Las mentiras de Cristina – 18 de septiembre 2017

Hace muchos años que conozco a Cristina. Ya le dije que soy el periodista que más veces la entrevistó cuando era diputada y senadora. A esta altura estoy convencido que es una mentirosa serial y compulsiva que tiene la cara de piedra y el estómago de acero. Dice falsedades sin que se le mueva un músculo. El detector de mentiras debería encender todas sus alarmas cuando es capaz de decir, muy suelta de cuerpo:
– No recuerdo eso de que en Argentina había menos pobres que en Alemania.
No es necesario (diría Carlos Menem con quien Cristina compartió 7 veces la boleta electoral). Para que decir esa mentira tan evidente. Ella tranquilamente podría haber dicho: “Bueno, fue una exageración producto del apasionamiento del debate. Un intento de defender al gobierno frente a tantos ataques”. Pero no. Dice que no se acuerda y encima quiere que nosotros lo creamos. De todos modos, el periodismo es un servicio y estamos aquí para ayudarla, reina Cristina. Para refrescar su memoria:
Fue su lenguaraz, Aníbal Fernández el que dijo que había menos pobres que en Alemania y fue usted la que planteó al mundo que en Argentina había menos de un 5% de pobreza. Están los videos y los audios en youtube para el que quiera escucharlo.
¿Ahora se acuerda, doctora? Faltó que dijera que teníamos menos pobres que en la Luna y Júpiter juntos.
Bueno, mejor pasemos a otro tema. No hay peor sordo que el que no quiere oír.
En otro momento acusó al gobierno de Macri de querer desplazar a la procuradora Alejandra Gils Carbó.Y por eso dijo que no había estado de derecho.
Dan ganas de reír si no fuera para llorar. Ya es una costumbre decir que “en la Argentina no hay estado de derecho” Al procurador Esteban Righi, un auténtico camporista de la primera hora, usted lo sacó de un plumazo. No le duró un round. Por defender a un atorrante y delincuente como Amado Boudou, el vicepresidente que usted eligió, tiró por la ventana a Righi que con su silencio permitió una de las mayores humillaciones de su carrera política. Y Alejandra Gils Carbó sigue en su cargo vivita y coleando pese a que es su jefa de operaciones contra el gobierno en la justicia y que el organismo que ella encabeza pagó una coima de 8 millones de pesos en la compra de un edificio. Gils Carbó sigue precisamente, porque hay estado de derecho.
Pero el colmo del maquillaje y la ficción fue cuando hizo puchero y pidió un vaso de agua porque se le quebró la voz cuando se acordó de José López. “Lo odie como pocas veces he odiado”, dijo de alguien que viene siendo la mano derecha de Julio de Vido, el cajero del proyecto kirchnerista desde que empezaron allá en Rio Gallegos.
Lágrimas de cocodrilo o pucherito de pinguina, con el mismo gesto de una actriz quebrada por el dolor que puso en la iglesia de Morón, con la foto de Santiago Maldonado en sus manos.
Pero el colmo de la hipocresía, el cinismo y la manipulación fue cuando aseguró que “no es justo decir que nuestro gobierno fue corrupto. No puede explicar su colosal enriquecimiento ni el de sus amigos, socios, cómplices o testaferros empresarios y es casi imposible encontrar un funcionario decente en su gobierno. Ahora se le descubrieron 5 millones de dólares más en 22 plazos fijos que no había declarado. Esa es la verdad y por eso la justicia, pese a su lentitud, tiene decenas de procesados camino al juicio oral como usted y varios detenidos como Víctor Manzanares, su contadora doctora, Lázaro Báez, Ricardo Jaime, confeso corrupto, José López el que se ganó su odio, el general Cesar Milani, su jefe del ejército preferido y otros personajes menores que integraron la banda delictiva, como el cuñado de De Vido.
