José López, vergüenza nacional – 12 de junio 2018

José López no es el más corrupto de todos. Sus jefes fueron mucho más corruptos que él. Tanto Julio de Vido como Cristina y Néstor robaron fortunas incalculables que convierten a los 9 millones de dólares del monasterio en un
vuelto. Pero a José López lo agarraron con las manos en la lata. In franganti.
Las imágenes de aquella madrugada ya entraron en la antología de los delitos más bizarros y tragicómicos. Parecía una película de terror pero clase B. López que llega con su camioneta Mariva. Toca el timbre del Monasterio de General Rodríguez varias veces y como nadie lo atiende tira un par de bolsos por encima del muro. Pero enseguida aparece un personaje inolvidable: la presunta monja Celia Inés Aparicio. En ese momento tenía 78 años. Le abre la puerta y ayuda a López a entrar los bolsos negros deportivos.
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Ella después dijo que creía que eran donaciones de alimentos. Pero eran las 3 y 53 minutos de la mañana y la religiosa trucha ni se inmutó ante el fusil ametralladora Sig Sauer con cargador de 22 proyectiles y con el permiso de portación vencido. Salvo que en su fe inconmensurable la cuasi monja haya creído que el arma también era una donación para sortearla en alguna feria de platos y recaudar fondos. Ese convento lleno de vento, guarda muchos más secretos y conspiraciones. El rol de Julio de Vido y el intento de derrocar a Jorge Bergoglio desde ahí comprando curas y congregaciones. Pero ese es otro capítulo de esta novela negra. En el lugar había una bóveda o un sótano excelente para ocultar fortunas que no llovieron del cielo precisamente.
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Fue tan celestial todo que dos vecinos llamados casualmente Jesús y María llamaron a la policía. Y el milagro se hizo: en 7 minutos llegó el patrullero que desbarató toda la operación. Un personaje de Tinelli que imitaba a José López lo decía con humor negro: “Justo a mí me tocaron los pocos policías bonaerenses honestos”.
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Al parecer López los quiso coimear y fracasó en eso también. Encontraron en esos bolsos un tesoro pirata: casi 9 millones de dólares, 153 mil euros, yenes y hasta billetes de Qatar. Dos relojes carísimos y 59 mil pesos.
Fue too much,diría Cristina que todavía no dijo una sola palabra de José López. No emitió ni un tuit pese a que lo conocía muy bien desde Santa Cruz. Siempre José fue el cajero del cajero. El lugarteniente de Julio de Vido, el que llevaba las valijas repletas de dinero sucio de acá para allá. Don Julio entró en contradicciones y dijo que era su mano derecha pero que no era su mano derecha.
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No es ideológico el tema. Pero aunque fuera su mano izquierda, fue la manipuló las coimas de la Gerencia de Asuntos Corruptos que Néstor y Cristina siempre le encargaron a De Vido que también está preso.
Pasado mañana se cumplen exactamente dos años de aquel papelón internacional. Esa filmación fue más vista que la más vista serie de Netflix. Por eso ayer, José López, estuvo sentado en el banquillo de los acusados y no hubo un solo cartel de apoyo de La Cámpora.
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Ayer comenzó el juicio oral que lo va a llevar por varios años a la cárcel. Lopecito solo se saludó con su ex esposa, María Amelia Díaz, que también está acusada de enriquecimiento ilícito y tal vez de lavado de dinero. Es por las propiedades de Tigre y Capital que ellos alquilaban pese a que los inmuebles eran de su propiedad. Al final, su mujer le convidó un caramelo y le dejó el paquete que López guardó en su bolsillo. Tiene mucha amargura que calmar en la prisión. Y mucho que reflexionar. Porque lo único que dijo en su momento fue que ese dinero “era de la política” y luego selló su boca como en la omertá de la mafia. José sabe mucho. Recibió y pasó de mano mucho dinero negro que se robaron. Conoce a todos los que pagaron y a todos los que cobraron. Tal vez por eso ningún kirchnerista lo criticó en público. No recuerdo ninguna declaración de algún dirigente tomando distancia y repudiando o condenando la corrupción explícita de José López. Tal vez tengan miedo que prenda el ventilador y ensucie a todos y a todas. Por ahora el único poder que López conserva es la información que atesora. Y la única buena noticia para López es que el fiscal del juicio oral es Miguel Ángel Osorio un gran amigo de Carlos Zannini al que abrazaba en los pasillos de la Bombonera cada vez que Boca jugaba de local.
