Amanece con Manes – 23 de octubre 2018

Una vez más, en la cena de recaudación de fondos de anoche, Facundo Manes propuso una revolución del conocimiento. Sabe que la siembra en el cerebro, el corazón y el alma de los argentinos nos va a permitir cosechar un mejor país para todos. Cuando uno lo escucha, parece que amanece con Manes. Que amanece otra Argentina. Y eso no es poco.
Ya lo dije en otra ocasión, pero hoy es necesario repetirlo: a esta altura, creo que el doctor Facundo Manes es al cerebro lo que René Favaloro fue al corazón. Creo que Manes es el Favaloro del cerebro. Ambos son parte de la mejor producción de la educación pública en la Argentina. Tanto Manes como Favaloro fueron a formarse en la excelencia científica en el exterior pero volvieron a volcar toda su sabiduría a nuestra patria. Hay coincidencia también en su preocupación por construir una sociedad más igualitaria y próspera donde se pueda extirpar con precisión quirúrgica el cáncer de la corrupción y el autoritarismo.
Favaloro dijo que “ser honesto en esta sociedad corrupta tiene su precio”. Manes se propone recoger esa bandera y llevarla a la victoria. No es casualidad que Manes sea el rector de la Universidad Favaloro y que su propia fundación Ineco, tenga una alianza estratégica con la Fundación Favaloro. René y Facundo se formaron en el pensamiento de las mayorías nacionales. Grandes admiradores y estudiosos de San Martín y Sarmiento, cada uno supo celebrar el huracán alfonsinista del 83 que trajo la primavera democrática para siempre. Manes, incluso fue presidente del Centro de Estudiantes de su colegio. Hoy recomienda como lectura básica para todos los argentinos el “Nunca Más”, el informe sobre el terrorismo de estado que prologó Ernesto Sábato. Fue el producto de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas que integró el cardiocirujano René Favaloro.
Ambos valoraron el rol del estado y la necesidad de ser grandes divulgadores en los medios para poner sus conocimientos al servicio de los más humildes. Saben que solo desde la ciencia y la sana política se pueden transformar los países para consagrar la justicia social, la integración y el progreso. Manes dice que Favaloro soñaba con estudiar en forma interdisciplinaria el corazón y el cerebro. Porque todo lo que le hace bien a uno le hace bien al otro: comer sano, la alegría, el amor, la gimnasia, el descanso y los desafíos intelectuales.
Tanto Favaloro como Manes fueron futboleros y populares. René como hincha de Gimnasia y Esgrima La Plata, desde su barrio El Mondongo y Facundo como centrodelantero goleador en su club de la infancia en Salto. Jamás olvidaré que Favaloro decía “fulbo”, con una pasión que le encendía los ojos y le potenciaba la voz. Y de Manes dicen que la pisaba con talento dentro del área y que, perdón por el chiste obvio, era un jugador muy cerebral. Pensar que ese gran maestro que fue Renato Cesarini decía que el fútbol termina en los pies pero comienza en la cabeza. Después cuando Manes estudió en Cambridge deslumbraba a sus compañeros de la universidad con su gambeta endiablada. Ya había superado el asma que desde chico lo marcaba de cerca, como un stopper.
Sus compañeros le decían Goropo. Era el nombre de un payaso que solía integrar un circo en el que Manes y sus amigos hacían una changuita para ganarse unos pesos acomodando las sillas antes de la función.
Según el genio de Mario Bunge, Goropo hoy es “El padre de la neurología cognitiva”. En realidad como padre disfrutó de uno de los placeres más grandes de su vida: tomar los mates cebados por Josefina, su esposa y leerles a sus hijos, Pedro y Manuela, un libro maravilloso llamado “Ana, la de las tejas verdes” que incentivaba la imaginación y la creatividad de toda la familia Manes.
Su hijo se llama igual que su padre. Pedro fue un hombre del radicalismo bonaerense y un típico médico de pueblo que solía recetar una medicina no tradicional: la honestidad y la solidaridad.
