Policía que tira – 4 de diciembre 2018

La ministra Patricia Bullrich puso en marcha un nuevo reglamento para el uso de armas de fuego por parte de las fuerzas federales que están a su cargo. El objetivo es ampliar las facultades para que los uniformados se puedan proteger a sí mismos y puedan protegernos a nosotros frente a los ataques cada vez más sanguinarios de los delincuentes. Hoy la ministra dijo por esta radio que todas las semanas dos policías mueren asesinados.
Argentina necesita fuerzas de seguridad democráticas, de excelencia profesional, pertrechada con la última tecnología y de una honradez a prueba de bala, con perdón de la metáfora. Creo que nadie en su sano juicio se puede oponer a esto. Pero vamos un poco más a fondo en las definiciones. Creo que el estado debe bancar a muerte a los buenos policías que se juegan la vida para defender a los ciudadanos honestos y pacíficos y debe castigar con todo el peso de la ley a aquellos malos policías que apelan al gatillo fácil y la tortura o son delincuentes que ensucian el uniforme que les da el estado.
Hasta aquí, tampoco creo que haya demasiada oposición a esta postura. Salvo aquellos que por cuestiones ideológicas están en los extremos y caen en la condena absoluta a todos los policías por un lado o los que dicen que a todos los delincuentes hay que fusilarlos.
Son dos propuestas enfrentadas, igualmente infantiles y peligrosas. Trataré de explicar los motivos.
Los adoradores de Zaffaroni o de la Correpi no quieren que haya policía. Creen que el delito es consecuencia de las injusticias del sistema capitalista y que por lo tanto los verdaderos delincuentes son los millonarios y no los que salen a robar, violar, traficar droga o asesinar. Es delirante lo que plantean pero en amplios sectores de la justicia, durante años, fue permeando esta presunta actitud humanitaria. Aquí hay varios problemas que no tienen solución.
Durante la dictadura militar la policía fue un brazo más del terrorismo de estado. Comisarios fascistas y criminales como Miguel Etchecolatz o Ramon Camps asi lo certifican. Hubo campos de concentración manejados por la policía. Eso manchó de sangre a los presuntos servidores del orden que fueron castigados convenientemente por los juicios de la democracia. Es cierto que eso dejó un fuerte sedimento de corrupción policial. Muchos están involucrados entre los narcos, los piratas del asfalto y ni que hablar del juego y la prostitución. Pero lo cierto es que en cada policía hoy ya no está más la cara de Jorge Videla. Son en su mayoría muchachos jóvenes de origen humilde que tratan de ganarse la vida del lado de la ley. A esas nuevas camadas hay que capacitar, controlar a fondo y premiar su arrojo y su opción por combatir a los delincuentes y no sumarse a los delincuentes. Insisto: está claro que aquel policía, gendarme o cualquier uniformado que caiga en la corrupción, o al gatillo fácil o la tortura debe ser extirpado de la fuerza correspondiente.
Pero basta de estigmatizar a todos los policías con la corrupción o la mano dura porque si no estamos perdidos y los pistoleros más feroces se van a multiplicar, se envalentonar y van a matar policías como moscas. Este es uno de los países del mundo en donde hay más asesinatos de policías. Cada vez que hay un enfrentamiento en general todo termina con el policía preso y el delincuente libre. Esa señal es letal para la sociedad civilizada y la inseguridad va a seguir creciendo porque los policías honestos, en el mejor de los casos, miran para otro lado cuando ven un delito. ¿Se entiende? La ecuación que hacen es muy fácil. Si los policías que flotan y hacen la plancha siguen ascendiendo por antigüedad y conservan su trabajo y su sueldo, ese debe ser el camino a imitar. Si el que se juega la vida es procesado y encarcelado, lo mejor es borrarse y que el delito lo combata magoya.
¿Está claro? El estado no debe permitir que ningún argentino cometa delitos. Y si tiene uniforme mucho menos. Pero debe apoyar y fomentar que se combata el delito.
Es sencillo, lo dijo Perón: dentro de la ley todo, fuera de la ley, nada.
