A donar y trasplantar – 30 de mayo 2019

Seguro, seguro, que todos los días hay una buena noticia. No hay dudas que siempre pasan cosas buenas, como dice Palito Ortega. La información está en todos los diarios y portales. Este año se produjo el record histórico de donación de órganos. Los datos son muy alentadores. En los 5 meses que corren de 2019, ya se realizaron 1354 trasplantes, incluidos 600 de córneas, gracias a los 362 donantes que hubo. Esto es un aumento extraordinario del 59%. La cantidad de trasplantes promedio por día pasó de 3,6 el año pasado, a 5 en el actual. Se lo digo de forma más contundente y emotiva: hay un trasplante más por día. Se salva una vida más por día. Se evita una muerte por día. Esto se puede proyectar al año y hablar de que este año, se van a morir 365 argentinos menos. ¿Qué me cuenta? Trescientas sesenta y cinco familias que no van a tener que atravesar por semejante drama y duelo.
Hoy es el día nacional de la donación de órganos. Y los buenos resultados son un producto colectivo de toda la sociedad pero uno de los grandes aportes lo hizo la Ley Justina que se aprobó hace 10 meses.
Por eso, yo no me canso de repetir esta historia. Pocas veces se vio a la Cámara de Diputados inundada por la emoción y por la unanimidad. Igual que en Senado, todos los legisladores votaron la ley que produjo un cambio histórico, porque instaló que todos los mayores de 18 años somos donantes de órganos salvo que se exprese lo contrario en vida. Esta es una noticia luminosa. Hay 9.940 personas en la lista de espera de algún órgano para el trasplante. No se necesita más el consentimiento de la familia y eso es un avance inmenso.
Muchos diputados no pudieron contener sus lágrimas cuando Pablo Kosiner de Salta mostró la foto de su hijo Juan Pablo que murió a los 16 años porque el órgano que necesitaba no llegó.
Había que ver a la familia de Justina Lo Cane en pleno, sus padres, sus hermanos, sus abuelos, abrazarse como quien se abraza con Justina. Su madre, Paola confesó sus sentimientos más profundos: “Con esta ley transformamos el dolor en alegría. Por supuesto que nunca superaremos la angustia de su ausencia. Pero yo sé que ahora Justina me está abrazando y me dice: Mami, lo logré. Mamita querida, lo logramos”.
Es el final de una historia que conmovió a todos los argentinos.
Justina estaba internada en la Fundación Favaloro. Estaba primera en la lista del Incucai porque necesitaba un corazón en forma urgente. Justina tenía la sonrisa y la mirada pícara de todas las nenas de 12 años. Una cardiopatía congénita le complicó su vida y finalmente la llevó a la muerte. Se la descubrieron al año y medio y desde entonces la fueron piloteando con atención rigurosa y medicamentos adecuados. Pero su ventrículo lastimado dijo basta.
Por eso era tan urgente el trasplante. Ella manifestaba una fuerza y un coraje que apuntalaba a su familia. Tenía el corazón con agujeritos pero tenía un corazón así de grande. Solidario y bondadoso. Siempre me gusta decir que los únicos discapacitados que existen son aquellos que no tienen corazón.
Cuando Ezequiel Lo Cane, su padre, le explicó lo que estaba pasando Justina, no pensó en ella. Pensó en los demás. Con esa carita angelical que tenía lo miró y le dijo: “Papi, ayudemos a todos los que podamos”. Fue difícil para todos no llorar ante semejante entrega generosa. “Papi, ayudemos a todos los que podamos”, se transformó en el combustible de una campaña extraordinaria para fomentar la donación de órganos. Se llamó “Multiplicar la vida por siete”. Es que cuando uno muere y dona sus órganos les puede prolongar la vida a siete personas. Y a veces a 9 o 10, porque hay tejidos que también pueden implantarse en otro ser humano y ayudarlo a que se aleje del abismo.
Justina recibía la visita de sus hermanos menores, de Ceferino de 9 y de Cipriano de 7. Y hablaban de las cosas de la vida, de los chicos. De música, del colegio, de las compañeras que le mandaban dibujitos. Uno que tenía pegado en su habitación era de corazones concéntricos y multicolores que repetían la esperanza como un rezo laico: “Multiplicar la vida por siete”. Ese objetivo fue el motor que movía todo. Mientras tanto, Justina esperaba el suyo.
