El nacimiento del Polaco – 29 de enero 2021

Sus restos están enterrados en el cementerio de la Chacarita. Una neumonía criminal, finalmente lo llevó a la tumba. Pero el Polaco Goyeneche vive en el corazón de su pueblo. Un día como hoy de hace 95 años, nació uno de los íconos de la porteñidad. Debo confesar que Buenos Aires ya no es la misma. Que el corazón de Saavedra late más lento, como arrastrando su sangre olvidada.
Hace 27 años que se nos esfumó en plena madrugada gris pero lo seguimos extrañando. Cada tanto se nos aparece con todo su talento y nos explota una nostalgia de 2×4.
Si algún pibe que no lo conoció ni escuchó hablar de su leyenda le digo que puede darse una vuelta por el bar “La Sirena” de la ex Avenida del Tejar y Nuñez. No se sorprenda si ve un cigarrillo apoyado en el cenicero de lata de Cinzano… entristeciendo la ventana con el humo. No se sorprenda si hay un café listo, un aroma de amistad y no hay nadie sentado en la silla. Es el fantasma del Polaco que vuelve a sus pagos. Es el fantasma del Polaco que de vez en cuando aparece en el espejo de algún colectivo que supo manejar para ganarse la vida pese a que ya cantaba en la orquesta del maestro Horacio Salgán.
Goyenche fue taxista y mecánico de barrio. Muchos no saben que el Polaco fue colectivero de la línea 19. Que tal vez por eso fue el cantor nacional con más empedrado y asfalto. Goyeneche, que en milongas descanse, siempre recordaba con afecto su mundo de 20 asientos, el que le arruinaba los riñones, pero que fue su curso de ingreso a la universidad de la calle. Por eso el mejor de los homenajes es que una calle de su barrio de Saavedra, lleva su nombre igual que la tribuna popular de ese estadio donde tantas veces se quedó sin voz por alentar a Platense. El destino quiso que pasado mañana, en Rosario, Platense tenga la gran posibilidad de volver a la Primera A después de 22 años. Sería el mejor de los regalos para el cantor de tangos y de goles.
Ese fantasma del Polaco se aparece generalmente los sábados porque es el día de la noche, del tango compadrito y engominado.
Nunca falta gente soñadora que lo saluda con un movimiento de cabeza en el club social y deportivo “Federal Argentino” donde a los 15 años ganó un concurso de voces nuevas y como premio fue contratado para cantar en la orquesta de Raúl Kaplun.
Algún domingo suele merodear los viejos micrófonos del club social y deportivo “El Tábano” o los gritos de gol marrones y desesperados de calamar y de Platense.
Hay quien dice que se lo puede escuchar muy a los lejos en Villa Urquiza, en una vieja parada del tranvía 35 donde su viejo lo esperaba cuando volvía del cabaret, con el sol castigando las miradas. Ese mundo de tanguerías, de piso de parquet, piringundines almodovarianos con bronces por todos lados y de mujeres coperas y alternadoras habían sido sus divisiones inferiores. Desde muy chico se movía entre las mesas y los escenarios como un sabio veterano.
La estampa del Polaco está en todos lados. Como un Dios pagano. En
Radio Belgrano y los viejos micrófonos de los afiches de Evita, Caño 14, la catedral del corte y la quebrada, los clubes de barrio, la tele y en los discos long play. Pero sobre todo en esos boliches prohibidos, esos supermercados del vicio y el placer que nunca dejaron vivir ni morir en paz a su madre lavandera que nunca lo llamó Polaco.
El primero que le dijo Polaco fue otro mito de la fundación de Buenos Aires. Otro que siempre está volviendo, el de las manos como patios: Aníbal Troilo, Pichuco. Lo escuchó una noche, no lo esperaba. Lo llamó y le dijo: “pibe, usted así tan rubio parece un polaco” y le quedó para siempre ese apodo y de nada sirvió tanto vasco antepasado llamado Goyeneche ni que haya nacido en Entre Ríos.
Goyeneche no se privó de cantar con Astor Piazzolla y la rompió, dejó la pelota chiquita y se fue ovacionado. Pero con Pichuco, el Polaco construyó una amistad inmensa y una pareja de leyenda. Goyeneche y su personalidad para decir los tangos siempre me puso la piel de gallina. Siento una emoción canyengue, de chata cadenera del barrio de La Boca, pocas cosas tan urbanas como su voz y sus murmullos.
