Tévez volvió al barrio – 11 de enero 2018

Yo nunca me fui del barrio, siempre estoy volviendo, dijo alguna vez Aníbal Troilo, Pichuco. Vuele bajo porque abajo está la verdad, cantó Facundo Cabral. Muchos sicólogos recomiendan que frente a algún tipo de confusión en los caminos de la vida, lo mejor es regresar a las raíces, a ese lugar donde hay contención, donde se forjó nuestra identidad.
Eso hizo Carlos Tévez. Dejó por 45 días el lujo asiático de China y volvió a vivir a Fuerte Apache con sus viejos amigos, donde están las necesidades básicas insatisfechas y el peligro. De nada le sirvieron los millones de dólares que ganó en buena ley. El combustible que necesitaba lo fue a cargar entre los más pobres de los pobres. Fue a darse un baño de realidad y humildad. Hasta que se le pasó el mareo y recuperó las ganas de gritar gol con la camiseta de su vida. Y recién ahí, decidió volver a Boca, a esa Bombonera que late y mientras tanto, hizo un par de goles en los picados con sus amigos de toda la vida.
Atrás quedó el cuento chino. Los autos con choferes, las mansiones y el contrato con el Shanghai Shenhua.
Hablo de Carlos Tévez. De Carlitos. Del apache. O del jugador del pueblo, como usted prefiera. Su vida es un verdadero ejemplo de superación. Creo que pocos ciudadanos surgieron de tan abajo, con tantas dificultades y llegaron tan arriba, con tantos valores.
No conozco ninguna persona que haya sido tan castigada por la vida y que luego haya sido tan premiada. Su infancia fue un calvario producto del destino y la injusticia social y su actualidad es una gloria gracias a su esfuerzo y su coraje.
Carlos Tévez nació en la pobreza más extrema y en la marginalidad típica de las villas miserias. Pobrecito, apenas tenía 6 meses cuando su madre, Fabiana, lo abandonó. Tal vez Carlitos no tenga memoria de aquel drama. Pero cuatro meses después, la tragedia le dejó una marca para toda su vida. Una pava repleta de agua hirviendo para el mate se derramó sobre cuerpito. Es un accidente doméstico muy común que aterra hasta los médicos. Las ollas siempre deben estar en las hornallas de atrás de la cocina. Pero en este caso no había ni hornallas ni cocina. Había un humilde braserito para todo uso puesto sobre el piso de tierra. Y por eso pasó lo que pasó. Lo llevaron de urgencia a la salita de primeros auxilios de Fuerte Apache y de ahí al hospital. Pero en su desesperación sus seres queridos, los que no lo habían abandonado, lo envolvieron en una manta con fibra de nylon. Eso hizo todo más grave y terrible. El plástico se derritió con el calor y se adhirió a la piel del chiquito en llamas de llanto. Estuvo a punto de morir. Se pasó dos meses en terapia intensiva y la valentía que siempre tuvo le ayudó a salir a flote pero con una cicatriz gigantesca que va desde su oreja hasta el pecho pasando por el cuello. Sufrió las curaciones durante meses. Y el peligro de las infecciones en un ámbito desolador.
Por suerte, la humanidad siempre gana y fue criado y educado por sus tíos maternos. Por la hermana de su madre y por su esposo, don Segundo Tévez que le dio apellido y dignidad aunque en medio de las privaciones más atroces. Pero esto no fue todo. Su padre biológico, Juan Alberto fue asesinado en un enfrentamiento de 23 balazos.
Carlitos tenía solo 5 años y un amor incondicional por la pelota. La dominaba como nadie entre las piedras, el barro y los perros flacos. Era magia lo que surgía de sus pies alados. Destellos de luz en cada gambeta en la canchita del club Santa Clara, al lado de la parroquia y frente a la radio comunitaria. Alguien corrió la bola y un delegado de All Boys lo fue a buscar. Don Segundo Tévez, con todo el dolor del alma y un nudo de lágrimas en la garganta le dijo: “No te puedo mandar al pibe para que se vaya a probar porque no tiene zapatillas”. Jugaba descalzo o con un par de championes rotos que le prestaba un vecino.
