Crónicas de guerra. Ser periodista hoy – 26 de marzo 2020

Parte diario: 502 contagiados y 8 muertos.
Un día como hoy, Pepe Eliaschev publicó una de las primicias más extraordinarias desde el regreso de la democracia. En la tapa del diario “Perfil” denunció el tenebroso pacto secreto que Cristina estaba firmando con Irán para encubrir a los responsables del atentado a la AMIA y la embajada de Israel. Fue una noticia de alto impacto y seguramente, marcó a fuego la carrera de quien considero, fue el mejor periodista político radial. Pepe sufrió exilios, persecuciones, escribió libros, publicó en diarios y revistas y siempre tuvo coraje en televisión y radio para llamar a las cosas por su nombre. Y también fue censurado y despedido por el gobierno de Néstor Kirchner que lo condenó a trabajar en radios humildes o cables de poca masividad.
Un día como hoy, pero de hace 9 años, Pepe reveló con exactitud el mecanismo de la búsqueda de impunidad que el ex canciller Héctor Timerman firmó en la ciudad siria de Alepo. Exhibir esa verdad y sostenerla en el tiempo le costó el ataque permanente del cristinismo que primero negó y luego tuvo que reconocer esa traición realizada a espaldas de los argentinos y de los familiares de los muertos. Pepe soportó estoicamente todo, incluso el maltrato de ciertos miembros de las entidades de la colectividad judía que tenían intereses ideológicos y económicos con el gobierno K.
Al tiempo, todo lo que Pepe había publicado, se confirmó con lujo de detalles. La verdad, el coraje y el profesionalismo habían triunfado sobre la mentira, la cobardía y el autoritarismo.
Fue un periodista de raza que ejerció con hidalguía frente a estos micrófonos hasta que el cáncer de páncreas, lo liquidó. Este recuerdo de un día como hoy me llevó a reflexionar sobre el rol del periodismo en general y, en particular, en estos momentos de la maldita pandemia que con 20 mil muertos ya se convirtió en la más letal del siglo. Es que este virus criminal viaja en nuestros cuerpos. Es increíble que cada ciudadano sea, al mismo tiempo, el veneno que contagia con la saliva y el antídoto que cura con la cuarentena. Todavía hay muchos idiotas que no entienden esto y con su irresponsabilidad sabotean la salud pública y el bienestar general. Todavía hay muchos idiotas antisociales que no se dan cuenta que son los más pobres de los pobres los que van a pagar las consecuencias más terribles. Porque para quedarse en casa, hay que tener una casa. Y demasiados compatriotas viven hacinados en una casilla precaria. Para lavarse las manos hay que tener agua. Y dos millones de argentinos no tienen acceso a una red de agua potable. El virus mata pero también desnuda pornográficamente a los gobiernos que no supieron, no quisieron o no pudieron ofrecer las necesidades básicas a sus gobernados.
Pensé en Pepe y en el periodismo de hoy. Hay de todo como en botica, por supuesto. Hay ignorantes salvajes y sensacionalistas, por supuesto. Todas las actividades tienen su cuota de delincuentes y corruptos, y la nuestra, no tiene porque, ser la excepción. Pero quiero ser lo más riguroso y equilibrado posible. En general, la mayoría del periodismo se está comportando correctamente. Algunos comunicadores son más eficaces y otros menos, algunos tienen más carisma para transmitir y otros menos, pero en promedio son absoluta mayoría los que llevan adelante su tarea buscando el equilibrio entre informar sin ocultar datos pero, sin caer en el alarmismo que asusta a la gente y potencia el virus del pánico. Estoy seguro que Pepe Eliaschev hubiera transitado por este camino. El de apuntar a los autoritarios que siempre potencian las peores enfermedades. Lo está denunciando la organización “Reporteros sin Fronteras”. Un informe de esta organización dice que los medios de comunicación chinos podrían haber informado mucho antes sobre la gravedad de la epidemia si Pekin hubiera garantizado la libertad de prensa. Hicieron todo lo contrario. Castigaron al médico que descubrió el virus. Y obligaron al periodismo a ocultar el origen y el desarrollo de semejante drama. Se podrían haber salvado miles de vidas. Reporteros ubica a China en el puesto número 177 sobre 180 en el ranking de la libertad de prensa. Esa actitud tiránica es más grave que todos los virus juntos. Porque el principal insumo de los periodistas no es la noticia. Es la libertad. Con libertad podemos practicar un periodismo bueno, malo o regular. Pero sin libertad solo es posible la propaganda de los esbirros del poder.
