La muerte de la mejor abuela – 13 de marzo 2020

Le pido que preste atención a esta historia de amor y de dolor. Si todavía no sabe quién es Mateo Salvatto, se lo cuento rápidamente. Mateo tiene 20 años y es uno de los jóvenes más talentosos que hoy tiene la Argentina. Un pequeño genio que inventó una aplicación para el teléfono que es de una maravillosa innovación creativa y de una impronta solidaria e integradora. Escuche lo que Mateo inventó cuando tenía apenas 18 años. La aplicación se llama “Háblalo”. Se lo explico en forma sencilla. Una persona sorda o con otras dificultades para comunicarse, escribe un mensajito en el celu. La aplicación lo transforma en audio para que otra persona pueda escuchar ese mensaje. Pero eso no es todo. La persona que no tiene ese problema, le contesta con un mensaje de voz y el celu lo transforma en texto para que la persona hipoacusica lo pueda leer. Es alucinante. Esto le cambia la vida. En plena calle, puede preguntar dónde queda la farmacia, o darle la dirección a un taxista o lo que se le ocurra. Todos van a entender y escuchar esa voz que dice lo que la persona sorda escribió. Y cuando le respondan, eso se transforma en texto y lo podrá leer en la pantalla del teléfono. Es tremendamente útil. La aplicación inventada por Mateo es absolutamente gratis y ya fue bajada por 132 mil personas en todo el mundo.
Mateo es un pibe luminoso. Tiene la cara fresca, el pelo corto pero con el jopo revuelto, suele vestir una remera de la NASA y desde el barrio de Caballito se proyectó al mundo y fue premiado por el prestigioso MIT y ganó el campeonato mundial de robótica en Israel. Fue la única vez que un pibe argentino logra semejante victoria.
Mateo tiene un padre contador y un hermano politólogo, pero fue marcado a fuego por su madre que es profesora de personas sordas. Muchas veces, Mateo acompañaba a su madre a trabajar. Y eso le hizo ganarse amigos que le enseñaban el lenguaje de las señas. Esa relación de afecto lo llevó a pensar que podía hacer para ayudar a los sordos.
Mateo Salvatto se recibió con honores de técnico electrónico en la escuela ORT y después de analista de sistema. Ahora estudia un Master en Administración de Empresas. Es un bocho impresionante. Se emocionó hace poco cuando un usuario de su aplicación le contó que se comunica con su hermana que es ciega. El no se había imaginado esa utilidad. El muchacho sordo escribe en el celu: “hola querida hermana” y el aparato dice “Hola querida hermana”. La chica ciega, dice “Hola querido hermano”, y su hermano lo puede leer en su pantalla. Todo en tiempo real. Todo en un segundo de gloria. No se necesita internet. Y repito: es gratis. Ahora está tratando de inventar algo para las 500 millones de personas que tienen Alzheimer en el mundo.
Mateo Salvatto es orgullosamente argentino. Ama este país y desprecia a los corruptos y mentirosos. Esto que le cuento es para que conozca apenas una parte de lo que es Mateo Salvatto. Habla de sus neuronas y su inteligencia. Pero esto no termina acá. Mateo tiene un corazón gigante para ayudar al prójimo y una sensibilidad especial y amor por su familia. Hace 48 horas se murió su abuela del alma. Y Mateo escribió algo que me conmovió hasta las lágrimas y por eso quiero compartirlo con ustedes. Hoy le doy mi palabra a Mateo Salvatto:

Hoy se fue la persona más importante de mi vida.
La que reemplazó su amada Galicia por
Buenos Aires para darnos una vida mejor.
Te amé como nunca voy a amar a nadie, y hoy
te perdí. Pero no voy a dejar que tu historia
muera. Todos merecen conocer
a la mejor abuela del mundo:
Hace setenta años abandonabas a tu pequeña
aldea en Galicia, Bealo, para perseguir al amor
de tu vida que, tres años atrás, había decidido
cruzar el atlántico en un barco de carga para
apostar por un nuevo destino, con nuevas
oportunidades: Buenos Aires, Argentina.
Llegaste con poco más de veinte años,
apenas sabiendo sumar. Jamás habías tomado
un colectivo en tu vida, nunca habías estado en
una gran ciudad. No conocías más que de
pastar vacas, coser tu propia ropa, y sobrevivir
al frío aterrador de Galicia, con lo que había.
