Vamos a extrañar a Menchi – 2 de octubre 2018

Vamos a extrañar a Menchi. Por suerte quedan sus trabajos magistrales y su gallardía flotando en el adiós con música de Duke Ellington.
Lo recuerdo caminando sigiloso por la vieja redacción de Clarín. Con su delantal gris o azul, como si fuera un mameluco, las manos entrelazadas atrás de su cintura, el pelo engominado y sus anteojos tan enraizados. Era un duende que navegaba entre el ruido de las máquinas de escribir y los linotipos que venían del taller. Hace poco, confesó que extrañaba aquella música de la fábrica de noticias. Todos le decíamos maestro. Su talento había trascendido las fronteras. Publicó sus trabajos en el New York Times y en Liberatión, solo para nombrar dos medios. Había conversado con Jorge Luis Borges, seguramente de su amor por el jazz y el tango. Supo ilustrar a Julio Cortázar sobre Henri de Toulouse Lautrec y recibir un premio de la Fundación del Nuevo Periodismo de manos del mismísimo Gabriel García Márquez. Cuando el año pasado le dieron el Konex de Brillante fue rodeado y aplaudido por todos sus compañeros del diario. Jamás voy a olvidar que el día que me casé y me regaló una de sus creaciones con plumín y tinta china que siempre estuvo en una pared central de living de mi casa. Parecía metido hacia adentro, pensativo e irónico pero era muy feliz tocando el clarinete. Tenía varios y para comprar el primero tuvo que recurrir al ex presidente Jorge Battle que le salió de garante. Escuchaba a Gardel o al Gordo Troilo y disfrutaba las melodías de Charlie Parker y Benny Goodman. Su máxima alegría era la docencia en el atelier glorioso de San Telmo donde había una luz de otro planeta y aroma a colores y a lápices.
Menchi era muchas cosas. Fotógrafo, un artista plástico descomunal, poeta, caricaturista, pero yo lo quiero guardar en mi memoria como un periodista. Fue un editorialista demoledor sin utilizar palabras. Por algo era el presidente de la Academia Nacional de Periodismo. Fue el dibujante de la libertad.
Me dolió en el alma cuando la presidenta Cristina Elisabet, en ejercicio de sus facultades mentales, con alto grado de altanería autoritaria descalificó al Menchi como “un cuasi mafioso”. Nada menos que a Sábat, uno de los personajes de los medios y la cultura más queridos en el ambiente por su honestidad brutal, su austeridad franciscana y su espíritu solidario y democrático. Cuando Cristina y Néstor se apropiaban de las casas de los que no podían pagar las cuotas durante la dictadura en una clara actitud usurera, Sábat se jugaba la vida publicando caricaturas de Videla y Massera manchados de sangre o de un ínfimo, insignificante Bignone sentado en un sillón de Rivadavia gigantesco. Hace poco, en una entrevista dijo: “Miro los dibujos que hice durante la dictadura y creo que es un milagro estar vivo”.
Sabat es admirado y amado por todos. Aquel dibujo de las curitas cruzando la boca de Cristina no eran un deseo de censura: eran una expresión del hastío que producía Cristina hablando hasta por los codos todos los días y por cadena nacional. Cristina fue prepotente e injusta pero también ignorante. Creo que ni sabía quién era Sabat. Pero lo que más me dolió fue el silencio cómplice y cobarde de los artistas y periodistas kirchneristas que si sabían quién era Menchi. Su silencio fue patético.
El retrato que hizo de Nisman fue estremecedor. Su cara limpia en blanco y negro y un chorro de témpera roja saliendo de un agujero en su cabeza.
Sabat fue corajudo, humilde, uruguayo y argentino hasta los huesos y nos dejó una obra maravillosa. Decía que cada dibujo le llevaba 80 años para hacerlo porque durante todo ese tiempo estuvo aprendiendo a dibujar. Entraba en éxtasis no con una caja fuerte porque nunca le sobró el dinero. Lo podían los cuadros de Diego Velázquez y Goya.
Pasó por el diario El País de Montevideo, La Opinión y Primera Plana de Jacobo Timerman y en 1973 echó anclas en Clarín. Ganó el premio Moors Cabot que otorga la escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.
Uno de sus grandes logros fue haber dejado esos cigarrillos negros que él llamaba petardos y no utilizar teléfono celular. Los correos electrónicos recién los leía a la noche. Nunca nadie lo vió exaltado o fuera de sí.
Dicen que se murió dormido. Por suerte no tuvo que sufrir a sus 85 años.