El fútbol le dio la nutrición y la potencia muscular que no tenía. Se ordenó su vida y encontró un objetivo para seguir. Carlos siempre dice que si no hubiera sido jugador de fútbol hubiera terminado preso o muerto por entreverarse en el delito. Es que en esos lugares tan extremos de marginalidad no hay muchas opciones. Hoy algunos de esos pibes eligen ser soldaditos de la droga. Y así se compran una moto, unas altas llantas y seducen a la mejor de las pibas. Es doloroso pero rigurosamente cierto. De hecho uno de los pocos hermanos biológicos con el que mantenía relación está condenado a 16 años de prisión por asaltar un camión como pirata del asfalto. Uno de sus amigos de infancia, apodados “Cabañas” fue jefe de una banda criminal temible llamada “Los Backstreet”.
Todo eso me maravilla. Me lleva a preguntar como hizo un ser humano tan castigado para superar todo eso y convertirse en lo que es hoy.
Se la hago corta. Salió campeón en 23 ocasiones y casi siempre fue el goleador del equipo. Y el compañero más querido. Y el más venerado y ovacionado por los hinchas de todos los colores. En Boca fue y es uno de los ídolos más grandes de todos los tiempos y es comprensible. Pero fue muy querido y valorado en el Corinthians de Brasil, país en el que los futbolistas argentinos tienen que rendir un doble examen. Hasta Lula lo invitó al palacio Planalto y le pidió una camiseta del equipo que ama desde que era tan pobre como Tévez pero en una favela en lugar de Fuerte Apache.
Allí Carlitos empezó a hacer sus primeros palotes con los idiomas. Se las rebuscaba en el portugués. Pero lo titánico para él fue triunfar en Inglaterra. En tres equipos. A uno lo salvó del descenso, el West Ham y a los otros dos los hizo salir campeón y fue amado por los hinchas de los otros dos que en Manchester son enemigos a muerte, como River y Boca. Carlitos jugó en los dos y dio la vuelta olímpica con los dos. Y amagó con el inglés para un lado y salió por el otro, pero se hizo entender. Si para un argentino es difícil triunfar en el fútbol brasilero, hay que imaginarse lo que debe ser en Inglaterra donde la guerra de Malvinas y viejos odios todavía pesan bastante. Pero Carlitos superó todo eso. Y fue ganando fortunas en euros. Le doy un dato que resume la dimensión de su talento. Noel Gallagher, el cantante de Oasis, una mega estrella, un día en las elecciones de Gran Bretaña puso en la urna un papel que decía: “Voto a Tevez”.
En Italia, en la Juventus repitió la historia de campeonatos y goles y afecto de los tanos que daban la vida por él.
No digo que Carlos Tévez fue perfecto o un robot de lo políticamente correcto. Hizo algunas macanas, como hacemos todos. Se peleó con un grandote que lo discriminó y lo trepó, literalmente por sus rodillas hasta su cara y lo cagó a trompadas. Discutió con Mancini y se fugó a la Argentina hasta que lo suspendieron y tuvo que pagar una multa de un millón 400 mil euros. ¿Qué me cuenta? Pero en todos lados fue un ejemplo de esfuerzo, de huevos para poner en cualquier cancha y de compañerismo. Por eso se ganó el afecto de todo el mundo. Incluso de sus rivales. Tuvo un desliz y se fue de trampa con una actriz muy bonita pero siempre mantuvo su hogar como un altar de la familia. No se casó con un gato que le comiera la billetera. Se casó con Vanesa Mansilla, la piba de barrio hermosa y bancadora que lo acompaña hace 20 años. Con ella tuvo tres hijos por los que dá la vida y jamás abandonará: Florencia, Katia y Lito Juniors. Varios de sus golazos los festejó con el pulgar en la boca como tomando de la mamadera o llevó a los pibes a las vueltas olímpicas. Hoy es amigazo de dos cordobeses que le producen felicidad con lo que hacen porque él también lo hace. El cuarteto de la Mona Giménez y el golf del Pato Cabrera. Otra vez dos mundos presuntamente enfrentados como el golf y el cuarteto unidos por Carlitos. Tiene luz y alma de bueno. Pudo haber sido un delincuente y se transformó en un tipo solidario que visita chicos en hospitales y gente que sufre. Denunció la pobreza feudal de la Formosa kirchnerista y se bancó la que vino después. Se reconstruyó a sí mismo. Como se darán cuenta yo lo admiro profundamente por cientos de cosas, porque todo se lo ganó transpirando la camiseta. Nunca se quiso hacer una cirugía reparadora para borrar esa cicatriz que lleva en su cuerpo. Tal vez esa marca sea su manera de mantener la identidad, y sus raíces, de no olvidar a aquellos que se quedaron y de mantener los pies sobre la tierra ante tantas tentaciones de todo tipo. Pero hay dos cuestiones que les quiero contar para despedirme. Creo haber visto la belleza en estado puro. Es cuando Tévez aparece en el borde del área, inclina su cuerpo a la izquierda, se hamaca y le mete un sablazo con la derecha al segundo palo y la comba se clava en el ángulo. Como fue aquel domingo ante River. Para mi esa es una de las formas de la belleza en estado puro.
