Milstein, orgullo de premio Nóbel – 15 de octubre 2021

Seguro que hay una buena noticia. Un día como hoy, el químico argentino César Milstein recibió el premio Nóbel de Medicina. Fue en 1984 y semejante alegría se sumó a la primavera democrática que vivíamos hacía un año con la recuperación de las instituciones y el triunfo de Raúl Alfonsín.
Lázaro, el padre de César Milstein llegó a estas pampas esperanzadas en 1913 huyendo de la persecución a los judíos en Ucrania. Lázaro tenía 16 años y ningún oficio. Se asustó por lo lejos que quedaba el horizonte, pero respiró aliviado cuando se dio cuenta que tenía el mundo por delante y se fue a recorrer las colonias de sus paisanos en Bahía Blanca. Encontró empleo como vendedor de una casa de artículos para el hogar y allí echó raíces.
Máxima Vapñarsky había nacido en Villaguay y estaba orgullosa de ser primera generación de gauchos judíos que se establecieron en Entre Ríos. Máxima había concretado su máxima aspiración: ya era directora de la escuela primaria número 3 de Bahía Blanca.
La historia de sus vidas fue la de todos los inmigrantes. Trabajar de sol a sol, romperse el lomo para poder mandar a estudiar a sus hijos para que ellos, no tengan que sufrir lo que ellos sufrieron. Eran época de una Argentina con movilidad social ascendente que premiaba el mérito y el esfuerzo. Al revés de lo que pregona este gobierno. Una persona, aunque solo supiera manejar un arado o amasar pan casero, tenía posibilidades de mandar a su hijo a estudiar, a conseguir el título, ese famoso título que para los padres era poco menos que la garantía o el pasaporte a la felicidad eterna. Eran épocas en el que el conocimiento tenía buena prensa. Para un inmigrante, muchas veces analfabeto o que apenas hablaba el castellano, ver a su hijo convertido en un doctor o en un ingeniero era la razón de su vida. Después se podía morir tranquilo, feliz por el deber cumplido. Imagínese lo feliz que fue el matrimonio de Lázaro y Máxima. Tuvieron tres hijos: Oscar y Ernesto que con el tiempo fueron ingenieros, uno civil y el otro industrial y César que, con el tiempo, un día como hoy, fue Premio Nóbel de Medicina.
– “Hay que estudiar, hijo. No hay otra
manera de ser alguien en la vida”. ¿Cuántas veces habrá escuchado esos consejos el chico César Milstein? ¿Cuántos reproches recibió de su padre por no haber sacado buenas calificaciones en la escuela primaria? César era muy travieso y tozudo para ser un alumno diez puntos. Su vida era la de todos los hogares de inmigrantes. Colegios del estado, casa y comida modesta, cultura del esfuerzo, festividades religiosas, ética de la solidaridad, honestidad y curiosidad.
Y eso fue lo que lo llevó a ser el gigantesco científico que fue César Milstein. La curiosidad es el primer motor del crecimiento. Un día, una de sus primas, bioquímica ella, que trabajaba en el Malbrán, contó de qué manera se extraía el veneno de las serpientes para fabricar el suero antiofídico. César escuchó extasiado esa historia que parecía de ficción. Su asombro fue tan grande que su madre le compró un libro que muchos científicos disfrutaron de chicos, llamado “Los cazadores de microbios”. Y César quedó marcado para siempre. El motor de la curiosidad no se detuvo jamás y el tamaño de su sabiduría, tampoco. Se mudó a Buenos Aires para ir a la Facultad de Bioquímica donde ingresó en 1945, cuando el peronismo aparecía en el universo argentino.
Milstein y su hermano, vivieron en la pensión Lola de la Avenida de Mayo al 900, donde su dueña, Lola era un canto a la vida con su gracejo español y su alegría de castañuelas. Ella fue una especie de segunda madre para todos los estudiantes del interior que llegaban medio indefensos a la gran ciudad, a las luces de Buenos Aires.
