Hace varios años que vengo diciendo que el gobierno del matrimonio Kirchner fue el más corrupto de la historia democrática argentina. Algunas personas me sugirieron que estaba exagerando. Pero yo insistía. Lamentablemente, me quedé corto. A partir de ahora y con la nueva información disponible, podemos decir (sin temor a equivocarnos) que la banda criminal que gobernó este país y saqueó al estado durante más de 12 años, produjo la mega corrupción más voluminosa del mundo. Solo es comparable con lo que robaron algunos dictadores africanos o el matrimonio dictatorial de Ferdinand e Imelda Marcos en Filipinas. Claro que ellos estuvieron 21 años en el poder. Imelda fue condenada a 24 años de prisión y se hizo famosa en el mundo por sus lujos extravagantes. Le decomisaron 156 obras de arte (como las de Carlos Wagner, pero de otra categoría). Hablo de cuadros de Picasso, Van Gogh, Monet, Miguel Angel, Goya y Joan Miró, entre otras maravillas. Cuando le dictaron la sentencia, mientras sostenía un rosario de oro dijo compungida: “He servido a mi país, especialmente a los más pobres e indigentes”, sin reparar en algunos gustitos que se dio como 15 abrigos de visón, 508 vestidos de alta costura, 1000 pares de zapatos y carteras y bolsos. Todo eso comprado con dinero robado al pueblo. Habían logrado un patrimonio de 35 mil millones de dólares.
Por eso le digo que los Kirchner están en las ligas mayores, en el top ten de los ladrones de estado más importantes del planeta. Eso a esta altura ya no tiene discusión. Son demoledoras las confesiones de Claudio Uberti, un hombre del riñón del mecanismo de recaudación ilegal y mafioso:
• El día que murió Néstor, en el departamento de Juncal había 60 millones de dólares. No había lugar ni para entrar por el volumen de valijas y Cristina, obviamente estaba presente como siempre.
• Los bolsos que llevaban en los aviones oficiales, como el Tango 01, a Rio Gallegos desbordaban de dólares.
• En su casa del sur tenían una bóveda que habían comprado al Banco Hipotecario. Este dato fue corroborado por el anterior propietario de la casa.
Pero hoy no quiero hablar de los detalles del robo del siglo que hizo la asociación ilícita pingüina liderada por Néstor y Cristina.
Hoy quiero hablarle de ellos como personas. En varias editoriales dije que lo peor del matrimonio K no era su ideología que además es muy difusa y más líquida, incluso que la del peronismo. Fueron menemistas (compartieron 7 veces la boleta electoral con Carlos), fueron duhaldistas y en los 70 simpatizaron con Montoneros. Lo más condenable, además de su condición de delincuentes seriales, es que eran muy malas personas. Siempre lo dije porque la propia gente de su entorno lo confesaba en voz baja.
En este plano, las revelaciones de Uberti son de antología.
• Néstor una vez le pegó un cachetazo porque si, en un viaje en avión. Se dio vuelta y lo calzó mientras le decía: “Te voy a hacer cagar”. Un signo de maltratador y golpeador que intentaba marcar por miedo y sumisión quien era el que mandaba. Y eso que Uberti le llevaba 150 mil dólares por mes de cada concesionario de peaje. Es decir, casi 11 millones de dólares por año, solo por los peajes.
• Otra vez, Rubén Zacarías, jefe de protocolo y complicado en el caso de efedrina, se demoró en entregarle los diarios a Néstor. El ex presidente fue escueto en su orden a Daniel Muñoz: “Pegale tres”. Y el secretario Muñoz que murió con inversiones inmobiliarias en Miami por 65 millones de dólares, le dio tres puñetazos en el estómago a Zacarías que quedó en el suelo retorciéndose de dolor. Néstor lo dejó tirado en la habitación y le dijo: “Esto es para que sepas que hacemos con los traidores”. Por algo Uberti tiene miedo y pidió protección policial.