El otro extremo ideológico, el de la ultraderecha cruel es igualmente repudiable por la inmensa mayoría de los ciudadanos. No se puede fomentar que se tire a matar a mansalva. Es discriminatorio y fomenta el odio racial que le da a los delitos un color de piel o un lugar en la pobreza o exclusión.
Otra frase básica que necesitamos incorporar: el que generaliza discrimina. No es cierto que los excluidos o marginados sean todos ladrones, como dicen los nazis criollos. Es al revés, muchas veces las principales víctimas de los delitos son los más humildes. Les roban sus mochilas o sus zapatillas y sus hijos no pueden salir de noche ni a la esquina.
Aquí si hay una ancha y gigantesca avenida del medio. El estado tiene que perseguir y castigar todos los delitos con la mayor firmeza posible. No importa si el que lo comete tiene uniforme o no.
Pero hay que exterminar esos prejuicios de quienes ven un uniforme y ven un represor corrupto y quienes ven un morocho humilde y ven un secuestrador.
Ese camino nos lleva a la justicia por mano propia. Al ojo por ojo que termina con la sociedad ciega. Y a la venganza que es el más primitivo y reaccionario de los sentimientos. No estoy para nada de acuerdo con la pena de muerte. Además es ilegal. No existe en la Argentina. Aunque como dijo Rolando Barbano, muchos jueces presuntamente garantistas decretan la pena de muerte de hecho para las víctimas de delitos.
Pero tampoco estoy de acuerdo en que los que roban, violan o matan, entren por una puerta y salgan por la otra muchas veces antes que la familia entierre a su muerto.
No estoy de acuerdo con “el viva la pepa” nefasto de las excarcelaciones. Delincuentes peligrosos y reincidentes seriales son liberados con una facilidad criminal.
Los jueces deben comprender que gran parte de su responsabilidad es que se cumplan las penas, que los juicios sean rápidos. Es la única manera de garantizar paz y tranquilidad a las familias argentinas.
Necesitamos una policía de manos limpias y de mano justa, no de mano dura y tampoco de brazos caídos como en estos últimos tiempos.
Y el gobierno debe seguir con la depuración de las fuerzas de seguridad. Los Kirchner y casi todos los gobernadores se hicieron los tontos y pactaron con las mafias de uniforme. En la provincia de Buenos Aires, tanto María Eugenia Vidal como Cristian Ritondo metieron el bisturí para hacer cirugía mayor. Por eso los amenazan. En la provincia, desde que llegó Cambiemos, fueron separados de la bonaerense 8.300 policías. ¿Escuchó bien? 8.300 malos policías separados. En dos años. Hay 1.500 exonerados y 600 detenidos. Todavía falta. Pero se avanzó mucho en la lucha contra la corrupción policial. Scioli y Cristina no hicieron nada. Convivieron y regentearon las mafias policiales.
¿Se acuerda de Cristina que ignoró el reclamo y dijo que era un problema de los ricos y una bandera de la derecha? ¿O de Aníbal Fernández, cuando no, que rompió el boludómetro y dijo que era una mera sensación térmica.
No hay que caer en el autoritarismo ni en la anarquía que genera pasividad. Hay que reconstruir la autoridad. Autoridades policiales y judiciales que apliquen la ley con todo rigor y sin amiguismos.
La aspiración de todos, gobernantes y gobernados, debe ser “vivir sin miedo y no convivir con el miedo”. Así de simple y contundente. El miedo es el peor veneno de una sociedad y de un individuo. Siempre el pánico nos saca lo peor de nosotros. No hay sociedad democrática sin premios ni castigos. Es como invertir en forma perversa el orden de los derechos humanos. Solo se respetan para los que cometen delitos y no se cuida al familiar o al que padeció ese delito. Nada más reaccionario y antipopular que no defender el principal derecho humano que es el derecho a la vida. Para Cristina y su banda la víctima era el delincuente.
Hay que gritar que se apliquen todas las leyes. Todas las leyes, menos una: la ley de la selva.

