Hoy se cumplen 105 años del genocidio armenio. A esta hora habrá un homenaje en la catedral San Gregorio Iluminador en Palermo y en Ereván se realizaron los actos centrales para recordar y pedir justicia y reconocimiento por el asesinato de un millón y medio de cristianos armenios a manos del Imperio Otomano. Todo, como corresponde a estos tiempos de pandemia, en forma virtual y con el aislamiento necesario. Esta vez, por razones obvias, no habrá marchas. Pero digo reconocimiento porque aún hoy el gobierno de Turquía sigue negando semejante exterminio masivo. En su momento, el propio presidente Recep Erdogan fue capaz de acusar al Papa Francisco de «decir estupideces» porque había dicho que el genocidio armenio era el primero del siglo XX. Serge Sargsian, quien era el jefe de estado de Armenia cuando se cumplieron los 100 años, tuvo razón cuando le exigió que abandonara el «negacionismo, porque mientras sea negado, el genocidio, sigue ocurriendo».
Erdogan no hizo otra cosa que profundizar el autoritarismo y convertirse en un autócrata con la demencial presencia del Isis en su país.
Por eso el símbolo mundial del reclamo es la flor de Nomeolvides, perfecta y violeta con un corazón redondo y amarillo. Y es verdad que no hay que olvidar. Para no repetir. Y recordar para prevenir. Y reconocer la existencia de ese holocausto del pueblo armenio para poder cerrar las heridas y que los muertos puedan descansar en paz.
Hace exactamente un siglo y 5 años, la matanza comenzó por la dirigencia política e intelectual de Constantinopla. Los jóvenes turcos fanatizados acusaban a los armenios y a otras minorías griegas, serbias y asirias de ser los responsables de la decadencia del Imperio Otomano y no soportaban sus virtudes para el comercio y la cultura. El intento de limpieza étnica fue de una crueldad y salvajismo particular. Brutales violaciones de mujeres y crímenes en la horca contra la condición humana. Algunos sobrevivientes aseguran haber visto una montaña de bebitos apilados y convertidos en una hoguera en segundos. ¿Quiénes pueden ser tan salvajes y desalmados como para prenderle fuego a chiquitos poco menos que recién nacidos? Uno nunca sabe hasta dónde puede llegar la monstruosidad de los que industrializan la muerte y el odio racial.
La periodista Magda Tagtachian contó en ese momento como su abuela Armenuhi, que significa mujer armenia, se salvó dos veces de la muerte en forma milagrosa. La primera vez tenía un año y medio y viajó durante horas en las alforjas que colgaban del lomo de un burro que cabalgaba su padre. Tuvieron que huir del pueblito de Aintab. Cada tanto, sacaban a la pequeña Armenuhi para que respiraba y rezaban, para que no llorara ni llamara la atención a la hora de cruzar algún control de los soldados otomanos. Después, caminaron horas entre el hambre, el frío y el destierro hasta que llegaron a Alepo en Siria. Por la posición enroscada que tuvo en ese escondite de cuero, y el shock anímico del pánico, la abuela de Magda contrajo tortícolis vitalicia y su pelo se volvió blanco como si fuera una viejita. La segunda salvación fue cuando trasladaban a toda la familia en el tren de la muerte hacia los campos de concentración. En pleno desierto, su padre la envolvió en una manta y la arrojó por un hueco del vagón rogando a Dios que la protegiera. Y la protegió tanto que al poco tiempo la puso en un barco que llegó a esta bendita tierra de inmigrantes donde todavía convivimos en paz y amistad los argentinos de todos los colores, las razas y las religiones.
Armenia fue durante 70 años una de las repúblicas de la Unión Soviética. Todavía pueden verse en sus calles los destartalados autos LADA y los gigantescos edificios grises de la burocracia socialista. Es un país que logró su independencia en 1991 y hoy practica una democracia parlamentaria occidental aunque está rodeada de países musulmanes como Irán, Turquía y Azerbaiyan. En la diáspora hay 8 millones de armenios viviendo por todos lados pero mayoritariamente en Estados Unidos, Francia y Argentina que envían alrededor de dos mil millones de dólares al año para sostener la patria de sus antepasados en el Cáucaso.