César Milstein, enseguida se ganó el apodo de “El Pulpo”, porque hacía de todo y todo bien. Fue presidente del Centro de Estudiantes, organizó los primeros viajes a Bariloche de campamento y la primera librería cooperativa de la Universidad. Era impresionante la capacidad de aquel hombrecito tan parecido a Woody Allen, con sus ojos chicos y nariz respetable, con sus lentes fuertes y zapatillas gastadas y su elegancia ausente. En 1950 se casó con Celia, la compañera de estudios que le provocó tanta o más fascinación que la ciencia. Enseguida vino la beca en Inglaterra y su ingreso al Instituto Malbrán a su vuelta.
Después ocurrió lo que tantas veces, lamentablemente, ocurrió en nuestro bendito país: el desprecio por la inteligencia. Un ministro de la dictadura que había derrocado al talentoso Arturo Frondizi, tuvo la brutal idea de achicar gastos y dijo que la ciencia era perder el tiempo. Echaron a algunos colaboradores de Milstein y el, en solidaridad, renunció a su cargo de técnico científico que había ganado por concurso y a su posición de jefe del departamento de biología molecular.
Hubo 11 despidos y 13 renuncias por solidaridad. 24 científicos fueron arrojados a la basura de la historia. Pero el mundo civilizado los supo recoger. Porque para el Primer Mundo la ciencia no es perder el tiempo, es la gran posibilidad del desarrollo.
Milstein siempre estuvo convencido de que si no hubieran desmantelado ese lugar, Argentina se hubiese convertido en un país pionero en ingeniería genética. Mire la importancia que esto tiene hoy en medio de la pandemia. Casi todos los que tuvieron que abandonar el Malbrán, consiguieron trabajo en Estados Unidos, Canadá y varios países de Europa. El propio Milstein, a los 15 días ya estaba contratado en Cambridge.
Y el, siempre se quedó con la convicción de que los militares destruyeron ese lugar porque lo consideraban una cueva de judíos y comunistas. Con el tiempo, Milstein contó que los dictadores creen que todos los que defienden la libertad y la justicia social, son comunistas, pero que él, nunca lo fue. Todo lo contrario, fue un luchador contra todo lo que el comunismo representaba en aquellos tiempos del PC y su concubinato con la Unión Soviética y el estalinismo. La libertad no existía y la justicia social era para los burócratas del Kremlin.
La vida de Milstein tuvo otros momentos increíbles. Primero, por supuesto, cuando recibió el premio Nóbel que hoy estamos recordando. Fue de manos del rey Gustavo de Suecia. Lo ganó por su investigación sobre los anticuerpos monoclonales. La culminación de su carrera, el mayor halago que le pudo ofrendar a don Lázaro, el padre que huyó del odio racial de Ucrania como después su hijo huyó del desprecio por la ciencia y la libertad de Argentina. Después de ganar el Nóbel, el doctor Raúl Alfonsín, como presidente lo recibió con todos los honores y junto a otro premio Nóbel, el doctor Luis Federico Leloir. Mientras tomaban un café, el padre de la democracia se interesó mucho por la anécdota que estaba contando Leloir. “Usted sabe, presidente, este señor Milstein vino a pedirme trabajo al laboratorio de la calle Juncal y yo no tuve dinero ni lugar suficiente para dárselo. Mire que casualidad, estuvimos a punto de trabajar juntos y ahora es premio Nóbel como yo”.
Todos rieron aquel día en la Casa de Gobierno de una Argentina que trataba de revalorizar la ciencia como apuesta al futuro de una Nación independiente y de avanzada.
Don César hoy es un orgullo para todos los argentinos. Carpintero finísimo dejó un fichero que construyó con sus propias manos en el Malbrán. Fue un cocinero muy sabio para mezclar la paella como si fuera un químico en sabores. Fanático de la música, deportista convencido, solía navegar por ríos como el Danubio y trepara a cuanta montaña se le pusiera adelante.