Por eso Buenos Aires no es la misma sin su cara angulosa, sin su bigotito anchoa, es como tener un prócer menos. Nos falta su voz de barítono de mediana tesitura, su buen oído, su susurro de fango, sus amagues futboleros, sus fileteados verbales, su bandoneón en la garganta.
¿Sabe qué consejo le daba siempre Pichuco? Le decía: ”Pibe… hay que contarle al público, no cantarle. De cantar se encarga la orquesta.”
Y si me permiten señores oyentes, le robo un párrafo a Fernán Silva Valdes para tratar de definir mejor lo que era el tango interpretado por el Polaco: “El tango es una música rara/ que se acompaña con el cuerpo y con los labios y con los dientes/ como si se mascara”.
Y le robo otro a Homero Expósito, ¿Me permite?. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”.
Así era el Polaco, por eso fue el más rockero de los tangueros, el más zarpado, el menos dogmático, el que tenía los poros más abiertos para enriquecerse con otros vientos.
Era llorón, sensiblero, calentón, a veces se encerraba en su humilde casita de la calle Melián a hundirse en las nostalgias. Su primer contacto con el tango fue a través de las letras que publicaba aquella revista emblemática llamada “El Alma que canta”. Y fue casi como un toque premonitorio porque el Polaco Goyeneche hoy podríamos definirlo como “El alma que canta”.
Extrañamos tanto su fraseo único, ese paladear el tango desde cada palabra con puntos y coma, gota a gota, tango a tango.
Extrañamos su carraspeo, sus silencios abismales, su escenario, su estaño, su última curda y su garganta con arena como le dijo Cacho Castaña, tal vez su heredero, que se fue de gira a acompañarlo en el cielo de Buenos Aires. Juntos, ahora podrán actuar de “cantor de un tango insolente, hiciste que a la gente le duela tu dolor”. Ahí estarán Troilo que le dejará un verso debajo de su almohada para que entone ese tanto que lo emociona, diciendo punto y coma, que nadie le cantó”. Y habrá “duendes y fantasmas” que respiran con el asma de un viejo bandoneón”.
En el frente del Parque Sarmiento hay una estatua suya de tamaño real aunque nunca podremos tomar dimensión de su verdadero tamaño. Allí está el Polaco, que también es un bronce que canta, mirando al sur, como corresponde.
Nos duele el dolor del Polaco y de su ausencia. Si nos paramos a mirar la vida debajo de una luz de almacén, seguro que nos invade un perfume de yuyos y de alfalfa que nos hace extrañar más su misterio sureño y desafiante.
Y a veces, la angustia nos invade porque solo nos queda su nombre flotando en el adiós. Arena y garganta con arena, que la vida se llevó…

No hay futuro con el chavismo K – 28 de enero 2021

Por momentos da la sensación que el gobierno destruye todo lo que toca: la economía, la salud, las instituciones, la convivencia republicana y hasta el concepto de progreso.
El fracaso estrepitoso de Alberto y Cristina no solamente puede medirse por su incapacidad para construir algún éxito de gestión. Su chavismo K, sus caprichos y su resentimiento, lo convierten en un movimiento que dinamita incluso, la noción de futuro. Todas las salvajadas que han hecho se pueden resumir en esta pregunta:
¿Quién habla hoy de futuro y de progreso? Con su populismo cleptocrático han logrado que la mayoría de la gente solo piense en resistir y en aguantar hasta que pase esta tormenta perfecta.
Hay cientos de ejemplos.
En todos los aspectos de la vida en comunidad.
Atacan a Mercado Libre y defienden a Boudou libre. Ese es el mensaje que dan a la sociedad. Palos a los exitosos y abrazos a los que roban. Castigo a los que innovan y dan trabajo genuino a miles y premio a los estafadores condenados por todas las instancias judiciales. Así nos va.
En cualquier país del mundo una empresa como la de Marcos Galperín, sería un espejo en donde mirarse. Se iluminaría su figura como un ejemplo de progreso porque con creatividad y esfuerzo se transformó en un unicornio que hoy supera los 100 mil millones de dólares en su valor bursátil. Un orgullo para los argentinos.