De la barra brava al Colón – 3 de diciembre 2018

En las últimas semanas tuvimos la gran oportunidad de ver, en toda su crudeza, las dos Argentinas que coexisten en este proceso de transición. Son dos países que expresan claramente esa idea de Antonio Gramsci de que lo nuevo no termina de nacer y que lo viejo no termina de morir. Estamos en el medio del río. El populismo autocrático y cleptocrático encarnado en Cristina, todavía tiene potencia electoral y presencia cultural. Y el republicanismo pragmático, liberal democrático representado por el presidente Macri no va a lograr consolidarse hasta un definitivo triunfo en las urnas en el 2019. Todavía falta mucho para ver si esto ocurre.
Es una batalla de las ideas acerca de cuál es la Argentina en la que queremos vivir y proyectar para nuestros hijos.
Va a depender de nosotros porque son los pueblos con su experiencia cotidiana los que van construyendo los nuevos senderos. Con avances y retrocesos, por supuesto. Con aciertos y errores. Tampoco hay demasiada experiencia en el mundo de una salida exitosa de la degradación de los valores que producen los chavismos en todas partes. Dejan tierra arrasada en lo económico y un aislamiento internacional que nos condena. Instalan la demagogia judicial a favor de los delincuentes, el clientelismo feroz lindante con la esclavitud y un concepto facilista y atroz de que cada problema que tenemos es culpa de otro país y no de nuestra propia ineficiencia. Esto hace que nunca nadie se haga responsable de los fracasos. Siempre hay un culpable que nos viene a quitar lo nuestro. En los populismos de presunta izquierda el enemigo es imperialismo y la derecha. En los populismos de presunta derecha, son los inmigrantes.
Las dos Argentinas son como dos volcanes que cada tanto producen una erupción y ocupan el centro de la escena.
En lo ideológico todos hemos visto muy cerca la propuesta de cada sector. En Ferro, el primitivismo reaccionario disfrazado de progresismo que tiene como utopía, dictaduras como la Cuba de Fidel o la Venezuela de Chávez. Sus categorías de análisis son tan vetustas que califican al G-20 como un instrumento de dominación neo liberal que nos quiere sojuzgar. Cuesta encuadrar dentro de esos parámetros a los Estados Unidos actuales que hoy son tan proteccionistas como lo fue el justicialismo fundacional. Tan es así que hasta el troglodita de Guillermo Moreno definió a Donald Trump como un peronista. Por aquello de vivir con lo nuestro, desarrollar la industria nacional, y apelar a los sentimientos para construir la grandeza de la patria. Es cierto que China defiende al libre mercado pero fronteras adentro gobierna un comunismo férreo y de mano dura que no permite la libre expresión y que en muchos casos viola los derechos humanos.
Esta es una de las principales diferencias entre las dos Argentinas. La del pasado que nos aisló del mundo y nos obligó a tener relaciones carnales y corruptas con Venezuela, Cuba o Irán, países donde falta justicia social y libertad y se persigue a los homosexuales y a cualquier otro tipo de diversidad. Ni hablar de la corrupción de los que se creen dueños de la verdad. Casi todo el gabinete de Cristina está preso y la ex presidenta tiene el año que viene una ruta de juicios orales que puede terminar en la cárcel. Dilma Rouseff habló de injusticia pero la inmensa mayoría del partido de los Trabajadores con Lula a la cabeza, han demostrado niveles de corrupción nunca vistos que involucraron a casi toda la clase política de Brasil. Rafael Correa, tuvo que huir de su país porque la justicia le exige explicaciones en varios casos muy sospechosos. Y eso que gobierna quien fuera su vicepresidente.
El G-20 nos permitió volver al mundo de la racionalidad, el comercio multilateral que sea conveniente para todos y a condenar todo tipo de terrorismo y corrupción. Los líderes más importantes del planeta, con todos sus matices y diferencias de pensamiento, reconocieron que vamos por el camino correcto más allá de todo lo que falta, de la crisis económica y de los errores cometidos por Cambiemos. Nos abrieron la puerta nuevamente, nos dieron otra oportunidad pese a los 12 años de un kirchnerismo agresivo y hostil. Representan el 80% de la inversión mundial y el 85% del Producto Bruto global.
