El domingo, será mi primer día del padre sin mi padre. Falleció rodeado del amor gigantesco de toda la familia. Pudimos abrazarlo, besarlo, venerarlo en sus últimos momentos. Mi hijo Diego, acostado en la cama a su lado, le sacó la última sonrisa con un chiste que siempre hacían entre ellos.
Ninguna persona es la misma después de la muerte del padre. Dice Freud que esa pérdida es el acontecimiento más importante en la vida de un ser humano.
Es verdad, yo no soy la misma persona. Estoy en pleno proceso de elaboración de ese duelo y de transformación. Cambian muchas cosas. Las prioridades de la vida, por ejemplo.
Mi amigo el Zorro perdió a su viejo, el gran médico de Alcorta hace muchos años y me dice que lo recuerda todos los días. Pude ver mi amigo Jorge Fernández Díaz acelerar de golpe su carrera hacia la cima después de despedir a Marcial, el padre que tanto lo marcó. Me ayudó un concepto que me dieron con el pésame: nuestros padres dejan de estar a nuestro lado y pasan a estar adentro nuestro.
Yo también recuerdo a Mayor todos los días. Todavía no le prendo velas ni rezo plegarias, pero pronto lo voy a hacer. Tengo que aprender. La imagen más recurrente es una foto luminosa de su cara alegre que elegimos para colocar sobre su tumba. Un rayo de sol golpea sobre sus lentes y eso produce un efecto celestial.
Fue un gran hijo, un gran padre y un gran abuelo. Pocas palabras y mucho ejemplo. Fuimos, somos y seremos, continuidad en la sangre. El fue la sangre de Samuel y Diego es mi sangre en pleno crecimiento y desarrollo. Pocas cadenas deben ser tan poderosas e indestructibles como esa.
Es blindada. Irrompible. No me entra en la cabeza que existan hijos peleados con padres y viceversa. No sabría cómo vivir sin ese combustible y ese afecto. Me estremezco de solo pensar en ellos. En mi viejo y en mi hijo. En sentirme un eslabón entre ambos. En haber experimentado en el cuerpo el paso de los años y los distintos roles que la vida nos va dando. Recuerdo mis peleas de rebeldía con quien soñaba tener un hijo farmacéutico, formal y cortés y le salió un vago militante que hizo del Bar Mitzvá solo por respeto hacia él y que no se casó con una chica judía.
Hasta hace poco le seguía pidiendo consejos a mi viejo, pero hubo un momento en que él me los empezó a pedir a mí. Cuando comprobó que yo me podía ganar la vida con honradez y compromiso, creo, que me dio el título de hombre y pasó a darle más valor a mi palabra que a la suya. Esa transición es impresionante y cada vez se hace con una edad más temprana. Yo hoy tomo las decisiones más importantes de mi vida profesional pero en muchos casos le pido la opinión a Diego y suelen ser de una madura sensatez que me asusta.
Una vez que pasamos tres días juntos con mi viejo y mi vieja, jugamos en la pileta del hotel de Carlos Paz como cuando yo era chico y él me ensañaba a nadar. Jamás en mi vida olvidaré esa sonrisa cuando salió del agua después de haber nadado con estilo y velocidad. Hablamos de todo. Una noche en la cabaña me preguntó ante mi asombro: “¿Qué es el twitter?”. Es que nada de lo humano le resulta ajeno. Era curioso, inteligente, siempre quería saber y aprender más. Y a la noche me contó otra vez esa historia de cuando uno de sus hermanos por huir de los nazis se tiró a un río maldito y polaco y nunca más apareció. Lloramos los tres. Los Lewkowicz somos flojos de lágrimas. Y lo digo con orgullo. El que no sabe llorar no sabe reir. Y yo aprendí a su lado ambas cosas. A gritar juntos un gol y a reírnos de los gorritos de Talleres bailando en nuestras cabezas. La foto que más quiero es la que nos sacamos las tres generaciones en la cancha de Talleres con el mismo gorrito tejido azul y blanco.
