En sus 100 días como presidente, Alberto Fernández tuvo (y tiene) que enfrentar a tres enemigos muy poderosos: la deuda, la pandemia y Cristina. En esas tres batallas homéricas se define el futuro de todos los argentinos y el futuro político del jefe de estado. Si Alberto logra superar, aunque sea mínimamente, a estas tres terribles acechanzas, es probable que su gobierno empiece a gobernar. Aquí aplica muy bien eso de que lo que no te mata, te fortalece. Si la colosal deuda, la pandemia criminal y el virus autoritario y feudal de Cristina, no lo noquean en los primeros rounds, Alberto podrá sentirse victorioso. No es nada fácil. Por el contrario, son batallas de una complejidad pocas veces vista. El mundo económico también se hunde y eso, seguramente, hará que esta Argentina en el fondo del mar despierte algún tipo de lástima o comprensión por parte de los acreedores. La peste traicionera comete crímenes de lesa humanidad planetaria pero, como otras pandemias, más temprano que tarde, agotará ese veneno que tiene coronita.
Lo que parece un obstáculo insuperable es Cristina. Ella sí, que como buena peronista, es incorregible. La deuda y el coronavirus le hacen la vida difícil a Alberto. Pero Cristina le hace la vida imposible.
De arranque, Cristina se apropió de todos los lugares claves del estado pero ella y su banda no se hacen cargo de ninguno de los dos dramas más graves que sufre este país: la deuda y la pandemia. Sus soldados están estratégicamente atrincherados en donde puedan manejar montañas de dinero, impulsar la venganza y la propaganda y sobre todo, garantizar a impunidad de Cristina, su familia y el cártel de los pingüinos. Si se mira con atención, podrá verse que casi no hay cristinistas dedicados a atajar los crueles penales de la deuda o del virus. Ellos miran de afuera. Dejan que Alberto se desgaste con su gente. Que pague todos los costos políticos y que Cristina siga invicta.
Alberto no puede decir nada porque el capital político mayoritario, es decir los votos, en su mayoría son de ella. Pero quien sepa mirar, se dará cuenta de sus gestos que demuestran lo insoportable que es gobernar con el feroz fuego amigo que le disparan tanto la vice presidenta como la tropa de fanáticos que la rodea.
Los cristinistas no dejan pasar una para boicotear o sabotear a Alberto. Cristina manda a los gurkas para que hagan el trabajo sucio. Pero en algunas oportunidades no puede con su genio y utiliza sus propias palabras como puñales por la espalda.
Apenas asumieron, mientras estaban festejando en la Plaza de Mayo, Cristina tomó el micrófono y le hizo una advertencia, casi una amenaza: «no se preocupe por las tapas de diario» y le ordenó que «se preocupe por llegar al corazón de los argentinos», dado que «ellos siempre van a estar con usted».
Cuando el presidente abrió con su discurso las sesiones ordinarias en el Congreso, Cristina mostró varios gestos de disgusto, mientras abanicaba sus calores y antes de llegar al recinto hizo una actuación antológica frente a las cámaras de la televisión. No se pudo escuchar demasiado, pero la lectura de labios y de gestos ayudaron a comprender la magnitud del reto: “Esto se acabó. No va más”, le espetó Cristina con cara avinagrada. Pero el gesto que hay que observar en ese video imperdible, es el de Alberto. La mira con espanto y disgusto y se queda callado como reconociendo que una respuesta destemplada sería un remedio peor que la enfermedad. Se tuvo que tragar semejante sapo en vivo y en directo. Después, algún albertista negó que esto haya sido así. Sanatearon que fue un tema de que se terminaba el protocolo de la firma de libros. No se lo creyó nadie.
Con el tema de los ex funcionarios delincuentes que están presos por robarle los dineros al pueblo, los tiros vinieron de parte de los que hablan cuando Cristina se los ordena. Bastó que Alberto hiciera una diferencia, cuando planteó que “no hay presos políticos. Son detenciones arbitrarias”. Eso fue suficiente para que una andanada de militantes de Cristina le salieran al cruce planteando lo contrario. Incluso su propio ministro del interior, Wado de Pedro. Por supuesto que Julio de Vido fue el más agresivo y contundente en la defensa de Amado Boudou, Milagro Sala, entre otros. A José López no lo defendió. Por el contrario lo acusó de ser macrista y traidor. López fue su mano derecha y dijo que los 9 millones de dólares que había intentado esconder en un convento se lo había llevado un secretario de Cristina. Tal vez por eso, ella dijo que llegó a odiar a López. Y él contestó que temía por su vida porque Cristina “era muy vengativa”. Por su parte, Oscar Parrilli, quien funciona como un mayordomo de Cristina, también salió a pedir por la libertad de los presos políticos. Todos contra Alberto.
