Nada mejor que ser padre – 15 de junio 2018

Soy periodista de alma. Y ya sé que la crisis del gobierno de Macri es un tema clave. Por supuesto que durante este programa voy a hablar de los cambios económicos y de semejante signo de interrogación en la política. Pero permítame que por un rato hablemos de lo más trascendente de la vida: los padres y los hijos. Este domingo es el día del padre y me gustaría cumplir el rito de esta columna que casi se convirtió en un clásico de todos los años. Como la canción de Piero…
Viejo, mi querido viejo. Ahora ya camina lerdo, como perdonando el viento. Yo soy tu sangre mi viejo, yo soy tu silencio y tu tiempo. La canción es una radiografía de lo que pienso. Yo soy su sangre así como él fue la sangre de Samuel y como Diego es mi sangre en pleno crecimiento y desarrollo. Esa cadena es blindada. Irrompible. No me entra en la cabeza que existan hijos peleados con padres y viceversa. No sabría cómo vivir sin ese combustible y ese afecto. Me estremezco de solo pensar en ellos. En mi viejo y en mi hijo. En sentirme un eslabón entre ambos. En haber experimentado en el cuerpo el paso de los años y los distintos roles que la vida nos va dando. Recuerdo mis peleas de rebeldía con quien soñaba tener un hijo farmacéutico, formal y cortés y le salió un vago militante que hizo el Bar Mitzvá solo por respeto hacia él y que nunca se casó con una chica judía.
Todavía le sigo pidiendo consejos a mi viejo pero hubo un momento en que él me los empezó a pedir a mí. Cuando comprobó que yo me podía ganar la vida con honradez y compromiso, creo, que me dio el título de hombre y pasó a darle más valor a mi palabra que a la suya. Esa transición es impresionante y cada vez se hace con una edad más temprana. Yo hoy tomo las decisiones más importantes de mi vida profesional pero en muchos casos le pido la opinión a Diego y suelen ser de una madura sensatez que me asusta.
La última vez que pasamos casi tres días juntos con mi viejo y mi vieja, jugamos en la pileta del hotel de Carlos Paz como cuando yo era chico y él me ensañaba a nadar. Jamás en mi vida olvidaré esa sonrisa cuando salió del agua después de haber nadado con estilo y velocidad. Hablamos de todo. Una noche en la cabaña me preguntó ante mi asombro: “¿Qué es el twitter?”. Es que nada de lo humano le resulta ajeno. Es curioso, inteligente, siempre quiere saber y aprender más. Y a la noche me contó otra vez esa historia de cuando uno de sus hermanos por huir de los nazis se tiró a un río maldito y polaco y nunca más apareció. Lloramos los tres. Los Lewkowicz somos flojos de lágrimas. Y lo digo con orgullo. El que no sabe llorar no sabe reír. Y yo aprendí a su lado ambas cosas. A gritar juntos un gol y a reírnos de los gorritos de Talleres bailando en nuestras cabezas. La foto que más quiero es la que nos sacamos las tres generaciones en la cancha de Talleres con el mismo gorrito tejido azul y blanco. También nos quebrarnos hasta el desgarro del alma cuando viajamos en el tiempo hasta ese día cruel y ateo en el que mi zeide, su viejo, el fortachón y rudo campesino y panadero murió en plena calle cordobesa con su cabeza golpeando contra el cordón de la vereda. Quiso laburar hasta el último aliento y lo hizo. Tampoco olvidaré jamás su cara desencajada que no podía parar de lamentarse por semejante tragedia. Recién ahora me doy cuenta que el zeide murió tan joven. En esa época yo era chico y el zeide me parecía viejito. Es lo que estoy tratando de explicar desde el principio. Como cambia la perspectiva a medida que pasan los años en la relación padre e hijo que es una de las más maravillosas y profundas que existen en la vida. Lo único que no cambia es el pedido, casi el ruego: “Cuidate mucho por favor”. Siempre me lo dice Mayor y siempre se lo digo a Diego: “Cuidate changuito”. Nos dijo Tato Young que ser padre es aprender a tener miedo. Cuando uno es pibe se deja proteger por su viejo. Y cuando uno es padre, protege a su hijo. Pero cuando supera los 50 y los 60, aparece una dicha milagrosa, la posibilidad de cuidar y proteger a los dos, a mi padre y a mi hijo.