Sin embargo, militantes y referentes del cristinismo le dan con un caño, lo hostigan y le ponen tantos obstáculos que Galperín tuvo que irse a vivir a Uruguay. Y no es el único caso.
Juan Grabois es la contracara. El mejor amigo del Papa Francisco, es el promotor de un pobrismo clientelista con el eje puesto en la multiplicación no de los panes y si de los planes y la pobreza. Con un izquierdismo presuntamente cristiano, berreta y consignista, Grabois promueve huertas impracticables en los terrenos ajenos y una reforma agraria que no cuenta con el principal insumo: la vocación por el trabajo.
Para este gobierno vale más Boudou Libre que Mercado Libre. Y es toda una definición.
De hecho, como faltan dólares porque el peso no vale nada, hay genios del gabinete que proponen impedir que ingresen computadoras y estudian ponerle un impuesto. Un delirio reaccionario que ellos bautizan como progresista. Ese es el nivel de confusión que tienen y transmiten desde el estado.
En pleno crecimiento del trabajo remoto producto de la pandemia, mientras las notebook se han convertido en una tabla de salvación para trabajadores o pequeños empresarios, Alberto y Cristina se empeñan en ponerle un freno de mano a cualquier posibilidad de mejora en la calidad de vida. Se pegan tiros en los pies.
Se auto perciben revolucionarios y son profundamente conservadores y jurásicos.
El ejemplo más claro se puede ver en feudos como Formosa o Santa Cruz. Eso es lo que los Fernández consideran gobiernos y gobernantes ejemplares. Esa es la forma del chavismo en la Argentina. Señores feudales que se eternizan en el cargo. Autoritarismo feroz. Justicia adicta y ataque a los medios de comunicación independientes. Detención de opositores pacíficos. Y un ejército de empleados estatales y casi nulo desarrollo de la actividad privada.
Formosa y Santa Cruz son, apenas dos botones de muestra. El formato se repite en gran parte de la geografía nacional del peronismo de estado. Frente a brutales violaciones a la dignidad que humillan a los más humildes, los organismos de derechos humanos que tienen la camiseta de Cristina, se quedaron mudos. Es vergonzoso que no hayan hecho ni un reclamo. Ni Bonafini, ni Carlotto, ni Victoria Donda. Horacio Pietragalla fue a una especie de tour donde disfrazaron la realidad y encima, soberbio y pendenciero, maltrató a jóvenes militantes de organizaciones de la sociedad civil diciendo “¿Te parece que estoy así disfrazado para el carnaval?” Para ellos, Formosa es el paraíso socialista. El presidente Fernández calla y otorga, y el Partido Justicialista trata a Gildo Insfrán como si fuera un estadista de Dinamarca.
Cristina premia a Pablo González, quien fuera vice de Alicia Kirchner, con la suma del poder en YPF. La historia de YPF desde que los Kirchner aparecieron en la política de Río Gallegos, es el símbolo de los negocios sucios y de la destrucción de la empresa. Sin distinción de ideología. Apoyaron la privatización, la argentinización y la re estatización. Y siempre se beneficiaron ellos y perjudicaron a todos los argentinos. Todos los caminos condujeron al mismo destino de una empresa que supo ser un ejemplo y que ahora está en la lona y con riesgo de caer en default. Pero eso si, el manejo de todas las cajas es de los soldados de La Cámpora.
Ese concepto de destruir todo lo que funciona es clave a la hora de analizar el ataque feroz a la Ciudad de Buenos Aires, un experimento exitoso en varios sentidos que protagonizó Mauricio Macri y ahora Horacio Rodríguez Larreta. Gobiernan La Matanza desde 1983 y en lugar de gobernar con la idea de igualar hacia arriba y seguir el rumbo de la Ciudad de Buenos Aires, la energía la pusieron en igualar para abajo. En destruir un distrito que funciona y que es la vidriera al mundo y en el que viven, trabajan, estudian y se curan seis millones de argentinos. Repito: en vez de construir un Conurbano a imagen y semejanza de la Ciudad, el objetivo es que los que habitan esta ciudad dejen de vivir en la opulencia de los helechos iluminados y pasen a chapalear en el barro. Igualar para abajo. A eso le llaman justicia social. O progresismo. Son falacias y estafas morales y económicas.
