Desde anoche no paran de llegarme mensajes pidiendo que repita la editorial de Los Leuco. Mucha gente la vió y la comentó en las redes y mucha gente se la perdió. Para ellos, entonces.
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Gracias a la vida.
Por aquel 16 de octubre, el más feliz de todos los días. Silvana pujaba y yo empujaba aferrado a su espalda hasta que parió al changuito. Lloramos como nunca porque había nacido un hijo y en mí había aflorado un desconocido yacimiento de amor inagotable, absolutamente incomparable con otros amores.
Gracias a la vida.
Porque lo llamamos Diego y pasé a ser padre además de hijo. No existe mejor etapa que esa. Cuando uno empieza a cuidar a su viejo porque ya está grande y cuando cuida a su hijo porque es demasiado chico. Es el eslabón de una cadena poderosa que no se rompe hasta que la muerte los separe. Tengo muchísimas fotos de los tres juntos. Las tres generaciones de Leucos. Nada me hace tan feliz.
Gracias a la vida.
Porque me dejé ganar al ping pong para entusiasmar a Diego hasta que un día sentí que él se dejaba ganar para no humillarme. El tiempo pasa. Nos vamos poniendo viejos. Por tantas bomboneras compartidas de abrazos de gol y de llanto. De vueltas olímpicas y fracasos. De centros del mellizo y goles de Palermo hasta que un día el titán le dijo: “Hola Dieguito, feliz cumpleaños y saludos a tu viejo”.
Gracias a la vida
que Diego se hizo mago, cocinero, actor y tantas cosas para terminar siendo periodista. Por haber empezado en la gráfica donde se pueden investigar y razonar las noticias. Porque nunca dijo “soy el hijo de” aunque algunos pobres tipos le pasen esa factura. Jamás en mi vida hablé con nadie para que Diego consiguiera un trabajo. Siempre se los ganó solito. Apenas le dí un par de consejos. Que fuera curioso, valiente, honesto para buscar la verdad y que respetara el anonimato de las fuentes. Y una frase que me dio la experiencia: no conozco un solo editor que descarte a un buen periodista. Si te formas, si estudias, si te rompes el lomo trabajando y sos un buen compañero, todas las redacciones te van a dar la bienvenida.
Gracias a la vida.
Porque un día lo llamaron para reemplazar a Jorge Lanata que era su ídolo. Está la foto del Martín Fierro cuando Diego me pidió que nos sentáramos al lado de Jorge. Era su ídolo de chico. Y como suele ocurrir en el fútbol había pasado a jugar en la primera de radio Mitre al lado de quien admiraba. En el 2015, hicimos el pase juntos y el se convirtió en el conductor más joven de la historia de la emisora. Dormía la siesta en mi casa y comía las milanesas que yo había dejado para la noche. Un día se lo reproché en broma, jugando como tantas veces y durante meses, la gente en la calle le decía: “Changuito, no le comas las milanesas a tu viejo”.
Gracias a la vida que empezó como productor de Fernando Bravo y fue aprendiendo el arte de la conducción. No es lo mismo ser periodista que conductor. No es lo mismo buscar y comentar noticias que hacer circular la voz con ritmo, gracia y astucia. Y Diego juega en los dos puestos.
Gracias a la vida porque un día Carlitos D’Elía me dijo: ¿Vos tendrías problemas en hacer un programa con tu hijo? Se podría llamar Los Leuco y yo saltaba de alegría. Lo tomé como una bendición de la vida. Pensé, autocomplaciente, algo habré hecho bien para que la vida me haga este regalo. Muy pocas cosas me hicieron tan felices como trabajar con mi hijo en la tele. Intercambiar ideas, elegir los invitados, ver bien de cerca su crecimiento y empezar a consultarlo en todos los aspectos.
