Cacho Fontana a los 89 – 23 de abril 2021

El inmenso Cacho Fontana, hoy cumple 89 años. La última vez que hablamos con él por estos micrófonos nos quedamos tranquilos al comprobar que está muy bien cuidado por sus hijas y que comparte sus horas con Pinky en un hogar para adultos mayores de excelencia llamado Interplaza.
Todos los que amamos la radio y nos ganamos la vida con sus oficios, hoy deberíamos levantar la copa y brindar por Cacho. Y agradecerle a este verdadero monumento a los medios, el periodismo y la locución.
Feliz cumpleaños Cacho. Por 100 años más. Hoy cumple 89 años. Es que el 23 de abril de 1932 nació por primera vez Cacho Fontana.
Se llamaba Norberto Palese. Su padre ganaba 160 pesos como capataz de un galpón del Ferrocarril Belgrano y su madre cosía a máquina junto a la ventana. El arrabal de Barracas era su mundo. Se prendía a un cepillo de pié, lo acercaba a su boca y soñaba relatando goles como Fioravanti. Annabella, su primera noviecita de la calle Vieytes… el piberío… la esquina, el respeto por don Adolfo Pedernera y la locura por la máquina de la banda roja. A la noche, los Palese, se daban el mejor de los gustos: escuchar a Luis Sandrini. Para reír y llorar en familia.
Un día de 1949, nació por segunda vez Cacho Fontana.
Ya era un personaje inventado por Norberto Palese que debutó presentando en el salón “La Argentina” a la orquesta de Roberto Padula. Anunció el primer tango de su vida y dijo: “Canaro en Paris…” Ganaba 10 pesos por baile. Después vino la orquesta de Domingo Federico, el primer aviso con esa voz inigualable que ofrecía confiabilidad, precisión y que dijo: “Rematador Loturco, en Guernica”. Radio El Pueblo, la utopía de Radio El Mundo. El famoso encuentro con su amado Antonio Carrizo y la anécdota mil veces contada:
-¿Pibe, usted es Fontana?, le preguntó el flaco de la vida y el canto…. Sale bien pibe ehhh… pero deje el bolero.
Eran tiempos de cambios, de decirle chau a los engolamientos y a los almibarados locutores de entonces. Cacho entendió rápido el negocio y pateó todos los tableros. Revolucionó la radio. La hizo de nuevo.
Durante años el “Fontana Show” fue el programa de mayor audiencia. Inventó los móviles, una manera especial y vertiginosa de entrar a la noticia. La gloria de Radio Rivadavia, el locutor más vendedor, la imagen más transparente, el más prolijo. El pelo engominado. Cacho era el símbolo de la armonía que algún día le iba a explotar en las manos. Era impecable. Cacho tenía cada cosa en su lugar.
Una noche, les hizo el mejor de los regalos a sus padres. Un departamento de lujo y de yapa, le llevó a Luis Sandrini a cenar a su casa. Para que juntos recordaran aquellas noches de verano en Barracas, con el aroma del espiral y los malvones.
Ese locutor de la Nación fue reconocido por el Senado de la Nación. Le dieron la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento. Es la máxima distinción que otorga la cámara que representa a todas las provincias argentinas.
Grande entre los grandes, Cacho inmortal. Todos los locutores le deben algo. Son los salieri de Cacho. Porque el rompió el molde, reinventó esta profesión noble que empieza en la voz clara y modulada y termina como nudo en la garganta.
Un mes de abril, pero de 1970, cantó en el Madison Square Garden de Nueva York, el primer artista latino y se hizo la primera transmisión vía satélite a 16 países. Apareció una voz de acero en el escenario y dijo para la historia: “Con ustedes, el ídolo de América, Sandro”. Era Cacho Fontana, en nombre de canal 9, Libertad y para felicidad de Alejandro Romay.
