La madre que me parió – 18 de octubre 2019

Nadie se atreva a tocar a mi vieja, porque mi vieja es lo más grande que hay. Yo también digo que mi vieja, la que me parió, es lo más grande que hay y que toda su vida laburó sin parar.
La rusticidad de la voz de Pappo y la sensibilidad de Eduardo Frigerio y Sebastián Borensztein, instalaron esta suerte de himno reivindicatorio de la fortaleza de las madres coraje. Fue compuesta para un programa de Tato Bores. ¿Sebastián, se habrá inspirado en Berta?
Este domingo es el día de la madre. Si dejamos de lado el tema comercial, de lavarropas y celulares, se trata de un acontecimiento de alto impacto emocional en la vida de todos. Porque todos tenemos el cuerpo, el corazón, el alma y la cabeza llena de marcas de nuestras madres. Es un día maravilloso para mirarla profundamente a los ojos. Los que tenemos la bendición de tenerla viva y los que la tienen viva en su recuerdo. Siempre es bueno mirar a nuestra vieja con detenimiento, en cámara lenta. Sorprenderla con flores y besos. Adivinar con el aroma lo que está cocinando. Pedirle los Latkes, esas torrejas de papa rallada frita que tanto nos pueden. Observar su piel, sus movimientos, los rasgos, sus tonos de voz, todo eso que nosotros hemos heredado de ella. Es un ejercicio apasionante preguntarle a nuestra madre sobre su propia madre. Que nos hable del leikej de miel que hacía la bobe Fermina y la ansiedad cargada de amor de su padre, el zeide Rubin y su mercería de la calle Pichincha, en pleno corazón del Once, a la vuelta del mercado Spinetto. Que nos cuente una vez más esa historia familiar conmovedora de sacrificio y esfuerzo para el progreso, de movilidad social ascendente, de su hermana querida, Margarita, la contadora. O la horrorosa persecución que sufrieron nuestros familiares que huyeron de la Europa de los nazis. Aquellos momentos duros de las muertes y aquellos momentos hermosos de los nacimientos. Y sentarse a ver fotos amarillas. Fotos con los primos uruguayos de Paysandú, como Chelo y los demás. Las ropas de la época. Esos sombrerazos de casamiento y madrina. Aquella malla enteriza y los anteojos de carey tipo diva en la luna de miel en Mar del Plata o las vacaciones inolvidables en Mina Clavero.
En estos momentos de tantas angustias y de tantas inseguridades solo hay un puñado de cosas para refugiarnos. La identidad es la principal trinchera que tenemos. Igual que la familia y los afectos. Mirando fotos viejas, encontré la bicicleta. Recordé una noche de verano con olor a espiral contra los mosquitos. La parra se caía de uvas dulzonas cuando la farmacia era casi una botica. Era Reyes. Yo había pedido una bici y los reyes cumplieron. Pero la bici que trajeron mis viejos en sus camellos no era nueva. Era (muy) usada. Tanto que era la bicicleta que mi viejo había usado cuando era chico. Una bici con más de 30 años de antigüedad. ¿Se imaginan cuando la vi? Estaba más o menos repintada y con cubiertas nuevas para disimular sus arrugas. Un lifting que hizo por dos mangos don Trovato el dueño de la bicicletería de San Vicente un barrio de curtiembres con aromas similares a los de Mataderos. ¿Saben lo que hice? Era un pibe y me hice el boludo. Sobreactué mi alegría para que mis viejos no se sintieran mal por no poderme comprar una bicicleta nueva como la del Yiyi , el hijo del doctor Oliva que vivía a media cuadra y que fue el primer chico del barrio que tuvo un televisor Ranser más grande que un toro y con olor a lamparitas calientes. Les hice creer a mis viejos que me había tragado la píldora. Que la trampita piadosa les había salido bien.
Pero a la noche lloré como loco por ser pobre. Y lloré contra la almohada para que ellos no me escucharan.