Y tal vez lo más provocador de su parte es disfrazarse de corderita patagónica y decir que nada tienen que ver con el asesinato de Alberto Nisman. Fue usted la que ordenó dejar de investigar a Irán, fue usted la que le hizo firmar a Timerman el tenebroso pacto clandestino de impunidad y fue usted la que designó a Sergio Berni que convirtió la escena en un chiquero donde casualmente no se encontró la huella de nadie. Y fue y es usted la principal acusada por el fiscal Nisman de encubrimiento agravado de los terroristas de estado que volaron la AMIA. Y fue usted la que no tuvo ni una palabra de pésame para la familia del muerto.
Para el final dejé la mentira más grosera. Usted dijo que durante su gobierno no hubo persecución y que los medios del estado fueron democráticos.
Bad information, arquitecta egipcia. Su gobierno y el de Néstor fueron los más autoritarios desde el retorno de la democracia. Utilizaron todo el aparato del estado para atacar a periodistas, jueces y políticos que no se arrodillaron ante el altar de su cristinato cleptocrático.
Carpetazos extorsivos de los servicios de inteligencia, inspecciones integrales eternas y extorsivas de la AFIP, afiches para que los chicos escupieran a colegas, un bizarro y musoliniano juicio presuntamente popular en la Plaza de Mayo, apriete a dueños de medios y a empresas anunciantes que produjeron censura y autocensura y escraches y palizas callejeras que lamentablemente sufrí en carne propia. Hasta un abuelito que usted calificó como “amarrete” fue víctima de su rayo láser desde los atriles y las interminables cadenas nacionales.
En otra parte del intercambio de preguntas y mentiras usted justificó estos ataques porque la insultaban groseramente: le decían “Yegua, puta y montonera”.
Usted debería saber, como exitosa abogada que nunca ganó un juicio, que una cosa son las órdenes desde el aparato del estado para agredir y estigmatizar al que piensa distinto y otra, muy distinta, es un cartel o una pintada suelta con insultos de alguien anónimo. Usted fomentó y jamás condenó los latigazos autoritarios que propinaron sus ministros y más fieles seguidores. Fíjese que recién ahora dice una obviedad grande como una casa de que el gobierno de Macri “No es una dictadura”, pese a que su tropa lo canta todo el tiempo y su amiga Hebe de Bonafini lo dice a cada rato. Y encima intenta confundir al asegurar que en este país no rige el estado de derecho y lo compara con la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela.
Esto no se lo van a perdonar ni sus propios seguidores. Ellos aman al chavismo que se cayó de maduro aunque hayan llenado las cárceles de presos políticos y las calles de asesinados a sangre fría por el régimen.
La desafío, doctora, a que encuentre a un solo periodista profesional incluso de los críticos más implacables como es mi caso que la haya dedicado insultos groseros como los que usted dice:
Yo jamás dije, ni diría que usted ni nadie es una yegua, puta y montonera.
Si dije y lo repito que usted el 22 de octubre se juega su libertad ambulatoria y la posibilidad de tener que devolver la fortuna que robaron que hasta ahora aseguraba el futuro de sus hijos y nietos y de toda la descendencia de la dinastía Kirchner.
Si dije y lo repito que usted tenía joyas dignas de una monarca que después de una denuncia de Graciela Ocaña dejó de usar. Collares, anillos, pulseras, oro y más oro que no había declarado y que no se sabe con qué dinero y donde se compró. ¡Qué bueno sería preguntarle sobre eso y tener a mano el video con esas ostentosas joyas para mostrarle en cámara si usted es capaz de decir que no se acuerda en donde escondió ese oro sucio de corrupción.
Si dije y lo repito que usted llevó al peronismo a la peor actuación de su historia con el 34% de los votos. Peor que Aníbal, peor que Herminio.
Si dije, digo y seguiré diciendo que usted ha sido la presidenta más autoritaria, soberbia, dañina y corrupta desde el regreso de la democracia en 1983. Si dije todo eso. Y no me arrepiento. Me siento orgulloso pese a cierto periodista pecho frío que me critica por no ser moderado. Si todos hubiéramos sido moderados, hoy gobernaría el chavismo cristinista, reinaría la censura y la moderación se la tendrían que meter en el bolsillo.