Hoy en el adiós, me gustaría enviarle un abrazo solidario a Blanca su esposa y a sus dos hijos, Alfredo que sigue su camino en el diario La Nación y a Rafael.
Dicen que ayer se fue del diario como todos los días. De riguroso traje y corbata. Entregó su dibujo y le preguntó al editor: “¿Te sirve?”. Saludó la foto que presidía su escritorio, la de Rogelio García Lupo, el Pájaro, otro periodista admirado por su honradez y capacidad intelectual. Uno de sus últimos trabajos fue una caricatura de Julio Blanck que murió hace menos de un mes. Lo dibujó con alas, como a Gardel y a tantos hombres y mujeres que el admiraba y quería. Tal vez hoy este en el cielo con su gente querida, comiendo un chocolate, escuchando música de Piazzola, leyendo a Fernando Pessoa, pintando con acuarelas y peleando como siempre por la libertad. Es que se ganó el paraíso. Chau, Menchi querido. Fue un lujo haberte conocido. Fuiste un viento puro en este país. Te vamos a extrañar. Chau Menchi, dibujante de la libertad.

Le robaron a los K – 1 de octubre 2018

Hay un grupo de ladrones de estado que le robaron a los Kirchner. Hay un puñado de malandras que no le metieron la mano en el bolsillo al pueblo argentino. Le metieron la mano a los bolsos de Néstor y Cristina. Tal vez, creyeron que podian hacer realidad aquel dicho de que el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón. Tal vez no resistieron la tentación de ver pasar delante de sus narices montañas de dólares sucios y negros. Tal vez como dijo Tato Young el otro día, la corrupción es contagiosa, genera imitación.
Es que el ladrón piensa que todos son de su condición. Los colaboradores, secretarios, choferes y cadetes del matrimonio presidencial se enriquecieron y también se convirtieron en millonarios a la velocidad de la luz. La excusa que ellos ponen es que no le robaron al estado. Ellos trasladaban los bolsos repletos de euros y dólares mugrientos y al principio no tocaron un solo billete. Pero fueron pasando los días, las semanas, los meses y los años y el dineroducto que hizo mega millonarios a Néstor y Cristina no se cortó nunca. Fue en ese momento en que los peones o alfiles que movían esas valijas repugnantes empezaron a robarles al rey y la reina de este ajedrez de los 12 años más corruptos de la historia democrática argentina.
Los empleados veían todos los días la impunidad de sus patrones para apropiarse descaradamente de cataratas de dólares ilegales. Y no resistieron la tentación. El nivel de enriquecimiento de sus empleados habla de la dimensión colosal del robo del siglo que hicieron los Kirchner desde el poder. Todos los secretarios personales y colaboradores de los Kirchner se salvaron para toda la vida. Por eso ahora están desfilando rumbo a la cárcel. Creyeron que robarle a los Kirchner era menos delito del que cometían los Kirchner. Hoy comprobaron que no es así. Que el que le roba a un ladrón no tiene cien años de perdón. El que le roba a un ladrón es cómplice de esa estafa colectiva que le hicieron al pueblo argentino.
Estoy hablando de personajes menores, poco conocidos, no de ministros como Julio de Vido o secretarios de estado como José López o empresarios testaferros como Lázaro Báez. Estoy hablando de Daniel Muñoz que recibía los bolsos en Olivos, la casa rosada o el departamento de Recoleta. Estoy hablando de Víctor Fabián Gutiérrez que recibía los bolsos en Santa Cruz y los llevaba a la casa de los Kirchner que tenía la bóveda del Banco Hipotecario.
Estoy hablando de personajes menos conocidos pero que van a tener sus 15 minutos de fama en el banquillo de los acusados. Otro caso distinto es el de Raúl Horacio Copetti, el hombre de mayor confianza de Néstor para el manejo del dinero. Merece un capítulo aparte.
Todos hicieron fortunas. Todos multiplicaron su patrimonio en forma astronómica en pocos años. Todos les piratearon el dinero a los Kirchner que tenían tantos billetes que eran imposibles de contar.
Varios están presos. Otros van a estar entre rejas más temprano que tarde. Una figura clave como Daniel Muñoz murió, pero otro con un rol trascendente,Fabián Gutiérrez acaba de ser aceptado como arrepentido y puesto en libertad porque ya anticipó detalles de la ruta de los bolsos. Todos los caminos iban de la casa de los Kirchner en Capital a la casa de los Kirchner en Santa Cruz.