Era otra Argentina. Mis viejos se quebraban la espalda laburando como burros. Día y noche. Solitos. Baldeando el piso y arrodillados rasqueteando la mugre de la farmacia por la madrugada, en batón, ojotas y pijama. Pero progresaban. Mi hermana y yo íbamos a la escuela para el orgullo de ellos. Jamás olvidaré que mi Papá estudio en la universidad y se recibió de farmacéutico a escondidas de mis abuelos. Ellos pensaban que leer libros era perder el tiempo y que la vida era solo trabajo.
Mayor era hijo de Samuel y Rosa de Polonia. Eran panaderos que vendían sus sabrosas facturas pintadas con brocha gorda y huevo en las plazas. Un día cruzando la calle, mi zeide Samuel perdió estabilidad por el peso brutal de las gigantescas canastas con pan y medialunas que llevaba en cada brazo y con el empujón que le dio una motocicleta al chocarlo, se cayó y quedó muerto en un instante. Con su cabeza pelada como la mía y la de mi viejo reventada contra el cordón de la vereda. Nunca vi a nadie llorar con tanto dolor como cuando a mi viejo se le murió su viejo.
Creo que tengo la potencia de mi viejo pero desarrollé la vocación mi madre. Esther podría haber sido una gran periodista. ¿O ya lo es?
Mi vieja, la Esther, sabe todo. Está más informada que yo. Me llama por teléfono todos los miércoles para darme su opinión del programa Palabra de Leuco de la noche anterior. Y por supuesto que no se pierde los jueves el “Ya somos grandes” de Diego. Elogia su elegancia y la inteligencia de su nieto. Kenore, dice en idisch. Me da su palabra sobre los invitados. Qué bien que estuvo Jairo, por ejemplo. O que simpática es tal diputada. Después me pasa el informe del zapping. Como si fuera una productora extraordinaria me cuenta que invitados tuvieron todos mis competidores. Siempre me dice que nuestro programa fue el mejor. Me hace acordar a una anécdota que suele contar Fernando Bravo. Dice que cuando uno se equivoca en la tele o en la radio, cuando comete un furcio, mucha gente dice, mirá el boludo este, no sabe ni hablar. En cambio nuestras madres dicen: “Pobre nene”, y sufren con nosotros.
Mi vieja es como Mirtha Legrand. Tiene su lucidez y le interesa todo lo que ocurre en la humanidad. Es curiosa, atenta, sensible, como buena periodista. Un día, después de una campaña feroz e implacable del “pauta traficante” Diego Gvirtz, un verdugo al servicio de Cristina, mi vieja me llamó y me dijo con la voz quebrada, “cuidate changuito”. Los ataques kirchneristas y sus injurias y amenazas habían sido brutales. Pero mi vieja, con dos palabras me curó todas las heridas del alma.
Ahora anda media achacada. Un poco encorvada por el peso de los años de una columna vertebral que la hace sufrir.
Se cayó y se fracturó la cadera como tantas madres. Y también se partió un brazo. Es emocionante ver como pelea todos los días para hacer la vida lo más parecida a la que hizo siempre. Se la recontra banca como una reina entre médicos y fisioterapeutas. Remedios y ejercicios para recuperar los músculos y volver a caminar. Los comerciantes del mercado, el diariero y la señora que le vende el queso y el dulce de batata la extrañan. Envejecer es todavía el único medio que se ha encontrado para vivir mucho tiempo.
Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre y la vista más amplia y serena.
Tal vez por eso es muy difícil que La Esther se queje. Siempre reparte alegría. Siempre agradece a la vida que pudo cumplir su sueño de construir una familia. De sus dos hijos le nacieron cuatro nietos, Edith, Ariela y Dani de la Raquelita y Diego, mi humilde aporte a la descendencia.
De sus nietos brotaron el milagro de los ocho bisnietos: de Eliana, Ezequiel, Uriel, Yoav, Yael, Jonhatan, Sofía y Eitan por orden de aparición.