El castigo de las inundaciones – 15 de septiembre 2017

La destrucción y la desolación, te estremece. El alma se estruja porque la catástrofe es brutal. Los números son increíbles. Diez millones de hectáreas están afectadas por las malditas inundaciones. ¿Escuchó bien? Diez millones de hectáreas del área productiva de la Argentina están padeciendo el agua que cayó en cataratas. Es un drama que parece que no termina nunca, sobre todo en la provincia de Buenos Aires y La Pampa, pero también en Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y varias localidades de Corrientes o Misiones.
Estamos hablando de una pérdida de más de 1.100 millones de dólares. ¿Escuchó bien? Una pérdida de más de 1.100 millones de dólares.
Parece un castigo bíblico. Los que vivimos en la Capital nos quejamos de la lluvia pero hay una especie de diluvio universal que está castigando ferozmente a pueblitos maravillosos de la Argentina. Los que más están padeciendo viven en Bolívar, Daireaux, Carlos Casares, General Villegas.
Miles de compatriotas del interior profundo están sufriendo esta calamidad.
En el norte de La Pampa, en Arata o Embajador Martini. Hace poco fuimos con Diego a Arias en Córdoba. Parece una isla. Está absolutamente rodeada de agua y hay una ruta angosta que te lleva al casco urbano como si estuvieras cruzando por un puente. Encima colapsó el muro de contención y hay casas que tienen el agua a 20 metros.
En Henderson el paisaje es macabro. El agua tiene olas como si fuera el mar, hay peces y patos y al medio, estoica una tranquera de lo que alguna vez fue la entrada a un campo. Al costado, tres vacas, están muertas, con el vientre hinchado y las patas hacia el cielo. Son cadáveres de una Argentina rural que trabaja con esfuerzo y sacrificio de sol a sol pero que todo el tiempo tiene que estar en el combate. Alguna vez fue contra autoridades kirchneristas que los despreciaban y los condenaban al olvido y ahora contra la naturaleza que no tiene obras de infraestructura para ponerle límites porque en muchos casos se robaron la plata para esas obras de infraestructura.
Los chacareros putean pero siguen firme en el surco. Es una catástrofe productiva, medioambiental y social, por supuesto. Miles y miles de personas viven de la soja, el trigo, el maíz, el girasol o la hacienda. La Pampa húmeda se desbordó de humedad. Las tierras colapsaron y se empacharon de agua.
En la ruta 74, entre General Madariaga y Las Armas, hay vacas con el agua hasta el cuello. Y no saben nadar. Con esa mirada tan mansa de los vacunos se resignan a morir al lado de los terneritos que te parten el alma.
Las imágenes satelitales muestran que este desastre arranca desde la desembocadura del río Salado en la Bahía de Samborombón y llega hasta La Pampa y Córdoba. Es un océano criminal que apuñala la tierra mansa por la espalda. Los tractores se hunden en los malos caminos que ahora parecen pantanos. La maquinaria agrícola de última generación y con alta tecnología parecen platos voladores en medio de la parálisis que les produce el agua.
No hay rutas, no hay caminos, no hay puentes, no hay obras para mitigar las inundaciones. Otra herencia maldita de la década robada. Ahora dicen el Plan Maestro del Río Salado va a llevar cuatro años de construcción.
Los canales, los ríos, las lagunas no aguantan. La potencia demoledora del agua cuando sube trae desocupación, miseria y desesperación.
El único sol que calienta por dentro y por fuera es la solidaridad de la gente con la gente. Todos convertidos en uno para salvar a sus pueblos. Con el agua hasta las rodillas, pala en mano, llenando bolsas de arena, conteniendo las lágrimas, protegiendo a los chicos y a los viejos. Todos se convierten en héroes mientras esperan la ayuda del estado que tarda porque no da abasto.
