Es difícil elegir la metida de pata más grave de Alberto en los últimos días. Fueron tantas y tan insólitas sus declaraciones que muchos confirmaron que el presidente está muy perdido. De tantas desmentidas a sus propias palabras, de tanta mimetización con Cristina, parece que ya no sabe muy bien en donde está parado. Y sus seguidores no saben bien, hacia donde se dirige.
Éticamente, tal vez lo más complicado haya sido que Alberto se pasó tres horas en un programa de C5N, propiedad de Cristóbal López, a quien le acaban de hacer un traje a medida en una moratoria escandalosa y a quien le autorizaron a abrir un par de sus casinos pese a que todavía no volvieron las clases a las escuelas. “Timba si, educación, no”, se burlaban las redes. Y como si esto fuera poco, el presidente todavía no explicó con claridad su inexplicable factura por 436 mil pesos a Oil Combustible, la nave insignia de Cristóbal. Dio tantas vueltas que nos mareó a todos. Dijo que la hizo pero que no la cobró, que luego se anuló. Y Que bla, bla bla. Pero es un dinero muy importante por honorarios que todavía no pudo, no supo o no quiso aclarar. Y como si esto fuera poco, Alberto se negó a informarle a la Oficina Anticorrupción cuales fueron sus clientes en los últimos tres años. El jefe del estado se negó a aportar esos datos. No es delito, pero genera más sospechas y preguntas.
Entre las cuestiones bizarras que dijo Alberto, generó mucha indignación su definición sobre el distrito en el que vive. Dijo que esta ciudad “nos llena de culpa de verla tan opulenta, tan injusta y tan desigual, con el resto del país”. No se puede creer que un presidente sienta culpa por una capital a la que le va mejor que al resto. De hecho, Diego Santilli salió a contestarle. Le dijo que esas declaraciones “no suman, que hay que nivelar para arriba y que la ciudad es muy solidaria porque lo que produce es muchísimo más de lo que recibe por coparticipación federal” Un deliro del porteño Fernández que recibió una respuesta de absoluto sentido común. Alberto es una pieza clave para cumplir la orden de Cristina de disparar contra Horacio Rodríguez Larreta y tratar de convertirlo en un represor o en un segundo Mauricio Macri. Hace un tiempo, el presidente llamó “mi amigo” a Larreta que se sacó de encima ese abrazo del oso y dijo que sus amigos eran los que lo acompañaban a la cancha a ver a Racing. Alberto recibió los retos de los cristinistas y comenzó a llamarlo Horacio. Tampoco les gustó. En una forma demasiado compinche. Dicen que le están dando pasto a las fieras y potenciando la posible candidatura de alguien que puede ganar elecciones. Alberto aprendió, como buen alumno aplicado de la doctora y ahora lo llama “Horacio Rodríguez Larreta”. Vade retro, satanás.
El presidente da tantas vueltas que no da pie con bola. Un hombre inteligente debería haber dicho: “Siento vergüenza porque el peronismo al que pertenezco gobernó 29 años la provincia y 33 La Matanza y la convertimos en una llaga abierta de marginalidad, pobreza extrema, ausencia de cloacas, agua, asfalto, y llena de narcos y delincuentes”. La ciudad en donde menos gobernó el peronismo está entre las mejores y la capital del peronismo está entre las que sufren la más terrible exclusión social y clientelismo”.
Como si esto fuera poco Alberto, reveló que una carta astral que le acercó Vilma Ibarra le aseguró que está “predestinado a construir desde las cenizas”. La diputada Gabriela Cerruti mostró su algarabía al respecto: “Vamos que está Marte en Aires. Queremos conocer a la astróloga de Vilma”.
Esperemos que a la hora de tomar decisiones, el presidente formal, no confíe solo en la Astrología que, como si esto fuera poco lo desmintió a través de uno de sus grupos. “Astroanálisis” le explicó a Alberto que “los astros no predestinan, invitan continuamente al crecimiento, a la transformación y al cambio”. Nada nuevo esto de las desmentidas. Como le comenté, Alberto se desmiente a si mismo cotidianamente y encima ya son por lo menos seis los países que salieron a enmendar sus errores groseros. Diga que los búlgaros están con otras preocupaciones, pero podría haberle aclarado a Alberto que Kirstalina Ivanova Gueorgieva, la titular del Fondo Monetario es nacida en ese país y no en Hungría, como dijo el presidente.