• El día que Uberti no consiguió cambiar los billetes y le llevó la valija llena de pesos en lugar de dólares o euros, Néstor se brotó de furia y a los gritos le pegaba patadas al bolso. Los billetes volaron por el aire en el despacho presidencial de la Casa Rosada y Néstor le robó hasta la valija y la birome a Uberti.
• Otra vez le dijo: “Salí a buscar plata blanca que Cristina necesita para seguir construyendo “esa poronga” de “Los Sauces”, el hotel que estaba al lado de su casa en Calafate.
• El día de su cumpleaños Uberti estaba en Pinamar festejando con su familia. Néstor le ordenó que lo fuera a ver de inmediato. Uberti viajó 4 horas a la Capital y luego Néstor lo hizo esperar otras 4 horas para decirle una pavada. Sometimiento, humillación.
• Uberti declaró algo antológico: “trabajar con Néstor era un suplicio. Pero con Cistina era mucho peor”.
• Varias veces Néstor despertaba a Daniel Muñoz en plena madrugada. Se le tiraba encima de la cama para asustarlo y le pedía cualquier tontería.
• A Roberto Lavagna lo llamaba “El Pálido”, se burlaba de su honradez y una vez quiso tocarle la cola como hacía con casi todos y el ex ministro le paró el carro y se hizo respetar.
• A Julio de Vido, Néstor varias veces le pegó cachetadas delante de todo el mundo y lo mandaba a comprar cigarrillos en Río Gallegos.
• Tal vez por eso, De Vido, su cómplice de toda la vida, llamaba a Néstor como “El Malo”, o “El Ruso”. El resto de los colaboradores le decía “Cuervo” y no “Pingüino”, un apodo simpático que el instaló. Ya se sabe que su comportamiento fue más de buitres que de pingüinos. Aves carroñeras insaciables en su codicia colosal.
Cristina no se quedaba atrás en su altanería y maltrato hacia los demás. Eran tal para cual y se faltaban el respeto mutuamente. Mariana Zuvic en su libro habla de violencia de género.
Al matrimonio no se le conocen amigos. Solo tienen intereses. Plata y poder como enfermedad obsesiva.
Todo el mundo escuchó los audios de como Cristina insultaba a su felpudo preferido, Oscar Parrilli. Le decía “pelotudo”. O a José Luis Gioja, presidente del PJ al que mandaba a “suturarse el orto”. Es muy triste e indigno que ambos hoy todavía le sigan chupando las medias a quien los redujo poco menos que a la servidumbre.
La dinastía K fue fundada por una pareja de malas personas, que no demuestran afecto ni por sus hijos ni por sus nietos. Al contrario, los complicaron en la corrupción. Empujaron a Máximo y Florencia a la hoguera de los tribunales. Todo lo que toca Cristina, lo divide. En todos lados genera una fractura producto del odio que inocula. Es que se apropian de todo. Son dueños y señores de las instituciones. Son señores feudales.
Las escuchas, confirman que la verdadera Cristina es la que no tiene amigos, la intolerante y desagradecida que es capaz de insultar con el peor de los insultos, aún a militantes propios como Remo Carlotto. Y decir que Gustavo Menéndez, el jefe del PJ bonaerense es “una porquería”.
Margarita Stolbizer le contestó con ironía en un tuiter: “Feliz cumpleaños, Cristina. De parte mía y de mi santa Madre. Y que Dios te devuelva todo lo que me has deseado y que los jueces te obsequien todo lo que te mereces”.
Es que Cristina Elisabet calificó a Stolbizer como “gorda hija de puta a la que hay que sacudir”. Así nomás. Es en el fragmento en donde le ordena a Parrilli que le salgan a pegar a Sergio Massa porque “habla bien de Macri en TN y mal en C5N”. Es bizarro pero absolutamente real. Son escuchas autorizadas por la justicia que se filtraron al periodismo. ¿Cómo es posible que se dejen humillar así? Hay una dignidad que tiene el hombre que si no la tiene, no puede pelear por la dignidad del pueblo.