Las manos callosas de Rodrigo demuestran que es un hombre que trabajó toda su vida. Es mozo de un bar pero también hace changas como pintor de obra para llevar un pesito más a esa casa que ahora está bajo el agua. Es una postal horrorosa que se repite en demasiados lugares. El hombre está rodeado de fotos familiares que flotan antes de ahogarse para siempre. Una heladera inútil que naufraga, una chancleta y un canasto que se desliza en el agua sucia y maldita. Por lo que antes eran calles y ahora son ríos inmundos, transitan canoas y gomones. Rodrigo está desolado en medio de la desolación. Es una pesadilla que se extiende en diez millones de hectáreas. Todos aúllan de dolor cuando se ve morir a los terneritos recién nacidos, ahogados en 80 centímetros de agua que hay en algunos campos. Ni que hablar de las vacas que se hinchan casi hasta reventar. O el horror de los ranchitos que están en las riberas donde los que no tienen nada, pierden hasta la esperanza.
El agua sube sin preguntar/ si soy el Pedro, si soy el Juan/ Y todos dicen que hay que cuidar/ al inundado que se inundó/ pero se acuerdan que los parió/ cuando el agua ya los tapó. La sabiduría que canta Piero lo dice todo. El agua iguala para abajo en la desgracia. No pregunta condición social ni ideología Pero está claro que el hilo se corta por lo más delgado y que los mas pobres sufren mas porque tienen muchos menos recursos para defenderse. Muchas veces el agua no tapa, destapa las miserias, las carencias y la injusticia. Es que nada es igual. La inundación hace colapsar el sentido común. Todo se da vuelta. Es incomprensible el bombardeo de la naturaleza. Ataca a traición y produce crímenes que desgarran el corazón. ¿Se dio cuenta que todo desaparece de la faz de la tierra? ¿Qué todo se hace agua? Que las esperanzas y los sueños se ahogan. Que con putear no alcanza. Que la inundación tapa todo y se lleva todo el esfuerzo de años. La pérdida más grande es la desilusión. El volver a empezar. Carajear la mala suerte, y después de bajar los brazos, levantarse para pelear de nuevo. Nadie puede creer la cantidad de lluvia que cayó. Y la velocidad con que suben las napas en algunos lugares.Tenía dimensiones bíblicas. Faltaba el Arca de Noé. Muchos compatriotas perdieron el esfuerzo de toda su vida.
Ese líquido que liquida se mete por todos lados y destruye lo que encuentra a su paso. Sobre todo la
alegría del progreso. La esperanza del futuro. Hace estragos en los caminos. Los alimentos y los medicamentos muchas veces no llegan. Obliga a suspender las clases en las escuelas. Dinamita la producción. Es un golpe bajo a los mas pobres de los pobres. Es una obra maestra del terror. Es agua, pero parece una maldición.En todos lados necesitan obras de infraestructura hídrica. Son años de atraso y de robar o malgastar la plata. Para eso, entre otras cosas, los inundados de hoy pagan los impuestos con tanto esfuerzo. Piden contención, auxilio, eficiencia y presencia del estado ante semejante tsunami. Que nuestros representantes nos representen. Para que cada uno ponga su granito de arena y podamos construir un futuro distinto para nuestros hijos. Para que la democracia que es nuestra casa
común, no se inunde más con incapaces, hipócritas o corruptos. En síntesis, para que las aguas no bajen turbias. Y gobierne la transparencia. Para que no se acuerden /que los parió/ cuando el agua ya los tapó.

El periodismo de la década – 14 de septiembre 2017

Confieso que estuve lento de reacción.