Pero nada te detuvo. Nada. Llegaste y te
reencontraste con el amor de tu vida al que yo,
muchas décadas más tarde, llamaría «abuelo
Ramón». Hicieron todo lo que pudieron.
Trabajaron de todo, a todas horas, en cualquier
condición, para formar una familia sana.
Poco tiempo después tendrían tres hijos: María,
José y mi mamá, Mercedes. Alquilaron toda la
vida. Nunca pudieron comprar un auto, casi no
pudieron ahorrar, y prácticamente no tomaban
vacaciones. Pero eran muy felices, porque al
gallego nunca le faltaba un chiste o una sonrisa.
Así la familia fue creciendo, con lo que había.
En casa se hablaba una mezcla extraña entre
gallego y castellano que todos conservaríamos
hasta hoy. Pasaron los años, y los chicos ya
eran grandes, hasta que eventualmente
Mercedes se casaría con Carlos, quien hoy es
mi papá.
Mis tíos siguieron el mismo camino, y la familia
creció. Los abuelos, Ramón y Ramona, tendrían
seis nietos: Ezequiel, Camila, Lucila, Eugenia,
Augusto y yo. Todos criados escuchando las
interminables historias de una «tierra prometida»
llamada Galicia.
Los momentos más felices y los recuerdos más
alegres, fueron siempre con ustedes. Dieron
absolutamente todo por su familia, como padres
y como abuelos. Nos hacían reír, nos enseñaban
gallego, bailábamos, cantábamos, jugábamos a
«la baraja»… Con ustedes, éramos felices.
Tardaron como cuarenta años en volver a pisar
su amada tierra. Cuarenta años sin ver a sus
familias, sin saber cómo estaba todo allá. Pero
eventualmente, volvieron, y una parte de su
alma se volvió a llenar. Regresaron a la tierra
prometida, regresaron a Galicia.
Mi hermano y yo fuimos tan afortunados, que
pudimos ir en un viaje allá con ustedes.
Visitamos juntos esas aldeas de las que nos
habían contado. La fuente del abuelo, a donde
iban a bailar de novios, la casa de la abuela…
Todo, todo lo que siempre habíamos soñado.
Hasta que un marzo de 2010, el gallego se nos
fue. El llanto cruzó a cientos de personas,
tanto en Argentina como en España. Lo
lloramos tanto, porque sabíamos que habíamos
perdido a una de las mejores personas que
jamás vivió… Pero la que más lloró, fuiste vos…
Yo te vi llorar al lado del amor de tu vida,
cuando ya no podía volver… Y, con once años,
recuerdo pensar «La abuela no va a poder sola,
necesita demasiado al abuelo»… Pero me
equivoqué, todos nos equivocamos. Poco
tiempo después, asumiste que, aunque ya
pasabas los 80 años..
Tenías que seguir cuidando de la familia. Así
que pusiste una sonrisa y saliste adelante. Pero
ojo, sin olvidarte jamás del gallego. Dormiste
durante 10 años con dos fotos de el de cada
lado de la cama, lo mencionabas
constantemente, y lo extrañábamos juntos todos
los días.
Y así siguió tu hermosa vida. Nos asustaste con
otro infarto y algunas caídas, pero siempre te
recuperabas… Y nunca faltaba tu llamadito a la
noche solo para ver como andábamos. Estuviste
en todas nuestras etapas, logros y fracasos,
como una madre. Incondicional.
La alegría de tu vida era cuando alguno de
nosotros entraba a tu casa y empezaba a gritar
en gallego, o te sacaba a bailar, o te daba
muchos besos en los cachetes, o te hacía
cosquillas, o se tiraba encima tuyo en la cama…
La alegría de tu vida siempre fue tu familia.
Nosotros.
Y, justo diez años después de nuestro mejor
amigo, vos empezaste a apagarte… Ayer me
llamaste con lágrimas en los ojos porque querías
verme y, cuando llegué a tu casa, me diste un
abrazo enorme y me dijiste que me amabas.
Y yo te dije que, obviamente, yo también, y
mucho.
Asustada, «Siento que se me va la vida», me
dijiste. A lo que te contesté que ni se te ocurra,
que yo no podía hacer nada sin vos. Y me
dijiste que te querías quedar al menos un añito
más… Pero que extrañabas al abuelo.