Y también aprendí a quebrarnos hasta el desgarro del alma cuando viajamos en el tiempo hasta ese día cruel y ateo en el que mi zeide, su viejo, el fortachón y rudo campesino y panadero murió en plena calle cordobesa con su cabeza golpeando contra el cordón de la vereda. Quiso laburar hasta el último aliento y lo hizo. Tampoco olvidaré jamás su cara desencajada que no podía parar de lamentarse por semejante tragedia. Recién ahora me doy cuenta que el zeide murió tan joven. En esa época yo era chico y el zeide me parecía viejito. Es lo que estoy tratando de explicar desde el principio. Como cambia la perspectiva a medida que pasan los años en la relación padre e hijo que es una de las más maravillosas y profundas que existen en la vida. Lo único que no cambia es el pedido, casi el ruego: “Cuidate mucho por favor”. Siempre me lo decía Mayor y siempre se lo digo a Diego. Cuando uno es pibe se deja proteger por su viejo. Y cuando uno es padre, protege a su hijo. Pero cuando supera los 50 y se acerca a los 60 aparece una dicha milagrosa, la posibilidad de cuidar y proteger a los dos, a mi padre y a mi hijo. Pude disfrutar ambos privilegios. Ahora seguiré cuidando a mi viejo, desde el corazón y sus enseñanzas.
Pruebe este domingo algo que le recomiendo desde el alma. Sin que su padre se de cuenta, sígalo profundamente con la mirada. Atenta y minuciosamente. Descubra en sus arrugas las arrugas que a usted le van creciendo. En esas canas, sus propia canas. Descubra todos los gestos que usted heredó. ¿No me diga que tienen la misma forma de caminar? ¿Vió, que le dije? ¿Cómo le decía su madre en aquella vieja casa de la infancia? ¿Cómo le decía? Nene, vos sos igual a tu padre!!! Le recomiendo que repita la operación mirada profunda con su hijo. Abra los ojos hasta el cerebro, abra los poros, déjese invadir por ese aroma maravilloso que viene de la cocina. Reconozca que el pibe es ansioso porque usted lo es. Que cuenta las cosas con pasión porque lo aprendió de chico. Descubra en su hijo esa mirada húmeda y esa sonrisa que tiene tanto de usted y de su padre. Y del padre de su padre.
Este domingo es ideal para practicar esto que le digo. Pregúntele a su padre y a su hijo como ándan y tomese todo el tiempo para escucharlos. Hagan un campeonato de chistes mientras esperan el almuerzo familiar. Saquele el cuero a las mujeres empezando por su propia madre y después abrácela y dele un beso en la mejilla, un beso que haga mucho ruido y que contagie. Confiese que la quiere mucho. Y si puede cante, cante con su hijo y con su padre y con toda la familia. Cante por la alegría y por la esperanza. Cante para no llorar o cante y llore si quiere. Pero viva este domingo con toda la intensidad que pueda. No cuesta un peso y vale oro.
Esa entrega que hace que uno sea capaz de dar la vida por los hijos es el acero más resistente que conozco. Es invencible. Por eso Samuel que era de menos palabras todavía que Mayor sorprendió el día que le entregó todo lo que tenía simplemente porque mi viejo lo necesitaba. “La casa es tuya, hace lo que quieras”. Eso fue todo lo que le dijo. Mi viejo la hipotecó para comprar la farmacia y concretar el sueño. Samuel había dejado la espalda quebrada y las manos callosas para levantar esa casa. Esa generosidad, ese sacrificio, esa honradez, esa apuesta a no arrodillarse ante nadie pero tampoco a hacer arrodillar a nadie es lo mejor que me pasó en la vida. En esos valores me formé y esos valores transmito. La ética es también una forma de egoísmo. Porque nos hace bien a nosotros. Nos permite dormir en paz. Nos permite sentir orgullo por lo que hacemos y por lo que somos. Durante mucho tiempo fui el hijo de Mayor. En cierto momento me di cuenta que algunos pasaron a decir que Mayor era el padre de Leuco. Por suerte, kenore, diría la Esther, de a poco están empezando a decir que soy el padre de Diego. Baruj Ashem. ¿Qué más le puedo pedir a la vida?