Cristina ama a La Matanza, pero vive en Recoleta, Puerto Madero o El Calafate, entre helechos iluminados. Todos queremos que La Matanza, Santa Cruz o Formosa crezcan, se desarrollen, progresen y sus habitantes sean cada vez más felices. Pero para eso se necesitan gobernantes que no roben, que respeten la ley y las instituciones y que combatan la pobreza y que no la multipliquen.
¿Cuáles son los países y las sociedades que Cristina admira? Venezuela, Cuba, Rusia? ¿Eso es lo que ellos aspiran a construir para los argentinos? Si ese es el objetivo quiere decir que van por buen camino. Viajamos hacia Venezuela con escala en Formosa o Santa Cruz.
En todos los planos van a contra mano. Si salieran de sus vidrios polarizados y de sus opulentos domicilios, los Fernández se darían cuenta que junto con el trabajo, tal vez el reclamo más importante de la sociedad es la seguridad democrática. El gobierno nacional no hace nada en este tema. O mejor dicho, con distintos mensajes nefastos, siempre favorece a los delincuentes y castiga a las víctimas de delitos. La ministra de la Inseguridad Sabina Fréderic, no sabe no contesta. No controla ni la relación con Sergio Berni. Este cuarto gobierno kirchnerista fomenta y tolera tomas de tierras privadas, libera asesinos y violadores de las cárceles pese a que casi no hubo contagios de covid en los penales y sus jueces y fiscales militantes, imitan a su jefe espiritual, Eugenio Zaffaroni y en un falso garantismo, tienen la firma fácil para soltar a los pobres delincuentes que según ellos no son victimarios, son “víctimas de la injusticia del sistema capitalista”. Y a eso le llaman ser de izquierda. Le levantan monumentos a los lumpenes del robo y los crímenes y miran para otro lado frente al crecimiento geométrico del sufrimiento que padecen los argentinos laburantes y honrados. Repiten como loros de la inflamación ideológica que la seguridad es una bandera de la derecha y de los ricos. Y no se dan cuenta que es todo lo contrario, que en los barrios más humildes es donde más sufren cuando a sus hijos les roban la mochila, las zapatillas o las pocas pertenencias que tienen. Otra vez: castigan al que trabaja y premian al que delinque. Igual que con Galperin y Boudou. Es una escala diferente, pero el concepto es el mismo.
Y eso se traduce al tema policial. La mayoría de la militancia K asocia todos los uniformes con la dictadura militar o con la represión ilegal. Desprecian a todos los policías, gendarmes y demás. Los maltratan y no reparan en que por edad y por subordinación a la democracia, son muy pocos los golpistas o los corruptos que, por supuesto, deben ser extirpados de la fuerza. Pero en todos los países del mundo se necesita que el estado castigue al delito con legalidad y profesionalismo. A eso apostó Patricia Bullrich y por eso se ganó el respeto de gran cantidad de civiles y uniformados. Porque fomentó la idea de cuidar a los que nos cuidan, lo que no significa mirar para otro lado si algún policía comete un ilícito. Por eso creció la imagen positiva de Patricia Bullrich entre la población civil y en las fuerzas de seguridad. Por eso los policías se le cuadraron con respeto en Villa Gesell. Despues los obligaron a hacer un video donde dijeron que habían sido engañados y utilizados políticamente. Un castigo soviético.
De todos modos lo que no se puede borrar, porque está en el ADN del kirchnerismo es que no terminan de comprender que no hay exigencia más justa ni más vinculada a los derechos humanos de hoy que la seguridad. Todos tenemos derecho a vivir en paz, en libertar, en tranquilidad y es el estado el que tienen que combatir al delito. No pueden desertar de esa obligación porque de esa manera, fomentan la calamidad de la justicia por mano propia, el ojo por ojo y eso a la larga, deja ciega a toda la sociedad.
Y para que le voy a contar el aumento de la pobreza, la desocupación, la inflación, el cierre masivo de empresas y la falta total de inversión. El descalabro económico no hace falta ni describirlo. Lo sufren todos los compatriotas en sus bolsillos y en sus frustraciones.
La única verdad es la realidad, y la realidad es que los Fernández destruyeron todo lo que tocaron. Y recién llevan un año.