El ex Secretario de Obras Públicas durante los más de 12 años de kirchnerismo era el señor de las valijas al que todos esperaban con ansiedad. El juicio se postergó por diez días y lo esperan 6 meses más donde se van a ventilar los 23 cuerpos que tiene la causa que con tanta minuciosidad instruyó el fiscal Federico Delgado. También serán condenados su esposa, la monja mentirosa y sus testaferros. Hasta ahora la pregunta del millón o de los 9 millones es quien le dio esa plata. ¿Son sus ahorros y lo que fue tragando de todas los retornos que pagó? ¿O era su parte en uno solo de los negociados?. Los billetes estaban húmedos, como si hubieran estado enterrados. ¿Habrá más? Tres millones los recibió desde un banco de Nueva York en una operación puerta a puerta. Eso está probado.
López llegó esposado a Comodoro Py. Después le soltaron las manos con las que sostuvo una carpeta celeste y miró siempre fijo a los integrantes del Tribunal Oral Federal Número 1.
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En su triste y solitario final hay que decir que solo es visitado entre rejas por su antiguo secretario, Amílcar Fredes. Le soltaron la mano. Se convirtió en un leproso. Hasta sus abogados lo abandonaron porque nadie les pagaba un peso. Es que fue tan burdo lo que hizo que ni el más fanático de los kirchneristas se atreve a defenderlo. Hasta Pablo Echarri dice que se siente desilusionado.
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Para Cristina todo esto no fue magia.
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Para mí todo esto fue mafia. La base del gobierno más corrupto de la historia democrática.
Insisto en el tema: José López no fue el más corrupto. Pero lo agarraron con las manos en la lata. Su vida estuvo dedicada a robar los dineros del pueblo para entregarle una parte a la corona de la dinastía Kirchner. José López quedará en la memoria colectiva de los argentinos como un repugnante ladrón de ladrones. Da vergüenza ajena lo que hizo y lo que hizo su espacio político. Son el ícono de la corrupción. La máxima expresión de la vegüenza nacional. Se llenaron la boca hablando de los pobres y se llenaron los bolsillos con el dinero de los pobres. Mas temprano que tarde, la historia los condenará. Esperemos que la justicia, también.

Tenista de acero – 11 de junio 2018

Le quiero hablar de un héroe del tenis y de la vida. Le quiero hablar de un atleta que es un ejemplo de superación personal y profesional. No se trata del español Rafael Nadal que ganó Roland Garrós en Paris por undécima vez. No se trata del tandilense Juan Martín Potro que, después de una actuación excepcional, quedó en el cuarto lugar del ranking mundial.
Yo le quiero hablar del cordobés Gustavo Fernández que perdió la final de Roland Garrós contra el japonés Shingo Kunieda. El “Gusti”, como lo dicen sus amigos de Rio Tercero ya logró la hazaña de ganar Roland Garrós hace dos años. También fue campeón del Abierto de Australia el año pasado. Gustavo es un deportista de un coraje sin igual. Tiene apenas 24 años y una carrera extraordinaria en tenis adaptado o en tenis sobre silla de ruedas. Vale la pena verlo. La destreza, la capacidad de llegar a todas las pelotas sobre sus dos ruedas, el saque feroz que tiene con esos brazos de acero. Es conmovedora la manera en que sacó fuerzas de flaquezas. Todos los días supera un límite más. Todos los días corre la meta un poco más allá. Compite contra sí mismo.
