San Martín y Alberto; el día y la noche – 17 de agosto 2021

Por más caprichos turísticos que le
pongan al calendario, lo cierto es que un día como hoy, pasó a la eternidad don José de San Martín, el argentino más grande de todos los tiempos. Justo hoy que en las redes sociales, muchos han definido a Alberto Fernández como el peor presidente de la historia. Todas las comparaciones son odiosas, pero la verdad es que fue el propio Alberto el que cometió la herejía de decir que “San Martín miraba el país, igual que nosotros”. En un acto cargado de ataques a la oposición y de claro contenido electoralista, mezcló a San Martin con el Fondo Monetario. Una provocación absolutamente fuera de lugar.
San Martín es el día que nos ilumina y Alberto es la noche que nos oscurece como país. Sobre todo si queremos construir una patria digna para todos. No debemos olvidar los mejores ejemplos para imitar ni los peores que tenemos que extirpar.
El Padre de la Patria cruzó la imponente cordillera de Los Andes con su mensaje de libertad. Fue la más grande epopeya americana que se recuerde.
Alberto cruzó todos los límites legales con la fiesta clandestina de Olivos y los traficantes de vacunas vip, entre otras tiros en los pies que se pegó.
El motor emancipador de San Martín tuvo una potencia gigantesca. Liberar el continente fue su utopía en marcha. La vocación de Alberto por engancharnos como vagón de cola de las locomotoras del atraso y la violación de los derechos humanos como Cuba y Venezuela.
Hoy Alberto Fernández está en su peor momento, con un altísimo rechazo en todas las encuestas. A San Martín lo necesitamos más que nunca. ¡Qué bien que nos vendría en estos tiempos de cólera y twitter su sabiduría y su coraje patriótico! Qué bien que nos vendría que bajara del bronce o se escapara de los libros para darnos cátedra de cómo ser un buen argentino sin robar ni perseguir a nadie ni sembrar el odio entre los hermanos. Porque todavía vive en el corazón de los argentinos.
San Martín, era austero y honrado hasta la obsesión. Incluso le hizo quemar a su esposa Remedios los fastuosos vestidos de Paris que tenía porque decía que no eran lujos dignos de un militar.
Alberto autorizó una fiesta clandestina de cumpleaños para su pareja con champagne y torta de alta gama. Encima, la quiso ocultar con sus mentiras y después no tuvo otra idea que apelar a la cobardía de responsabilizarla a ella. Sobre la hora del ridículo de donde nunca se vuelve, finalmente a los gritos y con el dedito acusador, se hizo cargo.
San Martín manejó cataratas de fondos públicos y murió sin un peso. En su testamento se negó a todo tipo de funerales. La muerte lo encontró en el exilio, casi ciego, muy lejos de Puerto Madero en todo sentido. Ese barrio lujoso donde vivió Alberto en un departamento que le prestó su amigo Pepe Albistur, esposo de la primera candidata a diputada por la provincia de Buenos Aires. En Puerto Madero también hicieron sus inversiones Cristina, Cristóbal López y hasta Ginés González García.
Don José de San Martín fue un ejemplo de rectitud cívica en tiempos de traiciones, corrupción y contrabando. Alberto no denunció nunca los delitos ni los negociados que hizo el matrimonio Kirchner y ahora dice que nunca existieron y que la justicia persigue a su jefa porque es una líder revolucionaria.
Estamos hablando de San Martín, que como primer acto de gobierno en Perú aseguró libertad de prensa y decretó la libertad de los indios y de los hijos de esclavos y encima redactó el estatuto provisional, un claro antecedentes de nuestra Constitución tan humillada durante demasiado tiempo. Su gran preocupación fue no concentrar el poder y por eso creo el Consejo de Estado y se preocupó para que el Poder Judicial fuera realmente independiente. Repito, insisto: todo lo contrario al vamos por todo y al intento de dominar y poner de rodillas a la justicia para lograr la impunidad. Una de las enseñanzas más maravillosas que nos dejó San Martín tiene que ver con su rechazo al silencio temeroso generado por todos los autoritarismos: “Hace más ruido un solo hombre gritando que cien mil que están callados”.
Con tantas aulas cerradas por tanto tiempo, con tanto Baradel de la vida que defiende sus privilegios más que la educación pública, qué bien que nos vendría ahora ese San Martín convencido de que la educación era la forma más profunda de soberanía. Decía que la educación era más poderosa que un ejército para defender la independencia. Le sintetizo el tipo de dirigente que nos dejó San Martín con su ejemplo: Respeto por la libertad de expresión, independencia de poderes, austeridad republicana, honradez a prueba de bala, coraje y estrategia y un profundo amor para una patria de todos y para todos. Es el padre de la patria y nosotros, sus hijos, debemos honrar su memoria tratando de multiplicar sus valores y de construir una Argentina a su imagen y semejanza.