No sé si Manuelita es un homenaje a la de María Elena Walsh que vivía en Pehuajó, pero podría ser debido a la admiración de Manes por quien instaló el juego de las palabras para todas las edades. Dice Manes que el juego, el optimismo y el prójimo son los mejores remedios para casi todas las enfermedades. Y que la soledad crónica mata más gente que el alcohol y la obesidad.
Facundo Manes se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires y en Cambridge, de Magister en filosofía y doctor en Ciencias.
Es uno de los terrícolas que más conoce el cerebro en general y el de los argentinos en particular. Dice que el cerebro es un órgano social, el órgano más complejo del universo, el único que trata de entenderse a sí mismo, una máquina casi perfecta y lo describe con belleza poética en las palabras. Escuche: “el cerebro es el mayor órgano del sistema nervioso central y forma parte del centro de control de todo el cuerpo. Es responsable de la complejidad, origen y funcionamiento del pensamiento, la memoria, la emoción y el lenguaje. El cerebro tiene más neuronas que las estrellas que existen en nuestra galaxia”. Otro chiste obvio: Manes es un bocho.
Volvió a la Argentina a ofrecer su corazón y su cerebro en medio de la implosión social e institucional del 2001. Quiso que sus hijos se educaran en esta tierra y tal vez sin saberlo fue traído por el olfato. Pocas cosas lo emocionan más que ese aroma que despiden los tilos, esos árboles que le marcaban el paso a la calle principal de su pueblo que lo declaró ciudadano ilustre. En aquel momento, muchísimos habitantes de los 27 mil estuvieron en el patio del colegio José de San Martín de Salto donde Facundo se educó y puso los cimientos de esa catedral del conocimiento que es hoy. Aprovechó para presentar su nuevo libro:” El cerebro del futuro”. Y si es verdad lo que él dice que uno solo recuerda la emoción, jamás olvidará ese abrazo que le dieron sus amigos y vecinos de toda la vida, esas raíces e identidad que nos marcan para siempre.
Es católico aunque no practicante pero guarda entre sus fotos más queridas una con Jorge Bergoglio cuando le dio un premio antes de ser Papa y otra con César Milstein, premio Nobel argentino que se exilió del fascismo de Juan Carlos Onganía y de la Noche de los Bastones Largos. Le encanta citar una frase de otro Nóbel celeste y blanco, Bernardo Houssay: “Somos un país demasiado pobre para darnos el lujo de no invertir en ciencia”.
Dice que uno de los secretos de los Estados Unidos es que invirtieron fortunas en ciencia básica. Y que cada dólar que pusieron lo multiplicaron por 140. De ese parto nacen los GPS, los chip, la internet.
Una de sus banderas dice: “el conocimiento genera sociedades más desarrolladas, más igualitarias y más pacíficas. Es el plan más efectivo en la lucha contra la pobreza y la exclusión”.
En todas sus conferencias en las universidades más prestigiosas del mundo dice que “la capacidad mental y los talentos nacionales son superiores a los recursos naturales, a la industria o a las finanzas”.
Propone una revolución humanista. Dice que hoy la multiplicación del conocimiento es un valor tan importante como fue la recuperación de la democracia en 1983. Quiere combatir a muerte la desnutrición infantil, porque es un crimen y una inmoralidad del presente y una hipoteca social para el futuro.
La Fundación Ineco investiga sobre varios de los temas más urgentes y profundos de la vida: el Alzheimer que crece a medida que la población envejece, la neurobiología de la toma de decisiones, las bases cerebrales de la agresión, los trastornos afectivos como la bipolaridad y la esquizofrenia, el autismo, la prevención y rehabilitación de los Accidentes Cerebro Vasculares, cuales son las cimientos del prejuicio social y la fisiología de la depresión y la ansiedad.
Manes es un héroe social que los argentinos debemos cuidar mucho más de lo que cuidamos a Favaloro. Es un, genio moderno, un hombre de ciencia al servicio del pueblo y de la patria. Sabe que cada persona es una construcción colectiva. Sabe que los argentinos lo estábamos esperando con los brazos abiertos. Porque resume lo mejor de nosotros: es el Favaloro del cerebro y de la Argentina que viene.

