Alberto, un presidente sin palabra – 28 de diciembre 2020

A modo de balance del año 2020 que, por suerte, ya se termina, hay que decir que de todas las catástrofes generadas por el gobierno nacional, la más grave es que tenemos un presidente sin palabra. Alberto perdió casi toda su credibilidad y eso es letal para un gobernante. Todos los días, casi como si un enemigo le diera consejos, Alberto mete la pata en un pantano de mentiras y mala praxis sin que nadie se lo pida. Son errores no forzados y tiros en los pies como pocas veces han ocurrido en la historia política. Hoy mismo dijo eso que escuchamos al principio, que no tiene problemas con Cristina, “que son comentarios periodísticos”. ¿Se cree que somos tontos? ¿O que los periodistas inventan? Toda la información del enfrentamiento feroz entre ambos es, en parte, a cielo abierto y en parte, los cronistas se enteran porque se lo cuentan los entornos de los protagonistas principales de la pelea de fondo.
En las últimas horas batió todos los record. Dijo que hicieron números con Ginés (otro funcionario que no funciona) y descubrieron que Argentina está entre los primeros diez países que van a aplicar la vacuna antes de fin de año. ¿Para que comete semejante torpeza? Es una mentira gigantesca. Nadie le pidió opinión y sin embargo, Alberto avanza hacia el abismo de que nadie le crea nada de lo que dice. Un presidente debería asesorarse y ser más riguroso cuando habla y tira frases como esas. Todos los medios se burlaron de Alberto diciendo que no sabe ni sumar porque ya hay más de 30 países que están aplicando vacunas y Argentina, a los tropezones y con muchas dudas, recién lo va a hacer mañana. Es otro papelón absolutamente evitable. ¿No lee los diarios el presidente? ¿Confía en lo que le dice una de las personas menos confiables del gabinete como es el impresentable ministro de Salud? Y eso es lo que reflejan las encuestas y lo que uno recoge de la opinión pública. Casi el 50% de los argentinos “no le cree nada” a Alberto. Es uno de los datos de la última encuesta de Synospis. Y a eso hay que sumarle un 11,5 % que no le cree en la mayoría de los casos. Solamente el 12,8 % de la ciudadanía cree todo lo que dice Alberto. El dato es gravísimo institucionalmente, pero no sorprende. Sin embargo, el presidente ni siquiera registra esos errores que comete. Todo lo contrario. Se auto percibe como un hombre de palabra. Parece una broma o que (otra vez) se está burlando de todos los argentinos. Pero en el escenario del estadio Único de La Plata, donde Cristina le impugnó a sus ministros, Alberto sacó pecho y dijo que uno de sus grandes valores es que tiene palabra. Y es todo lo contrario. Uno de sus grandes disvalores es que hace 10 años viene cambiando sus declaraciones respecto de todos los temas más trascendentes del país. Mientras fue jefe de gabinete de Cristina, ella era una genia. Cuando volvió al llano, Cristina se convirtió en una deplorable y psicópata presidenta que lo persiguió y que encubrió a los terroristas de estado que volaron la AMIA o a ladrones de estado como los que se robaron Ciccone, la fábrica de hacer billetes. Todo está documentado. Todo está grabado en la memoria y en los videos y audios. Y también en sus tuits. No puede ocultar lo que dijo. Pero ahora, después del pacto espurio de imposible cumplimiento que firmó con Cristina, ella volvió a ser una genia impoluta que nunca hizo nada malo. Pero lo más insólito, es que mienta sobre su gestión y sobre cuestiones muy evidentes que hacen que esas mentiras tengan las patas más cortas que nunca. ¿Cómo va a decir que apenas 10 países van a vacunar antes de fin de año?
Mentir esta siempre mal. En el caso de un presidente, es peor. Pero no saber ni mentir, es típico de un aprendiz, de un vende humo o de alguien que no está “en su sano juicio”, groggy y contra las cuerdas como lo definió su ex amigo y asesor, Eduardo Duhalde. “Es mejor quedarse callado, con el riesgo de parecer un tonto que hablar y disipar toda duda”. Esa frase, cuya autoría es diputada por muchos, tiene un gran contenido verdadero en todos los planos de la vida. Alberto no se queda callado nunca.
