Es verdad que anoche estuvo el presidente Mauricio Macri abrazando a Margarita Barrientos con su afecto solidario. Es verdad que estuvo su esposa Juliana, tan elegante como siempre. O el padrino de la Fundación, que es el ministro Rogelio Frigerio o el diputado opositor Marco Lavagna. Es verdad que todos ellos estuvieron en la cena para recaudar fondos para esa epopeya que Margarita Barrientos viene desarrollando tanto acá, en los Piletones, en el Bajo Flores como en Añatuya. En total, casi 8 mil personas comen por lo menos una vez al día producto de la solidaridad y la generosidad permanente y organizada de esta verdadera heroína social llamada Margarita, la flor más bella, a quien alguna vez definí como la Madre Teresa del Bajo Flores.
Todo eso es cierto. Pero la figura más importante que estuvo anoche, además de Margarita fue su hijo, Oscar. Con cierta timidez pero desbordante de emoción, Oscar se subió al escenario y dijo algunas verdades que nos hicieron llorar a todos.
Recordó el amanecer de un día terrible. Margarita, su madre había desayunado leche con zapallo que había sobrado del día anterior. Enseguida se fue a cumplir con su principal tarea: cuidar los chivos y cuando podía, iba a visitar a su madre que agonizaba producto de una vinchuca asesina que le había inoculado el Mal de Chagas. Margarita ya sabía del dolor y el horror de la muerte en medio de la exclusión y las privaciones. Esa madre había dado a luz 11 hermanos y dos no habían podido sobrevivir. Margarita volvió del campo y vió a Don Perea parado en la puerta de ese humilde ranchito. Jamás olvidará aquel dolor que le estrujó la garganta y le dio una puñalada por la espada cuando el vecino le dijo: “Margarita, querida, tu madre acaba de morir”.
El padre de Margarita la llevó junto a dos hermanos a un obrador que quedaba 30 kilómetros monte adentro. Más marginalidad y menos futuro.
Oscar contó con la voz temblorosa que su abuelo las dejó ahí y cada día fue apareciendo menos hasta que un día se fue y no volvió nunca más.
Se quedaron solos en el mundo. Desamparados y a la intemperie, Margarita con sus hermano Martin de 14 años y Nilda de 7. Tres almitas en el medio del monte hostil y lleno de peligros. Sobrevivieron meses cazando iguanas para comer, o algún zapallo que crecía silvestre en las malezas. Nadie se ocupaba de ellos. Eran tres fragilidades en el universo lejos de la mano del hombre y muy lejos de la mano de Dios. Un día se treparon a un caballo y cabalgaron dos días hasta llegar a Añatuya. Martín se fue a Tobas a probar suerte y le dijo a Margarita que algún día cuando fueran grandes se iban a volver a juntar. Le pidió que dejara a Nilda con las monjitas y que ella se fuera a Buenos Aires. Margarita cumplió. Llegó a la estación con su “bolsita chismosa”, se trepó a un tren carguero y convivió en un vagón con los animales que iban para el puerto. Viajó 36 horas y llegó a Retiro. Del monte santiagueño a la gran ciudad donde no conocía nada. “¿Cómo hago para llegar a José C. Paz?”, preguntó. Un policía le dijo que cuando viera un arco de cemento con ese nombre, tenía que bajarse. La pobre chica no sabía si el tren iba a parar y cuando vió el cartel se tiró del tren. Fue un golpazo terrible. Perdió varios dientes y el conocimiento. Despertó dos días después en terapia intensiva, con 4 costillas rotas, clavículas y brazos fracturados. “Así fue mi entrada triunfal a Buenos Aires”, suele contar Margarita entre risas, en la ronda de mates con sus hijos. En uno de sus bolsillos llevaban un papelito arrugado con la dirección de su hermano Ramón y allá fue.
Paso el tiempo y el amor entró en su corazón de la mano de Isidro, un trabajador incansable al que habían echado de la empresa porque un tractor se le cayó encima y le hizo perder un brazo. Tuvieron 9 hijos y 3 más del corazón. Estaban en la lona, haciendo changas para poder comer pero se las ingeniaron para compartir un plato con 15 chicos y un abuelo, más hambrientos que ellos y así empezó la leyenda. Fue un 7 de octubre de 1996.