Nuestro rol como siempre es la búsqueda de la verdad para convertirnos en fiscales del poder y en abogados del hombre común. Esa es nuestra ética profesional. No mentir, chequear la información que difundimos, no pagar ni cobrar por lo que decimos y hacemos y ponernos siempre del lado de las víctimas.
Y tratar de compensar las malas noticias inevitables con buenos ejemplos que muestren la salida y que no todo está perdido. En este terremoto sanitario y económico que estamos viviendo, por suerte hay muchas situaciones para destacar y alegrarnos.
Es algo asi como nuestra sección de “Todos los días hay una buena noticia”.
Ayer algo le comenté. Más de 20 mil porteños se anotaron para ser voluntarios para ayudar y contender a los adultos mayores que son claramente los integrantes principales de los grupos de riesgo. Todo empezó con cartelitos en los ascensores o en los pasillos. Soy fulano de tal del cuarto B y me ofrezco para hacerle las compras en la farmacia o en el supermercado a quien lo necesite. Este es mi teléfono. Esa solidaridad espontánea y emocionante, ahora está sistematizado por el gobierno de la Ciudad. Se puede ayudar en forma presencial pero también por teléfono para charlar y acompañar a nuestros viejitos y que no se sientan solos ni entren en miedos, angustias o ansiedades.
El otro mensaje esperanzador fue generado en Villa Lugano, en la Escuela Media Técnica de la Universidad de Buenos Aires. Allí cinco alumnos muy jóvenes y dos profesores se metieron en un concurso nacional de física. Los ganadores tenían como premio viajar al campeonato mundial en Israel, organizado por el prestigioso Instituto Weizmann. Los chicos de Lugano, ganaron. ¿Se imaginan la alegría y los abrazos? Y prepararon una caja que debía ser difícil de vulnerar. Ese era el desafío. Tratar de vulnerar y abrir las cajas de los demás alumnos de varios países del mundo y evitar que ellos vulneraran la que se construyó acá con los principios de la física. Se juntaron y trabajaron día y noche. Le sacaron horas al descanso, a la posibilidad de estar con sus familias e incluso al esparcimiento. Muchos de sus amigos iban a bailar o a jugar al fútbol y ellos seguían quemándose las pestañas con ese proyecto tan hermoso. Lamentablemente por la pandemia, el torneo en forma presencial en Tel Aviv se suspendió. Los chicos se pusieron tristes. Nunca habían viajado en avión. Pertenecen a familias y barrios humildes. Pero siguieron batallando cuando les confirmaron que se podía hacer en forma remota, por Skype y a través de las redes. Estudiaron inglés, estudiaron teatro para poder exponer con mayor fluidez y finalmente, a la distancia, ganaron el premio del público. Unos genios. Lamentablemente, no pudieron festejar ni abrazarse porque cada uno estaba cumpliendo con la cuarentena en sus casas. Tuvieron que engancharse a la red en forma separada. Pero ganaron. De Lugano a Tel Aviv. De la Escuela Media Técnica al Instituto Weizmann de fama mundial. Estos chicos nunca bajaron los brazos. Dieron muchos ejemplos. Perseverancia, sacrificio, amor al estudio, al progreso y a la ciencia. Y trabajaron en equipo guiados por maestros contenidos por un colegio que apuesta a la excelencia y a la solidaridad.
Esa selección nacional que ganó el mundial de física la integran Luciano Cejas, Brian Terceros, Jazmín Carbarián, Sofía D’Eclessis y Rut Mamani. Los directores técnicos, por llamarle así a sus docentes fueron Paula Leales y Claudio Bilardo que si tiene apellido de técnico campeón del mundo.
Rut Mamani fue la encargada de exponer y explicar el funcionamiento y la construcción de su caja difícil de vulnerar. En realidad fueron ellos, estos 7 argentinos los que no se dejaron vulnerar ni vencer por todas las dificultades que tuvieron que enfrentar.
Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.

