Hay funcionarios de Cambiemos y del Partido Justicialista, en los gobiernos nacional y provinciales, que tratan de aportar racionalidad republicana y para eso combaten y aislan a grupos minoritarios pero muy violentos que intentan instalar el caos 2001 todos los días.
Esta suerte de rebelión antidemocrática cotidiana tiene tres jefes que forman una sociedad de hecho donde cada uno aporta una cuota de autoritarismo mafioso y de nafta para multiplicar el fuego. Ellos son los que amenazan a Macri y a las instituciones.
De los tres líderes hay uno que está preso, Facundo Jones Huala y dos que recorren el camino para serlo: Cristina y Moyano.
Ellos saben perfectamente, porque no mastican vidrio, que si la situación económica se normaliza positivamente, los jueces apretarán el acelerador del puñado de causas que cada uno tiene en la justicia y eso los llevará irremediablemente, más temprano que tarde a la cárcel. Eso es lo que los mueve. El miedo a que se haga justicia. A que se termine la impunidad. No es patriotismo ni vocación de servicio la que lleva a Cristina y a Moyano a intentar volver a la presidenta ella y a atornillarse en la cima de camioneros, el.
Los más violentos y bizarros son los integrantes del “mapuchismo” como los llama el intendente de Neuquén, Horacio “Pechi” Quiroga. Siempre hay que aclarar que, de nuestra parte, hay repudio absoluto a los que discriminan a los pueblos originarios. La inmensa mayoría de los Mapuches en la Patagonia, se han integrado con una actitud pacífica que tuvo como banderas el esfuerzo para progresar y vivir en libertad con un gran respeto por sus costumbres y creencias.
Pero hay un grupo de presuntos iluminados que se creen la vanguardia revolucionaria que están liderados por Facundo Jones Huala. Utilizan una lenguaje mesiánico, jurásico y setentista y una metodología ilegal porque queman camiones, agreden a policías y civiles, cortan rutas, y se apoderan de terrenos muy caros por su ubicación porque dicen que la Machi, una suerte de sacerdotisa, les indica que ese lugar es territorio sagrado.
Pero como si esto fuera poco, se vinculan a los grupos más ultras del kirchnerismo y la izquierda y reaccionan con piedras, bombas molotov, palazos, caras encapuchadas y, en algunos momentos, con armas de fuego. Lo más insólito es que estos mapuches, repudiados hasta por la inmensa mayoría de los verdaderos mapuches, creen en la fundación de una Nación dentro de nuestra patria. Ellos no tienen problema en reconocer que no se sienten argentinos. Desconocen nuestras leyes pero apelan a ellas cuando son detenidos o juzgados. No es casual que la misma abogada, ligada ideológicamente al CELS, cuasi propiedad de Horacio Verbtisky, atienda tanto a Jones Huala como a Milagro Sala. Hablo de la doctora Elizabeth Gómez Alcorta, una chica de San Isidro admiradora de Fidel Castro.
En su delirio insurreccional hay viejos guerrilleros que creen que la destrucción del capitalismo actual viene por el lado de los reclamos de los indígenas tantas veces postergados. Y fomentan y apañan su accionar agresivo y patotero. Y le dan apoyo logístico y presionan para que Jones Huala no sea extraditado a Chile donde es reclamado por delitos graves contra la propiedad privada. Y le aclaro que quien hizo ese pedido fue el gobierno socialista de Michelle Bachellet a quien no podrían acusar de derechista o integrante de un gobierno opresor de las minorías.
Agitar el mapuchismo anti sistema es peligroso. Los habitantes de la Patagonia en su mayoría les tienen miedo pero repudian sus acciones violentas. Muchas veces destruyen infraestructura que mejora la calidad de vida de los más pobres y en otras ocasiones, espantan al turismo que es la principal fuente de ingresos y de trabajo por aquellos pagos.
Además, en las refriegas constantes, siempre hay peligro de que ocurra alguna tragedia mayor. Ya pasó con la muerte de Santiago Maldonado. Se ahogó en el río porque no sabía nadar y porque uno de los presuntos solidarios mapuches, hizo abandono de persona y después cometió falso testimonio. Lo dejaron que se muriera en el frío de esas aguas y ocultaron esa situación para disparar la más grave y mentirosa campaña para la fabricación de “el primer desaparecido de Macri”. El que hizo punta fue Horacio Verbitisky que tituló así su nota. “Macri ya tiene su primer desaparecido”, más una expresión de deseo de su fanatismo que alguna información rigurosa.
