Es cierto que hay aplausos y odas para los médicos y todos los trabajadores sanitarios. Es cierto que el plan “Mayores Cuidados” de la ciudad fue exitoso porque se anotaron más de 38 mil voluntarios para dar una mano y asistir a los adultos que tienen muy restringida la salida de sus casas.
Pero también es cierto que la pandemia y la cuarentena, también han desnudado a personas despreciables que fueron capaces de discriminar e incluso amenazar a médicos y mayores de 60 o 65 años. Se dice mucho y es cierto que el terremoto social que vivimos nos muestra tal cual somos. Solidarios o energúmenos. Sensibles o antisociales.
El presidente Alberto Fernández hizo una declaración que no fue muy feliz, durante la entrevista con Jorge Fontevecchia. ¿Se acuerda? Habló del deseo de eternidad del hombre y de la medicina que le da los recursos para prolongar la vida cada vez más. El jefe del estado dijo que eso “trae consecuencias económicas tremendas. Hace 30 años teníamos que mantener a las personas hasta los 70 años y ahora tengo que mantenerlos hasta los 85. Eso cuesta mucha plata, es carísimo y cada vez trabaja menos gente”. Más allá de las verdades estadísticas las palabras y la forma de exponer estos temas también revela el pensamiento más profundo. Quedó demasiado evidente, para decirlo en criollo y sin vueltas, que Alberto piensa que “los viejos son una carga”. Estoy absolutamente convencido que los ñoquis que mantiene el estado y los ladrones que se robaron el estado durante los más de 12 años de los Kirchner son mucho más gravosos para todos y todas. Y aquí no hago diferencias por edades. Involucro desde muchachotes grandes como Julio de Vido hasta jóvenes como Máximo.
Pero no me quiero desviar del tema central de esta columna.
Le comenté que hace más de un año, me volví loco de bronca e incomprensión. Dos cartas de lectores en los diarios contaban casos similares de personas muy preparadas que no conseguían trabajo porque habían cometido el pecado de cumplir 48 años. Les decían que reunían todos los requisitos, pero que la edad tope era de 45 años. Uno es un ingeniero y la otra es abogada. Ambos con trayectorias impecables y experiencias notables. Estoy seguro que a los 48 años las personas están en la cumbre de su etapa productiva, creativa y disponen de energía y tiempo para rendir muy bien en cualquier trabajo.
No podía creer semejante prejuicio y discriminación que los especialistas llaman “viejismo”. Es la última de las discriminaciones “aceptadas socialmente”. Encima si tienen más de 45 y son mujeres, hay doble discriminación todavía. En Estados Unidos si además es negra, están en serios problemas. Y Si es gay, ni le cuento.
Pero nadie se atreve a poner un aviso clasificado que diga mujeres, negras o gays, abstenerse. En cambio si ponen avisos que dicen que más de 45 años no reciben.
La discriminación siempre es un veneno social. Por cualquier motivo. Pero además creo que es una torpeza cargada de ineficiencia. Porque los que actúan así no solamente están cometiendo el delito de discriminar sino que se pierden en muchos casos trabajadores impecables.
En los últimos tiempos han pasado cosas que me hicieron reflexionar. Robert Redford y Jane Fonda filmaron “Nosotros en la noche” y repiten el rubro que hace 50 años metió un éxito descomunal como esa pareja de jóvenes recién casados en la película “Descalzos en el Parque”. El tiene 83 años y ella 82 y ambos son brillantes en su actuación y siguen seduciendo con su serena belleza y su carisma.
Yo sé que no todos somos Robert Redford o Jane Fonda pero en el 2019, contrataron al flaco Cesar Luis Menotti como director de selecciones nacionales. Es uno de los dos únicos técnicos de la historia Argentina que salieron campeones del mundo. Es culto, sensato, apasionado, estudioso, muy activo y tiene 81 años.
Y Pepe Soriano 91 o Marilú Marini, por ahí cerca, y Mirtha Legrand y Magdalena Ruiz Guiñazú dos de las mujeres que junto a Susana Giménez, son las más valoradas en radio y tele.
