El más valiente de Malvinas – 2 de abril 2019

El máximo héroe entre los soldados de la guerra de Malvinas se llama Oscar Ismael Poltronieri. Dolorosamente, pienso que los argentinos en general y los jóvenes en particular, conocen la formación de casi todos sus equipos de fútbol de memoria pero, a Poltro no lo conocen. Es una asignatura pendiente que tenemos todos. Es un insulto a lo mejor y lo más trágico de nuestra historia. El país que no conoce y por lo tanto no reconoce a sus héroes tiene un agujero negro en su memoria y en su corazón colectivo.
Por eso no me canso de repetir una y otra vez la historia del soldado Oscar Ismael Poltronieri. Tiene en su pecho muchísimas medallas y la condecoración más importante que otorga la patria: “La Cruz al heroico valor en combate”. Nadie tiene tantas distinciones como Poltro, como lo conocían los compañeros, a los que les salvó la vida y les permitió escapar, mientras mantuvo durante nueve horas alejado a todo un batallón inglés él solito, con una ametralladora pesada. Solamente lo pienso, lo digo y lo escribo y se me estremece el cuerpo. Hice la colimba, soy artillero y paracaidista y se lo que pesa una MAG: diez kilos. Eso cuanto está seca, recién lustrada y el que la porta está fresco y descansado.
Poltro saltaba de un pozo de zorro y de una piedra a la otra con su MAG como si fuera una escoba. En medio de la helada que fisura los huesos, absolutamente embarrado y hambriento, sin apoyo, con hambre y con lágrimas en los ojos. Es que su compañero de trinchera, el soldado Horisberger se había quedado para apoyarlo y abastecerlo de proyectiles y en un momento una bala maldita del enemigo le atravesó el casco y la cabeza. La sangre se mezcló con la tierra mezquina e irredenta de Malvinas. Estaban defendiendo el Monte Dos Hermanas para que su Regimiento pudiera llegar sano y salvo a destino.
Poltro miró a su querido compañero, apretó los dientes, se aferró al gatillo y al grito de “hijos de puta, lo mataron”, siguió disparando hasta que se quedó sin municiones. El soldado Horisberger no era cualquier compañero de colimba. Era el que le escribía las cartas a María Ester, la madre de Poltro que trabajaba limpiando casas ajenas y que tiene nueve hijos más. Es que Poltronieri, el soldado heroico no sabía ni sabe leer ni escribir.
Los ingleses no lo podían creer. Tiraban bombas desde los barcos, granadas con la infantería, las balas trazantes iluminaban la madrugada de terror, todo el mundo se escapaba del campo de batalla porque habían dado la orden de retirada pero un solo soldado, con coraje sin igual, estaba resistiendo a una de las tropas más entrenadas del mundo. Los tenía a raya. Disparaba una ráfaga y corría hacia otro hueco lleno de agua helada, sangre y orina y volvía a tirar. Los propios enemigos confesaron que pensaban que era un grupo grande de soldados comandos. Estaba solo Poltro y por eso recibió toda la admiración de las tropas inglesas también.
Se había quedado solo por su propia decisión. “Salga de acá mi Sargento, vaya con los soldados. Yo me quedo que no tengo hijos. Usted acaba de ser padre y su hijo lo va a necesitar”. Así convenció al Sargento Tito Echeverría. Es que Poltro no sabía ni sabe leer ni escribir pero conoce la verdad de la vida: la solidaridad, el compañerismo, el coraje, la sensibilidad. La gran periodista Gabriela Cocciffi, directora editorial de Infobae, que tanto tuvo que ver con la recuperación de la identidad de los soldados que están enterrados en el cementerio de Darwin, dice que Poltro los mandó al carajo cuando sus superiores y sus compañeros intentaron convencerlo para que el también huyera:
– Hay que replegarse, Poltro, es una orden…
– Salgan de acá, yo los cubro. No se demoren más.
Había decidido dar la vida por la patria y por sus compañeros del regimiento de Mercedes. Había visto a muchos morir cruelmente. Uno de ellos vio volar su rodilla producto de un pedazo de explosivo que detonó a su lado. Le hicieron un torniquete entre varios pero igual murió desangrado. ¿Hay algo más terrible? Poltro jamás olvidará los gritos y los llantos de ese compañero. Por supuesto que pedía por su madre.