Pero no llegó. Hoy Justina nos ilumina porque es una bandera de la donación. La mejor ley que pudimos conseguir lleva su nombre. Como si fuera un Cid Campeador, la tierna Justina ganó la batalla aún después de muerta.
Donar órganos es como sembrar mil esperanzas todos los días. Es la máxima solidaridad posible. Es la generosidad solidaria que se disemina en tierra fértil. Es una forma de procreación al alcance del ser humano por ser humano. ¿A cuántos hermanos podemos salvar? ¿Cuántos compatriotas pueden recibir semejante bendición? ¿Se lo preguntó alguna vez? ¿Hay otra forma superior de la entrega y el servicio hacia los demás? Es ser solidario con nuestro propio cuerpo aún después de muerto. Dar hasta que duela como pedía la Madre Teresa. Es como arrebatarle un poco de vida a la muerte, como ganarle algunas batallas.
Muchas veces la gente tira para atrás por desconfianza. La comprendo pero no la justifico. Hemos sufrido tantos engaños y desilusiones desde las instituciones que todo nos despierta sospecha. Pero en el caso de la donación de órganos hay que confiar. Nunca, jamás, se comprobó un solo caso en el que haya ocurrido algo poco claro o reñido con la ética. Hay tanta leyenda urbana producto de la ignorancia que vale la pena repetirlo una y mil veces. No se registran hechos de corrupción ni de malversación y mucho menos de tráfico vinculado al trasplante de órganos. Esas historias inventadas nos hacen mucho mal como sociedad. A todos, porque todos podemos ser donantes y todos podemos necesitar que nos donen un órgano. Uno nunca sabe su destino. Nunca sabe de qué lado del trasplante puede estar. Es actuar en defensa propia. Le recuerdo que la evaluación de los doctores del INCUCAI es muy rigurosa para confirmar la muerte. La ley exige que dos médicos, un terapista y un neurólogo firmen el acta de defunción. Y se hacen dos exámenes separados por seis horas. Hacen falta más campañas de concientización hacia la sociedad y capacitación para los médicos. Le repito: en este momento hay 9.940 personas en lista de espera. No son números de una planilla. Son hijos, padres, hermanos, novios, amantes, soñadores, tan argentinos como cualquiera de nosotros y esperan en la lista y desesperan en la angustia. La medicina avanza a pasos agigantados y los trasplantes son cada vez más frecuentes y exitosos en la Argentina pero en este bendito país los donantes no alcanzan. Hemos mejorado pero todavía falta. Los periodistas, los docentes, los religiosos, los políticos, los artistas, los deportistas y todos los que tenemos un micrófono, una tribuna o un púlpito desde donde difundir informaciones y pensamientos tenemos la responsabilidad social, la obligación moral de incitar a la esperanza, de fomentar la donación, de multiplicar la solidaridad de hacer una propaganda constante de los valores que nos hermanen más y nos hagan mejores personas y mejores argentinos. No hay otra. Un nuevo país solo tendrá mejores cimientos con mejores ciudadanos. Hubo campañas de todos los colores. Una que decía: escribir un libro, plantar un árbol, tener un hijo y donar un órgano. Hay que iluminar la vida de los donantes con la posibilidad de dar a luz sin ser padre o madre. Dar a luz a otro ser humano sin parir pero dando vida. Suena maravilloso. Es una epopeya que salva la vida de nuestros semejantes. ¿Hay algo superior a eso?
Donar órganos. Dar vida aún después de muertos es honrar la vida. Es multiplicarla por siete. Y Justina llevó esa bandera la victoria. Hoy celebramos el record de trasplantes. Justina pudo concretar sus sueños, conseguir la máxima solidaridad posible.
A esta hora exactamente hay un donante en la calle. Eso que late en la patria no es otra cosa que nuestro corazón multiplicado. Combatiendo a la muerte, honramos la vida. Combatiendo a la muerte, garantizamos que siempre pasen cosas buenas. Aunque uno no se entere.

