Parece mentira que haya pasado tanto tiempo, pero es una cruel realidad. Hoy se cumplen 5 años de la muerte del querido Daniel Rabinovich. Fue uno de los pilares de esa joya cultural llamada Les Luthiers. Pero fue mucho más que eso. Amaba tanto la vida que hizo de todo, todo lo que pudo. Fue músico, actor, humorista, escritor, escribano, violinista, guitarrista y ejecutante de otros 20 instrumentos, folclorista, campeón de billar, coleccionista de autos, aficionado al bridge, pero imbatible jugador de truco, un asador de fuste y un esporádico piloto de helicópteros.
Nada de lo humano le era ajeno. Hizo todo eso y lo hizo bien, en 71 años. Su madre ejecutaba el piano y su padre era un amante del tango y un jurista apasionado que supo defender a Hugo del Carril y Tita Merello.
En su DNI decía que era Daniel Abraham Rabinovich Aratuz, pero ese no fue el apellido verdadero de su bisabuelo paterno que era rabino. Por ese motivo, no hizo el servicio militar y no lo dejaban salir del país. Hablamos de Besarabia (hoy Moldavia) y para poder viajar a la Argentina compró un documento de un señor que había fallecido apellidado Rabinovich. Así entró a nuestra tierra, así huyó de la persecución. Su verdadero apellido era Halevy.
Lucía Mundstock, hija de Marcos, otro de los cimientos del grupo, escribió algo conmovedor cuando falleció su padre: “Les Luthiers no muere con ninguno de sus integrantes. Les Luthiers es inmortal”.
Eso es cierto. Pero nadie puede negar todo lo que extrañamos a Marcos y a Daniel.
Hincha de Independiente, estaba en la Facultad de Derecho de la UBA, pero fue a la de Ingeniería para sumarse al coro. Allí conoció a Gerardo Masana y al resto de los integrantes de ese equipo de los sueños de artistas. Ese fue el origen de la leyenda luthiers que ya superó largamente el medio siglo.
Susana, su esposa, su amor, su cómplice y su todo, le dio a Pablo Mendelevich la grata tarea de escribir una historia conmovedora con testimonios de sus amigos y familiares. Ese libro se llama “Neneco”, como le decía su familia y sus amigos más íntimos.
En la presentación del libro hablaron sus eternos compañeros y nos hicieron lagrimear por la ausencia y reírnos con los recuerdos de su presencia. Los corazones de Inés y Fernando, los hijos de Daniel y Susana, vibraron de otra manera. Es que el talento de Rabinovich sembró carcajadas y recogió lealtades. Extrañamos tanto a Daniel porque fue pasión y talento pero, sobre todo, un ser humano sensible y solidario. Carlos Nuñez Cortes contó que en Vigo, mientras se trasladaban al hotel, su representante les comentó: “¿Ven esa cola?” Era de noche y el frío español calaba los huesos. La fila era larga y ordenada. “Es gente que está esperando que mañana abran la boletería para sacar entradas para ir a verlos al teatro”. Se quedaron mudos.
Al rato de instalarse, Daniel golpeó la puerta de la habitación y le dijo a Carlos: “¿Y si le llevamos café a la gente que está en la cola?”. El café se terminó en dos segundos. Pero el afecto de la gente duró un buen rato. No podían creer que sus ídolos estuvieran allí en plena calle y madrugada tratando de que se les hiciera menos sacrificada la espera. Así era Daniel. Pero esa era una sola parte de su personalidad. Era coleccionista de cuchillos, vinos y sacacorchos, pescador de tiburones, actividad que compartió con su admirado Astor Piazzola y dueño de una voz de ángel, según su maestra de canto. Además era creativo, divertido y profundamente carismático.