Un día, mientras tripulaba un gomón por un rio caudaloso en el sur de Chile, sintió que su corazón le fallaba. Se detuvo en el medio de la nada y un helicóptero no pudo bajar a ayudarlo por el mal tiempo. Finalmente, en otro gomón lo llevaron a un hospital donde fue sometido a cuatro by pass. Fue su momento más dramático. Después la vida siguió como si nada. Con más investigación y más pasión. Haciendo honor a la definición que sobre su figura dio la Real Sociedad Británica de Ciencia: “Uno de los biólogos más grandes de la historia”. Entre pipeta y microscopios nunca le faltaba el mate en su macro mundo de Cambridge. Hoy a 37 años de su premio Nóbel, Milstein es un ejemplo de todo lo bueno que puede hacer un hombre si se lo propone y de todo lo malo que puede hacer una país si deja que los Milstein y tantos otros genios se vayan de la Argentina poco menos que expulsados por la falta de presupuesto, por la falta de oportunidades y, sobre todo, por la falta de respeto. Es para pensarlo. ¿No le parece?

Los culpables de la inseguridad – 14 de octubre 2021

La alarmante inseguridad que estamos
sufriendo los argentinos no es un fenómeno natural. No es una tormenta. No cae del cielo, ni surge de un virus que no conocemos. Los crímenes brutales y los robos cotidianos no nacieron de un repollo. Son una construcción del hombre o mejor dicho, son una destrucción del hombre. Por inútiles, vagos, cómplices o por simpatías ideológicas con los delincuentes, el estado es culpable de estas atrocidades y es responsable de no combatirlas como corresponde. Y cuando digo Estado, le pongo nombre y apellido. Porque hablo de los tres niveles. En el municipio con la intendenta Mayra Mendoza de La Cámpora, a nivel provincial con Sergio Berni y Axel Kicillof y el estado nacional con los Fernández, Aníbal, Cristina y Alberto.
Todos estos dirigentes, todavía creen en ese dogma apolillado de que el delito es producto de la explotación de la sociedad capitalista y que el ladrón o el asesino son víctimas y por eso los protegen y si caen presos, los liberan lo más rápido posible. A eso, estos caraduras le llaman, derechos humanos.
A las víctimas, ni justicia. Ese es el marco cultural y social donde todos estos marcianos se arrodillan ante el altar de Eugenio Zaffaroni que tiñó con sus teorías gran parte del pensamiento de abogados, fiscales y jueces. Así nos va. Nos va a costar años volver a la racionalidad punitiva, a los premios y los castigos.
Ahí están los responsables de resolver el tema. Son los culpables de que este drama cotidiano sea colosal. Aníbal Fernández confesó esta mañana que “Las fuerzas de seguridad no dan abasto para estar en todos lados” y le pidió a la justicia que “colabore un poquito”. Es de un alto nivel de hipocresía y negación de la realidad. ¿Qué partido político hizo más para que la justicia premie a los delincuentes y castigue doblemente a las víctimas? ¿Conoce Aníbal a Zaffaroni, a Horacio Pietragalla, o al juez Víctor Violini? ¿Sabe en qué espacio político militan? Quiere que le haga un dibujito o en esto también piensa que hay una sensación de inseguridad.
¿No tiene nada que ver el cristinismo extremo y dogmático en que una parte de la justicia se haya convertido en una liberadora serial y a la velocidad de la luz de todo tipo de delincuentes? Y sumo a los delincuentes y corruptos que están en el gobierno y a los que son cómplices de los que están en el gobierno kirchnerista.
Alberto Fernández justificó plenamente la suelta de casi 5 mil presos al comienzo de la pandemia. ¿Se acuerda?
Fue una locura que no se multiplicó más gracias al freno que le puso la sociedad movilizada y caceroleando.
El kirchnerismo asocia todo el tiempo a la policía o a la gendarmería con la dictadura y la represión en una inflamación ideológica de un simplismo infantil y peligroso. No entienden o no quieren entender que esos uniformados hoy son los encargados de proteger a la sociedad honrada que trabaja, estudia, paga sus impuestos y cumple con la ley. Por lo tanto, a 38 años de finalizada la dictadura, es hora de que las fuerzas de seguridad sean respetadas, capacitadas, pertrechadas y reconocidas económicamente como corresponde. Los policías que comenten delitos, manchan el uniforme y deben ser extirpados de la fuerza, por supuesto. Pero lo que se comportan con profesionalismo y transparencia ética, deben ser cuidados y premiados. Hubo un sector de la policía bonaerense que amenazó con un paro por los sueldo de miseria que cobran. Decían que había plata para regalarle el viaje de egresados a 220 mil estudiantes, incluso de colegios privados, y no había plata para aumentar a la policía que se juega la vida todos los días para mantener la paz, la tranquilidad y la seguridad. En la desesperación, en forma improvisada y a los ponchazos, como acostumbra la impericia del gobernador Kicillof, anunció un incremento salarial del 11%. Lo hizo en un show típico de Berni con policías haciendo ejercicios operativos y con trajes camuflados para el combate.