Sus compañeros adoraban a Poltro. No solo porque tenía los huevos del tamaño de la isla. También era el encargado de atrapar a las ovejas y carnearlas para que todos pudieran combatir el hambre, otro de los feroces enemigos. Poltro es hijo de un puestero que los abandonó. Pero en el campo de la estancia Santa Catalina aprendió de muy chico a ordeñar vacas, montar caballos y carnear corderos. Poltronieri no se pudo ni despedir de su madre cuando lo embarcaron hacia Malvinas como parte de la Tercera Sección de la Compañía B del RI 6 de Mercedes.
Cuando Poltro se quedó sin proyectiles, enterró la ametralladora como dice el manual, para que no la utilice el enemigo, y corrió con el último aliento que le quedaba. Se cayó diez veces. Y se levantó cien. Tuvo que esquivar la dinamita que no paraba de caer del cielo.
Cuando por fin llegó, extenuado, entró en una crisis de llanto. Vio lo que jamás hubiera querido ver. La bandera blanca de la rendición flameando sobre sus compañeros que habían sido tomados prisioneros. Nadie les había avisado. Tal vez no había como. Tenía una bronca imparable. El siguió combatiendo como tantos otros, cinco horas después de la rendición. Todos abrazaban a Poltronieri. Y le agradecían su arrojo. Gracias a su valentía incomparable habían podido sobrevivir.
Cuando llegaron de noche y en forma casi clandestina a Campo de Mayo, comenzó otra guerra para Poltro y todos los ex Combatientes. Los trataron como delincuentes. Los militares los escondieron y les prohibieron contar lo que habían visto y lo que habían padecido. Y la mayoría de los civiles también les dio la espalda. Poltro tuvo que empezar de la nada a pelear por su vida en las ciudades y entre la miseria. Vendía estampitas y calcos en los trenes con su uniforme verde oliva. Algunos hijos de puta le gritaban: “Loco de la guerra, anda a venderle estampitas a Galtieri”. No es casual que 649 argentinos hayan perdido su vida durante la guerra y que una cantidad similar haya perdido la vida durante la paz, en el suicidio ante la locura que producen la mezcla del terror bélico y la indiferencia social.
Como Poltro estuvo 9 horas frenando a pura balacera a los ingleses, los burócratas de la guerra, lo dieron por muerto. Y le avisaron a su madre. Cuando el soldado más condecorado llegó al sanatorio donde su madre estaba internada con un ataque de nervios y de desgarro por el anuncio, no lo dejaron entrar. Fue como intentar parar a un elefante. “Es mi vieja, carajo. Está mal porque cree que me mataron y yo estoy vivo. Si no me dejan entrar, rompo todo”.
Aquel abrazo en terapia intensiva fue descomunal. Los cuerpos, las caras, las manos, las lágrimas, todo entrelazado entre la madre y el hijo. María Ester se recuperó. Vio a su hijo vivo y ella volvió a la vida.
Una vez fue el genio de Juan Carlos Mareco que le hizo una nota en la tele y le consiguió trabajo. A esa altura, Poltro ya tenía esposa y cuatro hijos que mantener. En un momento estuvo a punto de vender esas medallas que tanto orgullo le producían pero que no le habían servido para conseguir vivir con la dignidad de un oficio y un sueldo. Nadie quería ex combatientes.
Una noche de necesidades básicas insatisfechas, las imágenes de los fuegos estallando y las balas picando en el cuerpo de sus compañeros se transformaron en pesadilla. Sintió que estaba otra vez en aquel pozo helado y miserable tirando con su ametralladora. Pero los problemas seguían. Se puso una soga al cuello y cuando estaba a punto de ahorcarse, su hijo mayor le gritó y lo abrazó. Estuvo un largo tiempo tirado en el suelo, llorando de impotencia. ¿Cuál fue enemigo más invencible? A los ingleses les entraban las balas. A la mayoría de los argentinos, no.
Otro nota, pero en Clarín, hizo que el jefe de estado, Eduardo Duhalde lo recibiera. El presidente de Boca de entonces, Mauricio Macri lo invitó junto a su familia para que cumpliera su sueño: conocer la Bombonera. Fue uno de los días más felices de su vida, entre panchos, cocas y camisetas firmadas por los jugadores.