En el libro, su autor y su familia tuvieron la gentileza de hacer referencia a una columna que yo dije en este mismo horario y en este mismo micrófono cuando se cumplió un año de su fallecimiento. Agradezco estar aunque sea con un humilde testimonio en semejante biblia de la buena vida. En aquel texto yo trataba de descubrir el secreto de Daniel Rabinovich. Porque lo extrañamos tanto. Decía más o menos así:
Creo que el gran secreto del talento de Daniel es que nunca dejó de ser un chico. Que se divertía y disfrutaba de la vida con esa mirada limpia e inocente que tienen los pibes. Y simultáneamente pensé en que para los chicos que están enfermos, no hay mejor regalo que las sonrisas. El humor suele ser el mejor de los remedios. Está comprobado científicamente.
Hace cinco años que los argentinos tenemos una sonrisa menos y un agujero negro más en el alma. La muerte de Daniel Rabinovich nos dolió en todo el cuerpo porque era un argentino genial en sus capacidades musicales, humorísticas y personales. Amigo de Serrat, del Negro Fontanarrosa, y de Magdalena Ruiz Guiñazú. Fue un admirador de Raúl Alfonsín y un defensor permanente de la democracia, la libertad y los derechos humanos. Tuvo la generosidad de presentar mi libro anterior y leer un texto que yo había escrito sobre el desgarro de la AMIA.
Hizo televisión, publicidad y cine dirigido por Juan José Jusid y David Stivel, entre otros. Un periodista de la revista Panorama comparó sus características con Peter Sellers pero Neneco, orgulloso decía “es una exageración” Se recibió de Notario, un escribano que no fue otario fue notorio y también notable.
Daniel, tenía la estatura intelectual suficiente para componer melodías, parir letras y carcajadas y sentarse a escribir literatura que tal vez, era lo que más disfrutaba junto con los asaditos y jugar al dominó. Con Jorge Guinzburg, Marcos Mundstock y Tato Bores tal vez se diputen en el cielo de la alegría el título de haber sido el Woody Allen argentino.
Una vez en un café me confesó que habían invitado a Les Luthiers al festival de Cosquin y que eso le despertaba más temor que actuar en el Colón como lo hicieron varias veces. Yo me atreví a decirle que la Plaza Próspero Molina se iba a poner de pié para aplaudirlos y rendirles homenaje a su talento tan argentino y que tan bien pintaba su aldea. Casi le rogué que aceptaran treparse al escenario Atahualpa Yupanqui. Sabía además del amor de Daniel y sus compañeros por el folcklore. Muchas veces se dieron el gusto de cantar nuestra música criolla en serio y en broma. De chico, Daniel admiraba como tocaba la guitarra, Ernesto Cabeza, integrante de Los Chalchaleros y armó un conjunto a su imagen y semejanza que bautizó “Los amanecidos”. Un día me llamó por teléfono y me dijo que me querían invitar a compartir desde el escenario su actuación en Cosquín. Jamás olvidaré aquel espectáculo maravilloso que yo observaba tras bambalinas. Yo miraba de frente a esas 12 mil personas que desbordaron las localidades y las espaldas de los maestros del humor de calidad que jamás cayó en la grosería ni el golpe bajo. Ellos estaban con sus ponchos blancos, felices entre las chacareras y las vidalas. La primera vez que hablé con él fue por teléfono. Llamó a la radio y me dijo cuatro palabras: “Que huevos que tenés”. Yo acababa de decir una columna fuerte y descarnada contra algún gobernante ladrón. Daniel Rabinovich fue una de las personas más inteligentes que conocí en mi vida. Disfrutaba como un chico de cada momento. Fue una pieza clave de Les Luthiers. Ellos podrían haberse quedado en el humor inteligente para pocos, en el elitismo culturoso. En esa actitud de algunos presuntos intelectuales que se creen que mientras menos gente va a verlos más geniales son. Nunca fueron sectarios ni excluyentes. Supe como llenaron la cancha de fútbol del Sevilla en España y de esa vocación por buscar la felicidad del pueblo a través de la risa. Uno sabe que Daniel volverá y será millones de carcajadas.