Hace 23 años que Margarita viene curando las heridas más profundas de los más pobres de los pobres. Hoy su fundación contiene a más de 4.300 personas a las que tratan de ayudar a dignificar. No les piden que vayan a ninguna marcha, no los obligan a votar a ningún candidato. Además de la comida, hay dos jardines para que las madres puedan salir a trabajar, un centro de salud, atención de dentistas todo terreno, una panadería con el aroma más rico del mundo, talleres de oficio para poder pelearle a la vida, un hogar de día para mujeres golpeadas, una biblioteca, una huerta hidropónica y un polideportivo.
En su Santiago querido, Margarita armó dos comedores comunitarios. Era su sueño de chica. Poder ayudar a los chiquitos que tenían las mismas carencias que ella tuvo. También armó un centro para los abuelos, escuela para aprender a trabajar en diversas actividades. Fue su ingreso triunfal a Santiago del Estero, digo yo.
Todo esto contó Oscar, su hijo. Lo conozco hace mucho tiempo y valoro su valentía para enfrentar la adversidad, para levantarse una y otra vez frente a dolor y las miserias que lo rodean. Oscar estudia y trabaja y tiene una esposa maravillosa que lo acompaña. Con mi hijo Diego solíamos ir a lo de Margarita a dar una mano y resulta que éramos nosotros lo que aprendíamos. Alguna vez conté que un domingo invitamos a Oscarcito a la cancha y se asombró de las puteadas de Diego en la Bombonera. Se ruborizaba. Entonces Diego le dijo cuál era nuestro acuerdo. Esas groserías solo se podían gritar en los partidos de fútbol y nada más. Y ahí Oscar se sumó a Diego para catalizar su bronca por un penal no cobrado o una derrota injusta.
Oscar creció de golpe. La vida lo fue obligando. Ayer habló frente al público y muchos artistas, famosos y deportistas descubrieron que Margarita había sembrado con el ejemplo y su hijo Oscar era digno de esa madre. Ambos demuestran que se puede. Que la pobreza extrema es un castigo al que no hay que resignarse. Y que mucho depende del estado y de la economía pero también mucho depende de la energía y la fuerza que cada uno le ponga para forjarse un destino. Nadie está condenado a morir en la marginalidad. Todos tienen derecho al progreso. A una educación, una casa, un trabajo o un estudio y a pelear para que nuestros hijos sean mejor que nosotros. Esa es la mejor forma de construir una patria mejor. Que nuestros hijos sean mejores que nosotros.
Jamás olvidaré el 2001. Todo se caía a pedazos en la Argentina. Saqueos en supermercados, ataques a sucursales bancarias, tiros en los barrios, muertos en las plazas y un implosión y un caos social que no se lo deseo a nadie. Un sábado resolví ir a Los Piletones a dar una mayo y ayudar a Margarita y su gente. Y me encontré con la sorpresa de la esperanza en movimiento. Mientras la Argentina se destruía y caía a pedazos, en Los Piletones la Argentina se construía y estaban todos unidos detrás del objetivo de construir un hogar para los viejitos de la villa. No le exagero si le digo que había alegría. La alegría del trabajo colectivo y comunitario. La alegría de la dignidad ciudadana. La alegría de fabricar un destino con nuestras propias manos.
Anoche, Margarita estaba rodeada de varios de los dirigentes y de los artistas más importantes de la Argentina. Pero cuando ella vio y escuchó a su changuito arriba del escenario se le cayó la lágrima más cristalina que yo haya visto en mi vida. Honradez, manos limpias, amor al prójimo, sensibilidad solidaria, esos son los valores que Oscar recibió de Margarita. Un círculo virtuoso que si se multiplica nos puede salvar a todos. Admiro a la madre y al hijo. Admiro a la gente que en vez de quejarse todo el tiempo pone manos a la obra y ayuda a los demás ayudándose a sí mismo. Yo me inclino ante ese altar ciudadano. En el de Margarita y Oscar. Esos son los Barrientos, esos son los imprescindibles.