Como si esto fuera poco, el histórico piloto del avión presidencial, Sergio Velázquez (a) “El Potro”, explicó que, como los bolsos eran tantos que no entraban en la bodega, los amontonaban en las butacas de los pasajeros. Y lo más grave de todo. Esos bolsos no eran chequeados por los scanners de seguridad en ningún aeropuerto. Ni cuando salían de Capital ni cuando entraban a Rio Gallegos. Las fuerzas de seguridad miraban para otro lado cuando los coches presidenciales cargados de bolsos iban directamente a la pista, al lado del avión. Bien de narcotraficante, bien de mafioso.
Pero vamos de una punta a la otra de la cadena de corrupción. De Daniel Muñoz a Víctor Fabián Gutiérrez.
Daniel Muñoz. El gordo, como le decía Néstor, cuando ambos vivían. Lo primero que llamaba la atención era el maltrato al que lo sometía el ex presidente. Le dejaba las mejillas rojas a cachetazos. Lo humillaba, le tocaba la cola delante de todos. Eso lo ví yo. Nadie me lo contó. Muñoz murió de cáncer pero millonario como casi todo el entorno de los Kirchner. Invirtió más de 65 millones de dólares en compras de propiedades en Miami y Nueva York como si fuera un jeque árabe. Tal vez ahora esa investigación pueda encaminarse con más datos porque la viuda de Muñoz está reclamando los bienes como propios. Y porque las fortunas de dinero sucio que le llevaba Roberto Baratta (igual que José López en la obra pública o Ricardo Jaime, en el transporte O Claudio Uberti en los peajes y Venezuela) las recibía Néstor en persona o en su defecto Daniel Muñoz.
Todo ese dinero que le robaron a los argentinos y que falta en hospitales, cloacas, rutas, jubilados, viviendas, energía y escuelas conforma el modelo de corrupción más grande y grave de la historia de la democracia. Y uno de los más amplios del mundo. Más de 12 años robando en todos los ministerios. Muñoz entró al gobierno con 14 mil pesos y un viejo WW Gol usado. Se retiró como un magnate y una colección de departamentos de altísima gama en los mejores edificios y uno de 13 palos verdes en uno de los lugares más caros y exclusivos de Manhattan. ¿Escuchó bien, el correveidile de Néstor entre los 65 millones de dólares se compró un departamento que costó 13 millones en Plaza Hotel de Nueva York. Muñoz y Víctor Manzanares, el contador de los Kirchner, actualmente preso, eran socios en dos playas de estacionamiento.
Hablaban de la redistribución de la riqueza y se la terminaron repartiendo entre amigos. ¿Hasta cuándo la Argentina va a seguir soportando que la jefa de la mafia más dañina de la Argentina siga en libertad como si nada. Ya tiene 6 procesamientos, tres elevaciones a juicio oral, dos pedidos de prisión preventiva y uno de desafuero y cientos de testimonios, pruebas e indicios que certifican que este país fue destruido por un terremoto de corrupción. Nunca se cometieron tantos delitos juntos en forma sistemática. Y nunca hubo tantas pruebas para que sus responsables sean condenados. Hubo una maquinaria, una industria de la cleptocracia autoritaria.
Víctor Fabián Gutiérrez. “Fabián”, le decían todos. La mayoría de las veces el bajaba los bolsos del avión y los llevaba a la casa de Néstor y Cristina. Fue muy amigo y ahora está peleado con Máximo, el príncipe heredero. Ya reveló muchas cosas y tiene mucho más para contar. José López dijo que fue Fabián el que le pidió en nombre de Cristina que escondiera los 9 millones de dólares y las joyas en el monasterio famoso. También sufrió maltrato como Daniel Muñoz. Ni Néstor ni Cristina trataban bien a nadie. Una vez, “jugando”, entre comillas, Fabián le devolvió un golpe a Néstor y le hizo sangrar su nariz.
Comenzó a los 20 años como asistente y terminó con un patrimonio gigante producto de que abría los bolsos y antes de entregarlos se quedaba con una parte. Una pequeña parte para que no se dieran cuenta los patrones del mal de Calafate. Pero eran tantos bolsos que con un pedazo que se llevara cada uno de los colaboradores les alcanzaba para ser millonarios sin que Néstor y Cristina lo registraran.
Fabián pasó a la fama cuando Jorge Lanata mostró su mansión de un millón de dólares con los últimos adelantos tecnológicos en cuestiones de seguridad y confort.