Jairo cada día canta mejor – 16 de junio 2022
Hoy tenemos que celebrar el cumpleaños de la mejor voz de la Argentina. Y también, una de sus mejores conciencias éticas. Hablo del querido Jairo. Fue la música, la banda de sonido de una película de la vida contra la muerte, el himno de la democracia a la hora de su retorno para siempre. Con María Elena Walsh tejió su grito de Venceremos y el desafío de no tener miedo nunca más.
Hoy es urgente recuperar aquellos valores y firmar un nuevo contrato republicano. Para decir como siempre, Nunca Más a las dictaduras. Pero también, para llenar de contenido igualitario y honrado a la democracia. Y decir Nunca más a los ladrones y los autoritarios. Y la imagen de Jairo nos puede servir como ejemplo.
Por eso, nunca me canso de repetir que Jairo es un artista descomunal y que representa en sus valores lo mejor de la cultura argentina. Su pluralismo y el arcoiris de su mirada fue capaz de cantar como Los Beatles y también de “robarle” una letra a Palito Ortega. De transformar algo festivo como «Corazón contento», en una declaración de amor a su mujer que estaba peleando contra la muerte en terapia intensiva. Ahí le confesó a Teresa que su vida comenzó cuando la conoció a ella. Conmovedor el texto y la voz. Desgarran el alma y mixturan lágrimas con aquella felicidad y ese duelo que no termina.
Hace dos años y tal vez con la misma intención de inyectarse energía positiva, Jairo cantó en plena cuarentena y por zoom con sus cuatro hijos: Iván, Yaco, Mario y Lucía. Cada uno desde su casa. Entonaron una hermosa canción de amor y alegría llamada “Podría bailar contigo toda la noche”. Y su esposa, Teresita, seguramente pudo sonreír de esperanza en medio de su grave enfermedad.
Jairo es luz desde su nombre. Y por eso ilumina todo lo que toca. Son maravillosas las paredes que tira dentro del área con Daniel Salzano, que en paz descanse y que ojalá que cada tanto, pueda ir a ver a Talleres, tomar un café en el Sorocabana y pasear por La Cañada.
Hoy es su cumpleaños y este es un humilde homenaje a Marito González, un orgullo nacional y provincial.
Un día, Jairo, contó que de pronto, como un milagro, la negra Mercedes Sosa se le sentó al lado en su lecho de enfermo. El estaba en terapia intensiva, aturdido de medicamentos y calmantes, batallando contra la muerte. Mercedes se agachó y le cantó a Jairo al oído: “Duerme, duerme negrito, que tu mama está en el campo”. Cuando se recuperó, Jairo les dijo a sus hijos: “Pensé que me había ido para el otro barrio: escuché una voz celestial”.
En ese momento, yo pensé que después del paso de la Negra a la eternidad, la gran voz argentina es la de Jairo. Por su caudal incomparable, por su personalidad, por la transparencia de su corazón y porque es capaz de convertir en oro cualquier canción que caiga en sus manos. Un médico especialista en gargantas de cantores llegó a decir que las cuerdas vocales de Jairo eran fuertes como las piernas de un futbolista.
Confieso que vivo sus recitales en estado de felicidad completa. Pocas veces la emoción se hace catarata de excelencia musical. El orgullo de cantar el traje a medida que le compusieron Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. La poesía arisca y despojada de Don Ata que lo distinguió con su amistad y le hizo decir como declaración de principios: “Yo tengo tanto hermanos que no los puedo nombrar y una hermana muy hermosa que se llama libertad”. Y esa es la palabra, libertad, ese el emblema de lucha de todo artista popular insobornable como Jairo. Libertad para vivir y para crear. Libertad en las formas y en el fondo. Por eso hay pocos que cantan el himno o el Ave María como Jairo. Son como plegarias de coraje y bienaventuranza para su gente. Es como si se hubiera contagiado de la honradez y la humildad del médico de su familia, el ex presidente don Arturo Illia.