Crónicas de guerra. Los inconscientes y los médicos – 25 de marzo 2020

Hay dos cosas que a esta altura conviene consolidar. Por un lado, el encarcelamiento de los inconscientes que sabotean la salud pública y por el otro, los aplausos y abrazos en el aire para la heroicidad de los médicos y el resto de los trabajadores sanitarios.
Son dos caras de la misma moneda. Puño cerrado con la ley en la mano contra los que conspiran contra el bienestar general y hacen lo que se le canta las pelotas. Y mano abierta para homenajear a los que se juegan la vida para defender nuestra vida. Por estos dos caminos no nos vamos a equivocar demasiado.
La firmeza de Alberto Fernández quedó clara esta mañana. Igual que Diego Santilli, estaba enojado con la caravana de autos que todavía no entienden la gravedad de lo que pasa dijo que “lo que no entra por la razón, va a entrar con la fuerza”. Y les avisó que “les vamos a sacar el auto y los vamos a meter presos porque son inconscientes”. Y tiene toda la razón. La inmensa mayoría de los argentinos está haciendo un esfuerzo colosal y mancomunado para evitar la muerte de compatriotas y estos hijos de mala madre solo se miran el ombligo en el espejo de su frivolidad. No hay que tener contemplación con los que violen la cuarentena. No hay que permitirles que le mojen la oreja o humillen a los que sufren por falta de trabajo, de comida o de agua. No les pueden faltar el respeto a los que cumplen con la ley pese a que sufren el encierro, la lejanía de sus hijos y la ansiedad de la incertidumbre.
En estas últimas horas pudimos ver a este grandulón pavote de 27 años que se llama Federico Llamas. Es el de rulos colorados que tenía las tablas de surf en el techo de su camioneta y estaba con traje de baño, bolsos, musculosa y un nivel de soberbia insoportable. Lo pararon en la Panamericana. Mintió una y otra vez a los uniformados. Se negó a firmar el acta. Se burló de los periodistas que estaban trabajando y lo obligaron a regresar a su casa del pasaje Fabre en el barrio de Flores. Fue escoltado por un móvil y dos motos de la Prefectura Naval. Y en dos minutos, arrancó de nuevo y se fugó hacia Ostende. Hoy, un juez dictó una orden de captura para que pague por lo que hizo. No fue una travesura. Violó dos normas: evitar la propagación de epidemias y desobedeció a la autoridad. Yo también le cobraría todos los gastos que ocasionó al estado que tanto necesita los fondos para los que más necesitan. “Me gusta el bochinche”, les había dicho desafiante a los movileros.
Dicen que ahora está preso. Se creía el más pícaro y resultó el más boludo. Veremos si le gusta el calabozo.
Estos inconscientes antisociales son la contracara de los médicos y de todos los trabajadores de la sanidad. Están poniendo el pecho en la primera línea de combate contra este enemigo desconocido y criminal. Y no les resulta gratis. Se juegan la vida y muchos de ellos, pierden la vida para cuidar la nuestra. En el principal hospital de Chaco, en Resistencia, hay diez contagiados por cumplir con su misión y su juramento hipocrático. Ese maldito virus se ensañó con 6 médicos, 2 enfermeras, un bioquímico y un empleado administrativo del hospital Juan Perrando. Por eso Chaco ahora, tiene 10 combatientes menos. Quedaron fuera de combate y pasaron de cuidar la salud de los demás a enfermos que deben ser cuidados.
La mayoría de la gente identificó rápidamente a quienes son los escudos que nos protegen. Los aplausos de las 21 horas en todas las ventanas y en todos los balcones, fue a imagen y semejanza de lo que pasó en Italia pero como buenos argentinos le sumamos nuestro propio sello con cantitos de hinchada para alentarlos. Los bomberos y las fuerzas de seguridad también se tienen que dar por aplaudidos. En los concursos televisivos de la tele se popularizó eso de “Aplauso, medalla y beso”. Por ahora y hasta que le quebremos el espinazo a la pandemia, habrá solamente aplausos. Pero la medalla y beso se la ganaron para más adelante. Los argentinos somos aplaudidores. En algo que provoca calor en las manos y en los corazones. Que levanta el ánimo. En el fútbol se canta: “Aplaudan/ aplaudan/ no dejen de aplaudir/ los goles de fulano que ya van a venir”. Y en el rito de identidad de nuestra comida colectiva solemos pedir: “Un aplauso para el asador”. Este reconocimiento no se tiene que quedar en aplausos. Solo es el primer paso. Después que termine la batalla, hay que encarar la jerarquización económica y profesional de esta gente a la que tanto le debemos. No quiero caer en patrioterismo baratos ni en un clima malvinero. Pero la épica y la mística les va ayudar a darle más energía a los que luchan por nosotros. Después podremos cantar el himno nacional juntos y gritar cuando llegue la parte que dice “Al gran pueblo argentino salud”. Ojalá esta siembra directa de compatriotas con vocación y amor al prójimo permita una cosecha de muchos Favaloros. Ojalá.