Y la otra es lo que le escribió el día que cumplió años su padre adoptivo, el que lo ayudó a zafar de las catacumbas. A don Segundo Tévez, al que alguna vez secuestraron, Carlitos le dijo textualmente: “Me enseñaste hacer (sic) un hombre. Mis tristezas son las tuyas y mis logros tu satisfacción. Te amo, viejo, feliz cumple”. Se lo pudo ver con su hermosa familia en una publicidad de lácteos por televisión. Se lo pudo ver trepado a los travesaños, celebrando con su pueblo o trepado a los escenarios cantando con “Piola Vago”, el grupo de cumbia villera de su hermano. Hoy se lo puede ver gambeteando su destino y llegando a la gloria de ser el jugador del pueblo, el más querido. Carlitos corazón. Volviste al barrio, nunca te fuiste.

La tragedia de Timerman – 10 de enero 2018

La vida de Héctor Timerman es una tragedia por donde se la mire. Está pasando por el peor momento de sus 65 años. De acuerdo a los certificados médicos que presentó en la justicia, nunca estuvo tan cerca de la muerte. Padece un cáncer demoledor y por eso estaba haciendo un tratamiento experimental en los Estados Unidos.
Anoche cuando quiso tomar el vuelo 954 de American Airlines rumbo a Nueva York, le notificaron que su visa había sido cancelada. Hace unas horas el juez Sergio Torres le otorgó la “excarcelación por razones humanitarias y extraordinarias”. El magistrado que subroga al doctor Claudio Bonadio, explicó que su resolución “es de extrema excepcionalidad” y que el grave estado de salud del ex Canciller de Cristina lo obliga a darle prioridad a eso por encima de los riesgos procesales que se corren. Por ejemplo, que Timerman se quede en Estados Unidos y no venga nunca más a comparecer ante la justicia.
La abogada de Timerman fue corriendo a la embajada de Estados Unidos para presentar la excarcelación y reclamar que le restituyan la visa y de esa manera la posibilidad de seguir su complejo tratamiento. A esta hora, aún no se sabe el resultado de esa gestión. Porque su letrada sospecha que la visa le fue cancelada debido a que estaba con un procesamiento y prisión preventiva confirmada por la sala II de la Cámara Federal. Ella cree que los términos de la acusación y su estado de detención domiciliaria dispararon el cese de su autorización para viajar. Es que la acusación es gravísima en cualquier lugar del mundo y mucho más para los oídos de los Estados Unidos: “montar un plan criminal para encubrir” a los terroristas de estado iraní que volaron el edifico de la AMIA y asesinaron en un segundo a 85 personas.
El fallo de Bonadio dice textualmente que el gobierno de Cristina “negoció, participó, acordó y ayudó a lograr los objetivos de Irán”, no sólo a “lograr impunidad ante la justicia argentina”, sino que nuestro país “no lo señale como un Estado terrorista que promueve y financia organizaciones terroristas”. Es que fueron dos atentados contra ciudadanos “desarmados e inocentes, y que han sido declarados delitos de lesa humanidad”.
De todos modos, no se sabe si los Estados Unidos le prohibieron el ingreso a Timerman por su estado procesal. Es una conjetura, una especulación. La diplomacia de ese país se negó a dar a conocer los argumentos que considera “confidenciales”.