Pruebe este domingo algo que le recomiendo desde el alma. Sin que su padre se dé cuenta, sígalo profundamente con la mirada. Atenta y minuciosamente. Descubra en sus arrugas las arrugas que a usted le van creciendo. En esas canas, sus propia canas. Descubra todos los gestos que usted heredó. ¿No me diga que tienen la misma forma de caminar? ¿Vió, que le dije? ¿Cómo le decía su madre en aquella vieja casa de la infancia? ¿Cómo le decía? Nene, vos sos igual a tu padre!!! Le recomiendo que repita la operación mirada profunda con su hijo. Abra los ojos hasta el cerebro, abra los poros, déjese invadir por ese aroma maravilloso que viene de la cocina. Reconozca que el pibe es ansioso porque usted lo es. Que cuenta las cosas con pasión porque lo aprendió de chico. Descubra en su hijo esa mirada húmeda y esa sonrisa que tiene tanto de usted y de su padre. Y del padre de su padre.
Este domingo es ideal para practicar esto que le digo. Pregúntele a su padre y a su hijo como andan y tómese todo el tiempo del mundo para escucharlos. Hagan un campeonato de chistes mientras comentan el resultado de Argentina-Islandia y todos son más directores técnicos que nunca. Su padre le hablará de Herminio Masantonio y la Wanora Romero. Su hijo del Martin Palermo y de Messi y usted tratará de describir los pases de magia que hacía Maradona, antes de caer en el pozo del despropósito.
Todos vamos a coincidir en algo: el laburo que uno ama y el esfuerzo para progresar es un manantial de felicidad.
Le pueden dedicar unos minutos a sacarles el cuero a las mujeres empezando por su propia madre que es como Mirtha Legrand pero de entrecasa y después abrácela y dele un beso en la mejilla, un beso que haga mucho ruido y que contagie. Confiese que la quiere mucho. Y si puede cante, cante con su hijo y con su padre y con toda la familia. Cante por la alegría y por la esperanza. Cante para no llorar o cante y llore si quiere. Pero viva este domingo con toda la intensidad que pueda. No cuesta un peso y vale oro.
Esa entrega que hace que uno sea capaz de dar la vida por los hijos es el acero más resistente que conozco. Es invencible. Por eso Samuel que era de menos palabras todavía que Mayor sorprendió el día que le entregó todo lo que tenía simplemente porque mi viejo lo necesitaba. “La casa es tuya, hace lo que quieras”. Eso fue todo lo que le dijo. Mi viejo la hipotecó para comprar la farmacia y concretar el sueño. Samuel había dejado la espalda quebrada y las manos callosas para levantar esa casa. Esa generosidad, ese sacrificio, esa honradez, esa apuesta a no arrodillarse ante nadie pero tampoco a hacer arrodillar a nadie es lo mejor que me pasó en la vida. En esos valores me formé y esos valores transmito. La ética es también una forma de egoísmo. Porque nos hace bien a nosotros. Nos permite dormir en paz. Nos permite sentir orgullo por lo que hacemos y por lo que somos. Durante mucho tiempo fui el hijo de Mayor. En cierto momento me di cuenta que algunos pasaron a decir que Mayor era el padre de Leuco. Por suerte, kenore, diría la Esther, de a poco están empezando a decir que soy el padre de Diego. Mi viejo y Diego me iluminan el camino. ¿Qué más le puedo pedir a la vida? ¿Hay algo mejor que ser padre?

Aborto, el verde esperanza – 14 de junio 2018

El aborto legal en Argentina se convertirá en ley más temprano que tarde. Falta poco para que el Senado de la Nación ratifique la media sanción que diputados le dio al proyecto por 129 votos a favor, 125 en contra y una abstención.