Cristina dice en las escuchas que el mejor, el verdadero peronista era Carlos Menem y no Cafiero que había pactado con Alfonsín. Al venerable Antonio Cafiero lo define como “viejo choto”. Es más, confiesa que ella había elegido a Menem y que su marido la obligó a apoyar a Antonio Cafiero. Y pensar que algún nieto de Cafiero hoy milita para ella. ¿Cuántas mentiras? ¿Cuántos engaños? Sincericidios a granel.
La voz de Cristina insultando a la madre de Remo Carlotto no tiene desperdicio. Porque la madre es Estela, jefa de las Abuelas de Plaza de Mayo y ella lo llama “hijo de puta”. Insisto con lo que dije en su momento: no le dice hijo de puta a Videla o a Etchecolatz. Se lo dice a un diputado cristinista porque se pasó al movimiento Evita. ¿Escuchó bien? No es que Remo traicionó y se fue al PRO o al radicalismo. Y ¿qué le contesta Parrilli ante semejante ataque? Levanta la apuesta: Remo es un forro de mierda, le dice. ¿Se da cuenta de la gravedad de todo esto? Si a alguien tan cercano tratan de esa manera, se imaginan lo que piensan, dicen y hacen contra Jorge Lanata o algún otro periodista independiente?
Por eso el pueblo quiere que todo el mundo pague por lo que hizo y que nadie tenga coronita. Ni siquiera la reina Cristina. La mala, la viuda del malo.
La implosión de los K – 15 de agosto 2018
Más allá de si Cristina termina presa o no, lo cierto es que estamos asistiendo a la implosión del kirchnerismo. Un derrumbe hacia adentro. La avalancha de arrepentidos y la catarata de informaciones que confirman las dimensiones colosales del robo del siglo, tiene todos los día un capítulo nuevo y demoledor. Es clave analizar que dos de los gerentes de las estafas están contando todos los detalles. Hablo de Carlos Wagner el empresario que puso Néstor para coordinar el club de la coima y Claudio Uberti, un hombre del riñón de los pingüinos que fue abandonado a su suerte y ahora se está tomando venganza contando hasta situaciones insignificantes que condenan al kirchnerismo al peor lugar de la historia. Uberti confirmó que Néstor y Cristina recibían los bolsos y que utilizaban los aviones de todos los argentinos para robarle el dinero a todos los argentinos. El primer piloto civil del Tango 01, Sergio Velázquez aseguró que la aeronave presidencial transportaba bolsos repletos que no pasaban por los controles del scanner y que tampoco iban a la bodega. Viajaban al lado de los pasajeros, atrás de los asientos. Es importantísimo esto porque el senador Eduardo Costa me dijo anoche que, tal vez, todavía haya montañas de dinero enterrado en la Patagonia. Y sugiere que el que sabe todo eso es Osvaldo Sanfelice, (a) el Bochi. Siempre recibía los bolsos en Rio Gallegos y era y es el socio histórico de Néstor y Máximo Kirchner. Es lo único que falta en esta cadena delictiva nefasta. El último eslabón: encontrar el dinero físico.
Y la otra señal clara de descomposición fue la pelea a trompadas entre tres vertientes distintas de kirchneristas corruptos en la cárcel de Ezeiza. El Pata Medina, un mafioso sindical le asestó tres puñetazos demoledores a Fabián de Souza, socio de Cristóbal en todos los negocios ilegales y José María Nuñez Carmona, el testaferro de Amado Boudou, el cuentapropista del choreo, el patrón de los billetes.
