Nuestro amigo se llama Ramón. Vive en el Chaco Salteño. Ramón es un ser maravilloso, con la piel curtida y la espalda partida por tanto trabajo de sol a sol. Su historia me hace acordar a la del Manco Arana que cantaba Mercedes Sosa. ¿Se acuerda la letra?
Le da duro el manco Arana,
cuando le sale un trabajo
y tan duro que parece,
que no le faltara un brazo.
Lo perdió en alguna zafra
en una mina o pialando
con el hambre en los talones
no lo perdió saludando.
Yo lo veo de mañana
con sus dos brazos abiertos
el izquierdo, nuevo y fresco
el derecho, un niño muerto.
Ramón no se llama Arana pero también es manco. Sin embargo a la hora del sacrificio y del esfuerzo, nadie se da cuenta. Rinde como el mejor. Pobre Ramón. Le falta un brazo. Pero es no es lo peor que le pasa. Lo más grave es que no sabe leer ni escribir. Jamás llegó ni un libro ni un guardapolvo blanco hasta la punta del cerro donde está su ranchito.
Y no saber leer ni escribir es como estar ciego. O transitar en la más terrible oscuridad. Por eso digo que alfabetizar es iluminar, dar a luz, parir un nuevo argentino y convertirlo en un ciudadano pleno. Porque Ramón, y todos los ramones del mundo son más vulnerables a las enfermedades, a la súper explotación, a la desocupación y al abuso de sus derechos humanos. Hay 758 millones de ramones adultos en todo el planeta. Es casi sinónimo de pobreza y subdesarrollo. En los países donde hay más analfabetos hay más miseria y marginalidad. Y esos hermanos están muy expuestos a los delincuentes que tratan de reclutarlos. Hablo de los ladrones y los narcos. Son el caldo de cultivo para las pandillas y la carne de cañón para la guerra. Un menú horroroso que podemos evitar educando, alfabetizando. Ayudando a que salgan de las tinieblas.
Alfabetizar es igualar oportunidades, incluir seres humanos, permitirles que ingresen al mundo y dejen de estar a la intemperie padeciendo todos los dolores.
La alfabetización emancipa. Los ayuda a liberarse de las cadenas, de ser el último orejón del tarro. Una persona alfabetizada gana en dignidad, es la base para que el entienda y nos podamos entender entre todos. Son los cimientos de un país mejor y de un mundo mejor.
Hoy es el día internacional de la alfabetización instaurado por la Unesco, cuyas siglas significan Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Esta vez su lema es: “Leyendo el pasado, escribiendo el futuro”.
Una persona alfabetizada puede ver más allá del horizonte. Integrarse y planificar su vida, capacitarse, seguir creciendo.
Y en los tiempos que corren también deben alfabetizarse en forma digital. No digo ser expertos en computación. Pero tener los mínimos conocimientos como para mandar mensajes y operar un teléfono celular. Creo que eso lo aprenden con facilidad. Aun los que hacen los trabajos más duros como los cartoneros andan con sus teléfonos y eso solo les mejora notablemente la vida cotidiana y los aleja de los peligros.
Hablar de alfabetización nos remite de manera automática a pensar en la educación.
Yo creo profundamente en la educación como el gran remedio de todos los males. Estoy convencido de que la educación es el más poderoso revolucionario que iguala oportunidades. Todas las plagas sociales tienen como primer enemigo la educación. Por eso admiro tanto a los maestros y a los alumnos. Por eso cada vez que me siento intoxicado por tanta mugre de la política o de la justicia, trató de buscar aire puro entre los guardapolvos de la docencia. Ese color blanco de los delantales es el color esperanza.
Supimos ser vanguardia educativa, ejemplo en el mundo y hoy somos retaguardia, ejemplo de lo que no se debe hacer.
Tenemos el calendario escolar para chicos que van a escuelas estatales más corto del planeta. ¿Escuchó bien? Nuestros hijos son los que menos días y horas de clase tienen. Los que padecen feriados extra large o ausentismo feroz entre docentes y también entre alumnos y paros que baten todos los records. No existen antecedentes de gremios docentes que hagan tantos días de huelga. Los resultados del plan Aprender 2016 confirman la hecatombe. El dolor expresado por el presidente Macri y los datos que ofreció en su momento el ministro Esteban Bullrich son demoledores. Desesperanzadores, diría. Le doy algunos datos duros.
La mitad de los chicos no comprenden textos ni logran resolver cálculos matemáticos simples. Estamos fabricando burros o chicos que no están capacitados para entrar en el mundo laboral.
El plan Maestro que anunciaron puede ser la viga maestra para edificar una nueva educación para los tiempos que vienen. Con excelencia y tecnología, con vocación y profesores bilingües, con la epopeya de parir una generación de argentinos que nos ayude a salir del pozo y nos siga generando prestigio internacional. ¿Hay algún grupo político que no quiera mejorar la calidad educativa de esos 3.300 colegios que más dificultades tienen y que mayor atención y ayuda necesitan? En esto si: todos unidos triunfaremos.
¿Quién se puede negar a que los docentes se capaciten y adquieran destrezas en informática e idiomas? Y que transmitan eso a sus alumnos. ¿Quién se puede negar a abrir los miles de jardines para la educación inicial que faltan? ¿Quién se puede negar a combatir el ausentismo y la repitencia?
Hay que revolucionar la educación. No podemos seguir haciendo lo mismo y esperar resultados distintos. Esa es la definición de la locura de Albert Einstein.
Todos queremos que los maestros ganen mucho más. Por supuesto. Estoy seguro que no es posible mejorar la educación con docentes mal pagos. Pero tampoco se puede capacitar a nuestros chicos con paros a cada rato y por cualquier cosa. Un paro docente tiene que obligar a reflexionar mucho tiempo antes de ser decretado. Porque 12 millones de alumnos en general y los más pobres en particular, son los más perjudicados. No se puede tomar a los chicos como botín de guerra. Cada vez hay más deserción. El chico que abandona la escuela empieza una carrera hacia el delito.
Primero alfabetizar, después completar la educación. Por ese camino seguro que vamos a buen puerto. Porque las letras para escribir y para leer iluminan el sendero. Nos llevan a una mejor Argentina. Y eso no es poco.
La falta de educación es la madre de todos los problemas, pero, además, se puede convertir en la madre de todas las soluciones. De un país donde un joven tenga más posibilidades de estar en clases o en el trabajo que robando o en la cárcel. Tenemos que convertirnos en predicadores de la civilización contra la barbarie. Hay mucho por hacer. Construir el mismo amor por la libertad que por la ley. Que sean dos caras de la misma moneda. La educación debe ser prioridad nacional. Todos los derechos a los más necesitados y todas las obligaciones también. Para sembrar ciudadanía y recoger una mejor democracia. Por la deserción cero. Más todavía, por la ignorancia cero. Por la alfabetización diez. Es por nuestros hijos que es una forma diferente de nombrar a la patria que viene.