El aborto legal pondrá a la Argentina entre los países más modernos del mundo que han sido capaces de interpretar las nuevas demandas de las democracias liberales. La jornada histórica de diputados y su continuidad en el senado, va a beneficiar a las mujeres más pobres de las pobres, que ya no estarán condenadas a morir en lúgubres galpones, cargados de la culpa de la clandestinidad y el delito.
El debate previo y el que se dio en el recinto, albergó a todas las opiniones, incluso las más extremas y delirantes. Nadie se quedó afuera. Nadie puede decir que no se discutió lo suficiente. Hubo pluralismo, diversidad, la democracia funcionó y finalmente, según mi humilde opinión, triunfó el mejor de los proyectos. El más razonable. En mi columna de ayer, donde confirmé mi postura que le había adelantado hace 4 meses, propuse abortar el fanatismo. Fue mi forma de apostar a la libertad con responsabilidad social y racionalidad individual. Por eso le dije que no creo que los que apoyaron la legalización del aborto sean asesinos de bebes ni que los que estuvieron en contra sean asesinos de madres pobres. No se puede acusar de criminal a otra persona porque piensa distinto.
El de ayer, fue un ejemplo de funcionamiento del Parlamento. Mayoritariamente hubo posturas razonables, con argumentos sólidos, sociales, científicos y legales de primer nivel.
El verde es el color de la esperanza. El verde nos habilita a tener esperanza de que podamos encontrar muchos más temas que atraviesen transversalmente los distintos bloques. Que por encima de la disciplina partidaria que valoro, podamos encontrar coincidencias para construir un país más justo y menos autoritario. Un tema tan delicado produjo verdaderos milagros políticos que tal vez no se repitan nunca más. El discurso de Fernando Iglesias a favor de la despenalización provocó aplausos desde todas las bancadas y sobre todo, desde el kirchnerismo pese a que Iglesias fue, es y será un acérrimo crítico de Cristina y sus muchachos. O la ovación de todos los colores partidarios que se llevó la diputada Silvia Lospennato, del PRO que terminó entre lágrimas sus palabras.
En esta situación tan irrepetible los únicos enemigos fueron los fundamentalistas. Los totalitarios de derecha e izquierda que se creen dueños de la verdad y con derecho a levantarnos el dedito con su presunta superioridad moral.
Que ese verde esperanza sirva también para apostar a la convivencia pacífica aún en los temas en los que tenemos grandes diferencias. Y que aprendamos a respetar la opinión de las mayorías y los resultados institucionales aunque no sean de nuestra simpatía.
La repito: Yo estoy a favor de la vida y de la legalización del aborto. Como dijo el ministro de Salud, Adolfo Rubinstein, “en los países que adoptaron el aborto legal, seguro y gratuito; bajó drásticamente la mortalidad de las madres.” Esa es mi mirada. Lejos del dogma religioso o ideológico y cerca de una política de salud pública. Le doy un solo dato que me parece demoledor: en Argentina se hacen alrededor de 500 mil abortos al año, (clandestinos o ilegales, por supuesto) y en España, 90 mil. La mayoría de los países del mundo tiene el aborto despenalizado hace años. Estamos hablando de naciones desarrolladas. En Estados Unidos es legal desde 1973, en España desde hace 8 años, en Uruguay hace poco pero los números demuestran cómo bajaron las muertes de embarazadas. Sin embargo, en Venezuela, sigue siendo delito después de 18 años de chavismo. Con la excusa de combatir al liberalismo consumista, individualista y hedonista, muchas veces las iglesias han sido compañeros de ruta de populismos autoritarios. En este país, esta es la primera causa de muerte de las mujeres embarazadas. ¿Escuchó bien? La razón más importante por la que se mueren las mujeres embarazadas en la Argentina es por los abortos realizados en forma oculta y sin ninguna seguridad sanitaria. En general, como siempre ocurre, el hilo se corta por lo más delgado y las que mueren son las más pobres de las pobres, las que no lograron ni siquiera educación para no tener embarazos no deseados o que fueron violadas y que no saben ni lo que es un anticonceptivo.