Después armaron una mentira tras otra hasta lograr engañar a una militancia que quería creer en eso y lo creyó. Un caradura que debería estar preso dijo que con binoculares que luego perdió y arriba de un caballo vio cómo se llevaban a Maldonado en un camión de Gendarmería.
Era tan grande su necesidad de hacer coincidir sus deseos con la realidad que solo faltó que dijeran que lo habían secuestrado en un Falcon sin chapa. Terrible y descomunal mentira que manchó la lucha por los derechos humanos tanto como lo hicieron Hebe Bonafini y Sergio Schocklender y sus pesadillas compartidas con dinero sucio que nunca apareció.
Abogados que usurparon siglas de organismos históricos fueron los guionistas de las mentiras. Docentes y artistas kirchneristas y hasta Cristina repitieron la consigna: “Donde está Santiago Maldonado”. La ex presidenta, en su sobreactuación, hasta llevó una foto de Maldonado a una misa del obispo Fernando Maletti donde fue increpada por la madre de una víctima del siniestro de Estación Once. “Asesina”, le gritó la madre de Tatiana Pontiroli. Maletti, obispo de Merlo suele acompañar a los piqueteros Cayetanos que se referencian en Juan Grabois y el Papa Francisco a las reuniones con el gobierno.
La negación de la militancia K fue tan grande que aún hoy siguen hablando de la desaparición y muerte de Santiago Maldonado como si hubiera sido asesinado en una mesa de tortura en un campo de concentración clandestino o en la ESMA.
Es tan grande su necesidad de que la historia se repita que intentaron convertir al joven artesano en una suerte de Che Guevara de estos tiempos, llevando su imagen barbada y sus ojos tristes a afiches, banderas y ahora a una película que cierra un capítulo nefasto: la apropiación de la figura de Santiago Maldonado. La ideologitis, la ideología inflamada y la falta de comprensión de lo que pasa en la Argentina real, los hace repetir los mismos esquemas y los mismos errores. Hoy Maldonado quiere ser elevado a la categoría de mártir kirchnerista cuando se trataba de un artesano que murió ahogado en un río e insisto abandonado en forma oportunista por los que usurpan también la cultura mapuche.
Y ahora se viene la película. “El camino de Santiago”, se llama y fue dirigida por Tristán Bauer. El guión es de Florencia Kirchner y Omar Quiroga (que le supo escribir los textos a Diego Capussotto). La voz en off es de Darío Grandinetti y la música de León Gieco. La producción, entre otros es de Osvaldo Papaleo quien supo ser el secretario de prensa de Isabel Perón y amigo de José López Rega, (a) “El brujo”, el fundador y ejecutor de la Triple A, un grupo parapolicial que asesinó a mansalva a militantes de la izquierda y de los derechos humanos entre otros.
Es muy cruel que se utilice en forma tan burda la muerte accidental, dolorosa como toda muerte, pero falsamente heroica de Santiago Maldonado. El grupito autoritario de la Resistencia Ancestral Mapuche que lidera Jones Huala y la Columna Cristina Vuelve Recargada que conducen Horacio Verbistky y Máximo Kirchner necesitaban un mártir y un poster. Pese a sus mentiras no pudieron lograrlo. No hubo secuestro, ni desaparición ni tortura ni asesinato. Pero ellos redoblaron la apuesta. Su principal enemigo suele ser la realidad. Y si es necesario hay que dinamitarla. En eso son expertos y eso es lo que hicieron siempre los K: dinamitar la realidad.
Mandela x 100 – 19 de julio 2018
Mañana es el día del amigo. Y ayer, un amigo de la humanidad y de los mejores valores universales como el abogado Nelson Mandela hubiera cumplido 100 años. Una de las frases que solía repetir era de Gandhi: “Has de ser el cambio que buscas”. Y también: “Tienen que saber que los líderes son de carne y hueso. Si piensan que eres un mesías, sólo cabe la decepción”
Otra reflexión: “Si yo tuviese el tiempo en mis manos, haría lo mismo, otra vez. Lo mismo que haría cualquier hombre que se atreva a llamarse a sí mismo un hombre”.
Esta es una de las herencias conceptuales que dejó un gigante de la historia de la humanidad que murió a los 95 años. Nelson Mandela es un altar ante el que me arrodillo con gusto, respeto y devoción. Porque su cuerpo es un templo para rezar y pelear por los derechos humanos y la dignidad del hombre. Una suerte de santo laico para los olvidados de la tierra y todas las tribus religiosas del mundo. San Nelson Mandela de la Igualdad. Hijo de la negritud y padre de la patria diversa. Mandela ganó una de las grandes batallas de la historia. Venció al odio. Le quebró el espinazo a la discriminación. Expulsó de su tierra al ¨Apartheid¨, un régimen de supremacía blanca, como se autodefinían, superioridad de la raza, nazismo africano en estado puro.