Una noche de gloria Jairo contó una vivencia estremecedora de su Cruz del Eje natal. Una madrugada su hermanita no paraba de temblar mientras se iba poniendo morada. Sus padres estaban desesperados. No sabían que hacer. Temían que se les muriera y fueron a golpear la puerta de la casa del médico del pueblo. El doctor Arturo Illia se puso un sobretodo sobre el pijama, se trepó a su bicicleta y pedaleó hasta la casa de los González. Apenas vio a la nenita dijo: “Hipotermia”. “No sé si mi padre entendió lo que esa palabra rara quería decir”, contó Jairo. La sabiduría del médico ordenó algo muy simple y profundo. Que el padre se sacara la camisa, el abrigo y que con su torso desnudo abrazara fuertemente a la chiquita a la que cubrieron con un par de mantas. “¿No le va a dar un remedio, doctor?”, preguntó ansiosa la madre. Y Arturo Illia le dijo que para esos temblores no había mejor medicamento que el calor del cuerpo de su padre.
A la hora la chiquita empezó a recuperar los colores. Y a las 5 de la mañana, cuando ya estaba totalmente repuesta, don Arturo se puso otra vez su gastado sobretodo, se subió a la bicicleta y se perdió en la noche.
Tal vez esa sabiduría popular, esa actitud solidaria, esa austeridad franciscana lo marcó para siempre.
Y eso no lo priva de volar por Paris cuando canta en francés con su hijo Yaco al piano. Y el tema que escribió a modo de despedida y buenos deseos cuando su hija Lucía se fue a vivir a España.
Y el recuerdo para Felix Luna con el antiguo dueño de las flechas que hace temblar el teatro y que todos llaman “Indio toba”. Jairo luce como una perla tanto en diálogo con Julio Cortázar en Champs Elysées como invitando a la Moña Jiménez a cantar en nuestro teatro Colón de Córdoba, a donde la Mona no podía entrar por pobre, morocho y cuartetero.
Jairo es un ejemplo. Siempre con la democracia. Siempre contra todo tipo de autoritarismo. Siempre la siembra y nunca la destrucción. Jamás un escándalo, una aflojada. Ética y estética con tonada cordobesa y cadencia de Montmartre. Al final no tuve más remedio que preguntarme por deformación profesional: ¿Cuántos Jairos necesitamos los argentinos para convertirnos en una Nación de ciudadanos? ¿Cuántos artistas populares resumen en forma tan contundente la identidad, la honestidad, la excelencia y el compromiso comunitario que tanta falta nos hace en todos los niveles? Como hincha de Talleres que soy, el único defecto que le conozco a Jairo es que lleva los colores de Instituto en su corazón. Algo de la gloria siempre tuvo y tendrá, lo debo reconocer. Cruz del Eje se llama así porque el eje de una carreta de los conquistadores se utilizó para clavar un crucifijo sobre la tumba de un valiente cacique Comechingón. Allí nació el hijo de Ramón, el ferroviario riojano y Esther, la tana, en el barrio de La Banda.
Allí nació ese muchacho que deslumbro al mundo desde el Olimpia de Paris donde cantó 87 veces. ¿Escuchó bien? Este muchacho sencillo y amable cantó 87 veces en el Olimpia de Paris. Se atreve a todo porque le da el cuero y el talento para todo. Hace un tiempo largo, le dieron uno de los premios más merecidos: el Gardel a la trayectoria. Así se hizo gigante y se llamó Jairo. De ese nombre bíblico que en arameo significa iluminado fiel a este morocho argentino que cada día canta mejor y se parece cada vez más a Gardel.
