El rock se llama Charly – 13 de julio 2018

Con todo el drama y el horror que generó Pity Alvarez con su asesinato, parece mentira que hoy se celebre el Día Mundial del Rock. Se recuerda porque en 1985, se hizo el primer festival Live AID, en solidaridad por la emergencia humanitaria que se vivía la población de Etiopía ante la falta de agua potable y alimentos.
El show fue considerado uno de los sucesos de ayuda humanitaria más exitosos de todos los tiempos y contó con la presencia de varias leyendas del rock como The Who, Led Zeppelin, Queen, Sting, Duran Duran, U2, Paul McCartney, Phil Collins y Eric Clapton. También asistieron The Rolling Stones, Tina Turner, David Bowie, Madonna, entre muchos más. El acontecimiento fue transmitido en 72 países para una audiencia de más de mil 500 millones de espectadores en directo por televisión.
Para nosotros, los argentinos, el rock nacional tiene muchos padres pero para mí, con todo respeto por los demás, hay una figura que brilla por encima de todas: Charly García.
El gladiador del bigote bicolor diseminó toda su magia sobre la cabeza de tres generaciones que idolatran a García como uno de los más grandes artistas argentinos de todos los tiempos.
Hoy la banda la comanda ese genio fiel llamado Fabián Von Quintiero (a) “El Zorrito” y está Rosario Ortega como ángel de la guarda y protector de la voz del flaco Charly que a veces flaquea. Es todo un símbolo que Rosario ocupe ese lugar. Su padre, Palito, fue el que le tiró un salvavidas de afecto y contención cuando Charly estaba a punto de ahogarse en sí mismo.
Todos quieren cantar los himnos nacionales que parió Charly, esta leyenda viva y padre fundador del rock nacional.
Queremos tanto a Charly. Es cofundador cultural del argentino promedio contemporáneo. Es el responsable de gran parte de lo que somos. De lo mejor de nosotros. De nuestras ilusiones.
No me gusta engañarme a mí mismo. Sé que el Charly de hoy no es el mismo. Que esa cocaína de mierda le fue asesinando neuronas de su cerebro mágico. Que dio una gran lucha por sobrevivir acompañado de Palito Ortega y que pudo lograrlo. Charly está vivo y entre nosotros. Aunque su genialidad aparezca menos o en forma más lenta. Aunque nos provoque alguna hija de la lágrima.
Charly, en realidad Carlos Alberto García Moreno nació acá nomas, en Caballito. Tiene oído absoluto para todo. Se horrorizó cuando la dictadura instaló el terrorismo de estado y fusiló la libertad y a miles de compatriotas. Charly, con una lucidez inigualable, denunció con su melodía que los amigos del barrio pueden desaparecer.
Es el compositor más sui generis que hemos tenido y tenemos. De vez en cuando se asoma a los abismos y tararea la canción para su muerte. Es que nunca aprendió a ser formal y cortes, cortándose el pelo una vez por mes. Charly está zafando como puede.
A veces medio hinchado, otras con la lengua un poco pesada pero mantiene sus rayos de creatividad que dispara de vez en cuando. Hay que estar atentos porque todavía suele pintar mamarrachos pop de colores en las paredes y sus uñas de rojo furioso. Say no more, le dice a sus amigos que lo cuidan y lo quieren. Hay que perdonarle casi todo como perdonamos nuestras propias miserias.
Charly tuvo el coraje de hacer pájaros en su máquina y de confesar como conseguir chicas y de escribir que ayer soñó con los hambrientos, los locos, los que se fueron, los que están en prisión.
Hoy desperté cantando esta canción que fue escrita hace tiempo atrás… y es necesario cantar una vez más. Es nuestro inconsciente colectivo.
Charly es un producto bien argentino. Habla de lo que fuimos y de lo que somos. De nuestra historia y nuestra realidad. Hay tres generaciones que se formaron, que bailaron y hasta que se aparearon con sus temas. Tiene una sensibilidad especial. Siempre está a punto de caerse y no se cae. Una vez su madre postiza, la Negra Sosa, en un reportaje me dijo, Charly tiene las patitas como alambres y siempre parece que se está por morir. Pero tiene una salud de hierro. Yo que me cuido me voy a morir antes. Ya vas a ver. Y Mercedes tuvo razón.
Charly no se murió a dios gracias. No abandonó. Sigue corriendo como puede la carrera de la vida aunque hubo momentos que su cuerpito flameaba al viento y con apenas 50 kilos. Pero sus teclados levantan vuelo cada vez que los acaricia.
Charly es un muchacho de barrio que se convirtió en una estrella y nos estrelló frente a una nueva estética. Es un creador nato con esos raros peinados nuevos.