Esto es lo que se terminó anoche. Esa brutalidad horrorosa de la muerte de las mujeres más humildes. En realidad se va a terminar cuando el Senado lo convierta en ley. Pero ya falta poco.
Comparto absolutamente el lema: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”. Le aclaro una vez más, mi postura que también incluye mi respeto por los que piensan distinto.
No insulto ni estigmatizo a nadie por sus creencias y por defenderlas con la mayor pasión posible.
No estoy de acuerdo pero comprendo y valoro a aquellos que quieren mantener penalizado al aborto. No los siento mis enemigos. Los siento mis conciudadanos con los que, igual que en toda sociedad, podemos llegar a consensos o disensos en distintos temas. Ese es el ADN de la democracia. Sin amenazas ni extorsiones para nadie.
Le repito la mirada política:
La mayoría del bloque del Pro perdió la votación. Se opusieron al proyecto de ley. Pero fue el presidente Mauricio Macri el que habilitó el debate. Hoy están tratando de contender a los legisladores que fueron derrotados y sobre todo a la doctora Elisa Carrió que se fue enojada del recinto amenazando con romper la coalición de gobierno. “La próxima, rompo”, dijo Carrió. Palabras incomprensibles en un momento de gran crisis del oficialismo de Cambiemos.
Algunos dicen que Macri adoptó esta postura porque necesitaba una cortina de humo que ocultara el malestar por la economía o que fue una respuesta a la persistente apuesta del Papa Francisco a la oposición peronista/ cristinista. Los que quieren a Macri aseguran que en realidad esta fue la confirmación de que Macri no es un conservador de derecha y que en lo cultural, es un dirigente moderno que registra los cambios que la sociedad está demandando. Así como Raúl Alfonsín abrió las puertas para el divorcio y Cristina las del matrimonio igualitario, Macri sigue ese mismo camino donde las creencias religiosas no se le pueden imponer a toda la comunidad. Nadie obliga a ningún ciudadano a divorciarse ni a ser homosexual. Pero lo puede hacer y ser si tiene ganas y quiere sin que por eso se coloque fuera de la ley. Con el tema del aborto es lo mismo. El estado no está fomentando el aborto. Todo lo contrario. Con educación y anticonceptivos va a haber muchos menos abortos. Estoy seguro. Y con aborto legal va a haber menos muertes.
Insisto con lo que le dije al principio. Esta es mi posición y respeto la opinión contraria. No creo que María Eugenia Vidal o Esteban Bullrich sean malos dirigentes por defender la histórica postura de la Iglesia. Tampoco creo que Máximo Kirchner se convierta de golpe en honesto porque se puso un pañuelo verde y apoyó la despenalización. Es peor la cuestión. El príncipe Máximo, el hijo de la reina Cristina, batió todos los records de hipocresía cuando dijo que: ““Uno escuchó decir hasta que una mujer que interrumpe el embarazo es una asesina o que abran menos las gambas. Fíjense cómo es la derecha Argentina que pasó de decir que se embarazaban por un plan a cuidar las dos vidas”. Eso dijo Máximo ocultando que Macri abrió el debate y Cristina lo cerró durante 12 años con mayorías parlamentarias. Impuso su verticalismo que enmudeció a todos y a todas. Los K no se atrevieron ni a mencionar la palabra aborto. Cristina los hubiera mandado a la Siberia. Y ahora revolean el pañuelo verde y tratan de apropiarse de la iniciativa. Bastardean todo lo que tocan. Y con gran oportunismo, ahora Cristina acaba de anuncia que va a modificar su posición y votará a favor en el Senado. Se veía venir.
El verde fue una vez más el color de la esperanza. La esperanza de que haya muchas menos muertes evitables y de que poco a poco, aprendamos a convivir en la disidencia y en la coincidencia. Si hay coincidencia absoluta hay dictadura y si hay disidencia absoluta hay anarquía. Son las dos caras de la moneda que se llama democracia. Que nadie lo olvide jamás.