En un balance anual absolutamente deficitario, esta falta de palabra es el peor de los mundos. Decirle a todos lo que quieren escuchar es una forma frívola de administrar, una hipocresía intolerable y un seguro camino al fracaso y el estancamiento de la gestión.
Dijo que iba a ser el presidente de los 24 gobernadores y es un secretario maltratado de Cristina. Como vocero de los gobernadores planteó que las elecciones PASO eran muy caras y que había que derogarlas. No hizo falta que Cristina hablara para hacerlo recular en chancletas. Solo con la voz de Máximo alcanzó para que Alberto demostrara la fragilidad de sus convicciones, la carencia de poder y el temor que le tiene al apellido Kirchner. A La Cámpora y a su comandante Máximo les conviene las PASO para intentar pasarles por encima a los intendentes y a los gobernadores y por lo tanto se opusieron a suspenderlas. A Alberto ya no le pareció un gasto inadmisible en medio de semejante crisis económica. Hizo saludo uno, saludo dos, subordinación y valor a Máximo y el proyecto cayó en un pozo ciego. Para ser absolutamente rigurosos hay que decir que ningún gobernador tuvo el coraje y la dignidad de defender la idea en forma pública. Cristina y Máximo gobiernan metiendo pánico y prometiendo látigo y carpetazos en lugar de chequera y en un segundo domestican a todos y todas. Es la negación de la política. Un gobernador o un intendente que no es capaz de defender sus ideas y su dignidad, no es capaz de defender la dignidad del pueblo al que quiere representar o conducir.
Lo mismo pasó con el tema de las reelecciones de los intendentes y la presidencia del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires. El príncipe heredero decretó que se van a mantener los límites para las reelecciones de los jefes municipales y que él tiene que ser ungido como capo del peronismo en la provincia. ¿Por qué? Porque Máximo lo dice. Ya no solo se dejan sodomizar por Cristina, también por su hijo. ¿Cuándo falta para que de las órdenes Néstor Iván el nieto de Cristina?
Casi, casi que lo bautizó Cristina. Alberto es el presidente que no preside. El más alto funcionario que no funciona.
Le recuerdo que apelando a la metáfora y terminología de la época yo le dije que Cristina le había expropiado el sillón de Rivadavia a Alberto y que le habían tomado la Casa Rosada. Miguel Wiñazki, filósofo y compañero de radio Mitre lo dijo casi poéticamente: “Alberto Fernández ejerce un poder que no tiene. Dice lo que no hace. Hace lo que no dice. Descubre lo que no ocurre y ocurre lo que no dice”.
Hay leyes escritas que salen del Congreso. Y leyes no escritas que salen de la cabeza y el autoritarismo de la reina madre y el príncipe heredero. La ley se cumple a rajatabla salvo algunas que surgen del Parlamento.
En el tema de las jubilaciones, Alberto dio tantas vueltas en pocas horas que ya ni se sabe lo que piensa. En la campaña prometió que les iba a dar un 20% de aumento para reparar la insensibilidad de Macri. Después, por orden del Fondo Monetario, envió al Congreso una fórmula que les metía la mano en el bolsillo a los jubilados y ni siquiera le daba garantías de aumentos al compás de la inflación. O sea que no solamente no hubo aumento, sino además, hubo recorte de un 8 % de promedio. Pero el mamarracho no terminó ahí. Cristina olfateó que ese ajuste a los adultos mayores tan castigados les iba a hacer perder las elecciones parlamentarias del año que viene y de un plumazo le cambió varios aspectos al proyecto. ¿Qué hizo Alberto? Dijo que era una muy buena idea y que antes se le había ocurrido a él. La fórmula jubilatoria de todos modos le quita ingresos a los jubilados pero confirma esta enfermedad presidencial de mentir sobre lo evidente y de subirse a las ideas de Cristina.
Por eso es un presidente que no tiene palabra.