¿Qué más puede pedir? Habla por teléfono como si fuera una agencia de noticias. Todos la quieren. Es famosa entre los vecinos porque tiene una actitud solidaria con todos.
Aprendí de ella que nuestro destino queda cerca. Como dice “la Sole”, “estaba donde nací lo que buscaba por ahí.
En la esquina de Alvear y Sarmiento, en esa Córdoba heróica, donde ella me crió con algún cintazo que no me dolía. O con su ojota revoleada para frenar mis travesuras. Pero con el amor de disfrazarme de duende para un acto de la escuela con una barba echa de algodón y un traje rojo cocido en la máquina Singer. Una vez se sentó a explicarme contabilidad. Yo ya estaba en el secundario y no entendía nada de sumas ni de saldos.
Son postales, fogonazos proyectados en mi cerebro. Marcas de las madres que nos marcan para siempre. Ella es madre y nosotros somos hijos para siempre. Llevamos la marca en el orillo. Porque madre, madre hay una sola. Gracias Palito por resumir con alegría este abrazo a todas las madres. Gracias por confirmar que:
Esa flor que está naciendo,
ese sol que brilla más,
todo eso se parece,
a la sonrisa de mamá.

La grieta de Perón – 17 de octubre 2019

Juan Domingo Perón es una de las figuras de nuestra historia política que despierta mayores odios y amores. Con solo mencionar su nombre en una reunión social, se abre una discusión muchas veces irreconciliable que, ahora llamamos grieta, o abismo.
Murió hace más de 45 años y Perón todavía sigue muy presente. El decía que su único heredero era el pueblo pero la realidad es que hoy es muy difícil definir que es el peronismo. Es un partido híper pragmático especialista en llegar y mantenerse en el poder con la ideología de los vientos que soplan. De hecho, entre los 6 integrantes de las boletas electorales más competitivas, solo un candidato no es peronista: Mauricio Macri.
Hoy 17 de octubre, hay que decir que Perón todavía desata pasiones sobre su vida y obra que son material inflamable. Se lo digo más claro todavía: Perón marcó la historia argentina. En todo debate es casi imposible encontrar denominadores comunes y es muy fácil chocarse con definiciones tajantes, excluyentes. Le doy los ejemplos extremos:
Usted puede escuchar a muchos argentinos decir que Perón fue un nazi. El que más violencia sembró y el que más atacó la libertad.
O en el otro rincón…
Usted puede escuchar a muchos argentinos decir que Perón fue Gardel, un semi dios. El que más hizo por los pobres en nuestro país y el que más impulsó la justicia social.
¿Fue nazi o Gardel? Con Perón no hay términos medios. La gloria o Devoto. El cielo o el infierno. En la figura de Perón se resume la eterna lucha entre la libertad y la justicia social, entre las demandas democráticas y las aspiraciones sociales. Es una lucha tan vieja como el mundo. Pero en Argentina se concentra en forma impresionante en la figura de Perón.
La historia política argentina se puede dividir para su estudio de diversas formas. Una de ellas es antes y después de Perón. Es difícil entender el alma y el cerebro de los argentinos, sin entender o intentar entender al peronismo. Hay que buscar un acercamiento a la verdad con la menor cantidad de reduccionismos o simplificaciones. Argentina fue cultural, económica y políticamente distinta después de la aparición de Perón. Para bien y para mal. Insisto, no es mi intención sumarme a la agresiva discusión pasional que no conduce a nada después de que pasaron 45 años de su muerte.
Mi humilde apuesta e intención es tratar de analizar el fenómeno de Perón lo más despojado posible de conceptos sanguíneos, tratando de que allí donde los ciudadanos desatan pasiones, los periodistas desatemos reflexiones.
¿O no se pueden analizar todas las cuestiones históricas y políticas con racionalidad? ¿Somos tan poco inteligentes que no podemos tomar distancia de los acontecimientos y sacar conclusiones que nos sirvan para seguir avanzando en la construcción de un país más justo, con más libertad y menos pobreza? Pienso en un salto de calidad y maduración en las discusiones que pacifique los espíritus y nos abra la cabeza. ¿Es tan complicado eso? ¿Nos cuesta tanto no pensar a Perón en términos absolutos? ¿Nos cuesta tanto pensarlo lejos de las etiquetas que estigmatizan o endiosan?
