El golpe desesperado de Cristina – 19 de julio 2022

Alberto golpeó la mesa como un sonámbulo, pero Cristina golpeó a la Corte Suprema con una ferocidad inédita y profundamente antidemocrática. El ataque de la vice presidenta es una violación a la división de poderes de extrema gravedad institucional. Utilizó los mecanismos de la mafia: carpetazos, amenazas, mentiras y extorsiones.
Patricia Bullrich se hizo la pregunta justa: ¿Qué pasaría si una de las cabezas del Poder Judicial se pronunciara sobre el Poder Ejecutivo como hoy lo hizo CFK? ¿No sería acusado de golpista?
Vale la pena hacer ese ejercicio para comprender la peligrosidad del ataque cristinista. Supongamos que el doctor Horacio Rosatti, presidente de la Corte, ofreciera una conferencia de prensa para decir que Cristina es la jefa de la corrupción más importante que hubo en democracia. Que instaló una cleptocracia sin antecedentes en este país, que enriqueció ilícitamente a su familia, sus secretarios privados y a casi todos sus amigos y funcionarios. ¿Qué pasaría? Sería lapidado en la plaza pública por decir esas verdades. Sería fusilado mediáticamente por el amigopolio de medios que tienen la camiseta y la pauta publicitaria de Cristina.
Nadie en la Corte cometería semejante imprudencia. Porque respetan el estado de derecho. Y porque además, saben que todas las causas que Cristina tiene en la justicia están repletas de pruebas documentales y de testimonios de arrepentidos que confirman que nadie robó tanto durante tanto tiempo desde el poder en la Argentina.
Cristina entra en pánico ante la posibilidad de ir a la cárcel. La causa de los cuadernos de las coimas es un detallado mapa del latrocinio que organizaron junto a Néstor Kirchner. Pero la causa Vialidad es la que más la preocupa ahora porque avanza sin prisa pero sin pausa. El valiente y riguroso fiscal Diego Luciani, en su alegato del primer día de agosto, pedirá una pena que va entre 5 y 16 años de prisión. Está procesada y acusada de ser la jefa de la asociación ilícita y de defraudación al estado por millones de dólares. Y los argumentos son demoledores en contra de Cristina. Eso la altera. Eso la lleva a intentar romper el régimen democrático con tal de salvarse de ir a un calabozo.
El ex integrante del Consejo de la Magistratura, Alejandro Fargosi fue irónico pero preciso: “No recuerdo ningún delincuente que hable bien de los jueces que lo condenaron, ni de los fiscales que lo acusaron. Incluso hay casos de insultos, aprietes, ataques físicos y hasta homicidios”.
Todos recordamos al fiscal asesinado Alberto Nisman y aquel audio en el que Cristina le ordena a Parrilli que salga a apretar jueces.
Cristina espera y desespera por una impunidad que no llega. Con la película de 15 minutos que dio a conocer, entró en el modo Hebe de Bonafini. La jefa de las madres en su momento llamó a tomar por asalto el Palacio de Tribunales e insultó brutalmente a los integrantes de la Corte.
El plan se ejecuta con un descaro nunca visto. Vaciaron de contenido y pusieron al servicio de la Reina de la Recoleta a la Oficina Anticorrupción, a la Unidad de Información Financiera, robaron los datos privados de jueces y fiscales que el ex jefe de contra inteligencia Rodolfo Tailhade utiliza para intimidar magistrados y fogonean elevar a 25, el número de integrantes de la Corte.
El largo posteo de Cristina es un compendio de misiles contra jueces y fiscales. Pero el corazón político está en un solo párrafo porque define como ella está convencida de sus propias mentiras. Dice lo siguiente: “De esta manera, el Poder Judicial, devenido en Partido Político, protector del macrismo y perseguidor de los dirigentes de las distintas fuerzas que se le oponen, coloca a los ciudadanos y ciudadanas en situación de libertad condicional”.
Nada de eso es cierto. Pero es cierto en la cabeza de Cristina. Si ella piensa eso, su único camino es seguir profundizando las embestidas contra jueces y fiscales que la sociedad civil debe respaldar y defender frente a este verdadero alzamiento contra la justicia.