Hoy trabaja en Campo de Mayo, se filmó una película sobre su vida, una callecita y un monolito en una plaza de Mercedes llevan su nombre, la revista Gente lo llevó a Europa donde se encontró con otro ex combatiente inglés, que de viejo enemigo pasó a ser casi si hermano de la vida.
Alejandro Lerner logró hablar por todos nosotros cuando escribió: “La isla de la buena memoria”. Nos hizo comprender mejor que no hay guerra que se gane, que las guerras se pierden todas: “Madre, me voy a la isla, no se contra quién pelear; tal vez luche o me resista, o tal vez me muera allá./Qué haré con el uniforme cuando empiece a pelear,/con el casco y con las botas, ni siquiera sé marchar”.
Lo último que Poltro hizo por sus viejos camaradas de Malvinas, lo hizo arrodillado ante la virgen y las cruces de las tumbas: le pidió que nadie olvide nunca más a los que quedaron en las Islas. Y a todas las madres de los soldaditos caídos en Malvinas, Poltronieri les dice Mami. Fue una promesa. Quiere que todas ellas lo consideren un hijo. El más condecorado. El más valiente. El héroe de Malvinas.

¿Volverá Alfonsín? – 1 de abril 2019

Me pregunto y les pregunto: ¿Volverá Alfonsín? ¿Cuándo? Porque él también habita en el corazón de su pueblo. ¿Tendremos los argentinos la posibilidad de comprobar en la práctica la verdad y la justicia de su prédica?
Ayer se cumplió una década de ausencia de Raúl Alfonsín. Aquel día se estrujó el alma de los argentinos. Se nos instaló un agujero negro en nuestra conciencia ciudadana. A las 20.30, el doctor Alberto Sadler anunció formalmente su muerte. Estaba en la cama del dormitorio del histórico departamento de la calle Santa Fé al 1.600. Lo acompañaba toda su familia cuando, finalmente, se quedó dormido para siempre. Dejó de sufrir. Eran tan grande los dolores que le tuvieron que dar morfina para poderlos soportar. Respiraba de un tubo de oxígeno. Le había hecho mucho daño ese maldito cáncer de pulmón con metástasis ósea que, encima, se complicó con una neumonía.
La presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner estaba en Londres, en la reunión del G-20 y por eso, el decreto de 3 días de duelo nacional lo tuvo que firmar el vice, Julio Cobos, un radical que había entrado a la política entusiasmado por la primavera alfonsinista.
La misa de cuerpo presente la hizo monseñor José María Arancedo, entonces arzobispo de Santa Fé y primo hermano de don Raúl.
Todavía tengo las imágenes de ese multitudinario cortejo fúnebre con que lo despidió el pueblo argentino que tanto le debe. La cureña partió desde el Congreso, por Callao hasta el cementerio de la Recoleta. El Regimiento de Granaderos a Caballo lo escoltó hasta la última morada.
Julio Bárbaro, un peronista hasta los huesos lo definió como el mejor presidente que tuvimos desde la recuperación de las instituciones en 1983. Es que su figura se transformó en prócer con el tiempo. Creció y se agigantó porque supo honrar la política y porque hizo de la honradez y la ética de la responsabilidad sus principales banderas. Su gestión tuvo ataques de todo tipo pero Alfonsín respondió sin una gota de autoritarismo ni violencia y cero corrupción. Era un gallego calentón, como él decía de sí mismo, que se enojaba cuando elogiaban su honradez. No concebía otro tipo de comportamiento.
En el 2007 durante un largo reportaje realizado por Jorge Fontevecchia dijo que Cristina: “Tiene un déficit muy grande, que es su iracundia”. Y del populismo, agregó: “Es una plaga en cualquier parte, es algo sin doctrina, puja de poder, no respeta, crea su propia institucionalidad”.
Oscar Muiño escribió que Alfonsín: “detestaba la demagogia. No amenazaba ni apretaba. Su verbo era persuadir. Aunque había que aguantarlo. La persuasión resultaba agobiante, difícil de resistir”.