¿Se acuerda que le dijo “amigo” a Horacio Rodríguez Larreta? Y dos días después por orden de Cristina salió a recortarle fondos como loco y a pronunciar declaraciones agresivas contra “el socio de Macri y responsable de la ciudad opulenta que nos llena de culpa”. Es insólito como los peronistas sienten culpa por una ciudad que funciona en la que viven y trabajan argentinos de todas las provincias y no sienten culpa por La Matanza, por ejemplo, donde siempre gobernó el peronismo. Es un distrito inundado de pobreza, marginalidad, desocupación, inseguridad, narcos, falta de cloacas, de agua potable, de asfalto y de clientelismo esclavista. Y no sienten culpa por esa catástrofe social que produjeron ellos solitos.
La colega Silvia Fesquet citó una frase de Friedrich Nietzsche que viene como anillo al dedo para rematar estas reflexiones: “No me molesta que me hayas mentido. Me molesta que a partir de ahora, no pueda creerte”.
La mejor noticia del año es que se termina. Ha sido el peor año y el peor gobierno de un presidente que no tiene palabra.

Serrat conmueve a los 77 años – 25 de diciembre 2020

Parece mentira pero pasado mañana, este domingo, Joan Manuel Serrat cumple 77 años.
Parece mentira, pero hace un par de años, un fanático desubicado le gritó en pleno recital que cantara en catalán porque estaba en Barcelona. El Nano hizo lo que nunca hizo. Interrumpió su show y le dio una clase de democracia que el intolerante escuchó ante el aplauso de todo el teatro.
Parece mentira que hoy algunos insulten a Serrat y hasta le digan fascista porque estuvo en contra de la manera en que se formuló el referéndum por la independencia de Cataluña. Hay que decir que también se manifestó en contra de la detención de políticos catalanes y visitó en la cárcel al diputado Raúl Romeva.
Parece mentira que los que se creen dueños de la verdad lo intimen a cantar en catalán cuando Serrat estuvo 5 años censurado en las radios y la televisión oficial, precisamente, por cantar en catalán en el festival de Eurovisión. Ahora es fácil cantar en catalán. En aquel momento había que tener coraje porque las balas picaban cerca.
Parece mentira porque Serrat tuvo que exiliarse en México frente a la persecución de la dictadura de Francisco Franco y solo fue amnistiado cuando murió el “generalísimo”. Regresó a España el 20 de agosto de 1976 ante un recibimiento de una masividad y un afecto extraordinario en las calles.
Parece mentira que algunos ignorantes crean que inventaron la pólvora y la revolución y no hayan leído ni medio libro de historia.
La última vez que estuvo en Argentina, se repitió el rito de la admiración y el reconocimiento.
Serrat es un capo, decían las madres mientras lo acariciaban y le pedían fotos en el Hospital Garraham. Era como una forma de devolver el cariño y la medicina que, con su presencia solidaria y sus canciones, les llevó a tantos chicos que estaban sufriendo enfermedades. Serrat es un capo que se emociona y nos emociona. Que sufre cuando ve a los pibes peladitos que están combatiendo al maldito cáncer y recuerda sus propias batallas. No se sabe demasiado porque por pudor no le gusta contarlo. Pero Joan Manuel Serrat tiene que hacerse estudios y análisis en forma periódica. Tres veces le detectaron cáncer y tres veces lo derrotó a fuerza de coraje.
Siempre tiene un gesto hacia los que necesitan. Hace una docena de años que visita el hospital de niños. Y allí canta “Esos locos bajitos”, por supuesto. Porque “A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción; ésos que se menean con nuestros gestos, echando mano a cuanto hay a su alrededor.”
Abraza fuerte a los familiares de los soldados caídos en Malvinas y a todos se nos vienen a la cabeza los versos de “Algo Personal”. Recordamos que “se arman hasta los dientes/ en nombre de la paz/ juegan con cosas que no tienen repuesto y la culpa es de los otros si algo sale mal.” No hay dudas que entre esos tipos y Serrat hay algo personal.
Estuvo entre nosotros con su gira de “Mediterráneo Da Capo” que es como volver al origen de todo, a la génesis.