¿Se da cuenta a dónde apunto? La edad cronológica es una forma jurásica de juzgar a las personas. Conozco pocas personas con la inteligencia, actitud, lucidez y capacidad corporal para colgarse artísticamente de techos y paredes como nuestro compañero de radio, el doctor Alberto Cormillot. Y tiene 81. Y se casó nuevamente el año pasado. Hace poco dijo que: “Se ve al viejo como un enfermo, senil, asexuado, pasado de moda, discapacitado, sin derecho y sin pertenencia. Además, se lo considera como gasto para la sociedad y que no contribuye en ella porque no produce. De alguna forma se lo ve como una persona que no tiene los mismos derechos que el resto”. Para que le voy a hablar de Woody Allen, Norma Aleandro o de Luis Brandoni. Genios, con mucha vigencia y prestigio social. Y Julio María Sanguinetti, a los 84 años que fue candidato a presidente del Uruguay.
Si estudiamos un poco, descubriremos que en el 2050 habrá más personas mayores de 60 años que menores de 14. Se está produciendo un cambio fenomenal y no hay que subestimarlo. Y mucho menos despreciar a los que cumplen años. La vida cada vez se prolonga más gracias a los avances científicos y la natalidad es cada vez menor culpa de la locura de la vida moderna y su hiper actividad.
La vejez nos iguala. Es el lugar al que vamos a llegar todos. Y solo si tenemos buena salud y suerte. Es raro, pero el viejismo se discrimina a sí mismo, pero con anticipación.
Hay que registrar este nuevo envejecimiento saludable, exitoso, productivo e inclusivo. Tener más de 60 o 70 no es igual a retiro o a jubilación. Hay millones de ejemplos de que es una etapa donde la gente suele hacer lo que quiere en el trabajo y en el amor.
Hoy le quiero hablar del viejo como una persona que se descarta, muchas veces demasiado rápido y equivocadamente. A mí me gusta decirle viejos como le digo a mis viejos, a mis padres, porque lo hago con cariño y respeto. No es peyorativo. Pero es un tema tan complejo que ni siquiera encontraron un nombre para esas personas que denominan adultos mayores, integrantes de la tercera edad, o con horribles términos como ancianos, longevos o esa palabra cruel: gerontes.
Susan Zirinsky tiene 67 años y asumirá en marzo como primera directora mujer de CBS News.
No se preocupen por la edad, es un estado mental. Tienen sabiduría, experiencia en miles de batallas y un gran equilibrio a la hora de tomar decisiones. Por suerte en Estados Unidos existe Nancy Pelosi. A los 80 años, fue reelecta como presidenta de la Cámara de Representantes y es la líder del Partido Demócrata que no le permite a Donald Trump hacer locuras y salvajadas propias de un adolescente mal educado y caprichoso.
Le pongo ejemplos de gente conocida para argumentar lo que pienso. Pero hay miles de ejemplos anónimos en todos los países y todos los días.
Y le ruego que aproveche la cuarentena para ver La Mula de Clint Eastwood, una de obra de arte actuada y escrita por un pibe de 89 años.
Algunos sociólogos dicen que esta es la próxima batalla inclusiva que se viene: “La revolución senior”. Hay que combatir los prejuicios y abrir las cabezas. Hay mentalidades conservadoras que atrasan siglos. En Argentina, más de un cuarto de la fuerza laboral tiene más de 50 años.
