El día contra el Sida homicida – 1 de diciembre 2021

Pobre José del Barrio. Pobre José…
Que historia tremenda su historia. José del Barrio tiene encima y carga sobre su espalda los dos virus más terribles del fin de siglo. El virus del VIH y el virus de la desocupación. Así de terrible.
Son como dos grandes terremotos en la vida de José del Barrio que hasta no hace mucho era una vida sencilla, de luchas y alegrías como la de cualquier obrero gráfico.
José hacía 12 años que trabajaba en el taller de esa editorial. Diarios, revistas, afiches, el olor a tinta, el ruido de las máquinas, la guillotina que corta el papel, la pausa del mediodía para comprar 100 de mortadela, 100 de queso, dos panes y una Coca familiar.
La vida de José del Barrio tenía su eje de dignidad y orgullo en el trabajo. José conocía como pocos el arte de la impresión. Hacía chistes: “Yo siempre causo buena impresión”. Durante los almuerzos, cuando sus compañeros sentados en la vereda del sol lo elogiaban, el hacía una pausa y con tono canchero decía: “Y… son años”. Esa especie de sensibilidad para saber la medida exacta de la tinta, ese tacto increíble que calculaba el gramaje del papel con solo acariciarlo un instante:” Y es oficio”, repetía José orgulloso de su orgullo.
Un día maldito José se hizo un examen de rutina y apareció el virus. Se quedó frío. Paralizado. Inmediatamente se acordó de ese fin de semana que pasó en el Tigre con Alberto, meta y ponga, cargados de pasión y besos. Inmediatamente se acordó también de cuando ambos se reían como chicos traviesos cuando en realidad estaban merodeado el suicido: ninguna usaba forro. Ninguno se cuidaba. Se sentían felices e invencibles. Estaban tan enamorados que decían que nada les podía pasar. La soberbia y la omnipotencia de la edad los había traicionado con un puñal en la espalda.
Aquel día cuando recibió el resultado, José del Barrio lloró como un chico. Se odiaba, se maldecía, se preguntaba cómo había podido ser tan boludo.
Lo más grave fue lo de un médico hijo de mala madre, uno de los pocos que existen. Delante de su jefe en la imprenta le dijo que estaba infectado por el virus del SIDA. Y ahí mismo empezó su lucha por la vida y contra la muerte civil.
Silenciosamente la discriminación se agazapó para el tiro del final. En forma sigilosa, los dueños de la editorial le fueron otorgando licencias una y otra vez a José de Barrio. Lo fueron marginando de su trabajo, del eje alrededor del cual giraba su vida y su orgullo. Un día lo echaron como a un perro. No le permitieron sentir nunca más el aroma de la tinta ni el gramaje del papel, ni el viento de la guillotina cuando baja veloz implacable. En pocos días se olvidó de ese ruido estremecedor de las máquinas cuando escupen diarios por miles.
José soñaba con la reincorporación. Presentaba los certificados del alta médica que le habían dado los infectólogos que lo trataban, pero… nada. Por hache o por be, José del Barrio nunca pudo volver a trabajar.
La empresa pagó con gusto la indemnización legal pero condenó a José al destierro. A la muerte civil. A ser un desocupado, un desaparecido de estos tiempos. Si el trabajo dignifica, la desocupación deprime e invisibiliza.
Se buscó un abogado del barrio y se enteró que en agosto de 1995, el juzgado nacional de primera instancia en lo civil Nro 43 a cargo del juez Roberto Beatti dictó sentencia favorable en un caso muy parecido al de él. Aquella fue la primera sentencia que en la Argentina reconoció una indemnización por daño moral y discriminación. El fallo del juez Roberto Beatti fue un fallo que dignificó al ser humano. En sus fundamentos considera que la discriminación es un daño a la integridad humana. Dice, sabio, que el daño provocado por el aislamiento y la marginación repercute directamente en el estado inmunológico de la persona discriminada. El magistrado no tuvo vergüenza en meterse con los sentimientos, con los dolores del alma. Dijo en su escrito que “semejante castigo, a José le provocó padecimientos, una lesión a sus afecciones íntimas, dolor, y angustias sobre la posibilidad de encontrar otro empleo.