Berni exigió que sacaran a los magistrados que no funcionan. Axel también se lavó las manos y dijo que no libera ni mete preso a nadie, que ese es un trabajo de la justicia. Eso es cierto. Pero, el problema es que los alimentaron ellos. Ellos sembraron esa concepción reaccionaria y antipopular de la justicia que encima se auto percibe progresista.
¿Se acuerda que Alberto le sacó parte de la coparticipación a Rodríguez Larreta para darle fondos a Axel para que pagara un aumento a la policía? Todo es asi. Una mala praxis cotidiana de un gobierno sin rumbo y con un solo objetivo claro: la impunidad de Cristina.
Han crecido muy fuerte la cantidad y la ferocidad de los delitos.
Y como si esto fuera poco, no comprenden que los más afectados son los sectores más humildes de la sociedad a los que dicen defender. Estos delirantes dicen que el tema de la inseguridad es una bandera de los ricos y de la derecha? ¿Se acuerda cuando Cristina decía eso?
Todos los días las madres de la pobreza sufren al ver como a sus hijos les roban la mochila, las zapatillas, les cobran peaje o los suman al narco menudeo.
Estoy absolutamente convencido que la seguridad democrática es un derecho humano. Vivir, trabajar y estudiar en paz y tranquilidad con nuestras familias y defender la vida, es un reclamo justo y profundamente democrático y republicano. Para “vivir sin miedo y no convivir con el miedo”. El miedo es el peor veneno de una sociedad y de un individuo. Siempre el pánico nos saca lo peor de nosotros.
Hay que ser duro con los delitos duros y duro con las causas que llevaron a esa persona a delinquir? Pero mientras tanto hay que proteger la vida de la gente. Proteger a los decentes y castigar a los delincuentes. Dentro de la ley, todo. Fuera de la ley, nada. No es tan difícil.

¿Sergio Massa dejará la presidencia de Diputados? – 13 de octubre 2021

Las tres mujeres más importantes de la
oposición expresaron su objetivo de reemplazar a Sergio Massa en la presidencia de la Cámara de Diputados. Tanto Patricia Bullrich como Elisa Carrió y María Eugenia Vidal anunciaron que si el 14 de Noviembre suman diputados y se convierten en la primera minoría, van a reclamar ocupar ese lugar tan emblemático. Hasta que se cuenten los votos, es solamente una meta, un horizonte que se plantean conseguir. Veremos si logran repetir o mejorar los resultados de las primarias. Pero ese anuncio se convirtió en una fuerte definición política que muestra a Juntos por el Cambio con una decidida vocación de poder. Deja atrás a las posiciones más timoratas de dirigentes que siempre se ven a sí mismos como supervisores de los gobiernos peronistas. En algunos casos, esa actitud de pechos fríos ocultos bajo una sobreactuación institucional, es el síntoma de un complejo de inferioridad ante Cristina.
Una diputada K de poca relevancia dijo que esa era una actitud golpista porque colocaría a un opositor en la línea sucesoria. ¿Qué significa esto? Si Alberto diera parte de enfermo o renunciara por algún motivo, Cristina pasaría a ser presidenta por tercera vez, pero alguien de la coalición opositora quedaría como virtual vicepresidente.
Si la voluntad soberana de los argentinos le otorga a Juntos por el Cambio un triunfo electoral contundente, estarán diciendo que pueden ser la primera minoría y por lo tanto estarán en condiciones de elegir al presidente de la Cámara Baja.
¿Dónde está el golpismo en esa decisión? Más democrática imposible.