Dice Cristina que su condena ya está firmada. Eso no lo sabe nadie. Lo que sí se sabe, porque figura en el voluminoso expediente, es que la cantidad de pruebas que existen es demoledora y que no hay forma de no condenarla. Se sintieron tan impunes los Kirchner que dejaron los dedos pegados en todas partes. Las huellas de los delitos de lesa corrupción se ven a primera vista.
El colmo del delirio de Cristina es acusar a la Corte de ser la responsable de la inflación, la desocupación y la pobreza. Miente sin escrúpulos ni estómago e intenta poner a la gente en contra de la Corte que en esos temas, ni pincha ni corta. El hostigamiento es escandaloso. Solo le falta echarle la culpa de la muerte de Gardel.
Cristina quiere destruir la Corte Suprema y huir hacia adelante. De nada vale que corra, el incendio va con ella.

AMIA, que la memoria no muera nunca – 18 de julio 2022

Sofía Guterman tiene razón. Pide lo que tiene que pedir: que la memoria no
muera nunca. Que la impunidad no gane la batalla.
Sofía es la mamá de Andrea. Hoy hace 28 años que Andrea tenía 28 años. Apenas entró al edificio de la AMIA en la calle Pasteur, todo voló por los aires. La bomba criminal que produjo el atentado terrorista más grave de la historia argentina, asesinó 85 vidas, entre ellas, la de Andrea que en ese momento tenía apenas 28 años.
Andrea era maestra jardinera, estaba de novia y soñaba con casarse, tener hijos y formar una familia. Su proyecto era armar un jardín de infantes en el interior del país. Se había quedado sin trabajo cuando privatizaron el jardín infantes estatal en el que educaba a los chicos. Por eso fue a la AMIA, a inscribirse en la bolsa de trabajo. Era la única hija de Sofía que con dignidad y coraje viene luchando durante 28 años para que la memoria extirpe la impunidad y se haga justicia de una vez por todas. Dice Sofía que el número 28 significa fuerza. Y eso es lo que le sobra a ella y a todos los familiares de las víctimas que no se rinden. Ese número, 28, tiene dos significados para Sofía Guterman. Dice que 28 años, son muy pocos para ofrendar la vida como lo hizo su hija Andrea. Y que 28 años de lucha, son demasiados años de impunidad. Hace 28 años que el estado mira para otro lado.
Y este gobierno hipócrita que tiene un presidente que no preside. Alberto, pasó de condenar con dureza a Cristina por haber sido la instigadora del tenebroso pacto de encubrimiento con Irán, a decir livianamente que “fue un intento de destrabar y encontrar una solución”. Es difícil encontrar en la historia reciente, un giro de 180 grados semejante. En un instante, ese pacto espurio que encubrió a los terroristas de estado que volaron la AMIA, pasó de ser la evidencia de un delito, al intento de encontrar una solución. ¿Es posible devaluar tanto la palabra en público, en forma impúdica?
Todo esto que le cuento no se trata de declaraciones en voz baja, en el off the record. Todo fue público y se puede leer y escuchar. Primero en aquella columna que Fernández publicó en La Nación el 16 de febrero de 2015. En esa reflexión tranquila que todos tenemos al escribir, Alberto planteó que “El acuerdo es la prueba del encubrimiento. Ella (por Cristina) sabe que ha mentido y que el memorando firmado con Irán solo busco encubrir a los acusados. Nada hay que probar. ¿Para que pactaron ambos gobiernos notificar a Interpol lo acordado, si no era para levantar los pedidos de captura librados?
En TN, frente al colega Nelson Castro, el actual presidente dijo: “el encubrimiento ya existe, es el tratado. El pacto, es la consumación del encubrimiento. Cristina y Timerman, son los ideólogos y los impulsores. En términos penales, Cristina es la instigadora y el canciller el autor directo”.