Por eso se abrió un paréntesis de dudas. Tal vez le restituyan la visa ya que fue excarcelado. O tal vez no, porque el motivo es otro. Un funcionario de la cancillería argentina recordó la constante prédica de Timerman contra los Estados Unidos apoyado en lo que ideológicamente y en sintonía con el chavismo, definió como “antimperialismo”. Incluso hay un suceso, bizarro, provocador, cargado de infantilismo que tuvo alto impacto en Estados Unidos pese a que Timerman tuvo esa ciudadanía durante su exilio de la dictadura militar que, al principio, apoyó con su padre. Héctor Timerman, ya se sabe, fue director del diario La Tarde en plena dictadura y por eso está en una foto con el genocida Jorge Rafael Videla.
Hay que recordar que luego, Jacobo, el legendario capo de La Opinión, fue detenido y torturado por los militares en general y el general Ramon Camps, en particular.
El acontecimiento que el poder permanente en Estados Unidos no olvida fue su ridícula sobreactuación,
alicate en mano. En el 2011 hizo requisar a la Aduana una valija de comunicaciones de un avión militar norteamericano que traía instructores para entrenar al Grupo GEOF de la Policía Federal en técnicas antiterrorista. Por orden del entonces canciller, la aeronave fue inspeccionada e incautaron armas y medicamentos. Y el mismo cortó los cables de seguridad que preservaban esa caja.
El ex cónsul en Nueva York, ex embajador en Estados Unidos y ex canciller, cuya hija Jordana nació en aquél país, expresó con claridad su pensamiento en aquel momento: “La Argentina no reconoce el derecho de los EE.UU. de emitir juicios de valor sobre otros gobiernos. No tiene autoridad para decir qué país se comporta de qué manera. No puede emitir boletines de calificaciones porque tiene que resolver primero sus propios problemas”.
Hoy su vida es una tragedia. No solo por su enfermedad. Hay que sumarle las acusaciones de la justicia y el desprecio con que gran parte de la comunidad judía de la Argentina lo considera un traidor. Por supuesto que nadie llega al extremo inhumano de desear la muerte de nadie. Aún los más críticos de Timerman quieren que se recupere pronto y que sea la justicia argentina la que lo castigue y lo condene por lo que hizo.
Timerman lo sabe aunque mantiene su actitud altanera de saludar a los que definió como “sus compañeros Boudou, De Vido y Zannini que son rehenes del Poder Judicial”. Dicen los diplomáticos de carrera que Héctor Timerman fue el peor canciller de la historia democrática. Trabajó solo de portero de los muchachos de La Cámpora que tomaron por asalto casi todos los escritorios del ministerio.
En su momento, Cristina sostuvo que el estado de Israel se despreocupó del atentado a su embajada en Buenos Aires. Le faltó un centímetro para acusarlos de haber cometido un autoatentado o de no buscar justicia por sus muertos. Después arremetió otra vez contra las víctimas del ataque destructivo y criminal a la sede de la AMIA. Mezcló todo en un cóctel falaz y conspirativo y dijo que los Fondos Buitres, Nisman y las autoridades de la comunidad judeo-argentina organizada eran los responsables de no querer llegar a la verdad. Insisto: Poner la culpa en la víctima es un mecanismo perverso y una forma obscena de lavarse las manos de sus propias responsabilidades después de estar 12 años en el gobierno.
Cuando se cumplieron 20 años del atentado a la AMIA, desde el palco y frente a la masiva concurrencia dije algunas verdades muy duras que hoy se confirman plenamente. Por ejemplo que Timerman: “se sienta en primera fila y aplaude lo que dice Luis D’Elía, vocero iraní, fanático antisemita y promotor del fusilamiento de disidentes. Irán es un país que se enorgullece del uso bélico de la energía nuclear y quiere borrar a Israel de la faz de la tierra”. Hoy D’Elía está preso por esta causa. En otro párrafo de aquel discurso aseguré que Timerman : “quedará grabado en la historia por haber sido el ejecutor de este crimen de ilesa impunidad, esta alta traición al pueblo hebreo y al pueblo argentino. Como dijo su examiga y ex jefa política, Elisa Carrió, un canciller no judío no se hubiera atrevido a tanto”.
Rusito de mierda, le decían sus amigos a Timerman. El no hizo ni una sencilla denuncia ante el INADI, aunque sea para disimular. Hizo silencio de radio y después renunció como socio de la AMIA y le pidió a la DAIA que no hablara en su nombre porque obstruyen y boicotean la busqueda de verdad y justicia. Repito semejante salvajada. Timerman dijo, sin que se le cayera la cara de vergüenza, que las víctimas no quieren verdad y justicia. Le recuerdo que estamos hablando de “el acto terrorista más grave de la historia de la Argentina” y “el acto antisemita más grave desde la Segunda Guerra Mundial”.