¿Nos podemos meter en el estudio histórico razonando que nos equivocamos si creemos que Perón era solamente un nazi o solamente Gardel? ¿No era ninguna de las dos cosas o era ambas cosas?
Le doy un ejemplo:
Un antiperonista furioso, alguno de nuestros abuelos que incluso, haya sido comando civil, hoy, ¿no podría reconocer que Perón incorporó a la clase obrera al gran escenario nacional? Que les dio un lugar y un reconocimiento a los trabajadores urbanos y rurales y que instaló definitivamente en la conciencia social de este país el concepto de igualdad.
¿Cómo dice oyente antiperonista? ¿Que esas ideas ya las habían sembrado los socialistas de Alfredo Palacios? Sí, eso es verdad. Pero nadie las ejecutó en la práctica con tanta fuerza y las levantó más alto como bandera que Perón.
Pero ahora, déjeme seguir con el ejemplo contrario.
Un fervoroso peronista, incluso algunos de nuestros tíos que recibió su primera pelota de cuero gracias a Evita y que se tomó vacaciones por primera vez en un hotel sindical de Mar del Plata y que estuvo en la resistencia, hoy ¿No podría reconocer el tema de la violencia y el autoritarismo de Perón? La alfombra que les tendió a muchos nazis para que ingresaran al país, el fusil como instrumento de lucha política y la muerte como objetivo. Lo digo por todo. Sin distinciones ideológicas, lo digo por el “5 x 1, no va a quedar ninguno” de Montoneros y por la Triple A de José López Rega.
¿Cómo dice oyente peronista? ¿Qué Perón y los peronistas también sufrieron la violencia y que fueron víctimas de los bombardeos de Plaza de Mayo, de los fusilamientos de José León Suárez, los desaparecidos?. Sí, es verdad. Pero ningún movimiento político argentino llevó en su génesis tan metido el concepto de la violencia como partera de la historia.
No me diga que no sirve la razón para estudiar a Perón como hecho histórico. Seguramente si lo logramos eso nos ayudaría como país para que poco a poco vayamos saldando tanto odio, tanto fanatismo, tanta locura.
Propongo sentar imaginariamente a compartir un café a un peronista y a un antiperonista para que se despojen de las certezas, que se abran al diálogo con tolerancia y que cada uno esté dispuesto a reconocer las cosas valiosas y las cosas horrorosas del otro. Sería un paso adelante en la madurez de nuestra bendita Argentina.
Cuando Mauricio Macri convocó a Miguel Angel Pichetto (un peronista de todos los peronismos), el senador Federico Pinedo dio en la tecla. Dijo que esto demostraba que las próximas elecciones no serán una batalla entre peronismo y antiperonismo, será una lucha entre democracia y autoritarismo, entre República y chavismo K.
Hoy el antiperonista debería reconocer que cuando murió Perón, a gran parte del pueblo argentino se le desgarró el corazón de tristeza porque se iba una suerte de gran padre protector de los descamisados, de los grasitas, de los que siempre tuvieron menos. Una foto que sigue golpeando mi memoria es la de aquel colimba de rasgos norteños, con su rostro desencajado por el llanto ante el féretro que llevaba los restos de Perón.
Hoy el peronista debería conceder que cuando murió Perón, a otra parte del pueblo argentino se le escapó un suspiro de alivio porque ese muerto había sido responsable de muchas persecuciones y del encarcelamiento de dirigentes opositores.