Hace una semana, un legislador presentó un proyecto de ley para que sea removido el monumento a Néstor Kirchner que está en la puerta de la sede de la Unasur en Quito. Su moción fue aprobada por amplia mayoría. Y su discurso nos debería dar vergüenza ajena porque entre sus argumentos dijo que la estatua del ex presidente argentino “era una apología de la corrupción rampante”. Pidió sacar esa imagen para preservar la dignidad del pueblo ecuatoriano y porque no era un buen mensaje para la educación de los chicos de ese país. Es todo un símbolo que representa lo que está pasando con el derrumbe ético de Cristina y sus cómplices en los tribunales argentinos. Y aquella decisión de entronizar una imagen de Néstor por parte de Rafael Correa también fue un síntoma de época. Los funcionarios más chupamedias de Cristina cantaron en la ciudad del centro del planeta: “Somos la gloriosa juventud peronista”, y la presidenta los acompañó junto a Hebe de Bonafini, Sergio Urribarri, Carlos Zannini y Nicolás Maduro, entre otros. Cristina se detuvo en los dedos de bronce de Néstor, “más finitos y más largos” que los de ella. Hoy esa imagen es patética. Jurásica. Rinde el culto a la personalidad al jefe de la asociación ilícita más grande que se haya organizado en democracia para saquear al estado.
Esto generó que en varios rincones de nuestra patria, florecieran exigencias de ciudadanos comunes o de funcionarios para cambiar los nombres de calles, plazas y retirar otros monumentos de Néstor que se diseminaron como nunca antes con otro ex presidente. Hoy todo está más claro y es una ofensa a los argentinos de bien, a los ciudadanos honrados, designar cualquier lugar público con el nombre del más grande de los corruptos junto a Cristina.
Por lo pronto volvieron los reclamos de reemplazar el nombre del Centro Cultural Kirchner. La placa que se colocó en su inauguración está firmada por toda la banda estafadora liderada por Cristina, coordinada por Julio de Vido y ejecutada por José López. Eso hay que dejarlo como emblema de la caradurez y la impunidad. Hoy el debate y la polémica es que nombre más, abarcador, ecuménico y democrático se le puede poner y que nos represente a todos los argentinos. Algunos dicen María Elena Waslh, otros Centro Cultural del Bicentenario, otros hablan de la contracara de Néstor, alguien de una honradez a prueba de bala (menos la que lo suicidó) de René Favaloro. Es un debate no urgente pero es un debate que nos debemos dar. La historia y los iconos no son cuestiones menores. Son expresiones de los anhelos de la población y banderas de lucha por un país más igualitario, más honrado y menos autoritario.
En este mismo marco, también se reinstaló una idea que en su momento lanzó Ernesto Sanz y nosotros potenciamos. Hoy tiene más vigencia que nunca. Por un lado generar un “Nunca Más y una Conadep de la Corrupción” y por el otro, que eso sirva como un acto institucional, como un puente hacia el futuro de una Segunda República. Sería una nueva fundación. Ya ocurrió en 1983 con el regreso de la democracia algo parecido y un pacto no escrito que dice: nunca más golpes de estado y nunca más violencia para dirimir los conflictos políticos. El nuevo acuerdo debería decir “Nunca más corrupción de estado”. Sería algo así como un parto republicano que garantice con normas específicas la transparencia en la vida pública. Una ley de extinción de dominio en serio. Algo profundo que permita que todo lo que robaron vuelva al pueblo y no ese proyecto del Partido Justicialista que patea la pelota para adelante y tarda años en no resolver nada. Una nueva ley de financiamiento de los partidos políticos para que los aportes sean bancarizados y para que los gastos de campaña tengan un límite razonable y no se conviertan en una orgía de publicidad que nadie mira. Una ley que aumente fuertemente las penas a los funcionarios que metan la mano en la lata. Hoy los castigos son muy suaves y las distintas instancias, chicanas, amparos y apelaciones hacen que pasen siglos hasta que haya una condena efectiva. Una ley que le quite los fueros parlamentarios cuando hay una investigación seria, con pruebas firmes para que no haya que esperar años para condenar a un corrupto hecho y derecho como Menem o como Cristina, por ejemplo.