Doce años después, condujo junto a Pinky “Las 24 horas de Malvinas”, en la televisión pública que en esa época se llamaba ATC. Fue para recaudar fondos, en medio de la guerra contra Inglaterra. En aquel momento despertó mucha polémica porque en el país gobernaba la dictadura. Pero, repasando esos videos, se puede confirmar que ni Pinky, ni Cacho tuvieron una actitud propagandística a favor del régimen militar, ni arengas belicistas. Por el contrario. Siempre apelaron a la paz, a la vida y a los soldaditos. Todas las figuras de ese momento, hicieron donaciones. Susana Giménez, Maradona, Ricardo Darín, Favaloro, Lolita Torres, Monzón, Passarella, Reutemann, Tato y Alberto Olmedo, entre tantos. Se recaudaron fortunas en pesos y 140 kilos de joyas. Nada de eso le llegó a los soldados que se morían de hambre y por falta de indumentaria adecuada. Fue un terrible y doloroso caso de corrupción que aceleró el hundimiento de aquellos uniformados que habían asaltado el poder de la democracia.
Más adelante, hubo un tiempo maldito donde a Cacho Fontana le faltó esa Seguridad Odol en las neuronas. Desbarrancó, se cayó a pedazos. La vida lo cagó a trompadas en ese ring donde solía anunciar a los grandes boxeadores de la mano de Tito Lectoure, su amigo de toda la vida hasta que la muerte los separó. No fue un minuto Odol en el aire, ni la luna le dijo al sol que lindo que son tus dientes. El país ya no se paraba para verlo como antes. O mejor dicho, igual que en las carreras, se paraba en las curvas para ver cómo se pegaba la piña.
Cacho de las sentencias, de la sabiduría de la noche y el mostrador. Cacho tanguero, vestido de smoking y moñito entre el rubio champagne y las rubias del Chantecler. Sonrisa gardeliana, quien si no iba a tener los dientes perfectos como propaganda de dentífrico.
La vida de Cacho en muchos puntos se toca con la de Diego Maradona. No solo porque fue el número uno por lejos en lo suyo, gambeteando furcios, poniendo la inflexión correcta en un ángulo, leyendo un aviso desde la mitad de la cancha como nadie. No solo en eso se parecen Cacho y Diego. También tuvieron sus parábolas de ídolo. Su amor y su desprecio por parte de la gente. Cacho y Diego no solamente compartieron la gloria. También compartieron Devoto. Porque ambos se perdieron en los laberintos malditos.
En carne propia comprendieron que cuando uno se cae en esas profundidades hasta que no logra ponerse de pié, está condenado a avanzar arrastrándose. Y eso humilla. Da vergüenza ante las hijas, te encierra en odio con tu esposa. Te aleja de tu oficio que es lo que más querés y lo que mejor hacés.
Una vez le preguntaron si le había pegado a Marcela Tiraboschi, una joven de 22 años que se ganaba la vida mostrando su redondeces en el programa de Sofovich y dijo:
– No acostumbro a hacer esas cosas con las mujeres. Hago otro tipo de estupideces, como enamorarme, por ejemplo.
Cacho Fontana se fue quedando solo y hasta tuvo que comer gracias a la solidaridad de los amigos.
Justo él, que en las noches de las noches era capaz de cerrar un boliche y repartir burbujas seductoras y bataclanas para todos. Su madre se fue quedando ciega, tal vez para no verlo en el derrumbe.
Porque después sí que se vino la noche para Cacho. Pero la noche pesada, de gatos de cuarta y de viajes de ida. “Que puedo hacer si me gustan las mujeres con pasado”, decía, cargándose a sí mismo. Ya había pasado taconeando por su vida la gran Beba Bidart. Pero hubo un momento en que la gente empezó a hacer leña del Cacho caído. El escándalo, la parálisis facial, los corticoides que lo inflan para curarlo, la idea de suicidarse que se repite hasta que…
Un día de junio de 1999, Cacho Fontana nació por tercer y última vez.
Resucitó del tiro de desgracia con el que se había castigado. Ese día del Martín Fierro, tocó el cielo con las manos. Lo ayudó su tercera y definitiva ex mujer, Liliana Caldini, la madre de sus dos hijas. La que tuvo destino de familia con sus genes.