Timerman es millonario por parte de padre y de esposa porque él no trabajó nunca aunque no tiene una sola propiedad a su nombre. Hay que iniciar una campaña solidaria llamada “un techo para el canciller” o gestionarle un crédito hipotecario.
Más allá de las ironías y chicanas, quiero decir que las enfermedades por más graves que sean, no convierten en buenos a los que fueron malos. La tragedia de Timerman me produce pena y lástima. Yo no le deseo lo que le está pasando ni a mi peor enemigo. Yo le deseo a Timerman que viva hasta los 120 años para que pueda explicar tantas cosas inexplicables que hizo. Y para que rinda cuentas ante la justicia de los hombres.

Rabinovich, otro genio – 9 de enero 2018

Cuando los argentinos contemporáneos escuchamos el apellido Rabinovich, automáticamente pensamos en un genio de la cultura, el humor y la música: hablo de Daniel Rabinovich, que en paz y risas descanse, uno de las figuras fundacionales de Les Luthiers.
Pero ahora, hay otro genio llamado Gabriel Rabinovich que no hace reír pero que despierta orgullo nacional y esperanza celeste y blanca.
Me gustaría decir que en ambos casos utilizo la palabra “genio”, en su verdadero significado y no en ese elogio facilongo que cualquier cholulo le grita a la estrellita mediática de turno.
Estos son genios de verdad. Y no necesitan salir de la lámpara de Aladino.
Según el diccionario de la Real Academia Española, “genio” significa “alguien con capacidad mental extraordinaria para inventar cosas nuevas y admirables”.
Rabinovich significa hijo de rabino. Y el rabino es el maestro hebreo que interpreta los textos sagrados. Tal vez por ese lado podemos encontrar alguna respuesta: Porque las canciones de Daniel en Les Luthiers y las investigaciones sobre el cáncer de Gabriel podrían aplicar a la definición de textos sagrados. Uno ilumina la alegría de vivir y el otro, alumbra la esperanza de no morir.
Gabriel dice que la palabra “sacrificio” es el corazón de su vida. Y dice que el significado de “sacrificio es hacer sagrado el trabajo que uno hace”.
Hace poco le conté que estábamos en una entrega de premios conversando con Gabriel y una persona pidió sacarse una foto conmigo. Mi culpa judía explotó de vergüenza. Estábamos ante el científico argentino más brillante, el que más cerca está de conseguir el Premio Nóbel y esta buena señora quería un recuerdo con este humilde periodista. Pensé en la injusticia que los medios a veces cometen (cometemos) al confundir a una persona notoria, que es mi caso, con un talento notable, que es el caso de Gabriel. Esta semblanza de Gabriel intenta reparar aunque sea en algo aquella herejía.
Me gustaría que todo el mundo lo conociera. Que los que admiran a Lionel Messi lo sigan haciendo pero que sumen al cuadro de ídolos a Gabriel Rabinovich. Es el tipo de argentino que necesitamos para volver a ser un gran país como el que nos dejaron nuestros padres. Tiene todas las características del ciudadano que puede ser una locomotora que nos ayude a construir ese país que soñamos para nuestros hijos.
Le pido disculpas por arrancar con algunas confesiones personales. Como buen cordobés, que Gabriel también lo sea, y que no haya perdido la tonada, es algo que me hace inflar el pecho. Fui compañero de su hermana Sonia en la escuela San Martin y hemos compartido como chicos algunos viajes en colectivo y varias tardes en Noar Sioni, el club donde aprendí de todo, pero sobre todo a jugar al básquet. Había algo más en común. Mis viejos tenían una farmacia en Alvear y Sarmiento que hoy maneja mi hermana, mi cuñado y mi sobrino Daniel. Los Rabinovich también tenían una farmacia pero en la avenida Caraffa al 2.100. Su padre, Lucho, es contador, pero Ana, su madre, era la que preparaba alquimias de colores y aromas en remedios casi caseros en la trastienda de la botica.