Y Argentina, les abrió los brazos para recibir sus inversiones para generar más trabajo y progreso. El presidente Macri dijo que esto demuestra que se puede mantener buenas relaciones de mutua conveniencia con todos los países. No hay porque elegir entre Estados Unidos y China. Ambos son inversores de primer nivel en esta tierra. Estados Unidos es el más importante en términos económicos y China puede ser la primera potencia mundial dentro de 12 años si mantiene este ritmo de crecimiento y expansión. En el comienzo del proceso de reformas, Deng Xiaoping fue muy contundente respecto del rol del pragmatismo: “No importa el color del gato, si es blanco o negro, lo importante es que cace ratones”.
Macri gato todavía tiene muchos ratones que cazar. Tiene que cumplir sus promesas de bajar la inflación, los impuestos y la desocupación. Tiene que colocar al país en la senda del crecimiento con inclusión social y una renovada apuesta a los valores del sacrificio y de la meritocracia que heredamos de nuestros padres. Jorge Fernández Díaz en su brillante columna de ayer denunció que para la berreta concepción de las izquierdas jurásicas esas actitudes son individualismos reaccionarios y neoliberales. Por eso los gremialistas autoritarios de los docentes se niegan a seguir capacitándose, algo único en el mundo o los alumnos chetos que toman escuelas incentivados por maestros que se llenan la boca hablando de la educación pública y no han logrado otra cosa que llenar las escuelas privadas, sobre todo las parroquiales que son más accesibles para los más pobres que dicen defender.
Hay un país barra brava que debemos enterrar definitivamente. La prepotencia, la ocupación de calles, puentes y terrenos por la fuerza, la apuesta a las capuchas los palos, las piedras y las bombas molotov fueron generando un hartazgo piantavotos que asustó a la propia Cristina. Estuvo fogoneando todo tipo de protesta contra el gobierno, llevando al extremo todos los conflictos, incentivando la violencia pero ahora, puso el freno. Los K no fueron a la marcha en contra del G-20 porque Cristina lo ordenó. Eso produjo una de las manifestaciones menos masivas de los últimos tiempos y dejó en evidencia que son siempre los mismos. Se debe reconocer que hubo un gran avance. Los grupos de la izquierda que van a las elecciones a sumar legisladores, expulsaron a los 15 loquitos vestidos de negro, con la cara oculta y dispuestos a incendiar todo. No solo Cristina se dio cuenta que los tira piedras y los gordo Mortero producen rechazo y antipatía aún dentro del universo de centro izquierda. Hoy despiertan más empatía, socialdemocracias más razonables y honradas como el Frente Amplio de Uruguay o el socialismo de Michelle Bachellet que los viejos patrones jurásicos marxistas.
La militancia democrática reconoce que es difícil construir consensos y alianzas amplias y competitivas si se levantan las banderas autoritarias o delictivas de Hebe de Bonafini, Milagro Sala, Luis D’Elía, Julio de Vido o César Milani. Los quisieron convertir en mártires que produzcan adhesión y lograron transformarlos en líderes módicos y tóxicos que expulsan al público independiente y soñador.
El encuentro de Ferro, las atrocidades del lumpenaje futbolero en el estadio Monumental y los ataques al Congreso de la Nación y la Legislatura de la Ciudad, son un combo de todo lo que rechaza la inmensa mayoría de los argentinos.