La vida le dio revancha y Cacho la ganó el premio a la trayectoria. Subió temblando de emoción con las cámaras en vivo. Miró de frente a los 40 puntos de rating y desnudó sus miserias. Fue el día del perdón. Pidió disculpas por tantas macanas. Lo juró por sus hijas, por Antonella y Ludmila, y por sus nietas. Alcanzó a decir que se juramentaba ante Dios convertir esa trayectoria en futuro y se quebró y nos quebró a todos. Se tapó la cara y Cacho Fontana lloró desconsolado. Y pidió una oportunidad más. Y todos se la dieron. Todos nos pusimos de pié. Para verlo correr en la recta y llegar a la meta como está llegando ahora. No queremos un Cacho de Fontana. Lo queremos entero, de pie, para que salga a dar cátedra con los cientos de tonos con que lee las noticias o la tanda. Para que otra vez, con su sonrisa gardeliana, vuelva ese minuto Fontana en el aire., para que otra vez transmita y reclame seguridad como solo él sabe hacerlo y es su marca registrada. Superó al maldito covid y salió fortalecido. Un Cacho de 89 años que sigue soñando. Nació tres veces. Así en la vida como en la radio.

Un año sin Marcos Mundstock – 22 de abril 2021

Los argentinos estamos atravesando
momentos de gran angustia y tristeza. Necesitamos abrir las ventanas para que el viento se lleve el virus pero, también, para permitir que ingrese una luz de esperanza. De eso se trata esta columna. De recordar, de hacer pasar nuevamente por nuestro corazón, al querido Marcos Mundstock.
Justo hoy se cumple un año de su
muerte y en este tiempo, hemos podido confirmar que tenemos muchas lágrimas más y un genio menos. Es impresionante su presencia pese a la ausencia. Es un amigazo que, seguramente se instaló en el cielo de la alegría. La estuvo peleando como un guerrero durante más de un año y finalmente, a los 77 años su cuerpo dijo basta. Digo su cuerpo porque su alma, su corazón, su talento y su voz irrepetible, quedarán para siempre en la memoria de todos los que amamos la risa producida por un torrente de neuronas como era su cerebro y el de sus compañeros de Les Luthiers. Era tan querible que levantaba carcajadas de afecto, solito y callado en el escenario. A un costado, con la luz cenital, parado con su smoking y el moñito, con la carpeta roja en la mano y frente a un atril. Un solo gesto, una mirada pícara o la presencia imaginaria de Johan Sebastian Mastropiero, le alcanzaban para hacer estallar el teatro de felicidad. Cuando nació Marcos, se rompió el molde. No habrá ninguno igual.
Se las rebuscaba bastante bien con el idish, el idioma que hablaban sus padres, que eran judíos que llegaron a esta tierra, con pasaporte polaco y buscando libertad y esperanza.
Marcos, además, fue un locutor sin igual y un creativo publicitario de padre y señor nuestro. Somos privilegiados los que hemos tenido la posibilidad de admirar su arte y encima, como en mi caso, de tener una relación muy cercana. Aquel día maldito de hace un año revisé mi teléfono y me encontré con el último chat. Mayo de 2019. Yo había escrito una columna sumamente elogiosa de “El cuento de las Comadrejas”, la película de Campanella. Se llama: “Un monumento al cine”. Y celebraba que este país tuviera cuatro actores de la magnitud de Luis Brandoni, Graciela Borges, Oscar Martínez y Marcos Mundstock. Marcos la escuchó como en general escuchaba radio Mitre y me escribió lo siguiente: “Hola querido Alfredo. Te agradezco tus exaltadas opiniones sobre la película, aunque mi modestia me impide releer tu columna más de seis veces por hora. Gracias hermano”. La sutileza que lo marcó para siempre, está en ese comentario. Me alegro profundamente de haberle podido contestar: “Te quiero y te admiro. Deseo profundamente que te mejores pronto”. Por suerte se lo pude decir. Que lo quería y lo admiraba. Fue hace casi dos años. Fue el tiempo de la batalla descomunal que libró contra ese perverso tumor.
Que nadie se asuste porque no hay ninguna chance. Pero si un día me decidiera a convertirme en político, armaría mi propuesta y mi plataforma con la trayectoria de Marcos y de Les Luthiers. Si señora, me gustaría recoger su nombre y llevarlo como bandera hasta la victoria.
¿Sabe porque se lo digo? Porque los integrantes de Les Luthiers, además de haber generado uno de los hechos artísticos más importantes de los últimos 50 años en Argentina, además de todo eso que ya es muchísimo, Les Luthiers son un espejo para mirarnos. Para reflejarnos en su ejemplo. Esa es mi pequeña utopía. Y se la paso a explicar.