Y agregó que: “Su tolerancia no era tibieza. No rehuía el debate. En plena capilla Stella Maris se paró y tomó la palabra para refutar a un religioso promilitar (monseñor José Medina). Otra vez reclamó ante una Sociedad Rural que lo silbaba que “es fascista no dejar hablar al orador”. No invocaba la investidura presidencial, sino el simple derecho a expresarse”.
Por eso Don Raúl está en la eternidad. Seguramente está tomando unos mates con don Hipólito Irigoyen y don Arturo Illia en el cielo de la austeridad republicana y las manos limpias. O saludando a la gente por las calles de la memoria, con dignidad y la frente alta, como le gustaba hacer aquí en la tierra
Don Raúl, el padre de la democracia recuperada, caminando lento, como perdonando el viento, según la poesía emblemática del día del padre. Don Raúl, firme en sus convicciones y peleando con coraje contra ese maldito cáncer que lo rompió pero que no lo pudo doblar, Como proclamaba Leandro Alem.
Con todos sus errores, con todas sus equivocaciones, a diez años de su muerte, creo que Alfonsín es mejor que la media de los presidentes que tuvimos y –si me apura- creo que es mejor que la media de la sociedad que tenemos.
No quiero decir que el doctor Raúl Alfonsín haya sido un presidente perfecto. De ninguna manera. Fue tan imperfecto y tan lleno de contradicciones como todos nosotros. La democracia es imperfecta. Pero nadie puede desmentir que Alfonsín fue un demócrata cabal. Nunca ocupó ningún cargo durante ninguna dictadura. Y eso que muchos de sus correligionarios si lo hicieron. Estuvo detenido por ponerle el pecho a sus ideas. Fue un auténtico defensor de los derechos humanos de la primera hora y en el momento en que las balas picaban cerca. Fue su bandera permanente. Se jugó la vida por eso. No fue por una cuestión de oportunismo ni para cazar dinosaurios en el zoológico. Fue defensor de presos políticos durante la dictadura, reclamó por los desaparecidos y fue co-fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Vale la pena recordar que Alfonsín hizo todo eso. Como para respetar la sagrada verdad de los hechos. Por eso, con toda autoridad, después parió el Nunca Más y la Conadep y el histórico Juicio a las Juntas Militares que ningún otro país del mundo se atrevió a hacer con la dictadura en retirada pero todavía desafiante, poderosa y armada hasta los dientes. Tuvo sublevaciones militares carapintadas, paros salvajes de la CGT y golpes de mercado que intentaron derrocarlo. Es verdad que también existieron los errores y los horrores propios. La economía de guerra y el desmadre inflacionario. La gran desilusión frente al “felices pascuas” y “la casa está en orden”. O el Punto Final y la Obediencia Debida. Y el derrumbe de la confianza en la capacidad para gobernar y ese descontrol que terminó con la entrega anticipada del poder. Si tratamos de ser lo más ecuánimes y rigurosos posibles aparecen las luces y las sombras de una gestión. Pero el paso del tiempo y la comparación con lo que vino después, lo deja a Raúl Ricardo Alfonsín del lado bueno de la historia. En la vereda del sol. Entrando a los libros como un héroe que se definió como el más humilde de todos los servidores del pueblo. Nadie puede negar que fue un patriota. Cada día los extrañamos más. En estos tiempos de cólera su sabiduría nos podría iluminar el camino. Aquellas frases dichas casi como testamento: “Si la política no es diálogo, es violencia” y “gobernar no es solo conflicto, básicamente es construcción”. Algo así como decir que la palabra enemigo hay que extirparla del diccionario político. Que solo hay que marginar a los golpistas y los corruptos. Cada día es más necesaria su apuesta a la coexistencia pacífica de los diferentes, a una república igualitaria y a la libertad. Raúl Alfonsín fue el partero del período democrático más prolongado de toda la historia. Siempre será como un símbolo de la luz de las ideas que salieron del túnel de la muerte y el terrorismo de estado.
El día que murió hice el programa más conmovedor que me haya tocado hacer. En vivo y en carne viva. Con Pepe Eliaschev, Nelson Castro, Nacho López, Luis Brandoni y Jesús Rodríguez llorando en cámara, conmovidos por tanto dolor.