Por el contrario, el diálogo inteligente y amigable con todos los países, los acuerdos comerciales bilaterales para el crecimiento, el combate al crimen organizado y a los narcos y el orden democrático para que todos se expresen pacíficamente demostraron que es posible que termine de nacer la nueva Argentina. Que algo está cambiando. Que hay dolores que son por las injusticias pero que también hay dolores del parto. Con el G-20, el presidente Macri y Cambiemos retomaron la iniciativa y dejaron de estar a la defensiva. Macri estaba contra las cuerdas y ahora recuperó el centro del ring. Eso no garantiza que se solucionen todos los problemas de la noche a la mañana o que el gobierno deje de cometer errores en la política y en la comunicación. Pero le abre una nueva oportunidad. Después de la batalla del River y Boca, se instaló un clima de derrota social, de bajar los brazos, de decir que este país no tenía solución y que los argentinos no teníamos remedio. Fue muy ostensible el bajón anímico. Pero el G-20 en general y el teatro Colón en particular revirtieron esa situación y le hicieron recuperar el optimismo y la autoestima a grandes sectores. Macri emocionado frente a la diversidad cultural y la excelencia artística, con el aplauso sincero de todos los principales jefes de estado fue una síntesis de que si hay disciplina, excelencia, orden, patriotismo y liderazgo se pueden hacer las cosas muy bien. En el escenario o en la platea podrían haber cantado el “sí se puede”, que expresaba con rigurosidad lo que había pasado. Pero la mayoría no quiso ofender a nadie con un canto vinculado a lo partidario y avanzó el con “Ar-gen-ti-na” que nos incluye a todos y que integra y que intenta cohesionarnos para ser más fuertes y construir un país con más igualdad para todos. Ese grito de Ar-gen-ti-na, ese llanto contenido, esa capacidad de reponernos aún de las peores cosas, es un alarido de esperanza. Nada está resuelto y no hay que caer en triunfalismos. Pero el G-20 y el Colón nos dieron otra oportunidad. Depende de nosotros hacerle honor o tirarla por la borda. Del país del insulto barra brava al país de la cordialidad y la República. Siempre las naciones dependen de sus pueblos. Ellos deciden cuando hay que parir algo nuevo y cuando enterrar lo viejo. Civilización o barbarie. Democracia o mafia. Espero que el cambio se consolide pronto. Antes de que sea demasiado tarde para lágrimas.

Ian, un milagro de película – 30 de noviembre 2018

Hoy le pido que me preste atención. Le juro que no se va a arrepentir si sube el volumen de la radio.
Entre tantos poderosos que están por nuestras calles, entre tantos tanques y helicópteros, entre tantos misiles y portaviones lanza cohetes, yo le quiero hablar de una mariposa.
Es la mariposa más bella del mundo. Porque tiene los colores de la diversidad, de la inclusión y del abrazo fraterno a nuestros hermanos. Esa mariposa solidaria que conmueve hasta las lágrimas tiene forma de película. Es un milagro de luz frente a tanta oscuridad que el mundo nos dispara todos los días. Un corto metraje titulado “Ian, una historia que nos movilizará”. Y ese trabajo de una calidad pocas veces vista va a producir un hecho inédito al que lo convoco. Dentro de una hora y media, más o menos, a las 7 de la tarde, todos los canales infantiles van a emitir en forma conjunta, en cadena, este video multi premiado que te atraviesa el corazón y te convierte en otra persona, mucho mejor de la que eras antes.
La realidad que inspiró esta ficción es la historia de Ian, uno de los cuatro hijos de Sheila Graschinsky. Ian es un dulce de leche. Transmite una paz y una ternura que nos invade. Se mueve en silla de ruedas porque tuvo parálisis cerebral producto de la falta de oxígeno durante el parto. Científicamente eso se llama “Encefalopatía crónica no evolutiva”. Sheila logró salir del agujero negro de su alma y convertirlo en una acción transformadora. Después de llorar y llorar, después de sufrir y sufrir, al ver a su hijito tan frágil se subió a la potencia de su espíritu y escribió dos libros sanadores. Uno de ellos se utilizó para llevarlo al cine. Los días más tristes eran cuando Ian, empujado en su silla por su madre, advertía las risas burlonas de otros chicos en los recreos del colegio o una plaza. No hay instrumento sobre la tierra que pueda medir semejante terremoto de horror que le produce a un padre o a una madre, escuchar esas carcajadas, socarronas, clavándose en la espalda de su hijo, como puñales. Ese odio y esa impotencia, Ian y su madre y unos cineastas maravillosos lo convirtieron en imágenes sensibles, inclusivas, hermosas e informativas para combatir la ignorancia y la discriminación que ahora llaman bullying.
