Maldacena, el genio de Caballito – 2 de noviembre 2018

Le confieso que estoy intoxicado de ver a tantos corruptos que todavía están en carrera. A veces nos invade una sensación de impotencia que nos lleva a pensar que todo está perdido y que este país no tiene solución. O que todos los argentinos somos iguales. Y yo estoy convencido que no es así. Que la inmensa mayoría somos gente buena, trabajadora, inteligente, honesta y solidaria. Y que hay algunos que son unos genios que no terminamos de admirar como debemos. Está muy bien que nos llene de orgullo Lionel Messi y sus gambetas mágicas. Pero también tenemos que emocionarnos y convertir en ídolos o ejemplos a seguir, a los Messi de la ciencia.
Hoy vuelvo sobre la epopeya de Juan Maldacena que vivía a la vuelta de mi casa, en Caballito. Lo hago como una suerte de apuesta a la autoayuda. Para levantarnos el ánimo y no permitir que nos ganen los Lázaros, ni los Cristóbal ni las Cristinas.
Juan Martín Maldacena está a punto de convertirse en el primer latinoamericano en recibir la “Medalla Lorentz” que otorga la Academia Real de Artes y Ciencias de los Países Bajos. Todo el mundo dice que es la antesala del premio Nóbel. Y aportan un argumento numérico: de los 21 científicos que recibieron esa medalla, luego 11 llegaron al Nobel.
Maldacena es un gigante de las neuronas y la materia gris. Lo vengo siguiendo desde junio de 1999. Hace 19 años escribí la primera columna sobre Maldacena jugando con el título de “El Einstein de Caballito”. Medio en broma y medio en serio yo decía que el nuevo Albert Einstein vivía a la vuelta de mi casa.
Usted va a pensar que estoy loco, que se me disparó un chip. Pero le estoy diciendo la verdad y nada más que la verdad. Es más, se lo repito por si no lo escuchó: el nuevo Einstein vivía a la vuelta de mi casa.
¿No me cree? ¿Quiere que le dé más datos? Maldacena tiene 50 años recién cumplidos. Nació en Caballito y supo estar en la tapa de varios diarios del mundo porque ganó el Yuri Milner que es un premio a la física fundamental que consta de tres millones de dólares. ¿Escuchó bien? Tres millones de dólares. Le doy un dato para comparar. El premio Nóbel otorga apenas un millón doscientos mil dólares. Otro dato emocionante: gran parte de ese premio se convirtió en una generosa donación para el Instituto Balseiro, a donde vuelve siempre para formar estudiantes. Pero esto no es todo. A los 30 años, Juan, recibió en Budapest uno de los mayores reconocimientos que existen en el campo de la ciencia y fue tapa del New York Times. ¿Qué me cuenta? Podríamos hacer una película titulada: “Juan, de Caballito a Budapest”. O mejor dicho, a Harvard, porque allí en Harvard, en la cumbre de la excelencia educativa se mueve este ex vecino del barrio de Caballito. Es el profesor vitalicio más joven de la historia de Harvard.
Permítame que le cuente esta historia luminosa que nos debería hacer inflar el pecho de orgullo a los argentinos. Es una forma de superar tanta irracionalidad y odio que a veces siembra la realidad cotidiana. Una manera de equilibrar tanta mala nueva. Le hablo de Juan Martín Maldacena a quien deberíamos subir al podio más alto y otorgarle una medalla de oro gigante. Maldacena es el creador de una teoría revolucionaria que lo convirtió en el niño mimado de la física moderna y en uno de los científicos más populares del planeta. Muchas publicaciones científicas se preguntan si no estamos ante la presencia de un nuevo Albert Einstein. Es que precisamente, su gran descubrimiento tiene que ver con ese emblema universal del conocimiento. Juan formuló una nueva teoría que explica mejor como está formado y cómo funciona el universo. Una pavadita, ¿no?. Repito: como está formado y cómo funciona el universo. Y yo muchas veces no puedo programar el control remoto de la tele. Esa teoría fue bautizada “La conjetura de Maldacena” y logró unificar teorías que parecían irreconciliables: la teoría de la relatividad de Einstein y la de la mecánica cuántica. Por eso le digo que el nuevo Einstein nació a la vuelta de mi casa en Caballito. Y porque es profesor en la Escuela de Ciencias Naturales del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, el mismo en el que trabajó y murió Einstein.
Hasta los 15 años vivió en Avenida La Plata y Guayaquil. Juan es producto de la movilidad social ascendente de una típica familia de clase media que pudo enviar a su hijo a la universidad. Luis, ingeniero y Carmen, traductora de inglés, los padres de Juan le pudieron dar educación superior también a sus otras dos hijas. De aquel sueño de “Mi hijo el doctor” de Florencio Sánchez a esa utopía del progreso que es que nuestros hijos sean mejores y más felices que nosotros. Juan estudió dos años en Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. Y después en nuestra meca científica del Instituto Balseiro de Bariloche. Insisto con esta propuesta: creo que historias como esta merecen ser contadas porque nos ayudan a levantar el ánimo entre tanta basura de inseguridad y mega corrupción con impunidad. Es como una forma de decir que podemos. Si alguna vez pudimos, podemos. Como dice el lema de la maravillosa expedición argentina de Atlantis: “Que el hombre sepa que el hombre puede”.
Es emocionante recordar cuando recibió el premio “Javed Husain”, en Hungría ante 2.000 científicos, uno más bocho que el otro. Tenía 30 años. Y los más grandes centros científicos del mundo lo querían fichar en su plantel. Solo basta con decir ese apellido y entre los más grandes intelectuales saben que se está hablando de Argentina. La CNN y la revista Time apostaron a él como futuro líder. ¿Y cuando dio la vuelta olímpica? Se lo trato de explicar con palabras sencillas tal como lo entendí yo que soy un humilde e ignorante mortal. Mi ex vecino de Caballito relacionó y unificó la “Teoría de la Relatividad” que describe el funcionamiento de objetos tan grandes como estrellas, galaxias o el propio universo con la teoría de la mecánica cuántica que analiza el comportamiento de los mundos infinitesimales como los electrones o los Quarks. Hasta ahí llego y no sigo porque me estalla el cerebro.
Juan es católico practicante y fue condecorado por Juan Pablo II igual que el recientemente fallecido Steven Hawking, con el que también trabajó y hace años ingresó como miembro a la Academia Pontificia de Ciencias.
Vive entre complejas ecuaciones, moléculas, el cosmos y los agujeros negros. Trabaja en un espacio con 5 dimensiones que se llama hiperbólico. Anota todo en papel y lápiz y la computadora la deja solo para contestar mails y navegar por internet. Pero Juan extraña las montañas de Bariloche que solía escalar, y nuestra música folcklórica, con guitarra y bombo. Con sus neuronas Juan supo generar cosas insólitas. En una convención muy importante de estas mentes superiores, uno de la universidad de Chicago, cambió la letra de “Macarena” por “Maldacena”. ¿Se acuerda? “Dale alegría a tu cuerpo Maldacena” y todos se sumaron al coro de la canción más popular de la historia contemporánea en los Estados Unidos y que fue la base de la campaña electoral de Bill Clinton. Dale alegría a tu teoría Maldacena, cantaban los muchachos. Dale alegría a la Argentina, Maldacena, podríamos cantar nosotros en estos tiempos de cólera.
Aunque algún descreído diga: que va a cantar bien Maldacena si vive a la vuelta de casa. Es un Einstein celeste y blanco.