La tragedia ocurrió cuando Gustavo tenía apenas un año y medio. Estaba jugando con su padre y se cayó. En el suelo, miró a su viejo y le dijo que no sentía las piernas. El mundo se derrumbó encima de la familia Fernández, una familia de deportistas acostumbrados al sacrificio y al esfuerzo cotidiano. En Argentina no supieron decirle que había pasado con su cuerpito. Todos sus ahorros fueron para hacer una consulta en Estados Unidos y allí le diagnosticaron “un infarto medular”, una enfermedad tan rara que solo se registra un caso en 20 millones. Después del llanto y el dolor, los Fernández decidieron ponerse de pié y ayudar a que su hijo pusiera de pié su alma y su corazón a pesar de que tenía paralizado su cuerpo desde el pecho para abajo. Sin darse por vencido y con mucha rehabilitación, Gustavo Fernández recuperó la sensibilidad hasta la cintura. De todos modos es el tenista con mayor discapacidad en el circuito de tenis profesional adaptado. La mayoría de sus competidores son amputados o gente que camina. Él tiene que hacer un esfuerzo superior para mantener el equilibrio porque no tiene uso del abdomen bajo. Le cuesta mucho hacer el balance en cada raquetazo o en cada arranque de su silla de ruedas.
Gustavo tuvo la suerte de nacer en una familia de deportistas donde el entrenamiento diario, la disciplina, la vida sana, la competencia y la mejoría permanente le dieron los instrumentos para convertirse en el tenista de elite que es hoy. Jamás olvidará su familia el día que llevó la bandera y encabezó la delegación de Argentina de los juegos Olímpicos en Rio de Janeiro 2016. Cuando entró al legendario estadio Maracaná haciendo flamear la celeste y blanca las lágrimas fueron agua bendita para la casa de Los Fernández. Gustavo “El Lobito”, el padre fue figura descollante de la Liga Nacional de Básquet. Juan Manuel su otro hijo, siguió su camino en la selección argentina y en Europa. Y Nancy, su madre, fue la que le inculcó el bichito del tenis que ella practicaba solo como entretenimiento.
Muchos le dijeron a Gustavo que no iba a poder con semejante epopeya. Pero pudo. Apretó los dientes, hizo fierros y le puso una energía poderosa a cada entrenamiento. Gustavo disfruta la vida con la risa de sus amigos en los boliches, se divierte con su novia, le gustan las series de la tele, las milanesas caseras y siempre anda con el bolso de las raquetas y la valija porque vive más en los aviones que en la tierra maravillosa del embalse del Rio Tercero.
En Gustavo deberíamos pensar todos los que nos enojamos o nos hacemos un drama terrible por cualquier pavada o dificultad de la vida cotidiana. En Gustavo deberían pensar lo que sufren alguna enfermedad o son discapacitados y creen que no van a poder salir adelante. Siempre tengo presente esa frase que dice que “el único discapacitado es el que no tiene corazón”. Y a Gustavo le sobra corazón. Para el amor, para la familia y para convertirlo en la garra y la actitud invencible con que afronta cada partido y cada torneo. Gustavo no tiene sus piernas en condiciones de caminar pero tiene resiliencia. Es la capacidad de recuperarse de la adversidad para seguir proyectando el futuro. Es la fortaleza de la autoestima. Del amor propio. La resiliencia es un concepto tomado de la ingeniería y la física. Es la aptitud de los materiales de regresar a su estado natural después de algún golpe fuerte. Un título de una película nos puede ayudar en la definición: “Retroceder nunca, rendirse jamás”.
Gustavo Fernández no retrocedió nunca ni se rindió jamás. Derrotó primero a sus propios temores y luego a los prejuicios de los demás. Gustavo tiene una frase que nos enseña: “No es cuestión de ver lo que no tenés, sino de saber qué es lo que hacés con lo que sí tenes.”
La historia del tenista de acero es inspiradora para todos. Este fin de semana fue subcampeón en Paris y ya se fue para Rusia. Quiere alentar a Messi y compañía en el mundial de fútbol. Tiene entradas para ver el partido contra Nigeria en San Petersburgo. Gustavo juega con una intensidad envidiable. Aprendió que las derrotas enseñan más que las victorias y dice que no se siente un súper héroe porque no hace nada fuera de lo normal. Tiene tres medallas de oro y una de plata en los juegos para Panamericanos. A los 24 años le ganó cientos de partidos a aquel maldito accidente de niño.