La ética fue el soporte para ejercer su tarea creativa. Ganaron todo el dinero que se merecen por su trabajo, pero nunca cedieron a la tentación de la máquina de chorizos, de caer en el mercantilismo trucho que todo lo traduce a dólares y destruye el arte. Se respetaron a sí mismos y nos respetaron a nosotros.
Tenían y tienen una ley interna que era sagrada: la ley del no jodás que se basa en el principio de la incomodidad respetable. Un teorema científico que dice así: cuando a alguno le jode demasiado que lo jodamos un poco no lo jodamos ni siquiera un poco porque sería joderlo demasiado. Brillantes, brillaron en el Lincoln Center de Nueva York. Me pongo de pié para abrazarlos y acompañarlos a 5 años de aquella pérdida a mis admirados Les Luthiers.
Querido Daniel, parece mentira, hace 5 años que te extrañamos. Nos falta más gente como vos que quiera jugar y nos sobran mediocres que solo quieren odiar. Un niño nunca pierde la capacidad de imaginar ni de jugar. Y eso nos define como seres humanos. Es mentira que Daniel no está. Se lo puede encontrar en la alegría de cada pibe, en la sonrisa de cada argentino. Rabinovich significa hijo de Rabino. Y Rabino significa maestro. Eso fue, es y será Daniel, un maestro de la vida y de la alegría.
Brandoni contagia esperanza – 20 de agosto 2020
El martes, en mi programa de TN, Luis Brandoni confesó un dolor que lleva en el alma. Quise saber que sentía frente a esas despreciables declaraciones de Ricardito Alfonsín. El embajador de Cristina en España, dijo que el banderazo patriótico había sido una expresión de la derecha que solo cree que hay democracia cuando se practican políticas neoliberales. Brandoni respiró profundo y dijo que nunca quiso criticar en público al hijo de su admirado padre refundador de la democracia. Pero que esta vez se había pasado de la raya y que le daba mucha pena su postura.
Brandoni, con 80 años recién cumplidos, se mueve como un joven apasionado en defender los principales valores de la democracia y la libertad. Le pone el cuerpo y la cara a las convocatorias. No se vende ni se calla. Tiene convicciones profundas, y unos huevos del tamaño del Congreso de la Nación. Porque esa actitud, le ha multiplicado el amor de las multitudes pero, simultáneamente, el odio de los fanáticos. Con tristeza, confesó que esta fractura social expuesta le hizo perder amigos de toda la vida. A todos nos pasa lo mismo. Y encima, salieron a castigarlo, algunos personajes que no están a su altura ética ni profesional.
Un muchachito aprendiz de político llamado Carlos Bianco fue feroz. El jefe de gabinete de Axel Kicillof, en lugar de gestionar mejor la provincia, que desborda de contagios del virus, de robos y asesinatos incluso de la policía a su cargo, intentó burlarse de Brandoni diciendo que terminaba su carrera política, abrazado a un flota-flota. Es el mecanismo que utilizó Brandoni para marchar y armar una especie de corralito que mantenía la distancia social, como corresponde. Bianco, que solamente acusa peso en la balanza de La Cámpora y todavía no jugó nunca en primera, tal vez no sabe que Brandoni contagia esperanza y está abrazo a millones de argentinos que lo consideran un verdadero héroe social. Porque enarbola sus convicciones y no tiene un gramo de especulación. Su protagonismo no tiene ningún interés personal. Podría quedarse en su casa a disfrutar las mieles del éxito que tuvo y tiene en todos los planos. Pero elige ser más ciudadano que nunca y comprometerse por sus ideales aunque eso no le traiga ningún beneficio personal.
Beto Brandoni, a esta altura, es un prócer de la cultura y la libertad. Es un canto a la honradez republicana y a la democracia. Y por supuesto, es uno de los más grandes actores argentinos de todos los tiempos. Ya está en imprenta un libro con sus memorias. Quiere transmitir sus experiencias que son riquísimas desde el plano actoral y desde su militancia histórica en el radicalismo. El libro se titula “Antes de que se me olvide” y tiene dos prólogos, de dos gigantes del cine, la tele y el teatro: Sergio Renán, quien dirigió “La tregua”, la primera película argentina nominada como mejor extranjera para un premio Oscar y Juan José Campanella, que con “El secreto de sus ojos” ganó el Oscar. Como la primera parte del libro se escribió hace varios años, Renán pudo escribir ese texto antes de morir en el 2015.