Es una forma de tomar debida nota del mensaje de las urnas. Por el contrario, sería una forma de que un dirigente opositor pueda convertirse en garantía de estabilidad y equilibrio democrático ante cualquier tipo de turbulencia que podría ocurrir producto de la hecatombe económica o del ataque permanente de Cristina a Alberto. Además, no hay un solo dato que haga sospechar que Bullrich, Carrió o Vidal y sus respectivos partidos sean golpistas o desestabilizadores. Todo lo contrario, son dirigentes y partidos que siempre han actuado en defensa de la República y la división de poderes. Golpistas en todo caso, han sido sectores del peronismo que le hicieron 13 paros generales a Raúl Alfonsín con el resurgimiento de la democracia en ciernes. O los que tiraron 14 toneladas de piedras al Congreso e intentaron tomarlo con la complicidad de los legisladores del kirchnerismo. O los que gritaban: “Macri, basura/ vos sos la dictadura” mientras exhibían como expresión de deseo helicópteros como el que utilizó Fernando de la Rúa para huir desde los techos de la Casa Rosada. A propósito de De la Rúa, hay que decir que tuvo gran responsabilidad en el fracaso de su gobierno, pero sectores del peronismo del Conurbano se encargaron de darle el último empujón golpista con saqueos y vandalismo programado. Fue en aquel momento y producto de la renuncia de Carlos Chacho Alvarez, que la línea sucesoria quedó en manos de dos peronistas como Ramón Puerta y Eduardo Camaño.
Si Juntos por el Cambio logra la suficiente cantidad de diputados, tiene la obligación de mandar a Sergio Massa a una banca común y sacarlo de la presidencia. Ninguna ley ni la Constitución lo prohíbe. Es absolutamente legal y políticamente, es un mensaje poderoso de la vocación de poder y de la fuerte defensa del sistema democrático de la coalición opositora. No es una pistola en la cabeza de las instituciones. Es la mejor manera de ponerle límites a una posible radicalización chavista de Cristina y de fortalecer el debate, los disensos y los consensos que deben darse en el Parlamento.
La diputada Cecilia Moreau ha dicho que el objetivo de Juntos por el Cambio es cerrar el Congreso. Un disparate colosal que solo fue superado cuando dijo que Pfizer pedía recursos naturales argentinos a cambio de los vacunas.
El profesor Andrés Malamud, desde Portugal, no ha logrado advertir la profundidad autoritaria y destructiva del nacional populismo de Cristina. Apoya la continuidad de Sergio Massa aunque las urnas digan lo contrario. Sus reflexiones apelan a una tradición conservadora y a una institucionalidad vacía que lo saca del progresismo y lo coloca en el regresismo posibilista y resignado de la corrección política.
Argentina vive una crisis descomunal. Los riesgos que corremos son monumentales. Muchos analistas hablan de posibles rodrigazos, hiper inflaciones, situaciones similares al 2001, estallidos sociales, ataques armados de falsos mapuches y rupturas inminentes y explosivas entre Cristina y Alberto. Hay que levantar la guardia y encender las luces de alerta para fortalecer las bases del sistema. Y de ninguna manera dejarse involucrar en las feroces internas del justicialismo. Que el gobierno proponga su candidata a la Corte Suprema y al jefe de los fiscales. Después la oposición fijará su postura, pero nunca antes. No se debe dejar utilizar ni ser funcional a ninguna de las facciones en pugna.
Con la idea de generar una épica que convoque y una mística que contagie en la campaña, la oposición se fijó varios objetivos.
1) Multiplicar los votos en la ciudad para que Sandra Pitta consiga una banca y quede afuera Carlos Heller, uno de los cerebros del comunismo jurásico y pingüino.
2) Redoblar los esfuerzos en las provincias donde se eligen senadores para quitarle a Cristina el quorum propio que utilizó con tanto fanatismo en la búsqueda de su impunidad.
3) Colocar en lugar de Sergio Massa un dirigente de gran nivel de representatividad que además tenga las mejores credenciales republicanas.
No es seguro, pero es posible que todo eso ocurra el 14 de noviembre. Sería la mejor forma de custodiar la libertad y la democracia. Sería la mejor forma de mostrar equilibrios institucionales y una alternancia en serio que espante cualquier aventura extremista. Es por el bien de todos. Sería el comienzo de la reconstrucción de una Argentina sin corruptos de estado y sin golpistas de morondanga. De eso se trata.