Alberto Fernández está cayendo a pique en las encuestas y su palabra se fue devaluando más que el peso argentino. Debería hacer una pausa, reflexionar y recalcular su rol en este momento de la historia. Porque apenas pasaron 8 meses y ya muchos apelan a la ironía cruel para referirse a su cargo. Jorge Lanata lo llama directamente vicepresidente. Carlos Reymundo Roberts, lo bautizó “vice de la vice”. Alejandro Borensztein se refiere a Cristina como “la jefa de la Nación, temporariamente a cargo de la vice presidencia» y el humor editorial dibujado de Nik fue demoledor. Alberto está parado con una correa en su mano que sostiene a su perro Dylan que está echado a su lado. Hay dos observadores. Uno, mirando la escena dice: “Es la revelación: la mascota del año…” El otro, pregunta: “¿Dylan?”Y la respuesta es terrible: “No, el que está al lado, la mascota de Cristina”. La caricatura es un instrumento histórico de la lucha política y es muy difícil combatir contra las risas y las chicanas. Del ridículo no se vuelve, decía el general.
Pero hablando de Dylan. Aunque usted no lo crea el presidente contó por la tele que cuando estaba hablando con Kristalina, el perro se puso a ladrar en forma insistente. Y él le dijo a la búlgara que él creía húngara que “era un perro progresista y que por eso ladraba cada vez que él hablaba con el Fondo”. A la cucha, o al fondo, Dylan.
Le juro que me hizo acordar de la frase de Voltaire que dice “la política es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a los hombres sin memoria”. O a la frase marxista (de Groucho y no de Karl) de que “estos son mis principios y si no le gustan, tengo otros”.
Esto es lo más preocupante. El presidente parece confundido. En medio de las prohibiciones de participar en reuniones sociales, Alberto confesó que iba a almorzar con la gente que quería. Uno podría haber pensado en su esposa y su hijo. Pero Fernández cometió el sincericidio de agregar que si contaba con quien iba a comer, se llenaría de gente la puerta de la quinta de Olivos. Es que la semana pasada, fue muy repudiada su foto con la familia de Hugo Moyano en Olivos, sin barbijos, sin distancia social y sin escrúpulos.
De todos modos el bochorno más grande surge de la reforma judicial. Porque en 15 minutos, entre gallos y medianoche los senadores de Cristina crearon más de mil cargos para traficar votos con los gobernadores e intendentes y mañana en diputados puede haber un choque institucional de magnitud. Sergio Massa pretende avanzar con las sesiones virtuales pese a que el acuerdo al que habían llegado por unanimidad ya venció. Otra vez se quieren llevar todo por delante. No se respetan ni los reglamentos y las normas más elementales de convivencia en el Parlamento. “Un chiquero”, como lo definió el diputado Mario Negri.
Y Alberto dijo que la oposición debería votar con las dos manos esta reforma que según Cristina no es reforma: “Para que tengan la garantía que nosotros no le vamos a hacer a ellos lo que ellos nos hicieron a nosotros: perseguir y encarcelar opositores”. No queda claro a que opositores se refería Alberto. ¿A Cristóbal López el dueño de casa y su cliente? ¿A José López? ¿Al Pata Medina? ¿A Ricardo Jaime? ¿A Amado Boudou? ¿Cuáles son los delincuentes encarcelados que Alberto considera presos políticos perseguidos? Sería bueno que lo diga. Y si no lo recuerda que le pregunte a algún astrólogo que viva en esta ciudad opulenta, en alguno de los barrios donde viven él y Cristina: Puerto Madero y Recoleta, muy lejos de La Matanza. Muy lejos de sus responsabilidad, de sus culpas y del sentido común. Alberto estuvo perdido en lo de Cristóbal. Si alguien lo encuentra, que le avise a Dylan.