Beto está esperando que termine el infierno de la pandemia porque tiene tres proyectos que lo apasionan. Que salga el libro a la calle, de una vez por todas, la fiesta de su cumpleaños que tenía preparada en el Club Alemán para lo cual ya había pagado un anticipo del 50% y el estreno de “El acompañamiento”. Tenían todo listo y se vino la cuarentena. La escenografía y los ensayos que funcionaron como relojitos. “El acompañamiento” no es cualquier obra. Es una genialidad de Carlos Gorostiza que subió a escena como un grito de gran resistencia a la dictadura en “Teatro Abierto”. Gorostiza fue el primer secretario de cultura de Alfonsín cuando recuperamos la democracia.
Pero es muy difícil olvidar a Parque Lezama. Es un ejemplo de exportación no tradicional. Son contenidos nacionales de la industria cultural llevados al exterior con un éxito tremendo. Eso es trabajo argentino, creatividad y valor agregado. El debut de la obra de Juan José Campanella en el teatro “El Fígaro” de Madrid dejó a todos los espectadores de pie, devolviendo una ovación de agradecimiento a los actores y a todos los que hicieron posible esta maravilla que, en Argentina, tuvo 800 representaciones.
Luis Brandoni sobre las tablas se transforma en un manual del que cualquier actor puede aprender. Su personaje de León Schwartz, que dice haber sido del Partido Comunista en su juventud, es un compendio de frases dichas en los momentos justos, de gestos mínimos pero que lo dicen todo y de inflexiones que nos conmueven desde las lágrimas hasta la risa.
Brandoni celebra porque dice que su actividad, es una de las pocas artesanales que quedan. El teatro se hace igual que hace 3.000 años y todavía no se inventó un botón o una inyección que les ayude a aprender la letra y los movimientos en la escena. Pero el rol que jugó Beto en este último banderazo y en aquella multitudinaria y esperanzada marcha del 24-A, también lo colocó en un lugar de referencia. Brandoni, ya fue distinguido como ciudadano ilustre de la ciudad y la provincia hace tiempo. Pero creo que se ganó largamente la condición de ciudadano ilustre de la República y la democracia. Y no lo digo solamente por esos videos que con su emoción, ayudó a movilizar a tantos argentinos preocupados el avance de la cleptocracia y el chavismo K. Lo digo por su trayectoria impecable como Actor de la Nación, como dirigente sindical valiente y perseguido por la dictadura y como ex diputado del radicalismo que hizo honor a la honradez de presidentes como don Arturo Illia o Raúl Alfonsín.
Adalberto Luis Brandoni nació en el Dock Sud, en el empedrado y con los sonidos de bandoneón arrabalero de los conventillos. Por eso es tan tanguero y miembro de la Academia del Lunfardo.
El destino le puso dos marcas que luego tomaron vida. Su casa estaba en la calle Leandro Alem y con el tiempo, él también fue orgulloso integrante de la Unión Cívica Radical. Pero en los cines de barrio, el “Selec” y el “Eden”, se enamoró de esa pantalla gigante y dedicó su vida entera a dignificar el oficio de actor.