Del Cordobazo a los sindicalistas millonarios – 29 de mayo 2019

Hoy hace exactamente 50 años que estalló el Cordobazo. Fue un levantamiento popular contra la dictadura. Lo digo con orgullo de cordobés y con admiración hacia los que participaron. Yo apenas tenía 14 años recién cumplidos y toda mi actuación en el Cordobazo se limitó a aplaudir el paso de los manifestantes y a mirar extasiado desde la terraza de mi casa las columnas de humo que se levantaban en casi toda la geografía de la ciudad. Después me dediqué a estudiar el Cordobazo y sus características tan especiales. A discutir en las asambleas si fue un hecho organizado o espontáneo. Todos nos sentíamos presos en nuestro propio país. Los obreros iban armados con tuercas y bulones que utilizaban como proyectiles en sus hondas. Los estudiantes habían preparado sus bombas molotov pero, también es cierto, que los comerciantes, los profesionales y los vecinos comunes ayudaban a levantar las barricadas y les acercaban cajones de fruta, papeles, gomas de autos para mantener viva la fogata que neutralizaba los gases lacrimógenos que tiraba la policía. Era toda la sociedad que ejercía su derecho a la rebelión violenta contra la violenta dictadura de Juan Carlos Onganía. Fue una forma de expulsar a su títere cordobés, el gobernador Carlos Caballero. Uno más fascista que el otro. Uno más oscurantista que el otro. Por eso el Cordobazo fue tan popular y masivo. Por eso logró hacer retroceder a la policía y por momentos apoderarse de toda la ciudad. Tuvo que intervenir el Ejército en su día para poner cierto control a la situación. Pero los barrios proletarios y el legendario barrio Clínicas de estudiantes y doctores resistieron muchas horas.
Fue una epopeya de todos los cordobeses de casi todas las clases sociales. Todos tenían algo para protestar. Los estudiantes de Franja Morada y de la izquierda contra el aumento de precios del comedor estudiantil y por la falta absoluta de libertad. Hay que recordar que Onganía, entre otras atrocidades, fue el autor ideológico de La Noche de los Bastones Largos que violó la autonomía universitaria y logró que muchos de los mejores intelectuales y científicos se fueran del país con el lógico resultado de un atraso brutal para el conocimiento de nuestra bendita Argentina.
Los obreros, en su mayoría peronistas, luchaban por restablecer el sábado inglés, una conquista que les permitía trabajar medio día del sábado pero cobrarlo entero. Pero además, reclamaban: “Libertad sindical/ Libertad/ a los presos por luchar”.
Y el resto de la sociedad exigía el fin de la dictadura. Querían votar, elegir sus propios gobernantes, mirar todas las películas que les diera la gana y no las que permitía la censura de los apellidos patricios y pacatos que decían vade retro satanás cuando veían una teta suelta o un martillo y una hoz. Onganía fue un cruzado de la Edad Media, combatía incluso los pelos largos y las faldas cortas.
En la acción directa, en la calle codo a codo fueron mucho más que dos. A la cabeza de las columnas obreras estuvieron los dirigentes sindicales más honestos y lúcidos en muchos años. Se alineaban a nivel nacional con la CGT de los Argentinos de Raimundo Ongaro. Me refiero a Agustín Tosco, un Gringo al que le sobraba Luz y Fuerza, a Elpidio Torres y René Salamanca, el Chancho, con los mecánicos del SMATA, al Negro Atilio López, jefe de los colectiveros, a Jorge Canelles con los albañiles o a Juan Malvar de los Gráficos. Eran peronistas, radicales, marxistas y cristianos unidos por su representatividad, por su lucha contra la dictadura, porque viajaban en micro y seguían trabajando y porque fueron la avanzada del combate contra la burocracia sindical de los jerarcas que se hacían millonarios entregando delegados combativos.