Siempre está cerca de la revolución porque él fue y es una revolución de la poesía y la melodía. A Charly lo llevamos puesto en nuestra materia gris. Sacamos de la galera una frase, una figura literaria, no quiero exagerar ni pretendo que le den el premio Nóbel pero es una suerte de Bob Dylan nuestro, menos politizado. Aunque es un símbolo de paz, de energía rockera que demuele hoteles y hace promesas sobre el bidet. Compuso más de 800 temas, varias obras de arte y pocas basuras. Es un Dios imperfecto de los escenarios. Un tipo capaz de tirarse a la pileta desde pisos muy altos y bajarse los pantalones para provocar como el buen francotirador que es. Sacude conciencias, rechaza lo establecido, provoca todo el tiempo a los políticamente correctos y eso nos ayuda a madurar y a abrir caminos y cerebros dogmáticos.
Charly tiene 66 años y una actitud transgresora de 20. Sin embargo es un clásico. ¿Alguien duda que está en el altar de nuestros músicos definitivos como Atahualpa, Piazzola, o Mercedes entre otros?
Charly no se miente ni nos miente. Por eso lo quiero tanto. Charly es un sentimiento. Y una gigantesca ola de talento.
Grabó 42 discos y siempre con su altura de 1, 94 metros. A los 2 años se enfermó de vitíligo y los problemas de pigmentación de la piel se quedaron a vivir en su bigote. Una vez dijo que todo pasó por los ataques de nervios que tuvo cuando sus padres se fueron de viaje a Europa y lo dejaron al cuidado de las institutrices. “Tenía 2 años y 32 mucamas”, dijo Charly. En el Instituto Social Militar “Dámaso Centeno” de Caballito estudiaba más a Jimi Hendrix que a San Martín y en el secundario conoció a Nito Mestre y le cambió la vida y nos cambió la vida con Sui Géneris.
En la dictadura le prohibieron dos temas: “Botas locas” y “Juan represión” La censura llegó hasta Montevideo donde también surgían los dictadores y fue preso. Varias veces lo llevaron a las comisarías. Una vez en Mendoza, le golpearon la puerta de la habitación al grito de “Abra, soy policía”. García abrió y le dijo: “Y que culpa tengo yo de que usted no haya estudiado”. Hizo escándalos de todo tipo. Rompió guitarras, rompió las reglas, rompió todo. A Galtieri le cantó casi como un ruego que “No bombardeen Buenos Aires” por la guerra de Malvinas. Y cuando los dictadores de Videla marchaban hacia el poder, el Luna Park se llenó de jóvenes rebeldes de pelo largo que fueron a decirle “Adios a Sui Géneris”. Cantaron canción para mi muerte y fue toda una premonición. A los 5 años ya tocaba a Bach y Mozart en el Conservatorio. A los 12 se había convertido en profesor de “Teoría y Solfeo”. Ganó un Grammy a la excelencia musical y bien merecido estuvo.
Charly no es muy creyente que digamos. Escribió parte de la religión. Y por eso me permito decirle como si fuera el Papa, nuestro sumo pontífice del rock: Charly, rezo por vos. En el día mundial del rock. En el día del derrumbe de Pity. Charly rezo por vos. Para que no te vayas nunca.

El nacimiento de Yrigoyen – 12 de julio 2018

La llegada de Don Hipólito Yrigoyen a la presidencia de la Nación fue parida por la democracia naciente. Fue una luz de esperanza producto del voto secreto, obligatorio y universal masculino que instaló la ley Sáenz Peña.
Hoy es un aniversario del nacimiento de Yrigoyen. Vale la pena rescatarlo un rato de la historia para poder digerir tanto político corrupto, golpista y autoritario. Para encontrar un maravilloso espejo en dónde mirarnos.
La caída de Yrigoyen, un 6 de setiembre de 1930 fue producto de un golpe fascista del general José Félix Uriburu y se convirtió en la matriz de todos los derrocamientos de presidentes constitucionales que envenenaron nuestra historia republicana.
Como suele ocurrir, Don Hipólito había cometido errores y la situación económica y social era complicada. Pero los militares lo voltearon por sus aciertos y no por sus fallas. Ese acto subversivo instaló la idea nefasta de que los uniformados eran los salvadores de la patria o que en los cuarteles estaban los bomberos que apagaban los incendios políticos. Así nos fue. Ese péndulo entre democracia y dictadura nos metió en el atraso y el subdesarrollo.