No al maltrato a la vejez – 15 de junio 2022
Hoy es “el día mundial de toma de conciencia del abuso y maltrato a la vejez”. Así lo establecieron las Naciones Unidas al registrar este grave problema social que incluye discriminación de todo tipo.
Quiero abordar este tema porque me volví loco de bronca e incomprensión. Dos cartas de lectores en los diarios contaban casos similares de personas muy preparadas que no conseguían trabajo porque habían cometido el pecado de cumplir 48 años. Les decían que reunían todos los requisitos, pero que la edad tope era de 45 años. Uno es un ingeniero y la otra es abogada. Ambos con trayectorias impecables y experiencias notables. Estoy seguro que a los 48 años las personas están en la cumbre de su etapa productiva, creativa y disponen de energía y tiempo para rendir muy bien en cualquier trabajo.
No podía creer semejante prejuicio y discriminación que los especialistas llaman “viejismo”. Es la última de las discriminaciones “aceptadas socialmente”. Encima si tienen más de 45 y son mujeres, hay doble discriminación todavía. En Estados Unidos si además es negra, están en serios problemas. Y Si es gay, ni le cuento.
Pero nadie se atreve a poner un aviso clasificado que diga mujeres, negras o gays, abstenerse. En cambio si ponen avisos que dicen que más de 45 años no reciben.
La discriminación siempre es un veneno social. Por cualquier motivo. Pero además creo que es una torpeza cargada de ineficiencia. Porque los que actúan así no solamente están cometiendo el delito de discriminar sino que se pierden en muchos casos trabajadores impecables.
Le doy algunos ejemplos. Robert Redford y Jane Fonda filmaron “Nosotros en la noche” y repitieron el rubro que hace 50 años metió un éxito descomunal como esa pareja de jóvenes recién casados en la película “Descalzos en el Parque”. El, dentro de 3 días cumplirá 85 años y ella 84 y ambos son brillantes en su actuación y siguen seduciendo con su serena belleza y su carisma.
Yo sé que no todos somos Robert Redford o Jane Fonda pero han contratado al flaco Cesar Luis Menotti como director de selecciones nacionales. Es uno de los dos únicos técnicos de la historia Argentina que salieron campeones del mundo. Es culto, sensato, apasionado, estudioso, muy activo y tiene 83 años.
Y Pepe Soriano 92 o Marilú Marini, por ahí cerca, y Mirtha Legrand y Magdalena Ruiz Guiñazú dos de las mujeres que junto a Susana Giménez, son las más valoradas en radio y tele.
¿Se da cuenta a dónde apunto? La edad cronológica es una forma jurásica de juzgar a las personas. Conozco pocas personas con la inteligencia, actitud, lucidez y capacidad corporal para colgarse artísticamente de techos y paredes como nuestro compañero de radio, el doctor Alberto Cormillot. Tiene 83 años, acaba de publicar su enésimo libro y volvió a ser padre. Hace poco dijo que: “Se ve al viejo como un enfermo, senil, asexuado, pasado de moda, discapacitado, sin derecho y sin pertenencia. Además, se lo considera como gasto para la sociedad y que no contribuye en ella porque no produce. De alguna forma se lo ve como una persona que no tiene los mismos derechos que el resto”. Para que le voy a hablar de Woody Allen o de Roberto Lavagna. Otras dos personas con actividades muy distintas pero que en lo suyo mantienen mucha vigencia y son fuente de consulta. Y Julio María Sanguinetti, a los 86, tuvo ofertas para que fuera candidato a presidente del Uruguay.
Si estudiamos un poco, descubriremos que en el 2050 habrá más personas mayores de 60 años que menores de 14. Se está produciendo un cambio fenomenal y no hay que subestimarlo. Y mucho menos despreciar a los que cumplen años. La vida cada vez se prolonga más gracias a los avances científicos y la natalidad, es cada vez menor culpa de la locura de la vida moderna y su hiper actividad.