Ya pasó mucho tiempo de aquel fallo ejemplar. Y la ignorancia, el prejuicio y la desinformación siguen siendo enemigos letales, a veces, más destructivos que el sida homicida.
El arma contra esa discriminación la tenemos los docentes, los curas, los periodistas, los artistas, todos los que tenemos un lugar para comunicarnos, un púlpito desde donde hablar y dar información. Esa arma es la que estoy disparando ahora. Tiro data, precisiones que destruyen prejuicios y fantasmas. Para eso también sirve el periodismo. Para dinamitar la ignorancia. Para informar y formar. Porque el que ignora, además de ignorante, discrimina lo que no conoce. Teme al vacío y a lo desconocido. La información rigurosa es el arma más poderosa que tenemos en la lucha contra el SIDA. Y se lo digo hoy que es el Día Mundial de la Lucha contra el SIDA.
La pandemia de coronavirus ha ocasionado una interrupción en muchos de los controles médicos que deben realizarse con frecuencia, y esto incluye a quienes viven con VIH. En ese sentido, el esfuerzo por mantener a las personas con su tratamiento antirretroviral y con cargas virales no detectables, y volver a los controles habituales, es una tarea que todos los sistemas de salud tienen que garantizar.
Está comprobado que la ametralladora informativa sirve para asesinar al virus asesino. Es así: más información menos casos.
Por eso creo que hay que decir con todas las letras y con el lenguaje de la calle que a esta altura de la muerte no se puede ser tan forro de no usar forro. Le estoy hablando del preservativo, del profiláctico o como usted prefiera llamarlo. Y que los que tienen el drama de ser drogadictos no deben aumentar su riesgo de muerte compartiendo jeringas o agujas.
Le doy algunos datos duros.
Si bien no existe cura para el VIH, existe un tratamiento llamado Tratamiento Antirretroviral Altamente Activo que consiste en una combinación de diferentes medicamentos que cumplen distintas funciones. Se conoce también como “cóctel” debido a la gran cantidad de pastillas diferentes que se requerían al inicio de la epidemia. Con el tiempo y gracias a la investigación, estos tratamientos se fueron simplificando y actualmente contamos con esquemas con muchos menos comprimidos, muy efectivos y seguros. Inclusive, una pastilla por día puede combinar varios fármacos con mejor eficacia que los primeros cócteles.
El tratamiento evita la replicación del VIH. No cura la infección, pero evita que el virus se multiplique y que destruya las defensas del cuerpo. El tratamiento es crónico, es decir que una vez que se empieza es necesario tomarlo todos los días, toda la vida. Si el tratamiento se mantiene de forma correcta en el tiempo, las personas con VIH tienen una calidad y expectativa de vida similar a quienes no tienen el virus. Deben saber que el test es rápido y gratis. En 20 minutos te dan el resultado. Y que la educación sexual en los colegios y en las familias es fundamental. El virus se ensaña con las defensas del organismo. Y 1.500 personas por año mueren de enfermedades relacionadas con el SIDA. Todo eso hay que saber. Y que tomar mate no contagia. Ni besarse ni compartir la pileta de natación o el banco de la escuela. Ni la picadura de un mosquito. Hay que terminar con el estigma. Con tres pastillas por día el enfermo puede mantener una vida absolutamente normal y formar pareja como cualquier hijo de vecino. La ciencia ya pudo controlar el virus y detener la expansión de la epidemia. Pero todavía los genios están trabajando para concretar el sueño de la vacuna preventiva como la que liquidó la polio o la viruela. Falta poco pero todavía falta. Cuando llegue ese día José del Barrio será reivindicado después de tanto sufrimiento. Hace muchos años hubo una campaña que me pareció de las mejores y que ahora me sirve para rematar esta columna. Era un aviso a toda página del diario que decía: “hoy es el día del niño. El día del padre. El día del maestro. El día del locutor. El día del tío. El día de la abuela, el día del dentista, el día del almacenero. El día del inmigrante. Y así seguía. Hasta que al final decía: 1ro de diciembre. Día Mundial de la Lucha contra el Sida. Hoy es tu día.