Como todo pueblo que ha sufrido una gran persecución, los ojos de los viejitos tienen cierto cansancio de tanta tristeza. Pero renuevan su esperanza en la mesa familiar donde el progreso y la comida son el pan de cada día. Los rituales, las danzas, los aromas y las especies del viejo mercado Gumi Shuka se transforman en el lavash o el Herisé, que se saborean con la mente puesta en el monte Ararat. Fue en ese lugar mágico que pertenecía a Armenia y hoy está en Turquía donde el Arca de Noe, según cuenta la biblia, se posó durante el diluvio. Hoy la imponencia y la blancura de sus nieves eternas son tal vez el símbolo de un pueblo que apuesta a la memoria y que pelea por la justicia. Ya pasaron 105 años de esos crímenes de lesa humanidad.
La comunidad armenia no olvida a sus mártires y relata esta historia de terror de generación en generación. El exterminio fue producido por el ejército, fuerzas irregulares, tribus kurdas y criminales que fueron liberados para que se sumaran a la masacre.
Hoy sonarán las campanas de las iglesias para despertar a los que todavía se callan la boca. Quieren justicia y reparación. En Turquía, el que se atreve a mencionar este tema, es procesado judicialmente bajo el artículo 301 del Código Penal.
No todos los países reconocen el genocidio armenio como tal. El primero fue Uruguay allá por 1965 y Argentina, primero por boca de Raúl Alfonsín y en el 2007 por ley del Parlamento nacional.
Hoy es el “Día de Acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos”. Todo lo contrario a ese intento deliberado y planificado de barrer un pueblo de la faz de la tierra. Fue el antecedente inmediato que tuvieron los nazis en Alemania. Instalaron el odio racial que implica siempre apuntar a un chivo expiatorio. Es urgente que todos los países del mundo pongan el grito en el cielo. Para que Turquía reconozca el genocidio. Para que nadie mire para otro lado. Para que florezca la flor del Nomeolvides que es como decir Nunca Más.
Siempre sentí una profunda admiración por el talento y el coraje de Charles Aznavour. Falleció hace dos años pero siempre fue una bandera de la causa armenia. El hijo pródigo que jamás olvido sus raíces. Sus padres fueron sobrevivientes del genocidio y en Francia se hicieron amigos de la familia de Missak Manouchian que fue el jefe de los partisanos francotiradores, un héroe de la libertad, que fue fusilado por los nazis en 1944. Charles Varenagh Aznavourian, su verdadero nombre junto a 80 artistas, como Gilbert Becaúd y Jhonny Hallyday, entre otros y juntó fondos cuando un terremoto, en 1988, devastó el norte de Armenia y mató a 25 mil personas en Spitak. “Por ti Armenia”, se llamó la canción para ese homenaje solidario. En el 2004, Aznavour fue declarado “Héroe nacional armenio”. Fue el responsable de un himno sagrado para su pueblo. Un rezo laico y musical por los que cayeron. Su letra lo dice todo en este día tan especial para los armenios y para todas las personas democráticas y pacíficas del mundo que repudiamos todas las dictaduras y todas las masacres.
Cayeron sin saber por qué
Hombres, mujeres y niños que sólo querían vivir. Ellos cayeron. Con los ojos abiertos de miedo. Invocando a su dios. Nadie levantó la voz en un mundo eufórico. Un pueblo llovió en su sangre.
Cayeron con los ojos llenos de sol
Como un pájaro que, en vuelo, una bala rompe.
Morir en cualquier lugar y no dejar rastro
Ignorados, olvidados en su último sueño
Cayeron creyendo, ingenuos que sus hijos, iban a poder continuar su infancia. Que un día pisarían tierra de esperanza. En los países abiertos de los hombres con las manos extendidas.
Cayeron para entrar en la noche.
Tiempos eternos al final de su coraje.
La muerte los golpeó sin preguntar su edad. Eran culpables de ser hijos de Armenia.
Un Cacho de la radio y la tele – 23 de abril 2020
El inmenso Cacho Fontana, hoy cumple 88 años. La última vez que hablamos con él por estos micrófonos nos quedamos tranquilos al comprobar que está muy bien cuidado por sus hijas y que comparte sus horas con Pinky en un hogar para adultos mayores de excelencia.
Todos los que amamos la radio y nos ganamos la vida con sus oficios, hoy deberíamos levantar la copa y brindar por Cacho. Y agradecerle a este verdadero monumento a los medios, el periodismo y la locución.
Feliz cumpleaños Cacho. Por 100 años más. Hoy cumple 88 años. Es que el 23 de abril de 1932 nació por primera vez Cacho Fontana.