Acaba de subir una vez más a la cima del tenis mundial adaptado: no es Nadal ni Del Potro. Pero es un orgullo para los argentinos. Es el tenista de acero que ya está pensando en su próximo triunfo.

Maestro y héroe de Malvinas – 8 de junio 2018

Este domingo es el Día de la Afirmación de los Derechos argentinos sobre las Islas Malvinas. Esta semana nos enteramos de una noticia conmovedora. Claudio Avruj, el secretario de Derechos Humanos le comunicó a Delmira, que se habían identificado los restos su hijo, Julio Rubén Cao. Ahora son 92 las tumbas en el cementerio de Darwin que ya tienen nombre y apellido y dejaron de ser designadas como “Soldado argentino solo conocido por Dios”. Si me permite, le quiero dar mi opinión sobre Malvinas y contarle la historia emocionante del soldado maestro Julio Cao.
Malvinas es el espejo de nuestras miserias y nuestras grandezas. Es la cara y cruz de lo que somos. La cara que mostramos y la cruz que llevamos. Las dos caras de la moneda. El coraje y la cobardía. El héroe y el traidor. Los dictadores y los combatientes.
El 10 de junio y el 2 de abril deben ser nuestros días de luto. Nuestros días de reflexión para pensar en la patria. Pero en la verdadera patria. No en la de Galtieri, o Astiz, el lagarto cobarde que se rindió al primer amague. Las propias fuerzas armadas argentina recomendaron la pena de muerte para esos jefes despreciables.
Yo recuero a los que lucharon con dignidad. Los ex combatientes son la contracara de los terroristas de estado. Los pibes murieron por la patria y los dictadores mataron a la patria. No hay porque confundir las cosas.
Nosotros necesitamos por lo menos un par de días para pensar en ellos. En esos muchachos que fueron sin entrenamiento y sin el armamento necesario. En esos chicos estaqueados por robar la comida que les habían robado a ellos. En tantos colimbas que murieron sepultados en el mar con el hundimiento del Belgrano.
En esos hijos de la Argentina más humilde que, como siempre, fueron los primeros en morir. Igual que ahora. Igual que siempre. Así en la guerra como en la paz, el hilo siempre se corta por lo más delgado.
A ellos les debemos una explicación histórica. A ellos debemos pedirles perdón por la forma en que los mandaron al frente y por la forma en que los escondieron en el fondo a su regreso como si fueran delincuentes.
Ya pasaron 36 años y no puedo olvidar aquella fotografía, más negra que blanca, con los viejos fusiles FAL amontonados y cruzados como símbolo de la rendición en Malvinas. Mucho después, asocie políticamente ese momento a la capitulación que el general Mario Benjamín Menéndez firmó frente a su par británico, Jeremy Moore. Y mucho más tarde aprendí a mirar la guerra de Malvinas a través de los ojos de los héroes.
De los muchachos de carne y hueso que lucharon hasta el final. Y cómo un homenaje a los que murieron en aquellas tierras que pertenecen al pueblo argentino. Ya pasaron 36 años y esta semana volvió a mi corazón y a mi memoria el soldado maestro Julio Rubén Cao porque identificaron sus restos.
Justo ahora que hay un debate muy grande respecto del rol y del futuro de los docentes. Justo ahora que la crisis cuestiona hasta la vocación de los que levantan esa bandera de la educación pública.
Pocas horas antes de que la guerra terminara, Julio murió combatiendo en el Monto Longdon. Resistió como pudo el avance de las tropas enemigas. Literalmente, le puso el pecho a las balas para proteger a sus compañeros como lo hizo desde el primer minuto que llegó a Puerto Rivero, como se bautizó primero a Puerto Argentino. Hace 36 años que Julio entregó su vida por la patria y es desgarrador recordar que ni siquiera pudo conocer a su hijita, Julia que nació un par de meses después de su muerte.