Es que apenas salía a escena surgía la magia del romance entre los argentinos y Serrat. No importa si es en el Colón, de saco y corbata o en la Plaza Vaticano, de jeans y remera. Hay una relación indestructible entre el artista catalán y nuestra gente. Es pasión de multitudes y todos los aplauden. Lo hacen de pié. Todo el mundo corea las canciones y se conmueve. Tiene 52 años de carrera, más de 450 canciones.
Pero para mi generación, para los que tenemos algo más o algo menos de 65 años, Joan Manuel Serrat fue una suerte de hermano que nos fue abriendo los ojos al amor y al combate. Fue como ese amigo que sabe más que nosotros y vá unos pasos adelante anunciando los peligros y los milagros que se vienen. Fue como un susurro al oído de aquella piba del colegio primario que apoyaba su cuerpito en el mío por primera vez mientras le cantaba que su nombre me sabe a hierba. De la que nace en el valle, por supuesto. Recuerdo eso y todavía me tiemblan las piernas por las primeras emociones eróticas, los ojitos pícaros seduciendo nuestra inocencia y convencidos de que se equivocó la paloma, se equivocaba. Por ir al norte fue al sur. Todo eso nacía de la fantasía del primer Wincofon que tuve en mi vida y del primer long play que, por supuesto, era de Serrat. Después fuimos creciendo a la militancia y a la política y Joan Manuel se convirtió en nuestro norte sin paloma confundida. En la encarnación de la resistencia cultural, en el cantor popular que mucho más adelante nos iba a recordar que el Sur también existe de la mano de Mario Benedetti, que en la paz de su Montevideo descanse. Serrat se fue transformando en una bandera que nos dio letra para todo. Nos ayudó a parir como generación, nos ayudó a levantarnos minas que en algunas épocas, es la máxima utopía. Nos ayudó a levantarnos utopías que, podríamos decir, es la máxima mina. El Nano se convirtió en sinónimo de libertad y por ella sangró, luchó y pervivió. Por aquí enarbolábamos pancartas por las calles que hablaban de la patria liberada y de la sangre derramaba.
Eran tiempos en que a Serrat lo prohibían acá y allá. Y sin embargo no podían. Eran tiempos de amar a España, de sentir orgullo por Rafael Alberti y por García Lorca, de tomar partido en la guerra civil española aunque ya era un poco tarde. Eran tiempos de saber de memoria todas las canciones de Serrat y de gastarlas en los fogones playeros de Valeria del Mar o en las peñas del comedor universitario de Córdoba donde la política era una canción como si por esos días los pueblos fueran libres, como quería León Felipe. Después vino la noche del terror, del asesinato masivo a esta tierra y Serrat se convirtió en una contraseña. Era tanto el silencio y el miedo a que te secuestraran que hasta escuchar a Serrat era todo un desafío. Y si algún conductor de radio se atrevía y lo pasaba o si algún compañero de trabajo se atrevía y lo escuchaba sabíamos que había algo secreto que nos unía frente a la locura del terrorismo de estado. Era una contraseña y una trinchera. Era una luz en las tinieblas. Por eso Serrat se quedó a vivir entre nosotros aunque se volviera físicamente a España. Se convirtió como el mismo dice en la banda sonora de los mejores momentos de nuestras vidas. Hoy mucha gente repite que nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. O caminante no hay camino, se hace camino al andar. O ese con quien sueña su hija, ese ladrón que os desvalija.., Y es como si se rezara un padre nuestro. O como si cantara el himno. Gardel será uruguayo pero es argentino. Serrat será español pero es argentino. Dime Serrat con quién andas y te diré quién eres. Anda reivindicando diversidades y bellezas con los sueños de Miguel Hernández y Antonio Machado al hombro. Utilizabas la risa y la verdad que sigue de duelo por Daniel Rabinovich aunque extrañes aquellos asados con tus negros amigotes que no están pero que nos siguen dibujando desde el cielo: Caloi y Fontanarrosa.