Gracias a la vida por ese quiebre. Hay un instante, una chispa de tiempo, en donde nuestro hijo deja de consultarnos todo y nosotros pasamos a consultarlo a ellos. A escuchar sus ideas novedosas. A descubrir cómo se maneja el IPad o se baja una aplicación en el celular y finalmente, valorar su criterio periodístico y su información propia. ¿Cuándo fue que pasó esto? ¿Cuándo los jueces y los fiscales empezaron a mandarme saludos por su intermedio?
Gracias a la vida porque un día en la calle me dejaron de decir “Dale Leuco, no aflojés, seguí pegandolé a estos chorros” y pasaron a decirme “Saludos al changuito”. O lo felicito por su hijo. Reventé varios chalecos inflados de orgullo. Varios baberos tuve que utilizar.
Gracias a la vida porque Los Leuco fue un éxito por donde se lo mire. Porque fue durante toda su existencia uno de los programas más vistos de la televisión por cable. Por los Martin Fierro, por los premios Tato, por el libro que escribimos juntos y porque todo eso nos unió más todavía como si estuviéramos tatuados por el mismo artista.
Gracias a la vida por lo que dos inmensos talentos dijeron de nosotros. Jorge Fernández Díaz, mi hermano de la vida, dijo que mi casa fue una facultad de periodismo para Diego que lo admira y lo siente su padrino periodístico. Jorge nos quiere tanto que dijo que demostramos que la paternidad puede ser una de las bellas artes.
Santiago Kovadloff nos honró diciendo que Diego entendió que significa heredar. Heredar es transformar lo recibido mediante los propios recursos creadores.
Gracias a la vida porque cuando yo estaba en terapia intensiva y casi me muero un par de veces, él estaba al lado de mi cama y me dijo que sintió que me iba y que él se iba conmigo. Mientras tanto empujaba a los médicos y enfermeras de la guardia para que me atendieran.
Gracias a la vida porque el vivió de cerca como el kirchnerismo me atacó y me persiguió por todos lados y sin embargo no se acobardó. Al contrario, una vez dijo que se hizo periodista para que estos muchachos supieran que ahora había dos Leucos y no solo uno. Y que se defendían espalda contra espalda y con el cuchillo entre los dientes.
Gracias a la vida porque una vez Federico Andahasi me dijo que los hijos vienen a esta vida a enseñarnos. Y Tato Young me dijo que ser padre es tener miedo para siempre. Pude comprobar ambas verdades. Lucho todos los días para que mis miedos no le ganen a la libertad que siempre le dí, aunque ahora será más libre que nunca. Me casé con la madre de Diego con un tema de Sting que dice: “Si la amas, dejala ir”, En este caso el consejo sirve para los hijos. “Si lo amas, déjalo ir”. Y yo lo amo profundamente. Ya la vida pegará la vuelta y si tengo suerte y me capacito, a lo mejor el me podrá tomar como su productor.
Gracias a la vida porque Diego me acompañó a Bolivia a cubrir las elecciones cuando ganó Evo y a Estados Unidos cuando Obama se convirtió en el primer presidente negro. Juntos aprendimos que las manos limpias y la frente alta es la mejor herencia que me deja mi viejo y la mejor que yo le puedo dejar a él. Jamás hay que ser obsecuente ni soberbio. No arrodillarse ante nadie pero tampoco hacer arrodillar a nadie. Ni esclavo ni esclavista. Dignidad y respeto.
Gracias a la vida por estos tres años de Los Leuco, por los 173 programas que hicimos con la misma pasión. Porque comprobamos que muchos padres nos agradecían poder ver el programa con sus hijos o que ahora trabajaban juntos cuando antes no podían. Jamás nos imaginamos que esa relación de padre e hijo iba a producir tanta empatía entre los auditores y los televidentes. Está claro que hay una demanda de vínculos fuertes, desinteresados, cargados de afecto.
Gracias a la vida porque nada más le puedo pedir. Le digo cuídate changuito que es lo que todos los padres le dicen a sus hijos. Y todos los hijos después terminan cuidado a sus padres. Es la ley de la vida. Me siento un privilegiado. Alguien me bendijo y me mandó a Diego. El me ilumina la vida. Y con eso me alcanza y me sobra.