Abortar el fanatismo – 13 de junio 2018

Hace cuatro meses, cuando se inició el delicado debate del aborto, yo le hablé de esta nueva grieta nacional que atraviesa la grieta anterior. Hoy más que nunca, le quiero decir que estoy en contra de los fanatismos de ambos lados. De los que nos quieren imponer su verdad a los empujones. De los fachos de toda desfachatez como monseñor Héctor Aguer y de los troskos de toda tosquedad que son capaces de orinar o apedrear una Catedral. No creo que los que apoyan la legalización del aborto sean asesinos de bebes ni que los que están en contra sean asesinos de madres pobres. No se puede acusar de criminal a otra persona porque piensa distinto. Es cierto que mayoritariamente hubo posturas razonables, con argumentos sólidos, sociales, científicos y legales de primer nivel. Pero los extremos, como siempre se juntaron para cargar de pólvora y de odio el clima en el Congreso y en la calle.
En este debate los únicos enemigos son los fundamentalistas. Y a las pruebas me remito:
A Mario Negri, presidente del interbloque de Cambiemos, radical cordobés lo amenazaron de la manera más repugnante. Se metieron con sus hijos y con sus nietos. Viralizaron su número telefónico para presionarlo. Negri con mucha prudencia y sin agredir a nadie había dicho que está a favor de despenalizar el aborto. Los que tienen como religión al totalitarismo, un grupo minoritario le quiso hacer cambiar su voto metiendo miedo a su familia. Una locura. Eso de un lado.
Del otro lado, entre los que también tienen como dogma ideológico al totalitarismo, una jovencita llamada Manuela Begino Lavalle, del centro de estudiantes de la escuela Rodolfo Walsh dijo que si no se aprueba el proyecto, ella espera “que se produzca una rebelión popular”. Una joyita. Es decir, soy democrática solo si gana la votación lo que yo pienso.
De ambos extremos se tiraron con la muerte. Muriel Santa Ana dijo que a los que se opongan desde sus bancas “llevarán de por vida sobre sus espaldas a las muertas que de aquí en más produzca la industria del aborto clandestino”. El padre Pepe Di Paola, a quien valoro por su trabajo maravilloso poniendo el cuerpo en las villas contra las drogas y la exclusión social, llegó a decir que “El genocidio (de bebes) es inspirado y promovido por el Fondo Monetario Internacional”. Eso cayó como una bomba entre el presunto progresismo que está a favor de la despenalización del aborto y en contra del FMI.
Yo estoy a favor de la vida y de la legalización del aborto. Como dijo el ministro de Salud, Adolfo Rubinstein, “en los países que adoptaron el aborto legal, seguro y gratuito; bajó drásticamente la mortalidad de las madres.” Esa es mi mirada. Lejos del dogma religioso o ideológico y cerca de una política de salud pública. Le doy un solo dato que me parece demoledor: en Argentina se hacen alrededor de 500 mil abortos al año, (clandestinos o ilegales, por supuesto) y en España, 90 mil. La mayoría de los países del mundo tiene el aborto despenalizado hace años. Estamos hablando de naciones desarrolladas. En Estados Unidos es legal desde 1973, en España desde hace 8 años, en Uruguay hace poco pero los números demuestran cómo bajaron las muertes de embarazadas. Sin embargo, en Venezuela, sigue siendo delito después de 18 años de chavismo. Con la excusa de combatir al liberalismo consumista, individualista y hedonista, muchas veces las iglesias han sido compañeros de ruta de populismos autoritarios. En este país, esta es la primera causa de muerte de las mujeres embarazadas. ¿Escuchó bien? La razón más importante por la que se mueren las mujeres embarazadas en la Argentina es por los abortos realizados en forma oculta y sin ninguna seguridad sanitaria. En general, como siempre ocurre, el hilo se corta por lo más delgado y las que mueren son las más pobres de las pobres, las que no lograron ni siquiera educación para no tener embarazos no deseados o que fueron violadas y que no saben ni lo que es un anticonceptivo.
Como siempre, quiero comportarme con la mayor honestidad intelectual posible. Espero lograrlo. Yo sé que muchos oyentes se van a enojar conmigo, pero creo, que en el debate público cada uno debería dar su opinión sin miedos ni hipocresías.