Este corto animado fue presentado en el festival de Cannes y se cansó de ganar premios en Los Angeles, Chelsea, Chicago, la India, y ahora compite por un lugar en los Oscar 2019.
Es de una excelencia técnica impecable en 3-D y Stop Motion. La producción fue de Juan José Campanella pero la dirección fue de Abel Goldfarb y la creación de Gastón Gorali. Son 10 minutos donde no paras de asombrarte ni de llorar hasta que el cuerpo se te llena de esperanza. Los chicos juegan en una plaza con toboganes, subes y baja y por supuesto, con la pelota que rueda entre sus piernas. Nuestro protagonista quiere participar pero no puede. Y muchos no lo dejan. Lo rechazan. El lucha literalmente contra viento y marea por quedarse en esa placita pero la fuerza de la discriminación lo expulsa detrás del alambrado y él se desintegra en hojas de otoño. El video no tiene palabras ni diálogos. No hay textos para que cualquier persona de cualquier país del mundo pueda entender esos ojos tan expresivos de un chico que lo único que quiere es jugar como todos los chicos, pero no puede y no lo dejan.
El sol es una nena que lo mira con cariño y le despierta la más extraordinaria de las sonrisas.
Son imágenes que nos hacen crecer. Que demuestra que todos somos discapacitados porque todos tenemos nuestras carencias. Pero que el verdadero y definitivo discapacitado es el que no tiene corazón. El que no tiene sangre. El robot que camina solo y se mueve solo por conveniencia o rentabilidad.
Para eso están las leyes que muchas veces no se cumplen. Están contempladas las relaciones entre el estado y las entidades que lideran esta temática, el derecho a igual participación, la obligación de suprimir barreras arquitectónicas, urbanísticas, del transporte y la comunicación.
El próximo lunes es el día internacional de las personas con discapacidad establecido por las Naciones Unidas. Pero el corto metraje se podrá ver hoy a las 19 hs. Le hago una humilde sugerencia. Suspenda todo lo que tiene que hacer, siéntese frente al televisor con sus hijos y los amigos de sus hijos y navegue por diez minutos en esa joya que le va a dar fuerza y conocimientos para potenciar su resiliencia, la de su familia y de toda la sociedad. No se va a arrepentir. No se lo puede perder. Se lo aseguro. Solo hay que sintonizar cualquiera de los canales infantiles.
El mensaje final nos permite soñar con un futuro maravilloso para la humanidad. Casi una metáfora de lo que necesitamos en todos los planos. Todos los chicos, todos, hacen fuerza para traer a Ian a la placita de los juegos y eso hace evaporar en el aire el alambrado que los dividía. Rompe las barreras de la discriminación y el aislamiento, acerca, y abre las puertas de un mundo mejor para todos.
La tecnología digital de última generación, parte del equipo que hizo esa obra maestra llamada Metegol, dan lo mejor que tienen para ayudar a ponernos de pie desde la emoción, la comprensión y la identificación que nos iguala y nos hermana. Nos permite mirar más allá, como se titula el libro.
Cuando al nene se le cae el vaso de gaseosa porque no lo puede sostener o cuando se arrastra en el suelo para poder sumarse a los juegos a uno se le inunda la vista y deja de amargarse por cualquier boludez y re descubre cuales son las verdades cosas importantes de la vida.
No tenemos que dejar a nadie solo. No tenemos que dejar a nadie atrás. Ese es el grito de Ian y de su película. Que todos sepamos abrir la puerta para ir a jugar, como dice el Arroz con leche. Que aprendamos a amar al prójimo como a nosotros mismos y a hacer el bien sin mirar a quien. Y sobre todo, a pensar en esos seres humanos como lo que son, como pares y no como parias, como pares, como iguales nuestros que piensan, aman, desean, buscan, se preguntan, sufren y esperan como esperamos todos la esperanza.
Hace falta conciencia y compromiso. Como la película de Ian. Para recuperar nuestros mejores valores y sobre todo, no mirar para otro lado.