Luther King sigue luchando – 28 de agosto 2020
Los misterios del destino decidieron que hoy, a 57 años de aquél acontecimiento histórico, y en el mismo lugar, una multitud volviera a congregarse para repudiar todo tipo de racismo y de violencia discriminatoria. Esta vez, la convocatoria fue de Martin Luther King III, el hijo de aquel prócer que instaló para siempre el corazón de su discurso que decía “Yo tuve un sueño”. Frente al monumento de Abraham Lincoln, hubo varios oradores que les rindieron homenaje a Jacob Blake y a George Floyd y exigieron justicia para ellos y su memoria, y condena para los policías criminales que los atacaron.
Justo ayer le comenté a Juan Bindi que algo de gran magnitud se estaba gestando en Estados Unidos con las protestas contra el racismo. Las imágenes de lo que pasó con Jacob Blake fueron horrorosas y empujaron a la rebelión social. Jacob sale de su casa, va hasta su camioneta gris ante 4 policías. Es una escena en un barrio tranquilo, de casas bajas en Kenosha, Wisconsin. Jacob sale en ojotas, musculosa y bermudas. Abre la puerta de su vehículo y al agente federal, blanco, Rusten Sheskey le mete siete balazos por la espalda. Increíble. Estremecedor porque además, esa locura se produce delante de sus tres hijos. Jacob salvó su vida de milagro, está lucido, pero jamás podrá volver a caminar. Esta salvajada desató una ola de protestas, conflictos e incidentes de todo tipo. En la calle y en lo simbólico. La mega estrella del básquet de la NBA, LeBron James lideró los reclamos. Varios equipos se negaron a jugar. Eso desató un efecto dominó al que se sumaron muchos equipos y muchos deportes, no solo los Angeles Lakers. El béisbol, el tenis, el fútbol. Por lo que significa el deporte, para practicarlo y para verlo en la cancha o por televisión, se produjo casi una revolución. El país se estremeció. Tanto que Donald Trump, el presidente, el mismo día en que lanzaba su campaña para la reelección, trató a los jugadores de la NBA de “tontos y desagradables” y por supuesto echó más nafta al fuego.
Algo se está gestando en Estados Unidos. Trump polarizó tanto la sociedad que hay un gigantesco movimiento por los derechos civiles que está en su contra y que va a votar en su contra.
Hoy a 57 años de aquel acto, el hijo de Luther King vió como llegaban océanos de gente, con barbijo, con remeras que dicen (Las vidas negras, importan) y desbordaban el Parque West Potomac, junto al National Mall. La policía de Washington se limitó a tomarles la fiebre a los manifestantes y a ordenar las columnas. Estaba en el escenario el reverendo Al Sharpton, el mismo que ofició la misa de despedida de George Floyd, en el cementerio. ¿Se acuerdan de Floyd? Su asesinato también abrió las puertas de disturbios callejeros de los más importantes de los últimos tiempos. Una insurrección de broncas y exigencias. Derek Chauvin, un policía blanco de Minneapolis le clavó su rodilla en el cuello a Floyd durante casi 9 minutos, mientras lo tenía en el suelo, dominado. Los videos de la justicia comprobaron que Floyd pidió clemencia durante 20 veces y pronunció esa frase que luego se hizo consigna en los carteles y las remeras: “No puedo respirar”. LeBron James empezó a decir que los negros tienen miedo y muchos deportistas se arrodillaron antes de los partidos, cuando sonaba el himno norteamericano.
Todo tipo de discriminación y odio racial me lleva siempre al lado de las víctimas. Es la denigración más grande de la condición humana. Por eso siempre destaco a aquel Martin Luther King que hoy volvió y fue millones y estuvo presente en el emblema de su hijo.
La vigencia de sus ideales y su conciencia social nos dicen que Martin Luther King no murió. No solo porque vive en el corazón del pueblo negro de todo el planeta. También porque jamás podría haber sido elegido un Presidente como Barack Obama en los Estados Unidos si Luther King no hubiera entregado su vida a la lucha contra todo tipo de discriminación.