El Holocausto no pudo con Lea – 27 de enero 2021

Recuerdo que hace un año, exactamente, fue estremecedor el ruego y el rezo del presidente de Israel para que todos los líderes del mundo combatan el odio discriminador, el antisemitismo y todo tipo de extremismo. Es igual que decir Shalom y brindar por la paz y la convivencia plural. El día que lo logremos en todo el planeta, recién habremos derrotado definitivamente a la maquinaria nazi, esa fábrica de muerte y racismo. Por ahora son batallas que ganamos desde el humanismo democrático. Una de las más importantes fue conmemorada con ese acto histórico en Jerusalén. Nada menos que la liberación de Auschwitz, el complejo de campos de exterminio más tristemente célebre. Ese es el holocausto, o la Shoá en términos históricos y colectivos. Pero yo le quiero contar el holocausto en primera persona. Con alguien que lo vivió y lo sufrió en carne propia y en carne viva. Le pido que escuche con el corazón abierto.
Lea tiene el número 33.502 tatuado en el brazo. El alma se estruja cuando uno ve a esa abuelita de 94 años, a esa bobe con pinta de bobe, marcada como si fuera ganado. Lea se ríe de las arrugas que le surcan la cara y tiene una mirada tierna. Pero jamás recuperó la alegría plena desde aquel día en que el médico nazi Josef Menguele levantó su brazo para que le grabaran a fuego esa cifra maldita: 33.502. Lea dijo que Menguele, tenía “una mano con dedos de araña ponzoñosa”. Era el que experimentaba con los seres humanos como si fueran ratas de laboratorio. Fracturaba huesos del cráneo de los chicos, extirpaba ovarios de mujeres embarazadas, quemaba gente viva para reducirla a cenizas. Era la perversidad atroz disfrazada con guardapolvo blanco.
Ese número maldito inyectado en tinta era la manera en que los nazis identificaban a sus víctimas y en el mismo acto le sacaban su identidad. La convertían en parte de una lista, en un frío número que le quitaba su condición de ser humano. Eso fue lo que Lea sintió todo el tiempo. Los adoradores de Adolf Hitler la degradaron hasta las peores humillaciones. Lea vio con sus propios ojos tristes y sintió el impacto en su cuerpo, los crímenes de lesa humanidad y el intento de exterminio. Ella estuvo adentro de la catástrofe de la Shoá.
Hoy se conmemoran los 76 años desde que el Ejército Rojo liberó el campo de concentración de Auschwitz que es el símbolo más cruel del fascismo.
Es el apellido del Tercer Reich. Por eso se instauró como el día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. En homenaje a las víctimas y a los sobrevivientes como Lea.
Cuando las tropas rusas entraron a Auschwitz no podían creer la magnitud de la barbarie. Primo Levi dice que los soldados bajaban la mirada ante el horror de los hornos crematorios, las cámaras de gas y las montañas de cadáveres raquíticos. Fue una ametralladora macabra de crímenes multitudinarios, la industrialización del asesinato masivo. Y Lea estuvo allí. Lea es una sobreviviente de la Shoá. Ella pudo regresar de la muerte. Lea pudo escapar de la maquinaria perfecta pergeñada por la raza aria, presuntamente la raza superior, que tuvo la responsabilidad de haber concretado el mayor genocidio de la historia de la humanidad. Borraron de la faz de la tierra a más de 6 millones de judíos y a 5 millones de otras minorías como los gitanos, comunistas, homosexuales y hasta discapacitados. Fue el resultado del odio racial y la xenofobia llevados a su máxima expresión. Por eso nunca hay que bajar la guardia y mucho menos ahora que esos horrores brutales han vuelto a reclutar fanáticos en todo el mundo.
Un psiquiatra y filósofo alemán llamado Karl Theodor Jaspers sentenció que ” lo que ha sucedido es un aviso. Olvidarlo es un delito. Fue posible que todo eso sucediera y sigue siendo posible que, en cualquier momento, vuelva a suceder”.
El Papa Francisco, en el Museo del Holocausto en Israel, escribió de puño y letra en el libro de visitas:” Con la vergüenza de lo que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue capaz de hacer. Con la vergüenza de que el hombre se haya hecho dueño del mal. Con la vergüenza de que el hombre, creyéndose Dios, haya sacrificado, así, a sus hermanos. ‘¡Nunca más! ¡Nunca más!’”.