La Iglesia bendijo a Los Moyano – 22 de octubre 2018

La que mejor definió la situación fue la diputada Paula Oliveto. Ella milita con una católica consecuente como Elisa Carrió y dijo: “Que tristeza, convertir a la iglesia, a mi iglesia en una Unidad Básica”. Un abogado prestigioso formado en las parroquias y en las misas, sintió vergüenza ajena, pidió reserva sobre su identidad y me dijo: “Lo único que falta es que decreten que el nuevo santo patrono del trabajo sea San Moyano y no San Cayetano”. A esta altura poco importa quien dijo la verdad entre Pablo Moyano y el obispo Agustín Radrizzani dos feroces críticos del gobierno de Mauricio Macri. El capo de Independiente y de los Camioneros apodado “El Salvaje” aseguró que “esta misa no se podría haber realizado sin la venia del Papa”. Y el religioso que en su momento agradeció a Cristina por los 120 millones de pesos que le dio para poner en valor la hermosa Basílica de Lujan y que además, apoyó la ley de medios K mediante un comunicado, negó cualquier tipo de injerencia del Papa Francisco. Juró que Bergoglio no estaba al tanto y se hizo cargo de toda la responsabilidad por esa misa insólita que abrió una grieta profunda en la propia feligresía católica.
Digo grieta porque un obispo que aprecio mucho, por lo bajo me preguntó cómo era posible que “el vicario de Cristo en la tierra” tuviera como vocero a un muchacho descontrolado y patotero acusado de lavado de dinero y asociación ilícita”.
A esta altura no hace falta explicar si el Papa estaba enterado o no de la misa. Está claro que el Papa, fiel a su militancia peronista en Guardia de Hierro durante su juventud, resolvió hace tiempo empujar a la Iglesia argentina hacia esa camiseta partidaria.
A esta altura eso no tiene discusión. Es una realidad que la mayoría de las autoridades eclesiásticas tienen ese pensamiento ideológico.
En la basílica de Lujan estaban los mejores amigos del Papa en el peronismo, los más irracionales integrantes del club del helicóptero y el discurso de Radrizzani fue la culminación de un rosario de hechos en el mismo y la confirmación de que estaba más cerca de las 20 verdades peronistas que de los 10 mandamientos. De hecho lo más inquietante fue que entre sus críticas, el obispo a cargo de la diócesis de Mercedes Luján, no tuvo una palabra de condena hacia la corrupción más grande de la historia democrática. Fue como si se hubiera olvidado del séptimo mandamiento de “no robarás”.
Radrizzani se encargó de criticar al FMI y el plan económico del oficialismo pero lo verdaderamente imperdonable es que se puso como protector de los delincuentes cuando dijo textualmente:” Sufrimos un poder judicial que cree que hacer justicia es desechar la presunción de inocencia”. ¿Escuchó bien? Radrizzano salió en defensa de los presos por corrupción. Dice que la justicia desechó la presunción de inocencia. ¿A quién se habrá referido? Al millonario estafador de los pobres, el Caballo Suárez que tenía su despacho tapizado con fotos del Papa y que había armado una radio que bautizó con el nombre de “Francisco”.? ¿Quién está padeciendo el desecho de la presunción de inocencia? ¿Lázaro Báez, que se levantó y anduvo hasta concretar robos de dimensiones bíblicas? ¿Julio de Vido? Radrizzani todavía no explicó con claridad que pasó en el monasterio donde otros preso y perseguido político llamado José López intentó esconder 9 millones de dólares por orden de Cristina, según el mismo confesó.
Creo que este es el corazón de la desilusión que muchos católicos sienten y el mensaje más peligroso de este sector de la iglesia.
Su opción por lo pobres no la discuto. Por el contrario, me parece lo mejor de la religión. Si me parece extraño que ingresen en territorio técnico y cuestionen determinados modelos económicos. Me encantaría preguntarle a Radrizzani, ¿cuál es el modelo que él prefiere? ¿El que llevó adelante Daniel Scioli en Buenos Aires? Pregunto porque ayer el ex gobernador estaba en primera fila y dejó la provincia quebrada? ¿Prefiere el modelo del chavismo en Venezuela? Pregunto porque ayer estaban Wado de Pedro por La Cámpora, ayudó a oficiar misa el ex titular del Sedronar de Cristina, el padre Juan Carlos Molina y Daniel Catalano, el dirigente que usa camperas de Venezuela en los actos de la CTA. O tal vez el obispo se inclina por el gobierno de Alicia Kirchner en Santa Cruz donde está todo tan floreciente para los más humildes.