Martin tenía un grave problema: era negro. Se dio cuenta enseguida, apenas comenzó a caminar las hostiles calles de Atlanta en Georgia. Martin era hijo y nieto de predicadores bautistas y eso, tal vez, lo ayudó a encontrar su camino para anunciarle al mundo que la discriminación y el odio racial eran de los pecados más grandes y más mortales. Porque muchos de sus hermanos negros eran asesinados cruelmente, como George Floyd. Habían llegado como esclavos, y seguían siendo esclavos en los algodonales del sur.
Un día Martin en su seminario leyó un texto que fue como una iluminación. Se reveló ante sus ojos el pensamiento revolucionario y no violento del Mahatma Ghandi y enseguida salió al mundo a predicar a favor de la igualdad racial y social con un arma que creía imbatible: la palabra. Siguió la tradición de predicador de su padre y su abuelo pero salió de las iglesias y se desparramó por los barrios y los guetos de la marginalidad. Se convirtió en una suerte de Ghandi negro.
En poco tiempo Martin pasó a ser Martin Luther King, el rey de la resistencia activa y pacífica. Su figura imponente marchaba por las calles con pancartas de protesta. Se sentaba en las avenidas.
Un día, una costurera lo marcó para siempre. Era negra pero se llamaba Rosa, Rosa Park. Volvía de su trabajo con la espalda quebrada de tanto coser horas y horas y se quedó sentada en el colectivo. No le dio el asiento a un blanco como era obligación en Alabama y muchos otros estados hasta ese momento. Aunque usted no lo crea los negros no podían ir a las mismas escuelas o los mismos baños que los blancos. La idea de que los blancos eran superiores no solamente pudrió la cabeza podrida de Hitler. La Rosa negra, la costurera que dio el buen paso, Rosa Park se negó y por lo general cuando uno se niega a lo establecido desata una pequeña revolución. Porque le dice que no a la injusticia. Su cuerpo se quedó sentado pero su dignidad se puso de pié, erguida y desafiante. Cuestionó una orden, una reglamentación del tiempo de las cavernas.
La Rosa negra fue encarcelada por semejante desafío a la autoridad blanca. Y Martin Luther King y sus muchachos iniciaron un boicot feroz contra el transporte público hasta que un año después los soberbios fascistas se dieron por vencidos. El histórico capo autoritario del FBI, Edgard Hoovert persiguió a Martin por cielo y tierra. Lo acosó con fotos y pinchaduras de teléfonos. Martin fue detenido pero gracias a la intervención de John Fitzerald Kennedy fue liberado. Los nazis del Ku Klux Klan pusieron una bomba en la casa de Martin. ¿Y el cómo reaccionó? Salió a poner la otra mejilla. Como un Jesucristo negro. El Ku Klux Klan, es la organización más repugnante y nefasta que propone la supremacía de la raza blanca. Trump los sedujo con las promesas xenófobas: La construcción del muro contra los mexicanos, la prohibición de ingreso a los musulmanes, la deportación de 11 millones de inmigrantes y tanto racismo multiplicado. Una web fascista de Andrew Anglin le rogó a Trump que “hiciera nuevamente blanco a los Estados Unidos”.
Pero Martin que se agregó Luther en homenaje a Lutero, el reformador de la iglesia católica, se recibió de mito un día como hoy hace 57 años. Más de 250 mil personas marcharon sobre Washington y el mundo se conmovió.
Aquel discurso es una pieza literaria memorable cargada del mejor de los combustibles llamado esperanza. Esa bandera hecha de palabras anunciadoras de los nuevos vientos dijo: “Yo aún tengo un sueño de raíces profundas. Todos los hombres han nacido iguales. Y sueño que un día, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, puedan sentarse juntos en la mesa de la fraternidad”. Aquel día, hace más de medio siglo, un tal Barack Obama comenzaba a ser el primer presidente negro de los Estados Unidos. Martin mostró su sabiduría cuando dijo: “Nadie se nos puede subir encima si no encorvamos la espalda”. Otra:
“Tendremos que arrepentirnos en esta generación, no tanto de la gente perversa, sino de los pasmosos silencios de la gente buena”. De hecho el racismo no terminó como se confirma con los casos de Floyd y Blake. Por eso hoy fue tanta gente a levantar nuevamente el sueño de Luther King.