Arrancó con los mejores y los que hicieron de la ética una bandera: en la Comedia Nacional Argentina dirigida por Luisa Vehil. Los argentinos decentes y democráticos le debemos mucho al Beto Brandoni. Instaló para los tiempos en la memoria colectiva personajes y películas que son parte de nuestra identidad como pueblo. “Esperando la carroza”, es una película de culto que hoy se ve más que nunca a través de las redes. Todos repiten esas palabras de Antonio Musicardi, su personaje, el hijo de Mama Cora, cuando dice, falsamente compungido: “Me partieron el alma. Que miseria. ¿Sabes lo que tenían para comer? Tres empanadas… tres empanadas”. Eso dice mientras va saboreando como si nada, una de esas empanadas. Una escena memorable del grotesco criollo costumbrista de Alejandro Doria. Pero en la tele, el teatro y el cine, no hizo otra cosa que meterse en el corazón de la gente y dar cátedra con sus personajes y de ser un ejemplo de vida. No alcanza una hora para recordar sus grandes éxitos profundos y populares a la vez. Cada uno elige: La Tregua, por ejemplo. Por ese trabajo, la Triple A, lo condenó a muerte y lo obligó a exiliarse por un tiempo en México. Era una organización terrorista de ultraderecha que nació al amparo del estado peronista y de su jefe el ex ministro José López Rega.
La Triple A criminal (Alianza Anticomunista Argentina) tuvo su contracara con la Triple A luminosa, la Asociación Argentina de Actores de la que Brandoni fue secretario general de 1974 hasta 1983. Había que tener la valentía del tamaño de la catedral cuando los fachos de López Rega y los criminales de lesa humanidad de Videla perseguían, secuestraban y asesinaban a mansalva. Brandoni fue reelecto en su gremio, incluso estando en el exilio. Y eso muestra su lealtad con sus compañeros de trabajo, su pluralismo y su valentía a prueba de balas en todo el sentido de la palabra balas.
El terrorista de estado Aníbal Gordon secuestró a Brandoni y su esposa de entonces, Martha Bianchi. Los “chuparon” como se decía en aquellos tiempos macabros. Fue llevado a “Automotores Orletti”, un campo de concentración donde fue torturado y donde salvó su vida de pura casualidad.
Aunque suene increíble, durante los tiempos de cólera con K, Alejandra Darín y otros muchaches adoradores de Cristina fueron crueles en sus críticas cuando Brandoni renunció como afiliado a lo que definió como “Asociación Kirchnerista de Actores”. A un prócer que deberían reverenciar lo trataron como un traidor.
Otros compatriotas llevan en sus neuronas para siempre, obras maestras como “La Patagonia Rebelde”, “Made in Argentina”, el “Cuento de las Comadrejas” y el super éxito de “La odisea de los Giles”, dirigido por Sebastián Borensztein.
¿Quién no disfrutó con Mi Cuñado o Buscavidas?
Consideró a Raúl Alfonsín como su padre político. Fue su asesor en el tema cultural y un día inolvidable, en ese carácter tuvo una charla deliciosa con Jorge Luis Borges. Jorge Miguel Couselo, Carlos Gorostiza, Sergio Renán, Manuel Antin y Santiago Kovadloff fueron los que apostaron a renovar democráticamente la cultura desde 1983.
Hincha de River, su máxima felicidad son Florencia y Micaela, sus hijas del alma. Y sus nietas, Olivia, Catalina, Macarena y Tomás, por orden de aparición.
Brandoni es un argentino inmenso y ejemplar. Brandoni no se vende ni se alquila. Se puede romper, pero no se dobla, según el testamento de Leandro Alem, justo el nombre de la calle en donde nació, en el Dock, con el corazón mirando al Sur…
El nacimiento de Sandro – 19 de agosto 2020
Le confieso algo, estimada oyente. Con toda franqueza, querido oyente. Hace varios días que vengo pegando duro contra el autoritarismo chavista y los ladrones de estado. Creo que es mi derecho como periodista pero también, mi obligación como ciudadano. La inseguridad criminal, la hecatombe económica, la impunidad y el temor que sigue produciendo el maldito virus han construido una tormenta perfecta sobre la Argentina. Hay que resistir las violaciones a la ley y a la Constitución. Imaginar las mejores salidas que siempre, son con más y mejor democracia, con más y mejor república y con más libertad. Pero por momentos, siento en el cuerpo que tengo que abrir una ventana para respirar un poco de aire puro. Recuperar otros temas y algunas nostalgias. Es como una vacuna contra la locura. Una cura en salud contra la angustia cotidiana. Por eso, si usted me permite, hoy quiero celebrar el nacimiento de Sandro. Es un humilde homenaje al Gitano, a ese Roberto Sánchez que nació un día como hoy pero de hace 75 años.