La República Cristina, la República herida – 30 de noviembre 2021

Desde el retorno de la democracia en 1983, nadie le hizo tanto daño a la República como Cristina. Y nadie está en condiciones de seguir haciendo más daño todavía. Chavista y vengativa, atropelló la división de poderes, avanzó a paso redoblado en su plan de impunidad y lo único que le falta es cambiar el nombre de nuestro bendito país y bautizarlo República Cristina. Nadie, nunca abusó tanto de su poder. Nadie, nunca se enriqueció tanto, ilícitamente como jefa de la banda que saqueó al estado, es decir, a todos los argentinos.
La diputada Mariana Zuvic dijo que no hay forma de que Cristina zafe de ir a la cárcel.
El primer paso es el juicio político y la destitución de los jueces que quedaran en la historia como los autores de un mamarracho jurídico sin antecedentes. Inventaron un traje a medida un código especial, casi monárquico para Cristina, la Reina de la Impunidad. Declarar la inexistencia de delito, y plantear que Cristina es inocente sin que se realice el juicio, produjo “uno de los mayores escándalos judiciales de los últimos tiempos”, como escribió Joaquín Morales Solá, que agregó “Pasaron del “prevaricato a la obscenidad y a la pornografía”. Una docena de jueces y fiscales sostuvieron la acusación hasta llegar al juicio oral. Y en dos minutos, dos magistrados cínicos y canallas, lo tiraron abajo. El lavado de dinero fue brutal estaba probado por una metodología burda que hablaba del sentimiento de impunidad que tenían. Alquileres de habitaciones de hoteles y departamentos por valores muy por encima del valor de mercado. Era la manera de devolver la coima a Cristina y de blanquear el dinero sucio de la corrupción y los sobreprecios.
En realidad lo que Daniel Obligado y Adrián Grünberg produjeron fue un fallo que consagró la inexistencia de justicia. Todo el cuerpo del estado de derecho sufrió una herida brutal. Una puñalada por la espalda. Me hizo acordar a aquella película de Miguel Pérez con guión de Luis Gregorich llamada “La República perdida”. Fue en 1983, como un intento de cerrar un período de dictaduras, terrorismo de estado, donde la ley fue tomada por asalto. Nunca en la historia judicial hubo tantas pruebas documentales, audios, videos, cuentas bancarias, testimonios de arrepentidos y cruces de llamadas que confirman que Cristina es culpable de toda culpabilidad y que se convirtió en la mujer más corrupta de toda la historia democrática.
Hoy podríamos hablar de una película de terror, llamada “La República herida, la República Cristina”. El fiscal Carlos Stornelli puso en Twitter un lazo negro de luto por la muerte de la justicia.
“Juicio, castigo y condena a los culpables”, era la consigna de aquellos tiempos de sangre y muerte. Hoy Cristina consiguió la más insólita de las situaciones. No tuvo juicio, ni castigo, ni condena. Dos personas que dinamitaron su buen nombre y honor si es que alguna vez lo tuvieron, perpetraron la inocencia de Cristina, Máximo, Florencia, Lazaro y Cristóbal, el Cártel de los Pinguinos Millonarios.
Es tan absurdo y bizarro todo lo que ocurrió que estos jueces declararon inocentes incluso a los que se habían declarado culpables. Si, escuchó bien.
Víctor Manzanares, el histórico contador de la familia Kirchner, se arrepintió y confesó. Relató con lujo de detalles como había malversado los libros contables y los balances para dibujar las falsedades que presentaron ante la Afip y otros organismos de control.
Para Obligado y Grünberg, todos fueron inocentes. Incluso Manzanares, que confesó sus delitos. Nunca visto en la historia de los tribunales. El acusado dice: “soy culpable, me arrepiento” y los jueces le responden: “Cállese la boca, usted es inocente”. Vergüenza y escándalo institucional.
En 7 meses, Cristina logró zafar de tres causas. Le quedan otras cuatro elevadas a juicio oral. ¿En estas también aplicarán la doctrina Cristina reina de la Impunidad?