Porque San Martín es nuestro. Y nos puede ayudar a sacar los mejor de nosotros. Para no rendirnos ni bajar los brazos frente a los que fabrican autoritarismo para conseguir la suma del poder público. Un San Martín para que nos siga iluminando aún en los momentos más oscuros.

Alberto: mentiras, cobardía y degradación – 16 de agosto 2021

El presidente Alberto Fernández perdió
el juicio, más allá de su desastrosa gestión en la economía y la pandemia. A su fracaso como gobernante, le sumó una exhibición obscena de los peores disvalores que puede tener un ser humano. Hablo de las mentiras dichas con cara de piedra, de la cobardía para empujar al abismo a su pareja y de la degradación personal que fue acompañada por Aníbal Fernández y los para periodistas Horacio Verbitsky y Antonio Fernández Llorente.
Todos se hundieron en el pantano de
la violencia de género. Lapidaron y humillaron, de diversas maneras, tanto a Fabiola Yañez como a la periodista Guadalupe Vázquez ante el silencio del colectivo feminista de artistas y militantes que, a esta altura, perdió todo tipo de credibilidad por mirar la realidad, solamente con un ojo.
Alberto juró por su hijo. No hay antecedentes en la historia política de semejante planteo. Dijo que no conocía al empresario taiwanés que se quedó hasta las 2.58 horas de la mañana en Olivos y que en los días siguientes, fue beneficiado con negocios con el gobierno.
Alberto sembró sospechas sobre un amigo muerto. Dijo que no podía saber si Mario Meoni, como ministro de Trasporte, recibió al novio de una amiga de Fabiola que él conocía solamente como “El Chino”.
Alberto quiso engañar a todos los argentinos cuando, frente a las cámaras dijo que solo hubo reuniones de trabajo en Olivos.
Alberto le hizo decir a algunos periodistas que la primera foto era falsa. Utilizó el mecanismo del off the record para darle pescado podrido a cronistas, por lo menos ingenuos.
Alberto no pidió perdón ni disculpas. Esas palabras no estuvieron en su tono falsamente compungido cuando no tuvo más remedio que reconocer lo que había ocurrido. Encima, dijo que fue un brindis. Otra mentira. Ningún brindis dura 5 horas. Por momentos da la sensación que Alberto se siente tan impune, tan por arriba de los mortales, que no sabe ni mentir. No sabe hacer bien ni el mal.
Alberto “entregó a su compañera en la primera de cambio, con el solo objetivo de salvar el pellejo”. Esta acusación gravísima fue realizada por escrito, por Sergio Berni, un soldado de Cristina. Fue porque el presidente dijo que su “querida Fabiola” había organizado su fiestita de cumpleaños.
Pero no fue el único que disparó fuego amigo. Víctor Humo Morales, el relator del relato, dijo que “esta vez la oposición tenía razón”. Hebe de Bonafini, otra dirigente talibán de Cristina dijo que le pareció “repugnante lo que hizo el presidente. No es un error, se burló de nosotros. La gente está muy enojada”.
Luis D’Elía, furioso, se quejó porque no pudo velar a su madre. Nadie podrá decir que estos personajes son antikirchneristas.
Aníbal Fernández salió a defender a Alberto y lo tiró debajo de un camión. Su violento lenguaje fue terriblemente machirulo y troglodita. Frente a la opción de que Alberto se haya enterado del festejo en el momento de soplar las velitas, se preguntó que tendría que haber hecho Alberto: “¿cagarla a palos o pegarle dos piñas?
Aníbal es reincidente en este tipo de comentarios perversos. Ha sido feroz al calificar a Graciela Ocaña como “bestia, alcornoque, inútil” y en su momento dijo que le confiaría sus hijos a Barreda, quien asesinó a su esposa, suegra y dos hijas.
Horacio Verbitsky y Antonio Fernández Llorente, empleados mediáticos del cristinismo extremo, pusieron su lupa examinadora en la mensajera y no en el mensaje y encima, se metieron en su vida privada. Lo que Guadalupe Vázquez, de LN + denunció con valentía y capacidad periodística, confirmó la primera foto exhibida por Eduardo Feinman en la misma pantalla. Ambas pruebas fueron la manera de demostrar el ocultamiento tramposo de Alberto. El ex jefe de inteligencia de Montoneros, actual espía informal de Cristina, y vacunado vip, abandonó su participación en el periodismo profesional con una nota atada con alambres, sin fuentes, e intentando desprestigiar a la periodista con la bajeza de “botonear” sus afectos privados.
Por el mismo camino vigilante y al servicio de sus patrones K, Antonio Fernández Llorente apuntó contra la vida personal de Guadalupe.
Apelaron el peor de los mecanismos de los autoritarismos: quisieron ensuciar a la periodista para quitarle gravedad a su denuncia profesional.