Gracias por todo Joan Manual. Este, domingo, en tu cumpleaños me gustaría regalarte la vuelta olímpica del Barsa con Kubala y Messi de la mano para que ningún niño se deje ya de joder con la pelota. O una España donde nunca más corra la sangre por las calles y ya nadie utilice el tiro en la nuca con los que piensan distinto. O el secreto de tu seducción que todavía hace mojar bombachitas. Y finalmente me gustaría condenarte a regresar un rato y cuando quieras a tu barrio de Poble Sec a preguntarle a Ángeles, tu vieja, cuál era su patria. Para que ella te conteste, profunda y duradera, yo soy de donde comen mis hijos. Y para que una vez más puedas ver sus ojos tristes por el asesinato de toda su familia durante la guerra. Eran los demonios que había heredado Ángeles.
Gracias por todo Joan Manuel. Gracias por ser nuestro hermano y por estar siempre cuando te necesitamos.
Me gustaría regalarte un poco de tus pasiones, un día de pesca, vino Malbec y las mollejas… una tarde de ciclismo y el eco rumoroso que baja de las tribunas en el Nou Camp y celebrar el césped que huele a gloria y donde el pro hombre y el gusano bailan y se dan la mano. O escuchar tus anécdotas de secundario donde te recibiste de tornero fresador, algo que nadie conoce demasiado.
Muchos te han hecho su mejor homenaje poniendo Juan Manuel a sus hijos y no por Rosas, precisamente. O Lucías y Penélopes, que andan por los ríos de tiempo sembrando tu melodía. Gracias…
Por disfrutar la vida en grandes porciones como si fuera una pizza azul y oro muy cerca de la Bombonera. Un abrazo en el tiempo para tu padre, Josep, obrero para toda la muerte. Gracias por cantar Zamba del Grillo de Yupanqui y con los Chalcha y que tus amigos te dejen tocar el bombo después de cuatro copas de más que nadie echará de menos.
Gracias por estar aquí y ahora. Serrat, querido Serrat, gracias por ser un capo de 77 años, un regalo de Navidad para el alma.

Navidad es volver a nacer – 24 de diciembre 2020

Entre tantos videítos que llegan a mi celular, hubo uno que me conmovió especialmente. Es una cena familiar navideña donde arman un juego como si fuera un reality show. El gran hermano es una voz que les hace preguntas. Si aciertan las respuestas, se quedan en la mesa y si se equivocan, deben abandonar la casa.
Me permito cambiar las consultas y los personajes para hacerlo más “argentino”.
Preguntan a la adolescente María. ¿Cómo se llama el primer esposo de Wanda Nara? Y ella contesta con seguridad: Maxi López. Correcto.
Es el turno de su primo, Javier. ¿Quiénes son los youtubers más importantes del país? Respuesta: “Lyna, El Demente, Kevsho, Paulina Cocina…” Impecable.
Es el turno de Matías, el más chico de los primos. ¿Cuál es la última play station que salió al mercado? La 5, contesta el chico con precisión y agrega: “mi amigo Dieguito ya la tiene”.
Verónica es la más grande. Tiene 19 años. ¿Quién es Bad Bunny? Un rapero y cantante de reguetón y pop latino.
Todos aplauden. La familia esta asombrada de los conocimientos de los hijos, primos y nietos.
Viene la segunda ronda de preguntas. Le recuerdo que el que contesta mal debe abandonar la mesa navideña.
María, ¿Por qué tu abuelo tuvo que dejar el básquet tan joven? No… no lo sé. Ni sabía que había jugado el básquet. María, debes retirarte, dice la voz grave en off.
Javier, es tu turno. ¿Qué está estudiando últimamente tu madre? Cocina, no… inglés, no… no lo sé. Debes abandonar la mesa.
Matías, ¿A dónde fueron de luna de miel tus padres? A Mar del Plata, no… a Bariloche… no, no lo sé. Deja tu silla libre, por favor Matías.
Los que se van y los que se quedan se empiezan a mirar con los ojos húmedos de la emoción. Están aturdidos por no saber cosas tan elementales de su propia familia.
Verónica, la mayor que tanto sabe de música. ¿Qué canción de Sting pusieron cuando tus padres ingresaron a la fiesta de casamiento? No tengo ni idea. Lo lamento. Me voy.
Llega el turno de los padres. Marcelo, el ingeniero. ¿Cuál es el libro preferido de tu hijo Matías? Uyyy no sabría responder.