Si me permite quiero comparar aquellos gremialistas con los que tenemos en la actualidad. Le acabo de decir que viajaban en colectivo y seguían trabajando mientras ejercían su rol. Es decir que vivían como sus representados. Sufrían sus penurias y compartían su vida cotidiana. Eran absolutamente honrados. Uno podía estar de acuerdo o no con su pensamiento, aunque había de todo el abanico ideológico. Pero vivían como pensaban y repudiaban cualquier caso de corrupción. Lo digo porque el contraste es brutal. Y es una demostración más del retroceso que hemos padecido en términos sociales y políticos. En aquella época eran contados los casos de sindicalistas enriquecidos. Hoy es al revés: son contados los casos de los dirigentes sindicales que no están enriquecidos. Existen, por supuesto. No quiero generalizar porque el que generaliza discrimina. Conozco gremialistas honestos como Víctor de Gennaro o Juan Carlos Schmidt, por ejemplo. Pero la gran mayoría vive como potentados en la opulencia de los barrios cerrados. Se mueven rodeados de guarda espaldas y en autos de alta gama con vidrios polarizados. Hay dirigentes que llevan 20 o 30 años atornillados a sus cargos. No se sabe cómo tienen semejante nivel de vida y se resisten a presentar sus declaraciones juradas como debe hacer toda persona que maneja fondos públicos como son las obras sociales. No hay Argentina posible si no reformulamos este esquema de trabajadores pobres y sindicalistas millonarios. Una cosa es defender los derechos de los trabajadores y otra muy distinta es la extorsión del paro y la huelga permanente. Muchos son pesados patoteros capaces de quemar taxis o colectivos o darle una paliza a alguno que se atreva a presentar una lista opositora. Algunos son delincuentes de magnitud como el caso de Pata Medina que logró que ningún empresario quisiera invertir en La Plata y la zona de influencia. Las coimas que les pedían elevaban el costo y hacía imposible la rentabilidad. Ni que hablar del Caballo Suarez, otro violento de armas llevar, que logró que los puertos argentinos fueran los más caros del mundo o de Marcelo Balcedo que vivía como un magnagte berlusconiano con mansiones y autos importados que cuestan miles y miles de dólares. Hoy todos ellos están presos. Y eso es un avance. Pero es raro encontrar alguna declaración del resto de los dirigentes que repudie a esos delincuentes con ropaje de dirigentes sindicales. Por el contrario Los Moyano y muchos que se comportan igual, denuncian persecución ideológica cuando se quiere investigar los fastuosos negociados sucios que hicieron y la metodología mafiosa que utilizan constantemente.
De aquellos dirigentes del Cordobazo a estos jerarcas enriquecidos pasaron 50 años para peor. Por eso la imagen de muchos de ellos, en todas las encuestas está en el podio de las peores. No debe ser tan difícil volver a tener dirigentes razonables, de manos limpias y uñas cortas. Acá muy cerca, en Uruguay, la mayoría son así.
Aquél 29 histórico de hace 50 años, las columnas marcharon hacia el centro de la ciudad en lo que se denominaba paro general activo. Iban caminando, en bicicleta, en motos. Eran obreros de alta calificación, buenos salarios y muy politizados. Tenían conciencia de clase, según el lenguaje de la época.
La policía reprimió. Nadie dio marcha atrás y por eso, entraron en pánico. Y apelaron al gatillo fácil y le pegaron un balazo a Máximo Mena, un obrero mecánico que después se transformó en emblema antidictatorial. Fue como echar nafta al fuego. La indignación se multiplicó. En todo el país venían matando manifestantes. Incluso en Córdoba la llaga por el asesinato del obrero y estudiante Santiago Pampillón todavía seguía abierta. Fue la policía la que tuvo que retroceder y refugiarse en los cuarteles. El pueblo se hizo cargo de la ciudad cantando consignas muy populares.
El Cordobazo hirió de muerte política a un dictador mesiánico como Onganía que cayó un año después pese a que pensaba quedarse toda la vida. Pero Argentina ya no sería la misma. La histórica cobertura que hizo Telenoche todavía me hace palpitar de periodismo. Nuestro Sergio Villarruel al que después echaron del canal cordobés por su osadía y el enviado especial Andrés Percivale parecían corresponsales de guerra con sus viejas cámaras de celuloide y sus auricones, esquivando balazos y gases. El Cordobazo quedó grabado a fuego en la memoria colectiva. Un año después del mayo francés estalló el mayo cordobés. Paso a paso se viene el Cordobazo. Eso gritaban, y sabían lo que gritaban.

Lázaro se levantó y confesó – 28 de mayo 2019

El multimillonario terrateniente Lázaro Báez, hoy preso en la cárcel de Ezeiza, cometió un sincericidio. En una charla telefónica le confesó a su abogada Elizabeth Gazaro que fue una mezcla de empleado y testaferro de Néstor Kirchner. En la conversación, grabada legalmente por orden de un juez, en lenguaje filo religioso, Lázaro reconoció, textualmente que “todo lo que tuve era de una sola persona que está arriba y que me lo dio para que se lo administrara”.