La ultraderecha utilizaba caretas de mono para burlarse del presidente Obama. La desocupación entre los afroamericanos es el doble que la de los blancos y en Europa está infectado de «Lepenes» musolinianos.
El presidente Lindon Johnson en 1963 accedió a las exigencias de Martin y proclamó la ley de derechos civiles. Lo invitó a ese acto por la igualdad de todos. Una de las calles principales del Harlem lleva su nombre aunque se cruza en todo el sentido de la palabra con Malcom X, otro líder negro pero con metodología violenta y combativa.
Luther King recibió el premio nobel de la paz. Pero Martin se recibió de mártir en Memphis, Tenesse, un 4 de marzo de 1968. Iba a sumarse a una protesta de los basureros. Salió del hotel a las seis de la tarde y una maldita bala de fusil se le clavó en la yugular. Su asesino, un fanático segregacionista fue atrapado con un pasaporte falso cuando intentaba huir a Canada. Le dieron 99 años de cárcel.
Martin Luther King pasó a ser una leyenda con solo 39 años. Su vida dejó de ser, pero sus ideas se quedaron a vivir para siempre y se derramaron por el planeta. El predicador predicó con el ejemplo. Paz, resistencia y palabras contra el odio, la discriminación y las armas. Martin se había dado cuenta al poco tiempo de nacer que tenía un grave problema: era negro. Aquella tarde negra fue asesinado por ser negro. Y el cielo se puso negro y las lágrimas también.
Un siglo de radio – 27 de agosto 2020
Llegamos. Todos juntos, llegamos. Ustedes y nosotros. Los que estamos de este lado y los millones que están del otro lado del micrófono. Llegamos.
Hoy se cumplen 100 años desde que “los locos de la Azotea” lograron salir al aire por primera vez. Nuestra querida radio Mitre cumplió 95 años hace apenas 11 días. Me gustaría rendirle mi humilde homenaje a este milagro de la comunicación que lleva un siglo de vida y cada día está más joven.
El tiempo pasa. La radio es esa cultura de la Spica con olorcito a cuero para escuchar los goles en la oreja y monitorear a los relatores de la mano de mi viejo, mientras íbamos a la cancha a ver a Talleres. O la Tonomac Platino Siete Mares que fue la primera internet que tenía dial en lugar de mouse y que nos permitía navegar por un mundo que nos devolvía interferencias y frituras en todos los idiomas. O ese suave calorcito que largaba la válvula por los parlantes de la radio Capilla de la abuela. O el walk man clavado en las orejas en pleno supermercado o el radio despertador que nos acribilla con la temperatura y en su momento, con los hectopascales. ¿Se acuerda? O la que viaja en el auto y es compañía en la ruta o en laburo, o la que está en el living como si fuera la tele o en la cocina como si fuera el microondas o en el baño, ¿Por qué no? Mientras nos enjabonamos las noticias. Y la modernidad del podcast para escuchar cuando uno quiera y donde quiera.
Hoy la radio es cada vez más un ícono en la red de redes que con un click en el real audio o en el celular te permite saber desde Lieja en Bélgica que calle está cortada y que semáforos no funcionan en el centro de Buenos Aires. La primera vez que llevé a mi hijo a una radio miró medio aburrido para todos lados y con sabiduría infantil dijo: “Pá: esto no es una radio, esto es un edificio”. ¡Cuánta razón tenía Dieguito en aquella época¡¡¡
Hay algunos que confunden la radio con el lugar físico en donde funciona. Con estas paredes llenas de historia. Con estos micrófonos que no perdonan. Con esa luz roja que tanto temo y que tanto quiero, con aquella vidriera que nos muestra operador al Pepo Colodrero que tiene una hermosa costumbre: las primeras palabras que me dice, todos los días es un deseo: “Buen programa” y arranca. A veces no está Pepo y llega Dana, Emanuel, Lucas, el gran Bonello, Gaspar, Oscar Ruiz siempre con ganas, Adrián, el jefe, y Juan Pablo. Ellos nos lanzan luces de advertencia y nos dicen, ojo que venimos. O nos gritan: “Aire”. Atrás hay otros compañeros que producen todo el contenido, cortan audios y llamaditos telefónicos, buscan entrevistados y noticias. Allí está Mariana, Nacho, Andy y sus twiters y la mirada sabia de Marta Lamas e incluso celebramos que Marina, la hija del Chaucha Bianco, uno de los más grandes productores de radio que conocí, hoy juegue en este equipo.