Su crecimiento patrimonial es asombroso. No tenía un peso cuando llegó a la función pública y terminó con varias empresas y 16 propiedades. En 9 años y con el sueldo de funcionario.
Entre Daniel Muñoz y Víctor Fabián Gutiérrez hubo infinidad de malandras al medio. Juan Francisco “Tatú” Alarcón, Héctor Humberto Farías Brito, Héctor Osvaldo Patrignani, Martín Aguirres, Mariano Cabral, Daniel Álvarez, Ricardo Sosa, Isidro Bounine, Ricardo y su hijo Pablo Barreiro. Le repito, muchos están presos y otros están en camino a la cárcel. Todos hicieron el mismo recorrido. Ingresaron al estado y al entorno de los Kirchner casi sin un peso partido por la mitad. Y terminaron con una economía floreciente, como gente pudiente y con fortuna. El cartel de Julio de Vido robó para la corona del pingüino emperador y la reina Cristina. Y estos secretarios le robaron a la corona. Esperaban cien años de perdón. Pero les esperan los calabozos. En un estado de derecho, es el único lugar en donde tienen que estar los delincuentes. ¿No le parece?

La muerte del Cuchi – 28 de septiembre 2018

Ayer se cumplió un aniversario de la muerte de uno de los más grandes artistas populares que dio nuestra bendita Argentina. Recuerdo que aquel día triste me pregunté donde iremos a parar si se apaga el Chuchi Leguizamón, como Balderrama.
Yo estoy construido de varios materiales, como todo el mundo. Uno de ellos son las peñas de la Córdoba combativa de los 70 y los festivales populares de Cosquín.
El Cuchi nos honró el alma y nos llenó nuestras neuronas con su talento de bagualas y lamentos. Todavía nos sentimos un poco huérfanos del Cuchi. Pero por suerte está su obra y sigue brillando. Fue el que provocaba a los conservadores de toda laya con su filosa ironía. Nos despertaba con sus sonoras carcajadas endiabladas, como sus ojos, como las aristas de su cara y su barba.
El Cuchi fue uno de los defensores del pobrerío salteño. Era un duende genial que aparecía mágicamente donde se lo necesitaba. Un aristócrata pariente del general Arenales y bisnieto de una criolla que luchó al lado de los corajudos y las corajudas de Martín Miguel de Güemes.
El Cuchi fue capaz de escribir “Chacarera del expediente” y burlarse de su propio oficio, y burlarse de todo.
Solo alguien de su dimensión eterna pudo crear esto…
El pobre que nunca tiene/ ni un peso p’andar contento/no bien se halla una gallina/ ya me lo meten preso./ El comisario ladino/ que oficia de diligente/ lo hace confesar a palos/ al preso y a sus parientes/ Y se pasan las semanas/engordando el expediente/ mientras el preso suspira/ por un doctor influyente/ Amalaya la justicia/ vidita los abogados/ cuando la ley nace sorda/ no la compone ni el diablo/ Esta son cosas del pueblo/de los que no tienen nada/esos que se hallan millones/ tienen la Casa Rosada.
Parece escrito hoy. Aquí aparece toda su rebeldía contra los funcionarios corruptos. Toda la mordacidad de alguien que pese a los antepasados de gran alcurnia jamás se olvidó de ser un ponchito protector de su gente. Para empezar nunca dejó de vivir en Salta. Ese fue su lugar en el mundo y su lugar en la vida y en la muerte. Lo enterraron en el cementerio Santa Cruz, regado por un torrontés que se toma lento y viene en damajuana. Dicen que camino al campo santo recitó con su voz cavernosa a modo de despedida que: “Si nada hay tras de la vida/ iré más allacito cantando/ cuando mi sombra florezca azul/ sus huellas se irán borrando.
Podemos quedarnos tranquilos porque no descansó en paz durante este tiempo de ausencia. El cielo lo estaba esperando para sumarse a una fiesta. El Mono Villegas le hizo un lugarcito en el piano universal del jazz maestro y Manuel Jota Castilla preparó el locro y las empanadas y muchas letras para musicalizar. El Cuchi se llevó una utopía. Alegrarle la vida a Dios por toda la eternidad. Ya lo había escrito cuando dijo:
Pobrecito Tata Dios/ siempre solito y ausente/ se moriría de aburrido/ si no fuera por la gente.