Si tuviera que elegir un epitafio para la tumba de Mandela, me quedaría con Bertolt Brecht:
«Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero hay los que luchan toda la vida:
Esos son los imprescindibles».
Estuvo 27 años preso. Muchos en una celda fría y húmeda donde solo podía dar tres pasos. Eso le metió veneno en los pulmones y tuberculosis para siempre. Acostado tocaba con su cabeza una pared y con sus piernas la otra. Había sido confinado a una celda como sus hermanos habían sido confinados a los guettos, unos barrios solo para negros, como si fueran de segunda selección, gente de carne y hueso pero considerada descartable por los salvajes fascistas. Mandela conmueve y se transforma en un imán para todos. Con su cabeza blanca, su piel negra y su corazón multicolor, su arcoiris de libertad. Vi su cara de Mahatma Ghandi negro pintada en los muros del Harlem en Nueva York. Estaba abrazado a Malcom X, Martin Luther King y Desmond Tutu en la celebración callejera por el triunfo electoral de Barack Obama. Esas catedrales humanas de la fe y la lucha parieron a Obama. Jamás se hubiera consagrado un presidente negro en los Estados Unidos sin ellos. Jamás hubiera salido campeona del mundo la selección de Francia, integrada por por tantos jugadores negros.
Fueron los sembradores del mañana que Obama, cosechó. Incluso llegó a decir que él se había dedicado a la política inspirado en Mandela.
El 11 de febrero de 1990 fue un día luminoso para el planeta. Una marea humana bailó en las calles celebrando la liberación de Mandela. El dijo que no se sentía profeta, solamente un servidor de su pueblo y así fue. Austero, generoso, dialoguista, fomentó la desobediencia civil, la resistencia pacífica y las huelgas pero no la violencia. Superó incluso sus propios resentimientos por haber estado diez mil días tras las rejas. Por eso, recibió el premio Príncipe de Asturias y en el 93, ganó el premio Nobel de la Paz junto a Frederik De Klerk. Al año siguiente, ganó las elecciones, sonó un tiro para el lado de la justicia universal porque se convirtió en el primer presidente negro de su patria e instaló un gobierno de unidad nacional y la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Lo castigaron mucho desde los extremos radicalizados pero el pueblo sencillo se lo agradeció eternamente. Logró un estado multirracial e igualitario. No solucionó todos los problemas pero extirpó el cáncer moral del cuerpo social de Sudáfrica. Repasando su vida por los portales de la red vi sus fotos con todos los líderes políticos y figuras del mundo de la cultura y el deporte. Todos soñaron con conocerlo y pudieron lograrlo. Pero la imagen que más enternece y conmueve es la que está abrazado con su bisnieta Zenani, sangre de su sangre, etnia de su etnia, la negrita hermosa llena de trenzas que también pertenece al clan Madiba de la etnia Xhosa. Era la continuidad de Mandela. Porque a hombres como él no se los llora. Se los estudia, se los imita y se los reemplaza. Es especialmente impactante la camiseta con el número 46664 que Mandela se puso para ahuyentar los fantasmas que lo acechaban por las noches. Las pesadillas de aquel hueco donde lo encerraron con el número de interno capicúa del horror, 46664.
Hoy seguramente estará en el cielo de los buenos descansando en paz por toda la eternidad. Los más humillados y perseguidos se sienten un poco huérfanos.
El 18 de julio de 1918 en Mvezo, El Cabo, Unión Sudafricana, nacía como Rolihlahla “el que sacude los árboles”, en xhosa, el idioma de su pueblo. A los 7 años, una profesora del colegio metodista al que lo enviaron sus padres, – nadie en la familia había ido a la escuela antes- , la señorita Mdingane, siguiendo una costumbre de aquellos tiempos, resabio de la influencia británica en la educación del país, le daría su nombre inglés, Nelson. Para su gente sería Madiba, la denominación de su clan. Con el tiempo, los años y la lucha, en su patria y en el mundo alcanzaría simplemente con su apellido, Mandela, para honrar a uno de los grandes líderes del siglo XX.