Se llamaba Norberto Palese. Su padre ganaba 160 pesos como capataz de un galpón del Ferrocarril Belgrano y su madre cosía a máquina junto a la ventana. El arrabal de Barracas era su mundo. Se prendía a un cepillo de pié, lo acercaba a su boca y soñaba relatando goles como Fioravanti. Annabella, su primera noviecita de la calle Vieytes… el piberío… la esquina, el respeto por don Adolfo Pedernera y la locura por la máquina de la banda roja. A la noche, los Palese, se daban el mejor de los gustos: escuchar a Luis Sandrini. Para reír y llorar en familia.
Un día de 1949, nació por segunda vez Cacho Fontana.
Ya era un personaje inventado por Norberto Palese que debutó presentando en el salón “La Argentina” a la orquesta de Roberto Padula. Anunció el primer tango de su vida y dijo: “Canaro en Paris…” Ganaba 10 pesos por baile. Después vino la orquesta de Domingo Federico, el primer aviso con esa voz inigualable que ofrecía confiabilidad, precisión y que dijo: “Rematador Loturco, en Guernica”. Radio El Pueblo, la utopía de Radio El Mundo. El famoso encuentro con su amado Antonio Carrizo y la anécdota mil veces contada:
-¿Pibe, usted es Fontana?, le preguntó el flaco de la vida y el canto…. Sale bien pibe ehhh… pero deje el bolero.
Eran tiempos de cambios, de decirle chau a los engolamientos y a los almibarados locutores de entonces. Cacho entendió rápido el negocio y pateó todos los tableros. Revolucionó la radio. La hizo de nuevo.
Durante años el “Fontana Show” fue el programa de mayor audiencia. Inventó los móviles, una manera especial y vertiginosa de entrar a la noticia. La gloria de Radio Rivadavia, el locutor más vendedor, la imagen más transparente, el más prolijo. El pelo engominado. Cacho era el símbolo de la armonía que algún día le iba a explotar en las manos. Era impecable. Cacho tenía cada cosa en su lugar.
Una noche, les hizo el mejor de los regalos a sus padres. Un departamento de lujo y de yapa, le llevó a Luis Sandrini a cenar a su casa. Para que juntos recordaran aquellas noches de verano en Barracas, con el aroma del espiral y los malvones.
Ese locutor de la Nación fue reconocido por el Senado de la Nación. Le dieron la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento. Es la máxima distinción que otorga la cámara que representa a todas las provincias argentinas.
Grande entre los grandes, Cacho inmortal. Todos los locutores le deben algo. Son los salieri de Cacho. Porque el rompió el molde, reinventó esta profesión noble que empieza en la voz clara y modulada y termina como nudo en la garganta.
Un mes de abril, pero de 1970, cantó en el Madison Square Garden de Nueva York, el primer artista latino y se hizo la primera transmisión vía satélite a 16 países. Apareció una voz de acero en el escenario y dijo para la historia: “Con ustedes, el ídolo de América, Sandro”. Era Cacho Fontana, en nombre de canal 9, Libertad y para felicidad de Alejandro Romay.
Doce años después, condujo junto a Pinky “Las 24 horas de Malvinas”, en la televisión pública que en esa época se llamaba ATC. Fue para recaudar fondos, en medio de la guerra contra Inglaterra. En aquel momento despertó mucha polémica porque en el país gobernaba la dictadura. Pero, repasando esos videos, se puede confirmar que ni Pinky, ni Cacho tuvieron una actitud propagandística a favor del régimen militar, ni arengas belicistas. Por el contrario. Siempre apelaron a la paz, a la vida y a los soldaditos. Todas las figuras de ese momento, hicieron donaciones. Susana Giménez, Maradona, Ricardo Darín, Favaloro, Lolita Torres, Monzón, Passarella, Reutemann, Tato y Alberto Olmedo, entre tantos. Se recaudaron fortunas en pesos y 140 kilos de joyas. Nada de eso le llegó a los soldados que se morían de hambre y por falta de indumentaria adecuada. Fue un terrible y doloroso caso de corrupción que aceleró el hundimiento de aquellos uniformados que habían asaltado el poder de la democracia.