Tal vez por eso hace una década que odiamos más que nunca al EPOC que lo asesinó. La Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica perforó su respiración para siempre. Ni siquiera el trasplante cardíaco bi pulmonar que le hicieron, pudo derrotar semejante asfixia.
Pero lo quiero recordar en vida. Recordar es hacerlo pasar nuevamente por el corazón. Porque todos los argentinos tenemos un Sandro metido adentro de nuestra identidad. A todos nos dice algo. A todos nos despierta las fantasías. A todos alguna vez nos expresó en nuestros sentimientos más íntimos. Queremos tanto a Sandro.
Es que su leyenda va mucho más allá de los 22 millones de discos que vendió, de los cientos de estadios que llenó, de los 46 long play que editó, de los 11 discos de oro y los incontables de platino.
Su mística es muy superior al record de 40 recitales seguidos con localidades agotadas en el Gran Rex, y su premio Grammy que lo consagró en todo el continente como “Sandro de América”.
En mi caso, Sandro tiene dos momentos muy especiales. Aquel “Sandro y Los de Fuego” que desde los Sábados Circulares de Pipo Mancera hacía bailar a una juventud que empezaba a patear todos los tableros. La sensualidad de aquel muchacho arrabalero de Valentín Alsina que moviendo su pelvis como Elvis llegó a la gloria del Madison Square Garden con la transmisión en vivo de otro grande: Cacho Fontana. El día que más me conmovió fue cuando lo distinguieron en el Senado de la Nación. Recibió el premio, lo aferró junto a su pecho y gritó: “Mami, viste donde llegó el nene”.
Nos hizo llorar a todos. Se sentía orgulloso de sus orígenes, de su barrio, “siempre voy a ser el hijo de doña Nina y de Don Vicente, el que necesitaba dos meses para ganar lo que a los 17 años yo ganaba en un rato sobre un escenario.” Es que nació en un conventillo de la calle Tuyutí donde tenían que compartir el baño y la cocina con otros vecinos. Muchas veces su madre le tuvo que hacer pantalones con tela de colchones. El dinero era escaso pero el corazón gigante. Algunos creyeron que su origen gitano era apenas un recurso de marketing. Pero lo cierto es que los zíngaros lo adoraban y cada tanto se aparecía en alguna celebración de la colectividad. Tuvo un abuelo paterno llamado José que nació en Hungría con apellido típicamente gitano pero cuando emigraron a estas pampas por los milagros de las burocracias, su apellido se transformó en Sánchez. Dicen que le pusieron Roberto en homenaje a Roberto Escalada que era el galán de moda por aquél entonces.
Ese Sandro fue sembrando romanticismo en toda América y cosechó legiones de admiradores. Se convirtió en pasión de multitudes. Sin escándalos ni chismes. Atrincherado en su casa de Banfield para que le respetaran su intimidad. Todo lo que ganó se lo ganó arriba del escenario. Cantando o actuando en sus películas que ya son de culto. Ese muchacho que empezó a ganarse la vida como changarín y tornero pudo radiografiar el amor y decir: “Por ese palpitar / que tiene tu mirar/ yo puedo presentir/ que tu debes sufrir/ igual que sufro yo, por esta situación/ que nubla la razón, sin permitir pensar.
Le gustaba cocinar sofisticaciones de la comida china, francesa y japonesa. Su mundo era rococó, casi bizarro. Una suerte de personaje almodovariano que te recibía en el camarín con batas rojas de seda y botas negras de cuero. Y un whisky y un cigarro, que eran infaltables.
Era un travieso que llamaba a la radio en medio del programa para elogiar una nota o completar un comentario. Los productores no lo podían creer cuando atendían el teléfono: ¿Quién habla? ¿Sandro? Y era Sandro, nomás.