En su memoria, Silvia Fesquet citó la siguiente frase: “No creo que sea saludable que la gente piense que eres un mesías. Si lo hacen, sólo cabe la decepción. Tienen que saber que los líderes son de carne y hueso, que son humanos. Eso es lo que quiero que piensen de mí. Si te creen un salvador, sus expectativas son demasiado altas. Que piensen que eres un héroe, vale, pero una leyenda, no… Las leyendas son escasas; pero en la actualidad hay miles de héroes en Sudáfrica. Un héroe es un hombre que cree en algo, que es valeroso, que arriesga la vida por el bien de la comunidad”, fue la respuesta que dio al periodista Richard Stengel, con quien trabajó codo a codo a lo largo de casi tres años en su autobiografía, “El largo camino hacia la libertad”, autor también de “El legado de Mandela”.
“He batallado contra la dominación blanca y también contra la dominación negra. He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. Parte del discurso que pronunció en el Proceso de Rivonia en 1964, pero su alegato no le evitó la condena a prisión.
En el adiós a la leyenda de Mandela podemos despedirlo con palabras de nuestros negros castigados: Adiós Mandela. Duerme, duerme, negrito. Que si el negro no se duerme viene el diablo blanco y zas, le come la patita.
Amia x 24 – 18 de julio 2018
La sirena como alarido nos estruja el corazón. Es como un llanto interminable. La consigna, a 24 años del atentado terrorista contra la AMIA, es contundente: “En tiempos de impunidad, hacer memoria es exigir justicia”. Todos nos conmovimos especialmente con las palabras de Mario Averbuch. Es el padre de Yanina, la estudiante de 20 años que estaba trabajando en la obra social y murió aquel día en un abrir y cerrar de ojos.
Mario habló como hablaría cualquier padre. Desde el agujero negro que tiene en el cuerpo puso el dedo en la llaga. Fue al hueso
«Los que conocen la historia diplomática de nuestro país dicen que hubo dos momentos vergonzosos en esa historia: el día que Argentina le declaró la guerra a Alemania cuando ya no había guerra, y el día que se firmó el memorándum con Irán».
«Los que dejaron a la Argentina como un país absurdo frente al mundo, si todavía les da la cara, le tendrán que explicar a la Justicia lo que hicieron y por qué lo hicieron, si pueden hacerlo». Expuso en sus delirios al ex canciller Héctor Timerman y luego a Cristina Kirchner: «Señora ex Presidente: usted había prometido públicamente que no iba a tomar decisiones cruciales que afectaran a la investigación sin consultarlas antes con los familiares. También dijo que el memorándum era lo mejor que se podía hacer para destrabar las investigaciones».
«Si era tan bueno, ¿por qué lo negoció en secreto y sin consultar con los familiares?»»¿Qué había atrás de toda esta negociación? Eso también se lo tendrá que explicar a la justicia».
En ese mismo escenario, el año pasado estuvo mi hijo Diego como orador y yo cumplí esa misma tarea cuando se cumplieron 10 y 20 años de impunidad.
Fue muy emocionante lo que me tocó vivir en ese momento. Diego, apenas tenía 4 años cuando el mundo se cayó encima del edificio de la mutual judía.
Hoy tiene 28 y hablaba con una convicción que me convocó a las lágrimas. A su lado flameaban las llamas de las velas que reclaman justicia para las 85 víctimas del terrorismo de estado extranjero con complicidad de los fachistas argentinos.
En aquel momento, Diego estaba viendo dibujitos en pijama con sus primas de Córdoba cuando temblaron los vidrios.
“Esa vibración extraña- dijo Diego- Ni ellas de 12 y 15 ni yo de apenas 4 años supimos en ese momento que ese pequeño temblor que frenó por un instante las risas, ese paréntesis mínimo en los juegos habituales entre primos, en realidad sería la semilla del terror. La planta de la impunidad que siguió creciendo robusta y macabra durante estos 24 años”.
Para mi hijo: “Amia es nuestro dolor como comunidad. Como familia. Como país. Amia para mí también es esa ventana vibrando en el living de mi casa de Caballito, muy lejos de la explosión y al mismo tiempo tan cerca. Pero ahora Amia es, además, una responsabilidad. La responsabilidad que tenemos los más jóvenes de seguir reclamando justicia. De seguir persiguiendo la verdad. De honrar a nuestros muertos y jamás olvidar. De no dejar que nos quiten los sueño de un país justo y libre. Donde la justicia sea un orgullo. Donde no tengamos que enterrar más muertes impunes, donde no mueran fiscales en cumplimiento de sus deberes. Donde no quieran cambiar justicia por petróleo, cereales o vaya a saber qué cosa. Donde no nos escondan los pactos espurios que firman con los asesinos.