Más adelante, hubo un tiempo maldito donde a Cacho Fontana le faltó esa Seguridad Odol en las neuronas. Desbarrancó, se cayó a pedazos. La vida lo cagó a trompadas en ese ring donde solía anunciar a los grandes boxeadores de la mano de Tito Lectoure, su amigo de toda la vida hasta que la muerte los separó. No fue un minuto Odol en el aire, ni la luna le dijo al sol que lindo que son tus dientes. El país ya no se paraba para verlo como antes. O mejor dicho, igual que en las carreras, se paraba en las curvas para ver cómo se pegaba la piña.
Cacho de las sentencias, de la sabiduría de la noche y el mostrador. Cacho tanguero, vestido de smoking y moñito entre el rubio champagne y las rubias del Chantecler. Sonrisa gardeliana, quien si no iba a tener los dientes perfectos como propaganda de dentífrico.
La vida de Cacho en muchos puntos se toca con la de Diego Maradona. No solo porque fue el número uno por lejos en lo suyo, gambeteando furcios, poniendo la inflexión correcta en un ángulo, leyendo un aviso desde la mitad de la cancha como nadie. No solo en eso se parecen Cacho y Diego. También tuvieron sus parábolas de ídolo. Su amor y su desprecio por parte de la gente. Cacho y Diego no solamente compartieron la gloria. También compartieron Devoto. Porque ambos se perdieron en los laberintos malditos.
En carne propia comprendieron que cuando uno se cae en esas profundidades hasta que no logra ponerse de pié, está condenado a avanzar arrastrándose. Y eso humilla. Da vergüenza ante las hijas, te encierra en odio con tu esposa. Te aleja de tu oficio que es lo que más querés y lo que mejor hacés.
Una vez le preguntaron si le había pegado a Marcela Tiraboschi, una joven de 22 años que se ganaba la vida mostrando su redondeces en el programa de Sofovich y dijo:
– No acostumbro a hacer esas cosas con las mujeres. Hago otro tipo de estupideces, como enamorarme, por ejemplo.
Cacho Fontana se fue quedando solo y hasta tuvo que comer gracias a la solidaridad de los amigos.
Justo él, que en las noches de las noches era capaz de cerrar un boliche y repartir burbujas seductoras y bataclanas para todos. Su madre se fue quedando ciega, tal vez para no verlo en el derrumbe.
Porque después sí que se vino la noche para Cacho. Pero la noche pesada, de gatos de cuarta y de viajes de ida. “Que puedo hacer si me gustan las mujeres con pasado”, decía, cargándose a sí mismo. Ya había pasado taconeando por su vida la gran Beba Bidart. Pero hubo un momento en que la gente empezó a hacer leña del Cacho caído. El escándalo, la parálisis facial, los corticoides que lo inflan para curarlo, la idea de suicidarse que se repite hasta que…
Un día de junio de 1999, Cacho Fontana nació por tercer y última vez.
Resucitó del tiro de desgracia con el que se había castigado. Ese día del Martín Fierro, tocó el cielo con las manos. Lo ayudó su tercera y definitiva ex mujer, Liliana Caldini, la madre de sus dos hijas. La que tuvo destino de familia con sus genes.
La vida le dio revancha y Cacho la ganó el premio a la trayectoria. Subió temblando de emoción con las cámaras en vivo. Miró de frente a los 40 puntos de rating y desnudó sus miserias. Fue el día del perdón. Pidió disculpas por tantas macanas. Lo juró por sus hijas, por Antonella y Ludmila, y por sus nietas. Alcanzó a decir que se juramentaba ante Dios convertir esa trayectoria en futuro y se quebró y nos quebró a todos. Se tapó la cara y Cacho Fontana lloró desconsolado. Y pidió una oportunidad más. Y todos se la dieron. Todos nos pusimos de pié. Para verlo correr en la recta y llegar a la meta como está llegando ahora. No queremos un Cacho de Fontana. Lo queremos entero, de pie, para que salga a dar cátedra con los cientos de tonos con que lee las noticias o la tanda. Para que otra vez, con su sonrisa gardeliana, vuelva ese minuto Fontana en el aire., para que otra vez transmita y reclame seguridad como solo él sabe hacerlo y es su marca registrada. Un Cacho de 88 años que sigue soñando. Nació tres veces. Así en la vida como en la radio.