Brandoni, ciudadano ilustre – 29 de agosto 2019
Parque Lezama es un ejemplo de exportación no tradicional. Son contenidos nacionales de la industria cultural llevados al exterior con un éxito tremendo. Eso es trabajo argentino, creatividad y valor agregado. El debut de la obra de Juan José Campanella en el teatro “El Fígaro” de Madrid dejó a todos los espectadores de pie, devolviendo una ovación de agradecimiento a los actores y a todos los que hicieron posible esta maravilla que, en Argentina, tuvo 800 representaciones. La sala queda muy cerca de la estación del Metro llamada “Tirso de Molina” y no parece ser una casualidad. Tirso fue un dramaturgo extraordinario, un fecundo autor de más de 300 comedias del Siglo de Oro que integra un podio luminoso junto a Lope de Vega y Calderón de la Barca. Eduardo Blanco, otro talento, hace tiempo que tiene un gran reconocimiento en España. Pero Luis Brandoni sobre las tablas se transforma en un manual del que cualquier actor puede aprender. Su personaje de León Schwartz, que dice haber sido del Partido Comunista en su juventud, es un compendio de frases dichas en los momentos justos, de gestos mínimos pero que lo dicen todo y de inflexiones que nos conmueven hasta las lágrimas y la risa.
Brandoni celebra porque dice que su actividad, es una de las pocas artesanales que quedan. El teatro se hace igual que hace 3.000 años y todavía no se inventó un botón o una inyección que les ayude a aprender la letra y los movimientos en la escena. Pero el rol que jugó Beto en la multitudinaria y esperanzada marcha del 24-A, también lo colocó en un lugar de referencia.
Adalberto Luis Brandoni, más conocido como Beto, ya fue distinguido como ciudadano ilustre de la ciudad y la provincia hace tiempo. Pero creo que se ganó largamente la condición de ciudadano ilustre de la República y la democracia. Y no lo digo solamente por el último video que con su emoción, ayudó a movilizar a tantos argentinos preocupados por la posible vuelta de la cleptocracia y el chavismo K. Lo digo por su trayectoria impecable como Actor de la Nación, como dirigente sindical valiente y perseguido por la dictadura y como ex diputado del radicalismo que hizo honor a la honradez de presidentes como don Arturo Illia o Raúl Alfonsín.
Beto nació en el Dock Sud, en el empedrado y con los sonidos de bandoneón arrabalero de los conventillos. El destino le puso dos marcas que luego tomaron vida. Su casa estaba en la calle Leandro Alem y con el tiempo, él también fue orgulloso integrante de la Unión Cívica Radical. Pero en los cines de barrio, el “Selec” y el “Eden”, se enamoró de esa pantalla gigante y dedicó su vida entera a dignificar el oficio de actor.
Arrancó con los mejores y los que hicieron de la ética una bandera: en la Comedia Nacional Argentina dirigida por Luisa Vehil. Los argentinos decentes y democráticos le debemos mucho al Beto Brandoni. Instaló para los tiempos en la memoria colectiva personajes y películas que son parte de nuestra identidad como pueblo. “Esperando la carroza”, es una película de culto que hoy se ve más que nunca a través de las redes. Todos repiten esas palabras de Antonio Musicardi, su personaje, el hijo de Mama Cora, cuando dice, falsamente compungido: “Me partieron el alma. Que miseria. ¿Sabes lo que tenían para comer? Tres empanadas… tres empanadas”. Eso dice mientras va saboreando como si nada, una de esas empanadas. Una escena memorable del grotesco criollo costumbrista de Alejandro Doria. Pero en la tele, el teatro y el cine, se cansó de meterse en el corazón de la gente y dar cátedra con sus personajes y de ser un ejemplo de vida. No alcanza una hora para recordar sus grandes éxitos profundos y populares a la vez. Cada uno elige: La tregua, la primera película nuestra que ganó el Oscar en 1974. Y por ese trabajo, la Triple A, lo condenó a muerte y lo obligó a exiliarse por un tiempo en México. Era una organización terrorista de ultraderecha que nació al amparo del estado peronista y de su jefe el ex ministro José López Rega.