Porque su trabajo es para las multitudes, para las grandes mayorías. Podrían haberse quedado en el humor inteligente para pocos, en el elitismo culturoso. En esa actitud de algunos presuntos intelectuales que se creen que mientras menos gente va a verlos más geniales son. Nunca fueron sectarios ni excluyentes. Supe como llenaron la cancha de fútbol del Sevilla en España y pude ver en persona, con mis propios ojos, como emocionaron hasta las carcajadas a 12 mil personas en el Festival de Cosquín, en el que muchos subestiman la inteligencia del pueblo y van a hacer demagogia con palmas y temas pegadizos. Ellos me invitaron para que los acompañara a Cosquín. Estaban un poco inseguros, dudaban del recibimiento de un público con tanto amor por el folclore tradicional. Se enfundaron en ponchos blancos y, desde bambalinas, pude ver sus espaldas y de frente, las caras de esa maréa humana festejando tanto ingenio y música de calidad.
Les Luthiers fue parte de la educación que le dimos a mi hijo. Diego vió tantas veces los espectáculos que tenía en una caja llena de VHS que se sabía muchos pasajes de memoria. Yo como padre baboso, lo molestaba pidiéndole que los recitara delante de Marcos o de Daniel y ellos me decían: “Dejá tranquilo al pibe”.
Hablo de esa vocación por buscar la felicidad del pueblo a través de la risa. Uno sabe que volverán y serán millones de carcajadas.
Pero Les Luthiers también tiene lo mejor de la ética para ejercer su tarea creativa. Ganaron todo el dinero que se merecen por su trabajo, pero nunca cedieron a la tentación de la máquina de chorizos, de caer en el mercantilismo trucho que todo lo traduce a dólares y destruye el arte. Se respetaron a sí mismos y nos respetaron a nosotros. Y además la democracia interna que ejercían cotidianamente. Su propia existencia como grupo demuestra la posibilidad de la convivencia entre los distintos, la tolerancia, el pluralismo, esa manera tan maravillosa de enriquecernos con la opinión y la mirada del otro. ¿O alguien cree que es fácil que cinco talentos convivan durante tanto tiempo sin tener problemas entre ellos?
La moraleja es: si un grupo de trabajo puede, un país también puede. Y, finalmente, creo que Les Luthiers también tiene esa vocación por la igualdad, esa actitud mosquetero, “del todos para uno y uno para todos”, ese elevar la palabra “compartir” a su máxima expresión y esa capacidad para discernir entre igualdad y uniformidad. Todos tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones pero todos respetan las características personales de cada uno, su propio pensamiento, la singularidad que los hace seres irrepetibles y cooperativos.
Tienen una ley interna que es sagrada: la ley del no jodás que se basa en el principio de la incomodidad respetable. Un teorema científico que dice así: cuando a alguno le jode demasiado que lo jodamos un poco, no lo jodamos ni siquiera un poco porque sería joderlo demasiado. Brillantes, brillaron en el Lincoln Center de Nueva York y en nuestro Teatro Colón. Pero ninguno olvidará y Marcos mucho menos, aquel recital en plena calle frente a 50 mil personas para festejar los 5 años de democracia recuperada cuando cambiaron el nombre del pirata Raúl por el de Fermín para que nadie interpretara nada raro teniendo un Raúl Alfonsín como presidente. Ninguno olvidará y Marcos mucho menos, cuando Felipe González los invitó al Palacio de la Moncloa o cuando recibieron el premio Princesa de Asturias y les otorgaron la nacionalidad española por carta de naturaleza.
Me pongo de pié para nombrarlos, queridos Luthiers: Marcos Mundstock, Daniel Rabinovich que en los escenarios del paraíso descansen y no se cansen de hacer travesuras bajo la dirección de su fundador, que también partió hace tiempo, Gerardo Masana. ¿Mi solidaridad en el abrazo fraterno y en el pésame en la despedida con Carlos Nuñez Cortes, Carlos López Puccio y Jorge Maronna, de la línea fundadora.