Una consultora explicó que “8 de cada 10 trabajos, búsquedas laborales excluyen explícitamente a mayores de 45 años”. Estamos todos locos. Esther, mi madre tiene 87 y se maneja con guasap. Lea Zajac, de la que le hablé el día del Holocausto, lee en un libro electrónico y tiene 93. Y ambas están hiper informadas. Los mails y las redes son insumos que utilizan cada vez personas de mayor edad. No están fuera del mundo tejiendo escarpines en una mecedora o paseando el perro del vecino. Más allá de que algunos lo quieran hacer y están en todo su derecho. Hay una cuenta matemática curiosa. Una encuestadora europea consultó a las personas sobre a qué edad considera que una persona es vieja. En general todos dicen un número que suele ser la raíz cuadrada de su edad más 8 años. Por ejemplo, si le preguntan a un chico de 9 años, dice que los que tienen 24 son viejos. Pero si la persona consultada tiene 36 dice que a los 48, ya sos viejo. Qué pensará la DJ más exitosa de Japón, Sumiko Iwuamura que tiene 83 y empezó a los 77.
Mayores de 60, somos 6 millones en nuestro país. Y todavía se asocia a valores negativos como la enfermedad o la dependencia. Más del 70% de los mayores de 60 están más sanos que una lechuga y ocupan gran parte de los puestos de conducción de la mayoría de las empresas, organizaciones sociales o clubes o en oficinas gubernamentales.
Varias de las personas más geniales que conozco superan esa edad. Santiago Kovadloff o Marcos Aguinis, por ejemplo.
O Palito Ortega o Serrat, o Los Rolling Stones o Paul Mc Cartney que cada día cantan mejor. A aquellos que se pierden de contratar a gente maravillosa y eficiente por el prejuicio de un número en el DNI les digo en pocas palabras: Viejos son los trapos.
Viejo es el viento y sigue soplando…
Cristina exige impunidad ya – 6 de mayo 2020
Si alguien quiere conocer en forma detallada, cual es el plan de Cristina para lograr la impunidad para ella, su familia y el cartel de los pingüinos, tiene que repasar una pieza antológica de autoritarismo chavista. Hablo de su alegato de más de tres horas y media frente al tribunal que la está juzgando por ser la jefa de una asociación ilícita que se dedicó a saquear al estado mediante las obras públicas direccionadas y con sobreprecios y coimas monumentales. Es una exposición histórica. Es el pensamiento más descarnado y prepotente de Cristina. La causa está tapizada de pruebas, documentos y de testimonios que la incriminan. Pero ella, después de descalificar a medio mundo, terminó citando el discurso de Fidel Castro en 1953. Miró en forma amenazante a los integrantes del Tribunal Oral Federal 4 y les dijo: “Este tribunal, el del Lawfare, seguramente tiene la condena escrita. No me interesa. A mí la historia ya me absolvió. La historia me va a absolver. Y a ustedes, seguramente los va a condenar la historia”. Cristina, altanera y enardecida alteró los tantos. Estaba en el banquillo de los acusados pero se puso en acusadora. Tomó sus carpetas en forma enérgica, con bronca y comenzó a caminar hacia la salida. El presidente del tribunal le recordó, tímidamente que tenía la opción de responder preguntas. Ella pegó media vuelta, volvió sobre sus pasos, tomó el micrófono y gritó: “¿Preguntas? Preguntas van a tener que contestar ustedes”.
Ahí está el corazón de su plan sistemático de Impunidad para todos y todas. Es el ADN de su proyecto y el motor que la mueve. Por eso hizo ese pacto con Alberto. Ayer se lo dije: el matrimonio por conveniencia y el trueque que lo selló: yo te ayudo a sentarte en el sillón de Rivadavia y vos me ayudas a que en el más corto tiempo posible, no quede en pie ninguna causa en mi contra y le cortemos la cabeza a todos los jueces y fiscales que las impulsaron.
El problema que apareció en estos días es la ansiedad y el apuro de Cristina. Ella exige impunidad ya. Es ahora o nunca. Y esa es la factura que le está pasando a Alberto. Dicen que este fue el tema central del cruce que protagonizaron ayer en la quinta de Olivos, a solas y por más de tres horas. No dieron ninguna información de lo que hablaron. Es muy difícil reconstruir esa reunión. Pero varias fuentes de funcionarios cercanos y de colegas que siguen de cerca el tema, coinciden en que Cristina cuestionó fuertemente a Santiago Cafiero y a Marcela Losardo. Algunos dicen por lo bajo que llegó a pedirles la renuncia pero no puedo dar esto por cierto. Casi, casi, sería un golpe palaciego. Pero, insisto, no lo tengo confirmado. Obligar a Alberto a que se desprenda de las dos personas más cercanas que tiene en el gabinete, es igual a ponerle una pistola en la mano para que se suicide políticamente. Cafiero, es su jefe de gabinete y mano derecha en todos los temas. Y Losardo fue hasta su socia en el estudio jurídico. ¿De qué se queja Cristina con la agresividad que todos le conocemos?