La Triple A criminal (Alianza Anticomunista Argentina) tuvo su contracara con la Triple A luminosa, la Asociación Argentina de Actores de la que Brandoni fue secretario general de 1974 hasta 1983. Había que tener los huevos del tamaño de la catedral cuando los fachos de López Rega y los criminales de lesa humanidad de Videla perseguían, secuestraban y asesinaban a mansalva. Brandoni fue reelecto en su gremio, incluso estando en el exilio.Y eso muestra su lealtad con sus compañeros de trabajo y su valentía a prueba de balas en todo el sentido de la palabra balas.
El terrorista de estado Aníbal Gordon secuestró a Brandoni y su esposa de entonces, Martha Bianchi. Lo “chuparon” como se decía en aquellos tiempos macabros. Fue llevado a “Automotores Orletti”, un campo de concentración donde fue torturado y donde salvó su vida de pura casualidad.
Aunque suene increíble, durante los tiempos de cólera con K, Alejandra Darín y otros muchaches adoradores de Cristina fueron crueles en sus críticas cuando Brandoni renunció como afiliado a lo que definió como “Asociación Kirchnerista de Actores”. A un prócer que deberían reverenciar lo trataron como un traidor.
Otros compatriotas llevan en sus neuronas para siempre, obras maestras como “La Patagonia Rebelde”, “Made in Argentina”, el “Cuento de las Comadrejas” que hizo con Juan Campanella hace poco y el super éxito actual con “La odisea de los Giles”, dirigido por Sebastián Borensztein.
¿Quién no disfrutó con Mi Cuñado o Buscavidas?
Consideró a Raúl Alfonsín como su padre político. Fue su asesor en el tema cultural y un día inolvidabl, en ese carácter tuvo una charla deliciosa con Jorge Luis Borges. Jorge Miguel Couselo, Carlos Gorostiza, Sergio Renán, Manuel Antin y Santiago Kovadloff fueron los que apostaron a renovar democráticamente la cultura desde 1983.
Tanguero e hincha de River, su máxima felicidad son Micaela y Florencia, sus hijas del alma.
Desde Madrid, Brandoni, tuvo la amabilidad de enviarnos, en exclusiva, sus reflexiones para este programa. Brandoni nos dio su palabra. Y eso no tiene precio. Porque Brandoni no se vende ni se alquila. Se puede romper, pero no se dobla, según el testamento de Leandro Alem, justo el nombre de la calle en donde nació, en el Dock, con el corazón mirando al Sur…
Goyeneche a 25 años de su muerte – 28 de agosto 2019
El Polaco Goyeneche vive en el corazón de su pueblo. Ayer se cumplió un cuarto de siglo del fallecimiento de uno de los íconos de la porteñidad. Pasaron 25 años y debo confesar que Buenos Aires ya no es la misma. Que el corazón de Saavedra late más lento, como arrastrando su sangre olvidada.
Hace 25 años que se nos esfumó en plena madrugada gris pero lo seguimos extrañando. Cada tanto se nos aparece con todo su talento y nos explota una nostalgia de 2×4.
Si algún pibe que no lo conoció ni escuchó hablar de su leyenda le digo que puede darse una vuelta por el bar “La Sirena” de la ex Avenida del Tejar y Nuñez. No se sorprenda si ve un cigarrillo apoyado en el cenicero de lata de Cinzano… entristeciendo la ventana con el humo. No se sorprenda si hay un café listo, un aroma de amistad y no hay nadie sentado en la silla. Es el fantasma del Polaco que vuelve a sus pagos. Es el fantasma del Polaco que de vez en cuando aparece en el espejo de algún colectivo que supo manejar para ganarse la vida pese a que ya cantaba en la orquesta del maestro Horacio Salgán.
Goyeneche fue taxista y mecánico de barrio. Muchos no saben que el Polaco fue colectivero de la línea 19. Que tal vez por eso fue el cantor nacional con más empedrado y asfalto. Goyeneche, que en milongas descanse, siempre recordaba con afecto su mundo de 20 asientos, el que le arruinaba los riñones, pero que fue su curso de ingreso a la universidad de la calle.
Ese fantasma del Polaco se aparece generalmente los sábados porque es el día de la noche, del tango compadrito y engominado.