La ficha tardó demasiado en caerme. El vértigo informativo y la locura de hacer radio y televisión en vivo del día martes me aceleró tanto que puse el eje en honrar mis compromisos y no en disfrutar de los premios Konex. Con Diego entramos y salimos de la imponente Facultad de Derecho a mil por hora. Casi no tuvimos tiempo de saludar a tanta gente querida que había entre los colegas. Pero a la noche, en los camarines de TN, después del fernet y el cuídate changuito, nos dimos un abrazo profundo. Un abrazo más sereno y menos eufórico que el de un gol de Palermo. O de Benedetto. Casi no hubo palabras. Es que estaba todo dicho. Teníamos mucho, pero mucho que celebrar. Por primera vez el mismo día un padre y un hijo recibieron (recibimos) el diploma al mérito que se entrega cada diez años en Konex de “Comunicación y periodismo”. Eso sólo ya vale la pena y el mejor de los abrazos. Los Konex que generó Luis Ovsejevich son los premios de mayor prestigio por su independencia y su pluralismo. Se cometen algunas arbitrariedades, como en todos los premios que son básicamente subjetividades, pero todo el mundo los valora y los respeta. Yo recibí mi diploma por segunda vez. En el 2007 fui distinguido en el rubro “Análisis político audiovisual” y ahora en la categoría “Televisión”. Eso me da una gran satisfacción. Habla de 20 años de carrera. Pero la máxima felicidad, lo que siento como una bendición de la vida es que mi hijo Diego, todavía con 27 años recibió su diploma en el rubro “Revelación”. Si me permite me pongo otro babero. Es por cuatro años, el más joven de las 105 “mejores figuras de la década” como dice el programa que nos dieron cuando entramos.
Siempre pienso que algo bueno debo haber hecho en la vida para que me haya tocado semejante premio. Para mí siempre será un changuito, un chanchito volador como le cantaba a la hora de dormirlo en su cuna. Y hasta que me muera, yo seré su “viejo” como me dice ahora, pero también su “Papupa” como me llama a veces, cuando se le escapa, en la intimidad y logra que yo me derrita de amor paternal.
En el público aplaudían a rabiar su madre, Silvana y su novia Daniela. Yo lo miraba emocionado por la alegría con que lo recibió en el escenario Magdalena Ruiz Guiñazú, la presidenta del Gran Jurado y la “Pachamama” de nuestro maravilloso oficio. Estábamos rodeados por compañeros premiados de esta radio como su director, Jorge Porta o las naves insignias y/o locomotoras de la mañana como Marcelo Longobardi y Jorge Lanata (aunque en realidad estuvo Bárbara, su changuita) y de dos genios que son amigazos nuestros como Jorge Fernández Díaz y Nicolás Wiñazki, claramente dos de los mejores periodistas argentinos.
Encima, entre los premiados estaba mi hermano mayor de la radio: Fernando Bravo. De él traté de aprender todo aunque no haya aprendido nada.
Con tantos años de periodismo, casi 40 si cuento mis inicios en Córdoba, había muchos viejos compañeros de redacciones, de otras radios, de la tele. Tengo un afecto muy especial por los periodistas. Los conozco como si los hubiera parido. Y sé que es la forma más divertida de ser pobre pero es mejor que trabajar. No, era una broma. Este trabajo que tanto amo es adictivo y es la gran posibilidad de colocarse como fiscal del poder (de todos los poderes) y de ser abogado del hombre común (de todos los hombres comunes). No siempre está bien pago. Nunca tiene horarios. Se es periodistas todo el tiempo y toda la vida. La curiosidad, las ganas de conocer y dar a conocer la verdad son un motor muy potente. No te deja parar un minuto. Es una pasión irrefrenable que produce stress, agotamiento pero una gran felicidad.
Pero también es cierto que el periodismo profesional atravesó el momento de mayor autoritarismo y censura desde que retornó la democracia en 1983. Los Kirchner siempre odiaron al periodismo. Solo les gustan los chupamedias o los que no hacen preguntas comprometidas. Una vez Cristina dijo que el periodista que ella quería era Robertito de C5N, porque “era elegante, un divino total, te hace sentir bien, feliz, alegre”.