Aquella terrible inestabilidad se cortó para siempre cuando otro radical, heredero de Yrigoyen y Alem llegaba al gobierno en 1983. Se llamaba Raúl Alfonsín y tuvo que derrotar por primera vez en las urnas al peronismo en una elección libre para convertirse en el padre refundador de la democracia que con sus luces y sombras ya lleva 35 años y se quedará a vivir para siempre entre nosotros.
Una obviedad: la peor de las democracias es mejor que la mejor de las dictaduras. Solo con más y mejor libertad, igualdad y democracia se pueden solucionar los problemas más graves que tenemos como país.
Pero nunca hay que olvidar lo que pasó para evitar que se repita. Uriburu fue la génesis de los Ramirez, Lonardi, Poggi, Onganía y los Videla, entre otros dinosaurios.
A Don Hipólito se la tenían jurada. No soportaban su condición de hombre del pueblo. Le decían “El Peludo”, despectivamente y exageraban las limitaciones que sus 78 años le imponían a su cuerpo y a su mente. La ultraderechista Liga Patriótica pegaba afiches que decían: “La renuncia o la guerra necesaria”. Todos chupamedias ideológicos de Hitler, Mussolini y Primo de Rivera.
En 1928 Hipólito Yrigoyen ganó su segundo mandato con 838 mil votos, casi el doble de lo que sacaron los del radicalismo antipersonalista, la fórmula Leopoldo Melo y Vicente Gallo que había juntado además a los conservadores y los socialistas independientes.
El diario “Crítica” que en ese momento apoyaba al gobierno, escribió que “ningún prestigio del pasado o del presente puede equipararse a su prestigio. Correligionarios que jamás lo han visto creen en sus virtudes como el creyente en Dios”.
Apenas 600 cadetes y 900 soldados y la ayuda sicológica de 20 biplanos volando sobre la Plaza de Mayo, cometieron el crimen institucional. Bombardeaban afiches contra don Hipólito. Fue muy pobre el levantamiento contra la Constitución pero la resistencia, hay que decirlo, fue casi inexistente. Unos francotiradores en la esquina de El Molino frente al Congreso y no mucho más.
Uriburu entró a la Casa Rosada con el manifiesto golpista redactado por Leopoldo Lugones en un bolsillo y con el capitán Juan Domingo Perón subido al estribo de su auto. Don Hipólito que ya estaba enfermo, terminó de enfermarse cuando vio que un grupo cargado de odio saqueó su humilde casa de la calle Brasil. Lo encarcelaron en una nave de guerra pese a su edad y lo confinaron en la Isla Martín García.
Aquel día Crítica vendió 483 mil ejemplares y al poco tiempo fue clausurado y Natalio Botana encarcelado junto a 33 redactores. Ese día empezó nuestra decadencia. Se decretó la ley marcial y hubo varios fusilamientos y torturados. Irracionales detuvieron a dos próceres: el general Mosconi y don Amadeo Sabattini. El hijo de Lugones organizó la Gestapo argentina e inventó la picana eléctrica con la que durante los 70 fue sometida a apremios ilegales su propia hija, Piri Lugones.
En 1953, Perón reconoció su error. Y elogió la figura de Yrigoyen como un líder nacional y popular contra la oligarquía.
Don Hipólito hablaba poco pero era muy claro. “Mi programa es la Constitución”, dijo. Apostó a multiplicar la educación pública, las leyes obreras, las cajas jubilatorias, ferrocarriles nuevos y control de los que pertenecían a los británicos, sostuvo la gloriosa reforma del 18 que proclamó la unidad de obreros y estudiantes y definió que “los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan”. Protagonizó un ciclo de crecimiento económico muy difícil de igualar en la historia argentina.
Varias veces tuvo que suspender sus estudios para ayudar en su casa. Trabajó como empleado de una tienda o en la empresa de tranvías.
Hijo de un comerciantes vasco francés, donó su sueldo a la Sociedad de Beneficencia y fue austero hasta el extremo y la contracara de los Kirchner. Yrigoyen fue el creador de YPF. Cristina y sus compañeros de partido, fueron coherentes en las incoherencias, en el ida y vuelta. A favor del estado con Perón, a favor de la privatización con Menem y Parrillitudo y otra vez la estatización irracional y sospechosa de YPF en el 2012. Hoy se sabe que Argentina apeló un fallo que compromete al país por este tema, que Elisa Carrió pide que se investigue si hubo coimas y que el gobierno apunta a Cristina y Axel Kicillof.
Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen fue el primer presidente electo y reelecto con la ley Sáenz Peña y el primer derrocado por un golpe militar. Se puede decir que con él llegaron al gobierno las clases medias y populares a las que pertenecía pese a que no se puede negar la responsabilidad que tuvo en tres masacres brutales: la semana trágica, La Forestal y la Patagonia rebelde. De hecho nunca las condenó ni las mandó a investigar.