Báez está preso por lavado de dinero sucio de la corrupción y multi procesado en varias causas que tienen a los mismos protagonistas. Ayer fue la segunda sesión del juicio por Vialidad donde comparte el banquillo con Julio de Vido, José López y Cristina que ni siquiera les dirigió la palabra, y ni los miró. La ex presidenta está acusada de ser la jefa de la asociación ilícita que enriqueció ilegalmente a Báez para que Báez enriqueciera a la familia Kirchner. Es lo que Lázaro, dijo en la confianza de un intercambio telefónico. Y agregó: “No lo supe administrar quizá en la forma adecuada que él quiso que lo administrara. Y cometí los errores que cometí y quizás por eso estoy como estoy. Para tener un acto de reflexión. Y veremos si él me da una oportunidad distinta para no cometer los mismos errores”. Impresionante confesión de partes que, judicialmente, puede complicar más a Cristina sobre todo en la causa sobre la Ruta del dinero K. Porque él está allá arriba, como dice Lázaro pero ella fue su heredera y continuadora de los delitos y está acá abajo, sentada a pocos metros de él.
¿Confirmará esta confirmación en la justicia? Difícil que Lázaro hable si no habló hasta ahora y menos a pocos meses de saber si ella, la que está acá, la dueña de todo el dinero que le dio para administrar el que está arriba, tiene posibilidades de volver al poder. Chicana obvia: ¿A quién votará Lázaro en las elecciones? Cree como pidió Dady Brieva que el 10 de diciembre a la tarde, los Fernández si son presidentes, van a liberar a todos los mal llamados presos políticos?
Esto confirma mi teoría de que Lázaro fue Néstor pero ahora es Cristina.
A esta altura no hay dudas de quien mandaba. No se movía una mosca en el gobierno de Cristina sin la orden de Cristina. Lázaro fue el amigo, testaferro, socio, empleado y cómplice del matrimonio Kirchner. Muerto Néstor, la jefatura de la asociación ilícita fue ocupada por Cristina.
Por eso sostengo que Báez es Cristina.
A esta altura no hay ninguna duda: el gobierno de la familia Kirchner fue el más corrupto de la historia. Los del menemismo fueron vueltos, chirolas, al lado de estas montañas de dólares y euros contados con maquinitas, transportados en bolsos y aviones, pesados en balanzas y depositados en el exterior.
Martín Báez, el hijo mayor, fue uno de los actores principales en esa novela real de los patrones del mal que cuentan fortunas en La Rosadita mientras Jorge Lanata lo muestra y lo denuncia por televisión.
Tal vez ese sea el peor de sus pecados. Lázaro Báez, siguió el ejemplo de muchos otros corruptos del kirchnerismo y convirtió a sus hijos en delincuentes.
Báez detonó a su familia. La incineró en el altar de los Kirchner solo para hacerse millonario con el dinero de todos los argentinos. Esa familia está quebrada en tres pedazos.
Más que pingüinos son los buitres de Río Gallegos. Los que tienen niveles de codicia nunca vistos. Los que son capaces de vender a la madre y a las madres de plaza de mayo por una caja fuerte llena de miserables billetes.
Los Báez son socios de Cristina en el hotel La Aldea, de El Chalten. Báez juniors es dueño del edificio y la ex presidenta del terreno.
En su momento, el hijo de tigre supo tener el 48% de las acciones de Valle Mitre, la empresa que administró tres de los cuatro hoteles de la cadena “Kirchner, Resort All inclusive”. Las Dunas, era de Lázaro, pero se lo vendió a Néstor en cómodas cuotas. En el Alto Calafate se hizo esa vergonzosa operación de los 14 millones que Lázaro le pagó a Cristina por habitaciones que jamás usaron. Insólito. ¿Son muy tontos o demasiado vivos? O aplicaron el manual básico de lavado de dinero.
Las empresas de los Báez y los Kirchner batieron todos los records de facturas truchas. Son las empresas que le compraron la casa de Rio Gallegos a los Kirchner a precios sobrevaluados y con papeles subfacturados, o la que le pagaron alquileres por encima del mercado a varios departamentos de los K.
Incluso aparece la compañía de taxis aéreo Top Air, en uno de cuyos vuelos viajó Leonardo Fariña, el valijero arrepentido que contó todo con una precisión de relojería.
