El peor día del padre – 15 de junio 2017

Este domingo va a ser el peor día del padre para Martín Bustamante. Hace días que no puede dormir. Se levantará temprano en su humilde casa de Villa Centenario en Lomas de Zamora y pasará por la iglesia para prender una vela y rezar por la memoria de su hijito Agustín. Hace días que Martín Bustamante no puede dormir y pelea a brazo partido con la pesadilla más brutal que es la realidad. Como si fuera una película de terror y a pesar de que cierra muy fuerte los ojos, se le aparecen las imágenes más desgarradoras. Primero ese momento de felicidad de ir a comprar pizza con el hijito. Los 200 pesos en el bolsillo, el celular para avisar a la patrona que ponga la mesa y abra la botella de gaseosa y esa mano que une a Martín y Agustín en un vínculo de acero. El de padre e hijo. Agustín es o mejor dicho era, un morochito de flequillo irregular al que la risa le estallaba en la mirada. Flaquito pero fibroso. Se defendía pateando la pelota contra la pared. Era gracioso escuchar su grito de gol en la vereda. Agustín era el gran orgullo y felicidad de su padre. Iban de la mano rumbo a la pizzería hablando pavadas hasta que de pronto, de atrás de un árbol aparecieron dos pibes con gorrita y un revolver en la mano. Estaban en territorio conocido, en el barrio Ferroviario, a una cuadra de la pizza con mucha muzzarella que ya estaba saboreando Agustín.
-Dame la guita, hijo de puta le dijo uno de los muchachos y le apuntó con el fierro.
Agustín amagó a llorar, se asustó más por el grito y la sorpresa. Martín Bustamante, el padre, es vigilador privado y sabe que no hay que resistirse. Le dio los 200 mangos que tenía para la pizza y el teléfono celular.

Ya se iban con su magro botín pero uno de los pibes chorros se dio vuelta y le pegó un tiro en la espalda a Agustin. Pobrecito, mi alma, con sus tres añitos sintió como un incendio entraba en su cuerpo y alcanzó a decir: “Papa, me duele”. Martín entró en pánico, alzó en brazos a su nenito bañado en sangre y corrió a un sanatorio de la zona. El chiquito llegó muerto. Su frágil cuerpito no resistió ese plomo criminal que no tiene perdón de Dios.
Después llegaron los llantos desgarradores en familia y las cámaras de televisión y los periodistas de todos los medios. El padre que este domingo pasará el más nefasto día del padre de su vida contó los detalles, exigió justicia para su Agustincito, dijo que parece zona liberada, que hay varias barritas de delincuentes que venden y consumen droga y nadie hace nada.
Los vecinos del barrio empezaron a juntarse en la calle, motorizados por la bronca y la locura que le agarra a todo padre al que se le cruza por la cabeza que algo así le podría pasar a su hijo. Es que nadie está a salvo de estos salvajes.
La gente juntó unos pesos para pagar el velorio y el entierro del angelito.
En el Norte de nuestro país, cuando muere un angelito, todavía existen ritos que destacan que un chico tan chico tiene el alma limpia, libre de pecados y eso lo lleva directamente al cielo. La mujer más vieja del velorio suele cantar falseando la voz como si fuera la de un chico y rezar con melodía: “Madrecita de mi vida, | Tronco e’ chañar. | Ya se va tu hijo querido, | De tus entrañas nacido. | Madrecita de mi vida, | Basta de tanto llorar. | Si me mojas las alitas, | No voy a poder volar”. ..
Agustín tenía tres años y un balazo en la espalda lo crucificó contra la vereda. El que lo asesinó también era un chico pero de 16 años que en su irracionalidad inhumana esbozó una sonrisa cuando apretó el gatillo. Es un fierita consumidor de paco y alcohol como tantos chicos marginales y sin futuro. Se llama Axel Rodrigo y ya está preso, pero como es menor, es probable que por estas horas lo larguen nuevamente a la calle. Axel fue el victimario pero también es una víctima. Pertenece a una banda que se llama “Los toritos” y ya estuvo preso por portación ilegal de armas. Su cómplice es su hermano al que le dicen “Loquillo”. Tienen aterrorizados a todos los vecinos de la calle Mayor Olivera. Viven en las esquinas de la intemperie. No trabajan, no estudian, no conocen el valor de su propia vida y por eso tampoco vale nada la vida de los demás. Son seguramente el mayor drama nacional. Esos miles y miles de chicos excluidos de todo que no tienen otro futuro que robar para comprar paco y seguir durando un tiempo más mientras sus neuronas se van muriendo junto con sus ilusiones. El padre de Axel también pasará un día terrible este domingo. Es panadero pero dice que el chico se le escapó de las manos y pide que lo internen. El ya no sabe más que hacer.
El padre de Agustín y el de Axel representan la peor de las grietas de la Argentina. La que tenemos que combatir entre todos cuanto antes porque ya es demasiado tarde para lágrimas. Esa grieta es entre la vida y la muerte. Es la que está de un lado y del otro del caño frío de una pistola criminal.
Ese dolor interminable, ese agujero negro que Martín lleva en el pecho como luto desde que mataron a Agustín es un alarido que nos debería interpelar a todos, especialmente a los que tienen la misión de gobernar y resolver este drama.
Ni el presidente Mauricio Macri ni la gobernadora María Eugenia Vidal quisieron cámaras ni comunicados. El seguramente pensó en su hija Antonia y ella se conmovió hasta las entrañas cuando se enteró de lo que había pasado. Ayer, en la quinta presidencial, recibieron con la máxima reserva y respeto a los padres de Agustín. Trataron de confortarlos, los abrazaron desde el corazón y como todos, no encontraron las palabras porque no hay palabras para este dolor interminable. Un grupo de asistencia a la víctima les está dando contención sicológica a los padres de Agustín. Comentaron que los vecinos del pibe que murió quemaron la casa del pibe que mató. Y coincidieron en comprender pero no justificar la justicia por mano propia y mucho menos en fomentarla. Pero putearon todos a algunos jueces que no se mueven, que no actúan y dejan que muchos criminales anden por las calles como panchos por sus casas.
Martín Bustamante tendrá el peor día del padre de su vida. Un retrato de Agustín que tiene en la mesita de luz será la primera imagen que mirará apenas abra los ojos. Esos ojos secos de tanto llorar. Esos ojos de padre para el que no hay consuelo.
La sabiduría popular de nuestros pueblos originarios tiene una canción que en su rezo trata de cerrar las heridas que no cierran. Para ellos Agustín es un angelito. Dicen que:
suelta el violín su llantito
quiere ayudarme a olvidar
la muerte del angelito
Velay si era chiquitito
sin un pecado solito
que Tata Dios se lo ha llevao
será de verlo solito
Los cirios de los cardones
prenden sus blancos ojitos
azulándose en las alas
que Dios le dió al pobrecito.