Hay una propuesta de Esteban Bullrich que me pareció espectacular. Y creo que todos los especialistas en educación de los partidos coinciden en esto. La idea es que si el maestro es el actor social más importante, las agresiones contra los docentes deben configurar un agravante en las penas para los agresores. ¿Qué me dice? Tanto que hablamos de colocar a la educación como el eje del despegue argentino con la idea de igualar oportunidades hay que empezar por valorar y jerarquizar a los maestros. Son los verdaderos héroes sociales que van a ponerle el cuerpo a esta verdadera epopeya educativa. Por eso me parece bien todo lo que los ayude en su titánica tarea. Todo lo que pueda potenciar sus ingresos, su capacitación, su protección y su reconocimiento es clave para lograr el objetivo. Hay que apostar fuerte a ese círculo virtuoso de más días y horas de clase, potenciar la excelencia de los docentes, generar todas las condiciones edilicias necesarias y darle todos los materiales que estén a nuestro alcance.
Eso es jugar fuerte. Eso es ponerle pilas y no solo palabras. Hay que cuidar a los maestros en su integridad moral y física. Porque muchos padres los agreden con insultos y en algunas ocasiones pasan al ataque físico. Y eso no se puede tolerar. Por eso el ministro de educación de Mauricio Macri propone castigar con penas más duras a la persona que agrede o maltrata a un maestro. Hay que darles autoridad para que puedan imponer autoridad y límites y puedan educar como corresponde a nuestros hijos.
Ya es hora de combatir ese fracaso educativo de esta década aplazada. Ese es un agujero negro en el futuro del país y debemos resolverlo cuanto antes.
No es ninguna novedad que nuestros mejores años fueron los mejores años de la educación argentina. Fuimos ejemplo en el mundo. Cuando los maestros y los profesores empezaron a perder prestigio social, o el respeto de los gobernantes, la Argentina se vino a pique. Hay que volver a poner de pie a los maestros para que se conviertan en pilares del país que viene. De un país donde un joven tenga más posibilidades de estar en clases o en el trabajo que robando o en la cárcel.
Ya en su época, Sarmiento decía que si no se educa a la gente por una razón de estricta justicia, por lo menos, se la debería educar por miedo. Es casi un teorema: lo que se dilapida en educación se multiplica en inseguridad. Un ex ministro dijo que mantener a un chico preso un año en un instituto es más caro que pagar los 13 años de escolaridad
Soy un convencido de que la educación es la madre de todas las batallas contra los peores flagelos argentinos. Y es la madre de todas las soluciones. Es el instrumento más maravilloso que se conoce para combatir la indigencia, la marginalidad, la pobreza, la desocupación, la droga y el delito. No hay debate ni desafío más importante. Don José de San Martín decía que la educación era el ejército más poderoso para pelear por nuestra soberanía. Por eso estoy convencido que debe ser un tema de estado y no de partido. Para convertirlo en una epopeya nacional de todos los argentinos sin distinción de ningún tipo. Solo los mal nacidos pueden oponerse a que cada hermano que habita esta patria tenga la posibilidad de igualar sus oportunidades con los demás y educarse. Nuestro sueño colectivo debe ser el de iluminar tanta oscuridad. De convertirnos en predicadores de la civilización contra la barbarie. No podemos permitir que con un presupuesto realmente importante de más del 6% del PBI tengamos los malos resultados que tenemos. Se gastan fortunas en educación y todavía hay escuelas rancho en nuestro país.
Le pido que escuche estos datos que dan vergüenza: el 50% de los alumnos, no termina el secundario. El 52% de los adolescentes no comprende lo que lee. Salvo Perú y Panamá somos el país con peores resultados y eso que supimos estar en los primeros lugares.
Qué me cuenta? Hay más: solo 38 de cada 100 chicos que comienzan completan los 12 años de escolaridad fijados por la ley de Educación Nacional. Es increíble la fuga de chicos del sistema público al sistema privado y no solamente en los sectores ricos de la sociedad. Entre los más humildes también emigran a escuelas privadas, baratas como las parroquiales o vecinales, pero privadas al fin. ¿Que buscan que el estado no les puede dar? Mas días de clases, mejor enseñanza, mas disciplina sin perder la libertad creativa, premios que incentiven a los que quieren progresar y castigos para los que se tiran a chanta, no igualar para abajo, fortalecer a los docentes que se quieran capacitar más y mejor, a un secundario que vincule al muchacho con el mercado laboral y productivo y una inclusión mucho más temprana de nuestros hijos.
Hay que atender especialmente a los más chicos en las zonas más vulnerables. Porque en ese tiempo es donde se consolidan los mecanismos cognitivos y motrices. Nacen a la vida con una estimulación que los lleva a buscar el progreso a través de la cultura del esfuerzo y no de la dádiva. Nadie quiere emparchar el viejo sistema educativo. Cambió el mundo y la revolución tecnológica modificó la forma de asimilar conocimientos de los chicos. Por lo tanto se necesita una revolución educativa con los docentes como abanderados y los padres como escolta. Y el aporte de la sociedad civil. Un rediseño absoluto del sistema. No alcanza solamente con inyectar recursos. La prueba está en que ahora hay un buen presupuesto y los resultados no son equivalentes a semejante esfuerzo económico. Hay mucho por hacer. Construir el mismo amor por la libertad que por la ley. Que sean dos caras de la misma moneda. La educación debe ser prioridad nacional. Todos los derechos a los más necesitados y todas las obligaciones también. Para sembrar ciudadanía y recoger una mejor democracia. Por la deserción cero. Más todavía, por la ignorancia cero. Es por nuestros hijos que es una forma diferente de nombrar a la patria que viene.