Pero fue precisamente uno de los opositores más perseguidos por Perón, uno de los que estuvo preso por combatirlo, el que con una lucidez digna de los grandes puso la semilla de los nuevos tiempos de convivencia que florecieron hasta que llegaron los Kirchner a abrir nuevamente las heridas del odio. Todavía siguen golpeando en mis neuronas aquella despedida que Ricardo Balbín le hizo a su enemigo de toda la vida. ¿Se acuerda del Chino Balbín al lado del cajón, con la mano en el bolsillo y en su tono grave diciendo: “Este viejo adversario despide a un amigo”. Hay que recuperar ese espíritu de unidad nacional en la diversidad. O cuando el doctor Antonio Cafiero se puso al lado del presidente Raúl Alfonsín en el balcón de la casa Rosada para enfrentar juntos el levantamiento subversivo de los carapintadas.
Perón, Balbín, Alfonsín y Cafiero demostraron que se podía. Néstor y Cristina echaron sal sobre las heridas y produjeron lastimaduras más profundas. Y encima las inundaron de una corrupción nunca vista.
Volver a convivir para administrar los consensos y los disensos es un signo de consolidación de la democracia. Basta de ver a otros hermanos argentinos como enemigos.
En las urnas se resuelven los temas irreconciliables. Basta de insultar o perseguir al que piensa distinto. Dar la mano abierta y no cerrar el puño. No excluir ni marginar al de otro partido o ideología. Todo lo contrario, enriquecerse con el pensamiento del otro. No nos podemos permitir volver a transitar momentos terribles y horrorosos como la quema de iglesias o que alguien pinte “Viva el cáncer” sobre el sanatorio donde se estaba muriendo Evita.
Basta de intolerancia. Tenemos que construir en común. Estoy seguro que más temprano que tarde lo vamos a lograr.
Ese será el día de la lealtad no hacia Perón, sino hacia la Argentina.
Ese día Argentina se escribirá con mayúsculas, el pueblo será libre y la política será una canción.

Diego cumple 30 años – 16 de octubre 2019

Todavía no puedo creer que Diego hoy cumpla 30 años. Me brotan los lugares comunes del tipo: como crecen los chicos o que rápido que pasa la vida. Pero me vibra en el corazón una felicidad incomparable. Es que tengo muy presente el momento de su nacimiento. Silvana, esa madre extraordinaria que tiene, pujando con toda su fuerza y respirando fuerte. Y yo, temblando de miedo, apoyado en su espalda para ayudar a parir ese milagro de la vida. En un segundo, estábamos llorando los tres. Inundados de alegría en el quirófano. Yo sentí por primera vez y todavía lo siento ahora, que descubrí un nuevo yacimiento de amor. Una cosa es el amor de pareja o el amor por los padres que, por supuesto, funcionan como cimientos de lo que somos. Y otra cosa muy distinta, es el amor al hijo, a esa continuidad en el tiempo de lo mejor de nosotros. La calesita de la vida es el espectáculo más maravilloso que existe. Nada supera esas ganas de abrazarlo todo el tiempo.
Le confieso que dudé mucho en escribir estas líneas. Soy tremendamente culposo y no me gusta ser excesivamente auto referente. Varias veces reflexioné sobre si el cumpleaños de mi hijo era un tema para una columna en la radio más escuchada de la Argentina. Pero encontré un argumento, o una excusa si usted quiere: la radio es una familia. Son tantas las horas, las angustias, las carcajadas y los dolores que compartimos todos los días que muchas veces un oyente parece alguien que estuvo sentado siempre en nuestra mesa familiar. Siento que a esa legión inmensa de oyentes que se comportan como hermanos, les interesan estas cuestiones tan personales.
De hecho en la calle, la gente que me reconoce me dice, invariablemente, dos cosas: Leuco, no aflojés, seguí pegando y de inmediato: “Cuidálo al changuito, es una fenómeno de pibe”. Eso es algo mágico que atraviesa la pantalla de la tele y que por la radio se instala en la casa de todos. Yo siempre digo lo mismo: “Mucha gracias: que Diego sea mi hijo, lo tomo como una bendición. Siento que debo haber hecho algo bien en la vida para que me premie de esta manera”.