Gabriel trepó en su nivel de conocimiento por tres motivos recientes: una nota de tapa en la revista VIVA, de Clarín, el premio al investigador de la Nación que le otorgó el presidente Mauricio Macri y su incorporación a la Academia de Ciencias de los Estados Unidos. Los integrantes de esta entidad conforman la elite de la ciencia dura. De allí surgieron 200 premios Nóbel. Cerebros y neuronas privilegiadas al servicio de la humanidad. Apenas hay 465 que no son norteamericanos. Solamente 7, son argentinos. Gabriel es el más joven. Tal vez por eso y porque era el sueño de toda su vida, Gabriel, aquel 3 de mayo del 2016, lloró de alegría. Y porque tuvo que competir con pares de países que son potencias mundiales como Japón o Alemania. Y porque esa Academia de máximo prestigio fue fundada en 1863 por Abraham Lincoln.
Es que este bioquímico pelirrojo y muy informal en su vestimenta apenas tiene 48 años. Y descubrió una puerta de entrada clave en la lucha contra el genocidio planetario, simultáneo y constante que provoca el cáncer.
Dice que le gusta contar historias, mirar películas o hacer deportes. Y que todo eso lo acerca a la construcción lógica y sólida del conocimiento.
Se lo puede ver con su guardapolvo blanco impecable, la barba roja y el corte moderno como líder de 32 investigadores del Instituto de Biología y Medicina Experimental. Es hijo de la educación pública de excelencia. A los 23 años se recibió con honores en la Universidad Nacional de Córdoba. Siempre fue un bocho que confió en el trabajo sistemático para investigar, recolectar datos, experimentar y cotejar con la máxima rigurosidad.
Gabriel Rabinovich le confesó a nuestra colega Eliana Galarza que lo marcaron mucho las muertes por tumores de algunos familiares que tuvo que sufrir en carne propia. Y que eso lo motivó mucho en su lucha.
Quería ser maestro y lo logró aunque ejerce la educación científica. Da clases por todo el país. Integró el coro del shill, la sinagoga de la calle Alvear, al frente del olor a linimento del Córdoba Sport donde surgieron varios campeones de boxeo. Su lugar en el mundo es su laboratorio. Pero disfruta y se enriquece con el teatro, el cine y la música.
La pregunta fundacional que se hizo, fue: ¿Cómo se puede hacer para que los linfocitos del sistema inmunológico maten al tumor?”. Y a encontrar esa respuesta se dedicó con alma y vida. Estudia una proteína que es decisiva para destruir el cáncer, las enfermedades autoinmunes, la artritis y la esclerosis.
Tiene un lema que lo fortalece: “Si lo podés soñar, lo podes hacer” y “Sueños grandes, ciencia fuerte”.
Rabinovich es tan argentino que no quiso hacer el post doctorado en el exterior como hace la mayoría. Valora la diversidad de nuestra universidad, pero hizo dos viajes al exterior de perfeccionamiento de su metodología.
Es básicamente un humanista que entiende la solidaridad como servicio hacia los demás y confía en las cabezas abiertas que piensan en forma libre y creativa pero con responsabilidad social.
Milita en una ciencia no partidaria. Dice que nos beneficia a todos por igual y que nos da mayor soberanía. Dice con razón, que el cáncer, su enemigo, no tiene ideología.
Hoy se lo puede encontrar en la calle Vuelta de Obligado al 2.400 en el Instituto donde surgió Bernardo Houssay, el primer premio Nóbel argentino en ciencia. Tal vez eso sea una señal. Allí flota una mística que se refleja en una biblioteca gigantesca como un paraíso. Una vez Gabriel bailó de alegría entre pipetas, tubos de ensayos y computadoras. César Milstein, otro de los genios argentinos ganadores del Nóbel, le había contestado una pregunta.
A muchos jóvenes investigadores y científicos argentinos les debe pasar lo mismo cada vez que Gabriel responde a sus requerimientos o recorre el país sembrando docencia.
Hoy tenemos otro Rabinovich genial. Insisto con la figura: uno ilumina desde el cielo la alegría de vivir y el otro, con los pies sobre la tierra, hoy alumbra la esperanza de no morir de cáncer.
Este genio fabricado en Argentina nos llena de orgullo. Sueña y trabaja donde soñaba y trabajaba Houssay. Tal vez eso sea una señal. Y más temprano que tarde, logremos tener otro premio Nóbel en Ciencias. Gabriel lo sabe: si lo podes soñar, lo podes hacer.