Ellos siguieron siempre en la huella, predicando con el ejemplo, no con el dedito levantado y sin bajar nunca una bandera y de la mano de Lino Patalano.
Por eso le digo que me gustaría tener un país Les Luthiers. Un país edificado por todos a su imagen y semejanza. Un país donde construyamos nuestros propios instrumentos para ganarnos la vida con la frente alta y las manos limpias y que por eso seamos respetados y muy bien recibidos en cualquier país del mundo. Un país en el que todos los argentinos cantemos la misma melodía y celebremos la vida con la alegría que no teme ni ofende, como la verdad. Las risas y la admiración que vienen cosechando hace más de medio siglo 50 son transparentes y genuinas, valientes y sensibles. Muy argentinas. Como el país que soñamos con Marcos como número cinco, repartiendo el juego en el medio campo. Porque era tremendamente futbolero. Lamentaba los problemas de su rodilla que no le permitían pegarle de chanfle como quería. Marcos era tan patriota que nació un 25 de mayo.
Hace un año que murió Marcos Mundstock. Se nos fue una parte de la mejor Argentina. Me hacía cantar de risa. Marcos y sus compañeros fueron admirados y amigos de Joan Manuel Serrat, Gabriel García Márquez, Yahuda Menuhim, Vinicius de Moraes, Toquinho, Manucho Mujica Lainez y la Negra Sosa, entre tantos.
Lo recuerdo en muchos momentos. Me duele el alma y me inclino para rezar en el altar de la carcajada que seguramente comparte con Tato Bores, Jorge Guinzburg, Daniel Rabinovich y el Negro Fontanarrosa.
Su hija tan querida, Lucía, mantiene activo el Instagram de Marcos y con Laura, su madre, apuestan a recordarlo con amor y humor, lejos de la tristeza. Mis profundos respetos para ellas.
Ya pasó un año querido Marcos, hermano del alma. No sabés como te necesitamos.

Baradel y Moyano, el país del atraso – 21 de abril 2021

Roberto Baradel es el ministro de Educación de facto y hace lo que quiere.
Pablo Moyano, es el ministro de Trabajo de facto y hace lo que quiere.
Y así nos va. Con este tipo de sindicalismo patotero, antidemocrático, corrupto y que se eterniza en el cargo, es muy difícil que la Argentina progrese. No son los únicos gremialistas del atraso, pero hoy funcionan como emblemas de ese país que la inmensa mayoría no quiere.
Baradel, el jefe del sindicalismo cristinista y un pequeño grupo de la izquierda dura y sin votos, adoptaron como consigna: “No a la presencialidad de Larreta”. Es para disfrazar un poco el tema. Sería demasiado vergonzoso decir “No a las clases, no a la apertura de aulas”. Pero eso es lo que pretenden.
Todo el tiempo están haciendo zancadillas al funcionamiento de la educación en la ciudad. Todo el tiempo hacen paros para esmerilar la figura de Horacio Rodríguez Larreta. Porque piden protocolos y seguridad que no le piden a Kicillof que es su gurú ideológico. En la ciudad pusieron protocolos y cuidados muy bien planificados y, entonces reclamaron vacunas. Les pusieron vacunas a los 16 mil que se anotaron y tampoco quieren trabajar. Es insólito. Hablan del pueblo y se mostraron mezquinos y egoístas para los trabajadores de la salud y los jubilados, muchos de los que todavía no se vacunaron.
Pablo Moyano, tiene la misma matriz como defensor de sus privilegios y quintitas y no les interesa para nada el bienestar y el progreso de los laburantes. Porque espantan inversiones todos los días. Y eso significa que todos los días evitan que haya más fuentes de trabajo.