Después de un discurso conciliador de Alberto donde planteó que aspiraba a terminar con la grieta y buscar consensos con la oposición, Cristina salió fuerte contra Macri. En Cuba, hizo una alusión absolutamente discriminatoria contra los calabreses asociando esa condición a la mafia. Habló de los ancestros italianos del ex presidente y su “componente mafioso”. Cristina fue denunciada ante la Oficina Anticorrupción “por su agravio racista”. Achile Variatti el vice ministro del interior, del Partido Demócrata de centro izquierda, se manifestó indignado “por este horroroso e insoportable agravio racista” y Nicola Morra, el presidente de la Comisión Anti Mafia y otros dirigentes expresaron su fuerte condena a esos dichos y le exigieron “formales disculpas”.
Abochornado y con vergüenza ajena, Alberto Fernández respondió recibiendo al embajador italiano y agradeciendo el extraordinario aporte de esa colectividad a la Argentina.
¿Y Cristina? Bien gracias. No pidió disculpas ni se retractó. Mantuvo tozudamente sus palabras y le produjo otro daño a las relaciones internacionales de Alberto. Al decir verdad, Cristina debe estar batiendo un record: debe ser la mujer que jamás pidió perdón por nada, ni reconoció un error. Es un signo de altanería y soberbia creer que uno es perfecto. Los italianos merecían un pedido de perdón. Pero eso es mucho pedirle a Cristina.
Con lo del Fondo Monetario pasó algo similar. Alberto hablaba de negociaciones firmes pero racionales con el Fondo. Se manejaba con respeto de la mano del Papa, Joseph Stiglitz y Martín Guzmán para intentar llegar a un acuerdo beneficioso para la Argentina. Y Cristina salió con los tapones de punta para marcarle la agenda y el territorio a Alberto y de paso dinamitar esas buenas relaciones. También desde Cuba (su segunda patria), Cristina reclamó una quita sustancial de la deuda y el Fondo le contestó a través de su vocero que esa posibilidad no estaba contemplada por el estatuto”. Cristina redobló la apuesta y retrucó que el reglamento también “prohíbe que se den préstamos para permitir la fuga de dinero y sin embargo lo hicieron”. Provocativa finalizó su tuit asegurando que “los argentinos y argentinas sabemos leer”. Dejó en offside a Alberto que no tuvo más remedio que salir a decir que la observación de Cristina había sido muy pertinente. ¿Qué otra cosa podía decir? ¿Contradecir a su vicepresidente? ¿Reconocer que ella se había mandado por las suyas sin siquiera consultar al presidente de la Nación?
El operativo desgaste de la investidura presidencial y el fuego amigo se potenció con el tema de la atropellada para lograr la libertad de Milagro Sala. Alberto buscó una salida legal y prolija diciendo que la Corte Suprema debería expedirse en un tema tan delicado. Pero Gerardo Morales denunció que Cristina le ordenó al senador Guillermo Snopek que presentara del proyecto de intervención de la justicia jujeña. Y en el senado, otra legisladora hiper cristinista, le dio curso.
Eugenio Zaffaroni y Horacio Verbitsky son, según el gobernador jujeño, los autores ideológicos de la operación “Impunidad para Milagro Sala”. Es más, el gobernador aseguró que el principal es Verbitsky “quién tiene las manos manchadas en sangre porque entregó a sus compañeros durante la dictadura militar en su condición de doble agente”.