Lo se, corazón. En diez años jamás dejaste de
extrañarlo.
Me dijiste que nosotros éramos tu orgullo, y que
estabas muy contenta de todo lo que habíamos
logrado. Yo me acosté en la cama con vos,
tomamos unos mates, jugamos con el perro,
charlamos, nos reímos un cachito y ya estabas
mejor… Ya volvías a ser vos. Me quedé tranquilo.
Entonces me dijiste «andá, andá, antes de que
se haga de noche»… A lo que, eventualmente,
dije que sí, te di un besote enorme, nos dijimos
como siempre que nos amamos mucho, y yo te
prometí que todo iba a estar bien, y que nos
veíamos el finde. Agarré la bici, y me fui.
Ignoraba que esa iba a ser la última vez que te
iba a ver despierta, abu. No tenía idea. Lo
pensé, pero lo reprimí pensando «no seas
boludo, la abuela va a estar bien».
Me fui a dormir ayer a la noche un poquito
preocupado, pero pensando que nos veíamos
el finde como quedamos.
Finalmente, este once de marzo de dos mil
veinte, a las ocho de la mañana, te fuiste. Te
me fuiste, amiga… Y con vos se fue una parte
de mí. Con vos se fue una chispa de alegría
enorme que se que nadie más me va a volver a
dar. Con vos se fue el amor más grande que
sentí. Y se que no vas a volver, y me duele.
Porque te extraño. Te necesito. No quiero hacer
nada sin vos, quiero que leas nuestro libro,
que sigas escuchando las entrevistas,
que leas las notas y artículos, que charlemos
por teléfono, que juguemos a las cartas…
Quiero que vuelvas.
Quiero que vuelvas al menos un ratito para
poder decirte mucho más que un simple «te
amo»… Para poder decirte que vas a estar en mi
mente hasta el día que me muera… Porque,
como te dije hoy, nunca voy a amar a nadie
como te amo a vos. Nunca.
Y ayer nos sacamos, nuestra última foto, juntos.
Charlando, en la cama, con el perro, después
de unos mates. Me la voy a guardar toda la
vida, porque se que en ese momento fuiste feliz,
porque estabas conmigo, y yo con vos. Hasta
el último segundo de tus 92 años, fuiste feliz.
Te prometo que voy a recordarte siempre como
la mejor abuela que el mundo conoció. Voy a
contar tu historia con el abuelo a todos, y voy a
volver a pisar tu tierra como si fuera mi casa,
hasta el día que me muera. Chau, amiga de mi
alma. Tu nieto, «Matusito», te ama para siempre.

Alfonsín, en el corazón de su pueblo – 12 de marzo 2020

La historia dice que un día como hoy, pero de 1927, nació Raúl Alfonsín. Hoy cumpliría 93 años. Y la presencia luminosa de esa vida nos lleva inevitablemente a recordar el dolor de la oscuridad de su muerte. Aquel día se estrujó el alma de los argentinos. Se nos instaló un agujero negro en nuestra conciencia ciudadana. A las 20.30, el doctor Alberto Sadler lo anunció formalmente. Estaba en la cama del dormitorio del histórico departamento de la calle Santa Fé al 1.600. Lo acompañaba toda su familia cuando, finalmente, se quedó dormido para siempre. Dejó de sufrir. Eran tan grande los dolores que le tuvieron que dar morfina para poderlos soportar. Respiraba de un tubo de oxígeno. Le había hecho mucho daño ese maldito cáncer de pulmón con metástasis ósea que, encima, se complicó con una neumonía.
La entonces presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner estaba en Londres, en la reunión del G-20 y por eso, el decreto de 3 días de duelo nacional lo tuvo que firmar el vice, Julio Cobos, un radical que había entrado a la política entusiasmado por la primavera alfonsinista.
La misa de cuerpo presente la hizo monseñor José María Arancedo, que en ese momento era arzobispo de Santa Fé y primo hermano de don Raúl.
Todavía tengo las imágenes de ese multitudinario cortejo fúnebre con que lo despidió el pueblo argentino que tanto le debe. La cureña partió desde el Congreso, por Callao hasta el cementerio de la Recoleta. El Regimiento de Granaderos a Caballo lo escoltó hasta la última morada.