El Cuchi que yo canto, el que hoy le robamos al recuerdo, se fue satisfecho con una sonrisa de vino manso. Por sus armonías que todavía son modernas y transgresoras pero enraizadas a la tierra. Por sus melodías cultas y a la vez populares. Por su sabiduría en el piano y en los consejos. Siempre se llevó la vida por delante. Pateó todos los tableros y desvistió a todos los santos. Fue golpeteo sobre las mesas, madrugadas de seducción y de cuerpos.
Nadie pudo ni podrá domesticar al Cuchi. Siempre rompió todos los moldes y los dogmas. ¿O ustedes conocen a alguien más en el mundo que haya armado un concierto con las maravillosas campanas de Salta repicando y replicando? ¿O la sensata locura de diseñar una obra integral con los 18 sonidos que tienen los gases al escapar de las locomotoras? Hasta le sumó el silbato del tren y el ruido de la marcha sobre las vías. Los trenes del alma le marcaron la vida. Lo sacudían hasta las entrañas. No en vano se sentía orgullosamente hijo del jefe de la estación de tren de Cerrillos. Lo único que le faltó fue querer hacer una serenata con los aromas y los colores de Salta la linda.
No sabemos cómo ocupó sus días vacíos. El Cuchi iba tan a contramano de la pacatería y lo establecido que un día histórico decidió dirigir y arreglar a un dúo que revolucionó el folclore con su forma de cantar cruzado entre falsetes y abismos.
Llamó a Patricio Giménez y al Chacho Echenique y parió el Dúo Salteño, algo así como la máxima vanguardia de la música criolla de finales de los 60. Algo así como los Piazzolas de las vidalas y las zambas, algo así como los Beatles pero de acá.
Así andaba el Cuchi por la vida. Con un poncho rojo en el corazón, como si fuera el escudo protector de un gaucho de Güemes, como su bisabuela o como si fuese el mismísimo Martin Miguel de Güemes para defender a pura palabra y puro teclado las fronteras de nuestra cultura y de nuestra patria que no es lo mismo pero es igual.
Supo cantar en los coros universitarios, ser un profesor muy querido por sus alumnos por su forma campechana de enseñar historia o filosofía, un abogado penalista de los pobres y ausentes, un músico capaz de disfrutar de Los Fronterizos, de Vinicius de Moraes o de Bach y Beethoven a quien llamó con toda justicia : “el músico definitivo”.
Solía inflar su mejilla con el acullico permanente que le hace el aguante de coca a las noches que no encuentran el límite de la madrugada. Solía cocinar como el más experto de los criollos y con esa misma experiencia, sazonar musicalmente “La Cantata Popular de las Comidas” de Armando Tejada Gómez.
Dice la leyenda que nació con una quena en la cuna. Y que a los dos años ya tocaba el Barbero de Sevilla. Escuchaba con esa oreja prodigio a su padre cantar ópera todo el día o a su madre silbar a los pájaros para que acompañaran los vuelos del Cuchi.
Cuchi significa chancho en Quechua. De chiquito le pusieron ese apodo que en Salta habla de picardía y le quedó Cuchi para toda la vida y desde hace 18 años, para toda la muerte.
Tiene un solo disco producido por otro grande como Manolo Juárez. Se murió sin un peso para arreglar su piano oxidado. Dejó 4 hijos que llevan el apellido Leguizamón con la frente bien alta. Murió un día antes de cumplir 83 años.
Se pasó la vida desafiando lo previsible. Levantó polémicas a cada rato con su ingenio y sus definiciones para sorprender como si fuera un Borges de la música de Salta. Tenía una impronta borgiana de verdad, en su aspecto señorial y oligarca, en sus bibliotecas y laberintos armónicos que dinamitaban las rutinas. Y algo mágico que quiero contarle: compuso un tema en sociedad con Jorge Luis Borges. Se imagina: de Cuchi Leguizamón y Jorge Luis Borges un tema llamado; “No hay cosa como la muerte” .Dice en su último párrafo:
-No se aflija. En la memoria/ de los tiempos venideros/también nosotros seremos/los tauras y los primeros.
El ruin será generoso/y el flojo será valiente: No hay cosa como la muerte
para mejorar la gente.
Yo quiero convocarlos porque al igual que La Pomeña, yo sé que…
Viene en un caballo blanco/ la caja en sus manos tiembla/ y cuando se hunde en la noche/ es una dalia morena.
O como Maturana: No me cabe duda que el Cuchi, Dios lo tenga en la gloria y se divierta con él, andará rondando la tierra con toda su tierra adentro y en el vino que lo duerme, dormido llora su pago.
Nosotros también lo lloramos y lo extrañamos.
En el vino que lo duerme/ Dormido llora su pago.