Es que estamos asistiendo a la peor hecatombe de la historia. El hundimiento de la economía va a generar más pobreza, más desocupación y más miseria. Pero en esto no hay duda posible. Lo primero es la salud, como decían nuestras madres. La vida por encima de todo. Norberto, un amigo que vive en Miami me lo dijo con lenguaje coloquial de barrio: “Vivos y pobres, podemos discutir cómo sigue la cosa. Muertos y ricos, no hay nada que discutir”. Me contó además que en Estados Unidos hay problemas serios.
El sistema de salud, tan elitista y frágil, está sin respuestas contundentes frente a lo que se viene y ya impactó de lleno en Nueva York. Un test de coronavirus tarda más de 12 días en arrojar el resultado. El desarrollo no parece haber llegado a este desafío. Hay mil doscientos argentinos todavía en el aeropuerto de Miami. Muchos jóvenes de intercambio estudiantil que no tienen un peso para comprar remedios o comer algo. Y no saben si alguna vez los van a repatriar. El cónsul argentino trabaja las 24 horas para asistirlos pero está desbordado.
Pero el gran drama ahora está sacudiendo a España mientras sigue taladrando a Italia. Las historias son horrorosas. El extraordinario periodista Julio Algañaraz contó que hay miles de médicos contagiadosy la triste crónica de dos enfermeras que se suicidaron en medio de la depresión y desbordadas por las dimensiones bíblicas de la pandemia. Daniela Trezzi tenía 34 años y trabajaba en la sala de terapia intensiva del hospital de Monza. Allí llevan a los pacientes más graves. Se contagió el virus como tantos de sus compañeros, estaba sin fuerzas, exhausta y tenía miedo de contagiar a sus compañeros. No aguantó más, y Daniela se ahorcó. Hoy sus compañeros dicen que jamás la olvidarán y llevan la foto de Daniela en el pecho. Arriba del barbijo titilan sus ojos bellos y curiosos.
Silvia Luchetta se arrojó al mar. Bajó los brazos y abandonó la lucha por la vida de los demás y su propia vida. Se inmoló en el hospital de Jesolo en el Véneto. Tanto Daniela como Silvia eran obsesivas en la atención de los enfermos y honraron su condición de amar a su prójimo más que a ellas mismas. Entregaron todo, hasta la última gota de sangre. Padecieron la frustración de la derrota. Hoy son un emblema de la lucha de los trabajadores de la salud. Llevaran sus nombres hasta la victoria contra el virus asesino. Ambas solían decir: “Es desgarrador ver morir a tanta gente, sola, sin caricias ni despedida”.
En Italia vive uno de los mayores intelectuales de la actualidad. Hablo de Loris Zanatta, ensayista y profesor de historia de la Universidad de Bolonia. Puso luz con su escritura al oscurantismo de los populistas y los supersticiosos de todos los colores: “Hoy todo pinta negro y los pájaros de mal agüero tienen su momento de gloria. Así será por un tiempo. Pero yo no desesperaría. De a poco, los hechos se abrirán camino. Demostrarán que no son las oraciones o las ideologías las que derrotan a las pandemias, sino la ciencia y los médicos, la responsabilidad de los ciudadanos y la solidez de las instituciones”
Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.

Crónicas de guerra. Evitar los colapsos – 24 de marzo 2020

Parte diario: 301 contagiados y 6 muertos. Según la Real Academia Española “colapso”, significa: “destrucción, ruina de una institución, sistema o estructura”. Y eso es lo que tenemos que evitar en todos los planos. Evitar los colapsos.