Julio Bárbaro, un peronista hasta los huesos lo definió como el mejor presidente que tuvimos desde la recuperación de las instituciones en 1983. Es que su figura se transformó en prócer con el tiempo. Creció y se agigantó porque supo honrar la política y porque hizo de la honradez y la ética de la responsabilidad sus principales banderas. Su gestión tuvo ataques de todo tipo pero Alfonsín respondió sin una gota de autoritarismo ni violencia y cero corrupción. Era un gallego calentón, como él decía de sí mismo, que se enojaba cuando elogiaban su honradez. No concebía otro tipo de comportamiento.
En el 2007 durante un largo reportaje realizado por Jorge Fontevecchia dijo que Cristina: “Tiene un déficit muy grande, que es su iracundia”. Y del populismo, agregó: “Es una plaga en cualquier parte, es algo sin doctrina, puja de poder, no respeta, crea su propia institucionalidad”.
Oscar Muiño escribió que Alfonsín: “detestaba la demagogia. No amenazaba ni apretaba. Su verbo era persuadir. Aunque había que aguantarlo. La persuasión resultaba agobiante, difícil de resistir”.
Y agregó que: “Su tolerancia no era tibieza. No rehuía el debate. En plena capilla Stella Maris se paró y tomó la palabra para refutar a un religioso promilitar (monseñor José Medina). Otra vez reclamó ante una Sociedad Rural que lo silbaba que “es fascista no dejar hablar al orador”. No invocaba la investidura presidencial, sino el simple derecho a expresarse”.
Me pregunto y les pregunto: ¿Volverá Alfonsín? ¿Cuándo? Porque él también habita en el corazón de su pueblo. ¿Tendremos los argentinos la posibilidad de comprobar en la práctica la verdad y la justicia de su prédica?
Por eso Don Raúl está en la eternidad. Seguramente está tomando unos mates con don Hipólito Irigoyen y don Arturo Illia en el cielo de la austeridad republicana y las manos limpias. O saludando a la gente por las calles de la memoria, con dignidad y la frente alta, como le gustaba hacer aquí en la tierra
Don Raúl, el padre de la democracia recuperada, caminando lento, como perdonando el viento, según la poesía emblemática del día del padre. Don Raúl, firme en sus convicciones y peleando con coraje contra ese maldito cáncer que lo rompió pero que no lo pudo doblar, como proclamaba Leandro Alem.
Con todos sus errores, con todas sus equivocaciones, a diez años de su muerte, creo que Alfonsín es mejor que la media de los presidentes que tuvimos y –si me apura- creo que es mejor que la media de la sociedad que tenemos.
No quiero decir que el doctor Raúl Alfonsín haya sido un presidente perfecto. De ninguna manera. Fue tan imperfecto y tan lleno de contradicciones como todos nosotros. La democracia es imperfecta. Pero nadie puede desmentir que Alfonsín fue un demócrata cabal. Nunca ocupó ningún cargo durante ninguna dictadura. Y eso que muchos de sus correligionarios si lo hicieron. Estuvo detenido por ponerle el pecho a sus ideas. Fue un auténtico defensor de los derechos humanos de la primera hora y en el momento en que las balas picaban cerca. Fue su bandera permanente. Se jugó la vida por eso. No fue por una cuestión de oportunismo ni para cazar dinosaurios en el zoológico. Fue defensor de presos políticos durante la dictadura, reclamó por los desaparecidos y fue co-fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Vale la pena recordar que Alfonsín hizo todo eso. Como para respetar la sagrada verdad de los hechos. Por eso, con toda autoridad, después parió el Nunca Más y la Conadep y el histórico Juicio a las Juntas Militares que ningún otro país del mundo se atrevió a hacer con la dictadura en retirada pero todavía desafiante, poderosa y armada hasta los dientes. Tuvo sublevaciones militares carapintadas, paros salvajes de la CGT de Ubaldini y golpes de mercado que intentaron derrocarlo. Es verdad que también existieron los errores y los horrores propios. La economía de guerra y el desmadre inflacionario. La gran desilusión frente al “felices pascuas” y “la casa está en orden”. O el Punto Final y la Obediencia Debida. Y el derrumbe de la confianza en la capacidad para gobernar y ese descontrol que terminó con la entrega anticipada del poder. Si tratamos de ser lo más ecuánimes y rigurosos posibles aparecen las luces y las sombras de una gestión. Pero el paso del tiempo y la comparación con lo que vino después, lo deja a Raúl Ricardo Alfonsín del lado bueno de la historia. En la vereda del sol. Entrando a los libros como un héroe que se definió como el más humilde de todos los servidores del pueblo. Nadie puede negar que fue un patriota. Cada día los extrañamos más. En estos tiempos de cólera su sabiduría nos podría iluminar el camino. Aquellas frases dichas casi como testamento: “Si la política no es diálogo, es violencia” y “gobernar no es solo conflicto, básicamente es construcción”. Algo así como decir que la palabra enemigo hay que extirparla del diccionario político. Que solo hay que marginar a los golpistas y los corruptos. Cada día es más necesaria su apuesta a la coexistencia pacífica de los diferentes, a una república igualitaria y a la libertad. Raúl Alfonsín fue el partero del período democrático más prolongado de toda la historia. Siempre será como un símbolo de la luz de las ideas que salieron del túnel de la muerte y el terrorismo de estado.