Está claro que Alberto Fernández perdió el juicio, la credibilidad y será la justicia la que le aplique la condena correspondiente por violar el decreto que el mismo había firmado. Amenazó a los argentinos con aplicarles todo el peso de la ley. ¿Se acuerda?
Habló de los idiotas, y prometió que la Argentina de los vivos que se zarpan y pasan sobre los bobos, se terminó… si lo entienden por las buenas, me encanta, si no, me ha dato el poder para que lo entiendan por las malas”.
Surgen varias preguntas después de que el periodista que firma “gonziver” en Twitter, Eduardo Feinmann y Guadalupe Vázquez, le hayan sacado la careta al presidente. ¿De que lado está Alberto? ¿De los Vivos o de los bobos? Alberto también debe decidir que si no entiende por las buenas, el daño que hizo y se hizo, va a tener que entenderlo por las malas y dar explicaciones en los tribunales y bancarse el castigo.
Basta de impunidad para las mentiras, la cobardía y la degradación de Alberto. En estos temas y en la gestión del gobierno, ante la mayoría de la gente, el presidente, perdió el juicio.

Leloir, lo mejor de la UBA – 13 de agosto 2021

La legendaria Universidad de Buenos
Aires cumplió 200 años de orgullo para los argentinos. Con sus aciertos y errores, es el centro de enseñanza más importante del país y se caracteriza por su masividad, pluralismo, gratuidad y excelencia académica. Hoy tiene más de 320 mil alumnos, 103 carreras y cerca de 1.800 equipos de investigación. Pasaron por sus aulas 16 presidentes y nuestros cinco premios Nóbel, número que supera a todas las universidades de Iberoamérica. La casualidad histórica hizo que el actual jefe de estado Alberto Fernández haya sido el encargado de cerrar con su discurso las celebraciones. Era una obviedad de protocolo. Y creo que Fernández no representa para nada lo mejor que pueden dar esos claustros igualitarios. Todo lo contrario. Y mucho más si tenemos en cuenta, el momento triste que hoy está atravesando el primer mandatario. Está rodeado de mentiras, de violaciones a sus propios decretos de aislamiento obligatorio y es el responsable de la brutal hecatombe económica y del fracaso sanitario que nos conduce al horroroso panorama de 110 mil muertos.
Pero no me quiero quedar con este sabor amargo. Una noticia tan luminosa como los 200 años de la UBA no puede ser oscurecida por el peor presidente de la historia democrática. Por eso me tomé el atrevimiento de elegir mi propio representante de este bicentenario de la democrática fábrica de profesionales y del mérito.
De todos los egresados de ese templo de la sabiduría y el progreso me quedo con el doctor Luis Federico Leloir. Muy lejos de la corrupción que nos envenena. Muy lejos del autoritarismo que nos asfixia.
Luis Federico Leloir nos reconcilia con el orgullo de ser argentino. Es el mejor espejo en donde deberíamos mirarnos como sociedad. Para confirmar que no todo está perdido. Pase y vea.
El doctor Luis Federico Leloir recibió el Premio Nobel de Química. Estamos hablando de un hombre íntegro, que es mucho más que alguien honesto. Leloir era íntegramente integro. Con gente como él y su recuerdo deberíamos integrar una especie de seleccionado nacional que nos sirva como ejemplo para construir un país cada día más íntegro, con ciudadanos íntegros que arrojen como consecuencia inevitable, gobiernos íntegros.
Con perdón por el abuso del juego de palabras le digo que ser íntegros es ser virtuosos, decentes y honrados. Pero además es alguien que tiene actitudes irreprochables, una rectitud casi religiosa, una ética a prueba de todo.
Asi fueron el doctor Arturo Illia, el querido René Favaloro y, entre otros Luis Federico Leloir.
Hace más de 50 años, Leloir estaba en la sala de conciertos de Estocolmo y el rey de Suecia le entregaba el galardón con más prestigio del mundo.
De entrada, permítame que le cuente una anécdota que siempre cuento sobre mi admirado Leloir. Creo que lo pinta de cuerpo entero. Lo pinta como lo que fue: un hombre íntegro.
Escuche, por favor. Le va a levantar el ánimo frente a tanta podredumbre que robó a cuatro manos los dineros públicos.
Escuche, lo que ocurrió con este patriota que ojalá nos sirviera de molde para fabricar las nuevas generaciones.
Un día, una señora muy aseñorada, una médica con la nariz excesivamente hacia arriba, entró al laboratorio y vio a un hombre de guardapolvo gris tirado en el suelo, pintando unas maderas. Creyó que se trataba de un ordenanza y le pidió con cierto aire de altanería que por favor le anunciara al doctor Leloir que había llegado la doctora fulana de tal.