Cinismo e hipocresía en estado puro. “Cinismo e hipocresía”. Cinismo, dice la Real Academia es aquel que miente con descaro, impudicia o deshonestidad. Hipócrita es aquel que finge una cualidad, sentimiento, virtud o una opinión que no tiene.
Esta atrocidad inmoral no debe evitar nuestro recuerdo y homenaje a las víctimas.
Una vez más, sentimos un agujero negro en el alma y el frío corrió por la espalda de la República Argentina. A las 9.53 pudimos sentir en nuestra conciencia ese alarido que exigió justicia para que los muertos de la AMIA descansen en paz. Porque el nefasto pacto con Irán no fue una ingenuidad – como Cristina dice en su libro- , fue una puñalada por la espalda a las 85 víctimas y a toda la sociedad argentina. Con el terrorismo no se pacta.
Para buscar la verdad, hay que apoyar el juicio en ausencia de los criminales y reclamar que se combata el financiamiento de Hezbollah en la Triple Frontera. Es como si el avión iraní disfrazado de venezolano haya venido a recordarnos eso: con el terrorismo no se pacta, se lo combate.
Las vergonzosas idas y vueltas de Alberto también tuvieron su expresión en el caso de la dictadura venezolana que es la cabecera de playa de Irán en la región. Desde Teherán le envían petróleo y dinero para sostener ese régimen que se cae de Maduro. Hoy, en la Venezuela chavista están haciendo ejercicios militares con drones artillados de última generación en forma conjunta Irán y Rusia.
Del terrorismo de estado que dinamitó la AMIA se sabe todo o casi todo.
Pero no pasa nada o casi nada.
No hay un solo responsable preso.
Fernández sufrió una mueca del destino. Uno de los 85 muertos en la AMIA se llama Alberto Fernández, tenía 54 años y estaba despachando en su panadería. Una casualidad macabra.
Tan macabro como el viraje traidor y oportunista de Alberto. Escribió lo siguiente: “Sólo un necio diría que el encubrimiento presidencial a los iraníes no está probado.”
¿Escuchó? Le repito: Alberto escribió que “Sólo un necio diría que el encubrimiento presidencial a los iraníes no está probado”.
Elevo una humilde plegaria cívica. Para que las velas alumbren la oscuridad del crimen de lesa humanidad, de los países que fomentan el terrorismo, de la conexión local, del encubrimiento de estado. Para que nunca más.
Para que solo pidamos la muerte de la muerte para toda la vida. Para que no haya que llevar luto otros 28 años. Hasta que cierren las heridas que todavía están abiertas. Hasta que se cierren las tumbas. Hasta que se abra la verdad.

El delito de Alberto en la fiesta de Olivos – 14 de julio 2022

Hoy hace exactamente dos años, en la Quinta de Olivos, Alberto Fernández perpetraba un delito grave y una inmoralidad descomunal. El peor presidente de la historia democrática celebraba en forma clandestina una festichola por los 39 años de su pareja, Fabiola Yañez. Hubo
champagne del mejor y una torta de alta gama. Ella apagó las velitas pero encendió un repudio social generalizado contra Alberto que, de esa manera violó un decreto que el mismo había firmado prohibiendo este tipo de encuentros en plena pandemia. Los 14 de julio, siempre será un aniversario amargo para la pareja presidencial. Miles de ciudadanos de a pié no pudieron despedir a sus seres queridos y quedaron con un agujero negro en el alma por eso. Pero el presidente no se privó de nada y de esa manera humilló a miles de víctimas del maldito covid. Todas las encuestas serias registran un nivel de imagen negativa estratosférico del Presidente. Y también señalan que la gran caída de su prestigio, se dio en el momento en que nuestra colega Guadalupe Vázquez dio a conocer esa fotografía histórica.
Las críticas y los insultos a Fernández se multiplicaron hasta el infinito, sobre todo en las redes sociales. No era por una medida económica fallida o por una postura ideológica. Era y es, por su falta obscena de decoro.
Ese cumpleaños provocador marcará de por vida a la pareja que habita en Olivos. Allí empezó una serie imparable de mentiras, que desnudaron la catadura ética del presidente que no preside.