Rogelio Alaniz, intelectual reflexivo y prudente, escribió indignado hasta las náuseas, que la justicia se transformó en “el trapo de piso para lavar la mugre kirchnerista” y que los jueces “están retozando felices en una piscina de excrementos”.
Es que la repugnancia fue tan grande que en las redes ya están convocando a una marcha y banderazo para expresar ese repudio. Todos nos acordamos de aquel momento emblemático en que Cristina le pegó una gran puñalada a la República. Les gritó a los jueces que a ella ya la había absuelto la historia. ¿Se acuerda?
Parece que no le alcanzó con que la historia la absuelva. Ahora busca desesperadamente la impunidad absoluta en los tribunales. Y en ese rumbo es capaz de hacer cualquier cosa. Toda su actividad conspira contra la convivencia democrática y el respeto a la ley. Pero lo más grave es haber herido a la república. Ojalá no logre su objetivo de instalar la República Cristina. Y si eso ocurre, algún día Dios y la patria se lo van a demandar.

Badía cumpliría 75 años – 29 de noviembre 2021

Feliz cumple, querido Badia.
Después de tantos años frente a este
micrófono que tanto quiero, creo que saqué una conclusión. Como en todas las actividades de la vida, en la radio, también hay maestros y alumnos. Los alumnos somos muchos y los maestros son pocos. Por eso hay que honrarlos todo lo que se pueda. Porque marcan un camino luminoso como Cacho Fontana, Pinky, Magdalena o Fernando Bravo, por ejemplo. Uno de esos maestros ya no está entre nosotros pero dejó su impronta y su sabiduría. Se murió muy joven el Beto. Hablo de Juan Alberto Badía que hoy cumpliría apenas 75 años. Por eso quiero recordarlo. Resucitarlo en la magia del aire para que todos les rindamos un humilde homenaje. Para brindar por su cumpleaños. Para decirle que lo queremos y que lo extrañamos. Y que nos sigue enseñando desde ese cielo de micrófonos y auriculares donde seguramente descansa en paz. Juan Alberto Badía era la imagen de la radio. Era la imaginación de los Beatles en el éter. Uno más de ellos que salió de Ramos Mejía y aterrizó en Liverpool. Su voz todavía nos rebota en el cerebro y en el corazón y dice así:
Imagina que no hay paraíso,
Es fácil si lo intentas,
Ningún infierno debajo de nosotros,
Arriba de nosotros, solamente cielo,
Imagina a toda la gente
Viviendo al día…
Imagínate Beto que hay mucho dolor aquí abajo. Que los músicos argentinos se sienten huérfanos. Que todas las radios están de luto desde hace años por tu ausencia. Que los oyentes esperan que termine la tanda para volver a escucharte. Que Fernando Bravo, tu amigo del alma no puede con su alma.
En la revista Radiolandia le hicieron la primera nota. Cuando le preguntaron por sus sueños, él dijo que le gustaría construir una trayectoria en la radio, que era lo que más amaba del trabajo. Eso lo superó con creces. Hizo una maratón que fue espejo y ejemplo para muchos. Cuarenta años jugando en primera. Entrevistó a Jorge Luis Borges y a Tita Merello pasando por Charly García y todos los músicos argentinos.
Todavía recuerdo tu cálida voz en el teléfono en febrero del 2011 el día que recé una columna que decía que Badía tiene compañía. Una vez más me contaste cuando fuiste a Colombia con Bravito y juntos hicieron los comentarios del aquel partido en donde River se jugaba la vida. Por suerte pude confesarte toda mi admiración. Yo te miraba en silencio mientras hacíamos el pase en radio del Plata y vos me trataste como si fuéramos compinches. Hasta fuimos a jugar al básquet al club Palermo. ¿Te acordás de las picadas que comíamos en el buffet? Después supe que hacías eso con todos. Que no hay a nadie en el mundo de la radio que no te quiera. Que no tenes enemigos. Que te la pasaste acercando posiciones, cerrando brechas, reconciliando gente, valorando la diversidad en el más amplio sentido de la palabra.