Esa comisión del Nunca Más a la Corrupción debería estar integrada por personalidades públicas de todo el arco ideológico y con una ética insobornable y con la suficiente autoridad moral para que produzcan un libro, el libro Negro de la Corrupción que describa todos los mecanismos que se utilizaron desde el poder para robarle el dinero a los ciudadanos de a pie. Serían hechos refundacionales ahora que las instituciones están tan cuestionadas y atravesadas por la falta de confianza.
Ya lo dije muchas veces. En lo personal, en sus características y temperamento tanto Cristina como Néstor eran insaciables en su codicia y padecían de bulimia de poder y de dinero. Más allá de las nuevas miradas, como las de Jorge Fernández Diaz que dice que hay un componente setentista de las agrupaciones como Montoneros que creían que robaban o secuestraban para la patria y el que muchos argumentaron que era para hacer política y quedarse a vivir en el poder para construir un estado totalitario al estilo Venezuela. De todo eso nos salvamos. Todo eso tenemos que condenar. Hoy y siempre.
Aire puro del tenis – 14 de agosto 2018
En esta columna, ya le hablé de un héroe del tenis y la vida. Hoy quiero volver sobre este atleta que es un ejemplo de superación personal y profesional. No se trata del español Rafael Nadal que ganó Roland Garrós en Paris por undécima vez. No se trata del tandilense Juan Martín Potro que, después de varias actuaciones excepcionales, quedó en el tercer lugar del ranking mundial. Gustavo Fernández, de él se trata, también está tercero en el ranking y en julio de 2017 llegó a estar en el primer lugar.
Estamos hace días tapados de barro y de coimas. Hace días que estamos siguiendo como corresponde, minuto a minuto, todo lo que pasa en el mundo mafioso de los corruptos y hoy de Antonini Wilson y Claudio Uberti, y eso es parte de nuestra tarea. Pero es una parte, nomás. Hay momentos en que todos necesitamos, todos, ustedes y nosotros, un poco de aire puro para seguir creyendo en la condición humana. Para confirmar que los buenos somos muchos más que los malos aunque hagamos menos ruido. No vamos a descuidar ni un segundo la cobertura sistema gigantesco para saquear al estado que ahora se está ventilando con pelos y señales, con pruebas y arrepentidos. Pero hoy quiero volver a hablarle del cordobés Gustavo Fernández que en su momento perdió la final de Roland Garrós contra el japonés Shingo Kunieda. El “Gusti”, como lo dicen sus amigos de Rio Tercero ya logró la hazaña de ganar Roland Garrós hace dos años. También fue campeón del Abierto de Australia el año pasado.
En el abierto de Bélgica logró su título número 40 y el tricampeonato. Perdió la final de Wimbledon y pudo incursionar en el golf tirando unos golpes en Estados Unidos, de vacaciones con su familia.
Gustavo es un deportista de un coraje sin igual. Tiene apenas 24 años y una carrera extraordinaria en tenis adaptado o en tenis sobre silla de ruedas. Vale la pena verlo. La destreza, la capacidad de llegar a todas las pelotas sobre sus dos ruedas, el saque feroz que tiene con esos brazos de acero. Es conmovedora la manera en que sacó fuerzas de flaquezas. Todos los días supera un límite más. Todos los días corre la meta un poco más allá. Compite contra sí mismo.
La tragedia ocurrió cuando Gustavo tenía apenas un año y medio. Estaba jugando con su padre y se cayó. En el suelo, miró a su viejo y le dijo que no sentía las piernas. El mundo se derrumbó encima de la familia Fernández, una familia de deportistas acostumbrados al sacrificio y al esfuerzo cotidiano. En Argentina no supieron decirle que había pasado con su cuerpito. Todos sus ahorros fueron para hacer una consulta en Estados Unidos y allí le diagnosticaron “un infarto medular”, una enfermedad tan rara que solo se registra un caso en 20 millones. Después del llanto y el dolor, los Fernández decidieron ponerse de pié y ayudar a que su hijo pusiera de pié su alma y su corazón a pesar de que tenía paralizado su cuerpo desde el pecho para abajo. Sin darse por vencido y con mucha rehabilitación, Gustavo Fernández recuperó la sensibilidad hasta la cintura. De todos modos es el tenista con mayor discapacidad en el circuito de tenis profesional adaptado. La mayoría de sus competidores son amputados o gente que camina. Él tiene que hacer un esfuerzo superior para mantener el equilibrio porque no tiene uso del abdomen bajo. Le cuesta mucho hacer el balance en cada raquetazo o en cada arranque de su silla de ruedas.