Pero la demostración más grande de Cristina se produjo en estos días. Exhibió la impunidad y la autonomía con la que se maneja, en plena hecatombe por el coronavirus y mientras el gobierno ataja penales terribles y recomienda quedarse en su casa. Sin embargo, ella se fue, entre gallos y medianoche a Cuba. Algunos la justifican porque dicen que fue a ver a su hija. Pero lo cierto es que recién al día siguiente la justicia suspendió el juicio por la corrupción en la obra pública de Santa Cruz donde ella debía comparecer. ¿Qué pasó? ¿Cristina es adivina? ¿Tiene la bola de cristal y se enteró que al otro día iban a suspender el juicio o directamente se fue a Cuba sin que le importe nada como es su costumbre? Ya se lo dijo a los jueces: Ustedes son los que van a tener que responder preguntas. A mi, me va a absolver la historia. Parece que ya la absolvió porque ni siquiera pide autorización para ausentarse del país. Ella es la que reina en la Argentina. La Reina Cristina parece tener un secretario llamado Alberto Fernández. Los virus de la pandemia y de la deuda son muy difíciles de dominar. Pero el virus del autoritarismo es casi imposible.
Los pelotudos según Borensztein – 17 de marzo 2020
El domingo muchos argentinos pudimos leer una columna genial en Clarín. Vale la pena multiplicar su profundidad y su ironía. Por eso, hoy le doy mi palabra a Alejandro Borensztein:
En el medio de la pesadilla que estamos viviendo el dato no le importa a nadie y seguramente pasará desapercibido, pero el calendario indica que este miércoles 18 de marzo se cumplirán los primeros cien días del nuevo gobierno.
Me da cosa por Tío Alberto, sobre todo el Tío Alberto de los miércoles (que es el que más o menos sirve), porque con esta catástrofe nadie se va a acordar de la fecha ni lo van a felicitar ni le van a mandar regalitos ni nada. Y espero que a ninguno se le ocurra hacerle soplar las velitas arriba de una torta porque van a terminar todos en cuarentena.
Los primeros cien días es un período de gracia en el cual los gobiernos intentan hacer muchísimo y la sociedad evita putearlos. Seamos francos, en este caso no pasó ni lo uno ni lo otro.
Por suerte para el gobierno, estamos tan conmocionados por la pandemia que nadie va a perder tiempo evaluando los primeros cien días de estos muchachos.
¿Dónde estamos parados con este asunto del coronavirus? No tengo la menor idea, como casi todo el mundo, pero veámoslo con un poco de amplitud.
Si bien toda la atención se la lleva el coronavirus, en la Superliga de calamidades todavía
el dengue va puntero, sólo e invicto. Doble mérito porque además de ir primero en el campeonato local, también está jugando la Sudamericana y anda fenómeno. De hecho, en Paraguay y Brasil ganó todos los partidos.
Lo sigue de cerca el sarampión, que alguna vez se fue a la B y hoy está otra vez en primera división haciendo una gran campaña.
Por supuesto, mientras tanto las arterias se siguen tapando, las próstatas siguen creciendo y los tumores pululan haciendo estragos por todos lados.
Sin embargo, en situaciones extremas como las que estamos viviendo no podemos evitar ser víctimas del mayor de los flagelos que desde siempre nos aqueja como sociedad. Un mal que se suma al tema del coronavirus y lo complica todo: los pelotudos.
Estamos hablando, por ejemplo, de los pelotudos que aún en estos días salen de un baño público sin lavarse las manos o los pelotudos que te hablan encima de la comida en los bares y restaurantes o los pelotudos que salen a la calle con fiebre o los pelotudos que van a laburar con tos o los pelotudos que mandan a sus hijos al colegio con mocos o los pelotudos que vuelven de sus viajes y se van al casino, como el pelotudo ese de Córdoba que lo tuvo que sacar la policía de las orejas, por pelotudo.
Por supuesto están los pelotudos que cuando te los cruzás te siguen abrazando fuerte como si fueras un hermano que no ve hace años. Pero también están los pelotudos que no sólo te abrazan sino que primero te chocan la mano, te besan y te hablan con entusiasmo a 30 centímetros de distancia para no errar ningún microbio.
En otras palabras, lo grave de la situación actual es que vamos a tener que enfrentar al coronaviurus con todos los pelotudos que viven en nuestro país. Que son muchísimos.
En esto no hay grieta. Está lleno de pelotudos que votaron al Gato y está lleno de pelotudos que votaron a Tío Alberto.
Aunque algunos pueden pensar que hay más pelotudos de un lado que del otro, no hay datos científicos que demuestren que un tipo que votó al Gato es más pelotudo que el pelotudo que votó a Tío Alberto.