¿Eso es la radio?
Algunas sillas, una mesa, la ceremonia del mate. ¿Eso es la radio? De ninguna manera, la radio no es un hecho inmobiliario.
Entonces, ¿Qué es la radio? La posibilidad de transmitir palabras y músicas a través de ondas hertzianas, micrófonos, ecualizadores, una consola de sonido, casseteras, compacteras, mini disc y compus que despachan publicidades grabadas, una antena gigantesca, híbridos y del otro lado un aparato más grande o más chico que recibe todo eso. Dígame la verdad, ¿Eso es la radio? De ninguna manera, la radio no es un hecho electrónico.
Y entonces, ¿Qué es la radio? ¿Porque se habla tanto de ella? ¿Por qué algunos tontos la tratan como una hermanita menor si tiene un siglo de vigencia absoluta a pesar de tanto cambio tecnológico, tanto mail, tanto tuit, Instagram o Facebook, celulares o cámaras HD? ¿Por qué sigue ocupando un lugar tan destacado, creíble e irremplazable? Ni el cine ni la tele, ni la poderosa internet pudieron con la radio. Todo lo contrario, la radio se sirvió de todos ellos para llegar antes y mejor. Para ser más radio.
La radio es como la cigarra de María Elena Wash. Tantas veces la mataron, tantas desapareció, a su propio entierro fue y sin embargo esta aquí, resucitando.
Muchas veces la gente que visita la radio sale un poco desilusionada como mi hijo aquella primera vez. Seguramente espera ver decorados, tarimas, escenografías, telones, noticias viejas, risas nuevas, disfraces, dragones y hasta algún que otro mago. Pero no. No encuentra nada de eso. Solamente unas cuantas personas en el centro de una habitación hablándole con gestos y ademanes a un fierrito que no sabe, no contesta. Los que no hablan en ese momento hacen todo en cámara lenta y se mueven como si la gravedad no existiera. Parecen locos que caminan por la luna. Juegan a dígalo con mímica, escriben grande en los papeles los nombres muy famosos o muy desconocidos de los entrevistados y tratan de leer los portales en la notebook o sin que el papel haga ruido y se escape por el micrófono.
Evidentemente la radio no está allí. El edificio, la tecnología y las personas no alcanzan para hacer una radio. Muchos señores amantes de la razón pura creen que sí. Creen que con todo alcanza y sobra y se equivocan. Ni siquiera es televisión pero sin imagen. La radio se completa con la imaginación de ambos lados. Los que piensan así no tienen una radio. A lo sumo un gigantesco altoparlante, un altavoz que llega lejos. Eso tienen… pero de ninguna manera tienen una radio.
Para definir una radio es condición fundamental haber leído el principito para comprender que lo esencial es invisible a los ojos. Es el único lugar donde no hacer falta ver para creer. Desmiente ese dicho de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Acá es al revés. Si hay una verdadera radio, ojos que no ven, corazón que siente mucho. Por eso quien visita una radio no ve nada importante pero allí hay cosas importantes. Por eso la radio se escucha, pero sobre todo, se siente. La radio es esa carta pidiendo ayuda para una familia inundada que genera una catarata solidaria. Es esa convocatoria a la esperanza que hacemos con la buena noticia. ¿Usted ve la solidaridad y la esperanza? Por supuesto que no, pero la siente. La puede palpar y compartir. Igual que la alegría que desborda cuando nos equivocamos y nos tentamos o alguien nos cuenta que recibió esa ayuda y esa hermandad que pedimos al aire. Ese nudo en la garganta que se siente acá, ese cosquilleo en el pecho que mezcla las risas y el llanto, ¿Cómo se llama ese clima intangible? Radio, eso se llama radio.