Gustavo tuvo la suerte de nacer en una familia de deportistas donde el entrenamiento diario, la disciplina, la vida sana, la competencia y la mejoría permanente le dieron los instrumentos para convertirse en el tenista de elite que es hoy. Hizo básquet, natación y hasta fútbol.
Jamás olvidará su familia el día que llevó la bandera y encabezó la delegación de Argentina de los juegos Olímpicos en Rio de Janeiro 2016. Cuando entró al legendario estadio Maracaná haciendo flamear la celeste y blanca las lágrimas fueron agua bendita para la casa de Los Fernández. Gustavo “El Lobito”, el padre fue figura descollante de la Liga Nacional de Básquet y ahora es el director técnico de Estudiantes de Olavarría. Juan Manuel su otro hijo, siguió su camino en la selección argentina y en Europa. Y Nancy, su madre, fue la que le inculcó el bichito del tenis que ella practicaba solo como entretenimiento.
Muchos le dijeron a Gustavo que no iba a poder con semejante epopeya. Pero pudo. Apretó los dientes, hizo fierros y le puso una energía poderosa a cada entrenamiento. Gustavo disfruta la vida con la risa de sus amigos en los boliches, se divierte con su novia, le gustan las series de la tele, las milanesas caseras y siempre, anda con el bolso de las raquetas y la valija porque vive más en los aviones que en la tierra maravillosa del embalse del Rio Tercero.
En Gustavo deberíamos pensar todos los que nos enojamos o nos hacemos un drama terrible por cualquier pavada o dificultad de la vida cotidiana. En Gustavo deberían pensar lo que sufren alguna enfermedad o son discapacitados y creen que no van a poder salir adelante. Siempre tengo presente esa frase que dice que “el único discapacitado es el que no tiene corazón”. Y a Gustavo le sobra corazón. Para el amor, para la familia y para convertirlo en la garra y la actitud invencible con que afronta cada partido y cada torneo. Gustavo no tiene sus piernas en condiciones de caminar pero tiene resiliencia. Es la capacidad de recuperarse de la adversidad para seguir proyectando el futuro. Es la fortaleza de la autoestima. Del amor propio. La resiliencia es un concepto tomado de la ingeniería y la física. Es la aptitud de los materiales de regresar a su estado natural después de algún golpe fuerte. Un título de una película nos puede ayudar en la definición: “Retroceder nunca, rendirse jamás”.
Gustavo Fernández no retrocedió nunca ni se rindió jamás. Derrotó primero a sus propios temores y luego a los prejuicios de los demás. Gustavo tiene una frase que nos enseña: “No es cuestión de ver lo que no tenés, sino de saber qué es lo que hacés con lo que sí tenes.”
La historia del tenista de acero es inspiradora para todos. Aquel fin de semana fue subcampeón en Paris y después se fue para Rusia. Quiso alentar a Messi y compañía en el mundial de fútbol. Tenía entradas para ver el partido contra Nigeria en San Petersburgo. Gustavo juega con una intensidad envidiable. Aprendió que las derrotas enseñan más que las victorias y dice que no se siente un súper héroe porque no hace nada fuera de lo normal. Tiene tres medallas de oro y una de plata en los juegos para Panamericanos. A los 24 años le ganó cientos de partidos a aquel maldito accidente de niño.
Acaba de subir una vez más a la cima del tenis mundial adaptado: no es Nadal ni Del Potro. Pero es un orgullo para los argentinos. Es el tenista de acero que ya está pensando en su próximo triunfo.