Para mí, vos, Bravito, Carrizo y Cacho Fontana estaban en el olimpo de los próceres de la radio. De los que reinventaron la magia de la comunicación. Primero me atravesó tu Flecha Juventud mientras yo celebraba la rebeldía del pelo largo, los vaqueros gastados y los dedos en ve. Con la música de los Beatles., por supuesto.
Graciela Mancuso, tu compañera inseparable para tirar paredes con los tonos y las melodías. Pobre Graciela, ella también fue a buscarte entre el éter de un estudio radial ubicado en el paraíso.
Cuanto asombro por la filosofía pacifista cargada de humanismo de John Lennon que modeló nuestra ética de la solidaridad. Con todo eso crecimos juntos. Con tu extraordinaria capacidad para crear climas, para establecer una atmósfera de buena onda con el entrevistado. A veces pienso que con Juan Ramón Badía, con semejante viejo, con ese maestro de locutores, no tenías otro destino que aferrarte a los micrófonos y vivir entre auriculares. Hijo de tigre. Hijo del ISER.
Seguimos de cerca esa batalla desigual que diste contra ese maldito cáncer que seguramente debe odiar la música, los medios y la alegría. ¿Quién lo hubiera dicho? Meterse con Juan Alberto Badía, que hijoputez. Con ese locutor gigantesco que formó generaciones y que jamás apeló al escándalo ni al trazo grueso. ¿Te acordás del día que empezaste en radio Antártida? ¿De tu primer aviso? ¿Del furcio que más te avergonzó? De tus grandes éxitos. Le abriste una puerta gigantesca en la tele a Marcelo Tinelli y él te devolvió la gentileza y el gesto de amistad. Te ganaste en buena ley 6 premios Martin Fierro y uno a la trayectoria con un discurso de agradecimiento que nos hizo llorar a todos. Sobre todo a tus hijos, a Bárbara, Natalia y Juan Agustín que deberán sentir orgullo genuino y eterno. Estabas abrazado a tu hermana Marisa. Ella te sostenía y toda la gente aplaudía de pie. A toda la industria de los medios audiovisuales se le estrujó el alma a verte tan optimista, tan íntegro, tan frágil. Siempre pensando en proyectos y laburando cien horas por día. Pero aprendiste al final que tenías que abrir las manos y permitirse recibir tanto afecto. Y eso fue aliviador.
Escuché que dijiste que era increíble la cantidad de gente que defendía tu vida como si fuera propia. Es cosecha merecida de tu siembra. Todo lo bueno que hiciste hoy te vuelve multiplicado.
Me consuela saber que nunca estarás solo. Que millones te estarán sintonizando porque igual que Bravito, tu domicilio es el aire. Que te esperaron John Lennon y el flaco Spinetta. Ahí fue el capitán Beto, flaco. Cuidalo. Aquel día te llevó una noticia como para dar la vuelta olímpica en el cielo. Habían vuelto a primera. Justo. Hay una banda roja que los envuelve. Un estadio de fiesta. Celebrando la vida de Badía. Tal vez eso sea lo que más duele. Fue demasiado pronto, Juan Alberto. Cuando tenga sesenta y cuatro años, aun me seguirás necesitando, todavía me seguirás alimentando. Cuando sea más viejo y se me caiga el pelo. A los sesenta y cuatro lloramos tu despedida que es bien arriba, con la luz roja encendida eterna en tu homenaje:
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Tu puedes decir que soy un soñador,
Pero no soy el único,
Espero que algún día te nos unas,
Y el mundo vivirá como uno solo, Beto querido.
El día del hasta pronto, en el cementerio de Pilar, Alejandro Lerner comenzó tímidamente a entonar Let it Be. Y todos lo acompañamos con la garganta inundada. Fue un himno de despedida. Déjalo Ser. Todos te dejaron ser. Y vos nos dejaste ser a todos. Beto querido, te extrañamos. Que en música descanses. Y que una radio te acompañe por toda la eternidad. Es el regalo de todos tus alumnos en tu cumpleaños número 75.