Mundstock, al cielo de la alegría – 22 de abril 2020
Ha muerto Marcos Mundstock y la argentina tiene muchas lágrimas más y un genio menos. Ha muerto Marcos, un querido amigo que, seguramente ya está instalado en el cielo de la alegría. La estuvo peleando como un guerrero durante más de un año y finalmente, a los 77 años su cuerpo dijo basta. Digo su cuerpo porque su alma, su corazón, su talento y su voz irrepetible, quedarán para siempre en la memoria de todos los que amamos la risa producida por un torrente de neuronas como era su cerebro y el de sus compañeros de Les Luthiers. Era tan querible que levantaba carcajadas de afecto, solito y callado en el escenario. A un costado, con la luz cenital, parado con su smoking y el moñito, con la carpeta roja en la mano y frente a un atril. Un solo gesto, una mirada pícara o la presencia imaginaria de Johan Sebastian Mastropiero, le alcanzaban para hacer estallar el teatro de felicidad. Cuando nació Marcos, se rompió el molde. No habrá ninguno igual.
Se las rebuscaba bastante bien con el idish, el idioma que hablaban sus padres, que eran judíos que llegaron a esta tierra, con pasaporte polaco y buscando libertad y esperanza.
Marcos, además, fue un locutor sin igual y un creativo publicitario de padre y señor nuestro. Somos privilegiados los que hemos tenido la posibilidad de admirar su arte y encima, como en mi caso, de tener una relación muy cercana. El lunes hablé con Lu, su hija actriz, que me desmintió terribles rumores que estaban circulando. Es que ya estaba muy mal. Reviso mi teléfono y me encuentro con el último chat. Mayo de 2019. Yo había escrito una columna sumamente elogiosa de “El cuento de las Comadrejas”, la película de Campanella. Se llama: “Un monumento al cine”. Y celebraba que este país tuviera cuatro actores de la magnitud de Luis Brandoni, Graciela Borges, Oscar Martínez y Marcos Mundstock. Marcos la escuchó como en general escuchaba radio Mitre y me escribió lo siguiente: “Hola querido Alfredo. Te agradezco tus exaltadas opiniones sobre la película, aunque mi modestia me impide releer tu columna más de seis veces por hora. Gracias hermano”. La sutileza que lo marcó para siempre, está en ese comentario. Me alegro profundamente de haberle podido contestar: “Te quiero y te admiro. Deseo profundamente que te mejores pronto”. Por suerte se lo pude decir. Que lo quería y lo admiraba. Fue hace casi un año. Fue el año de la batalla descomunal que libró contra esa maldita enfermedad.
Que nadie se asuste porque no hay ninguna chance. Pero si un día me decidiera a convertirme en político, armaría mi propuesta y mi plataforma con la trayectoria de Marcos y de Les Luthiers. Si señora, me gustaría recoger su nombre y llevarlo como bandera hasta la victoria.
¿Sabe porque se lo digo? Porque los integrantes de Les Luthiers, además de haber generado uno de los hechos artísticos más importantes de los últimos 50 años en Argentina, además de todo eso que ya es muchísimo, Les Luthiers son un espejo para mirarnos. Para reflejarnos en su ejemplo. Esa es mi pequeña utopía. Y se la paso a explicar.
Porque su trabajo es para las multitudes, para las grandes mayorías. Podrían haberse quedado en el humor inteligente para pocos, en el elitismo culturoso. En esa actitud de algunos presuntos intelectuales que se creen que mientras menos gente va a verlos más geniales son. Nunca fueron sectarios ni excluyentes. Supe como llenaron la cancha de fútbol del Sevilla en España y pude ver en persona, con mis propios ojos, como emocionaron hasta las carcajadas a 12 mil personas en el Festival de Cosquín, en el que muchos subestiman la inteligencia del pueblo y van a hacer demagogia con palmas y temas pegadizos. El otro día le conté a Jorge Fernández Díaz, en esta radio, que ellos me invitaron para que los acompañara a Cosquín. Estaban un poco inseguros, dudaban del recibimiento de un público con tanto amor por el folclore tradicional. Se enfundaron en ponchos blancos y, desde bambalinas, pude ver sus espaldas y de frente, las caras de esa maréa humana festejando tanto ingenio y música de calidad.
A Jorge también le conté que Les Luthiers fue parte de la educación que le dimos a mi hijo. Diego vió tantas veces los espectáculos que tenía en una caja llena de VHS que se sabía muchos pasajes de memoria. Yo como padre baboso, lo molestaba pidiéndole que los recitara delante de Marcos o de Daniel y ellos me decían: “Dejá tranquilo al pibe”.
Hablo de esa vocación por buscar la felicidad del pueblo a través de la risa. Uno sabe que volverán y serán millones de carcajadas.