Con su tío Leandro Nicéforo Alem y Aristóbulo del Valle fundó la Unión Cívica. Se recibió de abogado aunque nunca terminó la tesis y jamás ejerció. Fue comisario de Balvanera y docente designado por Domingo Faustino Sarmiento como presidente del Consejo Escolar de su barrio. Un revolucionario que participó en las revueltas de 1874 encabezada por Bartolomé Mitre y también en los tsunamis radicales de 1890 y 1893. Se levantó en armas contra el régimen conservador con una fuerza de 8 mil hombres que financió y condujo. Fue encarcelado y deportado a Montevideo en lo que fue su única salida del país en su vida.
Murió rodeado de su pueblo. Que se pierdan mil gobiernos pero que se salven los principios fue su lema rector. Fue misterioso y de un silencio enigmático. Casi no pronunció ni un solo discurso público. Inoculó en sus correligionarios el amor por la honestidad y las manos limpias y el respeto por la República. Tranquilamente lo podríamos definir como San Hipólito de la Democracia.
Un día como hoy de hace 114 años nacía Don Hipólito. Y hoy su ejemplo nos sigue guiando.

El siniestro de Once y De Vido – 11 de julio 2018

Sin vergüenza y con la cara más dura que una caja fuerte, el reo Julio de Vido declaró por primera vez y desde la cárcel en la causa por el Siniestro de estación Once.
Con una campera roja y canchera, el preso leyó un escrito por video conferencia y no aceptó pregunta como todos los kirchneristas que no pueden explicar lo inexplicable y que dicen que todo es producto de “una persecución política”.
Le recuerdo que el jefe del Cártel de los Pinguinos Millonarios está entre rejas, en Marcos Paz, desde hace ocho meses por desviar sumas millonarias de dinero en el caso turbio de la Mina de carbón de Rio Turbio.
Ahora tuvo que comparecer porque está acusado de estrago culposo agravado de muerte. Seguramente será condenado y la sentencia se conocerá en los primeros días de setiembre. Es el segundo juicio por este drama tan doloroso y comenzó hace 6 meses. Con un estómago a prueba de balas, don Julio le tiró toda la responsabilidad al conductor de la locomotora, Marcos Córdoba porque “omitió apretar los frenos y solo eso llevó a generar el accidente”. Una vez más, el cajero y el ministro de mayor confianza de la familia Kirchner, se mostró como un provocador y humilló a los familiares de las víctimas. Creer que son solo apretar el freno se hubiera evitado el siniestro más siniestro es una mentira grande como la Patagonia. Es mirar para otro lado en la corrupción, la falta de mantenimiento y control que generaron el triángulo de las Bermudas conformado por sindicalistas delincuentes, empresarios ladrones y funcionarios cómplices. No se puede llamar accidente a lo que ocurrió. Yo ni siquiera le llamo tragedia. El accidente es algo imprevisible, evitable. La tragedia algo que cayó del cielo. Pero esto fue obra y responsabilidad de los hombres, un verdadero siniestro criminal en todo el sentido de la palabra siniestro.
De Vido no se privó de tirar debajo del tren también a sus dos colaboradores en el tema ferroviario: Ricardo Jaime, corrupto confeso y Juan Pablo Schiavi. Ambos están presos igual que él. Pero como si esto fuera poco, citó a la Biblia, al Señor Jesucristo, así lo llamó para decir que “Conoceras la verdad y la verdad nos hará libres”. Por ahora el sigue preso. Y su verdad no lo hizo libre. Tal vez porque sea una mentira.
La justicia aseguró en el 2015 que Julio de Vido tuvo durante 9 años bajo su órbita el tema ferroviario y que no podía desconocer lo que pasaba. Entre otras cosas porque con su firma fue el responsable de pagar los millonarios subsidios que en lugar de ser destinados al mantenimiento o a mejorar el servicio fueron a parar a los bolsillos de los corruptos. Hace 10 meses el juez federal Claudio Bonadio elevó a juicio oral esta causa en la que está acusado, insisto, no de un tema menor: estrago culposo agravado por la muerte de 51 personas más una beba por nacer.
Ya pasaron 6 años y 5 meses del mayor siniestro de la historia ferroviaria argentina. Julio de Vido es el nombre y apellido en donde todo termina y donde todo comienza.