De la lentitud en cumplir con el Pacto de Impunidad. Ella razona de la siguiente manera: este es el momento de sepultar las causas y a los jueces y fiscales que están a cargo. La preocupación por la pandemia y la cuarentena, sirve como cortina de humo para ocultar las maniobras ilegales y es el momento en que el gobierno, todavía tiene imagen positiva importante. Mañana, con la hecatombe económica y sin saber la cantidad de muertos que vamos a sufrir, la cuestión será más difícil. Habrá una sociedad más atenta y más enojada. Esos son los argumentos de Cristina.
Al parecer, Alberto y Losardo todavía no se han movido a la velocidad que Cristina les exige. Por ese motivo, empezó por su cuenta el operativo para convertirse en una santa que nunca robó un peso. Está tan acelerada que cometió un error grosero. Atacó a Juan Bautista Mahiques y puso su nombre en la boca de la jueza Ana Figueroa que en ningún momento había mencionado a Mahiques. La magistrada, pese a ser una fiel militante kirchnerista, denunció presiones pero no señaló a nadie. Fue muy general y por arriba, todo lo que dijo. Pero Cristina le puso el apellido Mahiques en su boca y con esa mentira envió documentación a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Por eso, los familiares de las víctimas de la AMIA se quejaron con su abogado Tomás Farini Duggan a la cabeza. Parrilli enojado, casi apretando a la jueza Figueroa le preguntó por radio: “¿Y si no es Mahiques quien fue? Y luego desnudó su juego. Aseguró que hubo presiones aunque no saben de quien, y anunció que va a pedir la nulidad del juicio que se inició con la denuncia del fiscal asesinado, Alberto Nisman por el tenebroso pacto firmado con Irán para darles impunidad a los terroristas.
En su momento, apenas Alberto selló el acuerdo con Cristina, hizo declaraciones en apoyo a esa mentira del Lawfare que denunciaba la actual vice. Alberto compró o fingió que compró que Cristina era inocente y le salió a dar duro a varios jueces. Hace un año, dijo textualmente por televisión: “Algún día Ercolini, Bonadio (hoy fallecido),Irurzun, Hornos y Gemigniani van a tener que explicar las barrabasadas que escribieron para cumplir con el poder de turno”. Semejante apriete anticipó que: “vamos a tener que revisar sus sentencias que carecen de todo sustento jurídico y de toda racionalidad jurídica. Las cosas que han dicho de Cristina, son dantescas”. Eso se llama intimidación y violación de la independencia de poderes.
Fue tan grave, viniendo de un candidato pero muy probable presidente, que la Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional, le respondió con un duro comunicado donde exigían respeto a las instituciones republicanas y rechazó “el tono descalificante y la forma amenazante”.
En aquel alegato en el que Cristina emuló a Fidel Castro había acusado al doctor Ercolini de ser el responsable de la enfermedad de su hija Florencia y a los titulares de la Oficina Anticorrupción y la Unidad de Información Financiera de impulsar su persecución ordenada por Mauricio Macri.
Este intento golpista del cristinismo contra la justicia, es de una gravedad institucional inmensa. El autor material es el ex espía Juan Martín Mena quien, además, también está procesado en la causa por el encubrimiento a los terroristas que volaron la AMIA. La brigada que intenta tomar por asalto a la justicia ya está en operaciones. Avanzan a paso redoblado y a tambor batiente.