De todos modos, este tema tampoco me parece el más trascendente. Difícilmente su propuesta económica sea aplicada con éxito por algún gobierno democrático. De hecho no hay países que sirvan como ejemplo de su pensamiento jurásico y anticapitalista.
Lo más grave es que una parte de la sociedad puede decodificar el mensaje de la misa como un respaldo a los ladrones. Eso es nefasto como señal para todos los argentinos en general, incluso para la iglesia que pierde seguidores porque mancha sus sotanas cada vez que abraza a personajes nefatos, con graves acusaciones de corrupción y comportamientos mafiosos. Ayer, Jorge Fernández Díaz escribió que algunos obispos hacen acordar a la vieja tradición siciliana: “ungir por su carácter popular a la Cosa Nostra”.
Le doy un par de ejemplos. Hugo Moyano y Guillermo Moreno son dos de los argentinos con mayor imagen negativa. La inmensa mayoría de los argentinos lo rechazan. Moyano incluso tiene un gran porcentaje de repudio entre los votantes de Cristina. ¿Cuál es el antídoto o el rezo que tiene Agustín Radrizzani para no deteriorar la imagen de la iglesia con semejantes apoyos?
Al Papa Francisco le pasa lo mismo. La foto con Pablo Moyano lo demuestra. Los rosarios a Milagro Sala, las cartas a Hebe Bonafini, el abrazo y la bendición a muchos personajes impresentables y su silencio frente al tema de la corrupción o la dictadura venezolana lo colocan en una franja muy sesgada y muy angosta en la Argentina.
La semana pasada le dije que Los Moyano se habían pintado la cara porque desafiaron a un poder constitucional como la justicia. Descalifican a un fiscal, le dicen “payaso” al servicio de Clarín y reciben a Pablo en Ezeiza como si fuera una caricatura de Perón. Un día antes, monseñor Jorge Lugones había recibido a Hugo como una forma de respaldar esos gestos antidemocráticos. Lugones es otro militante del peronismo que le viene de familia. Hermano de un funcionario de Scioli y pariente de los Bruera que tienen que explicar en los tribunales muchas cosas inexplicables que hicieron en el gobierno platense. Lugones es el mismo irrespetuoso que le reclamó falta de sensibilidad a María Eugenia Vidal en un acto de la Iglesia en Mar del Plata al que la gobernadora había concurrido generosamente.
Hay que sumarle en los últimos tiempos la oración que el obispo de la Plata, Víctor Fernández rezó con Emilio Pérsico y Roberto Baradel, entre otros dirigentes de ese perfil tan kirchnerista y tan virulentamente opositores a Cambiemos. Fernández, fue rector de la UCA y es un intelectual al que el Papa Francisco suele recurrir con frecuencia. Dicen que el fue el redactor del documento de Aparecida. Juan Grabois no pudo estar en Luján por un tema personal pero si estuvo en la butaca al lado de Moyano, su lugarteniente, Esteban “El Gringo” Castro.
Que los sacerdotes pongan el grito en el cielo denunciando pobreza y desocupación es algo positivo. Por lo general hacen un aporte a la distribución de alimentos para calmar necesidades básicas insatisfechas y a la contención social. Eso es muy respetable: apuestan a la paz y a la no violencia. Pero hay algunos que en lugar de ayudar a calmar las actitudes y a los personajes más extremos, deciden tirar nafta al fuego.
Una cosa es reclamar ayuda para combatir la pobreza y la exclusión y otra muy distinta es bendecir a los corruptos y mafiosos. No robarás. Lo dicen los diez mandamientos. Y eso es que lo que hay que defender siempre: la ley. Y condenar el delito. Los delincuentes y los golpistas al infierno. La iglesia no puede actuar como defensora de Cristina y ni de Moyano o sus hijos. Ni corruptos ni golpistas para consolidar la República. Ni corruptos ni golpistas. Ni en el cielo, ni en la tierra.