Hace una década que extrañamos a Raúl Alfonsín pero su legado, su coraje sigue en el corazón y en las neuronas de los argentinos. Nos queda grabado en la memoria colectiva, con su chaleco impecable, su austeridad franciscana y esa cara de bueno capaz de seducir hasta al más acérrimo de los enemigos.
Ayer se cumplieron diez años de su muerte. Casi como una señal del destino, el padre de la democracia recuperada nació el día del Escudo Nacional. Y Alfonsín en vida (y ahora con su legado) fue un escudo contra la corrupción y todo tipo de autoritarismo.
El día que los pueblos sean libres, el día que Argentina sea un país sin pobreza ni desocupación y con igualdad de oportunidades y sin ladrones ni golpistas, ese día, Alfonsín volverá y será millones. Porque él también vive eterno en el corazón de su pueblo.

La Rayuela de Cortázar – 29 de marzo 2019

Hoy Julio Cortázar parece haber resucitado porque está en la tapa de todos los diarios.
Sorpresas te da la vida, en el Congreso de la Lengua de Córdoba. En el teatro Real se presentó una edición conmemorativa de Rayuela. Es una edición espectacular que incluye, por primera vez desde 1983 la reproducción en facsímil del “cuaderno de bitácora” con las notas al pie de Julio Cortázar que le sirvieron para escribir una novela que marcó un antes y un después en la literatura. Se trata del esqueleto, de la trastienda de Rayuela que, además cuenta con textos complementarios de Gabriel García Márquez, Adolfo Bioy Casares, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Sergio Ramírez, entre otras plumas iluminadas.
Rayuela metió al juego de prepo en la literatura. Una experiencia lúdica de intercambio con el lector. El gozo de la lectura, la ficción y también la posibilidad de disfrutar de la diversión sin acartonamientos.
Mario Vargas Llosa sorprendió cuando dijo que Rayuela no era el mejor texto de Julio. Que lo consideraba uno de los grandes cuentistas de la historia y recomendó “El perseguidor” y “El torito”. Alguien recordó que Rayuela fue una “enciclopedia de rebeldía” y que Julio llamaba “cementerio” a los diccionarios.
Es una de las grandes novedades de este Congreso que termina mañana.
Es la mejor ocasión para repetir una y mil veces:
Queremos tanto a Julio.
Le debemos tanto los argentinos a Julio Cortázar que en paz descanse. Murió en Paris donde eligió vivir. Una leucemia analfabeta le fue erosionando su cuerpo pero su corazón ya venía muerto desde la muerte de su gran amor, de Carol Dunlop, su tercera esposa con la que hoy comparte el cielo y la tierra en el cementerio de Montparnasse.
Queremos tanto a Julio.
Le debemos tanto. En la literatura, es decir en el placer y el goce por la belleza pura y en la política, es decir en el compromiso solidario con los más débiles y los buscadores eternos de utopías y de la igualdad entre los hombres.
Los libros fueron su tabla de salvación. La posibilidad de seguir flotando aún en las tormentas más terribles. En su casa de la infancia de Banfield, se encerró a leer día y noche cuando su padre los abandonó para siempre, sin decir una palabra. A escribir día y noche, también se encerró en su casa de la madurez en Paris cuando América Latina empezó a desgarrarse en su alma. Nunca dejó de ser un cronopio que sólo perseguía su regocijo personal. Vos sabes, le dijo a Fernández Retamar, en una carta de 1967, que el almidón y yo, no hacemos buenas camisas. Era tierno y tenía un sentido del humor maravilloso. Disfrutaba de la metafísica de Macedonio Fernández porque se reía a carcajadas. El realismo socialista siempre le resultó aburrido, pesado, decía que en esos casos la ideología mataba a la literatura y que llegó a sentir horror por esos escritores de la obediencia debida.
Julio Florencio Cortazar tenía cara de chico aún en sus 69 moribundos años. Y era un chico a la hora de escribir como un cronopio que buscaba lo lúdico. Siempre el juego. En su niñez imaginaba animales mitológicos para sorprender y sorprenderse y apostó siempre a lo fantástico, a esa dimensión alucinante de la realidad más cotidiana. La supo encontrar y la supo contar.