– Mucho gusto, doctora. Yo soy Leloir, encantado. ¿En qué puedo servirle?, le dijo mientras se incorporaba aquel hombre de guardapolvo gris, manos limpias, corazón solidario y cerebro privilegiado.
Era tanta la generosidad y la falta de egoísmo de Leloir que durante mucho tiempo después de su muerte, en el Instituto que lleva su nombre, siguieron descubriendo becas o suscripciones a revistas científicas que él había pagado de su bolsillo sin decirle nada a nadie.
Leloir donó sus sueldos y todos sus premios. Repartió el Premio Nobel, lo compartió como el pan con sus compañeros. La mitad para seguir investigando en el instituto y el resto entre sus colaboradores. Nunca buscó la fortuna ni la gloria fácil. Fue un ejemplo de superación y sacrificio, de búsqueda de la excelencia. Jamás le interesó ser un figuretti ni ostentar nada. Fue una suerte de sumo sacerdote de la ciencia y de la ética pero que tenía una capacidad de comunicación con la gente y un sentido del humor maravilloso. Entendía la ciencia como un instrumento muy valioso para la transformación y el crecimiento social. No como un artículo de lujo o como una medalla frívola para colgarse en el pecho.
Leloir nació francés pero creció y vivió argentino. Fue parido en Paris de pura casualidad. Sus padres habían viajado a dar a luz a la ciudad luz porque su madre tuvo que someterse a una compleja intervención quirúrgica. ¿Lo habrá marcado esto para convertirse en médico más adelante? Era el más chico de los nueve hermanos y ya se destacaba en el colegio primario del estado y por eso en un par de años hizo lo que a los demás les llevaba el doble de tiempo. Fue un Nobel discípulo de otro Nobel. De Bernardo Houssay en el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina que él dirigía. Como investigador se perfeccionó en Inglaterra y Estados Unidos y en 1947, comenzó a trabajar en el Instituto de Investigaciones Bioquímicas de la Fundación Campomar donde luego fue nombrado director.
Hoy podría decir el diario no hablaba de ti, porque casi no sale una línea en ningún lado. Fue el tercer argentino en ser honrado con el Nobel. Su descubrimiento de los nucleótidos, azúcares y su papel en la biosíntesis de los hidratos de carbono lo llevaron a esa cumbre mundial.
Voy a intentar ser didáctico y explicarlo en la forma más sencilla posible. Trabajó en el proceso interno por el cual el hígado recibe glucosa y devuelve glucógeno, llamado biosíntesis de polisacáridos. Al año siguiente fue designado presidente honorario del Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas). Leloir siempre se escapó de la notoriedad de las conferencias y los discursos. Tenía la misma humildad de su amigo René Favaloro, con el que trabajó durante años con muchísima afinidad.
Leloir era feroz con su ironía. Varias veces a la hora de agradecer una distinción de las miles que recibió decía: “desearía conseguir un buen laboratorio en lugar de tantos actos y honores”. Una vez frente a una nube de periodistas que lo acosaban por una declaración los paró en seco y les dijo:
– Está bien… voy a hablar. ¿Pero puedo preguntar primero yo? ¿Sí? ¿Cuándo creen ustedes que recuperaré la tranquilidad y la paz que necesito para trabajar?
Si solía disfrutar de la charla con sus compañeros de trabajo a la hora del mate cocido. Para ahorrar, traía frascos de su casa en grandes canastas. Era divertido e insólito en la prolijidad del laboratorio, ver esos frascos de café o mayonesa de todos los tamaños y colores, reciclados como probetas y otros recipientes. Los científicos extranjeros se asombraron cuando vieron que un solvente muy utilizado estuviese almacenado en un frasco de perfume con la etiqueta original de papel y todo que decía: “Flor de Loto”.
Sobre una de las paredes, Leloir tenía pegado un cartel que lo definía todo: “No existen problemas agotados. Solo hay hombres agotados por los problemas”. El facilismo era uno de los enemigos de Leloir. Nada importante se consigue sin esfuerzo y sacrificio. Sangre, sudor y lágrimas para los grandes logros nacionales.
A Don Luis Federico Leloir o al doctor Leloir es alguien que los argentinos tenemos recordar siempre. Sobre todo en estos tiempos de cólera donde dudamos de nuestra integridad y capacidad.
Creo que es alguien para reverenciar. Para arrodillarnos en el altar del conocimiento y la ética. Recuperar su memoria y ponerlo en los pupitres de los chicos y los estudiantes de todas las carreras. Es una humilde idea. Creo que nos puede servir de estímulo a todos. Para ser argentinos íntegros como él. Solamente con estos cimientos vamos a poder construir el país de nuestros sueños para nuestros hijos. Un país donde haya cada vez menos inmorales como sobran en este gobierno y cada vez más patriotas como Luis Federico Leloir. No parece tan complicado. Debería ser nuestra epopeya colectiva.