Siempre fue muy creyente. Una persona de fe que tenía en su casa un pesebre que le había traído un amigo desde Jerusalén y una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa ante la que se arrodillaba a rezar antes de cada espectáculo. Por momento parecía un torero. Muy lejos había quedado ese chico que en bicicleta ayudaba a su padre con el reparto de vino a domicilio.
En su madurez hubo otro Sandro que ratificó y multiplicó en tres generaciones su romance y lealtad con la gente. Ese que se convirtió en un fenómeno social. En un Gardel gitano. Ejerció una suerte de resistencia cultural a los tiempos light que vivimos. Hoy para muchos mercaderes del cerebro vacío el éxito es sinónimo de delgadez y juventud. Y Sandro batió todos los records de público sin ser flaco ni joven. Todo lo contrario. Entrado en kilos y en años no ocultó una cosa ni la otra. Convivió dignamente con eso. Se reía de sí mismo. Se tomaba el pelo. Movía su cuerpo con esa rosa rosa tan maravillosa para que las nenas deliraran y le tiraran sus bombachas ansiosas y les decía: “Esto que están viendo es un mezcla de ridículo y milagro”. Y era verdad.
Todos somos una mezcla de ridículo y milagro cuando nos despojamos de todas las caretas y los disfraces y nos quedamos desnudos frente al espejo de nuestra propia conciencia. Todos somos tan ridículos como milagrosos. Pero es así la vida cuando se valora lo auténtico y se sabe que no hay plástico ni siliconas que garanticen la juventud eterna. Hoy todo es rapidito, liviano y por arriba. Encima la pandemia condena los abrazos y los besos a la pantalla remota de esa cárcel llamada Zoom. Las relaciones humanas son fugaces porque no hay tiempo para nada. Intercambios de bajas calorías. Finamente gasificados. Hay una cultura de la raspadita. Del clip, del pensamiento tuitero de 140 caracteres, del video game y del chat. No se lo que quiero pero lo quiero ya. Todo se sobrevuela. Sandro representó todo lo contrario. La profundidad de las cosas. La intensidad que desprecia lo efímero. Aquel tocadisco Winco para enfrentar la banalidad del mal. Hoy que las modelos son modelo, se puede decir que él le dio batalla a lo insípido y a lo incoloro, que prefería las flores a los Ipad y las velas a las leds. Es que siempre fue rebelde y peleó por ser cada vez más auténtico.
Sandro fue un estandarte en defensa de las cosas más profundas de la vida. Tan profundas que muchos presuntos piolas creían que eran grasas, antiguas o cursis.
¿Desde cuándo es cursi llorar por el amor de una mujer? ¿Desde cuándo es antiguo el juego maravilloso de la seducción? ¿Quién es el marciano que dijo que es grasa susurrarle te quiero a nuestra novia? Sandro rompe con esa mentira noventista de que es más importante tener y parecer que ser. En tiempos líquidos, Sandro muestra lo sólido. Era un divo pero actuaba como el muchacho de barrio que llegó. En uno de sus espectáculos habló de recuperar el almacén de las cosas perdidas. Es la revalorización de lo simple, de la emoción y la sensibilidad. Ahora se convirtió en mito. O en leyenda. Pero Sandro es un sentimiento. Roberto Sánchez vive eterno en el corazón de sus nenas. Volverá y será millones como todos los ídolos populares. Decía que la gente solo quería un poco de aire fresco. Y tenía razón. Por eso lo convoqué en estas letras. Yo también necesito un poco de aire fresco.
Tuvo la lucidez anticipatoria de cantarnos en vida eso de que: “no quiero que me lloren cuando me vaya a la eternidad. Quiero que me recuerden como a la misma felicidad”. Sandro querido. No te lloramos. Te extrañamos…
En su homenaje hoy se conoció un tema inédito titulado “No te vayas todavía”. Está dedicado a un amor con el que comparte sus sábanas. Pero tranquilamente se podría interpretar como que Sandro, en algún momento le dijo eso a su propia vida: “No te vayas todavía”.