La vejez nos iguala. Es el lugar al que vamos a llegar todos. Y solo si tenemos buena salud y suerte. Es raro, pero el viejismo se discrimina a si mismo, pero con anticipación.
Hay que registrar este nuevo envejecimiento saludable, exitoso, productivo e inclusivo. Tener más de 60 o 70 no es igual a retiro o a jubilación. Hay millones de ejemplos de que es una etapa donde la gente suele hacer lo que quiere en el trabajo y en el amor.
Mucha gente llega con dificultades económicas brutales y ese tema de la jubilación no se puede ignorar y hay que denunciar. Pero hoy le quiero hablar de otra cosa. Del viejo como una persona que se descarta, muchas veces demasiado rápido y equivocadamente. A mí me gusta decirle viejos como le digo a mis viejos, a mis padres, porque lo hago con cariño y respeto. No es peyorativo. Pero es un tema tan complejo que ni siquiera encontraron un nombre para esas personas que denominan adultos mayores, integrantes de la tercera edad, o con horribles términos como ancianos, longevos o esa palabra cruel: gerontes.
No se preocupen por la edad, es un
estado mental. Tienen sabiduría, experiencia en miles de batallas y un gran equilibrio a la hora de tomar decisiones. Por suerte en Estados Unidos existe Nancy Pelosi de 82 años. Fue reelecta como presidenta de la Cámara de Representantes y es la líder del Partido Demócrata.
Le pongo ejemplos de gente conocida para argumentar lo que pienso. Pero hay miles de ejemplos anónimos en todos los países y todos los días.
Una gigante del cine como Glenn Close, hoy tiene 75 y
les ganó el globo de Oro a los 71 años a cuatro actrices mucho más jóvenes. Y le ruego que busque en las plataformas “La Mula” de Clint Eastwood, una de obra de arte actuada y escrita por un pibe de 92 años.
Algunos sociólogos dicen que esta es la
próxima batalla inclusiva que se viene: “La revolución senior”. Hay que combatir los prejuicios y abrir las cabezas. Hay mentalidades conservadoras que atrasan siglos.
En Argentina, más de un cuarto de la fuerza laboral tiene más de 50 años.
Una consultora explicó que “8 de cada 10 trabajos, búsquedas laborales excluyen explícitamente a mayores de 45 años”. Estamos todos locos. Esther, mi madre tiene 89 y se maneja con guasap. Los mails y las redes son insumos que utilizan cada vez personas de mayor edad. No están fuera del mundo tejiendo escarpines en una mecedora o paseando el perro del vecino. Más allá de que algunos lo quieran hacer y están en todo su derecho.
Hay una cuenta matemática curiosa. Una encuestadora europea consultó a las personas sobre a qué edad considera que una persona es vieja. En general todos dicen un número que suele ser la raíz cuadrada de su edad más 8 años.
Por ejemplo, si le preguntan a un chico de 9 años, dice que los que tienen 24 son viejos. Pero si la persona consultada tiene 36 dice que a los 48, ya sos viejo. Mayores de 60, somos 6 millones en nuestro país. Y todavía se asocia a valores negativos como la enfermedad o la dependencia. Más del 70% de los mayores de 60 están más sanos que una lechuga y ocupan gran parte de los puestos de conducción de la mayoría de las empresas, organizaciones sociales o clubes o en oficinas gubernamentales.
Varias de las personas más geniales que conozco superan esa edad. Santiago Kovadloff o Marcos Aguinis, por ejemplo.
O Palito Ortega o Serrat, o Los Rolling Stones o Paul Mc Cartney que cada día cantan mejor y que este sábado cumple 80.
A aquellos que se pierden de contratar a gente maravillosa y eficiente por el prejuicio de un número en el DNI les digo en pocas palabras: Viejos son los trapos.
Viejo es el viento y sigue soplando.