Tal vez sea útil la experiencia para muchos que están educando a sus hijos o a sus nietos. No porque nosotros seamos ejemplo de nada. Todo lo contrario, cada casa es un mundo y cada hijo un hermoso desafío a descifrar. Pero hay algunos valores que nos ayudaron a ayudarlo para que sea feliz que es nuestro principal objetivo en la vida. En algunas cosas tuvimos divergencias con su madre, pero casi ninguna en la manera de encarar su educación. Y por suerte Diego sacó lo mejor de cada uno. La serenidad y la sensibilidad de Silvana, le sirvió mucho para equilibrar mi ansiedad y apasionamiento muchas veces atropellado. El ADN que siempre quisimos transmitirle era el de la libertad. Para que elija sus caminos aún en el error. Equivocarse en una de las maneras de aprender. Me gusta esa frase que dice: hay que acompañarlos para que crucen los puentes, pero nunca cruzar los puentes por ellos y mucho menos no dejarlos que los crucen. Transmitirle el valor supremo de la honestidad y la solidaridad. Poner por encima la idea de ser buen tipo y recién después un buen periodista. Dedicarle con mucha energía y alegría horas al estudio de los temas. No transar con los autoritarios ni con los delincuentes.
No sé. Tal vez sea demasiado pretencioso creer que Diego es tan querido por sus compañeros de trabajo por esa actitud humilde de nunca creerse más que nadie, pero menos tampoco. Siempre le dije que los Lewkowicz somos de lágrima fácil, pero no nos arrodillamos ante nadie y tampoco nos interesa hacer arrodillar a nadie. El sometimiento es la base de la esclavitud. Y nuestro pueblo viene peleando contra todas las discriminaciones y el odio desde tiempos inmemoriales.
Siento un profundo amor y una gran admiración por Diego. Profesionalmente hizo todo, 30 años antes que yo. Saco pecho porque es el conductor más joven de la historia de Telenoche, tiene su propio programa en TN donde confirma que ya es grande y hoy está como primer suplente de Jorge Lanata. Es increíble haber logrado tanto en tan poco tiempo. Tengo muchas fotos en mi biblioteca. Hay una que es premonitoria. Está Diego al lado mío y de Lanata. Y estamos levantando la estatuilla del Martin Fierro. Lo llevé a la fiesta y era muy chico. Y lo primero que me dijo es que quería sentarse al lado de Lanata: “Es mi ídolo”, me dijo. Y así fue. Jamás nos hubiéramos imaginado que semejante figura del periodismo un día lo iba a convocar para que trabajara con él. Un día me llamó y me dijo: “Pá, me llamó Lanata para ir a radio Mitre” y juntos lloramos como aquel día de su nacimiento. Es que fue una especie de segundo nacimiento, tal vez definitivo en este mundo encantador y cruel del periodismo.
Ya saben que somos muy futboleros. Que siento que ir juntos a la cancha me ayudó a transmitirle valores. El coraje gladiador y la creatividad de Martín Palermo, el juego en equipo, aprender que nunca hay que cantar victoria antes del final del partido y muchas más. Pero mi gran secreto es que voy a la Bombonera y espero un gol de Boca para abrazarlo con todas mis fuerzas. Siempre le digo que mi sueño es ser el mellizo Barros Schelotto y dedicarme a tirarle miles de centros para que meta cabezazos de gol. Diego ya pegó la vuelta y todo el tiempo me enseña cosas de la vida y del laburo. Varias veces conté cuando yo me dejaba ganar al ping pong para que no bajara los brazos y que un par de años después, sentí que él se dejaba ganar para que no me sintiera tan viejo. Lo entusiasmamos para que fuera cualquier cosa menos periodista. Este oficio, el mejor del mundo, tiene momentos de persecución y de castigo muy duros. No queríamos que sufriera. Lo empujamos y fue a estudiar magia y se recibió con Héctor Guerra, el campeón del mundo. Hizo talleres de actuación, aprendió a ser cheff en la escuela del Gato Dumas y todo le provocaba un gran entusiasmo. Pero nada como el periodismo. Un día volvió del viaje de estudios en Mar del Plata y me confesó: “volvíamos de bailar a las 6 de la mañana y yo era el único del grupo que no me acostaba sin leer los diarios. No hay dudas, yo quiero ser periodista”.