Aunque son muchísimos los ciudadanos que ya han tomado conciencia de cómo comportarse, las últimas estadísticas indican que el 46% de la sociedad no atiende las normas básicas de protección. O sea tenemos un 46% de pelotudos.
Por ejemplo, uno ve pelotudos llevándose de los supermercados más paquetes de fideos de los que podría comerse en 20 años. O pelotudos que se compran todo el papel higiénico porque alguna vez escucharon que escasea en Venezuela, como si la pandemia de coronavirus tuviera algo que ver con el chavismo. Son dos catástrofes completamente distintas. Pero los pelotudos se las confunden. Justamente porque son pelotudos.
Llegado a este punto hay que aclarar que, contrariamente a lo que mucha gente piensa,
no hay una pandemia de pelotudos. Para definir una pandemia tiene que haber un brote, un pico, un aumento excepcional de casos. Y acá no hay un brote de pelotudos porque pelotudos hubo siempre. Solo que en estas situaciones se notan mucho más.
Yo no tengo dudas de que los pelotudos son, históricamente, nuestro mayor flagelo.
Nuestra decadencia no es culpa del peronismo ni de los radicales ni de los liberales ni de la izquierda. El problema son los pelotudos.
Y lamentablemente hasta ahora los pelotudos no tienen cura. Es muy desalentador volver a descubrir por estas horas que la ciencia no ha encontrado la vacuna contra los pelotudos. Gran deuda con la humanidad.
Cuando Israel finalmente confirme que descubrió la vacuna contra el coronavirus todos los nazis y antisemitas van a salir corriendo a vacunarse pero después van a seguir siendo nazis y antisemitas. En cambio el día que Israel anuncie que tiene la vacuna contra los pelotudos se termina el antisemitismo en un minuto.
Algún pelotudo podrá pensar que el problema es argentino, pero no. Es global. Por ejemplo, en todos los baños de los bares y restaurantes de EEUU hay un cartelito que dice “employees must wash hands” (los empleados deben lavarse las manos). ¿Por qué es necesario poner ese cartelito en los baños americanos? Muy simple: porque allí también está lleno de pelotudos que no se lavan las manos.
Obviamente, entre los pelotudos hay distintos niveles de responsabilidad. No es lo mismo el pelotudo que sale del baño subiéndose la bragueta con las manos pringosas que el pelotudo que mantiene las escuelas abiertas en medio de la crisis del coronavirus. Pero ambos son pelotudos y con estos personajes nos la tendremos que arreglar.
Ginés García dijo textualmente que “los chicos no son un grupo vulnerable”. No lo sé, puede ser. Pero los padres y los abuelos sí lo son. Y están todos en las puertas de los colegios peleando por llevarse a sus crías lo más rápido posible. Tal vez no se contagien los pibes pero seguro se van a contagiar todos los padres.
Se cerraron las canchas para evitar que, por ejemplo, cien barras de Laferrere se contagien y propaguen el virus pero no hacemos nada con miles de padres y abuelos que se agolpan en las puertas de los colegios. ¡Pelotudos!
El viernes a la tarde Uruguay confirmó sus primeros cuatro casos de coronavirus. A la tarde ya habían cerrado las universidades, eliminado el control de asistencia a clases en las escuelas y suspendido el campeonato de fútbol.
Acá River Plate decidió no presentarse a jugar el partido de ayer y los pelotudos que manejan la Superliga lo quieren sancionar. Se suspendieron las competencias deportivas en todos los países del mundo afectados por el virus y nuestros dirigentes sacan un comunicado diciendo “los jugadores pueden desarrollar su trabajo normalmente como lo hacen todos los días miles de argentinos en fábricas, hospitales y tantos otros lugares”. Textual, firmado por Tinelli. Un grande.
Que el fútbol argentino estaba en manos de unos pelotudos que no pueden organizar un campeonato como la gente ya los sabíamos hace rato, pero lo que no imaginábamos es que fueran tan pelotudos.
La realidad es que no hay que obsesionarse ni dejarse llevar por los paranoicos. Pero hay que tomar todas las medidas correctas y necesarias, ahora que todavía estamos a tiempo.
Para eso es fundamental combatir el virus pero sobre todo es imprescindible neutralizar a los pelotudos. Una tarea ciclópea porque está lleno.
Es una gran oportunidad para la política en general y el gobierno en particular. Lavarse bien las manos, mantener distancia y evitar salir cuando no es necesario.