Todo bien con Roberto. No me cae mal. Pero está más cerca del entretenimiento que del periodismo. Nuestro trabajo debe incomodar a los cómodos y acomodar a los incómodos, como dice el Talmud. Tenemos que ser la piedra en el zapato. Si no somos la mirada crítica, nos convertimos en propagandistas que es una profesión muy digna pero que no es periodismo. Los periodistas además, tenemos que ser los firmes custodios de nuestro principal insumo que no es la noticia: es la libertad. Me gusta decir que con libertad es posible practicar un periodismo bueno, malo o regular, pero sin libertad solo es posible la propaganda.
Y tampoco me olvido que la defensa de esa libertad, durante el kirchnerismo, hubo que ejercerla con los dientes apretados. Con todo el aparato del estado, Néstor y Cristina se dedicaron a atacar al periodismo independiente. Repartían chequeras para los sumisos y látigo para los rebeldes. Pautas publicitarias por millones para empresarios adictos y periodistas militantes y castigo para los que no se arrodillaron ante el altar del gobierno más corrupto de la democracia.
Utilizaron los servicios de inteligencia, la AFIP, la televisión y la radio pública, los atriles y las decenas de cadenas nacionales para estigmatizar e injuriar a los medios y a los periodistas que no se rindieron. Fueron implacables. Feroces. Fomentaron los escraches de todo tipo. Chicos empujados a escupir fotos de periodistas frente a la Casa Rosada. Juicio popular ridículo y caricaturezco, también en la Plaza de Mayo. Personalmente me tuve que bancar las peores bajezas. Trescientos tipos con capuchas y palos en la puerta de la radio cantando “Que suene el bombo/ que suene el tamboril/ que Fernando Bravo y Alfredo Leuco/ se tienen que morir”. Vandaliaron el edificio con aerosol con consignas amenazantes y violentas. Tuvimos que salir custodiados por la policía. Como si fuéramos delincuentes y yo jamás tuve ni siquiera un cheque devuelto por falta de fondos. Después 4 salvajes vestidos de negro y en dos motos me dieron una paliza terrible y me robaron mi mochila con mi computadora y los archivos de toda mi vida. Luego se comprobó que un auto que estaba en la esquina les dio la orden. La zona estaba liberada porque solo ese día no estaban los dos policías que custodiaban el “Café Tortoni” y esto ocurrió a 5 metros de ese lugar. Ni un peso de publicidad oficial fue la constante. Pero además apretaron a los empresarios privados y los amenazaron. Si ponían publicidad en lo de Leuco los iban a reventar. Todavía recuerdo cuando Cristina sacó 12 millones de votos y yo estuve a punto de abandonar mi programa de cable porque perdíamos plata todos los meses. Ni hablar de los despreciables payasos de 678 castigando con mentiras todos los días desde los medios estatales que pagamos todos los argentinos. Los insultos en la calle. Las provocaciones. El silencio de los funcionarios que no respondían preguntas ni daban conferencias de prensa. Solo chupamedias y aplaudidores que fingían ser periodistas y cobraban tres o cuatro sueldos que pagaba el pueblo.
Por eso el premio Konex en esta década tuvo un sabor especial. Porque fue la década maldita para el periodismo. La década censurada. Por orden de Néstor Kirchner, Julio de Vido hizo levantar el programa que hacíamos con buen rating con Marcelo Longobardi llamado “Fuego Cruzado”. Claro, nos metimos con los fondos de Santa Cruz y la corrupción K. Muy pocos hablaban de esos temas en esos tiempos de cólera.
Pero este premio tiene un sabor especial, sobre todo porque lo recibí con mi hijo. Diego en el libro que escribimos juntos contó (para mi total sorpresa) que entre otras cosas se hizo periodista para que los K supieran que ahora había dos Leuco, espalda contra espalda. Dice que me quiso regalar la eternidad de nuestro vínculo, de un padre y un hijo que se quieren hasta el infinito. Me hizo llorar como pocas veces. De felicidad y emoción. ¿Qué más le puedo pedir a este oficio maravilloso? ¿Qué más le puedo pedir a la vida?