó en apuntar con su teleobjetivo. Destapó una olla nauseabunda. Abrió la puerta de un bunker que la justicia no había podido o no había querido abrir. Ayudó con su trabajo a hacer una Argentina más decente y menos corrupta. Se jugó la vida en eso. Y la perdió. Por eso los periodistas llenamos las calles de manifestaciones, de globos negros, de cámaras en alto y de reclamos de juicio y castigo a los culpables. Por eso instalamos alguna frases como esa que dice que “Todos somos Cabezas”.
Porque era estrictamente cierto. Yo supe muy temprano quien era Yabrán. Un periodista llamado Alfredo Gutiérrez que trabajaba conmigo en el diario El Cronista y que después pasó por Clarín, fue el primero en fotografiar su mansión custodiada como un cuartel militar. Y después padeció en carne propia las consecuencias. Invadieron su departamento, lo revolvieron todo y le dejaron amenazas sin robarle ni una moneda. Todos entendimos el mensaje. Por eso me indigné tanto que un pigmeo de 6,7 u 8 centímetros haya dicho que el periodismo que hacía José Luis era menor, de poca importancia. Hoy ese soberbio llamado Orlando Barone se victimiza y dice que nadie le da trabajo porque es cristinista. Eso habla de la altura del pigmeo, muestra desde donde miraba los acontecimientos. De su cobardía de nene bien acostumbrado a cubrir cócteles y frivolidades. Y también de su impunidad. Cuando Omar Lavieri y otros periodistas le preguntaron a Yabrán que era el poder para él, respondió: impunidad. Exactamente eso es lo que permitió que un propagandista del anterior gobierno disfrazado de periodista que cobraba cuatro sueldos que pagamos todos los argentinos, provocara de esa manera. Es tanto el entrenamiento para tergiversar la historia y reinventar un relato que se van de boca.
Tienen incontinencia oral. Son capaces de todo. De ofender la memoria y mancillar el honor de quien no puede ni defenderse porque está muerto. O mejor dicho, porque fue asesinado, precisamente por honrar este oficio que tanto odian los que chupan las medias oficiales. Porque con su picardía de Avellaneda y su Nikon de Japón, Cabezas, pudo burlar dos veces el cerco que rodeaba al delincuente más poderoso, que además, quería ser invisible.
“Que me saquen de encima a los fotógrafos. Sacarme una foto es como pegarme un tiro en la frente”. Esas dos frases de Yabran fueron las órdenes que ejecutó su jauría, su grupo de tareas. José Luis Cabezas, presente, ahora y siempre. Que en paz descanse y siga sacando fotos en el cielo para combatir a los mafiosos. Que su cámara siga siendo una humilde honda de David contra todos “los Goliat” de la corrupción y la obsecuencia. Por toda la eternidad. Para que nadie mate nunca más a nadie. Y menos a un chabón bravo como Cabezas. Para que nadie nos corte la cabeza a los periodistas. Nunca más.