Quien se mostró con más firmeza en la resistencia activa y pacífica a semejante atropello, fue la doctora Elisa Carrió, poco antes de dejar de ser diputada. Denunció directamente y sin eufemismos un “golpe institucional” y le exigió a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que repudie la violación del régimen de protección a testigos y a arrepentidos. Alberto mediante un decretazo puso ese programa bajo las órdenes del Poder Ejecutivo y al mando de Juan Martin Mena, nada menos. Es decir que puso al lobo a cuidar a las ovejas. O más grave todavía, dejó a la intemperie a los valientes denunciantes de la corrupción. Los convirtió en un blanco móvil. Si algo malo le llegara a pasar, por ejemplo, a Víctor Manzanares, el ex contador de los Kirchner, la responsabilidad caerá en la espalda de Alberto y Cristina. Los tiraron debajo de un camión. Los arrojaron a la jaula de los leones. No tuvieron escrúpulos ni estómago.
Pero este es solamente un eslabón en la cadena que busca la impunidad de Cristina, asfixiando a la justicia independiente y a los medios de comunicación que no se rinden ni se arrodillan. Pero el plan “Impunidad para todos y todas”, tiene infinidad de alternativas. El eje central es colonizar definitivamente a la justicia. Ponerle camiseta partidaria. Transformar a los tribunales en Unidades Básicas K.
La frutilla del postre será el intento de poner como jefe de todos los fiscales a Daniel Rafecas. Sería un verdadero escándalo de complicidad que algún senador del radicalismo o del PRO, vote por este hombre que se movió con tanta parcialidad y que tantos favores importantes le hizo a los actuales gobernantes.
Ese pacto de impunidad, ese pacto negro, es el núcleo duro de coincidencias de Alberto y Cristina. Pero Alberto se demora. No quiere o no puede llevarse por delante la independencia de los poderes. Pero Cristina está sumamente apurada y no se fija en formalidades republicanas. Nunca respetó la Constitución. Mucho menos lo va a hacer ahora.
La Cámpora al gobierno, Cristina al poder – 5 de mayo 2020
La frase de Karl Marx que complementa otra de Hegel, calza justo en este análisis: “La historia se repite dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa”. El 11 de marzo de 1973, Héctor Cámpora ganó las elecciones presidenciales. El último delegado de Perón, fue candidato porque el caudillo, en el exilio, no cumplía los requisitos que el general Lanusse había puesto por decreto y con toda intención. La Juventud Peronista lo apodó “Tío” y Montoneros lo utilizó para llevar agua para su molino. En la campaña electoral la consigna principal fue: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”. Y el país se conmovió cuando abrieron las puertas de las cárceles para que salieran los presos de las organizaciones armadas y muchos ladrones comunes y criminales que aprovecharon la volada.
Ese experimento de poder formal en la Casa Rosada y de poder real en el domicilio de Perón, terminó en tragedia. Cadáveres en los zanjones arrojados por la ultraderecha del ministro José López Rega y la criminal Triple A y la misma respuesta criminal y guerrillera de la “orga” de Mario Firmenich. Los muertos caían mientras se cantaba: “La vida por Perón”. La mayoría pacífica de la sociedad, aterrorizada, asistió a un túnel de horror que desembocó en la dictadura más feroz de la historia argentina. Esa fue la tragedia de la historia.
Cuando Alberto Fernández dudaba en aceptar la propuesta de ser candidato presidencial que le hizo Cristina, se debatió mucho este concepto del doble comando o del poder bifronte que en el peronismo nunca funcionó.
Hace justo un año, parece mentira, apenas un año, en una entrevista por radio, Alberto dijo textualmente: “No tengo ganas de que haya un títere en la Casa Rosada. O Cristina es candidata o se va a su casa. No puede haber votos prestados ni términos medios. No repitamos errores del pasado. No tengo ganas de que haya un títere en la Casa Rosada y que el poder esté en Juncal y Uruguay”.