Muchos supermercados están al borde de la quiebra. Por varios motivos. Wallmart se quería ir del país. Pero un empresario argentino como Francisco de Narváez apostó a invertir y compró esa empresa. Podría haber llevado tranquilamente su dinero al exterior o invertir en Uruguay o Chile o en cualquier lugar del mundo. ¿Cuál fue la respuesta de los camioneros? Un delirio que no tiene ningún respaldo legal. Exigen mediante aprietes que los 500 trabajadores del Centro de Distribución ubicado en Moreno y que abastece a sus 92 sucursales, sean despedidos, indemnizados y vueltos a tomar conservando la antigüedad. ¿Se entiende? No es que piden aumento de sueldo o mejores condiciones de trabajo. No piensan en abrir nuevas posibilidades de empleo genuino, privado y en blanco. Y amenazan con bloquear con sus camiones la entrada al supermercado. Esa es su metodología. ¿O hacen lo que nosotros queremos o les fundimos la empresa si es necesario? Hace años que hacen lo mismo. Fuera de la ley todo, dentro de la ley nada. Hasta Claudio Moroni, ministro de Trabajo de este gobierno, ya dijo que no hay ley que obligue a la empresa a aceptar las exigencias de Pablo Moyano.
Por eso se me ocurrió esa comparación y juego de palabras. Baradel es a la educación lo que Moyano es a la actividad privada. Baradel con sus huelgas salvajes bloquea los colegios y Moyano con sus camiones bloquea a las empresas. Unos destruyen la educación pública y otros la producción a pesar de que dicen lo contrario.
Son uno de los principales factores de esta Argentina medioeval, donde solo crecen la pobreza, la indigencia, la desocupación y la inflación. Una gran cuota parte de responsabilidad es de estos jerarcas sindicales que en la mayoría de los casos son millonarios y tienen un nivel de vida al que jamás podría llegar un trabajador. Siempre están en la rosca con los K para conseguir algún contrato como asesor o algún puesto de diputado o senador. No son defensores de los trabajadores argentinos. Son defensores de sí mismos.
Son la nueva oligarquía sindical. Son los patrones del mal del trabajo.
Apuestan siempre a las listas únicas. Cada vez participa menos gente en los procesos electorales. La mayoría de los trabajadores no está afiliada a esos gremios porque no se sienten representados o se anotan solamente por temor a la patota sindical.
Y como siempre, el hilo se corta por lo más delgado. Se perjudican los más chicos y los más pobres. Los pibes de los barrios más vulnerables quedan cada vez más lejos y con menos conocimientos que el resto de los chicos. En lugar de utilizar la educación para ese maravilloso proceso de igualar oportunidades, con su torpeza ideológica, contribuyen a hacer una sociedad cada vez más injusta y desigual. En el caso de los camioneros, funden a las empresas pequeñas y medianas. Las grandes tienen más espaldas para aguantar la parada, pero el resto no puede pagar las coimas o los aportes inventados que hacen todo el tiempo por la fuerza.
Baradel es uno de los responsables de que haya cada día chicos con más problemas educativos y Moyano de que muchos emprendimientos familiares se hundan en la desesperación.
Se llenan la boca hablando de justicia social y la inequidad no para de aumentar desde hace años. Se niegan a aceptar que los tiempos cambiaron. Que la tecnología modificó gran parte de las relaciones laborales. Y que el que no se adapte en forma inteligente, perderá el tren para siempre.
La falta de educación y trabajo es un cáncer que condena a los chicos a la calle y los deja inermes frente a todo tipo de flagelos como la droga y la delincuencia. No hay nada más progresista que abrir escuelas y empresas. La falta de educación y de trabajo, son la madre de todos los problemas, pero que además, se pueden convertir en la madre de todas las soluciones.
Hay que volver a poner de pie a los verdaderos trabajadores y a sus mejores delegados para que se conviertan en pilares del país que viene. De un país donde un joven tenga más posibilidades de estar en clases o en el trabajo que robando o en la cárcel.
Nuestro sueño colectivo debe ser el de iluminar tanta oscuridad. De convertirnos en predicadores de la civilización contra la barbarie. Necesitamos una revolución educativa y productiva con los docentes como abanderados y los padres como escolta. Y el aporte de la sociedad civil. Un rediseño absoluto del sistema. Hay mucho por hacer. Construir el mismo amor por la libertad que por la ley. Que sean dos caras de la misma moneda. La educación y el trabajo deben ser prioridad nacional. Todos los derechos a los más necesitados y todas las obligaciones también. Para sembrar ciudadanía y equidad y recoger una mejor democracia. Por la ignorancia cero. Por desocupación cero. Sin Baradeles ni Moyanos. Es por nuestros hijos que es una forma diferente de nombrar a la patria que viene.