Fue el gerente de compra de voluntades y licenciado en sobreprecios, coimas y retornos. Es tan grosero su comportamiento y su falta de escrúpulos que la mismísima María Luján Rey, en su momento, contó que quisieron comprarle su silencio en nombre de De Vido. Una semana después de que hubieran enterrado a su hijo Lucas, atrapado entre vagones en el siniestro de Once, fue uno de los Olazagasti a ofrecerle trabajo, un auto o lo que quisiera para que se sumara a la complicidad del gobierno. María Luján Rey los echó de su casa. Los ladrones creen que todos son de su condición. Hablo de los integrantes de ese triángulo mafioso de la megacorrupción seguida de muerte que instaló el kirchnerismo.
Por eso todos los organismos de derechos humanos cristinistas jamás dijeron una palabra. Por eso los artistas militantes del camporismo extremo no fueron capaces de actuar nunca en forma solidaria. Varios son los caraduras que hoy dicen que la patria está en peligro o que no se rinde y ellos miraron para otro lado ante semejante muerte multiplicada. Castigaron dos veces a las víctimas para ser cómplices y proteger al estado que no protegió a los muertos ni a los heridos.
Recuerdo que en su momento Paolo Menghini exigió la renuncia de De Vido. Si sabía, por complicidad con la corrupción y si no sabía, por inútil.
Como diría Cristina: no fue magia. Fue un crimen de lesa corrupción cometido desde un estado encabezado por la presidenta de la Nación.
En las condiciones en las que estaba el chapa 16 del Ferrocarril Sarmiento solo un milagro podía salvar a los pasajeros de ese cementerio sobre rieles.
Siento vergüenza ajena por el silencio del gobierno que se fue. Apenas unas palabras sueltas y de compromiso frente a semejante masacre. Me cuesta comprender esa actitud negadora de ni siquiera mencionar el tema durante tanto tiempo. Fue una tozudez y una crueldad que lastimó más a los familiares. Al ningunear el tema, pretendieron ocultar el horror de un siniestro que conmovió a la Argentina. Como dijeron los familiares:” para el gobierno, la tragedia no existió”.
Siento vergüenza ajena por los funcionarios nacionales del transporte con Ricardo Jaime y Juan Pablo Schiavi a la cabeza que estuvieron más preocupados por sus negociados y por responsabilizar a las víctimas que por la seguridad para viajar de los pasajeros.
Siento vergüenza ajena por los empresarios, empezando por los hermanos Cirigliano, que tenían que devolver como retorno coimero gran parte de los millones y millones en subsidios que les daba el gobierno y privilegiaban su rentabilidad en lugar de invertir para que los trenes funcionaran como tenían que funcionar y no se convirtieran en un cementerio que transita por las vías.
Siento vergüenza ajena por muchos para-periodistas oficiales que callaron por miedo a las sanciones del gobierno nacional. Temieron que los echaran de sus trabajos o que les quitaran el único combustible que los mantenía en pie: la pauta oficial. ¿O es producto de la casualidad que los diarios y los cronistas militantes casi no hablaron del tema durante tantos años?
El más repugnante fue Víctor Hugo Morales que no conforme con defender a malandras de la calaña de Amado Boudou o Lázaro Báez, atacó a los familiares de las víctimas. María Lujan Rey, la madre coraje de Lucas Menghini, le respondió algo demoledor: “Cuando por obsecuencia se justifican muertes inocentes se convierte en un ser despreciable. De ese lugar no se vuelve”.
Siento vergüenza ajena por muchos dirigentes de los derechos humanos como Hebe Bonafini y Estela Carlotto que se taparon la cara con la camiseta kirchnerista para no ver lo que pasó y justificar su indiferencia.
Siento vergüenza ajena por todo lo que hace a las víctimas más víctimas y las vuelve a matar con el silencio y la insensibilidad.
Finalmente siento orgullo por los familiares.
Siento orgullo por esos padres y madres valientes, por esos esposos, por esos hijos y hermanos que tienen una entereza y una dignidad que emociona. Y por los que se animaron a acompañarlos solidariamente.
Los muertos eran estudiantes, trabajadores, soñadores, novios, amigos, una vida por nacer en una panza floreciente, tímidos, audaces, solitarios, familieros, eran como cualquiera de nosotros, porque cualquiera de nosotros podría haber estado en su lugar. Son muertos que llevamos adentro. Que laten en nuestro corazón. Aunque el poder quiso hacerlos desaparecer del recuerdo popular.
Son “madera noble, roble su corazón”, como dice la canción de Lucas, porque siguen peleando por memoria, verdad, juicio y castigo a los culpables para que Nunca más haya crónicas de siniestros anunciadas. Para que Nunca Más, haya viajes hacia la muerte. Para que nunca más haya ministros como Julio de Vido.