Pero Les Luthiers también tiene lo mejor de la ética para ejercer su tarea creativa. Ganaron todo el dinero que se merecen por su trabajo, pero nunca cedieron a la tentación de la máquina de chorizos, de caer en el mercantilismo trucho que todo lo traduce a dólares y destruye el arte. Se respetaron a sí mismos y nos respetaron a nosotros. Y además la democracia interna que ejercían cotidianamente. Su propia existencia como grupo demuestra la posibilidad de la convivencia entre los distintos, la tolerancia, el pluralismo, esa manera tan maravillosa de enriquecernos con la opinión y la mirada del otro. ¿O alguien cree que es fácil que cinco talentos convivan durante tanto tiempo sin tener problemas entre ellos?
La moraleja es: si un grupo de trabajo puede, un país también puede. Y, finalmente, creo que Les Luthiers también tiene esa vocación por la igualdad, esa actitud mosquetero del todos para uno y uno para todos, ese elevar la palabra “compartir” a su máxima expresión y esa capacidad para discernir entre igualdad y uniformidad. Todos tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones pero todos respetan las características personales de cada uno, su propio pensamiento, la singularidad que los hace seres irrepetibles y cooperativos.
Tienen una ley interna que es sagrada: la ley del no jodás que se basa en el principio de la incomodidad respetable. Un teorema científico que dice así: cuando a alguno le jode demasiado que lo jodamos un poco, no lo jodamos ni siquiera un poco porque sería joderlo demasiado. Brillantes, brillaron en el Lincoln Center de Nueva York y en nuestro Teatro Colón. Pero ninguno olvidará y Marcos mucho menos, aquel recital en plena calle frente a 50 mil personas para festejar los 5 años de democracia recuperada cuando cambiaron el nombre del pirata Raúl por el de Fermín para que nadie interpretara nada raro teniendo un Raúl Alfonsín como presidente. Ninguno olvidará y Marcos mucho menos, cuando Felipe González los invitó al Palacio de la Moncloa o cuando recibieron el premio Princesa de Asturias y les otorgaron la nacionalidad española por carta de naturaleza.
Me pongo de pié para nombrarlos, queridos Luthiers: Marcos Mundstock, Daniel Rabinovich que en los escenarios del paraíso descansen y no se cansen de hacer travesuras bajo la dirección de su fundador, que también partió hace tiempo, Gerardo Masana. ¿Mi solidaridad en el abrazo fraterno y en el pésame en la despedida con Carlos Nuñez Cortes, Carlos López Puccio y Jorge Maronna, de la línea fundadora.
Ellos siguieron siempre en la huella, predicando con el ejemplo, no con el dedito levantado y sin bajar nunca una bandera y de la mano de Lino Patalano.
Por eso le digo que me gustaría tener un país Les Luthiers. Un país edificado por todos a su imagen y semejanza. Un país donde construyamos nuestros propios instrumentos para ganarnos la vida con la frente alta y las manos limpias y que por eso seamos respetados y muy bien recibidos en cualquier país del mundo. Un país en el que todos los argentinos cantemos la misma melodía y celebremos la vida con la alegría que no teme ni ofende, como la verdad. Las risas y la admiración que vienen cosechando hace más de medio siglo 50 son transparentes y genuinas, valientes y sensibles. Muy argentinas. Como el país que soñamos con Marcos como número cinco, repartiendo el juego en el medio campo. Porque era tremendamente futbolero. Lamentaba los problemas de su rodilla que no le permitían pegarle de chanfle como quería. Marcos era tan patriota que nació un 25 de mayo.
Ha muerto Marcos Mundstock. Se nos fue una parte de la mejor Argentina. Me hacía cantar de risa. Marcos y sus compañeros fueron admirados y amigos de Joan Manuel Serrat, Gabriel García Márquez, Yahuda Menuhim, Vinicius de Moraes, Toquinho, Manucho Mujica Lainez y la Negra Sosa, entre tantos.
Ha muerto Marcos Mundstock. Me duele el alma y me inclino para rezar en el altar de la alegría que seguramente comparte con Tato Bores, Jorge Guinzburg y el Negro Fontanarrosa. Ha muerto Marcos. Acompaño en el sentimiento a Laura, su mujer y a Lucía su hija tan querida. Te juro que te vamos a extrañar, hermano. Marcos Mundstock: no habrá ninguno igual, no habrá ninguno.