Fue pasando el juego y solamente quedaron los abuelos en la mesa. Varios lloraron porque se dieron cuenta que sabían más de la vida de la farándula o de sus ídolos musicales que de sus propios padres o hermanos. Se sorprendieron con información que los podría haber enriquecido a todos y que podrían haber compartido. ¿Sabés que a mí también me gusta Sting, dijo uno de los muchachos? No sabía que el abuelo fundó una carpintería en Córdoba y luego se fundió. ¿En qué año abrió la pizzería?
La enseñanza es clara. El spot publicitario no lo dice explícitamente pero llama a apagar un poco las pantallas y encender nuestras neuronas y corazones asombrados. Y termina diciendo: “Esta Navidad, desconectá para volver a conectarte”. Las redes sociales y la tele van a estar siempre. Tu familia, no. Aprovechá ahora que los tenes. Me acordé de una canción de Cesar Isella que en una parte dice asi: “Si es el dolor, al fin quien nos iguala. Y la esperanza quien nos ilumina”. Y Eso me empujó a contarles otra vez una de mis columnas preferidas. Un auto regalo que me hago en Navidad.
Hace más de 40 años que ejerzo el periodismo. Leí muchos libros y diarios, entrevisté gente sabia y conocí lugares que me dejaron muchas enseñanzas. Pero debo confesar que mientras más aumento mis saberes, menos certezas tengo. Una de las pocas certezas que me atrevo a defender es que nuestros hijos son lo mejor que tenemos. Que es lo que más felicidad nos produce. Verlos nacer. Verlos crecer. Y ni me quiero imaginar lo que debe ser verlos multiplicarse y hacernos abuelos. De eso saben algo mis viejos que esta semana cumplieron 67 años de casados. Esther y Mayor ya son ocho veces bisabuelos con Eliana, Ezequiel, Uriel, Yael, Yoav, Yonatán, Sofia y el Eitan.
Eso yo todavía no lo experimenté porque mi hijo Diego recién tiene 31 años y está tan enamorado como yo de la aventura de ser periodista. De utilizar este maravilloso oficio para conocer, para curiosear, para investigar y para acomodar a los incómodos e incomodar a los cómodos. Que Diego haya pasado de ser estudiante de periodismo a periodista respetado y valorado, me produjo una de las mayores felicidades de mi vida. Un yacimiento de alegría que ni sabía que tenía. Su nacimiento como hijo y su nacimiento como periodista es por lejos, lo mejor que me pasó en la vida. Es exactamente lo mismo que siente Silvana, su madre.
Casi todo lo demás son anécdotas. Van y vienen. Te dan energía o te quitan. Pero no son fundacionales como la relación entre los padres y los hijos. Ese vínculo es de acero.
Es una fábrica de esperanza inagotable. ¿Se puede explicar racionalmente esa felicidad? Es muy difícil pero para empezar creo que procrear, generar vida, aportar a la cavidad del amor de una pareja y prolongar la descendencia por los tiempos de los tiempos es en sí mismo el mayor de los milagros. No descubro nada ni pretendo descubrirlo. Digo que ese amor que se revela cuando ellos nacen es un manantial que desconocíamos hasta ese momento. El amor por lo hijos tiene una potencia inigualable. Uno es capaz de hacer cualquier cosa por ellos. Es lo único en la vida que se ama más que a nuestros padres o a nuestra pareja. Es lo único que se ama más que a uno mismo. Es uno mismo en el mañana. Sangre de nuestra sangre, vida cotidiana, gestos, genes. Verlos crecer es una felicidad cotidiana. Aprender a ser padre es una experiencia de una riqueza extraordinaria. Ensayo y error. Poner todo el amor pero sin asfixiar. Ayudarlo a cruzar todos los puentes pero sin cruzar por él. Empujarlo pero no reemplazarlo. Transmitirle valores con el ejemplo pero sin bajarle línea ni apelar a la moralina del dedito levantado. Yo siempre le digo a mi hijo lo mismo que mi viejo me dice a mí: “Cuidate, por favor, que si no te cuidas vos, quien te va a cuidar”. Es un ruego, casi un rezo. Un padre nuestro que estás en la tierra. Cuida a mi hijo, protegelo. Permitile crecer y permitime estar en la tribuna para alentarlo desde cualquier lugar. Permitime ver su crecimiento y ver su luz que me ilumina.