Primero el del sistema de salud, por supuesto. Por eso estamos en esta cuarentana obligatoria. Para que un tsunami de argentinos con coronavirus, no paralicen los hospitales públicos ni los sanatorios privados. Esa es la tarea de las tareas. Es el principal objetivo compartido por todo el país y es la mejor manera de evitar la mayor cantidad de muertes posibles.
Evitar que colapse la economía. Es verdad que la economía ya está en la lona maltrecha pero hay que cuidar a los que más necesitan. Que el riesgo país supere los 4.290 puntos es una asignatura pendiente. Hay que dejarlo para más adelante. El camino elegido es el de pagarle 10 mil pesos a los trabajadores autónomos y a los no registrados. Y darle 10 millones de pesos a los intendentes del conurbano para que compren y entreguen comida. Y los 30 mil a los médicos, enfermeros y el resto de los héroes de la salud. Postergar todo tipo de vencimientos y no cortar servicios esenciales. La cadena de pagos pende de un hilo y asistimos a una hecatombe económica sin precedentes en el mundo. Jamás hubo una crisis de oferta y demanda juntas. Por lo general se da una sola de las variantes. O cae la producción o cae el consumo. Pero ahora se derrumban ambas y eso no tiene solución inmediata.
Hay que evitar que colapse la paz social. Hubo varios indicios de chispas o fogatas que deben apagarse rápido para que no haya un incendio social de todos contra todos. Los presos de las cárceles de Coronda y Las Flores se amotinaron por pánico a morir por la pandemia. Y 5 internos murieron en medio de los tiros, las llamaradas y los derrumbes. En Ituzaingó y en algunos otros barrios, ya hubo patotas que ingresaron a las patadas a algún almacén chica y se robaron todo. O lo que es peor, unos muchachos peligrosos ingresaron por la fuerza a la guardia del hospital Argerich de madrugada y se llevaron todos los barbijos que encontraron. Ojo con los desbordes de gente desesperada que en forma espontánea o inducida desaten situación de violencia anárquica. No casualmente el gobierno nacional apeló al Ejército y a la Gendarmería. En los puntos más críticos fueron con los camiones y los uniformes de campaña, cascos y fusiles a llevar viandas para las familias más marginadas. No lo pueden decir, pero en realidad, esos militares también les sirven a los funcionarios como elemento disuasivo. Para que a nadie se le ocurra hacer justicia por mano propia y apropiarse de lo que no le pertenece. Es una posibilidad que existe y por lo tanto hay que tomar todos los recaudos para evitar que corra sangre de compatriotas.
Jamás olvidaré la cara de ese señor coreano que en el 2001 lloraba desencajado y de rodillas, mientras sus propios vecinos le saqueaban todo su boliche. La peor ley es la ley de la selva.
Hay que evitar la depresión que puede producir el encierro. Tomarlo con temple, fortalecer nuestro ánimo. Apostar a un desafío de aprendizaje y a utilizar como escudo al humor y las tareas constructivas. Rubén Blades, el cantante y actor panameño me copió la idea (¡¡¡que caradura que sos Leuco!!) y está escribiendo un cuaderno de Bitácora personal con su experiencias en Nueva York. Lo bautizó “El diario de la Peste”. El autor de Pedro Navaja fue igualmente duro que su personaje para caracterizar a Donald Trump. Dijo que “el monstruo naranja es el político más estúpido, mentiroso, narcisista e incompetente de todo el planeta y la bolita del mundo. Amen”. Pará con los eufemismos Blades. Yo lo sumaría a Nicolás Maduro que recomendó unos remedios caseros inservibles de un falso médico como cura para el virus y hasta Twitter se lo bajó de un hondazo. Y encima el chavista impresentable aseguró que el virus era un “brote bio terrorista del imperialismo”. Andrés Manuel López Obrador y Jair Bolsonaro son populista de la peor especie: la de los ignorantes. Sus pueblos le pasarán la factura en su momento. Ojalá los norteamericanos, los venezolanos, mexicanos y brasileños puedan sobrevivir a pesar de sus presidentes.
Pero Blades no sabe lo que yo anote en mi “Crónica de guerra”. Es que logré victorias titánicas en donde siempre había sufrido derrotas humillantes.