El día que murió hice el programa más conmovedor que me haya tocado hacer. En vivo y en carne viva. Con Pepe Eliaschev, Nelson Castro, Nacho López, Luis Brandoni y Jesús Rodríguez llorando en cámara, conmovidos por tanto dolor.
Hace una década que extrañamos a Raúl Alfonsín pero su legado, su coraje sigue en el corazón y en las neuronas de los argentinos. Nos queda grabado en la memoria colectiva, con su chaleco impecable, su austeridad franciscana y esa cara de bueno capaz de seducir hasta al más acérrimo de los enemigos.
Hoy cumpliría 93 años. Casi como una señal del destino, el padre de la democracia recuperada nació el día del Escudo Nacional. Y Alfonsín en vida (y ahora con su legado) fue un escudo contra la corrupción y todo tipo de autoritarismo.
El día que los pueblos sean libres, el día que Argentina sea un país sin pobreza ni desocupación y con igualdad de oportunidades y sin ladrones ni golpistas, ese día, Alfonsín volverá y será millones. Porque él también vive eterno en el corazón de su pueblo.

Piazzola y Julio de Caro – 11 de marzo 2020

Por esos caprichos de los calendarios y el destino, podríamos decir que hoy, es un día muy tanguero. Es que un 11 de marzo, pero de 1921 nacía en Mar del Plata, un gigante: Astor Piazzola. Y otro día como hoy, pero de 1980, es decir justo hace 40 años, moría Julio de Caro, también en Mar del Plata y también un músico fuera de serie.
Un genio llamado Astor Pantaleón Piazzolla fue un revolucionario del tango. Dan ganas de poner la melodía de su amigo Aníbal Troilo y con letra de Homero Manzi, dedicarle un rezo laico:
El duende de tu son, che bandoneón,
se apiada del dolor de los demás,
y al estrujar tu fueye dormilón
se arrima al corazón que sufre más.
A Piazzolla todo le costó mucho. Le querían sacar tarjeta roja pero no se fue nunca del tango. Fue muy resistido por la guardia vieja de la ortodoxia. Lo consideraban una suerte de hereje de la religión del 2×4, vade retro Satanás. Y no era para menos, en el Octeto de Buenos Aires, por ejemplo, puso por primera vez una guitarra eléctrica. ¿Se imaginan? Los adoradores de las telas de araña lo querían matar. Por eso le costó tanto llegar y que lo aceptaran. Pero se convirtió es un clásico de la música urbana. Era una especie de D’Artagnan aferrado a la oruga de los sonidos maravillosos. Sin espada pero con pinta de mosquetero. Casi, siempre vestido de negro, atento para clavar el estilete de la creatividad. Tal vez con Astor se produjo el segundo nacimiento del tango. El que le metió los nuevos ruidos callejeros y lo transformó en música culta reciclando lo popular. Pocos saben que se formó en armonía y música clásica con la directora de orquesta francesa Nadia Boulanger. Y que estudió contrapunto y fuga con Alberto Ginastera.