Nunca falta gente soñadora que lo saluda con un movimiento de cabeza en el club social y deportivo “Federal Argentino” donde a los 15 años ganó un concurso de voces nuevas y como premio fue contratado para cantar en la orquesta de Raúl Kaplun.
Algún domingo suele merodear los viejos micrófonos del club social y deportivo “El Tábano” o los gritos de gol marrones y desesperados de calamar y de Platense.
Hay quien dice que se lo puede escuchar muy a los lejos en Villa Urquiza, en una vieja parada del tranvía 35 donde su viejo lo esperaba cuando volvía del cabaret, con el sol castigando las miradas. Ese mundo de tanguerías, de piso de parquet, piringundines almodovarianos con bronces por todos lados y de mujeres coperas y alternadoras habían sido sus divisiones inferiores. Desde muy chico se movía entre las mesas y los escenarios como un sabio veterano.
La estampa del Polaco está en todos lados. Como un Dios pagano. En
Radio Belgrano y los viejos micrófonos de los afiches de Evita, Caño 14, la catedral del corte y la quebrada, los clubes de barrio, la tele y en los discos long play. Pero sobre todo en esos boliches prohibidos, esos supermercados del vicio y el placer que nunca dejaron vivir ni morir en paz a su madre lavandera que nunca lo llamó Polaco.
El primero que le dijo Polaco fue otro mito de la fundación de Buenos Aires. Otro que siempre está volviendo, el de las manos como patios: Aníbal Troilo, Pichuco. Lo escuchó una noche, no lo esperaba. Lo llamó y le dijo: “pibe, usted así tan rubio parece un polaco” y le quedó para siempre ese apodo y de nada sirvió tanto vasco antepasado llamado Goyeneche ni que haya nacido en Entre Ríos.
Goyeneche no se privó de cantar con Astor Piazzolla y la rompió, dejó la pelota chiquita y se fue ovacionado. Pero con Pichuco, el Polaco construyó una amistad inmensa y una pareja de leyenda. Goyeneche y su personalidad para decir los tangos siempre me puso la piel de gallina. Siento una emoción canyengue, de chata cadenera del barrio de La Boca, pocas cosas tan urbanas como su voz y sus murmullos.
Por eso Buenos Aires no es la misma sin su cara angulosa, sin su bigotito anchoa, es como tener un prócer menos. Nos falta su voz de barítono de mediana tesitura, su buen oído, su susurro de fango, sus amagues futboleros, sus fileteados verbales, su bandoneón en la garganta.
¿Sabe qué consejo le daba siempre Pichuco? Le decía: ”Pibe… hay que contarle al público, no cantarle. De cantar se encarga la orquesta.”
Y si me permiten señores oyentes, le robo un párrafo a Fernán Silva Valdes para tratar de definir mejor lo que era el tango interpretado por el Polaco: “El tango es una música rara/ que se acompaña con el cuerpo y con los labios y con los dientes/ como si se mascara”.
Y le robo otro a Homero Expósito, ¿Me permite?. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”.
Así era el Polaco, por eso fue el más rockero de los tangueros, el más zarpado, el menos dogmático, el que tenía los poros más abiertos para enriquecerse con otros vientos.
Era llorón, sensiblero, calentón, a veces se encerraba en su humilde casita de la calle Melián a hundirse en las nostalgias. Su primer contacto con el tango fue a través de las letras que publicaba aquella revista emblemática llamada “El Alma que canta”. Y fue casi como un toque premonitorio porque el Polaco Goyeneche hoy podríamos definirlo como “El alma que canta”.
Extrañamos tanto su fraseo único, ese paladear el tango desde cada palabra con puntos y coma, gota a gota, tango a tango.
Extrañamos su carraspeo, sus silencios abismales, su escenario, su estaño, su última curda y su garganta con arena como le dijo Cacho, tal vez su heredero, de “cantor de un tango insolente, hiciste que a la gente le duela tu dolor”.
Nos duele el dolor del Polaco y de su ausencia. Si nos paramos a mirar la vida debajo de una luz de almacén, seguro que nos invade un perfume de yuyos y de alfalfa que nos hace extrañar más su misterio sureño y desafiante.
Y a veces, la angustia nos invade porque solo nos queda su nombre flotando en el adiós. Arena que la vida se llevó…