Son chorros de cuarta, ladronzuelos que les robaron las migajas a los verdaderos ladrones de guante blanco. Son los perejiles de un supermercado repleto de dinero como el que se guardaba en las bóvedas de Lázaro que luego, por la gracia de Dios, y como por arte de mafia, recicló en bodega.
Los muchachos de la agrupación «Lázaro Báez para la Victoria y la Fortuna de Cristina” pusieron al estado al servicio del enriquecimiento ilícito de la familia presidencial.
Revuelve el estómago de asco moral, como dijo Carrió. Nunca presentaron balances y los dibujos son groseros.
Alguna vez escribí que Lázaro era el Alfredo Yabrán de los Kirchner. Un mafioso todo terreno.
Hay mucho misterio que develar en el caso más espectacular de movilidad social ascendente de toda la historia. Lázaro Báez pasó de empleado bancario a megamillonario. Y fue en apenas diez años, en la década ganada por los Kirchner y sus amigos y cómplices. Lázaro se levantó y anduvo. Prometieron distribuir la riqueza y la distribuyeron… entre ellos.
¿Quién es Lázaro? ¿Qué papel cumplió en el ladriprogresismo feudal? Es el terrateniente más grande del país. 418 propiedades y estancias que en tamaño son igual a 13 veces la Capital Federal. ¿Escuchó bien semejante locura? Las tierras que nos robaron las familias Kirchner y Báez ocupan el mismo territorio que 13 veces la Capital Federal.
Y dos lujosos aviones que en realidad eran tres y uno se incendió sospechosamente. Y siguen las estafas. Es interminable la lista de bienes y billetes que robaron. Record Guinnes. Por eso los Kirchner están entre los más corruptos del planeta.
Lázaro tiene la flota de vehículos más grande del país. Ni las empresas de transporte tienen 1.279 vehículos como él. Una colección de autos negros de alta gama que ni la mafia napolitana. La parte más bizarra de su historia es que fue el constructor, el donante y el vigilador en retiro efectivo del faraónico mausoleo de Néstor Kirchner. Ese monumento a la corrupción y la desmesura es monitoreado on line por Cristina desde donde ella se encuentre. Es el primer lugar que visitó Alberto Fernández como candidato a presidente. Es todo un dato. Es un mensaje clarísimo, aunque tiene su simbolismo. La noche en que Néstor Kirchner se murió había estado cenando con Cristina y Lázaro. Según el evangelio, Lázaro de Betania ya estaba muerto y sepultado. Pero llegó Jesucristo que era su amigo y lo resucitó en un instante y con una frase: “Lázaro, levántate y anda”. Este Lázaro de estos tiempos de cólera, se parece más a otro personaje bíblico que es casi su contracara. A Poncio Pilatos, el que se lavó las manos y con ese gesto, selló la condena a muerte de Jesús. Es el símbolo del oportunismo, la vileza y la traición.
Todos los trámites que tuvieron que hacerse en el exterior arrojaron resultados positivos porque en Suiza y en Panamá, entre otros países encontraron cuentas y millones de dólares sucios de la corrupción que fueron lavados. El colmo es que un banco suizo accedió a abrirle una cuenta a Lázaro porque un informe que pidieron confirmó que era testaferro de Néstor Kirchner.
La información dura y pura dice que Lázaro, recibió 52 contratos por la friolera de 46 mil millones de pesos durante el reinado de la dinastía K. Austral Construcciones, se fundó 12 días antes de que Néstor jurara como presidente. Los Kirchner y los Báez formaron un concubinato para el delito. La convivencia fue obscena entre ellos. A Cristina y Lázaro Báez no los une el amor sino el espanto. Ella nunca lo quiso. Pero hoy más que nunca uno está atado a la suerte del otro. Lázaro está en la cárcel y quiere salir. Y Cristina está afuera y no quiere entrar. Pero los destinos se cruzan. Y el punto de más probable encuentro es una celda en Ezeiza. Todos le llaman la jefa y es cierto. Cristina es y fue la jefa. Y más temprano que tarde va a tener que pagar por eso. Hay una celda de pocos metros cuadrados, una cama y un inodoro que la está esperando. Lázaro se levantó y confesó. Báez es Cristina. Y Cristina es Báez.