En alegre concubinato con Horacio Ferrer parieron muchas de las mejores radiografías de Buenos Aires. La engendraron esos hombres que como acróbatas dementes saltaron por el abismo de tu escote hasta sentir que enloquecieron tu corazón de libertad. Era la balada de dos locos. De dos talentos que patearon todos los tableros con la voz de acero y terciopelo de Amelita Baltar, que fue sin duda María de Buenos Aires más allá de la operita fundacional. Astor era discutidor, no se le callaba a nadie, se iba a las piñas en dos minutos. Se le subía la tanada y la autodefensa que necesitó de pibe por las calles hostiles de Nueva York. Solo se quedaba en silencio cuando el Polaco Goyeneche, por ejemplo, se subía a ese pulmón de melodías que Astor acunaba sobre sus rodillas. Grabó 58 discos, hizo música para ver en el cine. Murió cuando apenas tenía 71 años y dejó una obra monumental. Larga, ancha y bien porteña, como la calle Corrientes. La criminal fue una trombosis que le hizo la vida imposible. Tal vez en esa pelea contra la muerte recordó aquella pequeña Italia a donde su viejo, Vicente, Don Nonino había ido a buscar revancha laboral. Hoy decís, adiós Nonino, adiós, y es como cantar el himno ciudadano. Era un pibe y pudo compartir con Carlos Gardel los paseos por Manhattan, los ravioles amasados por Asunta Manetti, su madre y una escena emocionante con un piazzollita de 12 años y una gorra de atorrante tocando el bandoneón en “El Día que me quieras”. Hay fotos que lo prueban. Pero ese fotograma no quedó en la película que hoy se pudo recuperar. Ese primer bandoneón que funcionó como ADN se lo regaló su viejo que lo compró en una tienda de empeños de la calle 8 de la Gran Manzana por solamente 18 dólares. Desafíos de la historia de un mundo tanguero que siempre sedujo y rechazó a Piazzolla. Músicos de una gran estatura florecieron a su lado: Fernando Suárez Paz, Antonio Agri, Oscar López Ruiz, Horacio Malvicino, Gerardo Gandini, Leopoldo Federico y Daniel Binelli, entre otros.
Era tozudo como pocos. Durante un tiempo renegó de las letras y los cantores. Nos quiso retacear una parte de su ingenio. Por suerte aflojó y pudimos disfrutarlo con el Polaco, con Jairo, José Angel Trelles, Edmundo Rivero y el Negro Lavié, entre otros.
Dicen que hizo tango barroco mezclado con jazz. Hizo travesuras luminosas junto al saxo de Gerry Mulligan. Dicen que sus pentagramas hacían magia con las armonías. Dicen que como todo vanguardista no se dejó encasillar en ningún lado. Sorprendía en cada golpe de bandoneón, en cada arrullo, amagaba para el tango y salía con aires de Bela Bartok o Stravisnky. Dio vuelta el tango como una media. Lo puso patas para arriba y el tango ya nunca más fue el mismo aunque jamás perdió sus raíces. Dos hijos, Daniel y Diana lo suceden y su nieto “Pipi”, sigue llevando su bandera musical. Derrotó para siempre a los conservadores anquilosados del tango del taquito y la pereza. Siempre decía que sus tangos ya no tenían compadritos ni farolitos. Pero hizo la música de “Sobre Héroes y Tumbas” con Ernesto Sábato y “El hombre de la esquina rosada”, con Jorge Luis Borges que era tan cabrón como él. Hizo punta como su admirado Osvaldo Pugliese. Encontró un nuevo lenguaje para un tiempo sin tranvías ni buzones. Por eso hoy sigue vivo en los bares, en el subte, en la callecitas de Buenos Aires que tienen ese que se yo…viste, rodando por Callao. Se siente, se siente, Piazzolla está presente en este Invierno Porteño.
Y esas ganas tremendas de llorar
que a veces nos inundan sin razón,
y el trago de licor que obliga a recordar
si el alma está en «orsai», che bandoneón.
Señor bandoneón. Que Dios lo tenga en la gloria. Quería decirle que el aeropuerto de su amada Mar del Plata lleva su nombre y lo espera siempre para que pueda ir a cazar tiburones y adrenalina. Que ese nombre “Astor”, tan original y provocativo nació de su padre que quiso homenajear a Astore Bolognini, un corredor de motos y primer violonchelista de la Orquesta de Chicago
Que Amelita Baltar, la voz de Piazzolla echa mujer, nos sigue deleitando rea y académica, atrevida y contundente.
Señor bandoneón quería decirle que usted atravesó la música y entró en el mundo del sonido. Hay un sonido Piazzolla, hay un clima Piazzolla que envuelve a Buenos Aires.