Cada 18 de julio los familiares piden justicia, con la convicción de que algún día llegará. Cada 18 de julio tiene que ser para nosotros, los de veintipico, la fuerza que nos empuje a salir también. A acompañar a nuestros abuelos, a nuestros padres y continuar el legado. El reclamo. La lucha. El grito. La paciencia. Le entrega. La entereza”. Y después siguió: “Es muy difícil para mí estar acá parado. Este escenario te cambia, te interpela, te obliga, te pregunta qué hiciste por la verdad. Cómo peleas contra la impunidad. Este escenario es muchos escenarios, son tragedias que todavía sangran, gritos que siguen sin oírse”.
Una vez más pensé que es una bendición ser padre de Diego. O que algo bueno debo haber hecho en la vida para que me premie con un hijo con esa ética de la responsabilidad y esos huevos.
Recordó una historia que yo le conté y conté por la radio muchas veces.
La de Sebastián Barreiros que fue el más chico de los 85 muertos y la de Faivl-Pablo, que se llamaba Faivl Dyjament y fue el más grande de los 85 muertos. La muerte no los discriminó, la bomba tampoco.
Un chico y un viejo, unidos por la muerte. Un no judío y un judío, unidos por la muerte. Uno caminaba por la vereda y el otro estaba en el corazón del edificio.
Sebastián y Faivl son dos argentinos que nos explotaron en la cara y que nos clavaron en la memoria esquirlas que todavía duran. Para recordar el dolor que no cesa. Sebastián y Faivl son las dos puntas de la vida y se encontraron en la muerte. Son mucho más que dos velas encendidas por la memoria. Son dos vidas inmoladas. Son dos almas en pena por la impunidad.
La muerte no los discriminó. Ojalá la vida tampoco los discrimine.
La impunidad no es producto de una tormenta o un fenómeno natural. Es la construcción más nefasta que hizo el estado argentino con todos sus pilares. En la justicia, en el parlamento y entre 8 presidentes que pasaron y pasaron. El atentado terrorista más grave de la historia argentina y el crimen antisemita más grave ocurrido desde la Segunda Guerra Mundial nos hizo pedazos el alma. Es como si 85 hermanos siguieran muriendo todos los días porque sus tumbas siguen abiertas porque no pueden descansar en paz.
En su momento, la bronca se multiplicó por ese pacto nefasto, tenebroso e incomprensible que el canciller Héctor Timerman firmó con Irán y que apenas asumió, el presidente Mauricio Macri dejó caer. Marcos Peña ratificó que ese terrorismo es un acto de odio contra la humanidad. Y que están trabajando en el senado para lograr la ley del juicio en ausencia y mantener firmes las alertas rojas de Interpol.
No olvidaré jamás que Héctor Timerman es el mismo canciller que se sentaba en primera fila a aplaudir lo mismo que aplaudía Luis D Elía, vocero iraní, fanático antisemita y violento promotor del fusilamiento de disidentes.
Irán es un país que se enorgullece del uso bélico de la energía nuclear y que quiere borrar al estado de Israel de la faz de la tierra porque niega la existencia del holocausto, la Shoa, la degradación más grande que tuvo la humanidad que fue el nazismo y el genocidio de 6 millones de personas en los campos de concentración y las cámaras de gas.
Héctor Timerman quedará grabado en la historia como el responsable de haber sido el ejecutor, el autor material de este crimen de lesa impunidad. De esta “alta traición al pueblo hebreo y al pueblo argentino”, según las palabras de su ex amiga y ex jefa política, Elisa Carrió. Un canciller no judío no se hubiera atrevido a tanto.
Y como si esto fuera poco. Ahora hay que sumar la víctima número 86, el fiscal Alberto Nisman que denunció a Cristina, Timerman y otros cómplices por encubrimiento de ese acto terrorista. Nisman está muerto. La justicia dice que fue asesinado y una rigurosa pericia de Gendarmería, también. Todo eso recordamos hoy. Contra toda esa impunidad luchamos hoy y siempre.
Para que llorar no se vuelve una costumbre. Para que las velas alumbren la oscuridad del crimen de lesa humanidad, de los países que fomentan el terrorismo, de la conexión local, del encubrimiento de estado. Para que nunca más.
Para que solo pidamos la muerte de la muerte para toda la vida. Para que no haya que llevar luto otros 24 años.
Hasta que cierren las heridas que todavía están abiertas. Hasta que se cierren las tumbas. Hasta que se abra la verdad.