De arranque, quisieron desmentir la realidad de esa foto. Es una fake news, decían los funcionarios, con la cara de piedra. Es un fotomontaje, argumentaban groseramente. Cada falacia duraba un par de horas y se caía a pedazos. Pero las chanchadas ilícitas, no se detuvieron. Alberto juró por su hijo que no había participado. ¿Se entiende? El presidente mintió descaradamente y juró por su hijo, que seguramente es lo más sagrado que tiene. No conforme con arrastrarse en ese barro, después le echó la culpa a “su querida Fabiola”, como la definió. Esa muestra de cobardía y falta de honor cayó como una bomba entre la gente común.
Alberto “entregó a su compañera en la primera de cambio, con el solo objetivo de salvar el pellejo”. Esta acusación gravísima fue realizada por escrito, por Sergio Berni, un soldado de Cristina.
Pero no fue el único que disparó fuego amigo. Víctor Humo Morales, el relator del relato, dijo que “esta vez la oposición tenía razón”. Hebe de Bonafini, otra dirigente talibán de Cristina dijo que le pareció “repugnante lo que hizo el presidente. No es un error, se burló de nosotros. La gente está muy enojada”.
Luis D’Elía, furioso, cuando todavía no se había pasado al bando albertista, se quejó porque no pudo velar a su madre. Nadie podrá decir que estos personajes son antikirchneristas.
Aníbal Fernández salió a defender a Alberto y lo tiró debajo de un camión. Su violento lenguaje fue terriblemente machirulo y troglodita. Frente a la opción de que Alberto se haya enterado del festejo en el momento de soplar las velitas, se preguntó que tendría que haber hecho Alberto: “¿cagarla a palos o pegarle dos piñas?
Alberto había amenazado a medio mundo con aplicar todo el peso de la ley porque se había terminado el tiempo de los vivos que pasan por encima de los bobos. “No voy a permitir que hagan lo que quieran. Se trata de la salud de la gente. Si lo entiende por las buenas, me encanta. Y si no, me han dado el poder para que lo entiendan por las malas” ¿Se acuerda ese dedito acusador?
Pregunta chicanera. ¿Cómo se autopercibe Alberto, después de haber cometido el delito que repudiaba? ¿Está en el campo de los vivos o de los tontos?
¿Lo entendió por las buenas o por las malas?
Porque siguió haciendo todo tipo de mamarrachos legales. Llegó a decir que porque nadie se había contagiado, no había delito. En las redes lo atormentaron con los memes. “¿Quiere decir que si alguien ametralla una multitud y no hiere a nadie, no hay delito?, le preguntaban con ironía.
Alberto se convirtió en un mentiroso serial. En un presidente mitómano. ¿O tal vez desconocía el artículo 205 del Código Penal, a pesar de ser docente y no profesor de Derecho? Dice textualmente: “Será reprimido con prisión de 6 meses a 2 años el que violare las medidas adoptadas por las autoridades competentes para impedir la introducción o propagación de una epidemia”.
Se propagó la figura de un presidente atontado y contra las cuerdas que demostró que es capaz de decir cualquier cosa para zafar aunque le falte el respeto a los argentinos en general y sobre todo a los familiares que perdieron seres queridos.
Alberto se pasó la cuarentena estricta por donde usted ya sabe. Perdió autoridad y su credibilidad pasó a ser menos diez.
Sus maniobras en la justicia lograron el objetivo y con 3 millones de pesos en concepto de reparación, está a punto de cerrar la causa que lleva adelante el juez Lino Mirabelli. Un sobreseimiento que es una vergüenza por donde se lo mire. Alberto pidió un crédito bancario que le salió a la velocidad de la luz y pagó. Con ese solo movimiento, está a punto de sacarse la responsabilidad penal de encima. Pero la mancha no se borrará jamás. Fue muy grave lo que pasó hace dos años en Olivos. Y muy contundente el rechazo que generó.
Alberto se siente tan impune, tan por arriba de los mortales, que no sabe ni mentir. No sabe hacer bien ni el mal.