Lea es polaca y confiesa que cuando siente culpa por haber sido la única de su familia que no murió, se recuerda a si misma que su misión en la vida es hablar de aquella muerte masiva para que nadie olvide, para que nadie niegue, para que nunca más. Todos le dicen Lea pero ella se llama Liza Zajac. Era una nenita cuando vio cómo su madre y su hermanito en brazos, fueron subidos a punta de pistola al tren que los llevaba a la cámara de gas. “Lea, corré” le gritó su madre y ella corrió a escabullirse entre la multitud de prisioneros con trajes a rayas y estrellas de David amarillas en el pecho. En un galpón la desnudaron y la raparon. Era una nenita que no podía ni llorar. Solo miraba un punto fijo y no podía moverse ni hablar. Estaba petrificada, conmovida hasta lo más profundo de su inocencia. La llevaban todos los día a realizar trabajos forzados y levantar piedras, y se había hecho amiga de su compañera, la que caminaba a su lado. Malka se llamaba. Un día, a Malka se le salió el calzado y tropezó. El nazi que las trasladaba, le apuntó con su metralleta y la liquidó en un instante. Malka quedó tirada en el suelo con los ojos abiertos, como preguntando, ¿Porque? Lea tuvo que trasladar el cadáver de Malka en sus hombros. Lea tuvo suerte en el medio de esa tragedia inconmensurable. Conocía a una doctora rusa llamada Luboff que era prisionera de guerra y que la protegió como si fuera su hijita. La encontró en la enfermería. Gracias a ella y a Dios, agrega Lea, sobrevivió. Todo eso ocurría en medio de epidemias de tifus, de tos convulsa, de disentería, de botas criminales con la cruz esvástica que pateaban al caído, de alambres electrificados, de chorros de agua helada en la madrugada, de personas reducidas a esqueletos de 30 kilos como máximo. Una recluta austríaca no judía salvó definitivamente a Lea porque la tachó de la lista y en su lugar puso a una enfermera que había fallecido. Lea pasó por varios campos de concentración y pudo regresar a su pueblito de Polonia pero nadie de su familia había quedado vivo. Les habían robado todo. Se habían apropiado de su casa. En total a Lea le mataron 80 familiares. A su tío Rajmil, con un tiro en la frente porque había pedido un poco de agua en una tacita de lata.
Lea jamás quiso volver a Auschwitz y nunca se animó hasta que la acompañó un grupo de jóvenes estudiantes de la escuela ORT. Ellos la acariciaban y la contenían a medida que caminaban por esa tierra regada por sangre de millones y convertida en cementerio de multitudes. Todavía hoy tiene pesadillas con Auschwitz. Todavía hoy se le aparece la mirada de su madre con su hermanito en brazos subiendo al tren rumbo al exterminio por asfixia. Todavía hoy se pregunta si eso fue un castigo de Dios o una prueba horrorosa que tenían que pasar. A 76 años de haber sido liberada, todavía no encontró las respuestas. Pero Lea es un huracán de amor y de humor. Le pregunto qué problemas tiene de salud y me contesta que “tiene ramos generales”. Insisto porque la escucho con una lucidez increíble y me dice: “Tengo problemas en la carrocería pero todavía estoy bien de la azotea”, y se ríe. Le hablo de mi padre que tiene 98 años y ella me quiebra de emoción cuando me cuenta que su ídolo “es el tercer Leuco, es decir Diego”. Tiene los ojos cansados de tanto usarlos. Hasta hace poco, esa disminución en la vista le impedía ejercer su única adicción: la lectura de libros de historia. No pudo estudiar, pero hubiera querido ser historiadora. Hoy sigue leyendo porque agranda las letras en su libro electrónico. Parece mágico que se llame Liza y que todos le digan Lea, a una persona que disfruta como pocos de leer. Sufrió otro golpe terrible hace 5 años cuando falleció su hijo Jorge, ´pero agradece a la vida por su hijo Héctor, por sus 5 nietos y por una suerte de hija adoptiva que juega a ser con una talentosa mujer amiga de la casa llamada Diana Wang. Jamás olvidará que la primera obra de teatro que vio apenas llegó a la Argentina fue “Los árboles mueren de pié” con Amalia Sánchez Ariño. Lea hizo honor al himno de los partisanos que exige que nunca digamos que esta senda es la final y termina asegurando, orgullosamente, que seguimos estando acá.
Lea es parlanchina, elocuente para defender sus ideas. Tiene 94 años, merece el paraíso, pero hace 76 que salió del infierno.