Pero también ya es hora de convocar de una buena vez a todas las fuerzas políticas para sellar ese gran acuerdo que nuestros pelotudos se niegan a hacer desde hace años. Si no lo encaramos así, los segundos cien días van a ser mucho peor que los primeros. Vamos, no sean tan pelotudos.
Resistiremos todos los virus – 16 de marzo 2020
En varios lugares de España la gente sale al balcón y canta con sus vecinos a viva voz. Para darse ánimo y sentirse más unidos en la adversidad, algunos entonan el himno y otros apelan a “Resistiré”. Este tema, que es cortina de nuestro programa, es una arenga que nos sugiere los mejores caminos para combatir el peor de los virus que es el pánico.
Cuando pierda todas las partidas
Cuando duerma con la soledad
Cuando se me cierren las salidas
Y la noche no me deje en paz
Cuando sienta miedo del silencio
Cuando cueste mantenerme en pie
Cuando se rebelen los recuerdos
Y me pongan contra la pared
Resistiré, erguido frente a todo
Me volveré de hierro para endurecer la piel
Y aunque los vientos de la vida soplen fuerte
Soy como el junco que se dobla,
Pero siempre sigue en pie.
Esta pandemia nos está poniendo a prueba. A cada uno de nosotros, a nuestras familias y países y al planeta en su totalidad. Nos obliga a administrar el miedo para que no se transforme en pánico y este, a su vez, en parálisis. El miedo controlado sirve para separar lo accesorio de lo fundamental. Y esa es gran parte de nuestra tarea en estos tiempos. Tirar a la basura por un tiempo lo frívolo, lo innecesario y quedarnos desnudos con nuestro propio cuerpo y nuestra propia disciplina y conciencia social. El miedo no es tonto. Nos educa para que tiremos por la borda el peso del consumismo extremo y vacío, el individualismo egoísta y esa altanera sensación de que los humanos sabemos todo, que tenemos todo controlado.
No hay alcohol en gel ni barbijos. Faltan algunos productos en el supermercado. Pero el mayor desabastecimiento es de certezas. Eso nos enloquece. No sabemos lo que va a pasar dentro de un rato ni a la vuelta de la esquina. Los religiosos dicen que nunca tuvimos certezas. Que solo teníamos la ilusión de certezas. Y que esto que pasa es la demostración de que somos absolutamente vulnerables y frágiles. Hoy parece que todo se derrumba. La economía real y las ventas, los mercados y los bonos, pero hay algo que se consolida y se fortalece: la capacidad de vivir con uno mismo y con la familia. Puertas adentro. Conocernos y reconocernos más allá de los mensajes de texto en el celular. Mirarnos a la cara. Valorar la belleza de lo sencillo que además es gratis: la sonrisa de nuestros hijos, los ojos de nuestra amada, el amanecer, los silencios, la lectura, y la absoluta falta de ansiedades y corridas para llegar tarde a donde nunca pasa nada.
Esto cambia las dimensiones. Nos enseña que nadie es tan débil y nadie tan poderoso. El virus con corona y todo mide 125 nanómetros. El nanómetro es una unidad de medida que equivale a una mil millonésima parte de un milímetro. Sin embargo esa insignificancia tiene de rodillas al globo terráqueo entero.
Estamos asistiendo a la hecatombe económica más grave desde la Segunda Guerra Mundial y semejante tsunami va a golpear fuerte en esta Argentina que ya viene tan golpeada. No hay muchas certezas, repetimos. Pero el sentido común indica que debemos prepararnos el aumento de la estanflación, la pobreza, la desocupación y la deuda.
Hay que combatir en unidad y sin grieta todos los virus. Sobre todo el de la soberbia del que cree saberlo todo como el ministro Ginés González García. “No lo cambio ni loco”, dijo Alberto: “es el que más sabe de Salud Pública”. Puede ser, digo yo. Pero no lo sabe todo. Y por eso cometió un par de sincericidios como decir que “no hay ninguna posibilidad de que el virus llegue” a la Argentina. Después tuvo que confesar que lo “sorprendió la velocidad” con que arribó a estas costas. Insisto, no quiero cargar las tintas en las responsabilidades políticas porque ahora, todos tenemos que empujar para el mismo lado: el de la salud y la sensatez. Pero tampoco puedo mirar para otro lado y que Ginés se crea que no nos dimos cuenta.