Finalmente, pude utilizar el lavarropas varias veces. Celebro que soy menos inútil de lo que creía. Pude encender el hornito eléctrico y cocinarme mi propia comida. Insisto: eso para mí es como haber llegado a la cima del Himalaya. O por lo menos, de mi amado cerro Uritorco. La genial sicoanalista Diana Wang supo interpretarme. Me dijo que mi lucha con los electrodomésticos, “es la milenaria batalla perdida de los Askenazim (los judíos centro europeos) contra todo aquello que no esté compuesto exclusivamente de palabras”. Brillante.
Pero mi apuesta a ser cada vez menos burro sumó otro triunfo. Bajé, yo solito, una aplicación de esos delivery que te traen comida y otras yerbas a tu casa. Jamás me había atrevido a meterme con las aplicaciones. Y lo logré. Con paciencia y saliva… bueno usted ya sabe lo que le pasó a la hormiga en el chiste. No salgo de mi casa casi por nada del mundo. Solo para el supermercado y la farmacia. Y los martes, como hoy, para hacer mi programa de TN. Pero necesitaba las recetas del médico para comprar los remedios que tomo habitualmente. Y pedí por mi celular y con mi teclado que una moto fuera a la casa del doctor López Rosetti y me trajera las recetas a mi casa. Y salió todo perfecto, aunque usted no lo crea. Funcionó. Me tocó el timbre un muchacho venezolano llamado Joan que tenía una remera de Bob Marley, casco, barbijo y guantes. Desde más de dos metros me alcanzó con la punta de los dedos el sobre mientras me miraba con horror como si yo fuera Frankenstein. Yo recibí el sobre, le pagué y me fui a lavar las manos durante 20 minutos. Cuando volví a la computadora, ya me había llegado el recibo de pago y en la pantalla aparecía la siguiente información: “La Federación Argentina de Cámaras de Farmacias le pide al gobierno que los médicos emitan recetas electrónicas”. Dicen los farmachistas que el papel podría ser transmisor del virus.
Hay que evitar que colapse la hermandad. No se puede estigmatizar a los enfermos y mucho menos utilizar este drama con un oportunismo despreciable. Estela Carlotto y Hebe Bonafini, una vez más, sembraron vientos.
La presidenta de Abuelas, dijo que “si hubiera estado el gobierno anterior, no sé cuántos moriríamos. Llenarían de mentiras los medios diciendo que no pasa nada.”
La presidenta de Madres le pidió al presidente que “indulte” a los presos de la corrupción kirchnerista.
Carlotto se niega a reconocer que la oposición está trabajando codo a codo (nunca mejor dicho) con el gobierno del presidente Fernández y que la única dirigente que no hizo público su apoyo en esta batalla conjunta fue Cristina, la dueña de sus silencios y la esclava de sus palabras. Publicó un video por los 44 años del golpe y del terrorismo de estado donde dice que la “memoria no puede detenerse”. Pienso que Cristina y Néstor se callaron tanto y durante tanto tiempo sobre la violación de los derechos humanos y los crímenes de lesa humanidad que, cuando llegaron a la presidencia, en forma oportunista, empezaron a pagar todas las deudas que contrajeron. Recién en el 2003 se sumaron al discurso de los organismos. Veinte años de complicidad y mirar para otro lado. La democracia regresó en 1983 y recién en el 2003 abrieron la boca. Por eso, alardean de lo que carecen. Su hija ya utilizó el twitter para seguir construyendo su lugar de víctima. Puso “estoy buscando la forma de dejar de sentirme extranjera”. Una idea gratis de mi parte: si devuelven lo que robaron, tal vez la inmensa mayoría de los argentinos vuelva a respetarlas. No sé, digo, es una idea nada más.
Para terminar con la gente que no quiero para mi país, un párrafo aparte para un energúmeno llamado Gustavo Cardinale.
Es el empresario que violó la cuarentena para ir a su country en Tandil pero que además, ingresó con su empleada doméstica escondida en el baúl. Un salvaje inhumano que redujo a la servidumbre y casi a la esclavitud a una mujer. Por suerte lo descubrieron. Está preso y me parece razonable que sea acusado en la justicia de varios delitos, incluso por el INADI por discriminar así a una humilde empleada.
Lo principal es evitar que colapse nuestra humanidad. Convertirnos en animales es el peor camino, aunque los animales no se contagien con el corona virus.
Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos para seguir viviendo.