Hacía diez años que Alberto no le hablaba a Cristina. Fue su crítico más feroz. De traidor a empleado de Clarín para abajo, le decían de todos los cristinistas más fanáticos. Después de 10 años sin hablar, en una semana, Alberto le dijo que si a Cristina y se consumó el matrimonio por conveniencia que cambió el sillón de Rivadavia por impunidad para Cristina y todo el cártel de los pingüinos.
Se impuso esa bulimia y olfato histórico del peronismo por el poder y la consigna de “que con Cristina no alcanza y sin Cristina no se puede”.
Hoy parece que comienza la farsa, la segunda repetición de la historia. Solo cambian algunas palabras, pero el concepto es el mismo: “La Cámpora al gobierno, Cristina al poder”.
Ocultos en la bruma dolorosa de la pandemia, Cristina y su guardia pretoriana, avanzaron a paso redoblado y a tambor batiente. Fueron comiendo piezas claves en este tablero de ajedrez de los cargos en el estado. Nada detiene a Cristina ni a Máximo. Ni la reina ni el Príncipe heredero aflojan en su desesperación por quedarse con todo. Lo llevan grabado en su ADN. Desesperación por acumular dinero ajeno y poder propio. El poder debe ser total o no será nada. Así fue en la intendencia de Río Gallegos, en la gobernación de Santa Cruz y en las presidencias del matrimonio. Van siempre por todo. Llegan hasta donde la sociedad se lo permite. Ni un paso, atrás. Y saben que es la única forma de zafar de la cárcel producto de haber liderado la mega corrupción de estado más grande de la historia argentina.
De hecho a Alberto los cacerolazos lo preocupan porque erosionan su imagen. A Cristina la protesta la envalentona y redobla la apuesta.
El comandante en jefe de La Cámpora es Máximo Kirchner. Es una “orga”, como decían los viejos Montoneros, que empezó como una secta de cuadros y hoy, a fuerza del dinero de Cristina y la militancia, han logrado un alto poder de movilización rápida. No han conseguido insertarse en la conducción de los gremios ni en los centros de estudiantes. Son muchos, pero representan poco.
El peronismo los mira con recelo y sospecha. Los ven como el trampolín para una futura candidatura presidencial de Máximo o de Axel Kicillof. Máximo es casi la sombra de Alberto. Es el encargado de hacerle el test para chequear que no haya contraído el virus del neoliberalismo.
La operacion de copamiento de las mayores cajas del estado, se hizo sigilosamente. Pero se expuso con toda contundencia, a la luz pública cuando Fernanda Raverta se hizo cargo del Anses, que dispone del 40% del presupuesto. ¿Escuchó bien? El 40 % del presupuesto, alrededor de dos billones de pesos. Si con “b” larga. Dos billones. Fernanda Raverta, casi sin experiencia administrativa, va a manejar una millonada superior a la que mueven la mayoría de los gobernadores. Pero esa fortuna, es solo una parte del poder que tiene ese puesto. Ella es la encargada de designar a 56 directores de empresas privadas donde su repartición tiene acciones después de aquella polémica estatización de las AFJP. Cada uno de esos muchachos trabaja como espía en la reunión de directorio de las empresas y se lleva como mínimo 1.200.000 pesos por ir 4 veces al año a levantar la mano. Son lugares que le dan dinero para la militancia a los cuadros y que le dan espacio para acumular información sobre la actividad privada. De esos 56 lugares, hay uno que ya está cubierto. Alejandro Vanoli, una semana antes de salir eyectado del Anses, se autodesignó en Edenor. Jorge Liotti escribió que Cristina se hartó de Vanoli porque no designó a Wado de Pedro en Telecom. Quería alguien confiable en una de las empresas del grupo Clarín.
Pero eso no es todo el poder que tiene esa posición. También están las UDAI (Unidades de Atención Integral) que tienen oficinas en todo el país y donde pueden colocar cientos de militantes camporistas.
Claramente Raverta, es la mujer con más poder de fuego político y no mueve un dedo sin que Cristina o Máximo se lo indiquen.