Julio Cao acarició a Julia en la panza de Clara Barrios, el día que se despidió. Delmira, la abuela de Julia y la madre de Julio casi le rogó que se quedara: “Julito, no vayas. Si no te llamaron. Tengo miedo”. Julio, el maestro, le respondió como un maestro de la patria: “No me pidas eso mamá. ¿Con que cara yo podría dar clases sobre San Martín o Belgrano si me escondo debajo del pupitre?”. Fue uno de los pocos soldados voluntarios. Fue un apoyo permanente de sus compañeros de colimba del regimiento de Infantería Motorizada de La Tablada. Siempre con la misma alegría que tenía al frente del grado en su escuela. Siempre ayudando a escribir y a leer cartas el resto de los soldados. Siempre con optimismo.
La humedad criminal de los pozos de zorro, el viento que helaba el alma, el hambre que agujereaba por dentro y los bombardeos que destruían por fuera eran solo excusas para reforzar el coraje y para seguir yendo al frente. Así era el soldado maestro Julio Rubén Cao. Solidario, guapo, así en la paz como en la guerra. En las aulas se convertía en albañil para reparar los techos, o en carpintero para arreglar los viejos bancos de escuela. Hizo un profesorado en Literatura porque amaba a Serrat. Siempre soñó con ser docente porque admiraba a Ghandi y a la paz. Antes de embarcarse a Malvinas y después de besar el ombligo de su esposa, Julio plantó un árbol en el patio de la casa de su madre. Quiso respetar aquello de tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. El libro no pudo concretarlo. Pero escribió cartas conmovedoras desde Malvinas. Una de ellas debe leerse en todos los colegios y dice así:
A mis queridos alumnos de 3ro D:
No hemos tenido tiempo para despedirnos y eso me ha tenido preocupado muchas noches aquí en Malvinas, donde me encuentro cumpliendo mi labor de soldado: Defender la Bandera. Espero que ustedes no se preocupen mucho por mí porque muy pronto vamos a estar juntos nuevamente y vamos a cerrar los ojos y nos vamos a subir a nuestro inmenso Cóndor y le vamos a decir que nos lleve a todos al país de los cuentos que como ustedes saben queda muy cerca de las Malvinas.
Y ahora como el maestro conoce muy bien las islas no nos vamos a perder. Chicos, quiero que sepan que a las noches cuando me acuesto cierro los ojos y veo cada una de sus caritas riendo y jugando; cuando me duermo sueño que estoy con ustedes .Quiero que se pongan muy contentos porque su maestro es un soldado que los quiere y los extraña.
Ahora sólo le pido a Dios volver pronto con ustedes.
Muchos cariños de su maestro que nunca se olvida de ustedes.
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Es desgarrador comprobar que solo le pidió a Dios volver y fue lo único que no pudo lograr. Hace 36 años que comenzó aquella guerra, su hija Julia, tiene 36 años y anda con algunos problemas producto de todo lo que tuvo que pasar. Su madre, doña Delmira todavía lo espera aunque muy delicada del corazón herido.
Cuando Julia cumplió 9 años, viajó con su abuela a Malvinas. En el cementerio de Darwin adoptaron una tumba y le dejaron una flor y muchas lágrimas. Hoy una tumba contiene sus restos identificados y la escuela Nro 32 de Lafferrere donde daba clases con su impecable guardapolvo blanco lleva su nombre: “Soldado maestro Julio Rubén Cao”. El árbol que plantó, ya tiene 10 metros de altura. Tras un manto de neblina no los hemos de olvidar. Ni a nuestras Malvinas ni a nuestros héroes.
Las dos islas que son un solo corazón. La melancolía de la soledad y la euforia de la Gran Malvina.
Las escarapelas en el pecho sobre un guardapolvo duro de almidón tembloroso, el pelo engominado, los zapatos bien lustrados y la celeste y blanca que sube flameando segura…
Segura de que algún día dejaran ser nuestras hermanitas perdidas.