Madre hay una sola – 19 de octubre 2018

Mi amigo Jorge Fernández Díaz acaba de reeditar su exitoso libro “Mama”. Navegando la emoción de ese texto, miles y miles de argentinos conocieron a Carmen. Hoy le quiero dedicar esta columna a ella, porque en ella, Jorge, dibujó la historia de tantas madres.
Es que este domingo es el día de la madre. Si dejamos de lado el tema comercial, de lavarropas y celulares, se trata de un acontecimiento de alto impacto emocional en la vida de todos. Porque todos tenemos el cuerpo, el corazón, el alma y la cabeza llena de marcas de nuestras madres. Es un día maravilloso para mirarla profundamente a los ojos. Los que tenemos la bendición de tenerla viva y los que la tienen viva en su recuerdo. Siempre es bueno mirar a nuestra vieja con detenimiento, en cámara lenta. Sorprenderla con flores y besos. Adivinar con el aroma lo que está cocinando. Pedirle los Latkes, esas torrejas de papa rallada frita que tanto nos pueden. Observar su piel, sus movimientos, los rasgos, sus tonos de voz, todo eso que nosotros hemos heredado de ella. Es un ejercicio apasionante preguntarle a nuestra madre sobre su propia madre. Que nos hable del leikej de miel que hacía la bobe Fermina y la ansiedad cargada de amor de su padre, el zeide Rubin y su mercería de la calle Pichincha, en pleno corazón del Once, a la vuelta del mercado Spinetto. Que nos cuente una vez más esa historia familiar conmovedora de sacrificio y esfuerzo para el progreso, de movilidad social ascendente, de su hermana querida, Margarita, la contadora. O la horrorosa persecución que sufrieron nuestros familiares que huyeron de la Europa de los nazis. Aquellos momentos duros de las muertes y aquellos momentos hermosos de los nacimientos. Y sentarse a ver fotos amarillas. Fotos con los primos uruguayos de Paysandú, como Chelo y los demás. Las ropas de la época. Esos sombrerazos de casamiento y madrina. Aquella malla enteriza y los anteojos de carey tipo diva en la luna de miel en Mar del Plata o las vacaciones inolvidables en Mina Clavero.
En estos momentos de tantas angustias y de tantas inseguridades solo hay un puñado de cosas para refugiarnos. La identidad es la principal trinchera que tenemos. Igual que la familia y los afectos. Mirando fotos viejas, encontré la bicicleta. Recordé una noche de verano con olor a espiral contra los mosquitos. La parra se caía de uvas dulzonas cuando la farmacia era casi una botica. Era Reyes. Yo había pedido una bici y los reyes cumplieron. Pero la bici que trajeron mis viejos en sus camellos no era nueva. Era (muy) usada. Tanto que era la bicicleta que mi viejo había usado cuando era chico. Una bici con más de 30 años de antigüedad. ¿Se imaginan cuando la vi? Estaba más o menos repintada y con cubiertas nuevas para disimular sus arrugas. Un lifting que hizo por dos mangos don Trovato el dueño de la bicicletería de San Vicente un barrio de curtiembres con aromas similares a los de Mataderos. ¿Saben lo que hice? Era un pibe y me hice el boludo. Sobreactué mi alegría para que mis viejos no se sintieran mal por no poderme comprar una bicicleta nueva como la del Yiyi , el hijo del doctor Oliva que vivía a media cuadra y que fue el primer chico del barrio que tuvo un televisor Ranser más grande que un toro y con olor a lamparitas calientes. Les hice creer a mis viejos que me había tragado la píldora. Que la trampita piadosa les había salido bien.
Pero a la noche lloré como loco por ser pobre. Y lloré contra la almohada para que ellos no me escucharan.
Era otra Argentina. Mis viejos se quebraban la espalda laburando como burros. Día y noche. Solitos. Baldeando el piso y arrodillados rasqueteando la mugre de la farmacia por la madrugada, en batón, ojotas y pijama. Pero progresaban. Mi hermana y yo íbamos a la escuela para el orgullo de ellos. Jamás olvidaré que mi Papá estudio en la universidad y se recibió de farmacéutico a escondidas de mis abuelos. Ellos pensaban que leer libros era perder el tiempo y que la vida era solo trabajo.