Con Borges compartió muchas más cosas de lo que los militantes políticos literarios de los finales del 60 podían imaginar. Porque era una de las tantas antinomias, como se decía entonces. Borges o Cortázar. El reaccionario de derecha o el amigo de la Cuba de Fidel y el Chile de Salvador Allende. Borges o Cortázar, como una segunda vuelta de la batalla entre Boedo y Florida, era discusión apasionada en las universidades y los bares. Sin embargo, ambos amaron profundamente los laberintos, el tango, el jazz y las muchachas de ojos verdes como La Maga. Ambos fueron tozudos antiperonistas y quisieron morir fuera de la Argentina. Y allá están sus restos, más cerca entre sí que de nosotros. Y en lo que para muchos fue una señal mágica, Borges fue el editor del primer cuento de Cortázar en la revista “Los anales de Buenos Aires”.
Queremos tanto a Julio.
Le debemos tanto. Y los periodistas de mi generación lo amamos porque metió de facto el lenguaje de la calle en la alta literatura. Porque todos alguna vez intentamos imitarlo sin el menor de los éxitos, porque todos alguna vez lo leímos con el mayor de los placeres.
Primero fue un revolucionario de las letras y después de las ideas. Fue un antes y un después de la barba. Primero sacudió la estructura de la novela con Rayuela. Hoy, una edición original en buen estado se puede comprar por 30 mil pesos. En 1963, puso al lector en un pié de igualdad con el autor. Le permitió que cada uno eligiera su propia novela en esa maravillosa caja china que fue Rayuela, con una novela dentro de otra, con ese rompecabezas para jugar, siempre jugar con el ingenio y las neuronas y sobre todo con el lenguaje al que lo dio vuelta como una media una y mil veces. Por eso ayer se presentó esta nueva edición conmemorativa de Rayuela preparada por la Real Academia Española, la Academia Argentina de Letras y la editorial Alfaguara.
Cuando viajó a Cuba se conmovió al ver un pueblo haciendo la revolución y su vida cambió. Y los personajes y los puntos de vista en sus libros, también. Con el Che Guevara, en su “Libro de Manuel” hizo una crítica dura a los dogmáticos de la guerrilla y ya que estamos en ese libro imperdible digamos que el protagonista se llamaba Marcos y que por eso el subcomandante zapatista de Chiapas se bautizó con ese nombre. En homenaje a Cortázar que, de estar vivo, dijo que apoyaría la causa que fue casi pacifista de los zapatistas y que hoy está casi extinguida, con el mismo entusiasmo con que apoyó a los sandinistas en esa Nicaragua tan violentamente dulce, antes de que Daniel Ortega la amargara y malversara con una dictadura feroz y corrupta de un señor que incluso abusó sexualmente hasta de su hija.
Queremos tanto a Julio.
Le debemos tanto.
Hace poco, Clarín publicó una hermosa foto de Julio que tomó Dani Yako en diciembre de 1983. Sus ojos vivaces detrás de unos lentes gigantescos y el cigarro en su boca lo integran al paisaje de una calle bien porteña. Julio había vuelto después de una década.
Fue inclaudicable y corajuda su lucha por denunciar a la dictadura argentina y reclamar por los desaparecidos porque sentía al país lejano como su “Casa Tomada”, como esa pesadilla que escribió de un saque, con todos los fuegos el fuego. Cortázar sí que dio vuelta al día en 80 mundos y en su último round tuvo “62 modelos para armar”. Nunca olvidó el susto que se pegó a los 9 años cuando robó un libro de Edgar Allan Poe para leerlo ni el placer que sintió cuando tradujo toda su obra. Julio Cortázar fue un grande, uno de los padres eternos de nuestra literatura. Sus cuentos tienen la impronta de dos de sus ídolos, de Charlie Parker y de Justo Suarez. La cadencia y el torrente que improvisa del saxofonista del jazz y la habilidad para esquivar y la dureza para pegar del boxeo del Torito de Mataderos. Una vez, Julio publicó una nota sobre el arte del pugilato en las páginas de El Gráfico.
Queremos tanto a Julio. Le debemos tanto. Por dos motivos fundamentales. Porque todos sus textos son una incitación a la libertad y una apología de la belleza.