Como si esto fuera poco hay que decir que Raverta integra el ala más dura de La Cámpora si es que existiera un ala blanda. Su historia personal la marcó. Su madre está desaparecida y era una importante dirigente de Montoneros y ella pasó varios años en la llamada “guardería” que Montoneros había establecido en Cuba para educar a los hijos de los guerrilleros.
La Cámpora no solo se mueve con sus soldados. Tiene un círculo de aliados que aunque no pertenezcan a sus filas, contribuyen llevando agua para su molino. Nunca está muy clara esa distinción. Horacio Pietragalla, el secretario de Derechos Humanos que aceleró la excarcelación escandalosa de presos, mostró su poder y la decisión de La Cámpora. Ni le avisó a Losardo o al presidente. Sin embargo, nunca haría nada sin la venia de Cristina o Máximo. Lo mismo pasa con Juan Martín Mena, el segundo de justicia. Es miembro pleno de La Cámpora o integra el círculo de amigos y favorecedores? A los efectos prácticos de manejar el estado, da lo mismo. Mena fue una pieza clave en el plan sistemático para liberar presos. Fue él que se sentó a negociar con los internos en la cárcel de Devoto y fue el lugarteniente de Parrilli en los servicios de inteligencia de Cristina.
La ministra de Justicia, Marcela Losardo, con semejantes personajes, tiene recortada fuertemente su capacidad. Lo mismo ocurre en todo el estado. Por eso resumimos: “La Cámpora al gobierno, Cristina al poder”. Porque la inmensa mayoría de puestos intermedios, les pertenecen. Y las cajas más importantes, también. No fueron tontos para elegir a la hora de que Alberto y Cristina se repartieron los cargos, lotearon los ministerios y le dejaron algunos lugares a Sergio Massa.
Anses será un gran centro de operaciones de La Cámpora. Sin Vanoli, nadie le pondrá límites. El segundo de Raverta es Santiago Fraschina, también de la “orga”. Lo mismo pasa con Luana Volnovich, en otra de las cajas monumentales: el PAMI. Mucho dinero y poder territorial en todo el país.
Ayer juró como ministro de Kicillof, Andrés Larroque (a) “El Cuervo”, otro de los integrantes del estado mayor de Máximo junto al ministro del interior, Eduardo “Wado” de Pedro. Todos están en posiciones relevantes. Larroque reemplazó a Raverta y con los dedos en “ve”, cantaron la marcha peronista. La provincia es el principal territorio en el que crecen y se desarrollan con Cristina como madrina. Teresa García es ministra de gobierno y Axel Kicillof, también juega en ese equipo.
Mayra Mendoza ganó la intendencia de Quilmes y le estalló en la cara la salvaje suelta de presos porque una de sus funcionarias, Claudia Cesaroni, era de las más activas impulsoras. Después, tuvo que renunciar al municipio.
Juan Cabandié, un poco marginado del corazón de las grandes decisiones, es Ministro de Ambiente de la Nación. La mano derecha de Mariano Recalde cuando estuvo al frente de Aerolíneas Argentinas, ahora es el número uno de la empresa: Pablo Ceriani que hoy cerró Austral. Santiago “Patucho” Alvarez, fue comisario político de varios medios estatales durante el cristinato. Hoy, en YPF, vigila de cerca al devaluado massista Guillermo Nielsen. Y el poder real en la petrolera, lo tiene un hombre de Cristina y Miguel Galuccio, Sergio Affronti. Según reveló Carlos Pagni, la tropa camporista asumió el manejo de todo el sistema informático del Poder Judicial. Eso incluye el tema de las elecciones. Peligro en puerta.
La Cámpora no se banca a Alberto. Lo consideran un mal necesario que no tiene proyecto ni estructura propia. Una especie de puente, una transición hacia un verdadero gobierno nacional y popular (chavista agrego yo), encabezado por Máximo o Kicillof. Ese es el plan. No es taa fácil que lo logren. Como siempre con el kirchnerismo, van por todo y el único límite que los frena es la sociedad. Ese es el gran desafío político de este país. Por ahora, la moneda está en el aire.