Yo le dí apenas algunos consejos éticos, las notas no se cobran ni se venden, por ejemplo y le recomendé comenzar en el periodismo gráfico. Ahí se aprende a pensar, a escribir, a editar y sobre todo, a diferenciar que cosa es noticia y que cosa no. Y trabajar en una redacción como la de la revista Noticias fue una fiesta de aprendizaje y un premio cotidiano. Mi amigo Jorge Fernández Díaz es una especie de padrino profesional de Diego. Y mi hijo lo admira por todos los costados.
Hoy Diego cumple 30 años. Y todavía no lo puedo creer. Las fotos pasan a velocidad por mi cabeza. Ese bebe de 4 días en mis brazos en el patio de la casa de los Nonos, de Alciro y María en Lugano. La forma en que Diego mira con admiración a mis viejos en Córdoba, a Esther y Mayor. Un día me hizo una entrevista para el día del padre en una radio muy chiquitita donde empezó a hacer sus primeras armas y ese momento lo tengo enmarcado sobre mi mesita de luz. Muchos no lo saben pero me hice un tatuaje ya de grande, un rayo de energía en el brazo, solamente para tener algo más en común con Diego. Me derrito cuando me dice Papupa. Me encanta decirle changuito. Y se me estruja el corazón cada vez que leo ese texto que escribió cuando estuve internado en terapia y me pusieron un marcapasos. Cuando me desmayaba por la falta de electricidad para encender el corazón, sonaban las alarmas y venían los médicos empujados por Diego. El encontró una frase para definir ese momento dramático que también sirve para explicar la relación de acero entre padre e hijo: “Sentí que te ibas y que yo me iba con vos”. La escribo y me corre frío por la espalda y se me inunda la mirada.
Hemos pasado momentos maravillosos juntos. Y también situaciones amargas y difíciles. Me quiebro emocionalmente cuando leo que Diego resolvió mantener el apellido de fantasía, Leuco, para que mis enemigos y los enemigos de la democracia republicana supieran que ahora había dos Leucos para defenderse espalda contra espalda y con el cuchillo entre los dientes.
Esto es gracioso: Boca se jugaba la vida para ganar la Copa Libertadores en el estadio Morumbí ante el San Pablo. Diego tenía 14 años. Eramos un grupo de diez argentinos pero estábamos rodeados de miles de brasileros. Tuvimos un incidente feo cuando uno de los nuestros, no se pudo contener y gritó el primer gol de Tévez. No nos dieron una paliza fenomenal porque Dios es argentino y a veces, de Boca. La tensión era tremenda. Nos quedamos a ver la vuelta olímpica mientras los brasileros empezaron a tirar los fuegos artificiales de bronca porque los tenían preparados para el festejo. Corrían la cerveza y los insultos entre los hinchas que estaban en la calle. Nosotros pasamos por el medio de cientos de caras largas. En silencio, para no deschavarnos que éramos argentinos. Diego me habló al oído y me dijo: “Pa, si llegamos vivos al hotel, esta va a ser la mejor noche de mi vida”. Recién en la habitación, nos abrazamos como chicos y nos quedamos afónicos de cantar los himnos de todos los estadios.
Cuando hicimos juntos el libro, Diego planteó que su objetivo era producir algo que nos sobreviviera a los dos. Y lo logramos. Tato Young nos dijo que ser padres “es tener miedo para siempre” y Federico Andahasi que “los hijos vienen al mundo a enseñarnos”. De eso se trata. De controlar los temores de que les pase algo, para no recortarles su libertad. Y de aprender todos los días de su sabiduría. Diego me ilumina la vida y con eso me alcanza y me sobra. No puedo pedir nada más. Feliz cumpleaños y buena vida, changuito.