En el libro “Cuidate changuito”, contamos que mi fantasía es convertirme en una suerte de Guillermo Barros Schelotto y levantar los mejores centros para que él, convertido en su ídolo, Martín Palermo, los cabecee a la red. Y después darnos un abrazo de gol, que es lo más lindo de las tardes de Bombonera. A veces creo que ir a la cancha es una excusa para darnos abrazos profundos, emocionados. El desafío es ayudarlos a ser mejor que nosotros. Con más cabeza y más corazón. Con más ética y más sonrisas. Que sean valientes, generosos, divertidos, creativos y que aprendan a disfrutar intensamente los momentos de felicidad. Que sepa que se gana y se pierde. Que mucho, no todo, pero que mucho depende de nuestro esfuerzo. De los huevos que pongamos. De nuestro sacrificio. Son tiempos difíciles para ayudar a crecer a nuestros hijos. Son tiempos llenos de acechanzas y temores. Con muchos miedos. Miedo a que les roben, a que tengan un accidente, a que se droguen, a que se aburran y no encuentren su camino. Y este año nos sorprendimos con un miedo nuevo: al coronavirus. Y el miedo más terrible: a que no sea feliz.
Está absolutamente probado que las cosas materiales que les podamos regalar los van a poner contentos y van a estar muy agradecidos. Una pelota reluciente, una play, aunque sea usada, una bicicleta medio pelo, lo que sea, va a ser bienvenido por ellos. Los llenará de alegría. Pero la felicidad máxima es cuando nos entregamos nosotros. Cuando ponemos el cuerpo y toda nuestra piel. Cuando somos padres presentes. Y vamos al acto en la escuela donde hace de San Martín. Y nos disfrazamos de lo que sea en la fiestita del jardín. O cuando lo llevamos a los entrenamientos de fútbol o básquet o a aprender natación. Ese tiempo compartido vale oro. No tiene precio. Porque jugamos con ellos a juegos que inventamos juntos. Confieso que me gustaba leerle en voz alta y sobreactuando un cuento una y mil veces y solía dormirme antes que él, igual que cuando hacíamos luchitas arriba de la cama y yo me derrumbaba de cansancio.
Siempre digo que una mesa de ping pong en el medio del living me permitió medir el crecimiento de Diego. Al principio, mientras él aprendía yo me dejaba ganar de vez en cuando, para que no se desmoralizara. Después los partidos eran parejos, de hacha y tiza. Yo ganaba y daba la vuelta olímpica alrededor de la mesa y cantaba la marcha del deporte que la aprendió por eso. Y cuándo él ganaba, relataba el triunfo imitando el estilo de la radio dominguera. Pero jamás olvidaré cuando me dí cuenta que en determinado momento era Diego el que se dejaba ganar al ping pong para no humillarme. Me miré al espejo. Lo miré y dije: “O yo me estoy poniendo viejo o el changuito creció. O ambas situaciones”.
La navidad es muchas cosas según el cristal religioso, histórico y cultural con que se mire. Yo ya le dije que no soy muy creyente. Que soy más bien agnóstico como buen periodista, pero que admiro y hasta envidio a los creyentes. A la gente de fe. Pero creo que la Navidad en su primer y último contenido transmite el mismo valor y concepto del nacimiento. Del génesis, del comienzo. Por eso la navidad es tan fuerte, por eso conmueve tanto. No es un momento más en la vida de las personas. Es el comienzo de la vida, el nacimiento, el origen, no importa cuál sea la religión que profesemos si es que alguna vez profesamos alguna. Navidad es nacimiento y como le dije al principio no hay palabra superior ni mayor milagro. Ese gigantesco océano de amor interminable se resume en nuestros hijos. Que todos nuestros hijos, los de nuestra familia y los de nuestro país sean muy felices y que nazcan tantas veces como sea necesario hasta que sean felices. Ese es mi deseo para todos nosotros y para todos ustedes. Por eso brindo. Feliz Navidad, feliz nacimiento.