La radio es esa señora que pide un bolero de aquella época porque es su aniversario de casamiento y quiere homenajear al hombre que la acompaña desde hace tantos años y le cocina un guisito de ternura, compra un vino especial y la mujer que al amor no se entrega no merece llamarse mujer. ¿Cómo se llama ese clima romántico? Radio, ese clima se llama radio.
Sin estas cosas usted tendrá muy buena información, o el coraje de una opinión jugada, pero no tendrá radio. La radio es la que siempre llega primero, es la primera versión del periodismo que a su vez es la primera versión de la historia. Por eso la radio hace historia todos los días.
Sin esos climas, sin esos temblores, sin esas fantasías, usted tendrá algo honorable y muy útil tal vez, pero que no se llamará radio.
La radio es Cacho Fontana o Antonio Carrizo, Bravito, Mateyko o Badía. La radio es Mareco y el negro Víctor Brizuela y Fioravanti o el Gordo Muñoz. La radio es Pepe Eliaschev y Magdaena Ruiz Guiñazú. La radio es Longobardi y Lanata. Nico Wiñasky y su viejo. Mi hijo Diego y María Isabel Sánchez con Rolo, y Tato y las recetas de sabiduría del doctor Lopez Rosetti o Cormillot. La radio es Mitre informa primero y las gargantas de oro de Trichi y Marcelito Elorza. Las risas, los PNT y las campanitas de Natalia López, Andres Estévez Mirson, Marcela Labarca, la Negra Verón o Mariel Di Lenarda. Eso es la radio. ¿Cómo está la calle, Willy? Las historias de Cristina Pérez. El pase con tonada con Pablo Rossi o el periodismo puro de Mercedes Ninci. La rigurosidad de Gonzalo Sánchez, las caricaturas de Nacho Bulián, la urgencia de Jorge Moure… y tantos hermanos que no los puedo nombrar porque estaría toda la tarde.
Un equipo de radio, un verdadero dream team que me acompaña con Marcela Giorgi, Federico Andahazi y Juan Bindi. La radio es mi amigo Jorge Fernández Díaz sembrando literatura y coraje por las noches. La radio sube desde el pié y baja la escalera con Corda, Porta y Valeri.
La radio es el aire libre que todos respiramos. La radio es estar en el ring side de la vida como dice Magdalena Ruiz Guiñazú. Es un lugar de riesgo y audacia para caminar por el alambre. La radio es el teatro de la mente o el teatro sin imagen como me dijo ese genio del Negro Hugo Guerrero Martinheitz.
Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de la radio en el teatro Coliseo de Buenos Aires con la música de Parsifal.
A esta hora exactamente hay millones de aparatos encendidos buscando una radio, sintonizando un síntoma, un aroma, un color en las ondas. Cuando esos aparatos encuentran una radio difícilmente se vayan. La consideran un miembro más de su familia. La quieren y la insultan. Discuten con ella, la abrazan, piden temas musicales, piden que le pasen sus mensajes, protestan, elogian, piden soluciones que no tenemos, aportan ideas. La gente interactúa con la radio como con ningún otro medio. Van y vuelven. Pasan de receptores a emisores. De oyentes a auditores. Miran la radio conmovidos como quien mira la vida.
Fernando Bravo, uno de sus reinventores dijo que la radio es en vivo y en directo, va a domicilio, es gratis, no se suspende por mal tiempo y está atendida por sus propios dueños.
Cuando uno encuentra una radio se da cuenta de inmediato. Porque lo siente acá. En el pecho y sabe que es un lugar en el corazón y en el cerebro donde se cruzan la emoción, la imaginación y la solidaridad.
Eso es la radio. O por lo menos creo que en esa radio creo. En ese milagro cotidiano llamado radio. Llegamos. Un siglo de radio. Por cien años más.