Comparto absolutamente el lema: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”. Le aclaro de entrada mi postura que también incluye mi respeto por los que piensan distinto. Adhiero fervorosamente a sacar de debajo de la alfombra los temas conflictivos y ponerlos en la mesa del debate racional. No me gusta el oscurantismo. Esa frase que dice “De eso no se habla”, me parece el origen de todas las censuras. En democracia, se habla de todo. Con responsabilidad social y libertad.
No estoy de acuerdo pero comprendo y valoro a aquellos que quieren mantener penalizado al aborto. No los siento mis enemigos. Los siento mis conciudadanos con los que, igual que en toda sociedad, podemos llegar a consensos o disensos en distintos temas. Ese es el ADN de la democracia. Sin amenazas ni extorsiones para nadie.
Una ex mujer de un legislador salió ventilar a los medios que su marido que está en contra de la despenalización la había hecho abortar cuando estaban casados.
Otro diputado, el tucumano Facundo Garretón de Cambiemos, recibió esta mañana más de 650 mensajes de desconocidos en su teléfono porque manifestó que está indeciso. Todos tenían el logo que dice “Defendamos las dos vidas” que corresponde a los que usan pañuelos celestes y se oponen a la ley.
Hay una lectura política de todo esto. Es la respuesta a la pregunta de porque el presidente Mauricio Macri habilitó este debate que le genera confrontación entre sus propios dirigentes y funcionarios y en su propio electorado. Es una polémica que atraviesa transversalmente a los distintos partidos. Algunos dicen que Macri adoptó esta postura porque necesitaba una cortina de humo que oculte el malestar por la economía o que fue una respuesta a la persistente apuesta del Papa Francisco a la oposición peronista/ cristinista. Los que quieren a Macri aseguran que en realidad esta es la confirmación de que Macri no es un conservador de derecha y que en lo cultural es un dirigente moderno que registra los cambios que la sociedad está demandando. Así como Raúl Alfonsín abrió las puertas para el divorcio y Cristina las del matrimonio igualitario, Macri sigue ese mismo camino donde las creencias religiosas no se le pueden imponer a toda la comunidad. Nadie obliga a ningún ciudadano a divorciarse ni a ser homosexual. Pero lo puede hacer y ser si tiene ganas y quiere sin que por eso se coloque fuera de la ley. Con el tema del aborto es lo mismo. El estado no está fomentando el aborto. Todo lo contrario. Con educación y anticonceptivos va a haber muchos menos abortos. Estoy seguro. Y con aborto legal va a haber menos muertes.
Insisto con lo que le dije al principio. Esta es mi posición y respeto la opinión contraria. No creo que María Eugenia Vidal o Esteban Bullrich sean malos dirigentes por defender la histórica postura de la Iglesia. Tampoco creo que Máximo Kirchner se convierta de golpe en honesto porque se puso un pañuelo verde y apoyó la despenalización. Es peor la cuestión. El príncipe Máximo, el hijo de la reina Cristina, batió todos los records de hipocresía cuando dijo que: ““Uno escuchó decir hasta que una mujer que interrumpe el embarazo es una asesina o que abran menos las gambas. Fíjense cómo es la derecha Argentina que pasó de decir que se embarazaban por un plan a cuidar las dos vidas”. Eso dijo Máximo ocultando que Macri abrió el debate y Cristina lo cerró durante 12 años con mayorías parlamentarias. Impuso su verticalismo que enmudeció a todos y a todas. Los K no se atrevieron ni a mencionar la palabra aborto. Cristina los hubiera mandado a la Siberia. Y ahora revolean el pañuelo verde y tratan de apropiarse de la iniciativa. Bastardean todo lo que tocan.
Hay una nueva grieta en la Argentina. Que atraviesa la grieta anterior. Ojalá podamos demostrar como sociedad que hemos madurado. Que vamos a ser capaces de aceptar el resultado de la votación por más pareja que sea. Y que cada uno seguirá peleando pacíficamente por sus convicciones. La democracia garantizó este debate y seguirá garantizando todos los debates. Lo único que hay que abortar es al fanatismo.