Hay un bandoneón que todo lo puede. Incluso seguir sacando conejos talentosos de su galera a tantos años de su muerte.
Don Astor. Gracias por su tozudez, su creatividad y su talento. Gracias por llevarse el mundo viejo por delante. Chan chan. Piazzolla como Troilo nunca se fueron. Siempre están volviendo.
Igual que Julio de Caro, otro nombre y apellido del tango flotando en el adiós.
Su padre, don José, era un músico clásico orgulloso de su formación cultural pero que despreciaba la música popular. En la calle Defensa, a 20 cuadras de la Casa Rosada, instaló un conservatorio y un anexo donde se vendían instrumentos musicales y partituras.
Don José había diseñado para su hijo Julito un destino de médico y de gran concertista de guitarra. Pero el pibe, con los atorrantes del barrio y de pantalones cortos se escapó una noche al Palais de Glace a ver la orquesta de Roberto Firpo y quedó fascinado. A la madrugada, todos gritaban “que toque el pibe”, que toque el pibe y él también porque un tango se llamaba así. Hasta que un amigo le dijo: “es a vos Julito, la gente pide que toques vos.” Recién cuando apoyó el violín contra su cuello su cuerpito frágil dejó de temblar como una hoja. La música maravillosa que produjo hipnotizó a todos con su belleza.
Cuando Julito regresó de madrugada lo estaba esperando su padre que lo castigó a vivir una semana en un rincón y a pan y sopa. Julito metió violín en bolsa. Su corazón se desgarraba ante cada reto de su padre que insultaba a esos vagos que tocan esa música bastarda, esas melodías prostibularias. Pero la magia del tango ya se había metido para siempre en el corazón de Julio de Caro. Un día, el tigre del bandoneón Eduardo Arolas lo invitó a tocar en su orquesta y ese fue el final. Otra madrugada el padre de Julio lo esperó detrás de la puerta y lo echó de su casa: “Usted elige mocoso, la medicina, la guitarra y el concierto o esa porquería que toca con el violín. Usted me ha traicionado, ha deshonrado mi apellido”. Y Julio se fue vencido de la casita de sus viejos. Durante 20 años le envió cartas a su madre que nunca fueron respondidas.
Después de mucho sacrificio y pasar grandes privaciones económicas, Julio empezó a triunfar en todo el mundo. Les mandaba a sus padres los recortes de los diarios que hablaban de su genialidad y nada. Ni una línea a vuelta de correo. Por eso su mirada siempre estaba triste pese a que su crecimiento profesional fue caudaloso. El presidente Marcelo T. de Alvear se declaró su admirador.
De gira por Europa una noche tocó en un palacio de Niza ante cientos de bacanes. Alguien se levantó de su mesa, elegante con su smoking tan lustroso como su cabello y dijo: “Así como me reciben a mí les pido que reciban y escuchen a Julio de Caro”. Un presentador de lujo: era Carlos Gardel. Enseguida uno de los bailarines le pidió que repitiera el tango “El Monito”. Y luego otra vez. Y otra. De Caro no podía negarse a ese pedido de Charles Chaplin.
De Caro después tocó para el Aga Khan, para el príncipe de Gales, y fue pasión de multitudes. Se convirtió en un artista inmenso que marcó para siempre con su identidad la música de Buenos Aires. Pero sus padres seguían sin aparecer y la llaga de su corazón seguía abierta.
Paloma Efrom, Blackie, cantó en su orquesta. Edmundo Rivero también. En 1937, nadie quiso perderse el regreso triunfal de Julio de Caro al Teatro Opera. Después de varias ovaciones, Julio se quedó un tiempo largo en el camarín esperando que se fuera el público para poder salir tranquilo. Pasaron dos horas y salió caminando por el pasillo del teatro apenas alumbrado por pequeñas lucecitas rojas. De pronto vio difusa dos figuras que se recortaban en la penumbra. Eran sus padres. Don José se acercó temblando hacia su hijo y después de 20 años le dijo, sin tutearlo: “Vengo a pedirle perdón. Usted hace una música de ángeles”. Y no pararon de llorar en un profundo abrazo. Julio de Caro, entre sollozos, repetía: “Vió Papá que yo no deshonre el apellido, no lo deshonré”.
Piazzola y De Caro, un día como hoy, el tango se pone de pié.