Igual que lo que pasó con el viaje de Cristina a Cuba en plena crisis. Hoy se suspendió la audiencia del juicio oral por la corrupción de la obra pública de Santa Cruz y ella se fue anoche a La Habana. ¿Es clarividente y sabía lo que iba a pasar y se tomó el avión antes de que el tribunal lo resolviera o, directamente, ya ni le importa lo que decida la justicia y como es su costumbre, hace lo que quiere?
Hay otra soberbia que además es violenta y debe ser repudiada por la totalidad de la sociedad. Hablo de este energúmeno llamado Miguel Ángel Paz que en un santiamén se convirtió en un patotero. Fue capaz de meter 19 golpes en 13 segundos a un correcto vigilador que le estaba exigiendo que respetara las normas. Incluso le fracturó el tabique nasal. Este profesor de educación física sacado, primero lo amenazó de muerte y hoy está con dos causas judiciales en marcha y cumpliendo la cuarentena en su casa por orden de un juez federal y con un custodia policial en la puerta. El video que mostró su comportamiento lo convirtió en el ejemplo de todo lo que no debemos hacer nunca pero mucho menos en momentos como este. Resistir es también ponerle un límite a la estupidez.
Resistiré, para seguir viviendo
Soportaré los golpes y jamás me rendiré
Y aunque los sueños se me rompan en pedazos
Resistiré, resistiré.
Nos está poniendo a prueba un enemigo invisible, silencioso y traicionero del que sabemos muy poco. Los científicos y médicos del mundo, los líderes políticos y nosotros, los periodistas estaremos bajo la lupa para juzgar si estamos a la altura de las circunstancias. Para acelerar la vacuna, para conducir al país hacia los mejores puertos y congelar algunos delirios ideológicos y conspirativos y para dinamitar las fake news, esas noticias falsas que hacen circular criminales virtuales.
Esto nos tiene que hacer revalorizar a todos la bandera sagrada de la libertad. El foco infeccioso fue made in China y los dictadores no solamente ocultaron la información: también castigaron a los mensajeros. Donde menos libertad hay, más muertos se producen. China e Irán son dos ejemplos concretos. Son gobiernos totalitarios que quieren controlar todo y se creen tan poderosos que piensan que lo que no se publica, no existe. Ese virus también es nefasto. Como el exceso de codicia, la voracidad por el dinero más fácil y en menor tiempo posible. Muchos laboratorios de países desarrollados trasladaron gran parte de su producción a China para aprovechar los menores costos. Sueldos bajísimos, sin protección algunas para los trabajadores es barato pero al final sale carísimo y es inhumano. Leí en excelentes fuentes que en China se produce el 90 % de la penicilina y el 60% de paracetamol del mundo y el 13% de los medicamentos que se consumen en Estados Unidos.
Cuando el mundo pierda toda magia
Cuando mi enemigo sea yo
Cuando me apuñale la nostalgia
Y no reconozca ni mi voz
Cuando me amenace la locura
Cuando en mi moneda salga cruz
Cuando el diablo pase la factura…
Resistiré, resistiremos a todos los virus.
Cumpliendo las reglas. Siendo mejores ciudadanos seremos mejores personas.
Hay que demorar todo lo posible la llegada de los infectados autóctonos. Para achatar la curva de crecimiento de pacientes y no colapsar el sistema de salud. Los hoteles sindicales, los cuarteles pueden ser utilizados para sumar a los 3.100 establecimientos sanitarios que tenemos con 165 mil camas en disponibilidad.
Nadie es culpable de enfermarse. Pero todos somos responsables de cuidarnos para cuidar al prójimo. Hay que desterrar la discriminación hacia los enfermos. En un segundo todos podemos ser discriminados. Y que nadie aproveche esto para vengarse y pasar alguna vieja factura a otra persona. Las pestes producen un pánico que es más contagioso que el virus y muchas veces saca lo mejor y lo peor de nosotros.
Lo dijo el doctor Pedro Cahn, “una epidemia es como un incendio, no sirve el sálvese quien pueda”. Por eso debemos esperar lo mejor pero prepararnos para lo peor.
Para resistir a todos los virus. Para resistir a la cobardía y los prejuicios discriminadores, a la soberbia, a la violencia revanchista y la mezquindad y sobre todo a la irresponsabilidad ciudadana.