Mayor era hijo de Samuel y Rosa de Polonia. Eran panaderos que vendían sus sabrosas facturas pintadas con brocha gorda y huevo en las plazas. Un día cruzando la calle, mi zeide Samuel perdió estabilidad por el peso brutal de las gigantescas canastas con pan y medialunas que llevaba en cada brazo y con el empujón que le dio una motocicleta al chocarlo, se cayó y quedó muerto en un instante. Con su cabeza pelada como la mía y la de mi viejo reventada contra el cordón de la vereda. Nunca vi a nadie llorar con tanto dolor como cuando a mi viejo se le murió su viejo.
Creo que tengo la potencia de mi viejo pero desarrollé la vocación mi madre. Esther podría haber sido una gran periodista. ¿O ya lo es?
Mi vieja, la Esther, sabe todo. Está más informada que yo. Me llama por teléfono todos los miércoles para darme su opinión del programa Palabra de Leuco de la noche anterior. Y por supuesto que no se pierde los jueves el “Ya somos grandes” de Diego. Elogia su elegancia y la inteligencia de su nieto. Kenore, dice en idisch. Me da su palabra sobre los invitados. Qué bien que estuvo Jairo, por ejemplo. O que simpática es tal diputada. Después me pasa el informe del zapping. Como si fuera una productora extraordinaria me cuenta que invitados tuvieron todos mis competidores. Siempre me dice que nuestro programa fue el mejor. Me hace acordar a una anécdota que suele contar Fernando Bravo. Dice que cuando uno se equivoca en la tele o en la radio, cuando comete un furcio, mucha gente dice, mirá el boludo este, no sabe ni hablar. En cambio nuestras madres dicen: “Pobre nene”, y sufren con nosotros.
Mi vieja es como Mirtha Legrand. Tiene su lucidez y le interesa todo lo que ocurre en la humanidad. Es curiosa, atenta, sensible, como buena periodista. Un día, después de una campaña feroz e implacable del “pauta traficante” Diego Gvirtz, un verdugo al servicio de Cristina, mi vieja me llamó y me dijo con la voz quebrada, “cuidate changuito”. Los ataques kirchneristas y sus injurias y amenazas habían sido brutales. Pero mi vieja, con dos palabras me curó todas las heridas del alma.
Ahora anda media achacada. Un poco encorvada por el peso de los años de una columna vertebral que la hace sufrir. Pero se la banca como una reina entre médicos y fisioterapeutas. Envejecer es todavía el único medio que se ha encontrado para vivir mucho tiempo.
Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre y la vista más amplia y serena.
Tal vez por eso es muy difícil que La Esther se queje. Siempre reparte alegría. Siempre agradece a la vida que pudo cumplir su sueño de construir una familia. De sus dos hijos le nacieron cuatro nietos, Edith, Ariela, Dani de la Raquelita y Diego, mi humilde aporte a la descendencia.
De sus nietos brotaron el milagro de los ocho bisnietos: de Eliana, Ezequiel, Uriel, Yoav, Yael, Jonhatan, Sofía y Eitan por orden de aparición.
¿Qué más puede pedir? Habla por teléfono como si fuera una agencia de noticias. Todos la quieren. Es famosa entre los vecinos porque tiene una actitud solidaria con todos.
Aprendí de ella que nuestro destino queda cerca. Como dice “la Sole”, “estaba donde nací lo que buscaba por ahí.
En la esquina de Alvear y Sarmiento, en esa Córdoba heróica, donde ella me crió con algún cintazo que no me dolía. O con su ojota revoleada para frenar mis travesuras. Pero con el amor de disfrazarme de duende para un acto de la escuela con una barba echa de algodón y un traje rojo cocido en la máquina Singer. Una vez se sentó a explicarme contabilidad. Yo ya estaba en el secundario y no entendía nada de sumas ni de saldos.
Son postales, fogonazos proyectados en mi cerebro. Marcas de las madres que nos marcan para siempre. Ella es madre y nosotros somos hijos para siempre. Llevamos la marca en el orillo. Porque madre, madre hay una sola.